"Y SERÁ llamado su nombre Emmanuel; . .
. Dios con nosotros." (Versión Moderna) "La luz del conocimiento de
la gloria de Dios," se ve "en el rostro de Jesucristo." Desde
los días de la eternidad, el Señor Jesucristo era uno con el Padre; era
"la imagen de Dios," la imagen de su grandeza y majestad, "el
resplandor de su gloria." Vino a nuestro mundo para manifestar esta
gloria. Vino a esta tierra obscurecida por el pecado para revelar la luz del
amor de Dios, para ser "Dios con nosotros." Por lo tanto, fue
profetizado de él: "Y será llamado su nombre Emmanuel."
Al venir a morar con nosotros, Jesús iba a
revelar a Dios tanto a los hombres como a los ángeles. El era la Palabra de
Dios: el pensamiento de Dios hecho audible. En su oración por sus discípulos,
dice: "Yo les he manifestado tu nombre"- "misericordioso y
piadoso; tardo para la ira, y grande en benignidad y verdad, "-"para
que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos." Pero no
sólo para sus hijos nacidos en la tierra fue dada esta revelación. Nuestro
pequeño mundo es un libro de texto para el universo. El maravilloso y
misericordioso propósito de Dios, el misterio del amor redentor, es el tema en el cual "desean
mirar los ángeles," y será su estudio a través de los siglos sin fin.
Tanto los redimidos como los seres que nunca cayeron hallarán en la cruz de
Cristo su ciencia y su canción. Se verá que la gloria que resplandece en el
rostro de Jesús es la gloria del amor abnegado. A la luz del Calvario, se verá
que la ley del renunciamiento por amor es la ley de la vida para la tierra y el
cielo; que el amor que "no busca lo suyo" tiene su fuente en el
corazón de Dios; y que en el Manso y Humilde se manifiesta el carácter de Aquel
que mora en la luz inaccesible al hombre.
Al
principio, Dios se revelaba en todas las obras de la creación. Fue Cristo quien
extendió los cielos y echó los cimientos de la tierra. Fue su mano la que colgó
los mundos en el espacio, y modeló las
flores del campo. El "asienta las montañas con su fortaleza,"
"suyo es el mar, pues que él lo hizo." (Salmos 65:6; 95:5,
V.M.). Fue él quien llenó la tierra de
hermosura y el aire con cantos. Y sobre todas las cosas de la tierra, del aire y
el cielo, escribió el mensaje del amor del Padre.
Aunque el pecado ha estropeado la obra
perfecta de Dios, esa escritura permanece. Aun ahora todas las cosas creadas
declaran la gloria de su excelencia. Fuera del egoísta corazón humano, no hay
nada que viva para sí. No hay ningún pájaro que surca el aire, ningún animal
que se mueve en el suelo, que no sirva a alguna otra vida. No hay siquiera una
hoja del bosque, ni una humilde brizna de hierba que no tenga su utilidad. Cada
árbol, arbusto y hoja emite ese elemento de vida, sin el cual no podrían
sostenerse ni el hombre ni los animales; y el hombre y el animal, a su vez,
sirven a la vida del árbol y del arbusto y de la hoja. Las flores exhalan
fragancia y ostentan su belleza para beneficio del mundo. El sol derrama su luz
para alegrar mil mundos. El océano, origen de todos nuestros manantiales y
fuentes, recibe las corrientes de todas las tierras, pero recibe para dar. Las
neblinas que ascienden de su seno, riegan la tierra, para que produzca y
florezca.
Los ángeles de gloria hallan su gozo en dar,
dar amor y cuidado incansable a las almas que están caídas y destituidas de
santidad. Los seres celestiales desean ganar el corazón de los hombres; traen a
este obscuro mundo luz de los atrios celestiales; por un ministerio amable y
paciente, obran sobre el espíritu humano, para poner a los perdidos en una
comunión con Cristo aun más íntima que la que ellos mismos pueden conocer.
Pero apartándonos de todas las
representaciones menores, contemplamos a Dios en Jesús. Mirando a Jesús, vemos
que la gloria de nuestro Dios consiste en dar. "Nada hago de mí
mismo," dijo Cristo; "me envió el Padre viviente, y yo vivo por el
Padre." "No busco mi gloria," sino la gloria del que me envió.
(San Juan 8:28; 6:57; 8:50; 7:18). En
estas palabras se presenta el gran principio que es la ley de la vida para el
universo. Cristo recibió todas las cosas de Dios, pero las recibió para darlas.
Así también en los atrios celestiales, en su ministerio en favor de todos los
seres creados, por medio del Hijo amado fluye a todos la vida del Padre; por
medio del Hijo vuelve, en alabanza y gozoso servicio, como una marea de amor, a
la gran Fuente de todo. Y así, por medio de Cristo, se completa el circuito de
beneficencia, que representa el carácter del gran Dador, la ley de la vida.
Esta ley fue quebrantada en el cielo mismo.
El pecado tuvo su origen en el egoísmo. Lucifer, el querubín protector, deseó
ser el primero en el cielo. Trató de dominar a los seres celestiales,
apartándolos de su Creador, y granjearse su homenaje. Para ello, representó
falsamente a Dios, atribuyéndole el deseo de ensalzarse. Trató de investir al
amante Creador con sus propias malas características. Así engañó a los ángeles.
Así sedujo a los hombres. Los indujo a dudar de la palabra de Dios, y a
desconfiar de su bondad. Por cuanto Dios es un Dios de justicia y terrible
majestad, Satanás los indujo a considerarle como severo e inexorable. Así
consiguió que se uniesen con él en su rebelión contra Dios, y la noche de la
desgracia se asentó sobre el mundo.
La tierra quedó obscura porque se comprendió
mal a Dios. A fin de que pudiesen iluminarse las lóbregas sombras, a fin de que
el mundo pudiera ser traído de nuevo a Dios, había que quebrantar el engañoso
poder de Satanás. Esto no podía hacerse por la fuerza. El ejercicio de la fuerza
es contrario a los principios del gobierno de Dios; él desea tan sólo el
servicio de amor; y el amor no puede ser exigido; no puede ser obtenido por la
fuerza o la autoridad. El amor se despierta únicamente por el amor. El conocer
a Dios es amarle; su carácter debe ser manifestado en contraste con el carácter
de Satanás. En todo el universo había un solo ser que podía realizar esta obra.
Únicamente Aquel que conocía la altura y la profundidad del amor de Dios, podía
darlo a conocer. Sobre la obscura noche del mundo, debía nacer el Sol de
justicia, "trayendo salud eterna en sus alas." (Malaquías 4:2, V.M.).
El plan de nuestra redención no fue una
reflexión ulterior, formulada después de la caída de Adán. Fue una revelación
"del misterio que por tiempos eternos fue guardado en silencio."
(Romanos 16:25, V.M.). Fue una
manifestación de los principios que desde edades eternas habían sido el
fundamento del trono de Dios. Desde el principio, Dios y Cristo sabían de la
apostasía de Satanás y de la caída del hombre seducido por el apóstata. Dios no
ordenó que el pecado existiese, sino que previó su existencia, e hizo provisión
para hacer frente a la terrible emergencia. Tan grande fue su amor por el
mundo, que se comprometió a dar a su Hijo unigénito "para que todo aquel
que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna." (San Juan 3:16).
Lucifer había dicho: "Sobre las
estrellas de Dios ensalzaré mi trono, . . . seré semejante al Altísimo."
(Isaías 14:13, 14, V.M.). Pero Cristo, "existiendo en forma de Dios, no estimó
el ser igual a Dios como cosa a que debía aferrarse; sino que se desprendió de
ella, tomando antes la forma de un siervo, siendo hecho en semejanza de los
hombres." (Filipenses 2:6, 7, V.M.).
Este fue un sacrificio voluntario. Jesús
podría haber permanecido al lado del Padre. Podría haber conservado la gloria
del cielo, y el homenaje de los ángeles. Pero prefirió devolver el cetro a las
manos del Padre, y bajar del trono del universo, a fin de traer luz a los que
estaban en tinieblas, y vida a los que perecían.
Hace casi dos mil años, se oyó en el cielo
una voz de significado misterioso que, partiendo del trono de Dios, decía:
"He aquí yo vengo." "Sacrificio y ofrenda, no los quisiste;
empero un cuerpo me has preparado.... He aquí yo vengo (en el rollo del libro
está escrito de mí), para hacer, oh Dios, tu voluntad." (Hebreos 10:5-7).
En estas palabras se anunció el cumplimiento del propósito que había estado
oculto desde las edades eternas. Cristo estaba por visitar nuestro mundo, y
encarnarse. El dice: "Un cuerpo me has preparado." Si hubiese
aparecido con la gloria que tenía con el Padre antes que el mundo fuese, no
podríamos haber soportado la luz de su presencia. A fin de que pudiésemos
contemplarla y no ser destruidos, la manifestación de su gloria fue velada. Su
divinidad fue cubierta de humanidad, la gloria invisible tomó forma humana
visible.
Este gran propósito había sido anunciado por
medio de figuras y símbolos. La zarza ardiente, en la cual Cristo apareció a
Moisés, revelaba a Dios. El símbolo elegido para representar a la Divinidad era
una humilde planta que no tenía atractivos aparentes. Pero encerraba al
Infinito. El Dios que es todo misericordia velaba su gloria en una figura muy
humilde, a fin de que Moisés pudiese mirarla y sobrevivir. Así también en la
columna de nube de día y la columna de fuego de noche, Dios se comunicaba con
Israel, les revelaba su voluntad a los hombres, y les impartía su gracia. La
gloria de Dios estaba suavizada, y velada su majestad, a fin de que la débil
visión de los hombres finitos pudiese contemplarla. Así Cristo había de venir
en "el cuerpo de nuestra bajeza," (Filipenses 3:21) "hecho
semejante a los hombres." A los ojos del mundo, no poseía hermosura que lo
hiciese desear; sin embargo era Dios encarnado, la luz del cielo y de la
tierra. Su gloria estaba velada, su grandeza y majestad ocultas, a fin de que
pudiese acercarse a los hombres entristecidos y tentados.
Dios ordenó a Moisés respecto a Israel:
"Hacerme han un santuario, y yo habitaré entre ellos," (Exodo 25:8) y
moraba en el santuario en medio de su pueblo. Durante todas sus penosas
peregrinaciones en el desierto, estuvo con ellos el símbolo de su presencia.
Así Cristo levantó su tabernáculo en medio de nuestro campamento humano. Hincó
su tienda al lado de la tienda de los hombres, a fin de morar entre nosotros y
familiarizarnos con su vida y carácter divinos. "Aquel Verbo fue hecho
carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito
del Padre), lleno de gracia y de verdad.” (San Juan 1:14).
Desde que Jesús vino a morar con nosotros,
sabemos que Dios conoce nuestras pruebas y simpatiza con nuestros pesares. Cada
hijo e hija de Adán puede comprender que nuestro Creador es el amigo de los
pecadores. Porque en toda doctrina de gracia, toda promesa de gozo, todo acto
de amor, toda atracción divina presentada en la vida del Salvador en la tierra,
vemos a "Dios con nosotros."
Satanás representa la divina ley de amor
como una ley de egoísmo. Declara que nos es imposible obedecer sus preceptos.
Imputa al Creador la caída de nuestros primeros padres, con toda la miseria que
ha provocado, e induce a los hombres a considerar a Dios como autor del pecado,
del sufrimiento y de la muerte. Jesús había de desenmascarar este engaño. Como
uno de nosotros, había de dar un ejemplo de obediencia. Para esto tomó sobre sí
nuestra naturaleza, y pasó por nuestras vicisitudes. "Por lo cual convenía
que en todo fuese semejado a sus hermanos." Si tuviésemos que soportar
algo que Jesús no soportó, en este detalle Satanás representaría el poder de
Dios como insuficiente para nosotros. Por lo tanto, Jesús fue "tentado en
todo punto, así como nosotros." (Hebreos 2:17; 4:15, V.M.). Soportó toda prueba a la cual estemos
sujetos. Y no ejerció en favor suyo poder alguno que no nos sea ofrecido
generosamente. Como hombre, hizo frente a la tentación, y venció en la fuerza
que Dios le daba. El dice: "Me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios
mío, y tu ley está en medio de mi corazón." (Salmo 40:8). Mientras andaba haciendo bien y sanando a
todos los afligidos de Satanás, demostró claramente a los hombres el carácter
de la ley de Dios y la naturaleza de su servicio. Su vida testifica que para
nosotros también es posible obedecer la ley de Dios.
Por su humanidad, Cristo tocaba a la
humanidad; por su divinidad, se asía del trono de Dios. Como Hijo del hombre,
nos dio un ejemplo de obediencia; como Hijo de Dios, nos imparte poder para
obedecer. Fue Cristo quien habló a Moisés desde la zarza del monte Horeb
diciendo: "YO SOY EL QUE SOY.... Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY
me ha enviado a vosotros.' (Exodo 3:14).
Tal era la garantía de la liberación de Israel. Asimismo cuando vino
"en semejanza de los hombres," se declaró el YO SOY. El Niño de
Belén, el manso y humilde Salvador, es Dios, "manifestado en carne.' (1
Timoteo 3:16). Y a nosotros nos dice:
" 'YO SOY el buen pastor."
"YO SOY el pan vivo." "YO SOY el camino, y la verdad, y
la vida." "Toda potestad me
es dada en el cielo y en la tierra." (San Juan 10:11; 6:51; 14:6; San
Mateo 28:18). " YO SOY la
seguridad de toda promesa."
"YO SOY; no tengáis miedo.'" "Dios con nosotros" es
la seguridad de nuestra liberación del pecado, la garantía de nuestro poder
para obedecer la ley del cielo.
Al condescender a tomar sobre sí la
humanidad, Cristo reveló un carácter opuesto al carácter de Satanás. Pero se
rebajó aun más en la senda de la humillación. "Hallado en la condición
como hombre, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte
de cruz." (Filipenses 2:8). Así
como el sumo sacerdote ponía a un lado sus magníficas ropas pontificias, y
oficiaba en la ropa blanca de lino del sacerdote común, así también Cristo tomó
forma de siervo, y ofreció sacrificio, siendo él mismo a la vez el sacerdote y
la víctima. "El herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros
pecados: el castigo de nuestra paz sobre él." (Isaías 53:5).
Cristo fue tratado como nosotros merecemos a
fin de que nosotros pudiésemos ser tratados como él merece. Fue condenado por
nuestros pecados, en los que no había participado, a fin de que nosotros
pudiésemos ser justificados por su justicia, en la cual no habíamos
participado. El sufrió la muerte nuestra, a fin de que pudiésemos recibir la
vida suya. "Por su llaga fuimos nosotros curados." (Isaías 53:5).
Por su vida y su muerte, Cristo logró aun
más que restaurar lo que el pecado había arruinado. Era el propósito de Satanás
conseguir una eterna separación entre Dios y el hombre; pero en Cristo llegamos
a estar más íntimamente unidos a Dios que si nunca hubiésemos pecado. Al tomar
nuestra naturaleza, el Salvador se vinculó con la humanidad por un vínculo que
nunca se ha de romper. A través de las edades eternas, queda ligado con
nosotros. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito." (San Juan 3:16). Lo
dio no sólo para que llevase nuestros pecados y muriese como sacrificio
nuestro; lo dio a la especie caída. Para asegurarnos los beneficios de su
inmutable consejo de paz, Dios dio a su Hijo unigénito para que llegase a ser
miembro de la familia humana, y retuviese para siempre su naturaleza humana.
Tal es la garantía de que Dios cumplirá su promesa. "Un niño nos es
nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre su hombro." Dios adoptó la
naturaleza humana en la persona de su Hijo, y la llevó al más alto cielo. Es
"el Hijo del hombre" quien comparte el trono del universo. Es
"el Hijo del hombre " cuyo
nombre será llamado: "Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno,
Príncipe de paz." (Isaías 9:6). El
YO SOY es el Mediador entre Dios y la humanidad, que pone su mano sobre ambos.
El que es "santo, inocente, limpio, apartado de los pecadores," no se
avergüenza de llamarnos hermanos. (Hebreos 7:26; 2:11) En Cristo, la familia de
la tierra y la familia del cielo están ligadas. Cristo glorificado es nuestro
hermano. El cielo está incorporado en la humanidad, y la humanidad, envuelta en
el seno del Amor Infinito.
Acerca de su pueblo, Dios dice: "Serán
como piedras de una diadema, relumbrando sobre su tierra. ¡Porque cuán grande
es su bondad! ¡y cuán grande es su hermosura!" (Zacarías 9:16, 17, V.M.). La exaltación de los redimidos será un
testimonio eterno de la misericordia de Dios. "En los siglos venideros,"
él revelará "la soberana riqueza de su gracia, en su bondad para con
nosotros en Jesucristo." "A fin de que . . . sea dado a conocer a las
potestades y a las autoridades en las regiones celestiales, la multiforme
sabiduría de Dios, de conformidad con el propósito eterno que se había
propuesto en Cristo Jesús, Señor nuestro." (Efesios 2:7; 3:10,11, V.M.).
Por medio de la obra redentora de Cristo, el
gobierno de Dios queda justificado. El Omnipotente es dado a conocer como el
Dios de amor. Las acusaciones de Satanás quedan refutadas y su carácter
desenmascarado. La rebelión no podrá nunca volverse a levantar. El pecado no
podrá nunca volver a entrar en el universo. A través de las edades eternas,
todos estarán seguros contra la apostasía. Por el sacrificio abnegado del amor,
los habitantes de la tierra y del cielo quedarán ligados a su Creador con
vínculos de unión indisoluble.
La obra de la redención estará completa.
Donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia de Dios. La tierra misma, el
campo que Satanás reclama como suyo, ha de quedar no sólo redimida sino
exaltada. Nuestro pequeño mundo, que es bajo la maldición del pecado la única
mancha obscura de su gloriosa creación, será honrado por encima de todos los
demás mundos en el universo de Dios. Aquí, donde el Hijo de Dios habitó en
forma humana; donde el Rey de gloria vivió, sufrió y murió; aquí, cuando renueve
todas las cosas, estará el tabernáculo de Dios con los hombres, "morará
con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será su Dios con
ellos." Y a través de las edades sin fin, mientras los redimidos anden en
la luz del Señor, le alabarán por su Don inefable: Emmanuel; "Dios con
nosotros."