"Abriendo su boca, les enseñaba, diciendo:
Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los
cielos".
ESTAS palabras resonaron en los oídos de la
muchedumbre como algo desconocido y nuevo, Tal enseñanza era opuesta a cuanto
habían oído del sacerdote o el rabino. En ella no podían notar nada que
alentarse el orgullo ni estimulase sus esperanza ambiciosas, pero este nuevo
Maestro poseía un poder que los dejaba atónitos. La dulzura del amor divino brotaba
de su misma presencia como la fragancia de un flor. Sus palabras descendían
"como la lluvia sobre la hierba cortada; como el rocío que destila sobre
la tierra". Todos comprendían que estaban frente a Uno que leía los
secretos del alma, aunque se acercaba a ellos con tierna compasión. Sus
corazones se abrían a él, y mientras escuchaban, el Espíritu Santo les reveló
algo del significado de la lección que tanto necesitó aprender la humanidad en
todos los siglos.
En tiempos de Cristo los dirigentes religiosos del
pueblo se consideraban ricos en tesoros espirituales. La oración del fariseo:
"Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres",
expresaba el sentimiento de su clase y, en
gran parte, de la nación entera.
Sin embargo, en la multitud que rodeaba a Jesús había algunos que
sentían su pobreza espiritual. Cuando
el poder divino de Cristo se reveló en la pesca milagrosa, Pedro se echó a los
pies del Salvador, exclamando: "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre
pecador"; así también en la muchedumbre congregada en el monte había
individuos acerca de cada uno de los cuales se podía decir que, en presencia de
la pureza de Cristo, se sentía "desventurado, miserable, pobre, ciego y
desnudo". Anhelaban "la
gracia de Dios, la cual trae salvación". Las primeras palabras de Cristo
despertaron; esperanzas en estas almas, y ellas percibieron la bendición de
Dios en su propia vida.
A los que habían razonado: "Yo soy rico, y me he
enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad", Jesús presentó la copa de
bendición, mas rehusaron con desprecio el don que se les ofrecía tan
generosamente. El que se cree sano, el
que se considera razonablemente bueno y está satisfecho de su condición, no
procura participar de la gracia y justicia de Cristo. El orgullo no siente necesidad y cierra la puerta del corazón
para recibir a Cristo ni las bendiciones infinitas que él vino a dar. Jesús no encuentra albergue en el corazón de
tal persona. Los que en su propia opinión son ricos y honrados, no piden con
fe la bendición de Dios ni la reciben.
Se creen saciados, y por eso se
retiran vacíos. Los que comprenden bien que les es imposible salvarse y que por
sí mismos no pueden hacer ningún acto justo son los que aprecian: la ayuda que
les ofrece Cristo. Estos son los pobres
en espíritu, a quienes él llama bienaventurados. Primeramente, Cristo produce contrición en quien perdona, y es
obra del Espíritu Santo pecado.
Aquellos cuyos corazones el convincente Espíritu de Dios reconocen que
en sí mismos no tienen ninguna cosa buena han hecho está entretejido con
egoísmo y pecado. Así como el publicano, se detienen a la distancia sin
atreverse a alzar los ojos al cielo, y claman: "Dios, sé propicio a mí,
pecador". Ellos reciben la bendición. Hay perdón para los arrepentidos,
porque Cristo es "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo".
Esta es la promesa de Dios: "Si vuestros pecados fueren como la grana,
como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a
ser como blanca lana". "Os daré corazón nuevo... Y pondré dentro de
vosotros mi Espíritu".
Refiriéndose a los pobres de espíritu, Jesús dice:
"De ellos es el reino de Dios".
Dicho reino no es, como habían esperado los oyentes de Cristo, un
gobierno temporal y terrenal. Cristo
abría ante los hombres las puertas del reino espiritual de su amor, su gracia y
su justicia. El estandarte del reino
del Mesías se diferencia de otras enseñas, porque nos revela la semejanza
espiritual del Hijo del hombre. Sus
súbditos son los pobres de espíritu, los mansos y los que padecen persecución
por causa de la justicia. De ellos es
el reino de los cielos. Si bien aún no
ha terminado, en ellos se ha iniciado la obra que los hará "aptos para
participar de la herencia de los santos en luz".
Todos los que sienten la absoluta pobreza del alma,
que saben que en sí mismos no hay nada bueno, pueden hallar justicia y fuerza
recurriendo a Jesús. Dice él:
"Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados". Nos invita a
cambiar nuestra pobreza por las riquezas de su gracia.
