CAPÍTULO 10. LA VOZ QUE CLAMABA EN EL DESIERTO
DE ENTRE los fieles de Israel, que por largo tiempo
habían esperado la venida del Mesías, surgió el precursor de Cristo. El anciano sacerdote Zacarías y su esposa
Elizabet eran "justos delante de Dios;" y en su vida tranquila y
santa, la luz de la fe resplandecía como una estrella en medio de las tinieblas
de aquellos días malos. A esta piadosa
pareja se le prometió un hijo, que iría "ante la faz del Señor, para
aparejar sus caminos."
Zacarías habitaba en "la región montañosa de
Judea," pero había subido a Jerusalén para servir en el templo durante una
semana, según se requería dos veces al año de los sacerdotes de cada
turno. "Y aconteció que ejerciendo
Zacarías el sacerdocio delante de Dios por el orden de su vez, conforme a la
costumbre del sacerdocio, salió en suerte a poner el incienso, entrando en el
templo del Señor."
Estaba de pie delante del altar de oro en el lugar
santo del santuario. La nube de
incienso ascendía delante de Dios con las oraciones de Israel. De repente, sintió una presencia
divina. Un ángel del Señor estaba
"en pie a la derecha del altar." La posición del ángel era una
indicación de favor, pero Zacarías no se fijó en esto. Durante muchos años, Zacarías había orado
por la venida del Redentor; y ahora el cielo le había mandado su mensajero para
anunciarle que sus oraciones iban a ser contestadas; pero la misericordia de
Dios le parecía demasiado grande para creer en ella. Se sentía lleno de temor y condenación propia.
Pero fue saludado con la gozosa seguridad: "No
temas, Zacarías; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elizabet te dará a
luz un hijo, y le pondrás por nombre Juan.
Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán en su nacimiento. [V.M.] Porque será grande delante de Dios, y
no beberá vino ni sidra; y será lleno del Espíritu Santo.... Y a muchos de los hijos de Israel convertirá
al Señor Dios de ellos. Porque él irá
delante de él con el espíritu y virtud de Elías, para convertir los corazones
de los padres a los hijos, y los rebeldes a la prudencia de los justos, para
aparejar al Señor un pueblo apercibido.
Y dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto? porque yo soy viejo, y
mi mujer avanzada en días."
Zacarías sabía muy bien que Abrahán en su vejez había
recibido un hijo porque había tenido por fiel a Aquel que había prometido. Pero por un momento, el anciano sacerdote
recuerda la debilidad humana. Se olvida
de que Dios puede cumplir lo que promete.
¡Qué contraste entre esta incredulidad y la dulce fe infantil de María,
la virgen de Nazaret, cuya respuesta al asombroso anuncio del ángel fue:
"He aquí la sierva del Señor; hágase a mí conforme a tu palabra'!
El nacimiento del hijo de Zacarías, como el del hijo
de Abrahán y el de María, había de enseñar una gran verdad espiritual, una
verdad que somos tardos en aprender y propensos a olvidar. Por nosotros mismos somos incapaces de hacer
bien; pero lo que nosotros no podemos hacer será hecho por el poder de Dios en
toda alma sumisa y creyente. Fue
mediante la fe como fue dado el hijo de la promesa. Es por la fe como se engendra la vida espiritual, y somos
capacitados para hacer las obras de justicia.
A la pregunta de Zacarías, el ángel respondió:
"Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y soy enviado a hablarte, y a
darte estas buenas nuevas." Quinientos años antes, Gabriel había dado a
conocer a Daniel el período profético que había de extenderse hasta la venida
de Cristo. El conocimiento de que el
fin de este período se acercaba, había inducido a Zacarías a orar por el
advenimiento del Mesías. Y he aquí que
el mismo mensajero por quien fuera dada la profecía había venido a anunciar su
cumplimiento.
Las palabras del ángel: "Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios," demuestran que ocupa un puesto de alto honor en los atrios celestiales. Cuando fue a Daniel con un mensaje, dijo: "Ninguno hay que se esfuerce conmigo en estas cosas, sino Miguel [Cristo] vuestro príncipe. El Salvador habla de Gabriel en el Apocalipsis diciendo que "la declaró, enviándola por su ángel a Juan su siervo." Y a Juan, el ángel declaró:"Yo soy siervo contigo, y con tus hermanos los profetas." ¡ Admirable pensamiento, que el ángel que sigue en honor al Hijo de Dios es el escogido para revelar los propósitos de Dios a los hombres pecaminosos!
Zacarías había expresado duda acerca de las palabras
del ángel. No había de volver a hablar
hasta que se cumpliesen. "He aquí
--dijo el ángel,-- estarás mudo hasta el día que esto sea hecho, por cuanto no
creíste a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo." El sacerdote
debía orar en este culto por el perdón de los pecados públicos y nacionales, y
por la venida del Mesías; pero cuando Zacarías intentó hacerlo, no pudo
pronunciar una palabra.
Saliendo afuera para bendecir al pueblo, "les
hablaba por señas, y quedó mudo." Le habían esperado mucho tiempo y
empezaban a temer que le hubiese herido el juicio de Dios. Pero cuando salió del lugar santo, su rostro
resplandecía con la gloria de Dios, "y entendieron que había visto visión
en el templo.' Zacarías les comunicó lo que había visto y oído; y "fue,
que cumplidos los días de su oficio, se vino a su casa."
Poco después del nacimiento del niño prometido, la
lengua del padre quedó desligada, "y habló bendiciendo a Dios. Y fue un temor sobre todos los vecinos de
ellos; y en todas las montañas de Judea fueron divulgadas todas estas
cosas. Y todos los que las oían, las
conservaban en su corazón, diciendo: ¿ Quién será este niño ? " Todo esto
tendía a llamar la atención a la venida del Mesías, para la cual Juan había de
preparar el camino.
El Espíritu Santo descendió sobre Zacarías, y en
estas hermosas palabras profetizó la misión de su hijo:
"¡Y tú, niño, serás llamado profeta del
Altísimo, pues irás ante la faz del Señor, para preparar sus caminos; dando
conocimiento de salvación a su pueblo, en la remisión de sus pecados; a causa
de las entrañas de misericordia de nuestro Dios, en las que nos visitará el Sol
naciente, descendiendo de las alturas, para dar luz a los que están sentados en
tinieblas y en sombra de muerte; para dirigir nuestros pies en el camino de la
paz." [V.M.]
"Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu:
y estuvo en los desiertos hasta el día que se mostró a Israel." Antes que
naciera Juan, el ángel había dicho: "Será grande delante de Dios. y no beberá vino ni sidra; y será lleno del
Espíritu Santo." Dios había llamado al hijo de Zacarías a una gran obra,
la mayor que hubiera sido confiada alguna vez a los hombres. A fin de ejecutar esta obra, el Señor debía
obrar con él. Y el Espíritu de Dios
estaría con él si prestaba atención a las instrucciones del ángel.
Juan había de salir como mensajero de Jehová, para
comunicar a los hombres la luz de Dios.
Debía dar una nueva dirección a sus pensamientos. Debía hacerles sentir la santidad de los
requerimientos de Dios, y su necesidad de la perfecta justicia divina. Un mensajero tal debía ser santo. Debía ser templo del Espíritu de Dios. A fin de cumplir su misión, debía tener una
constitución física sana, y fuerza mental y espiritual. Por lo tanto, le sería necesario dominar sus
apetitos y pasiones. Debía poder
dominar todas sus facultades, para poder permanecer entre los hombres tan
inconmovible frente a las circunstancias que le rodeasen como las rocas y
montañas del desierto.
En el tiempo de Juan el Bautista, la codicia de las
riquezas, y el amor al lujo y a la ostentación, se habían difundido
extensamente. Los placeres sensuales,
banquetes y borracheras estaban ocasionando enfermedades físicas y
degeneración, embotando las percepciones espirituales y disminuyendo la
sensibilidad al pecado. Juan debía
destacarse como reformador. Por su vida
abstemia y su ropaje sencillo, debía reprobar los excesos de su tiempo. Tal fue el motivo de las indicaciones dadas
a los padres de Juan, una lección de temperancia dada por un ángel del trono
celestial.
En la niñez y la juventud es cuando el carácter es
más impresionable. Entonces es cuando
debe adquirirse la facultad del dominio propio. En el hogar y la familia, se ejercen influencias cuyos resultados
son tan duraderos como la eternidad.
Más que cualquier dote natural, los hábitos formados en los primeros
años deciden si un hombre vencerá o será vencido en la batalla de la vida. La juventud es el tiempo de la siembra. Determina el carácter de la cosecha, para
esta vida y la venidera.
Como profeta, Juan había de "convertir los
corazones de los padres a los hijos, y los rebeldes a la prudencia de los
justos, para aparejar al Señor un pueblo apercibido." Al preparar el camino
para la primera venida de Cristo, representaba a aquellos que han de preparar
un pueblo para la segunda venida de nuestro Señor. El mundo está entregado a la sensualidad Abundan los errores y
las fábulas. Se han multiplicado las
rampas de Satanás para destruir a las almas.
Todos los que quieran alcanzar la santidad en el temor de Dios deben
aprender las lecciones de temperancia y dominio propio. Las pasiones y los apetitos deben ser
mantenidos sujetos a las facultades superiores de la mente. Esta disciplina propia es esencial para la
fuerza mental y la percepción espiritual que nos han de habilitar para
comprender y practicar las sagradas verdades de la Palabra de Dios. Por esta razón, la temperancia ocupa un lugar
en la obra de prepararnos para la segunda venida de Cristo.
En el orden natural de las cosas, el hijo de Zacarías
habría sido educado para el sacerdocio.
Pero la educación de las escuelas rabínicas le habría arruinado para su
obra Dios no le envió a los maestros de teología para que aprendiese a
interpretar las Escrituras. Le llamó al
desierto, para que aprendiese de la naturaleza, y del Dios de la naturaleza.
Fue en una región solitaria donde halló hogar, en
medio de las colinas áridas, de los desfiladeros salvajes y las cuevas
rocosas. Pero él mismo quiso dejar a un
lado los goces y lujos de la vida y prefirió la severa disciplina del
desierto. Allí lo que le rodeaba era
favorable a la adquisición de sencillez y abnegación. No siendo interrumpido por los clamores del mundo, podía estudiar
las lecciones de la naturaleza, de la revelación y de la Providencia. Las palabras del ángel a Zacarías habían
sido repetidas con frecuencia a Juan por sus padres temerosos de Dios. Desde la niñez, se le había recordado su
misión, y él había aceptado el cometido sagrado. Para él la soledad del desierto era una manera bienvenida de
escapar de la sociedad en la cual las sospechas, la incredulidad y la impureza
lo compenetraban casi todo. Desconfiaba
de su propia fuerza para resistir la tentación, y huía del constante contacto
con el pecado, a fin de no perder el sentido de su excesiva pecaminosidad.
Dedicado a Dios como nazareno desde su nacimiento,
hizo él mismo voto de consagrar su vida a Dios. Su ropa era la de los antiguos profetas: un manto de pelo de
camello, ceñido a sus lomos por un cinturón de cuero. Comía "langostas y miel silvestre," que hallaba en el
desierto; y bebía del agua pura de las colinas.
Pero Juan no pasaba la vida en ociosidad, ni en
lobreguez ascética o aislamiento egoísta.
De vez en cuando, salía a mezclarse con los hombres; y siempre observaba
con interés lo que sucedía en el mundo.
Desde su tranquilo retiro, vigilaba el desarrollo de los sucesos. Con visión iluminada por el Espíritu divino,
estudiaba los caracteres humanos para poder saber cómo alcanzar los corazones
con el mensaje del cielo. Sentía el
peso de su misión. En la soledad, por
la meditación y la oración, trataba de fortalecer su alma para la carrera que
le esperaba.
Aun cuando residía en el desierto, no se veía libre
de tentación. En cuanto le era posible,
cerraba todas las avenidas por las cuales Satanás podría entrar; y sin embargo,
era asaltado por el tentador. Pero sus
percepciones espirituales eran claras; había desarrollado fuerza de carácter y
decisión, y gracias a la ayuda del Espíritu Santo, podía reconocer los ataques
de Satanás y resistir su poder.
Juan hallaba en el desierto su escuela y su
santuario. Como Moisés entre las
montañas de Madián, se veía cercado por la presencia de Dios, y por las evidencias
de su poder. No le tocaba morar, como
al gran jefe de Israel, entre la solemne majestad de las soledades montañosas;
pero delante de él estaban las alturas de Moab al otro lado del Jordán,
hablándole de Aquel que había asentado firmemente las montañas y las había
rodeado de fortaleza. El aspecto
lóbrego y terrible de la naturaleza del desierto donde moraba, representaba
vívidamente la condición de Israel. La
fructífera viña del Señor había llegado a ser un desierto desolado. Pero sobre el desierto, los cielos se
inclinaban brillantes y hermosos. Las
obscuras nubes formadas por la tempestad, estaban cruzadas por el arco iris de
la promesa. Así también, por encima de
la degradación de Israel resplandecía la prometida gloria del reinado del Mesías. Las nubes de ira estaban cruzadas por el
arco iris de su pactada misericordia.
A solas, en la noche silenciosa, leía la promesa que
Dios hiciera a Abrahán de una posteridad tan innumerable como las
estrellas. La luz del alba, que doraba
las montañas de Moab, le hablaba de Aquel que sería "como la luz de la
mañana cuando sale el sol, de la mañana sin nubes." Y en el resplandor del
mediodía veía el esplendor de la manifestación de Dios, cuando se revelará
"la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá."
Con espíritu alegre aunque asombrado, buscaba en los
rollos proféticos las revelaciones de la venida del Mesías: la Simiente
prometida que había de aplastar la cabeza de la serpiente; el Shiloh, "el
pacificador," que había de aparecer antes que dejase de reinar un rey en
el trono de David. Ahora había llegado
el momento. Un gobernante romano se
sentaba en el palacio del monte Sión.
Según la segura palabra del Señor, el Cristo ya había nacido.
De día y de noche estudiaba las arrobadoras descripciones
que hiciera Isaías de la gloria del Mesías, en las que lo llamaba el Retoño de
la raíz de Isaí; un rey que reinaría con justicia, juzgando "con rectitud
por los mansos de la tierra"; sería un "abrigo contra la tempestad,
... la sombra de una peña grande en
tierra de cansancio"; Israel no sería ya llamado "Desamparada,"
ni su tierra "Asolamiento," sino que sería llamado del Señor "mi
deleite," y su tierra "Beúla." El corazón del solitario
desterrado se henchía de la gloriosa visión.
Miraba al Rey en su hermosura, y se olvidaba de sí
mismo. Contemplaba la majestad de la
santidad, y se sentía deficiente e indigno.
Estaba listo para salir como el mensajero del Cielo, sin temor de lo
humano, porque había mirado lo divino.
Podía estar en pie sin temor en presencia de los monarcas terrenales,
porque se había postrado delante del Rey de reyes.
Juan no comprendía plenamente la naturaleza del reino
del Mesías. Esperaba que Israel fuese
librado de sus enemigos nacionales; pero el gran objeto de su esperanza era la
venida de un Rey de justicia y el establecimiento de Israel como nación
santa. Así creía que se cumpliría la
profecía hecha en ocasión de su nacimiento:
"Acordándose de su santo pacto; ...que sin temor librados de nuestros enemigos, le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos los días nuestros."
Veía que los hijos de su pueblo estaban engañados,
satisfechos y dormidos en sus pecados.
Anhelaba incitarlos a vivir más santamente. El mensaje que Dios le había dado para que lo proclamase estaba
destinado a despertarlos de su letargo y a hacerlos temblar por su gran
maldad. Antes que pudiese alojarse la
semilla del Evangelio, el suelo del corazón debía ser quebrantado. Antes de que tratasen de obtener sanidad de
Jesús, debían ser despertados para ver el peligro que les hacían correr las
heridas del pecado.
Dios no envía mensajeros para que adulen al
pecador. No da mensajes de paz para
arrullar en una seguridad fatal a los que no están santificados. Impone pesadas cargas a la conciencia del
que hace mal, y atraviesa el alma con flechas de convicción. Los ángeles ministradores le presentan los
temibles juicios de Dios para ahondar el sentido de su necesidad, e impulsarle
a clamar: "¿Qué debo hacer para ser salvo?" Entonces la mano que humilló
en el polvo, levanta al penitente. La
voz que reprendió el pecado, y avergonzó el orgullo y la ambición, pregunta con
la más tierna simpatía: "¿Qué quieres que te haga?"
Cuando comenzó el ministerio de Juan, la nación
estaba en una condición de excitación y descontento rayana en la
revolución. Al desaparecer Arquelao,
Judea había caído directamente bajo el dominio de Roma. La tiranía y la extorsión de los gobernantes
romanos, y sus resueltos esfuerzos para introducir las costumbres y los
símbolos paganos, encendieron la rebelión, que fue apagada en la sangre de
miles de los más valientes de Israel.
Todo esto intensificó el odio nacional contra Roma y aumentó el anhelo
de ser libertados de su poder.
En medio de las discordias y las luchas, se oyó una
voz procedente del desierto, una voz sorprendente y austera, aunque llena de
esperanza: "Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado."
Con un poder nuevo y extraño, conmovía a la gente. Los profetas habían predicho la venida de Cristo como un
acontecimiento del futuro lejano; pero he aquí que se oía un anuncio de que se
acercaba. El aspecto singular de Juan
hacía recordar a sus oyentes los antiguos videntes. En sus modales e indumentaria, se asemejaba al profeta
Elías. Con el espíritu y poder de
Elías, denunciaba la corrupción nacional y reprendía los pecados
prevalecientes. Sus palabras eran
claras, directas y convincentes. Muchos
creían que era uno de los profetas que había resucitado de los muertos. Toda la nación se conmovió. Muchedumbres acudieron al desierto.
Juan proclamaba la venida del Mesías, e invitaba al
pueblo a arrepentirse. Como símbolo de
la purificación del pecado, bautizaba en las aguas del Jordán. Así, mediante una lección objetiva muy
significativa, declaraba que todos los que querían formar parte del pueblo
elegido de Dios estaban contaminados por el pecado y que sin la purificación
del corazón y de la vida, no podrían tener parte en el reino del Mesías.
Príncipes y rabinos, soldados, publicanos y
campesinos acudían a oír al profeta.
Por un tiempo, la solemne amonestación de Dios los alarmó. Muchos fueron inducidos a arrepentirse, y
recibieron el bautismo. Personas de
todas las clases sociales se sometieron al requerimiento del Bautista, a fin de
participar del reino que anunciaba.
Muchos de los escribas y fariseos vinieron confesando
sus pecados y pidiendo el bautismo. Se
habían ensalzado como mejores que los otros hombres, y habían inducido a la
gente a tener una alta opinión de su piedad; ahora se desenmascaraban los
culpables secretos de su vida. Pero el
Espíritu Santo hizo comprender a Juan que muchos de estos hombres no tenían
verdadera convicción del pecado. Eran
oportunistas. Como amigos del profeta,
esperaban hallar favor ante el Príncipe venidero. Y pensaban fortalecer su influencia sobre el pueblo al recibir el
bautismo de manos de este joven maestro popular.
Juan les hizo frente con la abrumadora pregunta:
"¡Oh generación de víboras! ¿quién os enseñó a huir de la ira que vendrá?
Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir en
vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre: porque os digo que puede Dios,
aun de estas piedras, levantar hijos a Abraham."
Los judíos habían interpretado erróneamente la
promesa de Dios de favorecer eternamente a Israel: "Así ha dicho Jehová,
que da el sol para la luz del día, las leyes de la luna y de las estrellas para
la luz de la noche; que parte la mar y braman sus ondas; Jehová de los ejércitos es su nombre: Si estas leyes
faltaren delante de mí, dice Jehová, también la simiente de Israel faltará para
no ser nación delante de mí todos los días.
Así ha dicho Jehová: Si los cielos arriba se pueden medir, y buscarse
abajo los fundamentos de la tierra, también yo desecharé toda la simiente de
Israel por todo lo que hicieron, dice Jehová." Los judíos consideraban que
su descendencia natural de Abrahán les daba derecho a esta promesa. Pero pasaban por alto las condiciones que
Dios había especificado. Antes de hacer
la promesa, había dicho: "Daré mi ley en sus entrañas, y escribiréla en
sus corazones; y seré yo a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.... Porque perdonaré la maldad de ellos, y no me
acordaré más de su pecado."
El favor de Dios se asegura a aquellos en cuyo
corazón está escrita su ley. Son uno
con él. Pero los judíos se habían
separado de Dios. A causa de sus
pecados, estaban sufriendo bajo sus juicios.
Esta era la causa de su servidumbre a una nación pagana. Los intelectos estaban obscurecidos por la
transgresión, y porque en tiempos pasados el Señor les había mostrado tan
grande favor, disculpaban sus pecados.
Se lisonjeaban de que eran mejores que otros hombres, con derecho a sus
bendiciones.
Estas cosas "son escritas para nuestra
admonición, en quienes los fines de los siglos han parado.'
¡Con cuánta frecuencia interpretamos erróneamente las
bendiciones de Dios, y nos lisonjeamos de que somos favorecidos a causa de
alguna bondad nuestra! Dios no puede hacer en favor nuestro lo que anhela
hacer. Sus dones son empleados para aumentar
nuestra satisfacción propia, y para endurecer nuestro corazón en la
incredulidad y el pecado.
Juan declaró a los maestros de Israel que su orgullo,
egoísmo y crueldad demostraban que eran una generación de víboras, una
maldición mortal para el pueblo, más bien que los hijos del justo y obediente
Abrahán. En vista de la luz que habían
recibido de Dios, eran peores que los paganos, a los cuales se creían tan
superiores. Habían olvidado la roca de
la cual habían sido cortados, y el hoyo del cual habían sido arrancados. Dios no dependía de ellos para cumplir su
propósito. Como había llamado a Abrahán
de un pueblo pagano, podría llamar a otros a su servicio. Sus corazones podían aparentar ahora estar
tan muertos como las piedras del desierto, pero su Espíritu podía vivificarlos
para hacer su voluntad, y recibir el cumplimiento de su promesa.
"Y ya también -decía el profeta,- el hacha está
puesta a la raíz de los árboles: todo árbol pues que no hace buen fruto, es
cortado, y echado en el fuego." No por su nombre, sino por sus frutos, se
determina el valor de un árbol. Si el
fruto no tiene valor, el nombre no puede salvar al árbol de la
destrucción. Juan declaró a los judíos
que su situación delante de Dios había de ser decidida por su carácter y su vida. La profesión era inútil. Si su vida y su carácter no estaban en
armonía con la ley de Dios, no eran su pueblo.
Bajo sus escrutadoras palabras, sus oyentes quedaron
convencidos. Vinieron a él preguntando:
"¿Pues qué haremos?" El contestó: "El que tiene dos túnicas, dé
al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo." Puso a los
publicanos en guardia contra la injusticia, y a los soldados contra la
violencia.
Todos los que se hacían súbditos del reino de Cristo,
decía él, debían dar evidencia de fe y arrepentimiento. En su vida, debía notarse la bondad, la
honradez y la fidelidad. Debían atender
a los menesterosos, y presentar sus ofrendas a Dios. Debían proteger a los indefensos y dar un ejemplo de virtud y
compasión. Así también los seguidores
de Cristo darán evidencia del poder transformador del Espíritu Santo. En su vida diaria, se notará la justicia, la
misericordia y el amor de Dios. De lo
contrario, son como el tamo que se arroja al fuego.
"Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento
--dijo Juan;-- mas el que viene tras mí, más poderoso es que yo; los zapatos
del cual yo no soy digno de llevar; él os bautizará en Espíritu Santo y en
fuego." El profeta Isaías había declarado que el Señor limpiaría a su
pueblo de sus iniquidades "con espíritu de juicio y con espíritu de
ardimiento." La palabra del Señor a Israel era: "Volveré mi mano
sobre ti, y limpiaré hasta lo más puro tus escorias.' Para el pecado,
dondequiera que se encuentre, "nuestro Dios es fuego consumidor." En
todos los que se sometan a su poder, el Espíritu de Dios consumirá el
pecado. Pero si los hombres se aferran
al pecado, llegan a identificarse con él.
Entonces la gloria de Dios, que destruye el pecado, debe destruirlos a
ellos también. Jacob, después de su
noche de lucha con el ángel, exclamó: "Vi a Dios cara a cara, y fue
librada mi alma." Jacob había sido culpable de un gran pecado en su
conducta hacia Esaú; pero se había arrepentido. Su transgresión había sido perdonada, y purificado su pecado; por
lo tanto, podía soportar la revelación de la presencia de Dios. Pero siempre que los hombres se presentaron
a Dios mientras albergaban voluntariamente el mal, fueron destruidos. En el segundo advenimiento de Cristo, los
impíos serán consumidos "con el espíritu de su boca," y destruidos
"con el resplandor de su venida.' La luz de la gloria de Dios, que imparte
vida a los justos, matará a los impíos.
En el tiempo de Juan el Bautista, Cristo estaba por
presentarse como revelador del carácter de Dios. Su misma presencia haría manifiestos a los hombres sus
pecados. Únicamente en la medida en que
estuviesen dispuestos a ser purificados de sus pecados, podrían ellos entrar en
comunión con él. Únicamente los limpios
de corazón podrían morar en su presencia.
Así declaraba Juan el Bautista el mensaje de Dios a Israel. Muchos prestaban oído a sus instrucciones. Muchos lo sacrificaban todo a fin de obedecer. Multitudes seguían de lugar en lugar a ese nuevo maestro, y no pocos abrigaban la esperanza de que fuese el Mesías. Pero al ver Juan que el pueblo se volvía hacia él, buscaba toda oportunidad de dirigir su fe a Aquel que había de venir.