CAPÍTULO 19. JUNTO AL POZO DE JACOB
EN VIAJE a Galilea, Jesús pasó por Samaria. Era ya mediodía cuando llegó al hermoso
valle de Siquem. A la entrada de dicho
valle, se hallaba el pozo de Jacob. Cansado
de viajar, se sentó allí para descansar, mientras sus discípulos iban a comprar
provisiones.
Los judíos y los samaritanos eran acérrimos enemigos,
y en cuanto les era posible, evitaban todo trato unos con otros. Los rabinos tenían por lícito el negociar
con los samaritanos en caso de necesidad; pero condenaban todo trato social con
ellos. Un judío no debía pedir nada
prestado a un samaritano, ni aun un bocado de pan o un vaso de agua. Los discípulos, al ir a comprar alimentos,
obraban en armonía con la costumbre de su nación, pero no podían ir más allá. El pedir un favor a los samaritanos, o el
tratar de beneficiarlos en alguna manera, no podía cruzar siquiera por la mente
de los discípulos de Cristo.
Mientras Jesús estaba sentado sobre el brocal del
pozo, se sentía débil por el hambre y la sed.
El viaje hecho desde la mañana había sido largo, y se hallaba ahora bajo
los rayos del sol de mediodía. Su sed
era intensificada por la evocación del agua fresca que estaba tan cerca, aunque
inaccesible para él; porque no tenía cuerda ni cántaro, y el pozo era hondo. Compartía la suerte de la humanidad, y
aguardaba que alguien viniese para sacar agua.
Se acercó entonces una mujer de Samaria, y sin prestar atención a su
presencia, llenó su cántaro de agua. Cuando
estaba por irse, Jesús le pidió que le diese de beber. Ningún oriental negaría un favor tal. En el Oriente se llama al agua "el don
de Dios." El ofrecer de beber al viajero sediento era considerado un deber
tan sagrado que los árabes del desierto se tomaban molestias especiales para
cumplirlo. El odio que reinaba entre
los judíos y los samaritanos impidió a la mujer ofrecer un favor a Jesús; pero
el Salvador estaba tratando de hallar la llave de su corazón, y con el tacto
nacido del amor divino, él no ofreció un favor, sino que lo pidió. El ofrecimiento de un favor podría haber
sido rechazado; pero la confianza despierta confianza. El Rey del cielo se presentó a esta paria de
la sociedad, pidiendo un servicio de sus manos. El que había hecho el océano, el que rige las aguas del abismo,
el que abrió los manantiales y los canales de la tierra, descansó de sus
fatigas junto al pozo de Jacob y dependió de la bondad de una persona extraña
para una cosa tan insignificante como un sorbo de agua.
La mujer se dio cuenta de que Jesús era judío. En su sorpresa, se olvidó de concederle lo
pedido, e indagó así la razón de tal petición: "¿Cómo tú, siendo judío, me
pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?"
Jesús contestó: "Si conocieses el don de Dios, y
quién es el que te dice: Dame de beber: tú pedirías de él, y él te daría agua
viva." Es decir: Te maravilla que yo te pida un favor tan pequeño como un
sorbo de agua del pozo que está a nuestros pies. Si tú me hubieses pedido a mí, te hubiera dado a beber el agua de
la vida eterna.
La mujer no había comprendido las palabras de Cristo,
pero sintió su solemne significado. Empezó
a cambiar su actitud despreocupada. Suponiendo
que Jesús hablaba del pozo que estaba delante de ellos, dijo: "Señor, no
tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo: ¿ de dónde, pues, tienes el agua
viva? ¿ Eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual
él bebió?" Ella no veía delante de sí más que un sediento viajero, cansado
y cubierto de polvo. Lo comparó
mentalmente con el honrado patriarca Jacob.
Abrigaba el sentimiento muy natural de que ningún otro pozo podía ser
igual al cavado por sus padres. Miraba
hacia atrás a los padres, y hacia adelante a la llegada del Mesías, mientras la
Esperanza de los padres, el Mesías mismo, estaba a su lado, y ella no lo
conocía. ¡Cuántas almas sedientas están
hoy al lado de la fuente del agua viva, y, sin embargo, buscan muy lejos los
manantiales de la vida! "No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo?
(esto es, para traer abajo a Cristo:) O, ¿quién descenderá al abismo? (esto es,
para volver a traer a Cristo de los muertos.) ...Cercana está la palabra, en tu
boca y en tu corazón...Si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en
tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo."
Jesús no contestó inmediatamente la pregunta respecto
de sí mismo, sino que con solemne seriedad dijo: "Cualquiera que bebiere
de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré,
para siempre no tendrá sed: mas el agua que yo le daré, será en él una fuente
de agua que salte para vida eterna."
El que trate de aplacar su sed en las fuentes de este
mundo, bebe tan sólo para tener sed otra vez.
Por todas partes, hay hombres que no están satisfechos. Anhelan algo que supla la necesidad del alma. Un solo Ser puede satisfacer esta necesidad. Lo que el mundo necesita, "el Deseado
de todas las gentes," es Cristo. La
gracia divina, que él solo puede impartir, es como agua viva que purifica,
refrigera y vigoriza al alma.
Jesús no quiso dar a entender que un solo sorbo del
agua de vida bastaba para el que la recibiera.
El que prueba el amor de Cristo, lo deseará en mayor medida de continuo;
pero no buscará otra cosa. Las
riquezas, los honores y los placeres del mundos no le atraen más. El constante clamor de su corazón es:
"Más de ti." Y el que revela al alma su necesidad, aguarda para
satisfacer su hambre y sed. Todo
recurso en que confíen los seres humanos, fracasará. Las cisternas se vaciarán, los estanques se secarán; pero nuestro
Redentor es el manantial inagotable. Podemos
beber y volver a beber, y siempre hallar una provisión de agua fresca. Aquel en quien Cristo mora, tiene en sí la
fuente de bendición, "una fuente de agua que salte para vida eterna."
De este manantial puede sacar fuerza y gracia suficientes para todas sus
necesidades.
Mientras Jesús hablaba del agua viva, la mujer lo
miró con atención maravillada. Había
despertado su interés, y un deseo del don del cual hablaba. Se percató de que no se refería al agua del
pozo de Jacob; porque de ésta bebía de continuo y volvía a tener sed. "Señor --dijo,-- dame esta agua, para
que no tenga sed, ni venga acá a sacarla."
Jesús desvió entonces bruscamente la conversación. Antes que esa alma pudiese recibir el don
que él anhelaba concederle, debía ser inducida a reconocer su pecado y su
Salvador. "Jesús le dice: Ve, llama
a tu marido, y ven acá." Ella contestó: "No tengo marido."
Esperaba así evitar toda pregunta en ese sentido. Pero el Salvador continuó: "Bien has dicho, No tengo marido;
porque cinco maridos has tenido: y el que ahora tienes no es tu marido; esto has
dicho con verdad."
La interlocutora de Jesús tembló. Una mano misteriosa estaba hojeando las
páginas de la historia de su vida, sacando a luz lo que ella había esperado
mantener para siempre oculto. ¿Quién
era éste que podía leer los secretos de su vida? Se puso a pensar en la
eternidad, en el juicio futuro, en el cual todo lo que es ahora oculto será
revelado. En su luz, su conciencia
despertó.
No podía negar nada; pero trató de eludir toda
mención de un tema tan ingrato. Con
profunda reverencia, dijo: "Señor, paréceme que tú eres profeta."
Luego, esperando acallar la convicción, mencionó puntos de controversia
religiosa. Si él era profeta,
seguramente podría instruirla acerca de estos asuntos en disputa desde hacía
tanto tiempo.
Con paciencia Jesús le permitió llevar la
conversación adonde ella quiso. Mientras
tanto, aguardaba la oportunidad de volver a hacer penetrar la verdad en su
corazón. "Nuestros padres adoraron
en este monte --dijo ella,-- y vosotros decís que en Jerusalem es el lugar
donde es necesario adorar." A la vista estaba el monte Gerizim. Su templo estaba derribado y sólo quedaba el
altar. El lugar del culto había sido
tema de discusión entre judíos y samaritanos.
Algunos de los antepasados de estos últimos habían pertenecido a Israel;
pero por causa de sus pecados, el Señor había permitido que fuesen vencidos por
una nación idólatra. Durante muchas
generaciones, se habían mezclado con idólatras, cuya religión había contaminado
gradualmente la suya. Es cierto que
sostenían que sus ídolos tenían como único objeto hacerles acordar del Dios
viviente, el Gobernante del universo; no obstante, el pueblo había sido
inducido a reverenciar sus imágenes esculpidas.
Cuando el templo de Jerusalén fue reconstruido en los
días de Esdras, los samaritanos quisieron contribuir a su erección juntamente
con los judíos. Este privilegio les fue
negado, y esto suscitó una amarga animosidad entre los dos pueblos. Los samaritanos edificaron un templo rival
sobre el monte Gerizim. Allí adoraban
de acuerdo con el ritual mosaico, aunque no renunciaron completamente a la
idolatría. Pero los azotaron desastres,
su templo fue destruido por sus enemigos, y parecían hallarse bajo una
maldición; a pesar de lo cual se aferraron todavía a sus tradiciones y a sus
formas de culto. No querían reconocer
el templo de Jerusalén como casa de Dios, ni admiran que la religión de los
judíos fuese superior a la suya.
En respuesta a lo que mencionara la mujer, Jesús
dijo: "Mujer, créeme, que la hora viene, cuando ni en este monte, ni en
Jerusalem adoraréis al Padre. Vosotros
adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos: porque la salud
viene de los judíos." Jesús había demostrado que él no participaba de los
prejuicios judíos contra los samaritanos.
Ahora se esforzó en destruir el prejuicio de esa samaritana contra los
judíos. Al par que se refería al hecho
de que la fe de los samaritanos estaba corrompida por la idolatría, declaró que
las grandes verdades de la redención habían sido confiadas a los judíos y que
de entre ellos había de aparecer el Mesías.
En las Sagradas Escrituras, tenían una clara presentación del carácter
de Dios y de los principios de su gobierno.
Jesús se clasificó con los judíos como el pueblo al cual Dios se había
dado a conocer.
El deseaba elevar los pensamientos de su oyente por
encima de cuanto se refería a formas, ceremonias y cuestiones controvertidas. "La hora viene --dijo él,-- y ahora es,
cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad;
porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en
espíritu y en verdad es necesario que adoren."
Aquí se declara la misma verdad que Jesús había
revelado a Nicodemo cuando dijo: "A menos que el hombre naciere de lo
alto, no puede ver el reino de Dios." Los hombres no se ponen en comunión
con el cielo visitando una montaña santa o un templo sagrado. La religión no ha de limitarse a las formas
o ceremonias externas. La religión que
proviene de Dios es la única que conducirá a Dios. A fin de servirle debidamente, debemos nacer del Espíritu divino. Esto purificará el corazón y renovará la
mente, dándonos una nueva capacidad para conocer y amar a Dios. Nos inspirará una obediencia voluntaria a
todos sus requerimientos. Tal es el
verdadero culto. Es el fruto de la obra
del Espíritu Santo. Por el Espíritu es formulada
toda oración sincera, y una oración tal es aceptable para Dios. Siempre que un alma anhela a Dios, se
manifiesta la obra del Espíritu, y Dios se revelará a esa alma. El busca adoradores tales. Espera para recibirlos y hacerlos sus hijos
e hijas.
Mientras la mujer hablaba con Jesús, le impresionaron
sus palabras. Nunca había oído expresar
tales sentimientos por los sacerdotes de su pueblo o de los judíos. Al serle revelada su vida pasada, había
llegado a sentir su gran necesidad. Comprendió
la sed de su alma, que las aguas del pozo de Sicar no podrían nunca satisfacer. Nada de todo lo que había conocido antes, le
había hecho sentir así su gran necesidad.
Jesús la había convencido de que leía los secretos de su vida; sin
embargo, se daba cuenta de que era un amigo que la compadecía y la amaba. Aunque la misma pureza de su presencia
condenaba el pecado de ella, no había pronunciado acusación alguna, sino que le
había hablado de su gracia, que podía renovar el alma. Empezó a sentir cierta convicción acerca de
su carácter, y pensó: ¿No podría ser éste el Mesías que por tanto tiempo hemos
esperado? Entonces le dijo: "Sé que el Mesías ha de venir, el cual se dice
el Cristo: cuando él viniere nos declarará todas las cosas." Jesús le
respondió: "Yo soy, que hablo contigo.
Al oír la mujer estas palabras, la fe nació en su corazón, y aceptó el
admirable anuncio de los labios del Maestro divino.
Esta mujer se hallaba en un estado de ánimo que le
permitía apreciar las cosas. Estaba
dispuesta a recibir la más noble revelación, porque estaba interesada en las
Escrituras, y el Espíritu Santo había estado preparando su mente para recibir
más luz. Había estudiado la promesa del
Antiguo Testamento: "Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo,
te levantará Jehová tu Dios: a él oiréis." Ella anhelaba comprender esta
profecía. La luz ya estaba penetrando
en su mente. El agua de la vida, la
vida espiritual que Cristo da a toda alma sedienta, había empezado a brotar en
su corazón. El Espíritu del Señor
estaba obrando en ella.
El claro aserto hecho por Jesús a esta mujer no
podría haberse dirigido a los judíos que se consideraban justos. Cristo era mucho más reservado cuando
hablaba con ellos. A ella le fue
revelado aquello cuyo conocimiento fue negado a los judíos, y que a los
discípulos se ordenó más tarde guardar en secreto. Jesús vio que ella haría uso de su conocimiento para inducir a
otros a compartir su gracia.
Cuando los discípulos volvieron, se sorprendieron al
hallar a su Maestro hablando con la mujer.
No había bebido el agua refrigerante que deseaba, ni se detuvo a comer
lo que los discípulos habían traído. Cuando
la mujer se hubo ido, los discípulos le rogaron que comiera. Le veían callado, absorto, como en arrobada
meditación. Su rostro resplandecía, y
temían interrumpir su comunión con el Cielo.
Pero sabían que se hallaba débil y cansado, y pensaban que era deber
suyo recordarle sus necesidades. Jesús
reconoció su amante interés y dijo: "Yo tengo una comida que comer, que
vosotros no sabéis."
Los discípulos se preguntaron quién le habría traído
comida; pero él explicó: "Mi comida es que haga la voluntad del que me
envió, y que acabe su obra." Jesús se regocijaba de que sus palabras
habían despertado la conciencia de la mujer.
La había visto beber del agua de la vida, y su propia hambre y sed
habían quedado satisfechas. El
cumplimiento de la misión por la cual había dejado el cielo fortalecía al
Salvador para su labor, y lo elevaba por encima de las necesidades de la
humanidad. El ministrar a un alma que
tenía hambre y sed de verdad le era más grato que el comer o beber. Era para él un consuelo, un refrigerio. La benevolencia era la vida de su alma.
Nuestro Redentor anhela que se le reconozca. Tiene hambre de la simpatía y el amor de
aquellos a quienes compró con su propia sangre. Anhela con ternura inefable que vengan a él y tengan vida. Así como una madre espera la sonrisa de
reconocimiento de su hijito, que le indica la aparición de la inteligencia, así
Cristo espera la expresión de amor agradecido que demuestra que la vida
espiritual se inició en el alma.
La mujer se había llenado de gozo al escuchar las
palabras de Cristo. La revelación
admirable era casi abrumadora. Dejando
su cántaro, volvió a la ciudad para llevar el mensaje a otros. Jesús sabía por qué se había ido. El hecho de haber dejado su cántaro hablaba
inequívocamente del efecto de sus palabras.
Su alma deseaba vehementemente obtener el agua viva, y se olvidó de lo
que la había traído al pozo, se olvidó hasta de la sed del Salvador, que se
proponía aplacar. Con corazón rebosante
de alegría, se apresuró a impartir a otros la preciosa luz que había recibido.
"Venid, ved un hombre que me ha dicho todo lo
que he hecho: ¿si quizás es éste el Cristo?"--dijo a los hombres de la
ciudad. Sus palabras conmovieron los
corazones. Había en su rostro una nueva
expresión, un cambio en todo su aspecto.
Se interesaron por ver a Jesús. "Entonces
salieron de la ciudad, y vinieron a él."
Mientras Jesús estaba todavía sentado a orillas del
pozo, miró los campos de la mies que se extendían delante de él, y cuyo suave
verdor parecía dorado por la luz del sol.
Señalando la escena a sus discípulos, la usó como símbolo: "¿No
decís vosotros: Aun hay cuatro meses hasta que llegue la siega? He aquí os
digo: Alzad vuestros ojos, y mirad las regiones, porque ya están blancas para
la siega." Y mientras hablaba, miraba a los grupos que se acercaban al
pozo. Faltaban cuatro meses para la
siega, pero allí había una mies ya lista para la cosecha.
"El que siega --dijo,-- recibe salario, y allega
fruto para vida eterna; para que el que siembra también goce, y el que siega. Porque en esto es el dicho verdadero: que
uno es el que siembra, y otro es el que siega." En estas palabras, señala
Cristo el servicio sagrado que deben a Dios los que reciben el Evangelio. Deben ser sus agentes vivos. El requiere su servicio individual. Y sea que sembremos o seguemos, estamos
trabajando para Dios. El uno esparce la
simiente; el otro junta la mies; pero tanto el sembrador como el segador reciben
galardón. Se regocijan juntos en la
recompensa de su trabajo.
Jesús dijo a los discípulos: "Yo os he enviado a
segar lo que vosotros no labrasteis: otros labraron, y vosotros habéis entrado
en sus labores." El Salvador estaba mirando hacia adelante, a la gran
recolección del día de Pentecostés. Los
discípulos no habían de considerarla como el resultado de sus propios esfuerzos. Estaban entrando en las labores de otros
hombres. Desde la caída de Adán, Cristo
había estado confiando la semilla de su palabra a sus siervos escogidos, para
que la sembrasen en corazones humanos. Y
un agente invisible, un poder omnipotente había obrado silenciosa pero
eficazmente, para producir la mies. El
rocío, la lluvia y el sol de la gracia de Dios habían sido dados para refrescar
y nutrir la semilla de verdad. Cristo
iba a regar la semilla con su propia sangre.
Sus discípulos tenían el privilegio de colaborar con Dios. Eran colaboradores con Cristo y con los
santos de la antigüedad. Por el
derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés, se iban a convertir millares
en un día. Tal era el resultado de la
siembra de Cristo, la mies de su obra.
En las palabras dichas a la mujer al lado del pozo,
una buena simiente había sido sembrada, y cuán pronto se había obtenido la mies. Los samaritanos vinieron y oyeron a Jesús y
creyeron en él. Rodeándole al lado del
pozo, le acosaron a preguntas, y ávidamente recibieron sus explicaciones de las
muchas cosas que antes les habían sido obscuras. Mientras escuchaban, su perplejidad empezó a disiparse. Eran como gente que hallándose en grandes
tinieblas, siguen un repentino rayo de luz hasta encontrar el día. Pero no les bastaba esta corta conferencia. Ansiaban oír más, y que sus amigos también
oyesen a este maravilloso Maestro. Le
invitaron a su ciudad, y le rogaron que quedase con ellos. Permaneció, pues, dos días en Samaria, y
muchos más creyeron en él.
Los fariseos despreciaban la sencillez de Jesús. Desconocían sus milagros, y pedían una señal
de que era el Hijo de Dios. Pero los
samaritanos no pidieron señal, y Jesús no hizo milagros entre ellos, fuera del
que consistió en revelar los secretos de su vida a la mujer que estaba al lado
del pozo. Sin embargo, muchos le
recibieron. En su nuevo gozo, decían a
la mujer: "Ya no creemos por tu dicho; porque nosotros mismos hemos oído,
y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo."
Los samaritanos creían que el Mesías había de venir
como Redentor, no sólo de los judíos, sino del mundo. El Espíritu Santo, por medio de Moisés, lo había anunciado como
profeta enviado de Dios. Por medio de
Jacob, se había declarado que todas las gentes se congregarían alrededor suyo;
y por medio de Abrahán, que todas las naciones de la tierra serían benditas en
él. En estos pasajes basaba su fe en el
Mesías la gente de Samaria. El hecho de
que los judíos habían interpretado erróneamente a los profetas ulteriores,
atribuyendo al primer advenimiento la gloria de la segunda venida de Cristo,
había inducido a los samaritanos a descartar todos los escritos sagrados
excepto aquellos que habían sido dados por medio de Moisés. Pero como el Salvador desechaba estas falsas
interpretaciones, muchos aceptaron las profecías ulteriores y las palabras de
Cristo mismo acerca del reino de Dios.
Jesús había empezado a derribar el muro de separación
existente entre judíos y gentiles, y a predicar la salvación al mundo. Aunque era judío, trataba libremente con los
samaritanos, y anulaba así las costumbres farisaicas de su nación. Frente a sus prejuicios, aceptaba la
hospitalidad de este pueblo despreciado.
Dormía bajo sus techos, comía en sus mesas -participando de los
alimentos preparados y servidos por sus manos,- enseñaba en sus calles, y lo
trataba con la mayor bondad y cortesía.
En el templo de Jerusalén, una muralla baja separaba
el atrio exterior de todas las demás porciones del edificio sagrado. En esta pared, había inscripciones en
diferentes idiomas que declaraban que a nadie sino a los judíos se permitía
pasar ese límite. Si un gentil hubiese
querido entrar en el recinto interior, habría profanado el templo, y habría
sufrido la pena de muerte. Pero Jesús,
el que diera origen al templo y su ceremonial, atraía a los gentiles a sí por
el vínculo de la simpatía humana, mientras que su gracia divina les presentaba
la salvación que los judíos rechazaban.
La estada de Jesús en Samaria estaba destinada a ser
una bendición para sus discípulos, que estaban todavía bajo la influencia del
fanatismo judío. Creían que la lealtad
a su propia nación requería de ellos que albergasen enemistad hacia los
samaritanos. Les admiraba la conducta
de Jesús. No podían negarse a seguir su
ejemplo, y durante los dos días que pasaron en Samaria, la fidelidad a él
dominó sus prejuicios; pero en su corazón no se conformaban. Tardaron mucho en aprender que su desprecio
y odio debían ser reemplazados por la piedad y la simpatía. Pero después de la ascensión del Señor,
recordaron sus lecciones con nuevo significado. Después del derramamiento del Espíritu Santo, recordaron la
mirada del Salvador, sus palabras, el respeto y la ternura de su conducta hacia
estos extraños despreciados. Cuando
Pedro fue a predicar en Samaria, manifestó el mismo espíritu en su obra. Cuando Juan fue llamado a Efeso y Esmirna,
recordó el incidente de Siquem, y se llenó de gratitud hacia el divino Maestro,
quien, previendo las dificultades que deberían arrostrar, les había ayudado por
su propio ejemplo.
El Salvador continúa realizando hoy la misma obra que
cuando ofreció el agua de vida a la mujer samaritana. Los que se llaman sus discípulos pueden despreciar y rehuir a los
parias; pero el amor de él hacia los hombres no se deja desviar por ninguna
circunstancia de nacimiento, nacionalidad, o condición de vida. A toda alma, por pecaminosa que sea, Jesús
dice: Si me pidieras, yo te daría el agua de la vida.
No debemos estrechar la invitación del Evangelio y
presentarla solamente a unos pocos elegidos, que, suponemos nosotros, nos
honrarán aceptándola. El mensaje ha de
proclamarse a todos. Doquiera haya
corazones abiertos para recibir la verdad, Cristo está listo para instruirlos. El les revela al Padre y la adoración que es
aceptable para Aquel que lee el corazón.
Para los tales no usa parábolas.
A ellos, como a la mujer samaritana al lado del pozo, dice: "Yo
soy, que hablo contigo."
Cuando Jesús se sentó para descansar junto al pozo de
Jacob, venía de Judea, donde su ministerio había producido poco fruto. Había sido rechazado por los sacerdotes y
rabinos y aun los que profesaban ser discípulos suyos no habían percibido su
carácter divino. Se sentía débil y
cansado, pero no descuidó la oportunidad de hablar a una mujer sola, aunque era
una extraña, enemiga de Israel y vivía en pecado.
El Salvador no aguardaba a que se reuniesen
congregaciones. Muchas veces, empezaba
sus lecciones con unos pocos reunidos en derredor suyo. Pero uno a uno los transeúntes se detenían
para escuchar, hasta que una multitud oía con asombro y reverencia las palabras
de Dios pronunciadas por el Maestro enviado del cielo. El que trabaja para Cristo no debe pensar
que no puede hablar con el mismo fervor a unos pocos oyentes que a una gran
compañía. Tal vez haya uno solo para
oír el mensaje; pero, ¿quién puede decir cuán abarcante será su influencia?
Parecía asunto sin importancia, aun para los discípulos, que el Salvador
dedicase su tiempo a una mujer de Samaria.
Pero él razonó con ella con más fervor y elocuencia que con reyes,
consejeros o pontífices. Las lecciones
que le dio han sido repetidas hasta los confines más remotos de la tierra.
Tan pronto como halló al Salvador, la mujer
samaritana trajo otros a él. Demostró
ser una misionera más eficaz que los propios discípulos. Ellos no vieron en Samaria indicios de que
era un campo alentador. Tenían sus
pensamientos fijos en una gran obra futura, y no vieron que en derredor de sí
había una mies que segar. Pero por
medio de la mujer a quien ellos despreciaron, toda una ciudad llegó a oír del
Salvador. Ella llevó en seguida la luz
a sus compatriotas.
Esta mujer representa la obra de una fe práctica en Cristo. Cada verdadero discípulo nace en el reino de Dios como misionero. El que bebe del agua viva, llega a ser una fuente de vida. El que recibe llega a ser un dador. La gracia de Cristo en el alma es como un manantial en el desierto, cuyas aguas surgen para refrescar a todos, y da a quienes están por perecer avidez de beber el agua de la vida.