CAPÍTULO 22. ENCARCELAMIENTO Y MUERTE DE JUAN
JUAN EL BAUTISTA había sido el primero en proclamar
el reino de Cristo, y fue también el primero en sufrir. Desde el aire libre del desierto y las
vastas muchedumbres que habían estado suspensas de sus palabras, pasó a quedar
encerrado entre las murallas de una mazmorra, encarcelado en la fortaleza de
Herodes Antipas. En el territorio que
estaba al este del Jordán, que se hallaba bajo el dominio de Antipas, había
transcurrido gran parte del ministerio de Juan. Herodes mismo había escuchado la predicación del Bautista. El rey disoluto había temblado al oír el
llamamiento a arrepentirse. "Herodes
temía a Juan, sabiendo que era varón justo y santo, . . . y oyéndole, hacía muchas cosas; y le oía de
buena gana." Juan obró fielmente con él, denunciando su unión inicua con
Herodías, la esposa de su hermano. Durante
un tiempo, Herodes trató débilmente de romper la cadena de concupiscencia que
le ligaba; pero Herodías le sujetó más firmemente en sus redes y se vengó del Bautista,
induciendo a Herodes a echarlo en la cárcel.
La vida de Juan había sido de labor activa, y la
lobreguez e inactividad de la cárcel le abrumaban enormemente. Mientras pasaba semana tras semana sin traer
cambio alguno, el abatimiento y la duda fueron apoderándose de él. Sus discípulos no le abandonaron. Se les permitía tener acceso a la cárcel, y
le traían noticias de las obras de Jesús y de cómo la gente acudía a él. Pero preguntaban por qué, si ese nuevo
maestro era el Mesías, no hacía algo para conseguir la liberación de Juan. ¿Cómo podía permitir que su fiel heraldo
perdiese la libertad y tal vez la vida? Estas preguntas no quedaron sin efecto. Sugirieron a Juan dudas que de otra manera
nunca se le habrían presentado. Satanás
se regocijaba al oír las palabras de esos discípulos, y al ver cómo lastimaban
el alma del mensajero del Señor. ¡Oh, con
cuánta frecuencia los que se creen amigos de un hombre bueno y desean mostrarle
su fidelidad, resultan ser sus más peligrosos enemigos! ¡Con cuánta frecuencia,
en vez de fortalecer su fe, sus palabras le deprimen y desalientan!
Como los discípulos del Salvador, Juan el Bautista no
comprendía la naturaleza del reino de Cristo.
Esperaba que Jesús ocupase el trono de David; y como pasaba el tiempo y
el Salvador no asumía la autoridad real, Juan quedaba perplejo y perturbado. Había declarado a la gente que a fin de que
el camino estuviese preparado delante del Señor, la profecía de Isaías debía
cumplirse; las montañas y colinas debían ser allanadas, lo torcido enderezado y
los lugares escabrosos alisados. Había
esperado que las alturas del orgullo y el poder humano fuesen derribadas. Había señalado al Mesías como Aquel cuyo
aventador estaba en su mano, y que limpiaría cabalmente su era, que recogería
el trigo en su alfolí y quemaría el tamo con fuego inextinguible. Como el profeta Elías, en cuyo espíritu y
poder había venido a Israel, esperaba que el Señor se revelase como Dios que
contesta por fuego.
En su misión, el Bautista se había destacado como
intrépido reprensor de la iniquidad, tanto entre los encumbrados como entre los
humildes. Había osado hacer frente al
rey Herodes y reprocharle claramente su pecado. No había estimado preciosa su vida con tal de cumplir la obra que
le había sido encomendada. Y ahora,
desde su mazmorra, esperaba ver al León de la tribu de Judá derribar el orgullo
del opresor y librar a los pobres y al que clamaba. Pero Jesús parecía conformarse con reunir discípulos en derredor
suyo, y sanar y enseñar a la gente. Comía
en la mesa de los publicanos, mientras que cada día el yugo romano pesaba
siempre más sobre Israel; el rey Herodes y su vil amante realizaban su
voluntad, y los clamores de los pobres y dolientes ascendían al cielo.
Todo esto le parecía un misterio insondable al
profeta del desierto. Había horas en
que los susurros de los demonios atormentaban su espíritu y la sombra de un
miedo terrible se apoderaba de él. ¿Podría
ser que el tan esperado Libertador no hubiese aparecido todavía? ¿Qué
significaba entonces el mensaje que él había sido impulsado a dar? Juan había
quedado acerbamente chasqueado del resultado de su misión. Había esperado que el mensaje de Dios
tuviese el mismo efecto que cuando la ley fue leída en los días de Josías y
Esdras; que seguiría una profunda obra de arrepentimiento y regreso al Señor. Había sacrificado toda su vida al éxito de
su misión. ¿Habría sido en vano?
Perturbaba a Juan el ver que por amor a él sus
propios discípulos albergaban incredulidad para con Jesús. ¿Habría sido vana su obra para ellos?
¿Habría sido él infiel en su misión, y habría de ser separado de ella? Si el
Libertador prometido había aparecido, y Juan había sido hallado fiel a su
misión, ¿no derribaría Jesús el poder del opresor, dejando en libertad a su
heraldo?
Pero el Bautista no renunció a su fe en Cristo. El recuerdo de la voz del cielo y de la
paloma que había descendido sobre él, la inmaculada pureza de Jesús, el poder
del Espíritu Santo que había descansado sobre Juan cuando estuvo en la
presencia del Salvador, y el testimonio de las escrituras proféticas, todo
atestiguaba que Jesús de Nazaret era el Prometido.
Juan no quería discutir sus dudas y ansiedades con
sus compañeros. Resolvió mandar un
mensaje de averiguación a Jesús. Lo
confió a dos de sus discípulos. esperando
que una entrevista con el Salvador confirmaría su fe, e impartiría seguridad a
sus hermanos. Anhelaba alguna palabra
de Cristo, pronunciada directamente para él.
Los discípulos acudieron a Jesús con la
interrogación: "¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a
otro?"
¡Cuán poco tiempo había transcurrido desde que el
Bautista había proclamado, señalando a Jesús: "He aquí el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo." "Este es el que ha de venir tras mí,
el cual es antes de mí." Y ahora pregunta: "¿Eres tú aquel que había
de venir?" Era una intensa amargura y desilusión para la naturaleza humana. Si Juan, el precursor fiel, no discernía la
misión de Cristo, ¿qué podía esperarse de la multitud egoísta?
El Salvador no respondió inmediatamente a la pregunta
de los discípulos. Mientras ellos
estaban allí de pie, extrañados por su silencio, los enfermos y afligidos
acudían a él para ser sanados. Los
ciegos se abrían paso a tientas a través de la muchedumbre; los aquejados de
todas clases de enfermedades, algunos abriéndose paso por su cuenta, otros
llevados por sus amigos, se agolpaban ávidamente en la presencia de Jesús. La voz del poderoso Médico penetraba en los
oídos de los sordos. Una palabra, un
toque de su mano, abría los ojos ciegos para que contemplasen la luz del día,
las escenas de la naturaleza, los rostros de sus amigos y la faz del Libertador. Jesús reprendía a la enfermedad y desterraba
la fiebre. Su voz alcanzaba los oídos
de los moribundos, quienes se levantaban llenos de salud y vigor. Los endemoniados paralíticos obedecían su
palabra, su locura los abandonaba, y le adoraban. Mientras sanaba sus enfermedades, enseñaba a la gente. Los pobres campesinos y trabajadores, a
quienes rehuían los rabinos como inmundos, se reunían cerca de él, y él les
hablaba palabras de vida eterna.
Así iba transcurriendo el día, viéndolo y oyéndolo
todo los discípulos de Juan. Por fin,
Jesús los llamó a sí y los invitó a ir y contar a Juan lo que habían
presenciado, añadiendo: "Bienaventurado es el que no fuere escandalizado
en mí." La evidencia de su divinidad se veía en su adaptación a las necesidades
de la humanidad doliente. Su gloria se
revelaba en su condescendencia con nuestro bajo estado.
