CAPÍTULO 28. LEVÍ MATEO
ENTRE los funcionarios romanos que había en
Palestina, los más odiados eran los publicanos. El hecho de que las contribuciones eran impuestas por una
potencia extraña era motivo de continua irritación para los judíos, pues les
recordaba que su independencia había desaparecido. Y los cobradores de impuestos no eran simplemente instrumentos de
la opresión romana; cometiendo extorsiones por su propia cuenta, se enriquecían
a expensas del pueblo. Un judío que
aceptaba este cargo de mano de los romanos era considerado como traidor a la
honra de su nación. Se le despreciaba
como apóstata, se le clasificaba con los más viles de la sociedad.
A esta clase pertenecía Leví Mateo, quien, después de
los cuatro discípulos de Genesaret, fue el siguiente en ser llamado al servicio
de Cristo. Los fariseos habían juzgado
a Mateo según su empleo, pero Jesús vio en este hombre un corazón dispuesto a
recibir la verdad. Mateo había
escuchado la enseñanza del Salvador. En
la medida en que el convincente Espíritu de Dios le revelaba su pecaminosidad,
anhelaba pedir ayuda a Cristo; pero estaba acostumbrado al carácter exclusivo
de los rabinos, y no había creído que este gran maestro se fijaría en el.
Sentado en su garita de peaje un día, el publicano
vio a Jesús que se acercaba. Grande fue
su asombro al oírle decir: "Sígueme."
Mateo, "dejadas todas las cosas, levantándose,
le siguió." No vaciló ni dudó, ni recordó el negocio lucrativo que iba a
cambiar por la pobreza y las penurias. Le
bastaba estar con Jesús, poder escuchar sus palabras y unirse con él en su
obra.
Así había sido con los discípulos antes llamados. Cuando Jesús invitó a Pedro y sus compañeros
a seguirle, dejaron inmediatamente sus barcos y sus redes. Algunos de esos discípulos tenían deudos que
dependían de ellos para su sostén, pero cuando recibieron la invitación del
Salvador, no vacilaron ni preguntaron: ¿Cómo viviré y sostendré mi familia?
Fueron obedientes al llamamiento, y cuando más tarde Jesús les preguntó:
"Cuando os envié sin bolsa, y sin alforja, y sin zapatos, ¿os faltó
algo?" pudieron responder: "Nada.'
A Mateo en su riqueza, y a Andrés y Pedro en su
pobreza, llegó la misma prueba, y cada uno hizo la misma consagración. En el momento del éxito, cuando las redes
estaban llenas de peces y eran más fuertes los impulsos de la vida antigua,
Jesús pidió a los discípulos, a orillas del mar, que lo dejasen todo para
dedicarse a la obra del Evangelio. Así
también es probada cada alma para ver si el deseo de los bienes temporales
prima sobre el de la comunión con Cristo.
Los buenos principios son siempre exigentes. Nadie puede tener éxito en el servicio de
Dios a menos que todo su corazón esté en la obra, y tenga todas las cosas por
pérdida frente a la excelencia del conocimiento de Cristo. Nadie que haga reserva alguna puede ser
discípulo de Cristo, y mucho menos puede ser su colaborador. Cuando los hombres aprecien la gran
salvación, se verá en su vida el sacrificio propio que se vio en la de Cristo. Se regocijarán en seguirle adondequiera que
los guíe.
El llamamiento de Mateo al discipulado excitó gran
indignación. Que un maestro religioso
eligiese a un publicano como uno de sus acompañantes inmediatos, era una ofensa
contra las costumbres religiosas, sociales y nacionales. Apelando a los prejuicios de la gente, los
fariseos esperaban volver contra Jesús la corriente del sentimiento popular.
Se creó un extenso interés entre los publicanos. Su corazón fue atraído hacia el divino
Maestro. En el gozo de su nuevo
discipulado, Mateo anhelaba llevar a Jesús sus antiguos asociados. Por consiguiente, dio un banquete en su
casa, y convocó a sus parientes y amigos.
No sólo fueron incluidos los publicanos, sino también muchos otros de
reputación dudosa, proscritos por sus vecinos más escrupulosos.
