CAPÍTULO 15. EN LAS BODAS DE CANÁ
JESÚS no empezó su ministerio haciendo alguna gran
obra delante del Sanedrín de Jerusalén.
Su poder se manifestó en una reunión familiar, celebrada en una pequeña
aldea de Galilea, para aumentar el placer de una fiesta de bodas. Así demostró su simpatía por los hombres y
su deseo de contribuir a su felicidad. En
el desierto de la tentación, él mismo había bebido la copa de la desgracia; y
de allí salió para dar a los hombres la copa de la bendición, de su bendición
que había de santificar las relaciones de la vida humana.
Desde el Jordán, Jesús había regresado a Galilea. Debía celebrarse un casamiento en Caná,
pequeño pueblo no lejano de Nazaret; las partes contrayentes eran parientes de
José y María, y Jesús, teniendo conocimiento de esa reunión familiar, fue a
Caná, y con sus discípulos fue invitado a la fiesta.
Allí volvió a encontrarse con su madre, de la cual
había estado separado desde hacía cierto tiempo. María había oído hablar de la manifestación hecha a orillas del
Jordán, en ocasión de su bautismo. Las
noticias habían sido llevadas a Nazaret, y le habían hecho recordar las escenas
que durante tantos años había guardado en su corazón. En común con todo Israel, María quedó profundamente conmovida por
la misión de Juan el Bautista. Bien
recordaba ella la profecía hecha en ocasión de su nacimiento. Ahora la relación que había tenido con Jesús
volvía a encender sus esperanzas. Pero
también le habían llegado noticias de la partida misteriosa de Jesús al
desierto, y le habían oprimido presentimientos angustiosos.
Desde el día en que oyera el anuncio del ángel en su
hogar de Nazaret, María había atesorado toda evidencia de que Jesús era el
Mesías. Su vida de mansedumbre y
abnegación le aseguraba que él no podía ser otro que el enviado de Dios. Sin embargo, también a ella la asaltaban
dudas y desilusiones, y anhelaba el momento de la revelación de su gloria. La muerte la había separado de José, quien
había compartido con ella el conocimiento del misterio del nacimiento de Jesús. Ahora no había nadie a quien pudiese confiar
sus esperanzas y temores. Los últimos
dos meses habían sido de mucha tristeza.
Ella había estado separada de Jesús, en cuya simpatía hallaba consuelo;
reflexionaba en las palabras de Simeón: "Una espada traspasará tu alma;'
recordaba los tres días de agonía durante los cuales pensaba que había perdido
para siempre a Jesús, y con ansioso corazón anhelaba su regreso.
En el festín de bodas le encontró; era el mismo hijo
tierno y servicial. Sin embargo, no era
el mismo. Su rostro había cambiado. Llevaba los rastros de su conflicto en el
desierto, y una nueva expresión de dignidad y poder daba evidencia de su misión
celestial. Le acompañaba un grupo de
jóvenes, cuyos ojos le seguían con reverencia, y quienes le llamaban Maestro. Estos compañeros relataron a María lo que
habían visto y oído en ocasión del bautismo y en otras partes, y concluyeron
declarando: "Hemos hallado a Aquel de quien escribió Moisés en la ley, y
los profetas."
Al reunirse los convidados, muchos parecían
preocupados por un asunto de interés absorbente. Una agitación reprimida parecía dominar a la compañía. Pequeños grupos conversaban en voz baja,
pero con animación, y miradas de admiración se dirigían hacia el Hijo de María. Al oír María el testimonio de los discípulos
acerca de Jesús, la alegró la seguridad de que las esperanzas que alimentara
durante tanto tiempo no eran vanas. Sin
embargo, ella habría sido más que humana si no se hubiese mezclado con su santo
gozo un vestigio del orgullo natural de una madre amante. Al ver cómo las miradas se dirigían a Jesús,
ella anheló verle probar a todos que era realmente el honrado de Dios. Esperaba que hubiese oportunidad de realizar
un milagro delante de todos.
En aquellos tiempos, era costumbre que las
festividades matrimoniales durasen varios días. En esta ocasión, antes que terminara la fiesta, se descubrió que
se había agotado la provisión de vino. Este
descubrimiento ocasionó mucha perplejidad y pesar. Era algo inusitado que faltase el vino en las fiestas, pues esta
carencia se habría interpretado como falta de hospitalidad. Como pariente de las partes interesadas,
María había ayudado en los arreglos hechos para la fiesta, y ahora se dirigió a
Jesús diciendo: "Vino no tienen." Estas palabras eran una sugestión
de que él podría suplir la necesidad. Pero
Jesús contestó: "¿Qué tengo yo contigo, mujer? aun no ha venido mi
hora."
Esta respuesta, por brusca que nos parezca, no
expresaba frialdad ni falta de cortesía.
La forma en que se dirigió el Salvador a su madre estaba de acuerdo con
la costumbre oriental. Se empleaba con
las personas a quienes se deseaba demostrar respeto. Todo acto de la vida terrenal de Cristo estuvo en armonía con el
precepto que él mismo había dado: "Honra a tu padre y a tu madre." En
la cruz, en su último acto de ternura hacia su madre, Jesús volvió a dirigirse
a ella de la misma manera al confiarla al cuidado de su discípulo más amado. Tanto en la fiesta de bodas como sobre la
cruz, el amor expresado en su tono, mirada y modales, interpretó sus palabras.
En ocasión de su visita al templo en su niñez, al
revelársele el misterio de la obra que había de llenar su vida, Cristo había
dicho a María: "¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me conviene
estar?" Estas palabras fueron la nota dominante de toda su vida y
ministerio. Todo lo supeditaba a su
trabajo: la gran obra de redención que había venido a realizar en el mundo. Ahora repitió la lección. Había peligro de que María considerase que
su relación con Jesús le daba derechos especiales sobre él, y facultad para
dirigirle hasta cierto punto en su misión.
Durante treinta años, había sido para ella un hijo amante y obediente, y
su amor no había cambiado; pero debía atender ahora la obra de su Padre. Como Hijo del Altísimo, y Salvador del
mundo, ningún vínculo terrenal debía impedirle cumplir su misión, ni influir en
su conducta. Debía estar libre para
hacer la voluntad de Dios. Esta lección
es también para nosotros. Los derechos
de Dios superan aun al parentesco humano.
Ninguna atracción terrenal debe apartar nuestros pies de la senda en que
él nos ordena andar.
La única esperanza de redención para nuestra especie
caída está en Cristo; María podía hallar salvación únicamente por medio del
Cordero de Dios. En sí misma, no poseía
méritos. Su relación con Jesús no la
colocaba en una relación espiritual con él diferente de la de cualquier otra
alma humana. Así lo indicaron las
palabras del Salvador. El aclara la
distinción que hay entre su relación con ella como Hijo del hombre y como Hijo
de Dios. El vínculo de parentesco que
había entre ellos no la ponía de ninguna manera en igualdad con él.
Las palabras: "Aun no ha venido mi hora,"
indican que todo acto de la vida terrenal de Cristo se realizaba en
cumplimiento del plan trazado desde la eternidad. Antes de venir a la tierra, el plan estuvo delante de él,
perfecto en todos sus detalles. Pero
mientras andaba entre los hombres, era guiado, paso a paso, por la voluntad del
Padre. En el momento señalado, no
vacilaba en obrar. Con la misma
sumisión, esperaba hasta que llegase la ocasión.
Al decir a María que su hora no había llegado
todavía, Jesús contestaba al pensamiento que ella no había expresado, la
expectativa que acariciaba en común con su pueblo. Esperaba que se revelase como Mesías, y asumiese el trono de
Israel. Pero el tiempo no había llegado. Jesús había aceptado la suerte de la
humanidad, no como Rey, sino como Varón de dolores, familiarizado con el pesar.
Pero aunque María no tenía una concepción correcta de
la misión de Cristo, confiaba implícitamente en él. Y Jesús respondió a esta fe.
El primer milagro fue realizado para honrar la confianza de María y
fortalecer la fe de los discípulos. Estos
iban a encontrar muchas y grandes tentaciones a dudar. Para ellos las profecías habían indicado,
fuera de toda controversia, que Jesús era el Mesías. Esperaban que los dirigentes religiosos le recibiesen con una
confianza aun mayor que la suya. Declaraban
entre la gente las obras maravillosas de Cristo y su propia confianza en la
misión de él, pero se quedaron asombrados y amargamente chasqueados por la
incredulidad, los arraigados prejuicios y la enemistad que manifestaron hacia
Jesús los sacerdotes y rabinos. Los
primeros milagros del Salvador fortalecieron a los discípulos para que se
mantuviesen firmes frente a esta oposición.
En ninguna manera desconcertada por las palabras de
Jesús, María dijo a los que servían a la mesa: "Haced todo lo que os
dijere." Así hizo lo que pudo para preparar el terreno para la obra de
Cristo.
Al lado de la puerta, había seis grandes tinajas de
piedra, y Jesús ordenó a los siervos que las llenasen de agua. Así lo hicieron. Entonces, como se necesitaba vino para el consumo inmediato,
dijo: "Sacad ahora, y presentad al maestresala." En vez del agua con
que habían llenado las tinajas, fluía vino.
Ni el maestresala ni los convidados en general, se habían dado cuenta de
que se había agotado la provisión de vino.
Al probar el vino que le llevaban los criados, el maestresala lo
encontró mejor que cualquier vino que hubiese bebido antes y muy diferente de
lo que se sirviera al principio de la fiesta.
Volviéndose al esposo, le dijo: "Todo hombre pone primero el buen
vino, y cuando están satisfechos, entonces lo que es peor; mas tú has guardado
el buen vino hasta ahora."
Así como los hombres presentan el mejor vino primero
y luego el peor, así hace también el mundo con sus dones. Lo que ofrece puede agradar a los ojos y
fascinar los sentidos, pero no resulta satisfactorio. El vino se trueca en amargura, la alegría en lobreguez. Lo que empezó con canto y alegría, termina
en cansancio y desagrado. Pero los
dones de Jesús son siempre frescos y nuevos.
El banquete que él provee para el alma no deja nunca de dar satisfacción
y gozo. Cada nuevo don aumenta la capacidad
del receptor para apreciar y gozar las bendiciones del Señor. Da gracia sobre gracia. No puede agotarse la provisión. Si moramos en él, el recibimiento de un rico
don hoy, nos asegura la recepción de un don más rico mañana. Las palabras de Jesús a Natanael expresan la
ley de Dios al tratar con los hijos de la fe.
A cada nueva revelación de su amor, declara al corazón dispuesto a
recibirle: "¿Crees? cosas mayores que éstas verás."
El don de Cristo en el festín de bodas fue un símbolo. El agua representaba el bautismo en su
muerte; el vino, el derramamiento de su sangre por los pecados del mundo. El agua con que llenaron las tinajas fue
traída por manos humanas, pero sólo la palabra de Cristo podía impartirle la
virtud de dar vida. Así sucedería con los
ritos que iban a señalar la muerte del Salvador. Únicamente por el poder de Cristo, obrando por la fe, es como
tienen eficacia para alimentar el alma.
La palabra de Cristo proporcionó una amplia provisión
para la fiesta. Así de abundante es la
provisión de su gracia para borrar las iniquidades de los hombres, y para
renovar y sostener el alma.
En el primer banquete al cual asistió con sus
discípulos, Jesús les dio la copa que simbolizaba su obra en favor de su
salvación. En la última cena se la
volvió a dar, en la institución de aquel rito sagrado por el cual su muerte
había de ser conmemorada hasta que volviera.
Y el pesar de los discípulos al tener que separarse de su Señor, quedó
consolado por la promesa de reunirse que les hizo al decir: "No beberé más
de este fruto de la vid, hasta aquel día, cuando lo tengo de beber nuevo con
vosotros en el reino de mi Padre."
El vino que Jesús proveyó para la fiesta, y que dio a
los discípulos como símbolo de su propia sangre, fue el jugo puro de uva. A esto se refiere el profeta Isaías cuando
habla del "mosto en un racimo," y dice: "No lo desperdicies, que
bendición hay en él."
Fue Cristo quien dio en el Antiguo Testamento la
advertencia a Israel: "El vino es escarnecedor, la cerveza alborotadora; y
cualquiera que por ello errare, no será sabio." Y él mismo no proveyó
bebida tal. Satanás tienta a los
hombres a ser intemperantes para que se enturbie su razón y se emboten sus
percepciones espirituales, pero Cristo nos enseña a mantener sujeta la
naturaleza inferior. Toda su vida fue
un ejemplo de renunciamiento propio. A
fin de dominar el poder del apetito, sufrió en nuestro favor la prueba más
severa que la humanidad pudiese soportar.
Cristo fue quien indicó que Juan el Bautista no debía beber ni vino ni
bebida alcohólica. El fue quien ordenó
abstinencia similar a la esposa de Manoa.
Y él pronunció una maldición sobre el hombre que ofreciese la copa a los
labios de su prójimo. Cristo no
contradice su propia enseñanza. El vino
sin fermentar que él proveyó a los huéspedes de la boda era una bebida sana y
refrigerante. Su efecto consistía en
poner al gusto en armonía con el apetito sano.
Al observar los huéspedes la calidad del vino, las
preguntas hechas a los criados provocaron de su parte una explicación del milagro. La compañía quedó por un momento demasiado
asombrada para pensar en Aquel que había realizado esta obra maravillosa. Cuando al fin le buscaron, descubrieron que
se había retirado tan quedamente que ni siquiera lo habían notado sus
discípulos.
La atención de la gente quedó entonces concentrada en
los discípulos. Por primera vez,
tuvieron oportunidad de confesar su fe en Jesús. Dijeron lo que habían visto y oído al lado del Jordán, y se
encendió en muchos corazones la esperanza de que Dios había suscitado un
libertador para su pueblo. Las nuevas
del milagro se difundieron por toda aquella región, y llegaron hasta Jerusalén. Con nuevo interés, los sacerdotes y ancianos
escudriñaron las profecías relativas a la venida de Cristo. Existía un ávido deseo de descubrir la
misión de este nuevo maestro que de manera tan modesta aparecía entre la gente.
El ministerio de Cristo estaba en notable contraste
con el de los ancianos judíos. La
consideración por la tradición y el formalismo que manifestaban éstos había destruido
toda verdadera libertad de pensamiento o acción. Vivían en continuo temor de la contaminación. Para evitar el contacto con lo
"inmundo," se mantenían apartados no sólo de los gentiles, sino de la
mayoría de su propio pueblo, sin tratar de beneficiarlos ni de ganar su amistad. Espaciándose constantemente en esos asuntos,
habían empequeñecido sus intelectos y estrechado la órbita de su vida. Su ejemplo estimulaba el egotismo y la
intolerancia entre todas las clases del pueblo.
Jesús empezó la obra de reforma poniéndose en una
relación de estrecha simpatía con la humanidad. Aunque manifestaba la mayor reverencia por la ley de Dios,
reprendía la presuntuosa piedad de los fariseos, y trataba de libertar a la
gente de las reglas sin sentido que la ligaban. Procuraba quebrantar las barreras que separaban las diferentes
clases de la sociedad, a fin de unir a los hombres como hijos de una sola
familia. Su asistencia a las bodas
estaba destinada a ser un paso hacia la obtención de este fin.
Dios había indicado a Juan el Bautista que morase en
el desierto, a fin de mantenerlo escudado contra la influencia de los
sacerdotes y rabinos, y prepararlo para una misión especial. Pero la austeridad y el aislamiento de su
vida no era un ejemplo para la gente. Juan
mismo no había indicado a sus oyentes que abandonasen sus deberes anteriores. Los instaba a dar evidencia de su
arrepentimiento siendo fieles a Dios en el lugar donde los había llamado.
Jesús condenaba la complacencia propia en todas sus
formas; sin embargo, era de naturaleza sociable. Aceptaba la hospitalidad de todas las clases, visitaba los
hogares de los ricos y de los pobres, de los sabios y de los ignorantes, y
trataba de elevar sus pensamientos de los asuntos comunes de la vida, a cosas
espirituales y eternas. No autorizaba
la disipación, y ni una sombra de liviandad mundanal manchó su conducta; sin
embargo, hallaba placer en las escenas de felicidad inocente, y con su
presencia sancionaba las reuniones sociales.
Una boda entre los judíos era una ocasión impresionante, y el gozo que
se manifestaba en ella no desagradaba al Hijo del hombre. Al asistir a esta fiesta, Jesús honró el
casamiento como institución divina.
Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la
relación matrimonial se emplea para representar la unión tierna y sagrada que
existe entre Cristo y su pueblo. En el
pensar de Cristo, la alegría de las festividades de bodas simbolizaba el
regocijo de aquel día en que él llevará la Esposa a la casa del Padre, y los
redimidos juntamente con el Redentor se sentarán a la cena de las bodas del
Cordero. El dice: "De la manera
que el novio se regocija sobre la novia, así tu Dios se regocijará sobre
ti" "Ya no serás llamada Dejada, .
. . sino que serás llamada mi Deleite, . . . porque Jehová se deleita en ti."
"Jehová . . . gozaráse
sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cantar."
Cuando la visión de las cosas celestiales fue concedida a Juan el apóstol,
escribió: "Y oí como la voz de una grande compañía, y como el ruido de
muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: Aleluya: porque
reinó el Señor nuestro Dios Todopoderoso.
Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque son venidas las bodas
del Cordero, y su esposa se ha aparejado." "Bienaventurados los que
son llamados a la cena del Cordero.'
Jesús veía en toda alma un ser que debía ser llamado
a su reino. Alcanzaba el corazón de la
gente yendo entre ella como quien desea su bien. La buscaba en las calles, en las casas privadas, en los barcos,
en la sinagoga, a orillas del lago, en la fiesta de bodas. Se encontraba con ella en sus ocupaciones diarias
y manifestaba interés en sus asuntos seculares. Llevaba sus instrucciones hasta la familia, poniéndola, en el
hogar, bajo la influencia de su presencia divina. Su intensa simpatía personal le ayudaba a ganar los corazones. Con frecuencia se dirigía a las montañas
para orar en la soledad, pero esto era en preparación para su trabajo entre los
hombres en la vida activa. De estas
ocasiones, salía para aliviar a los enfermos, instruir a los ignorantes, y
romper las cadenas de los cautivos de Satanás.
Fue por medio del contacto y la asociación personales
cómo Jesús preparó a sus discípulos. A
veces les enseñaba, sentado entre ellos en la ladera de la montaña; a veces a
la orilla del mar, o andando con ellos en el camino, les revelaba los misterios
del reino de Dios. No sermoneaba, como
hacen los hombres hoy. Dondequiera que
hubiese corazones abiertos para recibir el mensaje divino, revelaba las
verdades del camino de salvación. No
ordenaba a sus discípulos que hiciesen esto o aquello, sino que decía:
"Seguid en pos de mí." En sus viajes por el campo y las ciudades, los
llevaba consigo, a fin de que pudiesen ver cómo enseñaba él a la gente. Vinculaba su interés con el suyo, y ellos
participaban en la obra con él.
El ejemplo de Cristo, al vincularse con los intereses
de la humanidad, debe ser seguido por todos los que predican su Palabra y por
todos los que han recibido el Evangelio de su gracia. No hemos de renunciar a la comunión social. No debemos apartarnos de los demás. A fin de alcanzar a todas las clases,
debemos tratarlas donde se encuentren. Rara
vez nos buscarán por su propia iniciativa.
No sólo desde el púlpito han de ser los corazones humanos conmovidos por
la verdad divina. Hay otro campo de
trabajo, más humilde tal vez, pero tan plenamente promisorio. Se halla en el hogar de los humildes y en la
mansión de los encumbrados; junto a la mesa hospitalaria, y en las reuniones de
inocente placer social.
Como discípulos de Cristo, no nos mezclaremos con el
mundo simplemente por amor al placer, o para participar de sus locuras. Un trato tal no puede sino traer perjuicios. Nunca debemos sancionar el pecado por
nuestras palabras o nuestros hechos, nuestro silencio o nuestra presencia. Dondequiera que vayamos, debemos llevar a
Jesús con nosotros, y revelar a otros cuan precioso es nuestro Salvador. Pero los que procuran conservar su religión
ocultándola entre paredes pierden preciosas oportunidades de hacer bien. Mediante las relaciones sociales, el
cristianismo se pone en contacto con el mundo.
Todo aquel que ha recibido la iluminación divina debe alumbrar la senda
de aquellos que no conocen la Luz de la vida.
Todos debemos llegar a ser testigos de Jesús. El poder social, santificado por la gracia
de Cristo, debe ser aprovechado para ganar almas para el Salvador. Vea el mundo que no estamos egoístamente
absortos en nuestros propios intereses, sino que deseamos que otros participen
de nuestras bendiciones y privilegios. Dejémosle
ver que nuestra religión no nos hace faltos de simpatía ni exigentes. Sirvan como Cristo sirvió, para beneficio de
los hombres, todos aquellos que profesan haberle hallado.
Nunca debemos dar al mundo la impresión falsa de que
los cristianos son un pueblo lóbrego y carente de dicha. Si nuestros ojos están fijos en Jesús,
veremos un Redentor compasivo y percibiremos luz de su rostro. Doquiera reine su espíritu, morará la paz. Y habrá también gozo, porque habrá una
serena y santa confianza en Dios.
Los que siguen a Jesús le agradan cuando muestran que, aunque humanos, son partícipes de la naturaleza divina. No son estatuas, sino hombres y mujeres vivientes. Su corazón, refrigerado por los rocíos de la gracia divina, se abre y expande bajo la influencia del Sol de justicia. Reflejan sobre otros, en obras iluminadas por el amor de Cristo, la luz que resplandece sobre ellos mismos.