Los discípulos llevaron el mensaje, y bastó. Juan recordó la profecía concerniente al
Mesías: "Me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los
abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los
cautivos, y a los presos abertura de la cárcel; a promulgar año de la buena
voluntad de Jehová." Las palabras de Cristo no sólo le declaraban el
Mesías, sino que demostraban de qué manera había de establecerse su reino. A Juan fue revelada la misma verdad que
fuera presentada a Elías en el desierto, cuando sintió "un grande y
poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová:
mas Jehová no estaba en el viento. Y
tras el viento un terremoto: mas Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego: mas Jehová no
estaba en el fuego." Y después del fuego, Dios habló al profeta mediante
una queda vocecita. Así había de hacer
Jesús su obra, no con el fragor de las armas y el derrocamiento de tronos y
reinos, sino hablando a los corazones de los hombres por una vida de
misericordia y sacrificio.
El principio que rigió la vida abnegada del Bautista
era también el que regía el reino del Mesías.
Juan sabía muy bien cuán ajeno era todo esto a los principios y
esperanzas de los dirigentes de Israel.
Lo que para él era evidencia convincente de la divinidad de Cristo, no
sería evidencia para ellos, pues esperaban a un Mesías que no había sido
prometido. Juan vio que la misión del
Salvador no podía granjear de ellos sino odio y condenación. El, que era el precursor, estaba tan sólo
bebiendo de la copa que Cristo mismo debía agotar hasta las heces.
Las palabras del Salvador: "Bienaventurado es el
que no fuere escandalizado en mí," eran una suave reprensión para Juan. Y no dejó de percibirla. Comprendiendo más claramente ahora la
naturaleza de la misión de Cristo, se entregó a Dios para la vida o la muerte,
según sirviese mejor a los intereses de la causa que amaba.
Después que los mensajeros se hubieron alejado, Jesús
habló a la gente acerca de Juan. El
corazón del Salvador sentía profunda simpatía por el testigo fiel ahora
sepultado en la mazmorra de Herodes. No
quería que la gente dedujese que Dios había abandonado a Juan, o que su fe
había faltado en el día de la prueba. "¿Qué
salisteis a ver al desierto?"--dijo.-- "¿Una caña que es meneada del
viento?"
Los altos juncos que crecían al lado del Jordán,
inclinándose al empuje de la brisa, eran adecuados símbolos de los rabinos que
se habían erigido en críticos y jueces de la misión del Bautista. Eran agitados a uno y otro lado por los
vientos de la opinión popular. No
querían humillarse para recibir el mensaje escrutador del Bautista, y sin
embargo, por temor a la gente, no se atrevían a oponerse abiertamente a su obra. Pero el mensajero de Dios no tenía tal
espíritu pusilánime. Las multitudes que
se reunían alrededor de Cristo habían presenciado las obras de Juan. Le habían oído reprender intrépidamente el
pecado. A los fariseos que se creían
justos, a los sacerdotales saduceos, al rey Herodes y su corte, príncipes y
soldados, publicanos y campesinos, Juan había hablado con igual llaneza. No era una caña temblorosa, agitada por los
vientos de la alabanza o el prejuicio humanos.
Era en la cárcel el mismo en su lealtad a Dios y celo por la justicia,
que cuando predicaba el mensaje de Dios en el desierto. Era tan firme como una roca en su fidelidad
a los buenos principios.
Jesús continuó: "Mas ¿qué salisteis a ver? ¿un
hombre cubierto de delicados vestidos? He aquí, los que traen vestidos
delicados, en las casas de los reyes están." Juan había sido llamado a
reprender los pecados y excesos de su tiempo, y su sencilla vestimenta y vida
abnegada estaban en armonía con el carácter de su misión. Los ricos atavíos y los lujos de esta vida
no son la porción de los siervos de Dios, sino de aquellos que viven "en
las casas de los reyes," los gobernantes de este mundo, a quienes
pertenecen su poder y sus riquezas. Jesús
deseaba dirigir la atención al contraste que había entre la vestimenta de Juan
y la que llevaban los sacerdotes y gobernantes. Estos se ataviaban con ricos mantos y costosos ornamentos. Amaban la ostentación y esperaban deslumbrar
a la gente, para alcanzar mayor consideración.
