"DESPUÉS de esto descendió a Capernaúm, él, y su
madre, y hermanos, y discípulos; y estuvieron allí no muchos días. Y estaba cerca la Pascua de los Judíos; y
subió Jesús a Jerusalem."
En este viaje, Jesús se unió a una de las grandes
compañías que se dirigían a la capital.
No había anunciado todavía públicamente su misión, e iba inadvertido
entre la muchedumbre. En tales
ocasiones, el advenimiento del Mesías, que había adquirido tanta preeminencia
debido al ministerio de Juan, era a menudo el tema de conversación. La esperanza de grandeza nacional se
mencionaba con fogoso entusiasmo. Jesús
sabía que esta esperanza iba a quedar frustrada, porque se fundaba en una
interpretación equivocada de las Escrituras.
Con profundo fervor, explicaba las profecías, y trataba de invitar al
pueblo a estudiar más detenidamente la Palabra de Dios.
Los dirigentes judíos habían enseñado al pueblo que
en Jerusalén se les indicaba cómo adorar a Dios. Allí, durante la semana de Pascua, se congregaban grandes
muchedumbres que venían de todas partes de Palestina, y aun de países lejanos. Los atrios del templo se llenaban de una
multitud promiscua. Muchos no podían
traer consigo los sacrificios que habían de ser ofrecidos en representación del
gran Sacrificio. Para comodidad de los
tales, se compraban y vendían animales en el atrio exterior del templo. Allí se congregaban todas las clases del
pueblo para comprar sus ofrendas. Allí
se cambiaba el dinero extranjero por la moneda del santuario.
Se requería que cada judío pagase anualmente medio
siclo como "el rescate de su persona," y el dinero así recolectado se
usaba para el sostén del templo. Además
de eso, se traían grandes sumas como ofrendas voluntarias, que eran depositadas
en el tesoro del templo. Y era necesario
que toda moneda extranjera fuese cambiada por otra que se llamaba el siclo del
templo, que era aceptado para el servicio del santuario. El cambio de dinero daba oportunidad al
fraude y la extorsión, y se había transformado en un vergonzoso tráfico, que
era fuente de renta para los sacerdotes.
Los negociantes pedían precios exorbitantes por los
animales que vendían, y compartían sus ganancias con los sacerdotes y
gobernantes, quienes se enriquecían así a expensas del pueblo. Se había enseñado a los adoradores a creer
que si no ofrecían sacrificios, la bendición de Dios no descansaría sobre sus
hijos o sus tierras. Así se podía
obtener un precio elevado por los animales, porque después de haber venido de
tan lejos, la gente no quería volver a sus hogares sin cumplir el acto de
devoción para el cual había venido.
En ocasión de la Pascua, se ofrecía gran número de
sacrificios, y las ventas realizadas en el templo eran muy cuantiosas. La confusión consiguiente daba la impresión
de una ruidosa feria de ganado, más bien que del sagrado templo de Dios. Podían oírse voces agudas que regateaban, el
mugido del ganado vacuno, los balidos de las ovejas, el arrullo de las palomas,
mezclado con el ruido de las monedas y de disputas airadas. La confusión era tanta que perturbaba a los
adoradores, y las palabras dirigidas al Altísimo quedaban ahogadas por el
tumulto que invadía el templo. Los
judíos eran excesivamente orgullosos de su piedad. Se regocijaban de su templo, y consideraban como blasfemia
cualquier palabra pronunciada contra él; eran muy rigurosos en el cumplimiento
de las ceremonias relacionadas con él; pero el amor al dinero había prevalecido
sobre sus escrúpulos. Apenas se daban
cuenta de cuán lejos se habían apartado del propósito original del servicio
instituido por Dios mismo.
Cuando el Señor descendió sobre el monte Sinaí, ese
lugar quedó consagrado por su presencia.
Moisés recibió la orden de poner límites alrededor del monte y
santificarlo, y se oyó la voz del Señor pronunciar esta amonestación:
"Guardaos, no subáis al monte, ni toquéis a su término: cualquiera que
tocare el monte, de seguro morirá: No le tocará mano, mas será apedreado o
asaeteado; sea animal o sea hombre, no vivirá." Así fue enseñada la
lección de que dondequiera que Dios manifieste su presencia, ese lugar es santo. Las dependencias del templo de Dios debieran
haberse considerado sagradas. Pero en
la lucha para obtener ganancias, todo esto se perdió de vista.
