CAPÍTULO 4. EL VERDADERO MOTIVO DEL SERVICIO
"Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos"
Las palabras de Cristo en el monte fueron expresión
de lo que había sido la enseñanza silenciosa de su vida pero que el pueblo no
había llegado a comprender. Al ver que
él tenía tanto poder, no podían explicarse por qué no lo empleaba para alcanzar
lo que, según pensaban ellos, era el bien supremo. El espíritu, los motivos y
los métodos que seguían eran opuestos a los de él. Aunque aseveraban defender
con minucioso celo el honor de la ley, lo que en verdad buscaban era la gloria
personal y egoísta. Cristo quería enseñarles que la persona que se ama a si
misma quebranta la ley.
Sin embargo, los principios sostenidos por los
fariseos han caracterizado a la humanidad en todos los siglos. El espíritu del farisaísmo es el espíritu de
la naturaleza humana; y mientras el Salvador contrastaba su propio espíritu y
sus métodos con los de los rabinos, enseñó algo que puede aplicarse igualmente
a la gente de todas las épocas.
En los tiempos de Cristo los fariseos procuraban constantemente ganar el favor del cielo para
disfrutar de prosperidad y honores mundanos, que para ellos constituían la
recompensa de la virtud. Al mismo
tiempo hacían alarde de sus actos de caridad para atraer la atención del
público y ganar así renombre de santidad.
Jesús censuró esta ostentación, declarando que Dios
no 70 reconoce un servicio tal, y que la adulación y admiración populares que
ellos buscaban con tanta avidez eran la única recompensa que recibirían.
"Cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo
que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en
lo secreto te recompensará en público".
Con estas palabras, Jesús no quiso enseñar que los
actos benévolos deben guardarse siempre en secreto. El apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, no ocultó el
sacrificio personal de los generosos cristianos de Macedonia, sino que se
refirió a la gracia que Cristo había manifestado en ellos, y así otros se
sintieron movidos por el mismo espíritu.
Escribió también a la iglesia de Corinto: "Vuestro ejemplo ha
estimulado a muchos".
Las propias palabras de Cristo expresan claramente lo
que quería decir, a saber, que en la realización de actos de caridad no se
deben buscar las alabanzas ni los honores de los hombres. La piedad verdadera no impulsa a la
ostentación. Los que desean palabras de
alabanza y adulación, y las saborean como delicioso manjar, son meramente
cristianos de nombre.
Por sus obras buenas, los seguidores de Cristo deben
dar gloria, no a sí mismos, sino al que les ha dado gracia y poder para
obrar. Toda obra buena se cumple
solamente por el Espíritu Santo, y éste es dado para glorificar, no al que lo
recibe, sino al Dador. Cuando la luz de
Cristo brille en el alma, los labios pronunciarán alabanzas y agradecimiento a
Dios. Nuestras oraciones, nuestro
cumplimiento del deber, nuestra benevolencia, nuestro sacrificio personal, no
serán el tema de nuestros pensamientos ni de nuestra conversación. Jesús será magnificado, el yo se esconderá y
se verá que Cristo reina supremo en nuestra vida.
Hemos de dar sinceramente, mas no con el fin de
alardear de nuestras buenas acciones, sino por amor y simpatía hacia los que
sufren. La sinceridad del propósito y
la bondad genuina del corazón son los motivos apreciados por el cielo. Dios considera más preciosa que el oro de
Ofir el alma que lo ama sinceramente y de todo corazón.
No hemos de pensar en el galardón, sino en el
servicio; sin embargo, la bondad que se muestra en tal espíritu no dejará de
tener recompensa. "Tu Padre que ve
en lo secreto te recompensará en público". Aunque es verdad que Dios mismo es el gran Galardón, que abarca
todo lo demás, el alma lo recibe y se goza en él solamente en la medida en que
se asemeja a él en carácter. Sólo
podemos apreciar lo que es parecido a nosotros. Sólo cuando nos entregamos a Dios para que nos emplee en el
servicio de la humanidad, nos hacemos partícipes de su gloria y carácter.
Nadie puede dejar que por su vida y su corazón fluya
hacia los demás el río de bendiciones celestiales sin recibir para sí mismo una
rica recompensa. Las laderas de los
collados y los llanos no sufren porque por ellos corren ríos que se dirigen al
mar. Lo que dan se les retribuye cien
veces, porque el arroyo que pasa cantando deja tras sí regalos de vegetación y
fertilidad. En sus orillas la hierba es
más verde; los árboles, más lozanos; las flores, más abundantes. Cuando los campos se ven yermos y agostados
por el calor abrasador del verano, la corriente del río se destaca por su línea
de verdor, y el llano que facilitó el transporte de los tesoros de las montañas
hasta el mar se viste de frescura y belleza, atestiguando así la recompensa que
la gracia de Dios da a cuantos sirven de conductos para las bendiciones del
cielo.
Tal es la bendición para quienes son misericordiosos
con los pobres. El profeta Isaías dice:
¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues
en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu
hermano? Entonces nacerá tu luz como el
alba, y tu salvación se dejará ver pronto... Jehová te pastoreará siempre, y en
las sequías saciará tu alma... y serás
como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca
faltan".
La obra de beneficencia es dos veces bendita. Mientras el que da a los menesterosos los
beneficia, él mismo se beneficia en grado aún mayor. La gracia de Cristo en el alma desarrolla atributos del carácter
que son opuestos al egoísmo 72 atributos que han de refinar, ennoblecer y
enriquecer la vida. Los actos de bondad
hechos en secreto ligarán los corazones y los acercarán al corazón de Aquel de
quien mana todo impulso generoso. Las
pequeñas atenciones y los actos insignificantes de amor y de sacrificio, que
manan de la vida tan quedamente como la fragancia de una flor, constituyen una
gran parte de las bendiciones y felicidades de la vida. Al fin se verá que la abnegación para bien y
dicha de los demás, por humilde e inadvertida que sea en la tierra, se reconoce
en el cielo como muestra de nuestra unión con el Rey de gloria, quien, siendo,
rico, se hizo pobre por nosotros.
Aunque los actos de bondad sean realizados en
secreto, no se puede esconder su resultado sobre el carácter del que los
realiza. Si trabajamos sin reserva como
seguidores de Cristo, el corazón se unirá en estrecha simpatía con el de Dios,
y su Espíritu, al influir sobre el nuestro, hará que el alma responda con
armonías sagradas al toque divino.
El que multiplica los talentos de los que emplearon
con prudencia los dones que les confió reconocerá con agrado el servicio de sus
creyentes en el Amado, por cuya gracia y fuerza obraron. Los que procuraron desarrollar y
perfeccionar un carácter cristiano por el ejercicio de sus facultades en obras
buenas, segarán en el mundo venidero lo que aquí sembraron. La obra empezada en la tierra llegará a su
consumación en aquella vida más elevada y más santa que perdurará por toda la
eternidad.
"Y cuando ores, no
seas como los hipócritas".
Los fariseos tenían horas fijas para orar, y cuando,
como sucedía a menudo, en el momento designado se encontraban ausentes de casa,
fuese en la calle, en el mercado o entre las multitudes apresuradas, allí mismo
se detenían y recitaban en alta voz sus oraciones formales. Un culto tal, ofrecido simplemente para
glorificación del yo, mereció la reprensión más severa de Jesús. Sin embargo, no desaprobó la oración
pública; él mismo oraba con sus discípulos, y en presencia de la multitud. Lo que enseña es que la oración acerca de la vida íntima no debe hacerse en
público. En la devoción secreta
nuestras oraciones no deben alcanzar sino el oído de Dios, que siempre las
escucha. Ningún oído curioso debe
asumir el peso de tales peticiones.
"Mas tú, cuando ores, entra en tu
aposento". Tengamos un lugar
especial para la oración secreta.
Debemos escoger, como lo hizo Cristo, lugares selectos para comunicarnos
con Dios. Muchas veces necesitamos
apartarnos en algún lugar, aunque sea humilde, donde estemos a solas con Dios.
"Ora a tu Padre que está en secreto". En el nombre de Jesús podemos llegar a la
presencia de Dios con la confianza de un niño.
No hace falta que algún hombre nos sirva de mediador. Por medio de Jesús, podemos abrir nuestro
corazón a Dios como a quien nos conoce y nos ama.
En el lugar secreto de oración, donde ningún ojo
puede ver ni oído oír sino únicamente Dios, podemos expresar nuestros deseos y
anhelos más íntimos al Padre de compasión infinita; y en la tranquilidad y el
silencio del alma, esa voz que jamás deja de responder al clamor de la
necesidad humana, hablará a nuestro corazón.
"El Señor es muy misericordioso y
compasivo". Espera con amor infatigable para oír las confesiones de los
desviados del buen camino y para aceptar su arrepentimiento. Busca en nosotros alguna expresión de
gratitud, así como la madre busca una sonrisa de reconocimiento de su niño
amado. Quiere que sepamos con cuánto fervor y ternura se conmueve su corazón
por nosotros. Nos convida a llevar
nuestras pruebas a su simpatía, nuestras penas a su amor, nuestras heridas a su
poder curativo, nuestra debilidad a su fuerza, nuestro vacío a su plenitud.
jamás dejó frustrado al que se allegó a él.
"Los que miraron a él fueron alumbrados, y sus rostros no fueron
avergonzados".
No será vana la petición de los que buscan a Dios en
secreto, confiándole sus necesidades y pidiéndole ayuda. "Tu Padre que ve en lo secreto te
recompensará en público". Si nos
asociamos diariamente con Cristo, sentiremos en nuestro derredor los poderes de
un mundo invisible; y mirando a Cristo, nos asemejaremos a él. Contemplándolo, seremos transformados. Nuestro carácter se suavizará, se refinará y ennoblecerá para el
reino celestial. El resultado seguro de
nuestra comunión con Dios será un aumento d piedad, pureza y celo. Oraremos con inteligencia cada vez:
mayor. Estamos recibiendo una educación
divina, la cual se revela en tina vida diligente y fervorosa.
El alma que se vuelve a Dios en ferviente oración
diaria para pedir ayuda, apoyo y poder, tendrá aspiraciones nobles, conceptos
claros de la verdad y del deber, propósito elevados, así como sed y hambre insaciable
de justicia. Al mantenernos en relación
con Dios, podremos derramar sobre las personas que nos rodean la luz, la paz y
la serenidad que imperan en nuestro corazón.
La fuerza obtenida al orar a Dios, sumada a los esfuerzos infatigables
para acostumbrar la mente a ser más considerada y atenta, nos prepara para los
deberes diarios, y preserva la paz del espíritu, bajo todas las circunstancias.
Si nos acercamos a Dios, él nos dará palabras para
hablar, por él y para alabar su nombre.
Nos enseñará una melodía de la canción angelical, así como alabanzas de
gratitud nuestro Padre celestial. En
todo acto de la vida se revelarán la luz y el amor del Salvador que mora en
nosotros. Las dificultades exteriores
no pueden afectar la vida se vive por la fe en el Hijo de Dios.
"¿Y orando, no
uséis vanas repeticiones, como los gentiles".
Los paganos pensaban que sus oraciones tenían en si
méritos para expiar el pecado. Por lo
tanto, cuanto más larga fuera la oración, mayor mérito tenía. Si por sus propios esfuerzos podían hacerse
santos, tendrían entonces algo en que regocijarse y de lo cual hacer
alarde. Esta idea de la oración resulta
de la creencia en la expiación por
propio mérito en que se basa toda religión falsa. Los fariseos habían adoptado este concepto
pagano de la oración que existe todavía hasta entre los que profesan ser
cristianos. La repetición de
expresiones prescritas y formales mientras el corazón no siente la necesidad de
Dios, es comparable con las "vanas repeticiones" de los gentiles.
La oración no es expiación del pecado, y de por sí no
tiene mérito ni virtud. Todas las
palabras floridas que tengamos a nuestra disposición no equivalen a un solo
deseo santo. Las oraciones más
elocuentes son palabrería vana si no expresan los sentimientos sinceros del
corazón. La oración que brota del
corazón ferviente, que expresa con sencillez las necesidades del alma así como
pediríamos un favor a un amigo terrenal esperando que lo hará, ésa es la
oración de fe. Dios no quiere nuestras
frases de simple ceremonia; pero el clamor inaudible de quien se siente
quebrantado por la convicción de sus pecados y su debilidad llega al oído del
Padre misericordioso.
"Cuando ayunéis,
no seáis... como los hipócritas".
El ayuno que la Palabra de Dios ordena es algo más
que una formalidad. No consiste
meramente en rechazar el alimento, vestirse de cilicio, o echarse cenizas sobre
la cabeza. El que ayuna verdaderamente
entristecido por el pecado no buscará la oportunidad de exhibirse.
El propósito del ayuno que Dios nos manda observar no
es afligir el cuerpo a causa de los pecados del alma, sino ayudarnos a percibir
el carácter grave del pecado, a humillar el corazón ante Dios y a recibir su
gracia perdonadora. Mandó a Israel:
"Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová
vuestro Dios".
A nada conducirá el hacer penitencia ni el pensar que
por nuestras propias obras mereceremos o compraremos una heredad con los
santos. Cuando se le preguntó a Cristo:
"¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?", él
respondió: "Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha
enviado". Arrepentirse es alejarse del yo y dirigirse a Cristo; y cuando
recibamos a Cristo, para que por la fe él pueda vivir en nosotros, las obras
buenas se manifestarán.
Dijo Jesús: "Pero tú, cuando ayunes, unge tu
cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu
Padre que está en secreto". Todo
lo que se hace para gloria de Dios tiene que hacerse con alegría, no con tristeza o dolor. No hay nada lóbrego en la religión de
Cristo. Si por su actitud de congoja
los cristianos dan la impresión de haberse chasqueado en el Señor, presentaran
una concepción falsa de su carácter, y proporcionan argumentos a sus
enemigos. Aunque de palabra llamen a
Dios, su Padre, su pesadumbre y tristeza los hace parecer huérfanos ante todo
el mundo.
Cristo desea que su servicio parezca atractivo, como
lo es en verdad. Revélense al Salvador
compasivo los actos de abnegación y las pruebas secretas del corazón. Dejemos las cargas al pie de la cruz, y
sigamos adelante regocijándonos en el amor del que primeramente nos amó. Los hombres no conocerán tal vez la obra que
se hace secretamente, entre el alma y Dios, pero se manifestará a todos el
resultado de la actuación del Espíritu sobre el corazón, porque él, "que
ve en lo secreto, te recompensará en publico".
"No os hagáis
tesoros en la tierra".
Los tesoros acumulados en la tierra no perduran: los
ladrones entran y los roban; los arruinan el orín y la polilla; el incendio Y
la tempestad pueden barrer nuestros bienes.
Y "donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro
corazón". Lo que se atesora en el
mundo absorberás la mente y excluirá aun las cosas del cielo.
El amor al dinero era la pasión dominante en la época
de los judíos. La mundanalidad usurpaba
en el alma el lugar de Dios y de la religión.
Así ocurre ahora. La ambición
avarienta de acumular riquezas tiene tal ensalmo sobre la vida, que termina por
pervertir la nobleza y corromper toda consideración de los hombres para sus
semejantes hasta ahogarlos en la perdición.
La servidumbre bajo Satanás rebosa de cuidados, perplejidades y trabajo
agotador; los tesoros que los hombres acumular en la tierra son tan sólo
temporales.
Dijo Jesús: "Haceos tesoros en el cielo, donde
ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque dónde esté vuestro tesoro, allí
estará también vuestro corazón".
La instrucción que dio fue: "Haceos tesoros en el cielo".
Es de nuestro interés obtener los tesoros
celestiales. Es lo único, de todo lo
que poseemos, que sea verdaderamente nuestro.
El tesoro acumulado en el cielo es imperecedero. Ni el fuego ni la inundación pueden
destruirlo, ni ladrón robarlo, ni polilla ni orín corromperlo, porque Dios lo
custodia.
Estos tesoros, que Cristo considera inestimables, son
"las riquezas de la gloria de su herencia en los santos". A los discípulos de Cristo se los llama sus
joyas, su tesoro precioso y particular.
Dice él: "Como piedras de diadema serán enaltecidos en su
tierra". "Haré más precioso
que el oro fino al varón, y más que el oro de Ofir al hombre". Cristo, el
gran centro de quien se desprende toda gloria, considera a su pueblo purificado
y perfeccionado como la recompensa de todas sus aflicciones, su humillación y
su amor; lo estima como el complemento de su gloria.
Se nos permite unirnos con él en la gran obra de
redención y participar con él de las riquezas que ganó por las aflicciones y la
muerte. El apóstol Pablo escribió de
esta manera a los cristianos tesalonicenses: "¿Cuál es nuestra esperanza,
o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro
Señor Jesucristo, en su venida?
Vosotros sois nuestra gloria y gozo". Tal es el tesoro por el cual
Cristo nos manda trabajar. El carácter
es la gran cosecha de la vida. Cada
palabra y acto que mediante la gracia de Cristo encienda en algún alma el
impulso de elevarse hacia el cielo, cada esfuerzo que tienda a la formación de
un carácter como el de Cristo, equivale a acumular tesoros en los cielos.
Donde esté el tesoro, allí estará el corazón. Nos beneficiamos con cada esfuerzo que
ejercemos en pro de los demás. El que
da de su dinero o de su trabajo para la difusión del Evangelio dedica su
interés y sus oraciones a la obra y a las almas a las cuales alcanzará; sus
afectos se dirigen hacia otros, y se ve estimulado para consagrarse más
completamente a Dios, a fin de poder hacerles el mayor bien posible.
En el día final, cuando desaparezcan las riquezas del
mundo, el que haya guardado tesoros en el cielo verá lo que su vida ganó. Si hemos prestado atención a las palabras de
Cristo, al congregarnos alrededor del gran trono blanco veremos almas que se
habrán salvado como consecuencia de nuestro ministerio; sabremos que uno salvó
a otros, y éstos, a otros aún. Esta
muchedumbre, traída al puerto, de descanso como fruto de nuestros esfuerzos,
depositará sus coronas a los pies de Jesús y lo alabará por los siglo
interminables de la eternidad. ¡Con qué alegría verá el obrero de Cristo
aquellos redimidos, participantes de la gloria del Redentor! ¡Cuán precioso
será el cielo para quienes hayan trabajado fielmente por la salvación de las
almas!
"Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad
las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios".
"Si tu ojo es
bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz".
Lo que el Señor señala en estas palabras es la
sinceridad, de propósito, la devoción indivisa a Dios. Si existe esta sinceridad de propósito, y no
hay vacilación para percibir y obedecer la verdad a cualquier costo, se
recibirá luz divina. La piedad
verdadera comienza cuando cesa la transigencia con el pecado. Entonces la expresión del corazón será la,
del apóstol Pablo: "Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda
atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del
supremo llamamiento de, Dios en Cristo Jesús". "Aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia
del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido
todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo".
Cuando la vista está cegada por el amor propio, hay
solamente oscuridad. "Pero si tu
ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas". Era ésta la oscuridad que envolvió a los
judíos en obstinada incredulidad y los imposibilitó para comprender el carácter
y la misión del que vino a salvarlos de sus pecados.
El ceder a la tentación empieza cuando se permite a
la mente vacilar y ser inconstante en
la confianza en Dios. Si no decidimos entregarnos
por completo a Dios, quedamos en tinieblas.
Cuando hacemos cualquier reserva, abrimos la puerta por la cual Satanás
puede entrar para extraviarnos con sus tentaciones. El sabe que sí puede oscurecer nuestra visión para que el ojo de
la fe no vea a Dios, no tendremos protección contra el pecado.
El predominio de un deseo pecaminoso revela que el
alma está engañada. Cada vez que se
cede a dicho deseo se refuerza la aversión del alma contra Dios. Al seguir el sendero elegido por Satanás,
nos vemos envueltos por las sombras del mal; cada paso nos lleva a tinieblas
más densas y agrava la ceguera del corazón.
En el mundo espiritual rige la misma ley que en el
natural. Quien more en tinieblas
perderá al fin el sentido de la vista.
Estará rodeado por una oscuridad más densa que la de medianoche, y no le
puede traer luz el mediodía más brillante.
"Anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le
han cegado los ojos". Por abrigar
el mal con persistencia, por despreciar con obstinación las súplicas del amor
divino, el pecador pierde el amor a lo bueno, el deseo de Dios y aun la
capacidad misma de recibir la luz del cielo.
La invitación de la misericordia sigue rebosando amor, la luz brilla con
tanto resplandor como cuando iluminó por vez primera el alma; pero la voz cae
en oídos sordos; la luz, en ojos cegados.
Ninguna alma se encuentra desamparada definitivamente
por Dios ni abandonada para seguir sus propios pasos, mientras haya esperanza
de salvarla. "Dios no se aparta
del hombre, sino el hombre de Dios".
Nuestro Padre celestial nos sigue con amonestaciones, súplicas y
promesas de compasión hasta que las nuevas oportunidades y privilegios resultan
totalmente inútiles. La responsabilidad
es del pecador. Al resistir hoy al
Espíritu de Dios, apareja el camino para la segunda oposición a la luz cuando
venga con mayor poder. Así va de
oposición en oposición, hasta que la luz no lo conmueve más, y él no responde
ya de ninguna manera al Espíritu de Dios.
Entonces aun la luz que está en
él se ha convertido en tinieblas. La
verdad misma que conocía se ha pervertido de tal manera que intensifica la
ceguera del alma.
"Ninguno puede
servir a dos señores".
Cristo no dice que el hombre no querrá servir a dos señores ni que no deberá servirlos,
sino que no puede hacerlo. Los intereses de Dios y los de Mamón no
pueden armonizar en forma alguna. Donde la conciencia del cristiano le aconseja
abstenerse, negarse a sí mismo, detenerse, allí mismo el hombre del mundo
avanza para gratificar sus tendencias egoístas. A un lado de la línea divisoria se encuentra el abnegado seguidor
de Cristo, al otro lado se halla el amante del mundo, dedicado a satisfacerse a
sí mismo, siervo de la moda, embebido en frivolidades, regodeándose con
placeres prohibidos. A ese lado de la
línea no puede pasar el cristiano.
Nadie puede ocupar una posición neutral; no existe
una posición intermedia, en la que no se ame a Dios y tampoco se sirva al
enemigo de la justicia. Cristo ha de
vivir en sus agentes humanos, obrar por medio de sus facultades y actuar por
sus habilidades. Ellos deben someter su
voluntad a la de Cristo y obrar con su Espíritu. Entonces, ya no son ellos los que viven, sino que Cristo vive en
ellos. Quien no se entrega por entero a
Dios se ve gobernado por otro poder y escucha otra voz, cuyas sugestiones
revisten un carácter completamente distinto.
El servicio a medias coloca al agente humano del lado del enemigo, como aliado eficaz de los
ejércitos de las tinieblas. Cuándo los
que profesan ser soldados de Cristo se unen a la confederación de Satanás y
colaboran con él, se revelan como
enemigos de Cristo. Traicionan
cometidos sagrados. Constituyen un
eslabón entre Satanás y los soldados fieles; y por medio de dichos agentes el
enemigo trabaja constantemente para seducir los corazones de los soldados de
Cristo.
El baluarte más fuerte del vicio en nuestro mundo no
es la vida perversa del pecador abandonado ni del renegado envilecido; es la
vida que en otros aspectos parece virtuosa y noble, pero en la cual se alberga
un pecado, se consciente un vicio. Para el alma que lucha secretamente contra
alguna tentación gigantesca, que tiembla al borde del precipicio, tal ejemplo
es uno de los alicientes más poderosos para pecar. Aquel que, a pesar de estar dotado de un alto concepto de la
vida, de la verdad y del honor, quebranta voluntariamente un solo precepto de
la santa ley de Dios, pervierte sus nobles dones en señuelos del pecado. El genio, el talento, la simpatía y aun los
actos generosos y amables pueden llegar a ser lazos de Satanás para arrastrar a
otras almas hasta hacerlas, caer en el precipicio de la ruina, para esta vida y
para la venidera.
"No améis al mundo, ni las cosas que están en el
mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está, en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los
deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no
proviene del Padre, sino del mundo".
"No os afanéis por
vuestra vida".
Quien nos dio la vida sabe que nos hace falta el alimento
para conservarla. El que, creó el
cuerpo no olvida nuestra necesidad de ropa.
El que concedió la dádiva mayor no otorgará también lo necesario para
hacerla completa?
Jesús dirigió la atención de sus oyentes a las aves
que modulaban sus alegres cantos, libres de congojas, porque, si bien "no
siembran, ni siegan", el gran Padre las provee de todo lo necesario. Luego preguntó: "¿No valéis vosotros
mucho más que ellas?"
Las laderas de las colinas y los campos estaban
esmaltados de flores. Señalándolos en
la frescura del rocío matinal, Jesús dijo: "Considerad los lirios del
campo, cómo crecen". La habilidad
humana puede copiar las formas graciosas y elegantes de las plantas y las
flores; mas ¿qué toque puede dar vida
siquiera a una florecilla o a una brizna de hierba? Cada
flor que abre sus pétalos a la vera del camino debe su existencia al mismo
poder que colocó los mundos y estrellas en el cielo. Por toda la creación se siente palpitar la vida del gran corazón
de Dios. Sus manos engalanan las flores
del campo con atavíos más primorosos que cuantos hayan ornado jamás a los reyes
terrenales. "Y si la hierba del
campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así no hará mucho más a vosotros, hombres de
poca fe?"
El que formó las flores y dio cantos a los pajarillos
dice: "Considerad los lirios".
"Mirad las aves del cielo".
En la belleza de las cosas de la naturaleza podemos aprender acerca de
la sabiduría divina más de lo que saben los eruditos. En los pétalos del lirio Dios escribió un mensaje para nosotros,
en un idioma que el corazón puede leer sólo cuando desaprende las lecciones de
desconfianza, egoísmo y congoja corrosiva. ¿Por qué nos dio él las aves canoras
y las delicadas flores si no por la superabundancia del amor paternal, para
llenar de luz y alegría el sendero de nuestra vida? Sin las flores y los pájaros tendríamos todo lo necesario para
vivir, pero Dios no se contentó con facilitar únicamente lo que bastaba para
mantener la vida. Llenó la tierra, el
aire y el cielo con vislumbres de belleza para expresarnos su amante solicitud
por nosotros. La hermosura de todas las
cosas creadas no es nada más que un reflejo del esplendor de su gloria. Si para contribuir a nuestra dicha y alegría
prodigó tan infinita belleza en las cosas naturales, ¿podemos dudar de que nos
dará toda bendición que necesitamos?
"Considerad los lirios". Cada flor que abre sus pétalos al sol
obedece las mismas grandes leyes que rigen las estrella; y ¡cuán sencilla,
dulce y hermosa es su vida! Por medio de las flores, Dios quiere llamarnos la
atención a la belleza del carácter cristiano.
El que dotó de tal belleza a las flores desea, muchísimo más, que el
alma se vista con la hermosura del carácter de Cristo.
"Considerad cómo crecen los lirios", dijo
Cristo; cómo, al brotar del suelo frío y oscuro, o del fango en el cauce de
un río, las plantas se desarrollan
bellas y fragantes. ¿Quién imaginaría las posibilidades de belleza que se
esconden en el bulbo áspero y oscuro del lirio? Pero cuando la vida de Dios, oculta en su interior, se desarrolla
en respuesta a su llamamiento mediante la lluvia y el sol, maravilla a los
hombres por su visión de gracia y belleza.
Así también se desarrollará la vida de Dios en toda alma humana que se
entregue al ministerio de su gracia, la que tan gratuitamente como la lluvia y
el sol llega con su bendición para todos.
Es la palabra de Dios la que crea las flores; y la misma palabra
producirá en nosotros las gracias de su Espíritu.
La ley de Dios es una ley de amor. El nos rodeó de hermosura para enseñarnos
que no estamos en la tierra únicamente para mirar por nosotros mismos, para
cavar y construir, para trabajar e hilar, sino para hacer la vida esplendoroso,
alegre y bella por el amor de Cristo.
Así como las flores, hemos de alegrar otras vidas con, el ministerio del
amor.
Padres, dejad a vuestros hijos que aprendan de las
flores. Llevadlos al jardín, a la
huerta, al campo, bajo los árboles frondosos ,y enseñadles a leer en la naturaleza el mensaje del amor de Dios. Vinculad su recuerdo con el espectáculo de
los pájaros, las flores y los árboles.
Inducidlos a considerar en cada cosa agradable y hermosa una expresión
del amor que Dios siente por ellos.
Hacedles apreciar vuestra religión por su índole agradable. Rija vuestros labios la ley de la bondad.
Enseñad a los niños la lección de que mediante el
gran amor de Dios su naturaleza puede transformarse y ponerse en armonía con la
suya. Enseñadles que él quiere que sus
vidas tengan la hermosura y la gracia de las flores. Mientras recogen las flores fragantes, hacedles saber que quien
las creó es más bello que ellas. Así
los zarcillos de sus corazones se aferrarán a él. El que es "todo. . . codiciable" llegará a ser para
ellos un compañero constante y un amigo íntimo, y sus vidas se transformarán a
la imagen de su pureza.
"Buscad
primeramente el reino de Dios".
Los oyentes de las palabras de Cristo seguían
aguardando ansiosamente algún anuncio del reino terrenal. Mientras Jesús les ofrecía los tesoros del
cielo, la pregunta que preocupaba a muchos era: ¿Cómo podrá mejorar nuestra
perspectiva en el mundo una relación con él? Jesús les mostró que al hacer de
las cosas mundanales su anhelo supremo, se parecían a las naciones paganas que
los rodeaban, pues vivían como si no hubiera Dios que cuidase tiernamente a sus
criaturas.
"Porque todas estas cosas buscan las gentes del
mundo", dice Jesús. "Vuestro
Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y
su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas". He venido para abriros el reino de amor, de
justicia y de paz. Abrid el corazón
para recibir este reino, y dedicad a su servicio vuestro más alto interés. Aunque es un reino espiritual, no temáis que
vuestras necesidades temporales sean desatendidas. Si os entregáis al servicio de Dios, el que es todopoderoso en el
cielo y en la tierra proveerá todo cuanto necesitéis.
Cristo no nos exime de la necesidad de esforzarnos,
pero nos enseña que en todo le hemos de dar a él el primer lugar, el último y
el mejor. No debemos ocuparnos en ningún negocio ni buscar placer alguno que
pueda impedir el desarrollo de su justicia en nuestro carácter y en nuestra
vida. Cuanto hagamos debe hacerse
sinceramente, como para el Señor.
Mientras vivió en la tierra, Jesús dignificó la vida
en todos sus detalles al recordar a los hombres la gloria de Dios y someterlo
todo a la voluntad de su Padre. Si
seguimos su ejemplo, nos asegura que todas las cosas necesarias: nos
"serán añadidas". Pobreza o
riqueza, enfermedad o salud, simpleza o sabiduría, todo queda atendido en la
promesa de su gracia.
El brazo eterno de Dios rodea al alma que, por débil
que sea, se vuelve a él buscando ayuda.
Las cosas preciosas de los collados perecerán; pero el alma que vive
para Dios permanecerá con él. "El
mundo pasa, y sus deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para
siempre". La ciudad de Dios abrirá
sus puertas de oro para recibir a aquel que durante su permanencia en la tierra
aprendió a confiar en Dios para obtener dirección y sabiduría, consuelo y
esperanza, en medio de las pérdidas y las penas. Los cantos de los ángeles le darán la bienvenida allá, y para él
dará frutos el árbol de la vida.
"Los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se
apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo
Jehová, el que tiene misericordia de ti".
"No os afanéis por
el día de mañana. . . Basta a cada día su propio mal."
Si os habéis entregado a Dios, para hacer su obra
-dice Jesús-, no os preocupéis por el día de mañana. Aquel a quien servís percibe el fin desde el principio. Lo que sucederá mañana, aunque esté oculto a
vuestros ojos, es claro para el ojo del Omnipotente.
Cuando nosotros mismos nos encargamos de manejar las cosas que nos conciernen, confiando en nuestra propia sabiduría para salir airosos, asumimos una carga que él no nos ha dado, y tratamos de llevarla en su ayuda. Nos imponemos la responsabilidad que pertenece a Dios y así nos colocamos en su lugar. Con razón podemos entonces sentir ansiedad y esperar peligros y pérdidas, que seguramente nos sobrevendrán. Cuando creamos realmente que Dios nos ama y quiere ayudarnos, dejaremos de acongojarnos por el futuro. Confiaremos en Dios así como un niño confía en un padre amante. Entonces desaparecerán todos nuestros tormentos y dificultades; porque nuestra voluntad quedará absorbida por la voluntad de Dios.
Cristo no nos ha prometido ayuda para llevar hoy las
cargas de mañana. Ha dicho:
"Bástate mi gracia"; pero su gracia se da diariamente, así como el
maná en el desierto, para la necesidad
cotidiana. Como los millares de Israel
en su peregrinación, podemos hallar el pan celestial para la necesidad del
día.
Solamente un día es nuestro, y en él hemos de vivir
para Dios. Por ese solo día, mediante
el servicio consagrado, hemos, de confiar en la mano de Cristo todos nuestros
planes y propósitos, depositando en él todas las cuitas, porque él cuida de
nosotros. "Yo sé los pensamientos
que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal,
para daros el fin que esperáis".
"En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza
será vuestra fortaleza".
Si buscamos a Dios y nos convertimos cada día; si
voluntariamente escogemos ser libres y felices en Dios; si con alegría en el
corazón respondemos a su llamamiento y llevamos el yugo de Cristo que es yugo
de obediencia y de servicio, todas nuestras murmuraciones serán acalladas,
todas las dificultades se alejarán, y quedarán resueltos todos los problemas
complejos que ahora nos acongojan.