CAPÍTULO 3. LA ESPIRITUALIDAD DE LA LEY.
"No he venido para
abrogar, sino para cumplir".
Fue Cristo quién, en medio del trueno y el fuego,
proclamó la ley en el monte Sinaí. Como
llama devoradora, la gloria de Dios descendió sobre la cumbre y la montaña
tembló por la presencia del Señor. Las
huestes de Israel, prosternadas sobre la tierra, habían escuchado, presas de
pavor, los preceptos sagrados de la ley. ¡Qué contraste con la escena en el
monte de las bienaventuranzas! Bajo el cielo estival, cuyo silencio se veía
turbado solamente por el gorjear de los pajarillos, presentó Jesús los
principios de su reino. Empero Aquel
que habló al pueblo ese día en palabras de amor les explicó los principios de
la ley proclamada en el Sinaí.
Cuando se dictó la ley, Israel, degradado por los
muchos años de servidumbre en Egipto, necesitaba ser impresionado por el poder
y la majestad de Dios. No obstante, él
se le reveló también como Dios amoroso.
"Jehová vino de Sinaí, y de Seir les esclareció; resplandeció desde el monte de Parán, y
vino de entre diez millares de santos, con la ley de fuego a su mano
derecha. Aun amó a su pueblo; todos los
consagrados a él estaban en su mano; por tanto, ellos siguieron en tus pasos,
recibiendo dirección de ti".
Fue a Moisés a quien Dios reveló su gloria en estas
palabras maravillosas que han sido el legado precioso de los siglos:
"¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y
grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que
perdona la iniquidad, la rebelión y el
pecado".
La ley dada en el Sinaí era la enunciación del
principio de amor, una revelación hecha a la tierra de la ley de los
cielos. Fue decretada por la mano de un
Mediador, y promulgada por Aquel cuyo poder haría posible que los corazones de
los hombres armonizaran con sus principios.
Dios había revelado el propósito de la ley al declarar al Israel:
"Y me seréis varones santos".
Pero Israel no había percibido la espiritualidad de
la ley, y demasiadas veces su obediencia profesa era tan sólo una sumisión a
ritos y ceremonias, más bien que una entrega del corazón a la soberanía del
amor. Cuando en su carácter y obra
Jesús representó ante los hombres los atributos santos, benévolos y paternales
de Dios y les hizo ver cuán inútil era la mera obediencia minuciosa a las
ceremonias, los dirigentes judíos no recibieron ni comprendieron sus
palabras. Creyeron que no recalcaba lo
suficiente los requerimientos de la ley; y cuando les presentó las mismas
verdades que eran la esencia del servicio que Dios les asignara, ellos, que
miraban solamente a lo exterior, lo acusaron de querer derrocar la ley.
Las palabras de Cristo, aunque pronunciadas
sosegadamente, se distinguían por una gravedad y un poder que conmovían los
corazones del pueblo. Escuchaban para
oír si repetía las tradiciones inertes y las exigencias de los rabinos, pero
escuchaban en vano. "La gente se
admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no
como los escribas". Los fariseos notaban la gran diferencia entre su
propio método de enseñanza y el de Cristo.
Percibían que la majestad, la pureza y la belleza de la verdad, con su
influencia profunda suave, echaba hondas raíces en muchas mentes. El amor divino y la ternura del Salvador
atraían hacia él los corazones de los hombres
Los rabinos comprendían que la enseñanza. de él anularía todo el tenor
de la instrucción que habían impartido al pueblo. Estaba derribando la muralla de separación que tanto había
lisonjeado su orgullo y exclusivismo, y temieron que, si se lo permitían,
alejaría completamente de ellos al pueblo.
Por eso lo seguían con resuelta hostilidad, al acecho de alguna ocasión
para malquistarlo con la muchedumbre, lo cual permitiría al Sanedrín obtener su
condenación y muerte.
En el monte había espías que atisbaban a Jesús; y
mientras él presentaba los principios de la justicia, los fariseos fomentaban
el rumor de que su enseñanza se oponía a los preceptos que Dios les había dado
en el monte Sinaí. El Salvador no dijo
una sola palabra que pudiera turbar la fe en la religión ni en las
instituciones establecidas por medio de Moisés; porque todo rayo de luz divina
que el gran caudillo de Israel comunicó a su pueblo lo había recibido de
Cristo. Mientras muchos murmuraban en
sus corazones que él había venido para destruir la ley, Jesús, en términos
inequívocos, reveló su actitud hacia los estatutos divinos: "No penséis
-dijo- que he venido para abrogar la ley o los profetas".
Fue el Creador de los hombres, el Dador de la ley,
quien declaró que no albergaba el propósito de anular sus preceptos. Todo en la
naturaleza, desde la diminuta partícula que baila en un rayo de sol hasta los
astros en los cielos, está sometido a leyes.
De la obediencia a estas leyes dependen el orden y la armonía del mundo
natural. Es decir que grandes
principios de justicia gobiernan la vida de todos los seres inteligentes, y de
la conformidad a estos principios depende el bienestar del universo. Antes que se creara la tierra existía la ley
de Dios. Los ángeles se rigen por sus principios y, para que este mundo esté en
armonía con el cielo, el hombre también debe obedecer los estatutos
divinos. Cristo dio a conocer al hombre
en el Edén los preceptos de la ley, "cuando alababan todas las estrellas
del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios".La misión de Cristo en
la tierra no fue abrogar la ley, sino hacer volver a los hombres por su gracia a la obediencia de sus preceptos.
El discípulo amado, que escuchó las palabras de Jesús
en el monte, al escribir mucho tiempo después, bajo la inspiración del Espíritu
Santo, se refirió a la ley como a una norma de vigencia perpetua. Dice que "el pecado es infracción de la
ley". y que "todo aquel que comete pecado, infringe también la
ley". Expresa claramente que la ley a la cual se refiere es "el
mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio". Habla de la ley
que existía en la creación y que se reiteró en el Sinaí.
Al hablar de la ley, dijo Jesús: "No he venido
para abrogar, sino para cumplir".
Aquí usó la palabra "cumplir" en el mismo sentido que cuando
declaró a Juan el Bautista su propósito de "cumplir toda justicia",
es decir, llenar la medida de lo requerido por la ley, dar un ejemplo de
conformidad perfecta con la voluntad de Dios.
Su misión era "magnificar la ley y
engrandecerla". Debía enseñar la espiritualidad de la ley, presentar sus
principios de vasto alcance y explicar claramente su vigencia perpetua. La belleza divina del carácter de Cristo, de
quien los hombres más nobles y más amables son tan sólo un pálido reflejo; de
quien escribió Salomón, por el Espíritu de inspiración, que es el
"señalado entre diez mil... y todo él codiciable"; de quien David,
viéndolo en visión profética, dijo: "Más hermoso eres que los hijos de los
hombres"; Jesús, la imagen de la persona del Padre, el esplendor de su
gloria; el que fue abnegado Redentor en toda su peregrinación de amor en el
mundo, era una representación viva del carácter de la ley de Dios. En su vida se manifestó el hecho de que el
amor nacido en el cielo, los principios fundamentales de Cristo, sirven de base
a las leyes de rectitud eterna.
"Hasta que pasen el cielo y la tierra -dijo
Jesús-, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya
cumplido". Por: su propia obediencia a la ley, Jesús atestiguó su carácter
inalterable y demostró que con su gracia puede obedecerla perfectamente todo
hijo e hija de Adán.
En el monte
declaró que ni la jota más insignificante desaparecería de la ley hasta que
todo se hubiera cumplido, a saber: todas las cosas que afectan a la raza
humana, todo lo que se refiere al plan de redención. No enseña que la ley haya de ser abrogada alguna vez, sino que, a
fin de que nadie suponga que era su misión abrogar los preceptos de la ley,
dirige el ojo al más lejano confín del horizonte del hombre y nos asegura que
hasta que se llegue a ese punto, la ley conservará su autoridad. Mientras perduren los cielos y la tierra,
los principios sagrados de la ley de Dios permanecerán. Su justicia, "como los montes de
Dios", continuará, cual una fuente de bendición que envía arroyos para
refrescar la tierra.
Dado que la ley del Señor es perfecta y, por lo
tanto, inmutable, es imposible que los hombres pecaminosos satisfagan por sí
mismos la medida de lo que requiere.
Por eso vino Jesús como nuestro Redentor. Era su misión, al hacer a los hombres partícipes de la naturaleza
divina, ponerlos en armonía con los principios de la ley del cielo. Cuando renunciamos a nuestros pecados y
recibimos a Cristo como nuestro Salvador, la ley es ensalzada. Pregunta el apóstol Pablo: "¿Luego por
la fe invalidamos la ley? En ninguna
manera, sino que confirmamos la ley".
La promesa del nuevo pacto es: "Pondré mis leyes
en sus corazones, y en sus mentes las escribiré".
Mientras que
con la muerte de Cristo iba a desaparecer el sistema de los símbolos que
señalaban a Cristo como Cordero de Dios que iba a quitar el pecado del mundo,
los principios de justicia expuestos en el Decálogo son tan inmutables como el
trono eterno. No se ha suprimido un mandamiento,
ni una jota o un tilde se ha cambiado.
Estos principios que se comunicaron a los hombres en el paraíso como la
ley suprema de la vida existirán sin sombra de cambio en el paraíso restaurado. Cuando el Edén vuelva a florecer en la
tierra, la ley de amor dada por Dios será obedecida por todos debajo del sol.
"Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra,
en los cielos". "Fieles son
todos sus mandamientos afirmados eternamente y para siempre, hechos en verdad y
en rectitud". "Hace ya mucho
que he entendido tus testimonios, que para siempre los has establecido".
"Cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos".
Eso significa que no tendrá lugar en el reino, pues
el que deliberadamente quebranta un mandamiento no guarda ninguno de ellos en
espíritu ni en verdad. "Porque
cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace
culpable de todos".
No es la magnitud del acto de desobediencia lo que
constituye el pecado sino el desacuerdo con la voluntad expresa de Dios en el
detalle más mínimo, porque demuestra que todavía hay comunión entre el alma y
el pecado. El corazón está dividido en
su servicio. Niega realmente a Dios, y
se rebela contra las leyes de su gobierno.
Si los hombres estuviesen en libertad para apartarse
de lo que requiere el Señor y pudieran fijarse una norma de deberes, habría una
variedad de normas que se ajustarían a las diversas mentes y se quitaría el
gobierno de las manos de Dios. La
voluntad de los hombres se haría suprema, y la voluntad santa y altísima de
Dios, sus fines de amor hacia sus criaturas, no serían honrados ni respetados.
Siempre que los hombres escogen su propia senda, se
oponen a Dios. No tendrán lugar en el
reino de los cielos, porque guerrean contra los mismos principios del
cielo. Al despreciar la voluntad de
Dios, se sitúan en el partido de Satanás, el enemigo de Dios y de los hombres. No por una palabra, ni por muchas palabras,
sino por toda palabra que ha hablado Dios, vivirá el hombre. No podemos
despreciar una sola palabra, por pequeña que nos parezca, y estar libres de
peligro. No hay en la ley un
mandamiento que no sea para el bienestar y la felicidad de los hombres, tanto
en esta vida como en la venidera. Al
obedecer la ley de Dios, el hombre
queda rodeado de un muro que lo protege del mal. Quien derriba en un punto esta muralla edificada por Dios
destruye la fuerza de ella para protegerlo porque abre un camino por donde
puede entrar el enemigo para destruir y arruinar.
Al osar despreciar la voluntad de Dios en un punto,
nuestros primeros padres abrieron las puertas a las desgracias que inundaron el
mundo. Toda persona que siga su ejemplo
cosechará resultados parecidos. El amor
de Dios es la base de todo precepto de su ley, y el que se aparte del
mandamiento labra su propia desdicha y su ruina.
"Si vuestra justicia no fuere, mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos."
Los escribas y los fariseos habían acusado de pecado
no solamente a Cristo sino también a sus discípulos, porque no respetaban los
ritos y las ceremonias rabínicas. A
menudo los discípulos se habían sentido perplejos y confusos ante la censura
y la acusación de aquellos a quienes se
habían acostumbrado a venerar como maestros religiosos. Mas Jesús desenmascaró
ese engaño. Declaró que la justicia, a
la cual los fariseos daban tanta importancia, era inútil. La nación judaica aseveraba ser el pueblo
especial y leal que Dios favorecía; pero Cristo representó su religión Como
privada de fe salvadora. Todos sus
asertos de piedad, sus ficciones y ceremonias de origen humano, y aun su
jactancioso obediencia a los requerimientos exteriores de la ley, no lograban
hacerlos santos. No eran limpios de
corazón, ni nobles ni parecidos a Cristo en carácter.
Una religión formalista no basta para poner el alma
en armonía con Dios. La ortodoxia
rígida e inflexible de los fariseos, sin contrición, ni ternura ni amor, no era
más que un tropiezo para los pecadores.
Se asemejaban ellos a sal que hubiera perdido su sabor; porque su
influencia no tenía poder para proteger al mundo contra la corrupción. La única fe verdadera es la que "obra
por el amor" para Purificar el
alma. Es como una levadura que
transforma el carácter.
Los judíos debían haber aprendido todo esto de las
enseñanzas de los profetas. Siglos
atrás, la súplica del alma por la justificación en Dios había hallado expresión
y respuesta en las palabras del profeta Miqueas: "¿Con qué me presentaré
ante Jehová, y adoraré al Dios Altísimo? ¿Me presentaré ante él con
holocaustos, con becerros de un año? ¿Se agradará Jehová de millares de:
carneros, o de diez mil arroyos de aceite?. . . Oh hombre, él te ha declarado
lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar
misericordia y humillarte ante tu Dios". El profeta Oseas había señalado
lo que constituye la esencia del farisaísmo, en las siguientes palabras:
"Israel es una frondosa viña, que da abundante fruto para sí misma".
En el servicio que profesaban prestar a Dios, los judíos trabajaban en realidad
para sí mismos. Su justicia era fruto
de sus propios esfuerzos para observar la ley, conforme a sus propias ideas y
para su propio bien egoísta. Por lo tanto,
no podía ser mejor que ellos. En sus
esfuerzos para hacerse santos, procuraban sacar cosa limpia de algo
inmundo. La ley de Dios es tan santa
como él, tan perfecta como él. Presenta
a los hombres la justicia de Dios. Es
imposible que los seres humanos por sus propias fuerzas, observen esta ley;
porque la naturaleza del hombre es depravada, deforme y enteramente distinta
del carácter de Dios. Las obras del
corazón egoísta son "como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo
de inmundicia".
Aunque la ley es santa, los judíos no podían alcanzar
la justicia por sus propio esfuerzos para guardarla. Los discípulos de Cristo debían buscar una justicia diferente de
la justicia de los fariseos, si querían entrar en el reino de los cielos. Dios les ofreció, en su Hijo, la justicia
perfecta de la ley. Si querían abrir
sus corazones para recibir plenamente a Cristo, entonces la vida misma de Dios,
su amor, moraría en ellos, transformándolos a su semejanza; así, por el don
generoso, de Dios, poseerían la justicia exigida por la ley. Pero los fariseos rechazaron a Cristo;
"ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya
propia", no querían someterse a la justicia de Dios.
Jesús procedió entonces a mostrar a sus oyentes lo
que significa observar los mandamientos de Dios, que son en sí mismos una
reproducción del carácter de Cristo.
Porque en él, Dios se manifestaba diariamente ante ellos.
"Cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio".
Mediante Moisés, Jehová había dicho: "No
aborrecerás a tu hermano en tu corazón... No te vengarás, ni guardarás rencor a
los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo". Las
verdades que Cristo presentaba eran las mismas que habían enseñado los
profetas, pero se habían oscurecido a causa de la dureza de los corazones y del
amor al pecado.
Las palabras del Salvador revelaban a sus oyentes
que, al condenar a otros como transgresores, ellos eran igualmente culpables,
porque abrigaban malicia y odio.
Al otro lado del mar, frente al lugar en que estaban
congregados, se extendía la tierra de Basán, una región solitaria cuyos
empinados desfiladeros y colinas boscosas eran desde mucho tiempo antes el
escondite favorito de toda clase de criminales. La gente recordaba vívidamente las noticias de robos y asesinatos
cometidos allí, y muchos denunciaban severamente a esos malhechores. Al mismo tiempo ellos mismos eran
arrebatados y contenciosos; albergaban el odio más ciego hacia sus opresores
romanos y se creían autorizados para aborrecer y despreciar a todos los demás
pueblos, aun a sus compatriotas que no se conformaban a sus ideas en todas las
cosas. En todo esto violaban la ley que
ordena: "No matarás".
El espíritu de odio y de venganza tuvo origen en
Satanás, y lo llevó a dar muerte al Hijo de Dios. Quienquiera que abrigue malicia u odio, abriga el mismo espíritu;
y su fruto será la muerte. En el
pensamiento vengativo yace latente la mala acción, así como la planta yace en
la semilla. "Todo aquel que
aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida
eterna permanente en él".
"Cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será
culpable ante el concilio". En la dádiva de su Hijo para nuestra
redención, Dios demostró cuánto valor atribuye a toda alma humana, y a nadie
autoriza para hablar desdeñosamente de su semejante. Veremos defectos y debilidades en los que nos rodean, pero Dios
reclama cada alma como su propiedad, por derecho de creación, y dos veces suya
por haberla comprado con la sangre preciosa de Cristo. Todos fueron creados a su imagen, y debemos
tratar aun a los más degradados con respeto y ternura. Dios nos hará responsables hasta de una sola
palabra despectiva hacia un alma por la cual Cristo dio su vida.
"¿Quién te distingue? ¿O qué tienes que no hayas
recibido? Y si lo recibiste, ¿Por qué
te glorías como si no lo hubieras recibido?" "¿Tú quién eres, que
juzgas al criado ajeno? Para su propio
Señor está en pie, o cae".
"Cualquiera que le diga [a su hermano]: Fatuo,
quedará expuesto al infierno de fuego".
En el Antiguo Testamento la palabra fatuo se usa para describir a un
apóstata o al que se entregó a la iniquidad.
Dice Jesús que quienquiera que considere a su hermano como apóstata, o
como despreciador de Dios, muestra que él mismo merece semejante condenación.
El mismo Cristo, cuando contendía con Satanás sobre
el cuerpo de Moisés, "no se atrevió a proferir juicio de maldición contra
él". Si lo hubiera hecho, le
habría dado una ventaja a Satanás, porque las acusaciones son armas del diablo. En las Sagradas Escrituras se lo llama
"el acusador de nuestros hermanos". Jesús no empleó ninguno de los
métodos de Satanás. L e respondió con
las palabras: "El Señor te reprenda".
Su ejemplo es para nosotros. Cuando nos vemos en conflicto con los
enemigos de Cristo, no debemos hablar con espíritu de desquite, ni deben
nuestras palabras asemejarse a una acusación burlona. El que vive como vocero
de Dios no debe decir palabras que aun la Majestad de los cielos se negó a usar
cuando contendía con Satanás. Debemos
dejar a Dios la obra de juzgar y condenar.
"Reconcíliate primero con tu hermano".
El amor de Dios es algo más que una simple negación;
es un principio positivo y eficaz, una fuente viva que corre eternamente para
beneficiar a otros. Si el amor de
Cristo mora en nosotros, no sólo no abrigaremos odio alguno hacia nuestros
semejantes, sino que trataremos de manifestarles nuestro amor de toda manera
posible.
Dice Jesús: "Si traes tu ofrenda al altar, y
allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda
delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven
y presenta tu ofrenda", Las ofrendas de sacrificio expresaban que el dador
creía que por Cristo había llegado a participar de la gracia del amor de
Dios. Pero el que expresara fe en el
amor perdonador de Dios y al mismo tiempo cultivase un espíritu de animosidad,
estaría tan sólo representando una farsa.
Cuando alguien que profesa servir a Dios perjudica a
un hermano suyo, calumnia el carácter de Dios ante ese hermano, y para
reconciliarse con Dios debe confesar el daño causado y reconocer su
pecado. Puede ser que nuestro hermano
nos haya causado un perjuicio aún más grave que el que nosotros le produjimos,
pero esto no disminuye nuestra responsabilidad. Si cuando nos presentamos ante Dios recordamos que otra persona
tiene algo contra nosotros, debemos dejar nuestra ofrenda de oración, gratitud
o buena voluntad, e ir al hermano con quien discrepamos y confesar humildemente
nuestro pecado y pedir perdón.
Si hemos defraudado o perjudicado en algo a nuestro
hermano, debemos repararlo. Si hemos
dado falso testimonio sin saberlo, si hemos repetido equivocadamente sus
palabras, si hemos afectado su influencia de cualquier manera que sea, debemos
ir a las personas con quienes hemos hablado de él, y retractarnos de todos
nuestros dichos perjudiciales.
Si las dificultades entre hermanos no se manifestaran
a otros, sino que se resolvieran francamente entre ellos mismos, con espíritu de amor cristiano, ¡cuánto mal
se evitaría! ¡Cuántas raíces de amargura que contaminan a muchos quedarían
destruidas, y con cuánta fuerza y ternura se unirían los seguidores de Cristo
en su amor!
"Cualquiera que mira a una mujer para codiciara ya adulteró con ella en su corazón".
Los judíos se enorgullecían de su moralidad y se
horrorizaban de las costumbres sensuales de los paganos. La presencia de los jefes romanos, enviados
a Palestina por causa del gobierno imperial, era una ofensa continua para el
pueblo; porque con estos gentiles habían venido muchas costumbres paganas,
lascivia y disipación. En Capernaum,
los jefes romanos asistían a los paseos y desfiles con sus frívolas mancebas, y
a menudo el ruido de sus orgías interrumpía la quietud del lago cuando sus
naves de placer se deslizaban sobre las tranquilas aguas. La gente esperaba que Jesús denunciase
ásperamente a esa clase; pero con asombro escuchó palabras que revelaban el mal
de sus propios corazones.
Cuando se aman y acarician malos pensamientos, por
muy en secreto que sea, dijo Jesús, se demuestra que el mal reina todavía en el
corazón. El alma sigue sumida en hiel
de amargura y sometida a la iniquidad.
El que halla placer espaciándose en escenas impuras, cultiva malos
pensamientos y echa miradas sensuales, puede contemplar en el pecado visible,
con su carga de vergüenza y aflicción desconsoladora, la verdadera naturaleza
del mal que lleva oculto en su alma. El
momento de tentación en que posiblemente se caiga en pecado gravoso no crea el
mal que se manifiesta; sólo desarrolla o revela lo que estaba latente y oculto
en el corazón. "Porque cual es su
pensamiento en su corazón, tal es él", ya que del corazón "mana la
vida".
"Si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti".
Para evitar que la enfermedad se extienda por el
cuerpo y destruya la vida, el hombre permite que se le ampute hasta la mano derecha. Debería estar aún más dispuesto a renunciar
a lo que pone en peligro la vida del alma.
Las almas degradadas y esclavizadas por Satanás han
de ser redimidas por el Evangelio para participar de la libertad gloriosa de
los hijos de Dios. El propósito de Dios
no es únicamente librarnos del sufrimiento que es consecuencia inevitable del
pecado, sino salvarnos del pecado mismo.
El alma corrompida y deformada debe ser limpiada y transformada para ser
vestida, con "la luz de Jehová nuestro Dios". Debemos ser "hechos conformes a la
imagen de su Hijo". "Cosas
que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que
Dios ha preparado para los que le aman". Sólo la eternidad podrá revelar
el destino glorioso del hombre en quien se restaure la imagen de Dios.
Para que podamos alcanzar este alto ideal, debe
sacrificarse todo lo que le causa tropiezo al alma. Por medio de la voluntad, el pecado retiene su dominio sobre
nosotros. La rendición de la voluntad
se representa como la extracción del ojo o la amputación de la mano. A menudo nos parece que entregar la voluntad
a Dios es aceptar una vida contrahecha y coja; pero es mejor, dice Cristo, que
el yo esté contrahecho, herido y cojo, si por este medio puede el individuo
entrar en la vida. Lo que le parece
desastre es la puerta de entrada al beneficio supremo.
Dios es la fuente de la vida, y sólo podemos tener
vida cuando estamos en comunión con él.
Separados de Dios, podemos existir por corto tiempo, pero no poseemos la
vida. "La que se entrega a los
placeres, viviendo está muerta". Únicamente cuando entregamos nuestra
voluntad a Dios, él puede impartirnos vida.
Sólo al recibir su vida por la entrega del yo es posible, dijo Jesús,
que se venzan estos pecados ocultos que he señalado. Podéis encerrarlos en el
corazón y esconderlos a los ojos humanos, pero ¿Cómo compareceréis ante la
presencia de Dios?
Si os aferráis al yo y rehusáis entregar la voluntad
a Dios, elegís la muerte. Dondequiera
que esté el pecado, Dios es para él un fuego devorador. Si elegís el pecado y rehusáis separamos de él, la presencia de Dios que
consume el pecado también os consumirá a vosotros.
Requiere sacrificio entregarnos a Dios, pero es
sacrificio de lo inferior por lo superior, de lo terreno por lo espiritual, de
lo perecedero por lo eterno. No desea
Dios que se anule nuestra voluntad, porque solamente mediante su ejercicio
podemos hacer lo que Dios quiere.
Debernos entregar nuestra voluntad a él para que podamos recibirla de
vuelta purificada y refinada, y tan unida en simpatía con el Ser divino que él
pueda derramar, por nuestro medio los raudales de su amor y su poder. Por amarga y dolorosa que parezca esta
entrega al corazón voluntarioso y extraviado, aun así nos dice: "Mejor te
es".
Hasta que Jacob no cayó desvalido y sin fuerzas sobre
el pecho del Ángel del pacto, no conoció la victoria de la fe vencedora ni
recibió el título de príncipe con Dios.
Sólo cuando "cojeaba de su cadera" se detuvieron las huestes
armadas de Esaú, y el Faraón, heredero soberbio de un linaje real, se inclinó
para pedir su bendición. Así el autor
de nuestra salvación se hizo "perfecto... por ¡medio de los
padecimientos!". y los hijos de fe "sacaron fuerzas de
debilidad" y "pusieron en fuga ejércitos extranjeros". Así "los cojos arrebatarán presa",
el débil "será como David" y "la casa de David como... el ángel
de Jehová".
¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa?"
Entre los judíos se permitía que un hombre repudiase
a su mujer por las ofensas más insignificantes, y ella quedaba en libertad para
casarse otra vez. Esta costumbre era
causa de mucha desgracia y pecado. En
el Sermón del Monte, Jesús indicó claramente que el casamiento no podía
disolverse, excepto por infidelidad a los votos matrimoniales. "El que repudia a su mujer -dijo él-, a
no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con
la repudiada, comete adulterio".
Después, cuando los fariseos lo interrogaron acerca
de la legalidad del divorcio, Jesús dirigió la atención de sus oyentes hacia a institución del matrimonio
conforme se ordenó en la creación del mundo. "Por la dureza de vuestro
corazón -dijo, él- Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres: mas al
principio no fue así". Se refirió
a los días bienaventurados del Edén, cuando Dios declaró que todo "era
bueno en gran manera". Entonces tuvieron su origen dos instituciones
gemelas, para la gloria de Dios y en beneficio de la humanidad: el matrimonio y
el sábado. Al unir Dios en matrimonio las manos de la santa pareja diciendo:
"Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se
unirá a su mujer, y serán una sola carne", dictó a ley del matrimonio para
todos los hijos de Adán hasta el fin del tiempo. Lo que el mismo Padre eterno
había considerado bueno era una ley que reportaba la más elevada bendición y
progreso para los hombres.
Como todas las demás excelentes dádivas que Dios
confió a la custodia de la humanidad, el matrimonio fue pervertido por el
pecado; pero el propósito del Evangelio es restablecer su pureza, y hermosura.
Tanto en el Antiguo como en él Nuevo Testamento, se emplea el matrimonio para
representar la unión tierna y sagrada que existe entre Cristo y su pueblo, los
redimidos a quienes él adquirió al precio del Calvario. Dice: "No temas...
porque tu marido tu Hacedor; Jehová de los ejércitos es su nombre; y tu
Redentor, el Santo de Israel; Dios de toda la tierra será llamado". "Convertíos,
hijos rebelde , dice Jehová, porque yo soy vuestro esposo". En el Cantar
de los Cantares oímos decir a la voz de la novia: "Mi amado es mío, y yo
suya". Y el "señalado entre diez mil" dice a su escogida:
"Tú eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha".
Mucho después, Pablo, el apóstol, al escribir a los
cristianos de Efeso, declara que el Señor constituyó al marido cabeza de la
mujer, como su protector y vínculo que une a los miembros de la familia, así
como Cristo es la cabeza de la iglesia y el Salvador del cuerpo místico. Por
eso dice: "Como la iglesia, está sujeta a Cristo, así también las casadas
lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como
Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí
mismo por ella, para santificarla, habiéndole purificado en el
lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a si mismo, una
iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que
fuese santa y sin mancha. Así también
los maridos deben amar a sus mujeres" .
La gracia de Cristo, y sólo ella, puede hacer de esta
institución lo que Dios deseaba que fuese: un medio de beneficiar y elevar a la
humanidad. Así las familias de la
tierra, en su unidad, paz y amor, pueden representar a la familia de los
cielos.
Ahora, como en el tiempo de Cristo, la condición de
la sociedad merece un triste comentario, en contraste con el ideal del cielo
para esta relación sagrada. Sin
embargo, aun a los que encontraron amargura y desengaño donde habían esperado
compañerismo y gozo, el Evangelio de Cristo ofrece consuelo. La paciencia y ternura que su Espíritu puede
impartir endulzará la suerte más amarga.
El corazón en el cual mora Cristo estará tan henchido, tan satisfecho de
su amor que no se consumirá con el deseo de atraer simpatía y atención a sí
mismo. Si el alma se entrega a Dios, la
sabiduría de él puede llevar a cabo lo que la capacidad humana no logra
hacer. Por la revelación de su gracia,
los corazones que eran antes indiferentes o se habían enemistado pueden unirse
con vínculos más fuertes y más duraderos que los de la tierra, los lazos de oro
de un amor que resistirá cualquier prueba.
"No perjurarás".
Se nos indica por qué se dio este mandamiento: No
hemos de jurar "ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la
tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad
del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás,
porque no puedes hacer blanco o negro un sólo cabello".
Todo proviene de Dios. No tenemos nada que no hayamos recibido; además, no tenemos nada
que no haya sido comprado para nosotros por la sangre de Cristo. Todo lo
que poseemos nos llega con el sello de la cruz, y ha sido comprado con
la sangre que es más preciosa que cuanto puede imaginarse, porque es la vida de
Dios. De ahí que no tengamos derecho de
empeñar cosa alguna en juramento, como si fuera nuestra, para garantizar el
cumplimiento de nuestra palabra.
Los judíos entendían que el tercer mandamiento
prohibía el uso profano del nombre de Dios; pero se creían libres para pronunciar
otros juramentos. Prestar juramento era
común entre ellos. Por medio de Moisés
se les prohibió jurar en falso; pero tenían muchos artificios para librarse de
la obligación que entraña un juramento.
No temían incurrir en lo que era realmente blasfemia ni les atemorizaba
el perjurio, siempre que estuviera disfrazado por algún subterfugio técnico que
les permitiera eludir la ley.
Jesús condenó sus prácticas, y declaró que su
costumbre de jurar era una transgresión del mandamiento de Dios. Pero el Salvador no prohibió el juramento
judicial o legal en el cual se pide solemnemente a Dios que sea testigo de que
cuanto se dice es la verdad, y nada más que la verdad. El mismo Jesús, durante su juicio ante el
Sanedrín, no se negó a dar testimonio bajo juramento. Dijo el sumo sacerdote: "Te conjuro por el Dios viviente,
que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios". Contestó Jesús: "Tú lo has dicho".
Si Cristo hubiera condenado en el Sermón del Monte el juramento judicial, en su
juicio habría reprobado al sumo sacerdote y así, para provecho de sus
seguidores, habría corroborado su propia enseñanza.
A muchos que no temen engañar a sus semejantes se les
ha enseñado que es una cosa terrible mentir a su Hacedor, y el Espíritu Santo
les ha hecho sentir que es así. Cuando
están bajo juramento, se les recuerda que no declaran sólo ante los hombres,
sino también ante Dios; que si mienten, ofenden a Aquel que lee el corazón y
conoce la verdad. El conocimiento de
los castigos terribles que recibió a veces este pecado tiene sobre ellos una
influencia restrictiva.
Si hay alguien que puede declarar en forma
consecuente bajo juramento, es el cristiano.
Vive continuamente como en la presencia de Dios, seguro de que todo
pensamiento es visible a los ojos del Ángel con quien tenemos que ver; y cuando
ello le es requerido legalmente, le es lícito pedir que Dios sea testigo de que
lo que dice es la verdad, y nada más que la verdad.
Jesús enunció un principio que haría inútil todo
juramento. Enseña que la verdad exacta
debe ser la ley del hablar. "Sea
vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal
procede".
Estas palabras condenan todas las frases e
interjecciones insensatas que rayan en profanidad. Condenan los cumplidos engañosos, el disimulo de la verdad, las
frases lisonjeras, las exageraciones, las falsedades en el comercio que
prevalecen en la sociedad y en el mundo de los negocios. Enseñan que nadie puede llamarse veraz si
trata de aparentar lo que no es o si sus palabras no expresan el verdadero
sentimiento de su corazón.
Si se prestara atención a estas palabras de Cristo,
se refrenaría la expresión de malas sospechas y ásperas censuras; porque al
comentar las acciones y los motivos ajenos, ¿quién puede estar seguro de decir
la verdad exacta? ¡Cuántas veces influyen sobre la impresión dada el orgullo,
el enojo, el resentimiento personal Una mirada, una palabra, aun una modulación
de la voz, pueden rebosar mentiras!.
Hasta los hechos ciertos pueden presentarse de manera que produzcan una
impresión falsa. "Lo que es
más" que la verdad, "de mal procede".
Todo cuanto hacen los cristianos debe ser
transparente como la luz del sol. La
verdad es de Dios; el engaño, en cada tina de sus muchas formas, es de Satanás;
el que en algo se aparte de la verdad exacta, se somete al poder del
diablo. Pero no es fácil ni sencillo
decir la verdad exacta. No podemos
decirla a menos que la sepamos; y ¡cuántas veces las opiniones preconcebidas,
el prejuicio mental, el conocimiento imperfecto, los errores de juicio impiden
que tengamos una comprensión correcta de los asuntos que nos atañen! No podemos hablar la verdad a menos
que nuestra mente esté bajo la dirección constante de Aquel que es verdad.
Por medio del apóstol Pablo, Cristo nos ruega:
"Sea vuestra palabra siempre con gracia". "Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la
que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los
oyentes". A la luz de estos pasajes vemos que las palabras pronunciadas
por Cristo en el monte condenan la burla, la frivolidad y la conversación
impúdica. Exigen que nuestras palabras
sean no solamente verdaderas sino también puras.
Quienes hayan aprendido de Cristo no tendrán
participación "en las obras infructuosas de las tinieblas". En su manera de hablar, tanto como en su
vida, serán sencillos, sinceros y veraces porque se preparan para la comunión
con los santos en cuyas "bocas no fue hallada mentira".
"No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra".
Constantemente surgían ocasiones de provocación para
los judíos en su trato con la soldadesca romana. Había tropas acantonadas en diferentes sitios de Judea y Galilea,
y su presencia recordaba al pueblo su propia decadencia nacional. Con amargura íntima oían el toque del clarín
y veían cómo las tropas se alineaban alrededor del estandarte de Roma para
rendir homenaje a este símbolo de su poder.
Las fricciones entre el pueblo y los soldados eran frecuentes, lo que
acrecentaba el odio popular. A menudo,
cuando algún jefe romano con su escolta de soldados iba de un lugar a otro, se
apoderaba de los labriegos judíos que trabajaban en el campo y los obligaba a
transportar su carga trepando la ladera de la montaña o a prestar cualquier otro
servicio que pudiera necesitar. Esto
estaba de acuerdo con las leyes y costumbres romanas, y la resistencia a esas
exigencias sólo traía vituperios y crueldad.
Cada día aumentaba en el corazón del pueblo el anhelo de libertarse del
yugo romano. Especialmente entre
los osados y bruscos galileos, cundía
el espíritu de rebelión. Por ser
Capernaum una ciudad fronteriza, era la base de una guarnición romana, y aun
mientras Jesús enseñaba, una compañía de soldados romanos que se hallaba a la
vista recordó a sus oyentes cuán amarga era la humillación de Israel. El pueblo miraba ansiosamente a Cristo,
esperando que él fuese quien humillaría el orgullo de Roma.
Miró Jesús con tristeza los rostros vueltos hacia
él. Notó el espíritu de venganza que
había dejado su impresión maligna sobre ellos, y reconoció con cuánta amargura
el pueblo ansiaba poder para aplastar a sus opresores. Tristemente, les aconsejó: "No
resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en tu mejilla
derecha, vuélvele también la otra".
Estas palabras eran una repetición de la enseñanza
del Antiguo Testamento. Es verdad que
la regla "ojo por ojo, diente por diente", se hallaba entre las leyes
dictadas por Moisés; pero era un estatuto civil. Nadie estaba justificado para vengarse, porque el Señor había
dicho: "No digas: Yo me vengaré".
"No digas: Como me hizo, así le haré". "Cuando cayere tu enemigo, no te
regocijes". "Si el que te
aborrece tuviere hambre, dale de comer pan, y si tuviere sed, dale de beber
agua".
Toda la vida terrenal de Jesús fue una manifestación
de este principio. Para traer el pan de
vida a sus enemigas nuestro Salvador dejó su hogar en los cielos. Aunque desde la cuna hasta el sepulcro lo
abrumaron las calumnias y la persecución, Jesús no les hizo frente sino
expresando su amor perdonador. Por
medio del profeta Isaías, dice: "Di mi cuerpo a los heridores, y mis
mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de
esputos". "Angustiado él, y
afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja
delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca". Desde la cruz del Calvario, resuenan a
través de los siglos su oración en favor de sus asesinos y el mensaje de
esperanza al ladrón moribundo.
Cristo vivía rodeado de la presencia del Padre, y
nada le aconteció que no fuese
permitido por el Amor infinito para bien del mundo. Esto era su fuente de consuelo, y lo es también para
nosotros. El que está lleno del
Espíritu de Cristo mora en Cristo. El
golpe que se le dirige a él, cae sobre el Salvador, que lo rodea con su
presencia. Todo cuanto le suceda viene
de Cristo. No tiene que resistir el
mal, porque Cristo es su defensor. Nada
puede tocarlo sin el permiso de nuestro Señor; y "todas las cosas" cuya
ocurrencia es permitida "a los que aman a Dios. les ayudan a bien".
"Y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la
túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga
por una milla, ve con él dos".
Mandó Jesús a sus discípulos que, en vez de oponerse
a las órdenes de las autoridades, hicieran aún más de lo que se requería de
ellos. En lo posible, debían cumplir
toda obligación, aun más allá de lo que exigía la ley del país. La ley dada por Moisés ordenaba que se
tratase con tierna consideración a los pobres.
Cuando uno de éstos daba su ropa como prenda o como garantía de una
deuda, no se permitía al acreedor entrar en la casa para obtenerla; tenía que
esperar en la calle hasta que le trajeran la prenda. Cualesquiera fuesen las circunstancias, era necesario que la
prenda a su dueño antes de la puesta fuera devuelta del sol. En los días de Cristo se daba poca
importancia a estas reglas misericordiosas, pero Jesús enseñó a sus discípulos
que se sometieran a la decisión del tribunal, aunque éste exigiese más de lo
autorizado por la ley de Moisés. Aunque demandase una prenda de ropa, debían
entregarla. Todavía más: debían dar al
acreedor lo que le adeudaban y, si fuera necesario, entregar aún más de lo que
el tribunal le autorizaba tomar.
"Y al que quisiere ponerte a pleito -dijo- y quitarte la túnica,
déjale también la capa". Y si los
correos exigen que vayáis una milla con ellos, debéis ir dos millas.
Añadió Jesús: "Al que te pida, dale: y al que
quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses". La misma lección se había enseñado mediante Moisés: "No
endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu
mano contra tu hermano pobre, sino abrirás a él tu mano liberalmente, y en
efecto prestarás lo que necesite". Este pasaje bíblico aclara significado
de las palabras del Salvador. Cristo no
nos enseña a dar indistintamente a todos los que piden limosna, pero dice:
"En efecto le prestarás lo que necesite", y esto ha de ser un regalo,
antes que un préstamo, porque hemos de prestar, "no esperando de ello
nada".
"Amad a vuestros enemigos".
La lección del Salvador: "No resistáis al que es
malo", era inaceptable para los judíos vengativos, quienes murmuraban
contra ella entre sí; pero ahora Jesús pronunció una declaración aún más
categórica:
"Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y
aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os
digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a
los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que
seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos".
Tal era el espíritu de la ley que los rabinos habían
interpretado erróneamente como un código frío de demandas rígidas. Se creían mejores que los demás hombres y se
consideraban con derecho al favor especial de Dios por haber nacido israelitas;
pero Jesús señaló que únicamente un espíritu de amor misericordioso podría dar
evidencia de que estaban animados por motivos más elevados que los publicanos y
los pecadores, a quienes aborrecían.
Señaló Jesús a sus oyentes al Gobernante del universo
bajo un nuevo nombre: "Padre
nuestro". Quería que entendieran
con cuánta ternura el corazón de Dios anhelaba recibirlos. Enseñó que Dios se interesa por cada alma
perdida; que "como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová
de los que le temen". Ninguna otra
religión que la de la Biblia presentó jamás al mundo tal concepto de Dios. El paganismo enseña a los hombres a mirar al
Ser Supremo como objeto de temor antes que de amor, como una deidad maligna a
la que es preciso aplacar con
sacrificios, en vez de un Padre que
vierte sobre sus hijos el don de su amor.
Aun el pueblo de Israel había llegado a estar tan ciego a la enseñanza
preciosa de los profetas con referencia a Dios, que esta revelación de su amor
paternal parecía un tema original, un nuevo don al mundo.
Los judíos creían que Dios amaba a los que le servían
-los cuales eran, en su opinión, quienes cumplían las exigencias de los
rabinos- y que todo el resto del mundo vivía bajo su desaprobación y
maldición. Pero no es así, dijo Jesús;
el mundo entero, los malos y los buenos, reciben el sol de su amor. Esta verdad debierais haberla aprendido de
la misma naturaleza, porque Dios "hace salir su sol sobre malos y buenos,
y. . . hace llover sobre justos e
injustos".
No es por un poder inherente por lo que año tras año
produce la tierra sus frutos y sigue en su derrotero alrededor del sol. La mano de Dios guía a los planetas y los
mantiene en posición en su marcha ordenada a través de los cielos. Es su poder el que hace que el verano y el
invierno, el tiempo de sembrar y de recoger, el día y la noche se sigan uno a
otro en sucesión regular. Es por su
palabra como florece la vegetación, y como aparecen las hojas y las flores
llenas de lozanía. Todo lo bueno que tenemos,
cada rayo del sol y cada lluvia, cada bocado de alimento, cada momento de la
vida, es un regalo de amor.
Cuando nuestro carácter no conocía el amor y éramos
"aborrecibles" y nos aborrecíamos "unos a otros", nuestro
Padre celestial tuvo compasión de nosotros.
"Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor
para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros habíamos
hecho, sino por su misericordia".
Si recibimos su amor, nos hará igualmente tiernos y bondadosos, no sólo
con quienes nos agradan, sino también con los más defectuosos, errantes y
pecaminosos.
Los hijos de Dios son aquellos que participan de su
naturaleza. No es la posición mundanal,
ni el nacimiento, ni la nacionalidad, ni los privilegios religiosos, lo que
prueba que somos miembros de la familia
de Dios; es el amor, un amor que abarca a toda la humanidad. Aun los pecadores cuyos corazones no estén
herméticamente cerrados al Espíritu de Dios responden a la bondad. Así como pueden responder al odio con el
odio, también corresponderán al amor con el amor. Solamente el Espíritu de Dios devuelve el amor por odio. El ser bondadoso con los ingratos y los
malos, el hacer lo bueno sin esperar recompensa, es la insignia de la realeza
del cielo, la señal segura mediante la cual los hijos del Altísimo revelan su
elevada vocación.
"Sed, pues,
vosotros Perfecto, como vuestro Padre que está en los cielos es Perfecto".
La palabra "pues" implica una conclusión,
una deducción que surge de lo que ha precedido. Jesús acaba de describir a sus
oyentes la misericordia y el amor inagotables de Dios, y por lo tanto les
ordena ser perfectos. Porque vuestro
Padre celestial "es benigno para con los ingratos y malos", pues se
ha inclinado para elevarnos; por eso, dice Jesús, podéis llegar a ser
semejantes a él en carácter y estar en pie sin defecto en la presencia de los
hombres y los ángeles.
Las condiciones para obtener la vida eterna, bajo la
gracia, son exactamente las mismas que existían en Edén: una justicia perfecta,
armonía con Dios y completa conformidad con los principios de su ley. La norma de carácter presentada en el
Antiguo Testamento es la misma que se presenta en el Nuevo Testamento. No es una medida o norma que no podamos
alcanzar. Cada mandato o precepto que
Dios da tiene como base la promesa más positiva. Dios ha provisto los elementos para que podamos llegar a ser
semejantes a él, y lo realizará en favor de todos aquellos que no interpongan
una voluntad perversa y frustren así su gracia.
Dios nos amó con amor indecible, y nuestro amor hacia él aumenta a medida que comprendemos algo de la largura, la anchura, la profundidad y la altura de este amor que excede todo conocimiento. Por la revelación del encanto atractivo de Cristo, por el conocimiento de su amor expresado hacia nosotros cuando aún éramos pecadores, el corazón obstinado se ablanda y se somete, y el pecador se transforma y llega a ser hijo del cielo. Dios no utiliza medidas coercitivas; el agente que emplea para expulsar el pecado del corazón es el amor. Mediante él, convierte el orgullo en humildad, y la enemistad y la incredulidad, en amor y fe.
Los judíos habían luchado afanosamente para alcanzar
la perfección por sus propios esfuerzos, y habían fracasado Ya les había dicho
Cristo que la justicia de ellos no podría entrar en el reino de los
cielos. Ahora les señala el carácter de
la justicia que deberán poseer todos los que entren en el cielo. En todo el Sermón del Monte describe los
frutos de esta justicia, y ahora en una breve expresión señala su origen y su
naturaleza: Sed perfectos como Dios es perfecto. La ley no es más que una
transcripción del carácter de Dios.
Contemplad en vuestro Padre celestial una manifestación perfecta de los
principios que constituyen el fundamento de su gobierno.
Dios es amor.
Como los rayos de la luz del sol, el amor, la luz y el gozo fluyen de él
hacia todas sus criaturas. Su
naturaleza es dar. La misma vida de
Dios es la manifestación del amor abnegado.
Nos pide que seamos perfectos como él, es decir, de igual manera. Debemos ser centros de luz y bendición para
nuestro reducido círculo así como él lo es para el universo. No poseemos nade por nosotros mismo, pero la
luz del amor brilla sobre nosotros y hemos de reflejar su resplandor. Buenos gracias al bien proveniente de Dios,
podemos ser perfectos en nuestra esfera, así como él es perfecto en la suya.
Dijo Jesús: Sed perfectos como vuestro Padre es
perfecto. Si sois hijos de Dios, sois participantes de su naturaleza y no
podéis menos que asemejaras a él. Todo
hijo vive gracias a la vida de su padre.
Si sois hijos de Dios, engendrados por su Espíritu, vivís por la vida de
Dios. En Cristo "habita
corporalmente toda la plenitud de la Divinidad"; y la vida de Jesús se
manifiesta "en nuestra carne mortal". Esa vida producirá en nosotros el mismo
carácter y manifestará las mismas obras que manifestó en él. Así estaremos en armonía con cada precepto
de su ley, porque
"la ley de Jehová es perfecta, que convierte el
alma". Mediante el amor, "la
justicia de la ley" se cumplirá "en nosotros, que no andamos conforme
a la carne, sino conforme al Espíritu" .