Los sacerdotes y gobernantes eran llamados a ser
representantes de Dios ante la nación. Debieran
haber corregido los abusos que se cometían en el atrio del templo. Debieran haber dado a la gente un ejemplo de
integridad y compasión. En vez de
buscar sus propias ganancias, debieran haber considerado la situación y las necesidades
de los adoradores, y debieran haber estado dispuestos a ayudar a aquellos que
no podían comprar los sacrificios requeridos.
Pero no obraban así. La avaricia
había endurecido sus corazones.
Acudían a esta fiesta los que sufrían, los que se
hallaban en necesidad y angustia. Estaban
allí los ciegos, los cojos, los sordos.
Algunos eran traídos sobre camillas.
Muchos de los que venían eran demasiado pobres para comprarse la más
humilde ofrenda para Jehová, o aun para comprarse alimentos con que satisfacer
el hambre. A todos ellos les causaban
gran angustia las declaraciones de los sacerdotes. Estos se jactaban de su piedad; aseveraban ser los guardianes del
pueblo; pero carecían en absoluto de simpatía y compasión. En vano los pobres, los enfermos, los
moribundos, pedían su favor. Sus
sufrimientos no despertaban piedad en el corazón de los sacerdotes.
Al entrar Jesús en el templo, su mirada abarcó toda
la escena. Vio las transacciones
injustas. Vio la angustia de los
pobres, que pensaban que sin derramamiento de sangre no podían ser perdonados
sus pecados. Vio el atrio exterior de
su templo convertido en un lugar de tráfico profano. El sagrado recinto se había transformado en una vasta lonja.
Cristo vio que algo debía hacerse. Habían sido impuestas numerosas ceremonias
al pueblo, sin la debida instrucción acerca de su significado. Los adoradores ofrecían sus sacrificios sin
comprender que prefiguraban al único sacrificio perfecto. Y entre ellos, sin que se le reconociese ni
honrase, estaba Aquel al cual simbolizaba todo el ceremonial. El había dado instrucciones acerca de las
ofrendas. Comprendía su valor
simbólico, y veía que ahora habían sido pervertidas y mal interpretadas. El culto espiritual estaba desapareciendo
rápidamente. Ningún vínculo unía a los
sacerdotes y gobernantes con su Dios. La
obra de Cristo consistía en establecer un culto completamente diferente.
Con mirada escrutadora, Cristo abarcó la escena que
se extendía delante de él mientras estaba de pie sobre las gradas del atrio del
templo. Con mirada profética vio lo
futuro, abarcando no sólo años, sino siglos y edades. Vio cómo los sacerdotes y gobernantes privarían a los
menesterosos de su derecho, y prohibirían que el Evangelio se predicase a los
pobres. Vio cómo el amor de Dios sería ocultado
de los pecadores, y los hombres traficarían con su gracia. Y al contemplar la escena, la indignación,
la autoridad y el poder se expresaron en su semblante. La atención de la gente fue atraída hacia él. Los ojos de los que se dedicaban a su tráfico
profano se clavaron en su rostro. No
podían retraer la mirada. Sentían que
este hombre leía sus pensamientos más íntimos y descubría sus motivos ocultos. Algunos intentaron esconder la cara, como si
en ella estuviesen escritas sus malas acciones, para ser leídas por aquellos
ojos escrutadores.
La confusión se acalló. Cesó el ruido del tráfico y de los negocios. El silencio se hizo penoso. Un sentimiento de pavor dominó a la asamblea. Fue como si hubiese comparecido ante el
tribunal de Dios para responder de sus hechos.
Mirando a Cristo, todos vieron la divinidad que fulguraba a través del
manto de la humanidad. La Majestad del
cielo estaba allí como el Juez que se presentará en el día final, y aunque no
la rodeaba esa gloria que la acompañará entonces, tenía el mismo poder de leer
el alma. Sus ojos recorrían toda la
multitud, posándose en cada uno de los presentes. Su persona parecía elevarse sobre todos con imponente dignidad, y
una luz divina iluminaba su rostro. Habló,
y su voz clara y penetrante -la misma que sobre el monte Sinaí había proclamado
la ley que los sacerdotes y príncipes estaban transgrediendo,- se oyó
repercutir por las bóvedas del templo: "Quitad de aquí esto, y no hagáis
la casa de mi Padre casa de mercado."