Ansiaban más granjearse la admiración de los hombres, que obtener la
pureza del corazón que les ganaría la aprobación de Dios. Así revelaban que no reconocían a Dios, sino
al reino de este mundo.
"Mas, ¿qué --dijo Jesús,-- salisteis a ver? ¿un
profeta? También os digo, y más que profeta.
Porque éste es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero
delante de tu faz, que aparejará tu camino delante de ti.
"De cierto os digo, que no se levantó entre los
que nacen de mujeres otro mayor que Juan el Bautista." En el anuncio hecho
a Zacarías antes del nacimiento de Juan, el ángel había declarado: "Será
grande delante de Dios." En la estima del cielo, ¿qué constituye la
grandeza? No lo que el mundo tiene por tal; ni la riqueza, la jerarquía, el
linaje noble, o las dotes intelectuales, consideradas en sí mismas. Si la grandeza intelectual, fuera de
cualquier consideración superior, es digna de honor, entonces debemos rendir
homenaje a Satanás, cuyo poder intelectual no ha sido nunca igualado por hombre
alguno. Pero si el don está pervertido
para servir al yo, cuanto mayor sea, mayor maldición resulta. Lo que Dios aprecia es el valor moral. El amor y la pureza son los atributos que
más estima. Juan era grande a la vista
del Señor cuando, delante de los mensajeros del Sanedrín, delante de la gente y
de sus propios discípulos, no buscó honra para sí mismo sino que a todos indicó
a Jesús como el Prometido. Su abnegado
gozo en el ministerio de Cristo presenta el más alto tipo de nobleza que se
haya revelado en el hombre.
El testimonio dado acerca de él después de su muerte,
por aquellos que le oyeron testificar acerca de Jesús, fue: "Juan, a la
verdad, ninguna señal hizo; mas todo lo que Juan dijo de éste, era
verdad." No le fue dado a Juan hacer bajar fuego del cielo, ni resucitar
muertos, como Elías lo había hecho, ni manejar la vara del poder en el nombre
de Dios como Moisés. Fue enviado a
pregonar el advenimiento del Salvador, y a invitar a la gente a prepararse para
su venida. Tan fielmente cumplió su
misión, que al recordar la gente lo que había enseñado acerca de Jesús, podía
decir: "Todo lo que Juan dijo de éste, era verdad." Cada discípulo
del Maestro está llamado a dar semejante testimonio de Cristo.
Como heraldo del Mesías, Juan fue "más que
profeta." Porque mientras que los profetas habían visto desde lejos el
advenimiento de Cristo, le fue dado a Juan contemplarle, oír el testimonio del
cielo en cuanto a su carácter de Mesías, y presentarle a Israel como el Enviado
de Dios. Sin embargo, Jesús dijo:
"El que es muy más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que
él."
El profeta Juan era el eslabón que unía las dos
dispensaciones. Como representante de
Dios, se dedicaba a mostrar la relación de la ley y los profetas con la dispensación
cristiana. Era la luz menor, que había
de ser seguida por otra mayor. La mente
de Juan era iluminada por el Espíritu Santo, a fin de que pudiese derramar luz
sobre su pueblo; pero ninguna luz brilló ni brillará jamás tan claramente sobre
el hombre caído, como la que emanó de la enseñanza y el ejemplo de Jesús. Cristo y su misión habían sido tan sólo
obscuramente comprendidos bajo los símbolos y las figuras de los sacrificios. Ni Juan mismo había comprendido plenamente
la vida futura e inmortal a la cual nos da acceso el Salvador.
Aparte del gozo que Juan hallaba en su misión, su
vida había sido llena de pesar. Su voz
se había oído rara vez fuera del desierto.
Tuvo el destino de un solitario.
