DURANTE más de mil años, los judíos habían esperado
la venida del Salvador. En este
acontecimiento habían cifrado sus más gloriosas esperanzas. En cantos y profecías, en los ritos del
templo y en las oraciones familiares, habían engastado su nombre. Y sin embargo, cuando vino, no le
conocieron. El Amado del cielo fue para
ellos como "raíz de tierra seca," sin "parecer en él ni hermosura;"
y no vieron en él belleza que lo hiciera deseable a sus ojos. "A lo suyo vino, y los suyos no le
recibieron."
Sin embargo, Dios había elegido a Israel. Lo había llamado para conservar entre los
hombres el conocimiento de su ley, así como los símbolos y las profecías que
señalaban al Salvador. Deseaba que
fuese como fuente de salvación para el mundo.
Como Abrahán en la tierra donde peregrinó, José en Egipto y Daniel en la
corte de Babilonia, había de ser el pueblo hebreo entre las naciones. Debía revelar a Dios ante los hombres.
En el llamamiento dirigido a Abrahán, el Señor había
dicho: "Bendecirte he, ... y serás bendición, ... y serán benditas en ti todas las familias de
la tierra." La misma enseñanza fue repetida por los profetas. Aun después que Israel había sido asolado
por la guerra y el cautiverio, recibió esta promesa: "Y será el residuo de
Jacob en medio de muchos pueblos, como el rocío de Jehová, como las lluvias
sobre la hierba, las cuales no esperan varón, ni aguardan a hijos de hombres.'
Acerca del templo de Jerusalén, el Señor declaró por medio de Isaías: "Mi
casa, casa de oración será llamada de todos los pueblos."
Pero los israelitas cifraron sus esperanzas en la
grandeza mundanal. Desde el tiempo en
que entraron en la tierra de Canaán, se apartaron de los mandamientos de Dios y
siguieron los caminos de los paganos. En
vano Dios les mandaba advertencias por sus profetas. En vano sufrieron el castigo de la opresión pagana. A cada reforma seguía una apostasía mayor.
Si los hijos de Israel hubieran sido fieles a Dios,
él podría haber logrado su propósito honrándolos y exaltándolos. Si hubiesen andado en los caminos de la
obediencia, él los habría ensalzado "sobre todas las naciones que ha
hecho, para alabanza y para renombre y para gloria." "Verán todos los
pueblos de la tierra --dijo Moisés-- que tú eres llamado del nombre de Jehová,
y te temerán." Las gentes "oirán hablar de todos estos estatutos, y
dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido es esta gran nación." Pero a
causa de su infidelidad, el propósito de Dios no pudo realizarse sino por medio
de continua adversidad y humillación.
Fueron llevados en cautiverio a Babilonia y
dispersados por tierras de paganos. En
la aflicción, muchos renovaron su fidelidad al pacto con Dios. Mientras colgaban sus arpas de los sauces y
lloraban por el santo templo desolado, la luz de la verdad resplandeció por su
medio, y el conocimiento de Dios se difundió entre las naciones. Los sistemas paganos de sacrificio eran una
perversión del sistema que Dios había ordenado; y más de un sincero observador
de los ritos paganos aprendió de los hebreos el significado del ceremonial
divinamente ordenado, y con fe aceptó la promesa de un Redentor.
Muchos de los sacerdotes sufrieron persecución. No pocos perdieron la vida por negarse a
violar el sábado y a observar las fiestas paganas. Al levantarse los idólatras para aplastar la verdad, el Señor
puso a sus siervos frente a frente con reyes y gobernantes, a fin de que éstos
y sus pueblos pudiesen recibir la luz.
Vez tras vez, los mayores monarcas debieron proclamar la supremacía del
Dios a quien adoraban los cautivos hebreos.
Por el cautiverio babilónico, los israelitas fueron
curados eficazmente de la adoración de las imágenes esculpidas. Durante los siglos que siguieron, sufrieron
por la opresión de enemigos paganos, hasta que se arraigó en ellos la
convicción de que su prosperidad dependía de su obediencia a la ley de
Dios. Pero en el caso de muchos del
pueblo la obediencia no era impulsada por el amor. El motivo era egoísta.
Rendían un servicio externo a Dios como medio de alcanzar la grandeza
nacional. No llegaron a ser la luz del
mundo, sino que se aislaron del mundo a fin de rehuir la tentación de la
idolatría. En las instrucciones dadas
por medio de Moisés, Dios había impuesto restricciones a su asociación con los
idolatras; pero esta enseñanza había sido falsamente interpretada. Estaba destinada a impedir que ellos se
conformasen a las prácticas de los paganos.
Pero la usaron para edificar un muro de separación entre Israel y todas
las demás naciones. Los judíos
consideraban a Jerusalén como su cielo, y sentían verdaderamente celos de que
el Señor manifestase misericordia a los gentiles.
Después de regresar de Babilonia, dedicaron mucha
atención a la instrucción religiosa.
Por todo el país, se erigieron sinagogas, en las cuales los sacerdotes y
escribas explicaban la ley. Y se
establecieron escuelas donde se profesaba enseñar los principios de la
justicia, juntamente con las artes y las ciencias. Pero estos medios se corrompieron. Durante el cautiverio, muchos del pueblo habían recibido ideas y
costumbres paganas, y éstas penetraron en su ceremonial religioso. En muchas cosas, se conformaban a las
prácticas de los idólatras.
Al apartarse de Dios, los judíos perdieron de vista
mucho de lo que enseñaba el ritual.
Este ritual había sido instituido por Cristo mismo. En todas sus partes, era un símbolo de él; y
había estado lleno de vitalidad y hermosura espiritual. Pero los judíos perdieron la vida espiritual
de sus ceremonias, y se aferraron a las formas muertas. Confiaban en los sacrificios y los ritos
mismos, en vez de confiar en Aquel a quien éstos señalaban. A fin de reemplazar lo que habían perdido,
los sacerdotes y rabinos multiplicaron los requerimientos de su invención; y
cuanto más rígidos se volvían, tanto menos del amor de Dios manifestaban. Medían su santidad por la multitud de sus
ceremonias, mientras que su corazón estaba lleno de orgullo e hipocresía.
Con todas sus minuciosas y gravosas órdenes, era
imposible guardar la ley. Los que
deseaban servir a Dios, y trataban de observar los preceptos rabínicos,
luchaban bajo una pesada carga. No
podían hallar descanso de las acusaciones de una conciencia perturbada. Así Satanás obraba para desalentar al
pueblo, para rebajar su concepto del carácter de Dios y para hacer despreciar
la fe de Israel. Esperaba demostrar lo
que había sostenido cuando se rebeló en el cielo, a saber, que los
requerimientos de Dios eran injustos, y no podían ser obedecidos. Aun Israel, declaraba, no guardaba la
ley.
Aunque los judíos deseaban el advenimiento del
Mesías, no tenían un verdadero concepto de su misión. No buscaban la redención del pecado, sino la liberación de los
romanos. Esperaban que el Mesías vendría
como conquistador, para quebrantar el poder del opresor, y exaltar a Israel al
dominio universal. Así se iban
preparando para rechazar al Salvador.
En el tiempo del nacimiento de Cristo, la nación estaba tascando el freno bajo sus amos extranjeros, y la atormentaba la disensión interna. Se les había permitido a los judíos conservar la forma de un gobierno separado; pero nada podía disfrazar el hecho de que estaban bajo el yugo romano, ni avenirlos a la restricción de su poder. Los romanos reclamaban el derecho de nombrar o remover al sumo sacerdote, y este cargo se conseguía con frecuencia por el fraude, el cohecho y aun el homicidio. Así el sacerdocio se volvía cada vez más corrompido. Sin embargo, los sacerdotes poseían aún gran poder y lo empleaban con fines egoístas y mercenarios. El pueblo estaba sujeto a sus exigencias despiadadas, y también a los gravosos impuestos de los romanos. Este estado de cosas ocasionaba extenso descontento. Los estallidos populares eran frecuentes. La codicia y la violencia, la desconfianza y la apatía espiritual, estaban royendo el corazón mismo de la nación.
El odio a los romanos y el orgullo nacional y
espiritual inducían a los judíos a seguir adhiriéndose rigurosamente a sus
formas de culto. Los sacerdotes
trataban de mantener una reputación de santidad atendiendo escrupulosamente a las
ceremonias religiosas. El pueblo, en
sus tinieblas y opresión, y los gobernantes sedientos de poder anhelaban la
venida de Aquel que vencería a sus enemigos y devolvería el reino a Israel. Habían estudiado las profecías, pero sin
percepción espiritual. Así habían
pasado por alto aquellos pasajes que señalaban la humillación de Cristo en su
primer advenimiento y aplicaban mal los que hablaban de la gloria de su segunda
venida. El orgullo obscurecía su
visión. Interpretaban las profecías de
acuerdo con sus deseos egoístas.