El agasajo fue dado en honor de Jesús, y él no vaciló
en aceptar la cortesía. Bien sabía que
ésta ofendería al partido farisaico y le comprometería a los ojos del pueblo. Pero ninguna cuestión de política podía
influir en sus acciones. Para él no
tenían peso las distinciones externas. Lo
que atraía su corazón era un alma sedienta del agua de vida.
Jesús se sentó como huésped honrado en la mesa de los
publicanos, demostrando por su simpatía y amabilidad social que reconocía la
dignidad de la humanidad; y los hombres anhelaban hacerse dignos de su
confianza. Sobre sus corazones
sedientos caían sus palabras con poder bendecido y vivificador, despertando
nuevos impulsos y presentando la posibilidad de una nueva vida a estos parias
de la sociedad.
En reuniones tales como ésta, no pocos fueron
impresionados por la enseñanza del Salvador, aunque no le reconocieron hasta
después de su ascensión. Cuando el
Espíritu Santo fue derramado, y tres mil fueron convertidos en un día, había
entre ellos muchos que habían oído por primera vez la verdad en la mesa de los
publicanos, y algunos de ellos llegaron a ser mensajeros del Evangelio. Para Mateo mismo, el ejemplo de Jesús en el
banquete fue una constante lección. El
publicano despreciado vino a ser uno de los evangelistas más consagrados, y en
su propio ministerio siguió muy de cerca las pisadas del Maestro.
Cuando los rabinos supieron de la presencia de Jesús
en la fiesta de Mateo, aprovecharon la oportunidad para acusarle. Pero decidieron obrar por medio de los
discípulos. Despertando sus prejuicios,
esperaban enajenarlos de su Maestro. Su
recurso consistió en acusar a Cristo ante los discípulos, y a los discípulos
ante Cristo, dirigiendo sus flechas adonde había más probabilidad de producir
heridas. Así ha obrado Satanás desde
que manifestó desafecto en el cielo; y todos los que tratan de causar discordia
y enajenamiento son impulsados por su espíritu.
"¿Por qué come vuestro Maestro con los
publicanos y pecadores?" preguntaron los envidiosos rabinos.
Jesús no esperó que sus discípulos contestasen la
acusación, sino que él mismo replicó: "Los que están sanos no tienen
necesidad de médico, sino los enfermos.
Andad pues, y aprended qué cosa es: Misericordia quiero, y no
sacrificio: porque no he venido a llamar justos, sino pecadores a
arrepentimiento." Los fariseos pretendían ser espiritualmente sanos, y por
lo tanto no tener necesidad de médico, mientras que consideraban que los
publicanos y los gentiles estaban pereciendo por las enfermedades del alma. ¿No consistía, pues, su obra como médico en
ir a la clase que necesitaba su ayuda?
Pero aunque los fariseos tenían tan alto concepto de
sí mismos, estaban realmente en peor condición que aquellos a quienes
despreciaban. Los publicanos tenían
menos fanatismo y suficiencia propia, y así eran más susceptibles a la
influencia de la verdad. Jesús dijo a
los rabinos: "Andad pues, y aprended qué cosa es: Misericordia quiero, y
no sacrificio." Así demostró que mientras aseveraban exponer la Palabra de
Dios, ignoraban completamente su espíritu.
Los fariseos fueron acallados por el momento, pero
quedaron tanto más resueltos en su enemistad.
Buscaron luego a los discípulos de Juan el Bautista y trataron de
levantarlos contra el Salvador. Esos
fariseos no habían aceptado la misión del Bautista. Habían señalado con escarnio su vida abstemia, sus costumbres
sencillas, sus ropas burdas, y le habían declarado fanático. Porque él denunciaba su hipocresía, habían
resistido a sus palabras, y habían tratado de incitar al pueblo contra él. El Espíritu de Dios había obrado en los
corazones de estos escarnecedores, convenciéndolos de pecado; pero habían
rechazado el consejo de Dios, y habían declarado que Juan estaba poseído de un
demonio.
Pero ahora que Jesús había venido y andaba entre la
gente, comiendo y bebiendo en sus mesas, le acusaban de glotón y bebedor. Los mismos que hacían esa acusación eran
culpables. Así como Satanás representa
falsamente a Dios y le reviste de sus propios atributos, la conducta de los
mensajeros de Dios fue falseada por esos hombres perversos.