Descendiendo lentamente de las gradas y alzando el
látigo de cuerdas que había recogido al entrar en el recinto, ordenó a la
hueste de traficantes que se apartase de las dependencias del templo. Con un celo y una severidad que nunca
manifestó antes, derribó las mesas de los cambiadores. Las monedas cayeron, y dejaron oír su sonido
metálico en el pavimento de mármol. Nadie
pretendió poner en duda su autoridad. Nadie
se atrevió a detenerse para recoger las ganancias ilícitas. Jesús no los hirió con el látigo de cuerdas,
pero en su mano el sencillo látigo parecía ser una flamígera espada. Los oficiales del templo, los sacerdotes
especuladores, los cambiadores y los negociantes en ganado, huyeron del lugar
con sus ovejas y bueyes, dominados por un solo pensamiento: el de escapar a la
condenación de su presencia.
El pánico se apoderó de la multitud, que sentía el
predominio de su divinidad. Gritos de
terror escaparon de centenares de labios pálidos. Aun los discípulos temblaron.
Les causaron pavor las palabras y los modales de Jesús, tan diferentes
de su conducta común. Recordaron que se
había escrito acerca de él: "Me consumió el celo de tu casa." Pronto
la tumultuosa muchedumbre fue alejada del templo del Señor con toda su
mercadería. Los atrios quedaron libres
de todo tráfico profano, y sobre la escena de confusión descendió un profundo y
solemne silencio. La presencia del
Señor, que antiguamente santificara el monte, había hecho sagrado el templo
levantado en su honor.
En la purificación del templo, Jesús anunció su
misión como Mesías y comenzó su obra. Aquel
templo, erigido para morada de la presencia divina, estaba destinado a ser una
lección objetiva para Israel y para el mundo.
Desde las edades eternas, había sido el propósito de Dios que todo ser
creado, desde el resplandeciente y santo serafín hasta el hombre, fuese un
templo para que en él habitase el Creador.
A causa del pecado, la humanidad había dejado de ser templo de Dios. Ensombrecido y contaminado por el pecado, el
corazón del hombre no revelaba la gloria del Ser divino. Pero por la encarnación del Hijo de Dios, se
cumple el propósito del Cielo. Dios
mora en la humanidad, y mediante la gracia salvadora, el corazón del hombre
vuelve a ser su templo. Dios quería que
el templo de Jerusalén fuese un testimonio continuo del alto destino ofrecido a
cada alma. Pero los judíos no habían
comprendido el significado del edificio que consideraban con tanto orgullo. No se entregaban a sí mismos como santuarios
del Espíritu divino. Los atrios del
templo de Jerusalén, llenos del tumulto de un tráfico profano, representaban
con demasiada exactitud el templo del corazón, contaminado por la presencia de
las pasiones sensuales y de los pensamientos profanos. Al limpiar el templo de los compradores y
vendedores mundanales, Jesús anunció su misión de limpiar el corazón de la
contaminación del pecado de los deseos terrenales, de las concupiscencias
egoístas, de los malos hábitos, que corrompen el alma. "Vendrá a su templo el Señor a quien
vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los
ejércitos. ¿Y quién podrá sufrir el
tiempo de su venida? o ¿ quién podrá estar cuando él se mostrará ? Porque él es
como fuego purificador, y como jabón de lavadores. Y sentarse ha para afinar y limpiar la plata: porque limpiará los
hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata." "¿No sabéis
que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno
violare el templo de Dios, Dios destruirá al tal: porque el templo de Dios, el
cual sois vosotros, santo es." Ningún hombre puede de por sí echar las
malas huestes que se han posesionado del corazón. Sólo Cristo puede purificar el templo del alma. Pero no forzará la entrada. No viene a los corazones como antaño a su
templo, sino que dice: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno
oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él." El vendrá, no solamente
por un día; porque dice: "Habitaré y andaré en ellos; . . . y ellos serán mi pueblo." "El
sujetará nuestras iniquidades, y echará en los profundos de la mar todos
nuestros pecados." Su presencia limpiará y santificará el alma, de manera
que pueda ser un templo santo para el Señor, y una "morada de Dios, en
virtud del Espíritu."
Dominados por el terror, los sacerdotes y príncipes
habían huido del atrio del templo, y de la mirada escrutadora que leía sus
corazones. Mientras huían, se
encontraron con otros que se dirigían al templo y les aconsejaron que se
volvieran, diciéndoles lo que habían visto y oído. Cristo miró anhelante a los hombres que huían, compadeciéndose de
su temor y de su ignorancia de lo que constituía el verdadero culto. En esta escena veía simbolizada la
dispersión de toda la nación judía, por causa de su maldad e impenitencia.
¿Y por qué huyeron los sacerdotes del templo? ¿Por
qué no le hicieron frente? El que les ordenaba que se fuesen era hijo de un
carpintero, un pobre galileo, sin jerarquía ni poder terrenales. ¿Por qué no le resistieron? ¿Por qué
abandonaron la ganancia tan mal adquirida y huyeron a la orden de una persona
de tan humilde apariencia externa?
Cristo hablaba con la autoridad de un rey, y en su
aspecto y en el tono de su voz había algo a lo cual no podían resistir. Al oír la orden, se dieron cuenta, como
nunca antes, de su verdadera situación de hipócritas y ladrones. Cuando la divinidad fulguró a través de la
humanidad, no sólo vieron indignación en el semblante de Cristo; se dieron
cuenta del significado de sus palabras.
Se sintieron como delante del trono del Juez eterno, como oyendo su
sentencia para ese tiempo y la eternidad.
Por el momento, quedaron convencidos de que Cristo era profeta; y muchos
creyeron que era el Mesías. El Espíritu
Santo les recordó vívidamente las declaraciones de los profetas acerca del
Cristo. ¿Cederían a esta convicción?
No quisieron arrepentirse. Sabían que se había despertado la simpatía de Cristo hacia los
pobres. Sabían que ellos habían sido
culpables de extorsión en su trato con la gente. Por cuanto Cristo discernía sus pensamientos, le odiaban. Su reprensión en público humillaba su
orgullo y sentían celos de su creciente influencia con la gente. Resolvieron desafiarle acerca del poder por
el cual los había echado, y acerca de quién le había dado esta autoridad.
Pensativos, pero con odio en el corazón, volvieron
lentamente al templo. Pero ¡qué cambio
se había verificado durante su ausencia! Cuando ellos huyeron, los pobres
quedaron atrás; y éstos estaban ahora mirando a Jesús, cuyo rostro expresaba su
amor y simpatía. Con lágrimas en los
ojos, decía a los temblorosos que le rodeaban: No temáis; yo os libraré, y
vosotros me glorificaréis. Por esta
causa he venido al mundo.
La gente se agolpaba en la presencia de Cristo con
súplicas urgentes y lastimeras, diciendo: Maestro, bendíceme. Su oído atendía cada clamor. Con una compasión que superaba a la de una
madre, se inclinaba sobre los pequeñuelos que sufrían. Todos recibían atención. Cada uno quedaba sano de cualquier
enfermedad que tuviera. Los mudos
abrían sus labios en alabanzas; los ciegos contemplaban el rostro de su Sanador. El corazón de los dolientes era alegrado.
Mientras los sacerdotes y oficiales del templo
presenciaban esta obra, ¡qué revelación fueron para ellos los sonidos que
llegaban a sus oídos! Los concurrentes relataban la historia del dolor que
habían sufrido, de sus esperanzas frustradas, de los días penosos y de las
noches de insomnio; y de cómo, cuando parecía haberse apagado la última chispa
de esperanza, Cristo los había sanado. La
carga era muy pesada, decía uno; pero he encontrado un Ayudador. Es el Cristo de Dios, y dedicaré mi vida a
su servicio. Había padres que decían a
sus hijos: El salvó vuestra vida; alzad vuestras voces y alabadle. Las voces de niños y jóvenes, de padres y
madres, de amigos y espectadores, se unían en agradecimiento y alabanza. La esperanza y la alegría llenaban los
corazones. La paz embargaba los ánimos. Estaban sanos de alma y cuerpo, y volvieron
a sus casas proclamando por doquiera el amor sin par de Jesús.
En ocasión de la crucifixión de Cristo, los que
habían sido sanados no se unieron con la turba para clamar: "¡Crucifícale!
¡ crucifícale ! " Sus simpatías acompañaban a Jesús; porque habían sentido
su gran simpatía y su poder admirable. Le
conocían como su Salvador; porque él les había dado salud del cuerpo y del alma. Escucharon la predicación de los apóstoles,
y la entrada de la palabra de Dios en su corazón les dio entendimiento. Llegaron a ser agentes de la misericordia de
Dios, e instrumentos de su salvación.
Los que habían huido del atrio del templo volvieron
poco a poco después de un tiempo. Habían
dominado parcialmente el pánico que se había apoderado de ellos, pero sus
rostros expresaban irresolución y timidez.
Miraban con asombro las obras de Jesús y quedaron convencidos de que en
él se cumplían las profecías concernientes al Mesías. El pecado de la profanación del templo incumbía, en gran medida,
a los sacerdotes. Por arreglo suyo, el
atrio había sido transformado en un mercado.
La gente era comparativamente inocente.
Había quedado impresionada por la autoridad divina de Jesús; pero
consideraba suprema la influencia de los sacerdotes y gobernantes. Estos miraban la misión de Cristo como una
innovación, y ponían en duda su derecho a intervenir en lo que había sido
permitido por las autoridades del templo.
Se ofendieron porque el tráfico había sido interrumpido, y ahogaron las
convicciones del Espíritu Santo.
Sobre todos los demás, los sacerdotes y gobernantes
debieran haber visto en Jesús al Ungido del Señor; porque en sus manos estaban
los rollos sagrados que describían su misión, y sabían que la purificación del
templo era una manifestación de un poder más que humano. Por mucho que odiasen a Jesús, no lograban
librarse del pensamiento de que podía ser un profeta enviado por Dios para
restaurar la santidad del templo. Con
una deferencia nacida de este temor, fueron a preguntarle: "¿Qué señal nos
muestras de que haces esto?"
Jesús les había mostrado una señal. Al hacer penetrar la luz en su corazón y al
ejecutar delante de ellos las obras que el Mesías debía efectuar, les había
dado evidencia convincente de su carácter.
Cuando le pidieron una señal, les contestó con una parábola y demostró
así que discernía su malicia y veía hasta dónde los conduciría. "Destruid este templo --dijo, -- y en
tres días lo levantaré."
El sentido de estas palabras era doble. Jesús aludía no sólo a la destrucción del
templo y del culto judaico, sino a su propia muerte: la destrucción del templo
de su cuerpo. Los judíos ya estaban
maquinando esto. Cuando los sacerdotes
y gobernantes volvieron al templo, se proponían matar a Jesús y librarse del
perturbador. Sin embargo, cuando
desenmascaró ese designio suyo, no le comprendieron. Al interpretar sus palabras las aplicaron solamente al templo de
Jerusalén, y con indignación exclamaron: "En cuarenta y seis años fue este
templo edificado, ¿y tú en tres días lo levantarás?" Les parecía que Jesús
había justificado su incredulidad, y se confirmaron en su decisión de
rechazarle.
Cristo no quería que sus palabras fuesen entendidas
por los judíos incrédulos, ni siquiera por sus discípulos en ese entonces. Sabía que serían torcidas por sus enemigos,
y que las volverían contra él. En
ocasión de su juicio, iban a ser presentadas como acusación, y en el Calvario
le serían recordadas con escarnio. Pero
el explicarlas ahora habría dado a sus discípulos un conocimiento de sus
sufrimientos, y les habría impuesto un pesar que no estaban capacitados para
soportar. Una explicación habría
revelado prematuramente a los judíos el resultado de su prejuicio e incredulidad. Ya habían entrado en una senda que iban a
seguir constantemente hasta que le llevaran como un cordero al matadero.
Estas palabras de Cristo fueron pronunciadas por
causa de aquellos que iban a creer en él.
Sabía que serían repetidas. Siendo
pronunciadas en ocasión de la Pascua, llegarían a los oídos de millares de
personas y serían llevadas a todas partes del mundo. Después que hubiese resucitado de los muertos, su significado
quedaría aclarado. Para muchos, serían
evidencia concluyente de su divinidad.
A causa de sus tinieblas espirituales, aun los
discípulos de Jesús dejaron con frecuencia de comprender sus lecciones. Pero muchas de estas lecciones les fueron
aclaradas por los sucesos subsiguientes.
Cuando ya no andaba con ellos, sus palabras sostenían sus corazones.
Con referencia al templo de Jerusalén, las palabras
del Salvador: "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré,"
tenían un significado más profundo que el percibido por los oyentes. Cristo era el fundamento y la vida del
templo. Sus servicios eran típicos del
sacrificio del Hijo de Dios. El
sacerdocio había sido establecido para representar el carácter y la obra
mediadora de Cristo. Todo el plan del
culto de los sacrificios era una predicción de la muerte del Salvador para
redimir al mundo. No habría eficacia en
estas ofrendas cuando el gran suceso al cual señalaran durante siglos fuese
consumado.
Puesto que toda la economía ritual simbolizaba a
Cristo, no tenía valor sin él. Cuando
los judíos sellaron su decisión de rechazar a Cristo entregándole a la muerte,
rechazaron todo lo que daba significado al templo y sus ceremonias. Su carácter sagrado desapareció. Quedó condenado a la destrucción. Desde ese día los sacrificios rituales y las
ceremonias relacionadas con ellos dejaron de tener significado. Como la ofrenda de Caín, no expresaban fe en
el Salvador. Al dar muerte a Cristo,
los judíos destruyeron virtualmente su templo.
Cuando Cristo fue crucificado, el velo interior del templo se rasgó en
dos de alto a bajo, indicando que el gran sacrificio final había sido hecho, y
que el sistema de los sacrificios rituales había terminado para siempre.
"En tres días lo levantaré." A la muerte
del Salvador, las potencias de las tinieblas parecieron prevalecer, y se regocijaron
de su victoria. Pero del sepulcro
abierto de José, Jesús salió vencedor. "Despojando
los principados y las potestades, sacólos a la vergüenza en público, triunfando
de ellos en sí mismo." En virtud de su muerte y resurrección, pasó a ser
"ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor
asentó, y no hombre.' Los hombres habían construido el tabernáculo, y luego el
templo de los judíos; pero el santuario celestial, del cual el terrenal era una
figura, no fue construido por arquitecto humano. "He aquí el varón cuyo nombre es Vástago: [V.M.] . . . él edificará el templo de Jehová, y él
llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono, y será sacerdote en su
solio."
El ceremonial de los sacrificios que había señalado a
Cristo pasó: pero los ojos de los hombres fueron dirigidos al verdadero
sacrificio por los pecados del mundo. Cesó
el sacerdocio terrenal, pero miramos a Jesús, mediador del nuevo pacto, y
"a la sangre del esparcimiento que habla mejor que la de Abel."
"Aun no estaba descubierto el camino para el santuario, entre tanto que el
primer tabernáculo estuviese en pie....
Mas estando ya presente Cristo, pontífice de los bienes que habían de
venir, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, ... por su propia sangre, entró una sola vez en
el santuario, habiendo obtenido eterna redención.'
"Por lo cual puede también salvar eternamente a
los que por él se allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.'
Aunque el ministerio había de ser trasladado del templo terrenal al celestial,
aunque el santuario y nuestro gran Sumo Sacerdote fuesen invisibles para los
ojos humanos, los discípulos no habían de sufrir pérdida por ello. No sufrirían interrupción en su comunión, ni
disminución de poder por causa de la ausencia del Salvador. Mientras Jesús ministra en el santuario
celestial, es siempre por su Espíritu el ministro de la iglesia en la tierra. Está oculto a la vista, pero se cumple la
promesa que hiciera al partir: "He aquí, yo estoy con vosotros todos los
días, hasta el fin del mundo.' Aunque delega su poder a ministros inferiores,
su presencia vivificadora está todavía con su iglesia.
"Por tanto, teniendo un gran Pontífice, ... Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un Pontífice que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas; mas tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro."