NUESTRO Salvador dio dos veces el Padrenuestro: la
primera vez, a la multitud, en el Sermón del Monte; y la segunda, algunos meses
más tarde, a los discípulos solos.
Estos habían estado alejados por corto tiempo de su Señor y, al volver,
lo encontraron absorto en comunión con Dios.
Como si no percibiese la presencia de ellos, él continuó orando en voz
alta. Su rostro irradiaba un resplandor
celestial. Parecía estar en la misma
presencia del Invisible; había un poder viviente en sus palabras, como si
hablara con Dios.
Los corazones de los atentos discípulos quedaron
profundamente conmovidos. Habían notado
cuán a menudo dedicaba él largas horas a la soledad, en comunión con su
Padre. Pasaba los días socorriendo a
las multitudes que se aglomeraban en derredor suyo y revelando los arteros
sofismas de los rabinos. Esta labor
incesante lo dejaba a menudo tan exhausto que su madre y sus hermanos, y aun
sus discípulos, temían que perdiera la vida.
Pero cuando regresaba de las horas de oración con que clausuraba el día
de labor, notaban la expresión de paz en su rostro, la sensación de refrigerio
que parecía irradiar de su presencia.
Salía mañana tras mañana, después de las horas pasadas con Dios, a
llevar la luz de los cielos a los hombres.
Al fin habían comprendido los discípulos que había una relación íntima
entre sus horas de oración y el poder de sus palabras y hechos. Ahora, mientras
escuchaban sus súplicas, sus corazones se llenaron de reverencia y
humildad. Cuando Jesús cesó de orar,
exclamaron con una profunda convicción de su inmensa necesidad personal:
"Señor, enséñanos a orar".
Jesús no les dio una forma nueva de oración. Repitió la que les había enseñado antes,
como queriendo decir: Necesitáis comprender lo que ya os di; tiene una
profundidad de significado que no habéis apreciado aún.
El Salvador no nos limita, sin embargo, al uso de
estas palabras exactas. Como ligado a
la humanidad, presenta su propio ideal de la oración en palabras tan sencillas
que aun un niñito puede adoptarlas pero, al mismo tiempo, tan amplias que ni
las mentes más privilegiadas podrán comprender alguna vez su significado
completo. Nos enseña a allegarnos a
Dios con nuestro tributo de agradecimiento, expresarle nuestras necesidades,
confesar nuestros pecados y pedir su misericordia conforme a su promesa.
"Cuando oréis,
decid: Padre nuestro".
Jesús nos enseña a llamar a su Padre, nuestro Padre. No
se avergüenza de llamarnos hermanos. Tan dispuesto, y ansioso, está el corazón
del Salvador a recibirnos como miembros de la familia de Dios, que desde las
primeras palabras que debemos emplear para acercarnos a Dios él expresa la
seguridad de nuestra relación divina: "Padre nuestro".
Aquí se enuncia la verdad maravillosa, tan alentadora
y consoladora de que Dios nos ama como ama a su Hijo. Es lo que dijo Jesús en su postrera oración en favor de sus
discípulos: "Los has amado a ellos como también a mí me has amado".
El Hijo de Dios circundó de amor este mundo que
Satanás reclamaba como suyo y gobernaba con tiranía cruel, y lo ligó de nuevo
al trono de Jehová mediante una proeza inmensa. Los querubines, serafines y las huestes innumerables de todos los
mundos no caídos entonaron himnos de loor a Dios y al Cordero cuando su
victoria quedó asegurada. Se alegraron de que el camino a la salvación
se hubiera abierto al género humano pecaminoso y porque la tierra iba a ser
redimida de la maldición del pecado. ¡Cuánto más deben regocijarse aquellos que
son objeto de tan asombroso amor!
¿Cómo podemos quedar en duda e incertidumbre y
sentirnos huérfanos? Por amor a quienes
habían transgredido la ley, Jesús tomó sobre sí la naturaleza humana; se hizo
semejante a nosotros, para que tuviéramos la paz y la seguridad eternas. Tenemos un Abogado en los cielos, y
quienquiera que lo acepte como Salvador personal, no queda huérfano ni ha de
llevar el peso de sus propios pecados.
"Amados,
ahora somos hijos de Dios".