Los fariseos no querían considerar que Jesús comía
con los publicanos y los pecadores para llevar la luz del cielo a aquellos que
moraban en tinieblas. No querían ver
que cada palabra pronunciada por el divino Maestro era una simiente viva que
iba a germinar y llevar fruto para gloria de Dios. Habían resuelto no aceptar la luz; y aunque se habían opuesto a
la misión del Bautista, estaban ahora listos para cortejar la amistad de sus
discípulos, esperando obtener su cooperación contra Jesús. Sostuvieron que Jesús anulaba las antiguas
tradiciones; y pusieron en contraste la austera piedad del Bautista con la
conducta de Jesús al comer con publicanos y pecadores. Los discípulos de Juan estaban entonces en
gran aflicción. Era antes de su visita
a Jesús con el mensaje de Juan. Su
amado maestro estaba en la cárcel, y ellos pasaban los días lamentándose. Jesús no hacía ningún esfuerzo para librar a
Juan, y hasta parecía desacreditar su enseñanza. Si Juan había sido enviado por Dios, ¿por qué seguían Jesús y sus
discípulos una conducta tan diferente?
Los discípulos de Juan no comprendían bien la obra de
Cristo; pensaban que tal vez las acusaciones de los fariseos tenían algún
fundamento. Observaban muchas de las
reglas prescritas por los rabinos; y hasta esperaban ser justificados por las
obras de la ley. El ayuno era
practicado por los judíos como un acto de mérito, y los más estrictos ayunaban
dos días cada semana. Los fariseos y
los discípulos de Juan ayunaban cuando los últimos vinieron a Jesús con la
pregunta: "¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus
discípulos no ayunan?"
Jesús les contestó afectuosamente. No trató de corregir su concepto erróneo del
ayuno, sino tan sólo con respecto a su propia misión. Y lo hizo empleando la misma figura que el Bautista había usado
en su testimonio acerca de Jesús. Juan
había dicho: "El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del
esposo, que está en pie y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así
pues, este mi gozo es cumplido." Los discípulos de Juan no podían menos
que recordar estas palabras de su maestro, y, siguiendo con la ilustración,
Jesús dijo: "¿Podéis hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto
que el esposo está con ellos?"
El Príncipe del cielo estaba entre su pueblo. El mayor don de Dios había sido dado al
mundo. Había gozo para los pobres;
porque Cristo había venido a hacerlos herederos de su reino. Había gozo para los ricos; porque les iba a
enseñar a obtener las riquezas eternas.
Había gozo para los ignorantes; porque los iba a hacer sabios para la
salvación. Había gozo para los sabios;
pues él les iba a abrir misterios más profundos que los que jamás hubieran
sondeado; verdades que habían estado ocultas desde la fundación del mundo iban
a ser reveladas a los hombres por la misión del Salvador.
Juan el Bautista se había regocijado de contemplar al
Salvador. ¡Qué ocasión de regocijo
tenían los discípulos con su privilegio de andar y hablar con la Majestad del
cielo! Este no era para ellos tiempo de llorar y ayunar. Debían abrir su corazón para recibir la luz
de su gloria, a fin de poder derramar luz sobre aquellos que moraban en
tinieblas y sombra de muerte.
Las palabras de Cristo habían evocado un cuadro
brillante, pero lo cruzaba una densa sombra, que solamente su ojo discernía. "Vendrán días --les dijo,-- cuando el
esposo les será quitado: entonces ayunarán en aquellos días." Cuando
viesen a su Señor traicionado y crucificado, los discípulos llorarían y
ayunarían. En las últimas palabras que
les dirigiera en el aposento alto, dijo: "Un poquito, y no me veréis, y
otra vez un poquito, y me veréis. De
cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se
alegrará: empero aunque vosotros estaréis tristes, vuestra tristeza se tornará
en gozo."
Cuando saliese de la tumba, su tristeza se trocaría
en gozo. Después de su ascensión, iba a
estar ausente en persona; pero por medio del Consolador estaría todavía con
ellos, y no debían pasar su tiempo en lamentaciones. Esto era lo que Satanás quería.
Deseaba que diesen al mundo la impresión de que habían sido engañados y
chasqueados; pero por la fe habían de mirar al santuario celestial, donde Jesús
ministraba por ellos; debían abrir su corazón al Espíritu Santo, su representante,
y regocijarse en la luz de su presencia.
Sin embargo, iban a venir días de tentación y prueba, cuando serían
puestos en conflicto con los gobernantes de este mundo y los dirigentes del
reino de las tinieblas; cuando Cristo no estuviera personalmente con ellos y no
alcanzaran a discernir el Consolador, entonces sería más apropiado para ellos
ayunar.
Los fariseos trataban de exaltarse por su rigurosa
observancia de las formas, mientras que su corazón estaba lleno de envidia y
disensión. "He aquí -dice la
Escritura,- que para contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño
inicuamente; no ayunéis como hoy, para que vuestra voz sea oída en lo alto. ¿ Es tal el ayuno que yo escogí, que de día
aflija el hombre su alma, que encorve su cabeza como junco, y haga cama de saco
y de ceniza? ¿Llamaréis esto ayuno, y día agradable a Jehová?"
El verdadero ayuno no es una sencilla práctica ritual. La Escritura describe así el ayuno que Dios
ha escogido: "Desatar las ligaduras de impiedad, deshacer los haces de
opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo;"
que "derramares tu alma al hambriento, y saciares el alma afligida."
En estas palabras se presenta el espíritu y el carácter de la obra de Cristo. Toda su vida fue un sacrificio de sí mismo
por la salvación del mundo. Ora ayunase
en el desierto de la tentación, ora comiese con los publicanos en el banquete
de Mateo, estaba dando su vida para la redención de los perdidos. El verdadero espíritu de devoción no se
manifiesta en ociosos lamentos, ni en la mera humillación corporal y los
múltiples sacrificios, sino en la entrega del yo a un servicio voluntario a
Dios y al hombre.
Continuando su respuesta a los discípulos de Juan,
Jesús pronunció una parábola diciendo: "Nadie mete remiendo de paño nuevo
en vestido viejo; de otra manera el nuevo rompe, y al viejo no conviene
remiendo nuevo." El mensaje de Juan el Bautista no había de entretejerse
con la tradición y la superstición. Una
tentativa de fusionar la hipocresía de los fariseos con la devoción de Juan no
lograría sino hacer más evidente el abismo que había entre ellos.
Ni tampoco podían unirse los principios de la
enseñanza de Cristo con las formas del farisaísmo. Cristo no había de cerrar la brecha hecha por las enseñanzas de
Juan. El iba a hacer aun más definida
la separación entre lo antiguo y lo nuevo.
Jesús ilustró aun más este hecho diciendo: "Nadie echa vino nuevo
en cueros viejos; de otra manera el vino nuevo romperá los cueros, y el vino se
derramará, y los cueros se perderán." Los odres que se usaban como
recipientes para el vino nuevo, después de un tiempo se secaban y volvían
quebradizos, y ya no podían servir con el mismo fin. En esta ilustración familiar, Jesús presentó la condición de los
dirigentes judíos.
Sacerdotes, escribas y gobernantes estaban sumidos en
una rutina de ceremonias y tradiciones.
Sus corazones se habían contraído como los odres resecados a los cuales
se los había comparado. Mientras
permanecían satisfechos con una religión legal, les era imposible ser
depositarios de la verdad viva del cielo.
Pensaban que para todo bastaba su propia justicia, y no deseaban que
entrase un nuevo elemento en su religión.
No aceptaban la buena voluntad de Dios para con los hombres como algo
separado de ellos. La relacionaban con
el mérito propio de sus buenas obras. La
fe que obra por amor y purifica el alma, no hallaba donde unirse con la
religión de los fariseos, compuesta de ceremonias y de órdenes humanas. El esfuerzo de aunar las enseñanzas de Jesús
con la religión establecida sería vano.
La verdad vital de Dios, como el vino en fermentación, reventaría los
viejos y decadentes odres de la tradición farisaica.
Los fariseos se creían demasiado sabios para
necesitar instrucción, demasiado justos para necesitar salvación, demasiado
altamente honrados para necesitar la honra que proviene de Cristo. El Salvador se apartó de ellos para hallar a
otros que quisieran recibir el mensaje del cielo. En los pescadores sin instrucción, en los publicanos de la plaza,
en la mujer de Samaria, en el vulgo que le oía gustosamente, halló sus nuevos
odres para el nuevo vino. Los
instrumentos que han de ser usados en la obra del Evangelio son las almas que
reciben gustosamente la luz que Dios les manda. Son sus agentes para impartir el conocimiento de la verdad al
mundo. Si por medio de la gracia de
Cristo los suyos quieren llegar a ser nuevos odres, los llenará con nuevo vino.
La enseñanza de Cristo, aunque representada por el
nuevo vino, no era una doctrina nueva, sino la revelación de lo que había sido
enseñado desde el principio. Pero para
los fariseos la verdad de Dios había perdido su significado y hermosura
originales. Para ellos, la enseñanza de
Cristo era nueva en casi todo respecto, y no la reconocían ni aceptaban.
Jesús señaló el poder que la falsa enseñanza tiene
para destruir el aprecio y el deseo de la verdad. "Ninguno --dijo él,-- que bebiere del añejo, quiere luego el
nuevo; porque dice: El añejo es mejor." Toda la verdad que había sido dada
al mundo por los patriarcas y los profetas resplandecía con nueva belleza en
las palabras de Cristo. Pero los
escribas y fariseos no deseaban el precioso vino nuevo. Hasta que no se vaciasen de sus viejas
tradiciones, costumbres y prácticas, no tenían en su mente o corazón lugar para
las enseñanzas de Cristo. Se aferraban
a las formas muertas, y se apartaban de la verdad viva y del poder de Dios.
Esto ocasionó la ruina de los judíos y será la ruina
de muchas almas en nuestros tiempos. Miles
están cometiendo el mismo error que los fariseos a quienes Cristo reprendió en
el festín de Mateo. Antes que renunciar
a alguna idea que les es cara, o descartar algún ídolo de su opinión, muchos
rechazan la verdad que desciende del Padre de las luces. Confían en sí mismos y dependen de su propia
sabiduría, y no comprenden su pobreza espiritual. Insisten en ser salvos de alguna manera por la cual puedan
realizar alguna obra importante. Cuando
ven que no pueden entretejer el yo en esa obra, rechazan la salvación provista.
Una religión legal no puede nunca conducir las almas
a Cristo, porque es una religión sin amor y sin Cristo. El ayuno o la oración motivada por un
espíritu de justificación propia, es abominación a Dios. La solemne asamblea para adorar, la
repetición de ceremonias religiosas, la humillación externa, el sacrificio
imponente, proclaman que el que hace esas cosas se considera justo, con derecho
al cielo, pero es todo un engaño. Nuestras
propias obras no pueden nunca comprar la salvación.
Como fue en los días de Cristo, así es hoy; los fariseos
no conocen su indigencia espiritual. A
ellos llega el mensaje: "Porque tú dices: Yo soy rico, y estoy
enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa; y no conoces que tú eres un
cuitado y miserable y pobre y ciego y desnudo; yo te amonesto que de mí compres
oro afinado en fuego, para que seas hecho rico, y seas vestido de vestiduras
blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez." La fe y el
amor son el oro probado en el fuego. Pero
en el caso de muchos, el oro se ha empañado, y se ha perdido el rico tesoro. La justicia de Cristo es para ellos como un
manto sin estrenar, una fuente sellada.
A ellos se dice: "Tengo contra ti que has dejado tu primer amor. Recuerda por tanto de dónde has caído, y
arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré presto a ti, y
quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido."
"Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado: al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios." El hombre debe despojarse de sí mismo antes que pueda ser, en el sentido más pleno, creyente en Jesús. Entonces el Señor puede hacer del hombre una nueva criatura. Los nuevos odres pueden contener el nuevo vino. El amor de Cristo animará al creyente con nueva vida. En aquel que mira al Autor y Consumador de nuestra fe, se manifestará el carácter de Cristo.