No se le permitió ver los resultados de sus propios trabajos. No tuvo el privilegio de estar con Cristo,
ni de presenciar la manifestación del poder divino que acompañó a la luz mayor. No le tocó ver a los ciegos recobrar la
vista, a los enfermos sanar y a los muertos resucitar. No contempló la luz que resplandecía a
través de cada palabra de Cristo, derramando gloria sobre las promesas de la
profecía. El menor de los discípulos
que contempló las poderosas obras de Cristo y oyó sus palabras, era en este
sentido más privilegiado que Juan el Bautista, y por lo tanto se dice que es
mayor que él.
Por medio de las vastas muchedumbres que habían
escuchado la predicación de Juan, su fama cundió por todo el país. Había un profundo interés por el resultado
de su encarcelamiento. Sin embargo, su
vida inmaculada y el fuerte sentimiento público en su favor, inducían a creer
que no se tomarían medidas violentas contra él.
Herodes creía que Juan era profeta de Dios y tenía la
plena intención de devolverle la libertad.
Pero lo iba postergando por temor a Herodías.
Esta sabía que por las medidas directas no podría
nunca obtener que Herodes consintiese en la muerte de Juan, y resolvió lograr
su propósito por una estratagema. En el
día del cumpleaños del rey, debía ofrecerse una fiesta a los oficiales del
estado y los nobles de la corte. Habría
banquete y borrachera. Herodes no
estaría en guardia, y ella podría influir en él a voluntad.
Cuando llegó el gran día, y el rey estaba comiendo y
bebiendo con sus señores, Herodías mandó a su hija a la sala del banquete, para
que bailase a fin de entretener a los invitados. Salomé estaba en su primer florecimiento como mujer; y su
voluptuosa belleza cautivó los sentidos de los señores entregados a la orgía. No era costumbre que las damas de la corte
apareciesen en estas fiestas, y se tributó un cumplido halagador a Herodes
cuando esta hija de los sacerdotes y príncipes de Israel bailó para divertir a
sus huéspedes. El rey estaba embotado
por el vino. La pasión lo dominaba y la
razón estaba destronada. Veía solamente
la sala del placer, sus invitados entregados a la orgía, la mesa del banquete,
el vino centelleante, las luces deslumbrantes y la joven que bailaba delante de
él. En la temeridad del momento, deseó
hacer algún acto de ostentación que le exaltase delante de los grandes de su reino. Con juramentos prometió a la hija de
Herodías cualquier cosa que pidiese, aunque fuese la mitad de su reino.
Salomé se apresuró a consultar a su madre, para saber
lo que debía pedir. La respuesta estaba
lista: la cabeza de Juan el Bautista. Salomé
no conocía la sed de venganza que había en el corazón de su madre y primero se
negó a presentar la petición; pero la resolución de Herodías prevaleció. La joven volvió para formular esta horrible
exigencia: "Quiero que ahora mismo me des en un trinchero la cabeza de
Juan el Bautista."
Herodes quedó asombrado y confundido. Cesó la ruidosa alegría y un silencio penoso
cayó sobre la escena de orgía. El rey
quedó horrorizado al pensar en quitar la vida a Juan. Sin embargo, había empeñado su palabra y no quería parecer
voluble o temerario. El juramento había
sido hecho en honor de sus huéspedes, y si uno de ellos hubiese pronunciado una
palabra contra el cumplimiento de su promesa, habría salvado gustosamente al
profeta. Les dio oportunidad de hablar
en favor del preso. Habían recorrido
largas distancias para oír la predicación de Juan y sabían que era un hombre
sin culpa, y un siervo de Dios. Pero
aunque disgustados por la petición de la joven, estaban demasiado entontecidos
para intervenir con una protesta. Ninguna
voz se alzó para salvar la vida del mensajero del cielo. Esos hombres ocupaban altos puestos de
confianza en la nación y sobre ellos descansaban graves responsabilidades; sin
embargo, se habían entregado al banqueteo y la borrachera hasta que sus sentidos
estaban embotados. Tenían la cabeza
mareada por la vertiginosa escena de música y baile, y su conciencia dormía. Con su silencio, pronunciaron la sentencia
de muerte sobre el profeta de Dios para satisfacer la venganza de una mujer
relajada.