"Y si hijos de Dios, también herederos, herederos de Dios y
coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que
juntamente con él seamos glorificados".
"Y aún no se ha manifestado
lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos
semejantes a él, porque le veremos como él es".
El primer paso para acercarse a Dios consiste en
conocer y creer en el amor que siente por nosotros; solamente por la atracción
de su amor nos sentimos impulsados a ir a él.
La comprensión del amor de Dios induce a renunciar al
egoísmo. Al llamar a Dios nuestro
Padre, reconocemos a todos sus hijos como nuestros hermanos. Todos formamos parte del gran tejido de la
humanidad; todos somos miembros de una sola familia. En nuestras peticiones hemos de incluir a nuestros prójimos tanto
como a nosotros mismos. Nadie ora como
es debido sí solamente pide bendiciones para sí mismo.
El Dios infinito, dijo Jesús, os da el privilegio de
acercaros a él y llamarlo Padre.
Comprended todo lo que implica esto.
Ningún padre de este mundo ha llamado jamás a un hijo errante con el
fervor con el cual nuestro Creador suplica al transgresor. Ningún amante interés humano siguió al
impenitente con tantas tiernas invitaciones.
Mora Dios en cada hogar; oye
cada palabra que se pronuncia, escucha toda oración que se eleva, siente los
pesares y los desengaños de cada alma, ve el trato que recibe cada padre,
madre, hermana, amigo y vecino. Cuida
de nuestras necesidades, y para satisfacerlas, su amor y misericordia fluyen
continuamente.
Si llamáis a Dios vuestro Padre, continué, os
reconocéis hijos suyos, para ser guiados por su sabiduría y para darle
obediencia en todas las cosas, sabiendo que su amor es inmutable. Aceptaréis su plan para vuestra vida. Como hijos de Dios, consideraréis como
objeto de vuestro mayor interés, su honor, su carácter, su familia y su
obra. Vuestro gozo consistirá en
reconocer y honrar vuestra relación con vuestro Padre y con todo miembro de su
familia. Os gozaréis en realizar
cualquier acción, por humilde que sea, que contribuya a su gloria o al
bienestar de vuestros semejantes.
Aquel a quien Cristo pide que miremos como
"Padre nuestro", "está en los cielos; todo lo que quiso, ha
hecho". En su custodia podemos
descansar seguros diciendo: "En el día que temo, yo en ti confío."
"Santificado sea
tu nombre."
Para santificar el nombre del Señor se requiere que
las palabras que empleamos al hablar del Ser Supremo sean pronunciadas con
reverencia. "Santo y temible es su
nombre"." Nunca debemos mencionar con liviandad los títulos ni los
apelativos de la Deidad." Por la
oración entramos en la sala de audiencia del Altísimo y debemos comparecer ante
él con pavor sagrado. Los ángeles velan
sus rostros en su presencia. Los
querubines y los esplendorosos y santos serafines se acercan a su trono con
reverencia solemne. ¡Cuánto más debemos nosotros, seres finitos y pecadores,
presentamos en forma reverente delante del Señor, nuestro Creador!
Pero santificar el nombre del Señor significa mucho
más que esto. Podemos manifestar, como
los judíos contemporáneos de Cristo, la
mayor reverencia externa hacía Dios y, no obstante, profanar su nombre continuamente. "El nombre de Jehová" es:
"Fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en
misericordia y verdad. . . ; que
perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado". Se dijo de la iglesia de Cristo: "Se la llamará: Jehová,
justicia nuestra". Este nombre se
da a todo discípulo de Cristo. Es la
herencia del hijo de Dios. La familia
se conoce por el nombre del Padre. El
profeta Jeremías, en tiempo de tribulación y gran dolor oró: "Sobre
nosotros es invocado tu nombre; no nos desampares".
Este nombre es santificado por los ángeles del cielo
y por los habitantes de los mundos sin pecado.
Cuando oramos "Santificado sea tu nombre", pedimos que lo sea
en este mundo, en nosotros mismos. Dios
nos ha reconocido delante de hombres y ángeles como sus hijos; pidámosle ayuda
para no deshonrar el "buen nombre que fue invocado sobre" nosotros.
