"No juzguéis, para
que no seáis juzgados".
EL ESFUERZO para ganar la salvación por medio de las
obras propias induce inevitablemente a los hombres a amontonar las exigencias
humanas como barrera contra el pecado.
Al ver que no observan la ley, idean normas y reglamentos propios para
compelerse a obedecerla. Todo esto
desvía la mente desde Dios hacia el yo.
El amor a Dios se extingue en el corazón; con él desaparece también el
amor hacia el prójimo. Los defensores
de tal sistema humano, con sus múltiples reglas, se sentirán impulsados a
juzgar a todos los que no logran alcanzar la norma prescrita en él. El ambiente de críticas egoístas y estrechas
ahoga las emociones nobles y generosas, y hace de los hombres espías
despreciables y jueces ególatras.
A esta clase pertenecían los fariseos. No salían de sus servicios religiosos
humillados por la convicción de lo débiles que eran ni agradecidos por los
grandes privilegios que Dios les había dado.
Salían llenos de orgullo espiritual, para pensar tan sólo en sí mismos,
en sus sentimientos, su sabiduría, sus caminos. De lo que ellos habían alcanzado hacían normas por las cuales
juzgaban a los demás. Cubriéndose con
las togas de su propia dignidad exagerada, subían al tribunal para criticar y
condenar.
El pueblo participaba en extenso grado del mismo
espíritu, invadía la esfera de la conciencia, y se juzgaban unos a otros en
asuntos que tocaban únicamente al alma
y a Dios. Refiriéndose a este
espíritu y práctica, dijo Jesús: "No juzguéis, para que no seáis
juzgados". Quería decir: No os
consideréis como normas. No hagáis de
vuestras opiniones y vuestros conceptos del deber, de vuestras interpretaciones
de las Escrituras, un criterio para los demás, ni los condenéis si no alcanzan
a vuestro ideal. No censuréis a los
demás; no hagáis suposiciones acerca de sus motivos ni los juzguéis.
"No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga
el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará
las intenciones de los corazones". No podemos leer el corazón. Por ser imperfectos, no somos competentes
para juzgar a otros. A causa de sus limitaciones, el hombre sólo puede juzgar
por las apariencias. Únicamente a Dios,
quien conoce los motivos secretos de los actos y trata a cada uno con amor y
compasión, le corresponde decidir el caso de cada alma.
"Eres inexcusable, oh hombre, quien quiera que
seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo;
porque tú que juzgas haces lo mismo". Los que juzgan o critican a los
demás se proclaman culpables; porque hacen las mismas cosas que censuran en
otros. Al condenar a los demás, se
sentencian a sí mismos, y Dios declara que el dictamen es justo. Acepta el veredicto que ellos mismos se
aplican.
"¿Por qué miras la
paja que está en el ojo de tu hermano?”
La frase "Tú que juzgas haces lo mismo"; no
alcanza a describir la magnitud del pecado del que, se atreve a censurar y a
condenar a su hermano. Dijo Jesús:
"¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de
ver la viga que está en tu propio ojo?"
Sus palabras describen al que está pronto para buscar
faltas en sus prójimos. Cuando él cree
haber descubierto una falla en el carácter o en la vida, se apresura
celosamente a señalarla; pero Jesús
declara que el rasgo de carácter que se fomenta por aquella obra tan opuesta a
su ejemplo resulta, al compararse con la imperfección que se crítica, como, una
viga al lado de una paja. La falta de
longanimidad y de amor mueve a esa persona a convertir un átomo en un
mundo. Los que no han experimentado la
contrición de una entrega completa a Dios no manifiestan en la vida el influjo
enternecedor del amor de Cristo.
Desfiguran el espíritu amable y cortés del Evangelio y hieren las almas
preciosas por las cuales murió Cristo.
Según la figura empleada por el Salvador, el que se complace en un
espíritu de crítica es más culpable que aquel a quien acusa; porque no
solamente comete el mismo pecado, sino que le añade engreimiento y murmuración.
Cristo es el único verdadero modelo de carácter, y
usurpa su lugar quien se constituye en dechado para los demás. Puesto que el Padre "todo el juicio dio
al Hijo", quienquiera que se atreva a juzgar los motivos ajenos usurpa
también el derecho del Hijo de Dios.
Los que se dan por jueces y críticos se alían con el anticristo,
"el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es
objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose
pasar por Dios".
El pecado que conduce a los resultados más
desastrosos es el espíritu frío de crítica inexorable, que caracteriza al
farisaísmo. Cuando no hay amor en la
experiencia religiosa, no está en ella Jesús ni el sol de su presencia. Ninguna actividad diligente, ni el celo
desprovisto de Cristo, puede suplir la falta.
Puede haber una agudeza maravillosa para descubrir los defectos de los
demás; pero a toda persona que manifiesta tal espíritu, Jesús le dice:
"¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien
para sacar la paja del ojo de tu hermano". El culpable del mal es el primero que lo sospecha. Trata de ocultar o disculpar el mal de su
propio corazón condenando a otro. Por
medio del pecado fue como los hombres llegaron al conocimiento del mal; apenas
Adán y Eva incurrieron en pecado, empezaron a recriminarse mutuamente. Esta
será la actitud inevitable de la naturaleza humana, siempre que no sea
gobernada por la gracia de Cristo.
Cuando los hombres alientan ese espíritu acusador no
se contentan con señalarlo que suponen es un defecto de su hermano. Si no logran por medios moderados inducirlo
a hacer lo que ellos consideran necesario, recurrirán a la fuerza. En cuanto les sea posible, obligarán a los
hombres a conformarse a su concepto de lo justo. Esto es lo que hicieron los judíos en los tiempos de Cristo y lo que ha hecho la iglesia cada vez
que se apartó de la gracia de Cristo.
Al verse desprovista del poder del amor, buscó el brazo fuerte del
estado para imponer sus dogmas y ejecutar sus decretos. En esto estriba el secreto de todas las
leyes religiosas que se hayan dictado y de toda persecución, desde los tiempos
de Abel hasta nuestros días.
Cristo no obliga a los hombres; los atrae. La única
fuerza que emplea es el amor. Siempre
que la iglesia procure la ayuda del poder del mundo, es evidente que le falta
el poder de Cristo y que no la
constriñe el amor divino.
La dificultad radica en los miembros de la iglesia
como individuos, y en ellos debe realizarse la curación. Jesús ordena que antes
de intentar corregir a los otros, el acusador eche la viga de su propio ojo,
renuncie al espíritu de crítica, confiese su propio pecado y lo abandone. "No es buen árbol el que da malos
frutos, ni árbol malo el que da buen fruto". El espíritu acusador que
abrigáis es fruto malo; demuestra que el árbol es malo. Es inútil que os establezcáis en vuestra
propia justicia. Lo que necesitáis es
un cambio de corazón. Debéis pasar por
esta experiencia antes de poder corregir a otros; "porque de la abundancia
del corazón habla la boca".
Cuando tratemos de aconsejar o amonestar a cualquier
alma en cuya experiencia haya sobrevenido una crisis, nuestras palabras tendrán
únicamente el peso de la influencia que nos hayan ganado nuestro propio ejemplo
y espíritu. Debemos ser buenos antes
que podamos obrar el bien. No podemos
ejercer una influencia transformadora sobre otros hasta que nuestro propio
corazón haya sido humillado, refinado y
enternecido por la gracia de Cristo. Cuando se actúe ese cambio en nosotros,
nos resultará natural vivir para beneficiar a otros, así como es natural para
el rosal producir sus flores fragantes o para la vid sus racimos morados.
Si Cristo es en nosotros "la esperanza de
gloria", no nos sentiremos inclinados a observar a los demás para revelar
sus errores. En vez de procurar acusarlos y condenarlos, nuestro objeto será
ayudarlos, beneficiarlos y salvarlos. Al tratar con los que están en error, observaremos
el mandato: "Considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas
tentado". Nos acordaremos de las muchas veces que erramos y de cuán
difícil era hallar el camino recto después de haberlo abandonado. No
empujaremos a nuestro hermano a una oscuridad más densa, sino que con el
corazón lleno de compasión le mostraremos el peligro.
El que mire a menudo la cruz del Calvario,
acordándose de que sus pecados llevaron al Salvador allí, no tratará de
determinar el grado de culpabilidad en comparación con el de los demás. No se
constituirá en juez para acusar a otros. No puede haber espíritu de crítica ni
de exaltación en los que andan a la sombra de la cruz del Calvario.
Mientras no nos sintamos en condiciones de sacrificar
nuestro orgullo, y aún de dar la vida para salvar a un hermano desviado, no
habremos echado la viga de nuestro propio ojo ni estaremos preparados para
ayudar a nuestro hermano. Pero cuando lo hayamos hecho, podremos acercarnos a
él y conmover su corazón. La censura y el oprobio no rescataron jamás a nadie
de una posición errónea; pero ahuyentaron de Cristo a muchos y los indujeron a
cerrar sus corazones para no dejarse convencer. Un espíritu bondadoso y un
trato benigno y persuasivo pueden salvar a los perdidos y cubrir multitud de
pecados. La revelación de Cristo en nuestro propio carácter tendrá un poder
transformador sobre aquellos con quienes nos relacionemos.
Permitamos que Cristo se manifieste diariamente en
nosotros, y él revelará por medio de nosotros la energía creadora de su palabra,
una influencia amable, persuasiva y a la vez
poderosa para restaurar en otras almas la perfección del Señor nuestro
Dios.
"No deis lo santo
a los perros".
Jesús se refiere aquí a una clase de personas que no tiene
ningún deseo de escapar de la esclavitud del pecado. Por haberse entregado a lo corrupto y vil, su naturaleza se ha
degradado de tal manera que se aferran al mal y no quieren separarse de él. Los siervos de Cristo no deben permitir que
los estorben quienes sólo consideran el Evangelio como tema de contención e
ironía.
El Salvador jamás pasó por alto a una sola alma, por
hundida que estuviera en el pecado, si estaba dispuesta a recibir las verdades
preciosas del cielo. Para los
publicanos y rameras, sus palabras eran el comienzo de una vida nueva. María Magdalena, de quien él echó siete
demonios, fue la última en alejarse de su sepulcro y la primera a quien él
saludó en la mañana de la resurrección.
Saulo de Tarso, uno de los enemigos acérrimos del Evangelio, fue el que
se transformó en Pablo, el ministro consagrado de Cristo. Bajo una apariencia de odio y desprecio, aun
de crimen y de degradación, puede ocultarse un alma a la que la misericordia de
Cristo rescatará y que relucirá como gema en la corona del Redentor.
"Pedid, y se os
dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá".
Para que no haya motivo de incredulidad,
incomprensión o mala interpretación de sus palabras, el Señor repite la promesa
tres veces. Anhela que los que buscan a
Dios crean que él puede hacer todas las cosas.
Por tanto agrega: "Porque todo aquel que pide, recibe; y el que
busca, halla; y al que llama, se le abrirá". El Señor no especifica otras condiciones fuera de éstas: que
sintamos hambre de su misericordia, deseemos su consejo y anhelemos su amor.
"Pedid".
El pedir demuestra que sentimos nuestra necesidad; y, si pedimos con fe,
recibiremos. El Señor ha comprometido
su palabra, y ésta no puede faltar. Si
nos presentamos sinceramente contritos,
no debemos pensar qué somos presuntuosos al pedir lo que el Señor ha
prometido. El Señor nos asegura que
cuando pedimos las bendiciones que necesitamos con el fin de perfeccionar un
carácter semejante al de Cristo, solicitamos de acuerdo con una promesa que se
cumplirá. El que sintamos y sepamos que
somos pecadores, es base suficiente para pedir su misericordia y
compasión. La condición para que
podamos acercamos a Dios no es que seamos santos, sino que deseemos que él nos
simple de nuestros pecados y nos purifique de toda iniquidad. La razón que podemos presentar ahora y
siempre es nuestra gran necesidad, nuestro estado de extrema impotencia, que
hace de él y de su poder redentor una necesidad.
"Buscad".
No deseemos su bendición, sino también a él mismo. "Vuelve ahora en amistad con él, y
tendrás paz". Busquemos, y hallaremos.
Dios nos busca, y el mismo deseo que sentimos de ir a él no es más que
la atracción de su Espíritu. Cedamos a
esta atracción. Cristo intercede en
favor de los tentados, los errantes y aquellos a quienes falta la fe. Trata de elevarnos a su compañerismo. "Si tú le buscares, lo hallarás".
"Llamad".
Nos acercamos a Dios por invitación especial, y él nos espera para damos
la bienvenida a su sala de audiencia.
Los primeros discípulos que siguieron a Jesús no se satisfacieron con
una conversación apresurada en el camino; dijeron:
"Rabí. . . ¿dónde moras? . . . Fueron, y vieron
dónde moraba, y se quedaron con él aquel día". De la misma manera, también
nosotros podemos ser admitidos a la intimidad y comunión más estrecha con
Dios. "El que habita al abrigo del
Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente". Llamen los que desean la
bendición de Dios, y esperen a la puerta de la misericordia con firme
seguridad, diciendo: Tú, Señor, has dicho que cualquiera que pide, recibe; y el
qué busca halla; y al que llama, se abrirá.
Mirando Jesús a los que se habían reunido para
escuchar sus palabras, deseó fervorosamente que la muchedumbre apreciarse la misericordia y bondad de Dios.
Como ilustración de su necesidad y de la voluntad de Dios, para dar, les
presentó el caso de un niño hambriento
que pide pan a su padre carnal. "¿Qué hombre hay de vosotros -dijo-, que
si su hijo le pide pan, le dará una,
piedra?". Apela a la afección
tierna y, natural de un padre para con su hijo, y luego dice: "Pues si
vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más
vuestro Padre que está en los cielos, dará buenas cosas a los que le
pidan?" Ningún hombre con corazón de padre abandonaría a su hijo que;
tuviera hambre y le pidiese pan. ¿Lo creerían capaz de burlarse de su hijo, de
atormentarlo con promesas, para luego defraudar sus esperanzas? ¿Prometería
darle alimento bueno y nutritivo, para darle luego una piedra? ¿Nos atreveremos
a deshonrar a Dios imaginando que no responderá a las súplicas de sus hijos?
Si vosotros, pues, siendo humanos y malos,
"sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre
celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?" El Espíritu
Santo, su representante, es la mayor de todas sus dádivas. Todas las "buenas dádivas" quedan
abarcadas en ésta. El Creador mismo no
puede darnos cosa alguna que sea mejor ni mayor. Cuando suplicamos al Señor que se compadezca de nosotros en
nuestras aflicciones y que nos guíe mediante su Espíritu Santo, no desoirá
nuestra petición. Es posible que aun un
padre se aleje de su hijo hambriento, pero Dios no podrá nunca rechazar el
clamor del corazón menesteroso y
anhelante. ¡Con qué ternura maravillosa describió su amor!. A los que en
días de tinieblas sientan que Dios no cuida de ellos, éste es el mensaje del
corazón del Padre: "Sión empero ha dicho: ¡Me ha abandonado Jehová, y el
Señor se ha olvidado de mí! ¿Se olvidará acaso la mujer de su niño mamante, de
modo que no tenga compasión del hijo de sus entrañas? ¡Aun las tales le pueden
olvidar; mas no me olvidaré yo de ti! He aquí que sobre las palmas de mis manos
te traigo esculpida".
Toda promesa de la Palabra de, Dios viene a ser un
motivo para orar, pues su cumplimiento nos es garantizado por la palabra empleada por Jehová. Tenemos
el privilegio de pedir por medio de Jesús cualquier bendición espiritual que
necesitemos. Podemos decir al Señor
exactamente lo que necesitamos, con la sencillez de un niño. Podemos exponerle
nuestros asuntos temporales, y suplicarle pan y ropa, así como el pan de vida y
el manto de la justicia de Cristo.
Nuestro Padre celestial sabe que necesitamos todas estas cosas, y nos
invita a pedírselas. En el nombre de Jesús es como se recibe todo favor. Dios honrará ese nombre y suplirá nuestras
necesidades con las riquezas de su liberalidad.
No nos olvidemos, sin embargo, que al allegarnos a
Dios como a un Padre, reconocemos nuestra relación con él como hijos. No solamente nos fiamos en su bondad, sino
que nos sometemos a su voluntad en todas las cosas, sabiendo que su amor no
cambia. Nos consagramos para hacer su
obra. A quienes había invitado a buscar
primero el reino de Dios y su justicia, Jesús les prometió: "Pedid, y
recibiréis".
Los dones de Aquel que tiene todo poder en el cielo y
en la tierra esperan a los hijos de Dios.
Todos los que acudan a Dios como niñitos recibirán y gozarán dádivas
preciosísimas pues fueron provistas por el costoso sacrificio de la sangre del
Redentor, dones que satisfarán el anhelo más profundo del corazón, regalos
permanentes como la eternidad.
Aceptemos como dirigidas a nosotros las promesas de Dios. Presentémoslas ante él como sus propias
palabras, y recibiremos la plenitud del gozo.
"Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos".
En la seguridad del amor de Dios hacia nosotros,
Jesús ordena en un abarcante principio que incluye todas las relaciones
humanas, que nos amemos unos a otros.
Los judíos se preocupaban por lo que habían de
recibir; su ansia principal era lo que, creían merecer en cuanto a poder,
respeto y servicio. Cristo enseña que
nuestro motivo de ansiedad no debe ser ¿cuánto podemos recibir?, sino ¿cuánto
podemos dar? La medida de lo que
debemos a los demás es lo que
estimaríamos que ellos nos deben a nosotros.
En nuestro trato con otros, pongámonos en su
lugar. Comprendamos sus sentimientos,
sus dificultades, sus chascos, sus gozos y sus pesares. Identifiquémonos con ellos,
luego tratémoslos como quisiéramos que
nos trataran a nosotros si cambiásemos de lugar con ellos. Esta es la regla de la verdadera honradez. Es otra manera de expresar esta ley:
"Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Es la médula de la enseñanza
de los profetas, un principio de] cielo.
Se desarrollará en todos los que se preparan para el sagrado
compañerismo con él.
La regla de oro es el principio de la cortesía
verdadera, cuya ilustración más exacta se ve en la vida y el carácter de Jesús.
¡Oh! ¡qué rayos de amabilidad y belleza se desprendían de la vida diaria de
nuestro Salvador ¡Qué dulzura emanaba de su misma presencia! El mismo espíritu
se revelará en sus hijos. Aquellos con
quienes mora Cristo serán rodeados de una atmósfera divina. Sus blancas
vestiduras de pureza difundirán la fragancia del jardín del Señor. Sus rostros reflejarán la luz de su
semblante, que iluminará la senda para los pies cansados e inseguros.
Nadie que tenga el ideal verdadero de lo que
constituye un carácter perfecto dejará de manifestar la simpatía y la ternura
de Cristo. La influencia de la gracia
debe ablandar el corazón, refinar y purificar los sentimientos, impartir
delicadeza celestial y un sentido de lo correcto.
Todavía hay un significado mucho más profundo en la
regla de oro. Todo aquel que haya sido
hecho mayordomo de la gracia múltiple de Dios está en la obligación de
impartirla a las almas sumidas en la ignorancia y la oscuridad, así como, si él
estuviera en su lugar, desearía que se
la impartiesen. Dijo el apóstol Pablo:
"A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor". Por
todo lo que hemos conocido del amor de Dios y recibido de los ricos dones de su
gracia por encima del alma más entenebrecido y degradada del mundo, estamos en deuda
con ella para comunicarle esos dones.
Así sucede también con las dádivas y las bendiciones de esta vida:
cuanto más poseáis que vuestro prójimos, tanto más sois deudores para con los
menos favorecidos. Si tenemos riquezas, o aun las comodidades de la vida, entonces
estamos bajo la obligación más solemne de cuidar de los enfermos que sufren, de
la viuda y los huérfanos, así como desearíamos que ellos nos cuidaran si
nuestra condición y la suya se invirtieran.
Enseña la regla de oro, por implicación la misma
verdad que se enseña en otra parte del Sermón del Monte, que, "con la
medida con que medís, os será medido".
Lo que hacemos a los demás, sea bueno o malo, ciertamente reaccionará
sobre nosotros mismos, ya sea en bendición, ya sea en maldición. Todo lo que demos, lo volveremos a
recibir. Las bendiciones terrenales que
impartimos a los, demás pueden ser recompensadas con algo semejante, como
ocurre a menudo. Con frecuencia lo que
damos se nos devuelve en tiempo de necesidad, cuadruplicado, en moneda
real. Además de esto, todas las dádivas
se recompensan, aun en esta vida, con el influjo más pleno del amor de Cristo,
que es la suma de toda la gloria y el tesoro del cielo. El mal impartido también vuelve. Todo aquel que haya condenado o desalentado
a otros será llevado en su propia experiencia a la senda en que hizo andar a
los demás; sentirá lo que sufrieron ellos por la falta de simpatía y ternura
que les manifestó.
El amor de Dios para con nosotros es lo que ha
decretado esto. El quiere inducirnos a
aborrecer nuestra propia dureza de corazón y a abrir nuestros corazones para
que Jesús more, en ellos. Así, del mal
surge el bien, y lo que parecía maldición llega a ser bendición.
La medida de la regla de oro es la verdadera norma
del cristianismo, y todo lo que no llega a su altura es un engaño. Una religión que induce a los hombres a
tener en poca estima a los seres humanos, a quienes Cristo consideró de tanto
valor que dio su vida por ellos; una religión que nos haga indiferentes a las
necesidades, los sufrimientos o los derechos humanos, es una religión espuria.
Al despreciar los derechos de los
pobres, los dolientes y los pecadores, nos demostramos traidores a Cristo. El cristianismo tiene tan poco poder en el
mundo porque los hombres aceptan el nombre de Cristo, pero niegan su carácter
en sus vidas. Por estas cosas el nombre
del Señor es motivo de blasfemia.
Acerca de la iglesia apostólica perteneciente a la
época maravillosa en que la gloria del Cristo resucitado resplandecía sobre
ella, leemos que "ninguno decía ser suyo propio nada de lo que
poseía", "que no había entre ellos ningún necesitado", que
"con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del
Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos". Y, además, que "perseverando unánimes
cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con
alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el
pueblo. Y el Señor añadía cada día a la
iglesia los que habían de ser salvos".
Podemos buscar por el cielo y por la tierra, y no
encontraremos verdad revelada más poderosa que la que se manifiesta en las
obras de misericordia hechas en favor de quienes necesiten de nuestra simpatía
y ayuda. Tal es la verdad como está en
Jesús. Cuando los que profesan el
nombre de Cristo practiquen los principios de la regla de oro, acompañará al
Evangelio el mismo poder de los tiempos apostólicos.
"Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida."
En los tiempos de Cristo los habitantes de Palestina
vivían en ciudades amuralladas, mayormente situadas en colinas o montañas. Se llegaba a las puertas, que se cerraban a
la puesta del sol, por caminos empinados y pedregosos, y el viajero que regresaba
a casa al fin del día, con frecuencia necesitaba apresurarse ansiosamente en la
subida de la cuesta para llegar a la puerta antes de la caída de la noche. El que se retrasaba quedaba afuera.
El estrecho camino ascendente que conducía al
hogar y al descanso, dio a Jesús una
conmovedora imagen del camino cristiano.
La senda que os he trazado, dijo, es estrecha; la entrada a la puerta es
difícil; porque la regla de oro excluye, todo orgullo y egoísmo. Hay, en verdad, un camino más ancho, pero su
fin es la destrucción. Si queréis seguir la senda de la vida espiritual, debéis
subir continuamente; debéis andar con los pocos, porque la muchedumbre escogerá
la senda que desciende.
Por el camino a la muerte puede marchar todo el
género humano, con toda su mundanalidad, todo su egoísmos, todo su orgullo, su
falta de honradez y su envilecimiento moral.
Hay lugar para las opiniones y doctrinas de cada persona; espacio para
que sigan sus propias inclinaciones y para hacer todo cuanto exija su egoísmo. Para andar por la senda que conduce a la
destrucción, no es necesario buscar el camino, porque la puerta es ancha; y
espacioso el camino, y los pies se dirigen naturalmente a la vía que termina en
la muerte.
Por el contrario, el sendero que conduce a la vida,
el angosto, y estrecha la entrada. Si
nos aferramos a algún pecado predilecto, hallaremos la puerta demasiado
estrecha. Si deseamos continuar en el
camino de Cristo, debemos renunciar a nuestros propios caminos, a nuestra
propia voluntad y a nuestros malos hábitos y prácticas. El que quiere servir a Cristo no puede
seguir las opiniones ni las normas del mundo.
La senda del cielo es demasiado estrecha para que por ella desfilen
pomposamente la jerarquía y las riquezas; demasiado angosta para el juego de la
ambición egoísta; demasiado empinada y áspera para el ascenso de los amantes
del ocio. A Cristo le tocó la labor, la
paciencia, la abnegación, el reproche, la pobreza y la oposición de los
pecadores. Lo mismo debe tocarnos a
nosotros, si alguna vez hemos de entrar en el paraíso de Dios.
No deduzcamos, sin embargo, que el sendero ascendente
es difícil y la ruta que desciende es fácil.
A todo lo largo del camino que conduce a la muerte hay penas y castigos,
hay pesares y chascos, hay advertencias para que no se continúe. El amor de Dios es tal que los desatentos y
los obstinados no pueden destruirse fácilmente. Es verdad que el sendero de Satanás; parece atractivo, pero es
todo engaño; en el camino del mal hay remordimiento amargo y dolorosa congoja. Pensamos tal vez que es agradable seguir el
orgullo y la ambición mundana; mas el fin es dolor y remordimiento. Los propósitos egoístas pueden ofrecer
promesas halagadoras y una esperanza de gozo; pero veremos que esa felicidad
está envenenada y nuestra vida amargada por las expectativas fincadas en el
yo. Ante el camino descendente la
entrada puede relucir de flores; pero hay espinas en esa vía. La Luz de la
esperanza que brilla en su entrada se esfuma en las tinieblas de la
desesperación, y el alma que sigue esa senda desciende hasta las sombras de una
noche interminable.
"El camino de los transgresores es duro",
pero las sendas de la sabiduría son "caminos deleitosos, y todas sus
veredas paz". Cada acto de obediencia a Cristo, cada acto de abnegación
por él, cada prueba bien soportada, cada victoria lograda sobre la tentación,
es un paso adelante en la marcha hacia la gloria de la victoria final. Si aceptamos a Cristo por guía, él nos
conducirá en forma segura. El mayor de
los pecadores no tiene por qué perder el camino. Ni uno solo de los que temblando lo buscan ha de verse privado de
andar en luz pura y santa. Aunque la
senda es tan estrecha y tan santa que no puede tolerarse pecado en ella, todos
pueden alcanzarla y ninguna alma dudosa y vacilante necesita decir: Dios no se
interesa en mí.
Puede ser áspero el camino, y la cuesta empinada; tal
vez haya trampas a la derecha y a la izquierda; quizá tengamos que sufrir
penosos trabajos en nuestro viaje; puede ser que cuando estemos cansados y
anhelemos descanso, tengamos, que seguir avanzando; que cuando nos consuma la
debilidad, tengamos que luchar; o que cuando estemos desalentados, debamos
esperar aún; pero con Cristo como guía, no dejaremos de llegar al fin al
anhelado puerto de reposo. Cristo mismo recorrió la vía áspera antes que
nosotros y allanó el camino para nuestros pies.
A lo largo del áspero camino que conduce a la vida
eterna hay también manantiales de gozo para refrescar a los fatigados. Los que andan en las sendas de la sabiduría
se regocijan en gran manera, aun en la tribulación; porque Aquel a quien ama su
alma marcha invisible a su lado. A cada
paso hacia arriba disciernen con más claridad el toque de su mano; vívidos
fulgores de la gloria del Invisible alumbran su senda, y sus himnos de loor,
entonados en una nota aún más alta, se elevan para unirse con los cánticos de
los ángeles delante del trono. "La
senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el
día es perfecto".
"Esforzaos a entrar por la puerta angosta".
El viajero, atrasado, en su prisa por llegar a la
puerta antes de la puesta del sol, no podía desviarse para ceder a ninguna
atracción en el camino. Toda su atención se concentraba en el único propósito
de entrar por la puerta. La misma
intensidad de propósito, dijo Jesús, se requiere en la vida cristiana. Os he abierto la gloria del carácter, que es
la gloria verdadera de mi reino. Ella
no os brinda ninguna promesa de dominio mundanal; a pesar de eso, es digna de
vuestro deseo y esfuerzo supremos. No
os llamo para luchar por la supremacía del gran imperio mundial, mas esto no
significa que no hay batallas que librar ni victorias que ganar. Os invito a esforzaros y a luchar para
entrar en mi reino espiritual.
La vida cristiana es una lucha y una marcha; pero la
victoria que hemos de ganar no se obtiene por el poder humano. El terreno del corazón es el campo de
conflicto. La batalla que hemos de
reñir, la mayor que hayan peleado los hombres, es la rendición del yo a la
voluntad de Dios, el sometimiento del corazón a la soberanía del amor. La vieja
naturaleza nacida de la sangre y de la voluntad de la carne, no puede heredar
el reino de Dios. Es necesario
renunciar a las tendencias hereditarias, a las costumbres anteriores.
El que decida entrar en el reino espiritual
descubrirá que todos los poderes y las
pasiones de una naturaleza sin regenerar, sostenidos por las fuerzas del reino
de las tinieblas, se despliegan contra él. El egoísmo y el orgullo resistirán
todo lo que revelaría su pecaminosidad.
No podemos, por nosotros mismos, vencer los deseos y hábitos malos que
luchan por el dominio. No podemos
vencer al enemigo poderoso que nos retiene cautivos. Únicamente Dios puede darnos
la victoria. El desea que
disfrutemos del dominio sobre nosotros mismos, sobre nuestra propia voluntad y
costumbres. Pero no puede obrar en
nosotros sin nuestro consentimiento y cooperación. El Espíritu divino obra por las facultades y los poderes
otorgados a los hombres. Nuestras
energías han de cooperar con Dios.
No se gana la victoria sin mucha oración ferviente,
sin humillar el yo a cada paso. Nuestra
voluntad no ha de verse forzada a cooperar con los agentes divinos; debe
someterse de buen grado. Aunque fuera
posible que él nos impusiera la influencia del Espíritu de Dios con una
intensidad cien veces mayor, eso no nos haría necesariamente cristianos,
personas listas para el cielo. No se
destruiría el baluarte de Satanás. La
voluntad debe colocarse de parte de la voluntad de Dios. Por nosotros mismos no podemos someter a la
voluntad de Dios nuestros propósitos, deseos e inclinaciones; pero si estamos
dispuestos a someter nuestra voluntad a la suya, Dios cumplirá la tarea por nosotros, aun "refutando
argumentos, y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y
llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo". Entonces nos ocuparemos de nuestra
"salvación con temor y temblor, porque Dios" producirá en nosotros "así el querer,
como el hacer, por su buena voluntad".
Muchos son atraídos por la belleza de Cristo y la
gloria del cielo y, sin embargo, rehuyen las únicas condiciones; por las cuales
pueden obtenerlas. Hay muchos en el
camino ancho que no están del todo satisfechos con la senda en que andan.
Anhelan escapar de la esclavitud del pecado y tratan de resistir sus costumbres
pecaminosas con sus propias fuerzas.
Miran el camino angosto y la puerta
estrecha; pero el placer egoísta, el amor del mundo, el orgullo y la
ambición profana alzan una barrera entre ellos y el Salvador. La renuncia a su propia voluntad y a cuanto
escogieron como objeto de su afecto o ambición exige un sacrificio ante el cual
vacilan, se estremecen y retroceden.
Muchos procurarán entrar, y no podrán". Desean el bien, hacen algún
esfuerzo para obtenerlo, pero no lo escogen; no tienen un propósito firme de
procurarlo a toda costa.
Nuestra única esperanza, si queremos vencer, radica
en unir nuestra voluntad a la de Dios, y trabajar juntamente con él, hora tras
hora y día tras día. No podemos retener
nuestro espíritu egoísta y entrar en el reino de Dios. Si alcanzamos la santidad, será por el
renunciamiento al yo y por la aceptación del sentir de Cristo. El orgullo y el egoísmo deben crucificarse.
¿Estamos dispuestos a pagar lo que se requiere de nosotros? ¿Estamos dispuestos
a permitir que nuestra voluntad sea puesta en conformidad perfecta con la de
Dios? Mientras no lo estemos, su gracia
transformadora no puede manifestarse en nosotros.
La guerra que debemos sostener es "la buena
batalla de la fe". Por "lo
cual también trabajo -dijo el apóstol Pablo-, luchando según la potencia de él,
la cual actúa poderosamente en mí".
En la crisis suprema de su vida, Jacob se apartó para
orar. Lo dominaba un solo propósito:
buscar la transformación de su carácter.
Pero mientras suplicaba a Dios, un enemigo, según le pareció, puso sobre
él su mano, y toda la noche luchó por su vida.
Pero ni aun el peligro de perder la vida alteró el propósito de su
alma. Cuando estaba casi agotada su
fuerza, ejerció el Ángel su poder divino, y a su toque supo Jacob con quién
había luchado. Herido e impotente, cayó
sobre el pecho del Salvador, rogando que lo bendijera. No pudo ser desviado ni interrumpido en su
ruego y Cristo concedió el pedido de esta alma débil y penitente, conforme a su
promesa: "¿O forzará alguien mi fortaleza? Haga conmigo paz; sí, haga paz conmigo". Jacob alegó con
espíritu determinado: "No te
dejaré, si no me bendices". Este
espíritu de persistencia fue inspirado por Aquel con quien luchaba el
patriarca. Fue él también quien le dio
la victoria y cambió su nombre, Jacob, por el de Israel, diciendo: "Porque
has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido". Por medio de la entrega del yo y la fe
imperturbable, Jacob ganó aquello por lo cual había luchado en vano con sus
propias fuerzas. "Esta es la
victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe".
"Guardaos de los falsos profetas."
Surgirán por doquiera maestros de falsedades para
apartaros del camino angosto y de la puerta estrecha. Guardaos de ellos; aunque estén ocultos en ropajes de ovejas, por
dentro son lobos feroces. Da Jesús una
prueba por la cual pueden distinguirse los maestros falsos de los verdaderos:
"Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o
higos de los abrojos?"
"No nos dice que los probemos por sus suaves
palabras ni su exaltada profesión de fe.
Se los ha de juzgar por la Palabra de Dios. "¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto,
es porque no les ha amanecido".
"Cesa, hijo mío, de oír las enseñanzas que te hacen divagar de las
razones de sabiduría". ¿Qué mensaje traen estos maestros? ¿Nos hace
venerar y temer a Dios? ¿Nos hace manifestar amor, hacia él mediante la lealtad
a sus mandamientos? Si los hombres no
sienten la obligación de observar la ley morales si se burlan de los preceptos
de Dios; si traspasan aun el más, pequeño de sus mandamientos y así enseñan a
los hombres, no tendrán ningún valor a los ojos del cielo. Podemos saber que sus pretensiones carecen
de fundamento. Hacen la misma obra que
se originó con el príncipe de las tinieblas, el enemigo de Dios.
No todos los que profesan su nombre y llevan su
insignia pertenecen a Cristo. Muchos de
los que enseñaron en mi nombre, dijo Jesús, al fin serán hallados faltos. "Muchos me dirán en aquel día: Señor,
Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y
en tu nombre hicimos muchos milagros? Y
entonces les declararé: Nunca os
conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad".
Hay personas que creen tener razón cuando están
equivocadas. Proclaman que Cristo es su
Señor y, profesan hacer grandes cosas en su nombre, pero son obradores de
iniquidad. "Hacen halagos con sus
bocas y el corazón de ellos anda en pos de su avaricia". El que declara la Palabra de Dios es para
ellos "como cantor de amores, hermoso de voz y que canta bien; y oirán tus
palabras, pero no las pondrán por obra".
De nada vale profesar simplemente ser discípulo. La fe en Cristo que salva al alma no es la
que muchos enseñan. "Creed, creed
-dicen-, y no tenéis necesidad de guardar la ley". Pero una creencia que no lleva a la
obediencia, es presunción. Dice el
apóstol Juan: "El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos,
el tal es mentiroso, y la verdad no está en él". Nadie abrigue la idea de
que las providencias especiales o las manifestaciones sobrenaturales han de
probar la autenticidad de su obra ni de las ideas que proclama. Cuando los hombres dan poca importancia a la
Palabra de Dios y ponen sus impresiones, sus sentimientos y sus prácticas por
encima de la norma divina, podemos saber que no tienen la luz.
La obediencia es la prueba del discipulado. La observancia de los mandamientos es lo que
prueba la sinceridad del amor que profesamos.
Cuando la doctrina que aceptamos destruye el pecado en el corazón,
limpia el alma de contaminación y produce frutos de santidad, entonces podemos
saber que es la verdad de Dios. Cuando
en nuestra vida se manifiesta benevolencia, bondad, ternura y simpatía; cuando el gozo de realizar el
bien anida en nuestro corazón; cuando ensalzamos a Cristo, y no al yo, entonces
podemos saber que nuestra fe es correcta.
"Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus
mandamientos".
"Y no cayó, porque
estaba fundada sobre la roca".
La gente se había sentido profundamente conmovida por las palabras de Cristo. La belleza divina de los principios de la
verdad los atraía, y las amonestaciones
solemnes de Cristo llegaban hasta ellos como la voz de Dios que escudriña los
corazones. Sus palabras habían herido
la raíz de sus ideas y opiniones anteriores; la obediencia a su enseñanza les
exigía que cambiasen todos sus hábitos y modos de pensar y obrar.
Los pondría en oposición con los maestros de su religión, porque
derribaría el edificio entero que durante generaciones habían ido edificando
los rabinos. Por eso, aunque sus
palabras habían hallado eco en los corazones del pueblo, muy pocos estaban
dispuestos a aceptarlas como guía de la vida.
Terminó Jesús su enseñanza en el monte con una
ilustración que presenta en forma muy vívida cuán importante es practicar las
palabras que había pronunciado. Entre
la muchedumbre que se aglomeraba alrededor del Salvador, eran muchos los que se
habían pasado la vida cerca del mar de Galilea. Mientras escuchaban las palabras de Cristo, sentados en la
ladera, podían ver los valles y los barrancos por los cuales corrían hacia el
mar los arroyos de las montañas. A
menudo estos arroyos desaparecían completamente en el verano y quedaba
solamente un canal seco y polvoriento; pero cuando las tempestades del invierno
se desencadenaban sobre las colinas, los ríos se convertían en furiosos y
bramadores torrentes, que algunas veces inundaban los valles y arrasaban todas
las cosas en su riada irresistible.
Entonces era frecuente que fuesen arrasadas las chozas levantadas por
los labriegos en la verde llanura, donde no parecían correr peligro. Pero en lo alto de las cuestas había casas
edificadas sobre la roca. En algunos
sectores del país las viviendas se construían enteramente de piedra, y muchas
habían resistido mil años de tempestades.
Para edificar estas casas había que trabajar en medio de
dificultades. Llegar a ellas no era
fácil. Su posición parecía menos
atractiva que la verde llanura, pero estaban fundadas sobre la roca; y el
viento, la riada y la tempestad las atacaban en vano.
El que recibe las palabras que os he hablado y las
convierte en el cimiento de su carácter
y su vida, dijo Jesús, es como los que construyen su casa sobre la roca. Siglos antes, el profeta Isaías había
escrito: "La palabra del Dios nuestro permanece para siempre", y
Pedro, años después de que se pronunciara el Sermón del Monte, al citar estas
palabras de Isaías, añadió "Y esta es la palabra que por el Evangelio os
ha sido anunciada". La Palabra de
Dios es lo único permanente que nuestro mundo conoce. Es el cimiento
seguro. "El cielo y la tierra
pasarán -dijo Jesús-, pero mis palabras no pasarán".
Los grandes principios de la ley, que participan de
la misma naturaleza de Dios, están entretejidos en las palabras que Cristo pronunció
sobre el monte. Quienquiera que
edifique sobre esos principios edifica sobre Cristo, la Roca de la eternidad.
Al recibir la Palabra, recibimos a Cristo, y únicamente los que reciben así sus
palabras edifican sobre él. "Porque nadie puede poner otro fundamento, que
el que está puesto, el cual es Jesucristo". "No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en
que podamos ser salvos". Cristo, el Verbo, revelación de Dios y
manifestación de su carácter, su ley, su amor y su vida, es el único fundamento
sobre el cual podemos edificar un carácter que permanecerá.
Edificamos en Cristo por la obediencia a su
palabra. No es justo quien sólo se
complace en la justicia, sino quien la ejecuta. La santidad no es arrobamiento; es el resultado de entregarlo
todo a Dios; es hacer la voluntad de nuestro Padre celestial. Cuando los hijos de Israel acampaban en los
límites de la tierra prometida, no bastaba que tuvieran conocimiento de Canaán
ni que entonaran los himnos de Canaán.
Esto solo no les daría posesión de los viñedos y olivares de la buena
tierra. Tan sólo, podían hacerla suya en verdad ocupándola, cumpliendo las
condiciones, ejerciendo una fe viva en Dios, y aplicando las promesas a sí
mismos mientras obedecen sus instrucciones.
La religión consiste en cumplir las palabras de
Cristo; no en obrar para merecer el favor de Dios, sino porque, sin merecerlo,
hemos recibido la dádiva de su amor.
Cristo no basa la salvación de
los hombres sobre lo que profesan solamente, sino sobre la fe que se manifiesta
en las obras de justicia. Se espera
acción, no meramente palabras, de los seguidores de Cristo. Por medio de la acción es como se edifica el
carácter. "Porque todos los que
son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios". Los hijos
de Dios no son aquellos cuyos corazones conmueve el Espíritu, ni los que de vez
en cuando se entregan a su poder, sino los que son guiados por el Espíritu.
¿Deseamos llegar a ser discípulos de Cristo, pero no
sabemos cómo principiar? ¿Estamos en la oscuridad y no sabemos cómo hallar la
luz? Sigamos la luz que poseemos. Dispongamos nuestro corazón para obedecer lo
que sabemos de la Palabra de Dios, en la cual reside su poder, su misma
vida. A medida que recibamos la Palabra
con fe, ella nos dará poder para obedecer.
Si prestamos atención a la luz que tenemos, recibiremos más luz. Edificaremos sobre la Palabra de Dios y
nuestro carácter se formará a semejanza del carácter de Cristo.
Cristo, el verdadero fundamento, es una piedra viva,
su vida se imparte a todos los que son edificados sobre él. "Vosotros también como piedras vivas,
sed edificados como casa espiritual".
Y "todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un
templo santo en el Señor". Las piedras se unifican con el fundamento,
porque en todo mora una vida común, y ninguna tempestad puede destruir ese
edificio.
Todo edificio construido sobre otro fundamento que no
sea la Palabra de Dios, caerá. Aquel
que, a semejanza de los judíos del tiempo de Cristo, edifica sobre el fundamento
de ideas y opiniones humanas, de formalidades y ceremonias inventadas por los
hombres o sobre cualesquiera obras que se puedan hacer independientemente de la
gracia de Cristo, erige la estructura de su carácter sobre arena movediza. Las tempestades violentas de la tentación
barrerán el cimiento de arena y dejarán su casa reducida a escombros sobre las
orillas del tiempo. "Por tanto, Jehová el Señor dice así: Ajustaré el juicio a cordel, y a nivel la justicia; y
granizo barrerá el refugio de la mentira, y aguas arrollarán el
escondrijo".
Hoy todavía la misericordia invita al pecador.
"Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino
que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué
moriréis?" La voz que habla a los impenitentes es la voz de Aquel que
exclamó, con el corazón lleno de angustia, cuando miró la ciudad objeto de su
amor: "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los
que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos
debajo de sus alas, y no quisiste! e aquí, vuestra casa os es dejada
desierta". En Jerusalén vio Jesús
un símbolo del mundo que había rechazado y despreciado su gracia. ¡Lloraba, oh
corazón endurecido, por ti! Aún mientras Jesús vertía lágrimas sobre el monte,
Jerusalén habría podido arrepentirse y escapar a su condenación. Por corto tiempo el Don de los cielos siguió
aguardando su aceptación. Así también,
oh corazón, Cristo te habla aún con acentos de amor: "He aquí, yo estoy a
la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y
cenaré con él, y él conmigo".
"He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de
salvación".
Los que cifran sus esperanzas en sí mismos están
edificando sobre la arena. Aún no es
demasiado tarde para escapar de la ruina inminente. Huyamos en procura de fundamento seguro antes que se desate la
tempestad. tanto, Jehová el Señor dice
así: He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra
probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se
apresure". "Mirad a mí, y sed
salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay
más". "No temas, porque yo
estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te
ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia". "No os avergonzaréis ni os afrentaréis,
por todos los siglos".