Herodes esperó en vano ser dispensado de su
juramento; luego ordenó, de mala gana, la ejecución del profeta. Pronto fue traída la cabeza de Juan a la
presencia del rey y sus huéspedes. Sellados
para siempre estaban aquellos labios que habían amonestado fielmente a Herodes
a que se apartase de su vida de pecado.
Nunca más se oiría esa voz llamando a los hombres al arrepentimiento. La orgía de una noche había costado la vida
de uno de los mayores profetas.
¡Cuán a menudo ha sido sacrificada la vida de los
inocentes por la intemperancia de los que debieran haber sido guardianes de la
justicia! El que lleva a sus labios la copa embriagante se hace responsable de
toda la injusticia que pueda cometer bajo su poder embotador. Al adormecer sus sentidos, se incapacita
para juzgar serenamente o para tener una clara percepción de lo bueno y de lo
malo. Prepara el terreno para que por
su medio Satanás oprima y destruya al inocente. "El vino es escarnecedor, la cerveza alborotadora; y
cualquiera que por ello errare, no será sabio." Por esta causa "la
justicia se puso lejos; . . . y
el que se apartó del mal, fue puesto en presa." Los que tienen
jurisdicción sobre la vida de sus semejantes deberían ser tenidos por culpables
de un crimen cuando se entregan a la intemperancia. Todos los que aplican las leyes deben ser observadores de ellas. Deben ser hombres que ejerzan dominio propio. Necesitan tener pleno goce de sus facultades
físicas, mentales y morales, a fin de poseer vigor intelectual y un alto
sentido de la justicia.
La cabeza de Juan el Bautista fue llevada a Herodías,
quien la recibió con feroz satisfacción.
Se regocijaba en su venganza y se lisonjeaba de que la conciencia de
Herodes ya no le perturbaría. Pero su
pecado no le dio felicidad. Su nombre
se hizo notorio y aborrecido, mientras que Herodes estuvo más atormentado por
el remordimiento que antes por las amonestaciones del profeta. La influencia de las enseñanzas de Juan no
se hundió en el silencio; había de extenderse a toda generación hasta el fin de
los tiempos.
El pecado de Herodes estaba siempre delante de él. Constantemente procuraba hallar alivio de
las acusaciones de su conciencia culpable.
Su confianza en Juan era inconmovible.
Cuando recordaba su vida de abnegación, sus súplicas fervientes y
solemnes, su sano criterio en los consejos, y luego recordaba cómo había
hallado la muerte, Herodes no podía encontrar descanso. Mientras atendía los asuntos del Estado,
recibiendo honores de los hombres, mostraba un rostro sonriente y un porte
digno, pero ocultaba un corazón ansioso, siempre temeroso de que una maldición
pesara sobre él.
Herodes había quedado profundamente impresionado por
las palabras de Juan, de que nada puede ocultarse de Dios. Estaba convencido de que Dios estaba
presente en todo lugar, que había presenciado la orgía de la sala del banquete,
que había oído la orden de decapitar a Juan, y había visto la alegría de
Herodías y el insulto que infligió a la cercenada cabeza del que la había
reprendido. Y muchas cosas que Herodes
había oído de los labios del profeta hablaban ahora a su conciencia más
distintamente de lo que lo hiciera su predicación en el desierto.
Cuando Herodes oyó hablar de las obras de Cristo, se
perturbó en gran manera. Pensó que Dios
había resucitado a Juan de los muertos, y lo había enviado con poder aun mayor
para condenar el pecado. Temía
constantemente que Juan vengase su muerte condenándole a él y a su casa. Herodes estaba cosechando lo que Dios había
declarado resultado de una conducta pecaminosa: "Corazón tembloroso, y
caimiento de ojos, y tristeza de alma: y tendrás tu vida como colgada delante
de ti, y estarás temeroso de noche y de día, y no confiarás de tu vida. Por la mañana dirás: ¡Quién diera fuese la
tarde! y a la tarde dirás: ¡Quién diera fuese la mañana! por el miedo de tu
corazón con que estarás amedrentado, y por lo que verán tus ojos." Los
pensamientos del pecador son sus acusadores; no podría sufrir tortura más
intensa que los aguijones de una conciencia culpable, que no le deja descansar
ni de día ni de noche.
Para muchos, un profundo misterio rodea la suerte de
Juan el Bautista. Se preguntan por qué
se le debía dejar languidecer y morir en la cárcel. Nuestra visión humana no puede penetrar el misterio de esta
sombría providencia; pero ésta no puede conmover nuestra confianza en Dios
cuando recordamos que Juan no era sino partícipe de los sufrimientos de Cristo. Todos los que sigan a Cristo llevarán la
corona del sacrificio. Serán por cierto
mal comprendidos por los hombres egoístas, y blanco de los feroces asaltos de
Satanás. El reino de éste se estableció
para destruir ese principio de la abnegación, y peleará contra él dondequiera
que se manifieste.
La niñez, juventud y edad adulta de Juan se
caracterizaron por la firmeza y la fuerza moral. Cuando su voz se oyó en el desierto diciendo: "Aparejad el
camino del Señor, enderezad sus veredas,' Satanás temió por la seguridad de su
reino. El carácter pecaminoso del
pecado se reveló de tal manera que los hombres temblaron. Quedó quebrantado el poder que Satanás había
ejercido sobre muchos que habían estado bajo su dominio. Había sido incansable en sus esfuerzos para
apartar al Bautista de una vida de entrega a Dios sin reserva; pero había
fracasado. No había logrado vencer a
Jesús. En la tentación del desierto,
Satanás había sido derrotado, y su ira era grande. Resolvió causar pesar a Cristo hiriendo a Juan. Iba a hacer sufrir a Aquel a quien no podía
inducir a pecar.
Jesús no se interpuso para librar a su siervo. Sabía que Juan soportaría la prueba. Gozosamente habría ido el Salvador a Juan,
para alegrar la lobreguez de la mazmorra con su presencia. Pero no debía colocarse en las manos de sus
enemigos, ni hacer peligrar su propia misión.
Gustosamente habría librado a su siervo fiel. Pero por causa de los millares que en años ulteriores debían
pasar de la cárcel a la muerte, Juan había de beber la copa del martirio. Mientras los discípulos de Jesús
languideciesen en solitarias celdas, o pereciesen por la espada, el potro o la
hoguera, aparentemente abandonados de Dios y de los hombres, ¡qué apoyo iba a
ser para su corazón el pensamiento de que Juan el Bautista, cuya fidelidad
Cristo mismo había atestiguado, había experimentado algo similar!
Se le permitió a Satanás abreviar la vida terrenal
del mensajero de Dios; pero el destructor no podía alcanzar esa vida que
"está escondida con Cristo en Dios.' Se regocijó por haber causado pesar a
Cristo; pero no había logrado vencer a Juan.
La misma muerte le puso para siempre fuera del alcance de la tentación. En su guerra, Satanás estaba revelando su
carácter. Puso de manifiesto, delante
del universo que la presenciaba, su enemistad hacia Dios y el hombre.
Aunque ninguna liberación milagrosa fue concedida a
Juan, no fue abandonado. Siempre tuvo
la compañía de los ángeles celestiales, que le hacían comprender las profecías
concernientes a Cristo y las preciosas promesas de la Escritura. Estas eran su sostén, como iban a ser el
sostén del pueblo de Dios a través de los siglos venideros. A Juan el Bautista, como a aquellos que vinieron
después de él, se aseguró: "He aquí, yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el fin del mundo.'
Dios no conduce nunca a sus hijos de otra manera que la que ellos elegirían si pudiesen ver el fin desde el principio, y discernir la gloria del propósito que están cumpliendo como colaboradores suyos. Ni Enoc, que fue trasladado al cielo, ni Elías, que ascendió en un carro de fuego, fueron mayores o más honrados que Juan el Bautista, que pereció solo en la mazmorra. "A vosotros es concedido por Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él.' Y de todos los dones que el Cielo puede conceder a los hombres, la comunión con Cristo en sus sufrimientos es el más grave cometido y el más alto honor.