Dios nos envía al mundo como sus representantes. En todo acto de la vida, debemos manifestar el nombre de
Dios. Esta petición exige que poseamos
su carácter. No podemos santificar su
nombre ni representarlo ante el mundo, a menos que en nuestra vida y carácter
representemos la vida y el carácter de Dios.
Esto podrá hacerse únicamente cuando aceptemos la gracia y la justicia
de Cristo.
"Venga tu
reino".
Dios es nuestro Padre, que nos ama y nos cuida como
hijos suyos; es también el gran Rey del universo. Los intereses de su reino son los nuestros; hemos de obrar para
su progreso.
Los discípulos de Cristo esperaban el advenimiento
inmediato del reino de su gloria; pero al darles esta oración Jesús les enseñó
que el reino no había de establecerse entonces. Habían de orar por su venida como un suceso todavía futuro. Pero esta petición era también una promesa
para ellos. Aunque no verían el
advenimiento del reino en su tiempo, el hecho de que Jesús les dijera que
oraran por él es prueba de que vendrá
seguramente cuando Dios quiera.
El reino de la gracia de Dios se está estableciendo,
a medida que ahora, día tras día, los corazones que estaban llenos de pecado y
rebelión se someten a la soberanía de su amor.
Pero el establecimiento completo del reino de su gloria no se producirá
hasta la segunda venida de Cristo a este mundo. "El reino y el dominio y la majestad de los reinos debajo de
todo el cielo" serán dados "al pueblo de los santos del
Altísimo". Heredarán el reino
preparado para ellos "desde la fundación del mundo". Cristo asumirá
entonces su gran poder y reinará.
Las puertas del cielo se abrirán otra vez y nuestro
Salvador, acompañado de millones de santos, saldrá como Rey de reyes y Señor de
señores. Jehová Emmanuel "será rey sobre toda la tierra. En aquel día Jehová será uno, y uno su
nombre". "El tabernáculo de
Dios" estará con los hombres y Dios "morará con ellos; y ellos serán
su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios".
Jesús dijo, sin embargo, que antes de aquella venida
"será predicado este Evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio
a todas las naciones". Su reino no
vendrá hasta que las buenas nuevas de su gracia se hayan proclamado a toda la
tierra. De ahí que, al entregarnos a
Dios y ganar a otras almas para él, apresuramos la venida de su reino. Únicamente aquellos que se dedican a
servirle diciendo: "Heme aquí, envíame a mí", para abrir los ojos de
los ciegos, para apartar a los hombres "de las tinieblas a la luz, y de la
potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe. . . perdón de pecados
y herencia entre los santificados"; solamente éstos oran con sinceridad:
"Venga tu reino".
"Hágase tu
voluntad, como en el cielo, así también en la tierra".
La voluntad de Dios se expresa en los preceptos de su
sagrada ley, y los principios de esta ley son los principios del cielo. Los ángeles que allí residen no alcanzan
conocimiento más alto que el saber la voluntad de Dios, y el hacer esa voluntad es el servicio más alto en que
puedan ocupar sus facultades.
En el cielo no se sirve con espíritu legalista. Cuando Satanás se rebeló contra la ley de
Jehová, la noción de que había una ley sorprendió a los ángeles casi como algo
en que no habían soñado antes. En su
ministerio, los ángeles no son como siervos, sino como hijos. Hay perfecta unidad entre ellos y su
Creador. La obediencia no es trabajo
penoso para ellos. El amor a Dios hace
de su servicio un gozo. Así sucede
también con toda alma en la cual mora Cristo, la esperanza de gloria. Ella repite lo que dijo él: "Me
complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en medio de mi
corazón".
Al orar: "Sea hecha tu voluntad, como en el
cielo, así también en la tierra", se pide que el reino del mal en este
mundo termine, que el pecado sea destruido para siempre, y que se establezca el
reino de la justicia. Entonces, así
como en el cielo, se cumplirá en la tierra "todo su bondadoso
beneplácito".
La primera mitad de la oración que Jesús nos enseñó
tiene que ver con el nombre, el reino y la voluntad de Dios: que sea honrado su
nombre, establecido su reino y hecha su voluntad. Y así, cuando hayamos hecho del servicio de Dios nuestro primer
interés, podremos pedir que nuestras propias necesidades sean suplidas y tener
la confianza de que lo serán. Si hemos
renunciado al yo y nos hemos entregado a Cristo, somos miembros de la familia
de Dios, y todo cuanto hay en la casa del Padre es nuestro. Se nos ofrecen todos los tesoros de Dios,
tanto en el mundo actual como en el venidero.
El ministerio de los ángeles, el don del Espíritu, las labores de los
siervos, todas estas cosas son para nosotros.
El mundo, con cuanto contiene, es nuestro en la medida en que pueda
beneficiamos. Aun la enemistad de los
malos resultará una bendición, porque nos disciplinará para entrar en los
cielos. Si somos "de Cristo",
"todo" es nuestro. Por ahora somos como hijos que aún no disfrutan de
su herencia. Dios no nos confía nuestro precioso legado, no sea que Satanás
nos engañe con sus artificios astutos, como engañó a la primera pareja en el
Edén. Cristo lo guarda seguro para
nosotros fuera del alcance del despojador.
Como hijos, recibiremos día tras día lo que necesitamos para el
presente. Diariamente debemos pedir:
"El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy". No nos desalentemos si no tenemos bastante para mañana. Su promesa es segura: "Vivirás en la
tierra, y en verdad serás alimentado".
Dice David: "Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo
desamparado, ni su descendencia que mendigue pan". El mismo Dios que envió los cuervos para dar
pan a Elías, cerca del arroyo de Querit, no descuidará a ninguno de sus hijos
fieles y abnegados. Del que anda en la
justicia se ha escrito: "Se le dará su pan, y sus aguas serán seguras". "No serán avergonzados en el mal
tiempo, y en los días de hambre serán saciados". "El que no escatimó
ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿ cómo no nos dará
también con él todas las cosas?"
El que alivió los cuidados y ansiedades de su madre viuda y lo ayudó a sostener
la familia en Nazaret, simpatiza con toda madre en la lucha para proveer
alimento a sus hijos. Quien se compadeció de las multitudes porque "estaban desamparadas y
dispersas", sigue teniendo compasión de los pobres que sufren. Les extiende la mano para bendecirlos, y en
la misma plegaria que dio a sus discípulos nos enseña a acordarnos de los
pobres.
Al orar: "El pan nuestro de cada día, dánoslo
hoy", pedimos para los demás tanto como para nosotros mismos. Reconocemos que lo que Dios nos da no es
para nosotros solos. Dios nos lo confía
para que alimentemos a los hambrientos.
De su bondad ha hecho provisión para el pobre. Dice: "Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos,
ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos. . . Mas cuando hagas
banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás
bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será
recompensado en la resurrección de los justos". "Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda
gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente,
abundéis para toda buena obra".
"El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que
siembra generosamente, generosamente también segará".
La oración por el pan cotidiano incluye no solamente
el alimento para sostener el cuerpo, sino también el pan espiritual que nutrirá
el alma para vida eterna. Nos dice
Jesús: "Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a
vida eterna permanece". "Yo
soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá
para siempre". Nuestro Salvador es
el pan de vida; cuando miramos su amor y lo recibimos en el alma, comemos el
pan que desciende del cielo.
Recibimos a Cristo por su Palabra, y se nos da el
Espíritu Santo para abrir la Palabra de Dios a nuestro entendimiento y hacer
penetrar sus verdades en nuestro corazón.
Hemos de orar día tras día para que, mientras leemos su Palabra, Dios
nos envíe su Espíritu con el fin de revelarnos la verdad que fortalecerá
nuestras almas para las necesidades del día.
Al enseñarnos a pedir cada día lo que necesitamos,
tanto las bendiciones temporales como las espirituales, Dios desea alcanzar un
propósito para beneficio nuestro.
Quiere que sintamos cuánto dependemos de su cuidado constante, porque
procura atraernos a una comunión íntima con él. En esta comunión con Cristo, mediante la oración y el estudio de
las verdades grandes y preciosas de su Palabra, seremos alimentados como almas
con hambre; como almas sedientas seremos refrescados en la fuente de la vida.
"Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores".
Jesús enseña que podemos recibir el perdón de Dios
solamente en la medida en que nosotros mismos perdonamos a los demás. El amor de Dios es lo que nos atrae a
él. Ese amor no puede afectar nuestros
corazones sin despertar amor hacia nuestros hermanos.
Al terminar el Padrenuestro, añadió Jesús:
"Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a
vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus
ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas". El que no perdona suprime el único conducto
por el cual puede recibir la misericordia de Dios. No debemos pensar que, a menos que confiesen su culpa los que nos
han hecho daño, tenemos razón para no perdonarlos. Sin duda, es su deber humillar sus corazones por el
arrepentimiento y la confesión; pero hemos de tener un espíritu compasivo hacia
los que han pecado contra nosotros, confiesen o no sus faltas. Por mucho que nos hayan ofendido, no debemos
pensar de continuo en los agravios que hemos sufrido ni compadecernos de
nosotros mismos por los daños. Así como
esperamos que Dios nos perdone nuestras ofensas, debemos perdonar a todos los
que nos han hecho mal.
Pero el perdón tiene un significado más abarcante del
que muchos suponen. Cuando Dios promete
que "será amplio en perdonar", añade, como si el alcance de esa
promesa fuera más de lo que pudiéramos entender: "Porque mis pensamientos
no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo
Jehová. Como son más altos los cielos
que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis
pensamientos más que vuestros pensamientos". El perdón de Dios no es
solamente un acto judicial por el cual libra de la condenación. No es sólo el perdón por el pecado. Es también una redención del pecado. Es la efusión del amor redentor que
transforma el corazón. David tenía el
verdadero concepto del perdón cuando oró "Crea en mí, oh Dios, un corazón
limpio y renueva un espíritu recto dentro de mí". También dijo: "Cuanto está lejos el
oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones".
Dios se dio a sí mismo en Cristo por nuestros
pecados. Sufrió la muerte cruel de la
cruz; llevó por nosotros el peso del pecado, "el justo por los
injustos", para revelarnos su amor y atraernos hacia él. "Antes -dice- sed benignos unos con otros, misericordiosos,
perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en
Cristo". Dejad que more en vosotros Cristo, la Vida divina, y que por
medio de vosotros revele el amor nacido en el cielo, el cual inspirará
esperanza a los desesperados y traerá la paz de los cielos al corazón afligido
por el pecado. Cuando vamos a Dios, la
primera condición que se nos impone es que, al recibir de él misericordia, nos
prestemos a revelar su gracia a otros.
Un requisito esencial para recibir e impartir el amor
perdonador de Dios es conocer ese amor
que nos profesa y creer en él. Satanás
obra mediante todo engaño a su alcance para que no discernamos ese amor. Nos inducirá a pensar que nuestras faltas y
transgresiones han sido tan graves que el Señor no oirá nuestras oraciones y
que no nos bendecirá ni nos salvará. No
podemos ver en nosotros mismos sino flaqueza, ni cosa alguna que nos recomiende
a Dios. Satanás nos dice que todo esfuerzo
es inútil y que no podemos remediar nuestros defectos de carácter. Cuando tratemos de acercarnos a Dios,
sugerirá el enemigo: De nada vale que ores; ¿acaso no hiciste esa maldad?
¿Acaso no has pecado contra Dios y contra tu propia conciencia? Pero podemos decir al enemigo que "la
sangre de Jesucristo. . . nos limpia de todo pecado". Cuando sentimos que hemos pecado y no
podemos orar, ése es el momento de orar.
Podemos estar avergonzados y profundamente humillados, pero debemos orar
y creer. "Palabra fiel y digna de
ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los
pecadores, de los cuales yo soy el primero". El perdón, la reconciliación
con Dios, no nos llegan como recompensa de nuestras obras, ni se otorgan por
méritos de hombres pecaminosos, sino que son una dádiva que se nos concede a
causa de la justicia inmaculada de Cristo.
No debemos procurar reducir nuestra culpa hallándole
excusas al pecado. Debemos aceptar el
concepto que Dios tiene de pecado, algo muy grave en su estimación. Solamente el Calvario puede revelar la
terrible enormidad del pecado. Nuestra
culpabilidad nos aplastaría si tuviésemos
que cargarla; pero el que no cometió pecado tomó nuestro lugar; aunque
no lo merecía, llevó nuestra iniquidad.
"Si confesamos nuestros pecados", Dios "es fiel y justo
para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad". ¡Verdad
gloriosa! El es justo con su propia
ley, y es a la vez el justificador de todos los que creen en Jesús. "¿Qué Dios como tú, que perdona la
maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se
deleita en misericordia".
"No nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal".
La tentación es incitación al pecado, cosa que no
procede de Dios, sino de Satanás y del mal que hay en nuestros propios
corazones. "Dios no puede ser tentado
por el mal, ni él tienta a nadie".
Satanás trata de arrastrarnos a la tentación, para
que el mal de nuestros caracteres pueda revelarse ante los hombres y los
ángeles, y él pueda reclamarnos como suyos.
En la profecía simbólica de Zacarías, se ve a Satanás de pie a la
diestra del Ángel del Señor, acusando a Josué, el sumo sacerdote, que aparece
vestido con ropas sucias y resistiendo la obra que el Ángel desea hacer por
él. Así se representa la actitud de Satanás
hacia cada alma que Cristo trata de atraer.
El enemigo nos induce a pecar, y luego nos acusa ante el universo
celestial como indignos del amor de Dios.
Pero "dijo Jehová a Satanás: Jehová te reprenda, oh Satanás; Jehová
que ha escogido a Jerusalén te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del
incendio?" Y a Josué dijo: "Mira que he quitado de ti tu pecado, y te
he hecho vestir de ropas de gala".
En su gran amor, Dios procura desarrollar en nosotros
las gracias preciosas de su Espíritu.
Permite que hallemos obstáculos, persecución y opresiones, pero no como
una maldición, sino como la bendición más grande de nuestra vida. Cada tentación resistida, cada aflicción
sobrellevada valientemente, nos da nueva experiencia y nos hace progresar en la
tarea de edificar nuestro carácter. El
alma que resiste la tentación mediante
el poder divino revela al mundo y al universo celestial la eficacia de la
gracia de Cristo.
Aunque la prueba no debe desalentarnos por amarga que
sea, hemos de orar que Dios no permita que seamos puestos en situación de ser
seducidos por los deseos de nuestros propios corazones malos. Al elevar la oración que nos enseñó Cristo,
nos entregamos a la dirección de Dios y le pedimos que nos guíe por sendas
seguras. No podemos orar así con
sinceridad y decidir luego que andaremos en cualquier camino que elijamos. Aguardaremos que su mano nos guíe y
escucharemos su voz que dice: "Este es el camino, andad por él".
Es peligroso detenerse para contemplar las ventajas
de ceder a las sugestiones de Satanás.
El pecado significa deshonra y ruina para toda alma que se entrega a él;
pero es de naturaleza tal que ciega y engaña, y nos tentará con presentaciones
lisonjeras. Si nos aventuramos en el
terreno de Satanás, no hay seguridad de que seremos protegidos contra su
poder. En cuanto sea posible debemos
cerrar todas las puertas por las cuales el tentador podría llegar hasta
nosotros.
El ruego "no nos dejes caer en tentación"
es una promesa en sí mismo. Si nos
entregamos a Dios, se nos promete: "No os dejará ser tentados más de lo que
podéis resistir, sino dará también juntamente con la tentación la salida, para
que podáis soportar".
La única salvaguardia contra el mal consiste en que
mediante la fe en su justicia Cristo more en el corazón. La tentación tiene poder sobre nosotros porque
existe egoísmo en nuestros corazones.
Pero cuando contemplamos el gran amor de Dios, vemos el egoísmo en su
carácter horrible y repugnante, y deseamos que sea expulsado del alma. A medida que el Espíritu Santo glorifica a
Cristo, nuestro corazón se ablanda y se somete, la tentación pierde su poder y
la gracia de Cristo transforma el carácter.
Cristo no abandonará al alma por la cual murió. Ella puede dejarlo a él y ser vencida por la
tentación; pero nunca puede apartarse
Cristo de uno a quien compró con su propia vida. Si pudiera agudizarse nuestra visión espiritual, veríamos almas
oprimidas y sobrecargadas de tristeza, a punto de morir de desaliento. Veríamos ángeles volando rápidamente para
socorrer a estos tentados, quienes se hallan como al borde de un
precipicio. Los ángeles del cielo
rechazan las huestes del mal que rodean a estas almas, y las guían hasta que
pisen un fundamento seguro. Las
batallas entre los dos ejércitos son tan reales como las que sostienen los
ejércitos del mundo, y del resultado del conflicto espiritual dependen los
destinos eternos.
A nosotros, como a Pedro, se nos dice: "Satanás
os ha pedido para zarandearas como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe
no falte". Gracias a Dios, no se
nos deja solos. El que "de tal
manera amó. . . al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel
que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna", no nos abandonará en
la lucha contra el enemigo de Dios v de los hombres. "He aquí -dice- os doy potestad de hollar serpientes y
escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará".
Vivamos en contacto con el Cristo vivo, y él nos
asirá firmemente con una mano que nos guardará para siempre. Creamos en el amor con que Dios nos ama, y
estaremos seguros; este amor es una fortaleza inexpugnable contra todos los
engaños y ataques de Satanás.
"Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será
levantado".
"Porque tuyo es el
reino, y el poder, y la gloria".
La última frase del Padrenuestro, así como la
primera, señala a nuestro Padre como superior a todo poder y autoridad y a todo
nombre que se mencione. El Salvador
contemplaba los años que esperaban a los discípulos, no con el esplendor de la
prosperidad y el honor mundanos con que habían soñado, sino en la oscuridad de
las tempestades del odio humano y de la ira satánica. En medio de la lucha y la ruina de la nación, los discípulos
estarían acosados de peligros, y a menudo el miedo oprimiría sus corazones.
Habrían de ver a Jerusalén desolada, el templo arrasado, su culto
suprimido para siempre, e Israel esparcido por todas las tierras como náufragos
en una playa desierta. Dijo Jesús:
"Oiréis de guerras y rumores de guerras". "Se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y
habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores".
A pesar de ello, los discípulos de Cristo no debían pensar que su esperanza era
vana ni que Dios había abandonado al mundo.
El poder y la gloria pertenecen a Aquel cuyos grandes propósitos se irán
cumpliendo sin impedimento hasta su consumación. En aquella oración, que expresaba sus necesidades diarias, la
atención de los discípulos de Cristo fue dirigida, por encima de todo el poder
y el dominio del mal, hacia el Señor su Dios, cuyo reino gobierna a todos, y
quien es Padre y Amigo eterno.
La ruina de Jerusalén sería símbolo de la ruina final
que abrumará al mundo. Las profecías
que se cumplieron en parte en la destrucción de Jerusalén, se aplican más
directamente a los días finales.
Estamos ahora en el umbral de acontecimientos grandes y solemnes. Nos espera una crisis como jamás ha
presenciado el mundo. Tal como a los
primeros discípulos, nos resulta dulce la segura promesa de que el reino de
Dios se levanta sobre todo. El programa
de los acontecimientos venideros está en manos de nuestro Hacedor. La Majestad del cielo tiene a su cargo el
destino de las naciones, así como también lo que atañe a la iglesia. El Instructor divino dice a todo instrumento
en el desarrollo de sus planes, como dijo a Ciro: "Yo te ceñiré, aunque tú
no me conociste".
En la visión del profeta Ezequiel se veía como una
mano debajo de las alas de los querubines.
Era para enseñar a sus siervos que el poder divino es lo que les da
éxito. Aquellos a quienes Dios emplea como mensajeros suyos no deben pensar que
su obra depende de ellos. No se deja a
los seres finitos la tarea de asumir esta carga de responsabilidad. El que no duerme, sino que obra
incesantemente por el cumplimiento de sus propósitos, hará progresar su causa. Estorbará los planes de los impíos y
confundirá los proyectos de quienes intenten perjudicar a su pueblo. El que es
el Rey, Jehová de los ejércitos, está sentado entre los querubines, y en medio
de la guerra y el tumulto de las naciones guarda aún a sus hijos. El que
gobierna en los cielos es nuestro Salvador. Mide cada aflicción, vigila el
fuego del horno que debe probar a cada alma. Cuando las fortificaciones de los
reyes caigan derribadas, cuando las flechas de la ira atraviesen los corazones
de sus enemigos, su pueblo permanecerá seguro en sus manos.
"Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas... En tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos".