CAPÍTULO 18. "A ÉL CONVIENE CRECER"
DURANTE un tiempo la influencia del Bautista sobre la
nación había sido mayor que la de sus gobernantes, sacerdotes o príncipes. Si hubiese declarado que era el Mesías y
encabezado una rebelión contra Roma, los sacerdotes y el pueblo se habrían
agolpado alrededor de su estandarte.
Satanás había estado listo para asediar a Juan el Bautista con toda
consideración halagadora para la ambición de los conquistadores del mundo. Pero, frente a las evidencias que tenía de
su poder, había rechazado constantemente esta magnífica seducción. Había dirigido hacia Otro la atención que se
fijaba en él.
Ahora veía que el flujo de la popularidad se apartaba
de él para dirigirse al Salvador. Día
tras día, disminuían las muchedumbres que le rodeaban. Cuando Jesús vino de Jerusalén a la región
del Jordán, la gente se agolpó para oírle.
El número de sus discípulos aumentaba diariamente. Muchos venían para ser bautizados, y aunque
Cristo mismo no bautizaba, sancionaba la administración del rito por sus
discípulos. Así puso su sello sobre la
misión de su precursor. Pero los
discípulos de Juan miraban con celos la popularidad creciente de Jesús. Estaban dispuestos a criticar su obra, y no
transcurrió mucho tiempo antes que hallaran ocasión de hacerlo. Se levantó una cuestión entre ellos y los
judíos acerca de si el bautismo limpiaba el alma de pecado. Ellos sostenían que el bautismo de Jesús
difería esencialmente del de Juan.
Pronto estuvieron disputando con los discípulos de Cristo acerca de las
palabras que era propio emplear al bautizar, y finalmente en cuanto al derecho
que tenía Jesús para bautizar.
Los discípulos de Juan vinieron a él con sus motivos
de queja diciendo: "Rabbí, el que estaba contigo de la otra parte del
Jordán, del cual tú diste testimonio, he aquí bautiza, y todos vienen a
él." Con estas palabras, Satanás presentó una tentación a Juan. Aunque la misión de Juan parecía estar a
punto de terminar, le era todavía posible estorbar la obra de Cristo. Si hubiese simpatizado consigo mismo y
expresado pesar o desilusión por ser superado, habría sembrado semillas de
disensión que habrían estimulado la envidia y los celos, y habría impedido
gravemente el progreso del Evangelio.
Juan tenía por naturaleza los defectos y las debilidades
comunes a la humanidad, pero el toque del amor divino le había
transformado. Moraba en una atmósfera
que no estaba contaminada por el egoísmo y la ambición, y lejos de los miasmas
de los celos. No manifestó simpatía
alguna por el descontento de sus discípulos, sino que demostró cuán claramente
comprendía su relación con el Mesías, y cuán alegremente daba la bienvenida a
Aquel cuyo camino había venido a preparar.
Dijo: "No puede el hombre recibir algo, si no le
fuere dado del cielo. Vosotros mismos
me sois testigos que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de
él. El que tiene la esposa, es el
esposo; mas el amigo del esposo, que está en pie y le oye, se goza grandemente
de la voz del esposo." Juan se representó a sí mismo como el amigo que
actuaba como mensajero entre las partes comprometidas, preparando el
matrimonio. Cuando el esposo había
recibido a la esposa, la misión del amigo había terminado. Se regocijaba en la felicidad de aquellos
cuya unión había facilitado. Así había
sido llamado Juan para dirigir la gente a Jesús, y tenía el gozo de presenciar
el éxito de la obra del Salvador. Dijo:
"Así pues, este mi gozo es cumplido.
A él conviene crecer, mas a mí menguar."
Mirando con fe al Redentor, Juan se elevó a la altura
de la abnegación. No trató de atraer a
los hombres a sí mismo, sino de elevar sus pensamientos siempre más alto hasta
que se fijasen en el Cordero de Dios.
El mismo había sido tan sólo una voz, un clamor en el desierto. Ahora aceptaba con gozo el silencio y la
obscuridad a fin de que los ojos de todos pudiesen dirigirse a la Luz de la
vida.
Los que son fieles a su vocación como mensajeros de
Dios no buscarán honra para sí mismos.
El amor del yo desaparecerá en el amor por Cristo. Ninguna rivalidad mancillará la preciosa
causa del Evangelio. Reconocerán que
les toca proclamar como Juan el Bautista: "He aquí el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo.' Elevarán a Jesús, y con él la humanidad será elevada. "Así dijo el Alto y Sublime, el que habita
la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad,
y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los
humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados."
El alma del profeta, despojada del yo, se llenó de la
luz divina. Al presenciar la gloria del
Salvador, sus palabras eran casi una contraparte de aquellas que Cristo mismo
había pronunciado en su entrevista con Nicodemo. Juan dijo: "El que de arriba viene, sobre todos es: el que
es de la tierra, terreno es, y cosas terrenas habla: el que viene del cielo,
sobre todos es. . .
. Porque el que Dios envió, las
palabras de Dios habla: porque no da Dios el Espíritu por medida." Cristo
podía decir: "No busco mi voluntad, mas la voluntad del que me envió, del
Padre." De él se declara: "Has amado la justicia, y aborrecido la
maldad; por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a
tus compañeros." El Padre no le da "el Espíritu por medida."
Así también sucede con los que siguen a Cristo. Podemos recibir la luz del cielo únicamente
en la medida en que estamos dispuestos a ser despojados del yo. No podemos discernir el carácter de Dios, ni
aceptar a Cristo por la fe, a menos que consintamos en sujetar todo pensamiento
a la obediencia de Cristo. El Espíritu
Santo se da sin medida a todos los que hacen esto. En Cristo "reside toda la plenitud de la Deidad
corporalmente; y vosotros estáis completos en él."
Los discípulos de Juan habían declarado que todos los
hombres acudían a Cristo; pero con percepción más clara, Juan dijo: "Nadie
recibe su testimonio;" tan pocos estaban dispuestos a aceptarle como el
Salvador del pecado. Pero "aquel
que ha recibido su testimonio, ha puesto su sello a esto, que Dios es
veraz." "El que cree en el Hijo, tiene vida eterna." No era
necesario disputar acerca de si el bautismo de Cristo o el de Juan purificaba
del pecado. Es la gracia de Cristo la
que da vida al alma. Fuera de Cristo,
el bautismo, como cualquier otro rito, es una forma sin valor. "El que es incrédulo al Hijo, no verá
la vida."
El éxito de la obra de Cristo, que el Bautista había
recibido con tanto gozo, fue comunicado también a las autoridades de
Jerusalén. Los sacerdotes y rabinos
habían tenido celos de la influencia de Juan al ver cómo la gente abandonaba
las sinagogas y acudía al desierto; pero he aquí que aparecía uno que tenía un
poder aun mayor para atraer a las muchedumbres. Aquellos caudillos de Israel no estaban dispuestos a decir con
Juan: "A él conviene crecer, mas a mí menguar." Se irguieron con
nueva resolución para acabar con la obra que apartaba de ellos al pueblo.
Jesús sabía que no escatimarían esfuerzo para crear
una división entre sus discípulos y los de Juan. Sabía que se estaba formando la tormenta que arrebataría a uno de
los mayores profetas dados al mundo.
Deseando evitar toda ocasión de mala comprensión o disensión, cesó
tranquilamente de trabajar y se retiró a Galilea. Nosotros también, aunque leales a la verdad, debemos tratar de
evitar todo lo que pueda conducir a la discordia o incomprensión. Porque siempre que estas cosas se presentan,
provocan la pérdida de almas. Siempre
que se produzcan circunstancias que amenacen causar una división, debemos
seguir el ejemplo de Jesús y el de Juan el Bautista.
Juan había sido llamado a destacarse como
reformador. A causa de esto, sus
discípulos corrían el peligro de fijar su atención en él, sintiendo que el
éxito de la obra dependía de sus labores y perdiendo de vista el hecho de que
era tan sólo un instrumento por medio del cual Dios había obrado. Pero la obra de Juan no era suficiente para
echar los fundamentos de la iglesia cristiana.
Cuando hubo terminado su misión, otra obra debía ser hecha, que su
testimonio no podía realizar. Sus
discípulos no comprendían esto. Cuando
vieron a Cristo venir para encargarse de la obra, sintieron celos y
desconformidad.
Existen todavía los mismos peligros. Dios llama a un hombre a hacer cierta obra;
y cuando la ha llevado hasta donde le permiten sus cualidades, el Señor suscita
a otros, para llevarla más lejos. Pero,
como los discípulos de Juan, muchos creen que el éxito depende del primer
obrero. La atención se fija en lo
humano en vez de lo divino, se infiltran los celos, y la obra de Dios queda
estorbada. El que es así honrado
indebidamente se siente tentado a albergar confianza propia. No comprende cuánto depende de Dios. Se enseña a la gente a esperar dirección del
hombre, y así caen en error y son inducidos a apartarse de Dios.
La obra de Dios no ha de llevar la imagen e inscripción del hombre. De vez en cuando, el Señor introducirá diferentes agentes por medio de los cuales su propósito podrá realizarse mejor. Bienaventurados los que estén dispuestos a ver humillado el yo, diciendo con Juan el Bautista: "A él conviene crecer, mas a mí menguar."