CAPÍTULO 14. "HEMOS HALLADO AL MESÍAS"
JUAN EL BAUTISTA estaba predicando y bautizando en
Betábara, al otro lado del Jordán. No
quedaba muy lejos del lugar donde antaño Dios había detenido el río en su curso
hasta que pasara Israel. A corta
distancia de allí, la fortaleza de Jericó había sido derribada por los
ejércitos celestiales. El recuerdo de
dichos sucesos revivía en este tiempo, y prestaba conmovedor interés al mensaje
del Bautista. ¿No habría de volver a
manifestar su poder, para librar a Israel, Aquel que había obrado tan
maravillosamente en tiempos pasados? Tal era el pensamiento que conmovía el
corazón de la gente que diariamente se agolpaba a orillas del Jordán.
La predicación de Juan se había posesionado tan
profundamente de la nación, que exigía la atención de las autoridades
religiosas. El peligro de que se
produjera alguna insurrección, inducía a los romanos a considerar con sospecha
toda reunión popular, y todo lo que tuviese el menor viso de un levantamiento
del pueblo excitaba los temores de los gobernantes judíos. Juan no había reconocido la autoridad del
Sanedrín ni pedido su sanción sobre su obra; y había reprendido a los
gobernantes y al pueblo, a fariseos y saduceos por igual. Sin embargo, el pueblo le seguía
ávidamente. El interés manifestado en
su obra parecía aumentar de continuo.
Aunque él no le había manifestado deferencia, el Sanedrín estimaba que,
por enseñar en público, se hallaba bajo su jurisdicción.
Ese cuerpo estaba compuesto de miembros elegidos del
sacerdocio, y de entre los principales gobernantes y maestros de la
nación. El sumo sacerdote era quien lo
presidía, por lo general. Todos sus
miembros debían ser hombres de edad provecta, aunque no demasiado ancianos;
hombres de saber, no sólo versados en la religión e historia de los judíos,
sino en el saber general. Debían ser
sin defecto físico, y hombres casados, y además, padres, pues así era más
probable que fuesen humanos y considerados.
Su lugar de reunión era un departamento anexo al templo de
Jerusalén. En el tiempo de la
independencia de los judíos, el Sanedrín era la corte suprema de la nación, y
poseía autoridad secular tanto como eclesiástica. Aunque en el tiempo de Cristo se hallaba subordinado a los
gobernadores romanos, ejercía todavía una influencia poderosa en los asuntos
civiles y religiosos.
Era difícil para el Sanedrín postergar la
investigación de la obra de Juan.
Algunos recordaban la revelación dada a Zacarías en el templo, y su
profecía de que su hijo sería el heraldo del Mesías. En los tumultos y cambios de treinta años, estas cosas habían
sido en gran parte olvidadas. Ahora la
conmoción ocasionada por el ministerio de Juan las traía a la memoria de la
gente.
Hacía mucho que Israel no había tenido profeta; hacía
mucho que no se había realizado una reforma como la que se presenciaba. El llamamiento a confesar los pecados
parecía nuevo y sorprendente. Muchos de
entre los dirigentes no querían ir a oír las invitaciones y denuncias de Juan,
por temor a verse inducidos a revelar los secretos de sus vidas; sin embargo,
su predicación era un anuncio directo del Mesías. Era bien sabido que las setenta semanas de la profecía de Daniel,
que incluían el advenimiento del Mesías, estaban por terminar; y todos
anhelaban participar en esa era de gloria nacional que se esperaba para
entonces. Era tal el entusiasmo
popular, que el Sanedrín se vería pronto obligado a sancionar o a rechazar la
obra de Juan. El poder que dicha
asamblea ejercía sobre el pueblo estaba ya decayendo. Era para ella un asunto grave saber cómo mantener su
posición. Esperando llegar a alguna
conclusión, enviaron al Jordán una delegación de sacerdotes y levitas para que
se entrevistaran con el nuevo maestro.
Cuando los delegados llegaron, había una multitud
congregada que escuchaba sus palabras.
Con aire de autoridad, destinado a impresionar a la gente y a inspirar
deferencia al profeta, llegaron los altivos rabinos. Con un movimiento de respeto, casi de temor, la muchedumbre les
dio paso. Los notables, con lujosa
vestimenta y con el orgullo de su posición y poder, se llegaron ante el profeta
del desierto.
"¿Tú, quién eres?" preguntaron.
"No soy yo el Cristo," contestó Juan,
sabiendo lo que ellos pensaban.
"¿Qué pues? ¿Eres tú Elías?"
"No soy."
"¿Eres tú el profeta?"
"No."
"¿Pues quién eres? para que demos respuesta a
los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti
mismo?"
"Yo soy la voz del que clama en el desierto:
Enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías profeta."
El pasaje al que se refirió Juan es la hermosa
profecía de Isaías: "Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro
Dios. Hablad al corazón de Jerusalem:
decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es
perdonado.... Voz que clama en el
desierto: Barred camino a Jehová: enderezad calzada en la soledad a nuestro
Dios. Todo valle sea alzado, y bájese
todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. Y manifestaráse la gloria de Jehová, y toda
carne juntamente la verá."
Antiguamente, cuando un rey viajaba por las comarcas
menos frecuentadas de sus dominios, se enviaba delante del carro real a un
grupo de hombres para que aplanase los lugares escabrosos y llenase los baches,
a fin de que el rey pudiese viajar con seguridad y sin molestia. Esta costumbre es la que menciona el profeta
para ilustrar la obra del Evangelio.
"Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado." Cuando
el Espíritu de Dios conmueve el alma con su maravilloso poder de despertarla,
humilla el orgullo humano. El placer
mundanal, la jerarquía y el poder son tenidos por inútiles. Son destruidos los "consejos, y toda
altura que se levanta contra la ciencia de Dios," y se sujeta "todo
intento a la obediencia de Cristo." Entonces la humildad y el amor
abnegado, tan poco apreciados entre los hombres, son ensalzados como las únicas
cosas de valor. Tal es la obra del
Evangelio, de la cual el mensaje de Juan era una parte.
Los rabinos continuaron preguntando: "¿Por qué
pues bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?" Las
palabras "el profeta" se referían a Moisés. Los judíos se habían inclinado a creer que Moisés sería
resucitado de los muertos y llevado al cielo.
No sabían que ya había sido resucitado.
Cuando el Bautista inició su ministerio, muchos pensaron que tal vez
fuese el profeta Moisés resucitado; porque parecía tener un conocimiento cabal
de las profecías y de la historia de Israel.
También se creía que antes del advenimiento del
Mesías, Elías aparecería personalmente.
Juan salió al cruce de esta expectación con su negativa; pero sus palabras
tenían un significado mas profundo.
Jesús dijo después, refiriéndose a Juan: "Y si queréis recibirlo,
éste es Elías, el que había de venir." Juan vino con el espíritu y poder
de Elías, para hacer una obra como la que había hecho Elías. Si los judíos le hubiesen recibido, esta
obra se habría realizado en su favor.
Pero no recibieron su mensaje.
Para ellos no fue Elías. No pudo
cumplir en favor de ellos la misión que había venido a realizar.
Muchos de los que estaban reunidos al lado del Jordán
habían estado presentes en ocasión del bautismo de Jesús; pero la señal dada
entonces había sido manifiesta para unos pocos de entre ellos. Durante los meses precedentes, durante el
ministerio del Bautista, muchos se habían negado a escuchar el llamamiento al
arrepentimiento. Así habían endurecido
su corazón y obscurecido su entendimiento.
Cuando el Cielo dio testimonio a Jesús en ocasión de su bautismo, no lo
percibieron. Los ojos que nunca se
habían vuelto con fe hacia el Invisible, no vieron la revelación de la gloria
de Dios; los oídos que nunca habían escuchado su voz, no oyeron las palabras
del testimonio. Así sucede ahora. Con frecuencia, la presencia de Cristo y de
los ángeles ministradores se manifiesta en las asambleas del pueblo; y, sin
embargo, muchos no lo saben. No
disciernen nada insólito. Pero la
presencia del Salvador se revela a algunos.
La paz y el gozo animan su corazón.
Son consolados, estimulados y bendecidos.
Los diputados de Jerusalén habían preguntado a Juan:
"¿Por qué, pues, bautizas?" y estaban aguardando su respuesta. Repentinamente, al pasear Juan la mirada
sobre la muchedumbre, sus ojos se iluminaron, su rostro se animó, todo su ser
quedó conmovido por una profunda emoción.
Con la mano extendida, exclamó: "Yo bautizo con agua; pero en medio
de vosotros está uno, a quien no conocéis, el mismo que viene después de mí, a
quien no soy digno de desatar la correa de su zapato."
El mensaje que debía ser llevado a! Sanedrín era
claro e inequívoco. Las palabras de
Juan no podían aplicarse a otro, sino al Mesías prometido. Este se hallaba entre ellos. Con asombro, los sacerdotes y gobernantes
miraban en derredor suyo esperando descubrir a Aquel de quien había hablado
Juan. Pero no se le distinguía entre la
multitud.
Cuando, en ocasión del bautismo de Jesús, Juan le
señaló como el Cordero de Dios, una nueva luz resplandeció sobre la obra del
Mesías. La mente del profeta fue
dirigida a las palabras de Isaías: "Como cordero fue llevado al
matadero." Durante las semanas que siguieron, Juan estudió con nuevo
interés las profecías y la enseñanza de las ceremonias de los sacrificios. No distinguía claramente las dos fases de la
obra de Cristo -como sacrificio doliente y como rey vencedor,- pero veía que su
venida tenía un significado más profundo que el que discernían los sacerdotes y
el pueblo. Cuando vio a Jesús entre la
muchedumbre, al volver él del desierto, esperó confiadamente que daría al
pueblo alguna señal de su verdadero carácter.
Casi impacientemente esperaba oír al Salvador declarar su misión; pero
Jesús no pronunció una palabra ni dio señal alguna. No respondió al anuncio que hiciera el Bautista acerca de él,
sino que se mezcló con los discípulos de Juan sin dar evidencia externa de su
obra especial, ni tomar medidas que lo pusiesen en evidencia.
Al día siguiente, Juan vio venir a Jesús. Con la luz de la gloria de Dios descansando
sobre él, el profeta extendió las manos diciendo: "He aquí el Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo.
Este es del que dije: Tras mí viene un varón, el cual es antes de mí: ...
y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por eso vine yo
bautizando con agua.... Vi al Espíritu
que descendía del cielo como paloma, y reposó sobre él. Y yo no le conocía; mas el que me envió a
bautizar con agua, Aquél me dijo: Sobre quien vieres descender el Espíritu, y
que reposa sobre él, éste es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio que éste es
el Hijo de Dios."
¿Era éste el Cristo? Con reverencia y asombro, el
pueblo miró a Aquel que acababa de ser declarado Hijo de Dios. Todos habían sido profundamente conmovidos
por las palabras de Juan. Les había
hablado en el nombre de Dios. Le habían
escuchado día tras día mientras reprendía sus pecados, y diariamente se había
fortalecido en ellos la convicción de que era enviado del cielo. Pero, ¿quién era éste mayor que Juan el
Bautista? En su porte e indumentaria, nada indicaba que fuese de alta
jerarquía. Aparentemente, era un
personaje sencillo, vestido como ellos, con la humilde vestimenta de los
pobres.
Había entre la multitud algunos de los que en ocasión
del bautismo de Cristo habían contemplado la gloria divina y oído la voz de
Dios. Pero desde entonces el aspecto
del Salvador había cambiado mucho. En
ocasión de su bautismo, habían visto su rostro transfigurado por la luz del
cielo; ahora, pálido, cansado y demacrado, fue reconocido únicamente por el
profeta Juan.
Pero al mirarle, la gente vio un rostro donde la
compasión divina se aunaba con la conciencia del poder. Toda mirada de sus ojos, todo rasgo de su
semblante, estaba señalado por la humildad y expresaba un amor indecible. Parecía rodeado por una atmósfera de influencia
espiritual. Aunque sus modales eran
amables y sencillos, daba a los hombres una impresión de un poder escondido,
pero que no podía ocultarse completamente.
¿Era éste Aquel a quien Israel había esperado tanto tiempo?
Jesús vino con pobreza y humillación, a fin de ser
tanto nuestro ejemplo como nuestro Redentor.
Si hubiese aparecido con pompa real, ¿cómo podría habernos enseñado la
humildad? ¿Cómo podría haber presentado verdades tan terminantes en el sermón
del monte? ¿Dónde habría quedado la esperanza de los humildes en esta vida, si
Jesús hubiese venido a morar como rey entre los hombres?
Sin embargo, para la multitud parecía imposible que
el ser designado por Juan estuviese asociado con sus sublimes esperanzas. Así muchos quedaron chasqueados y muy
perplejos.
Las palabras que los sacerdotes y rabinos tanto
deseaban oír, a saber, que Jesús restauraría ahora el reino de Israel, no
habían sido pronunciadas. Tal rey
habían estado esperando y por él velaban; y a un rey tal estaban dispuestos a
recibir. Pero no querían aceptar a uno
que tratase de establecer en su corazón un reino de justicia y de paz.
Al día siguiente, mientras dos discípulos estaban
cerca, Juan volvió a ver a Jesús entre el pueblo. Otra vez se iluminó el rostro del profeta con la gloria del
Invisible, mientras exclamaba: "He aquí el Cordero de Dios." Las
palabras conmovieron el corazón de los discípulos. Ellos no las comprendían plenamente. ¿Qué significaba el nombre que Juan le había dado: "Cordero
de Dios"? Juan mismo no lo había explicado.
Dejando a Juan, se fueron en pos de Jesús. Uno de ellos era Andrés, hermano de Simón;
el otro Juan, el que iba a ser el evangelista.
Estos fueron los primeros discípulos de Cristo. Movidos por un impulso irresistible,
siguieron a Jesús, ansiosos de hablar con él, aunque asombrados y en silencio,
abrumados por el significado del pensamiento: "¿Es éste el Mesías?"
Jesús sabía que los discípulos le seguían. Eran las primicias de su ministerio, y había
gozo en el corazón del Maestro divino al ver a estas almas responder a su
gracia. Sin embargo, volviéndose, les
preguntó: "¿Qué buscáis?" Quería dejarlos libres para volver atrás, o
para expresar su deseo.
Ellos eran conscientes de un solo propósito. La presencia de Cristo llenaba su
pensamiento. Exclamaron: "Rabbí, ... ¿dónde moras?" En una breve entrevista,
a orillas del camino, no podían recibir lo que anhelaban. Deseaban estar a solas con Jesús, sentarse a
sus pies, y oír sus palabras.
"Díceles: Venid y ved. Vinieron, y vieron donde moraba, y quedáronse con él aquel
día."
Si Juan y Andrés hubiesen estado dominados por el
espíritu incrédulo de los sacerdotes y gobernantes, no se habrían presentado
como discípulos a los pies de Jesús.
Habrían venido a él como críticos, para juzgar sus palabras. Muchos cierran así la puerta a las
oportunidades más preciosas. No sucedió
así con estos primeros discípulos.
Habían respondido al llamamiento del Espíritu Santo, manifestado en la
predicación de Juan el Bautista. Ahora,
reconocían la voz del Maestro celestial.
Para ellos, las palabras de Jesús estaban llenas de refrigerio, verdad y
belleza. Una iluminación divina se
derramaba sobre las enseñanzas de las Escrituras del Antiguo Testamento. Los multilaterales temas de la verdad se
destacaban con una nueva luz.
Es la contrición, la fe y el amor lo que habilita al
alma para recibir sabiduría del cielo.
La fe obrando por el amor, es la llave del conocimiento, y todo aquel
que ama "conoce a Dios."
El discípulo Juan era de afectos sinceros y
profundos, aunque de naturaleza contemplativa.
Había empezado a discernir la gloria de Cristo, no la pompa mundanal, ni
el poder que se le había enseñado a esperar, sino la "gloria como del
unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad." Estaba absorto en la
contemplación del maravilloso tema.
Andrés trató de impartir el gozo que llenaba su
corazón. Yendo en busca de su hermano
Simón, exclamó: "Hemos hallado al Mesías." Simón no se hizo llamar
dos veces. El también había oído la
predicación de Juan el Bautista, y se apresuró a ir al Salvador. Los ojos de Jesús se posaron sobre él, leyendo
su carácter y su historia. Su
naturaleza impulsiva, su corazón amante y lleno de simpatía, su ambición y
confianza en sí mismo, la historia de su caída, su arrepentimiento, sus labores
y su martirio: el Salvador lo leyó todo, y dijo: "Tú eres Simón, hijo de
Jonás: tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Piedra)."
"El siguiente día quiso Jesús ir a Galilea, y
halla Felipe, al cual dijo: Sígueme." Felipe obedeció al mandato, y en
seguida se puso también a trabajar para Cristo.
Felipe llamó a Natanael. Este último había estado entre la muchedumbre cuando el Bautista
señaló a Jesús como el Cordero de Dios.
Al mirar a Jesús, Natanael quedó desilusionado. ¿Podía ser el Mesías este hombre que llevaba
señales de pobreza y de trabajo? Sin embargo, Natanael no podía decidirse a
rechazar a Jesús, porque el mensaje de Juan le había convencido en su corazón.
Cuando Felipe lo llamó, Natanael se había retirado a
un tranquilo huerto para meditar sobre el anuncio de Juan y las profecías
concernientes al Mesías. Estaba rogando
a Dios que si el que había sido anunciado por Juan era el Libertador, se lo
diese a conocer, y el Espíritu Santo descendió para impartirle la seguridad de
que Dios había visitado a su pueblo y le había suscitado un cuerno de
salvación. Felipe sabía que su amigo
Natanael escudriñaba las profecías, y lo descubrió en su lugar de retiro
mientras oraba debajo de una higuera, donde muchas veces habían orado juntos,
ocultos por el follaje.
El mensaje: "Hemos hallado a Aquel de quien
escribió Moisés en la ley, y los profetas," pareció a Natanael una
respuesta directa a su oración. Pero la
fe de Felipe era aún vacilante. Añadió
con cierta duda: "Jesús, el hijo de José, de Nazaret." Los prejuicios
volvieron a levantarse en el corazón de Natanael. Exclamó: "¿De Nazaret puede haber algo de bueno?"
Felipe no entró en controversia. Dijo: "Ven y ve. Jesús vio venir a sí a Natanael, y dijo de
él: He aquí un verdadero israelita, en el cual no hay engaño." Sorprendido,
Natanael exclamó: "¿De dónde me conoces? Respondió Jesús, y díjole: Antes
que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera te vi."
Esto fue suficiente.
El Espíritu divino que había dado testimonio a Natanael en su oración
solitaria debajo de la higuera, le habló ahora en las palabras de Jesús. Aunque presa de la duda, y cediendo en algo
al prejuicio, Natanael había venido a Cristo con un sincero deseo de oír la
verdad, y ahora su deseo estaba satisfecho.
Su fe superó a la de aquel que le había traído a Jesús. Respondió y dijo: "Rabbí, tú eres el
Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel."
Si Natanael hubiese confiado en los rabinos para ser
dirigido, nunca habría hallado a Jesús.
Viendo y juzgando por sí mismo, fue como llegó a ser discípulo. Así sucede hoy día en el caso de muchos a
quienes los prejuicios apartan de lo bueno.
¡Cuán diferentes serían los resultados si ellos quisieran venir y ver!
Ninguno llegará a un conocimiento salvador de la
verdad mientras confíe en la dirección de la autoridad humana. Como Natanael, necesitamos estudiar la
Palabra de Dios por nosotros mismos, y pedir la iluminación del Espíritu
Santo. Aquel que vio a Natanael debajo
de la higuera, nos verá en el lugar secreto de oración. Los ángeles del mundo de luz están cerca de
aquellos que con humildad solicitan la dirección divina.
Con el llamamiento de Juan, Andrés, Simón, Felipe y
Natanael, empezó la fundación de la iglesia cristiana. Juan dirigió a dos de sus discípulos a
Cristo. Entonces uno de éstos, Andrés,
halló a su hermano, y lo llevó al Salvador.
Luego Felipe fue llamado, y buscó a Natanael. Estos ejemplos deben enseñarnos la importancia del esfuerzo
personal, de dirigir llamamientos directos a nuestros parientes, amigos y
vecinos. Hay quienes durante toda la
vida han profesado conocer a Cristo, y sin embargo, no han hecho nunca un
esfuerzo personal para traer siquiera un alma al Salvador. Dejan todo el trabajo al predicador. Tal vez él esté bien preparado para su
vocación, pero no puede hacer lo que Dios ha dejado para los miembros de la iglesia.
Son muchos los que necesitan el ministerio de
corazones cristianos amantes. Muchos
han descendido a la ruina cuando podrían haber sido salvados, si sus vecinos,
hombres y mujeres comunes, hubiesen hecho algún esfuerzo personal en su
favor. Muchos están aguardando a que se
les hable personalmente. En la familia
misma, en el vecindario, en el pueblo en que vivimos, hay para nosotros trabajo
que debemos hacer como misioneros de Cristo.
Si somos creyentes, esta obra será nuestro deleite. Apenas se ha convertido uno cuando nace en
él el deseo de dar a conocer a otros cuán precioso amigo ha hallado en
Jesús. La verdad salvadora y
santificadora no puede quedar encerrada en su corazón.
Todos los que se han consagrado a Dios serán
conductos de luz. Dios los hace agentes
suyos para comunicar a otros las riquezas de su gracia. Su promesa es: "Y daré a ellas, y a los
alrededores de mi collado, bendición; y haré descender la lluvia en su tiempo,
lluvias de bendición serán."
Felipe dijo a Natanael: "Ven y ve." No le
pidió que aceptase el testimonio de otro, sino que contemplase a Cristo por sí
mismo. Ahora que Jesús ascendió al
cielo, sus discípulos son sus representantes entre los hombres, y una de las
maneras más eficaces de ganar almas para él consiste en ejemplificar su
carácter en nuestra vida diaria.
Nuestra influencia sobre los demás no depende tanto de lo que decimos,
como de lo que somos. Los hombres
pueden combatir y desafiar nuestra lógica, pueden resistir nuestras súplicas;
pero una vida de amor desinteresado es un argumento que no pueden
contradecir. Una vida consecuente,
caracterizada por la mansedumbre de Cristo, es un poder en el mundo.
La enseñanza de Cristo fue la expresión de una
convicción íntima y de la experiencia, y los que aprenden de él llegan a ser
maestros según el orden divino. La
palabra de Dios, pronunciada por aquel que haya sido santificado por ella,
tiene un poder vivificador que la hace atrayente para los oyentes, y los
convence de que es una realidad viviente.
Cuando uno ha recibido la verdad con amor, lo hará manifiesto en la
persuasión de sus modales y el tono de su voz.
Dará a conocer lo que él mismo oyó, vio y tocó de la palabra de vida,
para que otros tengan comunión con él por el conocimiento de Cristo. Su testimonio, de labios tocados por un
tizón ardiente del altar es verdad para el corazón dispuesto a recibirlo, y
santifica el carácter.
Y el que procura dar la luz a otros, será él mismo
bendecido. Habrá "lluvias de
bendición." "El que riega será él mismo regado." Dios podría
haber alcanzado su objeto de salvar a los pecadores, sin nuestra ayuda; pero a
fin de que podamos desarrollar un carácter como el de Cristo, debemos
participar en su obra. A fin de entrar
en su gozo -el gozo de ver almas redimidas por su sacrificio,- debemos
participar de sus labores en favor de su redención.
La primera expresión de la fe de Natanael, tan
completa, ferviente y sincera, fue como música en los oídos de Jesús. Y él respondió y le dijo: "¿Porque te
dije, te vi debajo de la higuera, crees? cosas mayores que éstas verás."
El Salvador miró hacia adelante con gozo, considerando su obra de predicar las
buenas nuevas a los abatidos, de vendar a los quebrantados de corazón, y
proclamar libertad a los cautivos de Satanás.
Al pensar en las preciosas bendiciones que había traído a los hombres,
Jesús añadió: "De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el
cielo abierto, y los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del
hombre."
Con esto, Cristo dice en realidad: En la orilla del Jordán, los cielos fueron abiertos y el Espíritu descendió sobre mí en forma de paloma. Esta escena no fue sino una señal de que soy el Hijo de Dios. Si creéis en mí como tal, vuestra fe será vivificada. Veréis que los cielos están abiertos y nunca se cerrarán. Los he abierto a vosotros. Los ángeles de Dios están ascendiendo, y llevando las oraciones de los menesterosos y angustiados al Padre celestial, y al descender, traen bendición y esperanza, valor, ayuda y vida a los hijos de los hombres. Los ángeles de Dios pasan siempre de la tierra al cielo, y del cielo a la tierra. Los milagros de Cristo, en favor de los afligidos y dolientes, fueron realizados por el poder de Dios mediante el ministerio de los ángeles. Y es por medio de Cristo, por e! ministerio de sus mensajeros celestiales, como nos llega toda bendición de Dios. Al revestirse de la humanidad, nuestro Salvador une sus intereses con los de los caídos hijos e hijas de Adán, mientras que por su divinidad se aferra al trono de Dios. Y así es Cristo el medio de comunicación de los hombres con Dios y de Dios con los hombres.