No merecemos el amor de Dios, pero Cristo, nuestro
fiador, es sobremanera digno y capaz de salvar a todos los que vengan a
él. No importa cuál haya sido la
experiencia del pasado ni cuán desalentadoras sean las circunstancias del
presente, si acudimos a Cristo en nuestra condición actual -débiles, sin
fuerza, desesperados-, nuestro compasivo Salvador saldrá a recibirnos mucho
antes de que lleguemos, y nos rodeará con sus brazos amantes y con la capa de
su propia justicia. Nos presentará a su
Padre en las blancas vestiduras de su propio carácter. El aboga por nosotros ante el Padre,
diciendo: Me he puesto en el lugar del pecador. No mires a este hijo desobediente, sino a mí. Y cuando Satanás contiende fuertemente
contra nuestras almas, acusándonos de pecado y alegando que somos su presa, la
sangre de Cristo aboga con mayor poder.
"Y se dirá de mí: Ciertamente en Jehová está la
justicia la fuerza... En Jehová será
justificada y se gloriará toda la descendencia de Israel".
"Bienaventurados
los que lloran, porque ellos recibirán consolación".
El llanto al que se alude aquí es la verdadera
tristeza de corazón por haber pecado. Dice Jesús: "y yo, si fuere
levantado de la tierras a todos atraeré
a mí mismo". A medida que una persona se siente persuadida a mirar a
Cristo levantado en la cruz, percibe la pecaminosidad del ser humano. Comprende
que es el pecado lo que azotó y Crucificó al Señor de la gloria. Reconoce que
aunque se lo amó con cariño indecible, su vida ha sido un espectáculo continuo
de ingratitud y rebelión Abandonó a su mejor Amigo y abusó del don más
precioso del cielo. El mismo
crucificó nuevamente al Hijo de Dios y
traspasó otra vez su corazón sangrante y agobiado. Lo separa de Dios un abismo ancho, negro y hondo, y llora con
corazón quebrantado.
Ese llanto recibirá "consolación". Dios nos revela nuestra culpabilidad para
que nos refugiemos en Cristo y para que por él seamos librados de la esclavitud
del pecado, a fin de que nos regocijemos en: la libertad de los hijos de Dios. Con verdadera contrición, podemos llegar al pie de la cruz y
depositar allí nuestras cargas.
Hay también en las palabras del Salvador un mensaje
de consuelo para los que sufren aflicción o la pérdida de un ser querido. Nuestras tristezas no brotan de la
tierra. Dios "no aflige ni
entristece voluntariamente a los hijos de los hombres". Cuando él permite
que suframos pruebas y aflicciones, es "para lo que nos es provechosos
para que participemos de su santidad". Si la recibimos con fe, la prueba
que parece tan amarga y difícil de soportar resultará una bendición. El golpe cruel que marchita los gozos terrenales nos hará dirigir los ojos al cielo. ¡Cuántos son los que nunca habrían conocido a Jesús si la
tristeza no los hubiera movido a buscar
consuelo en él! Las pruebas de la vida
son los instrumentos de Dios para eliminar de nuestro carácter toda impureza y
tosquedad. Mientras nos labran, escuadran,
cincelan, pulen y bruñen, el proceso resulta penoso, y es duro ser oprimido
contra la muela de esmeril. Pero la
piedra sale preparada para ocupar su lugar en el templo celestial. El Señor no ejecuta trabajo tan consumado y
cuidadoso en material inútil.
Únicamente sus piedras preciosas se labran a manera de las de un
palacio.
El Señor obrará para cuantos depositen su confianza
en él. Los fieles ganarán victorias preciosas, aprenderán lecciones de gran
valor y tendrán experiencias de gran provecho.
Nuestro Padre celestial no se olvida de los
angustiados. Cuando David subió al monte
de los Olivos, "llorando, llevando la cabeza cubierta, y los pies
descalzos", el Señor lo miró compasivamente. David iba vestido de cilicio, y la conciencia lo atormentaba. Demostraba su contrición por las señales
visibles de la humillación que se imponía.
Con lágrimas y corazón quebrantado presentó su caso a Dios, y el Señor
no abandonó a su siervo. Jamás estuvo David tan cerca del amor infinito como
cuando, hostigado por la conciencia, huyó de sus enemigos, incitados a rebelión
por su propio hijo. Dice el Señor:
"Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y
arrepiéntete". Cristo levanta el corazón contrito y refina el alma que
llora hasta hacer de ella su morada.
Mas cuando nos llega la tribulación, ¡cuántos somos
los que pensamos como Jacob! Imaginamos que es la mano de un enemigo y luchamos
a ciegas en la oscuridad, hasta que se nos agota la fuerza, y no logramos
consuelo ni rescate. El toque divino al
rayar el día fue lo que reveló a Jacob con quién estaba luchando: el Ángel del
pacto. Lloroso e impotente, se refugió
en el seno del Amor infinito para recibir la bendición que su alma
anhelaba. Nosotros también necesitamos
aprender que las pruebas implican beneficios y que no debemos menospreciar el castigo del Señor ni desmayar cuando
él nos reprende.
"Bienaventurado es el hombre a quien Dios
castiga... Porque él es quien hace la llaga, y él la vendará; él hiere, y sus
manos curan. En seis tribulaciones te
librará, y en la séptima no te tocará mal". A todos los afligidos viene Jesús con el ministerio de
curación. El duelo, el dolor y la
aflicción pueden iluminarse con revelaciones preciosas de su presencia.
Dios no desea que quedemos abrumados de tristeza, con
el corazón angustiado y
quebrantado. Quiere que alcemos
los ojos y veamos su rostro amante. El
bendito Salvador está cerca de muchos cuyos ojos están tan llenos de lágrimas
que no pueden percibirlo. Anhela
estrechar nuestra mano; desea que lo miremos con fe sencilla y que le
permitamos que nos guíe. Su corazón conoce
nuestras pesadumbres, aflicciones y pruebas.
Nos ha amado con un amor sempiterno y nos ha rodeado de
misericordia. Podemos apoyar el corazón
en él y meditar a todas horas en su bondad.
El elevará el alma más allá de la tristeza y perplejidad cotidianas,
hasta un reino de paz.
Pensad en esto, hijos de las penas y del sufrimiento,
y regocijaos en la esperanza. "Esta es la victoria que vence al mundo...,
nuestra fe".
Bienaventurados también los que con Jesús lloran
llenos de compasión por las tristezas del mundo y se afligen por los pecados
que se cometen en él y, al llorar, no piensan en sí mismos. Jesús fue Varón de
dolores, y su corazón sufrió una angustia indecible. Su espíritu fue desgarrado
y abrumado por las transgresiones de los hombres. Trabajó con celo consumidor
para aliviar las necesidades y los pesares de la humanidad, y se le agobió el
corazón al ver que las multitudes se negaban a venir a él para obtener la vida.
Todos los que siguen a Cristo, y compartirán también la gloria que será
revelada. Estuvieron unidos con él en su obra, apuraron con él la copa del
dolor, y participan también de su regocijo.
Por medio del sufrimiento, Jesús se preparó para el
ministerio de consolación. Fue afligido por toda angustia de la humanidad, y
"en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a
los que son tentados". Quien haya participado de esta comunión de sus
padecimientos tiene el privilegio de participar, también de su ministerio. "Porque de la manera que abundan en
nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación". El Señor tiene gracia especial para los que
lloran, y hay en ella poder para enternecer los corazones y ganar a las
almas. Su amor se abre paso en el alma
herida y afligida, y se convierte en bálsamo curativo para cuantos lloran. El "Padre de misericordias y Dios de
toda consolación..., nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que
podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por
medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios".
"Bienaventurados
los mansos".
A través de las bienaventuranzas se nota el progreso
de la experiencia cristiana. Los que
sintieron su necesidad de Cristo, los que lloraban por causa del pecado y
aprendieron de Cristo en la escuela de la aflicción, adquirirán mansedumbre del
Maestro divino.
El conservarse paciente y amable al ser maltratado no
era característica digna, de aprecio entre los gentiles o entre los
judíos. La declaración que hizo Moisés
por inspiración del Espíritu Santo, de que fue el hombre más manso de la
tierra, no habría sido considerada como un elogio entre las gentes de su
tiempo; más bien habría excitado su compasión o su desprecio. Pero Jesús incluye la mansedumbre entre los
requisitos principales para entrar en su reino. En su vida y carácter se reveló la belleza divina de esta gracia
preciosa.
Jesús, resplandor de la gloria de su Padre, "no
estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí
mismo, tomando forma de siervo".
Consintió en pasar por todas las experiencias humildes de la vida y en
andar entre los hijos de los hombres, no como, un rey que exigiera homenaje,
sino como quien tenía por misión servir a los demás. No había en su conducta mancha de fanatismo intolerante ni
austeridad indiferente. El Redentor del mundo era de una naturaleza muy
superior a la de un ángel, pero unidas a su majestad divina, había mansedumbre
y pero unidas a su majestad divina, había mansedumbre y humildad que atraían a
todos a él.
Jesús se vació a sí mismo, y en todo lo que hizo
jamás se manifestó el yo. Todo lo
sometió a la voluntad de su Padre. Al acercarse el final de su misión en la
tierra, pudo decir: "Yo te he glorificado en la tierra: he acabado la obra
que mediste que hiciese". Y nos
ordena: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón". "Si
alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo"; renuncie a todo
sentimiento de egoísmo para que éste no tenga más dominio sobre el alma.
Quien contemple a Cristo en su abnegación y en su
humildad de corazón, no podrá menos que decir como Daniel: "Mi fuerza se
cambió en desfallecimiento". El espíritu de independencia y predominio de
que nos gloriamos se revela en su verdadera vileza, como marca de nuestra
sujeción a Satanás. La naturaleza humana pugna siempre por expresarse; está
siempre lista para luchar. Mas el que
aprende de Cristo renuncia al yo, al orgullo, al amor por la supremacía, y hay
silencio en su alma. El yo se somete a
la voluntad del Espíritu Santo. No
ansiaremos entonces ocupar el lugar más elevado. No pretenderemos destacarnos ni abrirnos paso por la fuerza, sino
que sentiremos que nuestro más alto lugar está a los pies de nuestro
Salvador. Miraremos a Jesús,
aguardaremos que su mano nos guíe y escucharemos su voz que nos dirige. El apóstol Pablo experimentó esto y dijo:
"Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora
vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se
entregó a sí mismo por mí".
Cuando recibimos a Cristo como huésped permanente en
el alma, la paz de Dios que sobrepuja a todo entendimiento guardará nuestro
espíritu y nuestro corazón por medio de Cristo Jesús. La vida terrenal del Salvador, aunque transcurrió en medio de conflictos, era una vida de paz. Aun cuando lo acosaban constantemente
enemigos airados, dijo: "El que me envió, conmigo está; no me ha dejado
solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada". Ninguna tempestad de la ira humana o
satánica podía perturbar la calma de esta comunión perfecta con Dios. Y él nos dice: "La paz os dejo, mi paz
os doy". "Llevad mi yugo
sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y
hallaréis descanso". Llevad conmigo el yugo de servicio para gloria de
Dios y elevación de la humanidad, y veréis que es fácil el yugo y ligera la
carga.
Es el amor a uno mismo lo que destruye nuestra
paz. Mientras viva el yo, estaremos
siempre dispuestos a protegerlo contra los insultos y la mortificación; pero
cuando hayamos muerto al yo y nuestra vida esté escondida con Cristo en Dios,
no tomaremos a pecho los desdenes y desaires.
Seremos sordos a los vituperios y ciegos al escarnio y al ultraje. "El amor es sufrido y benigno; él amor
no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no se ensoberbece, no se porta
indecorosamente, no busca lo suyo propio, no se irrita, no hace caso de un
agravio; no se regocija en la injusticia, más se regocija con la verdad: todo
lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca se acaba".
La felicidad derivada de fuentes mundanales es tan
mudable como la pueden hacer las circunstancias variables; pero la paz de Cristo
es constante, permanente. No depende de
las circunstancias de la vida, ni de la cantidad de bienes materiales ni del
número de amigos que se tenga en esta tierra.
Cristo es la fuente de agua viva, y la felicidad que proviene de él no
puede agotarse jamás.
La mansedumbre de Cristo manifestada en el hogar hará
felices a los miembros de la familia; no incita a los altercados, no responde
con ira, sino que calma el mal humor y difunde una amabilidad que sienten todos
los que están dentro de su círculo encantado.
Dondequiera que se la abrigue, hace de las familias de la tierra una
parte de la gran familia celestial.
Mucho mejor sería para nosotros sufrir bajo una
falsa acusación que infligirnos la
tortura de vengarnos de nuestros enemigos.
El espíritu de odio y venganza tuvo su origen en Satanás, y sólo puede
reportar mal a quien lo abrigue. La
humildad del corazón, esa mansedumbre resultante de vivir en Cristo, es el
verdadero secreto de la bendición.
"Hermoseará a los humildes con la salvación".
Los mansos "recibirán la tierra por
heredad". Por el deseo de
exaltación propia entró el pecado en el mundo, y nuestros primeros padres
perdieron el dominio sobre esta hermosa tierra, su reino. Por la abnegación, Cristo redime lo que se
había perdido. Y nos dice que debemos
vencer como él venció. Por la humildad y la sumisión del yo podemos llegar a
ser coherederos con él cuando los mansos "heredarán la tierra".
La tierra prometida a los mansos no será igual a
ésta, que está bajo la sombra de la muerte y de la maldición. "Nosotros esperamos, según sus
promesas, cielos nuevos y tierra nueva en los cuales mora la justicia".
"Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en
ella, y sus siervos le servirán".
No habrá contratiempo, ni dolor, ni pecado; no habrá
quien diga: Estoy enfermo". No
habrá entierros, ni luto, ni muerte, ni despedidas, ni corazones quebrantados;
mas Jesús estará allá, y habrá paz. "No
tendrán hambre ni sed, ni el calor ni el sol los afligirá; porque el que tiene
de ellos misericordia los guiará, y los conducirá a manantiales de aguas".
"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos".
La
justicia es santidad, semejanza a Dios; y "Dios es amor". Es conformidad a la ley de Dios, "porque
todos tus mandamientos son justicia" y "el amor pues es el
cumplimiento de la ley". La justicia es amor, y el amor es la luz y la
vida de Dios. La justicia de Dios está
personificada en Cristo. Al recibirlo,
recibimos la justicia.
No se obtiene la justicia por conflictos penosos, ni
por rudo trabajo, ni aun por dones o sacrificios; es concedida gratuitamente a
toda alma que tiene hambre y sed de recibirla.
"A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen
dinero, venid, comprad, y comed... sin dinero y sin precio". "Su justicia es de mí, dice
Jehová". "Este será su nombre
con el cual le llamarán: JEHOVÁ, JUSTICIA NUESTRA".
No hay agente humano que pueda proporcionar lo que
satisfaga el hambre y la sed del alma.
Pero dice Jesús: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno
oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él
conmigo". "Yo soy el pan de
vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá
sed jamás".
Así como necesitamos alimentos para sostener nuestras
fuerzas físicas, también necesitamos a Cristo, el pan del cielo, para mantener
la vida espiritual y para obtener energía con que hacer las obras de Dios. Y de la misma manera como el cuerpo recibe
constantemente el alimento que sostiene la vida y el vigor, así el alma debe
comunicarse sin cesar con Cristo, sometiéndose a él y dependiendo enteramente
de él.
Al modo como el viajero fatigado que, hallando en el
desierto la buscada fuente, apaga su sed abrasadora, el cristiano buscará Y
obtendrá el agua pura de la vida, cuyo manantial es Cristo.
Al percibir la perfección del carácter de nuestro
Salvador, desearemos transformarnos
renovarnos completamente a semejanza de su pureza. Cuanto más sepamos de Dios, tanto más alto
será nuestro ideal del carácter, y tanto más ansiaremos reflejar su
imagen. Un elemento divino se une con
lo humano cuando el alma busca a Dios y el corazón anheloso puede decir:
"Alma mía, en Dios solamente reposa; porque de él es mi esperanza".
Si en nuestra alma sentimos necesidad, si tenemos
hambre y sed de justicia, ello es una indicación de que Cristo influyó en
nuestro corazón para que le pidamos que haga, por intermedio del Espíritu
Santo, lo que nos es imposible a nosotros.
Si ascendemos un poco más en el sendero de la fe, no necesitamos apagar
la sed en riachuelos superficiales; porque tan sólo un poco más arriba de
nosotros se encuentra el gran manantial
de cuyas aguas abundantes podemos beber libremente.
Las palabras de Dios son las fuentes de la vida. Mientras buscamos estas fuentes vivas, el
Espíritu Santo nos pondrá en comunión con Cristo. Verdades ya conocidas se presentarán a nuestra mente con nuevo
aspecto; ciertos pasajes de las Escrituras revestirán nuevo significado, como
iluminados por un relámpago; comprenderemos la relación entre otras verdades y
la obra de redención, y sabremos que Cristo nos está guiando, que un Instructor
divino está a nuestro lado.
Dijo Jesús: "El agua que yo le daré será en él
una fuente de agua que salte para vida eterna". Cuando el Espíritu Santo
nos revele la verdad, atesoraremos las experiencias más preciosas y desearemos
hablar a otras personas de las enseñanzas consoladoras que se nos han
revelado. Al tratar con ellas, les comunicaremos
un pensamiento nuevo acerca del carácter o la obra de Cristo. Tendremos nuevas revelaciones del amor
compasivo de Dios, y las impartiremos a los que lo aman y a los que no lo aman.
"Dad, y se os dará", porque la Palabra de
Dios es una "fuente de huertos, pozo de aguas vivas, que corren del
Líbano". El corazón que probó el
amor de Cristo, anhela incesantemente beber de él con más abundancia, y
mientras lo impartimos a otros, lo recibiremos en medida más rica y copiosa. Cada revelación de Dios al alma aumenta la
capacidad de saber y de amar. El clamor
continuo del corazón es: "Más de ti", y a él responde siempre el
Espíritu: "Mucho más". Dios
se deleita en hacer "mucho más abundantemente de lo que pedimos o
entendemos". A Jesús, quien se
entregó por entero para la salvación de la humanidad perdida, se le dio sin
medida el Espíritu Santo. Así será dado
también a cada seguidor de Cristo siempre que le entregue su corazón como
morada. Nuestro Señor mismo nos ordenó:
"Sed llenos de Espíritu", y este mandamiento es también una promesa
de su cumplimiento. Era la voluntad del
Padre que en Cristo "habitase toda la plenitud"; y "vosotros
estáis completos en él".
Dios derramó su amor sin reserva algunas como las
lluvias que refrescan la tierra. Dice
él: "Rociad, cielos, de arriba, y las nubes destilen la justicia; ábrase
la tierra, y prodúzcanse la salvación y la justicia; háganse brotar
juntamente". "Los afligidos y
menesterosos buscan las aguas, y no las hay; seca está de sed su lengua; yo
Jehová los oiré, yo el Dios de Israel no los desampararé. En las alturas abriré ríos, y fuentes en
medio de los valles; abriré en el desierto estanques de aguas, y manantiales de
aguas en la tierra seca".
"Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia".
"Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia".
El
corazón del hombre es por naturaleza frío, sombrío y sin amor. Siempre que alguien manifieste un espíritu
de misericordia o de perdón, no se debe a un impulso propio, sino al influjo
del Espíritu divino que lo conmueve.
"Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero".
Dios mismo es la fuente de toda misericordia. Se llama "misericordioso, y
piadoso". No nos trata según lo
merecemos. No nos pregunta si somos
dignos de su amor; simplemente derrama sobre nosotros las riquezas de su amor
para hacernos dignos. No es vengativo.
No quiere castigar, sino redimir.
Aun la severidad que se ve en sus providencias se manifiesta para salvar
a los descarriados. Ansía intensamente
aliviar los pesares del hombre y ungir sus heridas con su bálsamo. Es verdad que "de ningún modo tendrá
por inocente al malvado", pero quiere quitarle su culpabilidad.
Los misericordiosos son "participantes de la
naturaleza divina", y en ellos se expresa el amor compasivo de Dios. Todos aquellos cuyos corazones estén en
armonía con el corazón de Amor infinito procurarán salvar y no condenar. Cristo en el alma es una fuente que jamás se
agota. Donde mora él, sobreabundan las
obras de bien.
Al oír la súplica de los errantes, los tentados, de
las míseras víctimas de la necesidad y el pecado, el cristiano no pregunta: ¿Son dignos?, sino: ¿Cómo puedo
ayudarlos? Aun en la persona de los más
cuitados y degradados ve almas por cuya salvación murió Cristo, y por quienes
confió a sus hijos el ministerio de la reconciliación.
Los misericordiosos son aquellos que manifiestan
compasión para con los pobres, los dolientes y los oprimidos. Dijo Job: "Yo libraba al pobre que
clamaba, y al huérfano que carecía de ayudador. La bendición del que se iba a perder venía sobre mí; y al corazón
de la viuda yo daba alegría. Me vestía
de justicia, y ella me cubría; como manto y diadema era mi rectitud. Yo era ojos al ciego, y pies al cojo. A los menesterosos era padre, y de la causa
que no entendía, me informaba con diligencia".
Para muchos, la vida es una lucha dolorosa; se
sienten deficientes, desgraciados y descreídos: piensan que no tienen nada que
agradecer. Las palabras de bondad, las
miradas de simpatía, las expresiones de gratitud, serían para muchos que luchan
solos como un vaso de agua fría para un alma sedienta. Una palabra de simpatía, un acto de bondad,
alzaría la carga que doblega los hombros cansados. Cada palabra y obra de bondad abnegada es una expresión del amor
que Cristo sintió por la humanidad perdida.
Los misericordiosos "alcanzarán
misericordia". "El alma
generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado". Hay dulce paz para el espíritu compasivo,
una bendita satisfacción en la vida de servicio desinteresado por el bienestar
ajeno. El Espíritu Santo que mora en el
alma y se manifiesta en la vida ablandará los corazones endurecidos y
despertará en ellos simpatía y ternura.
Lo que sembremos, eso segaremos.
"Bienaventurado el que piensa en el pobre... Jehová lo guardará, y
le dará vida; será bienaventurado en la tierra, y no lo entregarás a la
voluntad de sus enemigos. Jehová lo sustentará sobre el lecho del dolor;
mullirás toda su cama en su enfermedad".
El que ha entregado su vida a Dios para socorrer a
los hijos de él se une a Aquel que dispone de todos los recursos del
universo. Su vida queda ligada a la
vida de Dios por la áurea cadena de promesas inmutables. El Señor no lo abandonará en la hora de aflicción o de necesidad. "Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os
falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús". Y en la hora de
necesidad final, los compasivos se refugiarán en la misericordia del clemente
Salvador y serán recibidos en las moradas eternas.
"Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios".
Los
judíos eran tan exigentes en lo relativo a la pureza ceremonial que sus reglas
resultaban insoportables. Los preocupaban tanto las reglas, las restricciones y
el temor de la contaminación externa que no percibían la mancha que el egoísmo
y la malicia dejan en el alma.
Jesús no menciona esta pureza ceremonial entre las
condiciones para entrar en su reino; da énfasis a la pureza de corazón. La sabiduría que viene "de lo alto es
primeramente pura". En la ciudad de Dios no entrará nada que
mancille. Todos los que morarán en ella
habrán llegado aquí a ser puros de corazón.
En el que vaya aprendiendo de Jesús se manifestará creciente repugnancia
por los hábitos descuidados, el lenguaje vulgar y los pensamientos
impuros. Cuando Cristo viva en el
corazón, habrá limpieza y cultura en el pensamiento y en los modales.
Pero las palabras de Cristo: "Bienaventurados
los de limpio corazón", tienen un significado mucho más profundo. No se
refieren únicamente a los que son puros según el concepto del mundo, es decir,
están exentos de sensualidad y concupiscencia, sino a los que son fieles en los
pensamientos y motivos del alma, libres del orgullo y del amor propio;
humildes, generosos y como niños.
Solamente se puede apreciar aquello con que se tiene
afinidad. No podemos conocer a Dios a
menos que aceptemos en nuestra propia vida el principio del amor desinteresado,
que es el principio fundamental de su carácter. El corazón engañado por Satanás considera a Dios como un tirano
implacable; las inclinaciones egoístas de la humanidad, y aun las de Satanás
mismo, se atribuyen al Creador amante.
"Pensabas -dijo él- que de cierto sería yo como tú".
Sus providencias se interpretan como expresión de una naturaleza
despótico y vengativa. Así también ocurre
con la Biblia, tesoro de las riquezas de su gracia. No se discierne la gloria de sus verdades, que son tan altas como
el cielo y abarcan la eternidad. Para
la mayoría de los hombres, Cristo mismo es "como raíz de tierra
seca", y lo ven "sin atractivo para une le deseemos". Cuando Jesús estaba entre los hombres, como
revelación de Dios en la humanidad, los escribas y fariseos le preguntaron:
"¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano, y que tienes
demonio?" Aun sus mismos discípulos estaban tan cegados por el egoísmo de
sus corazones que tardaron en comprender que había venido a mostrarles el amor
del Padre. Por eso Jesús vivió en la
soledad en medio de los hombres. Sólo
en el cielo se lo comprendía plenamente. Cuando Cristo venga en su gloria, los
pecadores no podrán mirarlo. La luz de
su presencia, que es vida para quienes lo aman, es muerte para los impíos. La esperanza de su venida es para ellos
"una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego". Cuando aparezca, rogarán que se los esconda
de la vista de Aquel que murió para redimirlos.
Sin embargo, para los corazones que han sido
purificados por el Espíritu Santo al morar éste en ellos, todo queda
cambiado. Ellos pueden conocer a
Dios. Moisés estaba oculto en la
hendidura de la roca cuando se le reveló la gloria del Señor; del mismo modo,
tan sólo cuando estamos escondidos en Cristo vemos el amor de Dios.
"El que ama la limpieza de corazón, por la
gracia de sus labios tendrá la amistad del rey". Por la fe lo contemplamos
aquí y ahora. En las experiencias
diarias percibimos su bondad y compasión al manifestarse su providencia. Lo reconocemos en el carácter de su Hijo. El Espíritu Santo abre a la mente y al
corazón la verdad acerca de Dios y de Aquel a quien envió. Los de puro corazón ven a Dios en un aspecto
nuevo y atractivo, como su Redentor; mientras disciernen la pureza y hermosura
de su carácter, anhelan reflejar su imagen.
Para ellos es un Padre que
anhela abrazar a un hijo arrepentido; y sus corazones rebosan de alegría
indecible y de gloria plena.
Los de
corazón puro perciben al Creador en las obras de su mano poderosa, en las obras
de belleza que componen el universo. En su Palabra escrita ven con mayor
claridad aún la revelación de su misericordia, su bondad y su gracia. Las verdades escondidas a los sabios y los
prudentes se revelan a los niños. La
hermosura y el encanto de la verdad que no disciernen los sabios del mundo se
presentan constantemente a quienes, movidos por un espíritu sencillo como el de
un niño, desean conocer y cumplir la voluntad de Dios. Discernimos la verdad cuando llegamos a
participar de la naturaleza divina.
Los de limpio corazón viven como en la presencia de
Dios durante los días que él les concede aquí en la tierra y lo verán cara a cara
en el estado futuro e inmortal, así como Adán cuando andaba y hablaba con él en
el Edén. "Ahora vemos por espejo,
oscuramente; mas entonces veremos cara a cara'.
"Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios".
Cristo
es el "Príncipe de paz", y su misión es devolver al cielo y a la
tierra la paz destruida por el pecado.
"Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio
de nuestro Señor Jesucristo'. Quien consienta en renunciar al pecado y abra el
corazón al amor de Cristo participará de esta paz celestial.
No hay otro fundamento para la paz. La gracia de Cristo, aceptada en el corazón,
vence la enemistad, apacigua la lucha y llena el alma de amor. El que está en armonía con Dios y con su
prójimo no sabrá lo que es la desdicha.
No habrá envidia en su corazón ni su imaginación albergará el mal; allí
no podrá existir el odio. El corazón
que está de acuerdo con Dios participa de la paz del cielo y esparcirá a su
alrededor una influencia bendita. El
espíritu de paz se asentará como rocío sobre los corazones cansados y turbados
por la lucha del mundo. Los seguidores
de Cristo son enviados al mundo con el mensaje de paz. Quienquiera que revele el amor de Cristo por
la influencia inconsciente y silenciosa de una vida santa; quienquiera que
incite a los demás, por palabra o por hechos, a renunciar al pecado y
entregarse a Dios, es un pacificador.
"Bienaventurados los pacificadores, porque ellos
serán llamados hijos de Dios". El
espíritu de paz es prueba de su relación con el cielo. El dulce sabor de Cristo los envuelve. La
fragancia de la vida y la belleza del carácter revelan al mundo que son hijos
de Dios. Sus semejantes reconocen que
han estado con Jesús. "Todo aquel
que ama, es nacido de Dios".
"Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él",
pero "todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos
de Dios".
"El remanente de Jacob será en medio de muchos
pueblos como el rocío de Jehová, como las lluvias sobre la hierba, las cuales
no esperan a varón, ni aguardan a hijos de hombres".
"Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos".
Jesús
no ofrece a sus discípulos la esperanza de obtener gloria y riquezas mundanales
ni vivir sin tribulaciones. Les
presenta el privilegio de andar con su Maestro por senderos de abnegación y
vituperio, porque el mundo no los conoce.
El que vino a redimir al mundo perdido tuvo la
oposición de las fuerzas unidas de los enemigos de Dios y del hombre. En una confederación despiadada, los hombres
y los ángeles malos se alinearon en orden de batalla contra el Príncipe de
paz. Aunque la compasión divina se notaba
en cada una de sus palabras y acciones, su diferencia del mundo provocó una hostilidad
amarguísima. Porque no daba licencia a la manifestación de las malas pasiones
de nuestra naturaleza, excitó la más cruel oposición y enemistad. Así será con todos los que vivan
piadosamente en Cristo Jesús. Entre la justicia y el pecado, el amor y el
odio, la verdad y el engaño, hay una
lucha imposible de suprimir. Cuando se
presentan el amor de Cristo y la belleza de su santidad, se le restan súbditos
al reino de Satanás, y esto incita al príncipe del mal a resistir. La persecución y el oprobio esperan a
quienes están dominados por el Espíritu de Cristo. El carácter de la persecución cambia con el transcurso del
tiempo, pero el principio o espíritu fundamental es el mismo que dio muerte a
los elegidos de Dios desde los días de Abel.
Siempre que el hombre procure ponerse en armonía con
Dios, sabrá que la afrenta de la cruz no ha cesado. Principados, potestades y huestes espirituales de maldad en las
regiones celestes, todos se alistan contra los que consienten en obedecer la
ley del cielo. Por eso, en vez de
producirles pesar, la persecución debe llenar de alegría a los discípulos de
Cristo; porque es prueba de que siguen los pasos de su Maestro.
Aunque el Señor no prometió eximir a su pueblo de
tribulación, le prometió algo mucho mejor. Le dijo: "Como tus días serán
tus fuerzas". "Bástate mi
gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad". Si somos llamados
a entrar en el horno de fuego por amor de Jesús, él estará a nuestro lado, así
como estuvo con los tres fieles en Babilonia.
Los que aman a su Redentor se regocijarán por toda oportunidad de
compartir con él la humillación y el oprobio.
El amor que sienten hacia su Señor dulcifica el sufrimiento por su
causa.
En todas las edades, Satanás persiguió a los hijos de
Dios. Los atormentó y ocasionó su
muerte; pero al morir alcanzaron la victoria.
En su fe constante se reveló Uno que es más poderoso que Satanás. Este podía torturar y matar el cuerpo, pero no
podía tocar la vida escondida con Cristo en Dios. Podía encarcelar, pero no podía
aherrojar el espíritu. Más allá de la
lobreguez, podían ver la gloria y decir: "Tengo por cierto que las
aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que
en nosotros ha de manifestarse".
"Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un
cada vez más excelente y eterno peso de gloria"
Por las pruebas y persecuciones se revela la gloria o
carácter de Dios en sus elegidos. La
iglesia de Dios, perseguida y aborrecida por el mundo, se educa y se disciplina
en la escuela de Cristo. En la tierra,
sus miembros transitan por sendas estrechas y se purifican en el horno de la
aflicción. Siguen a Cristo a través de
conflictos penosos; se niegan a sí mismos y sufren ásperas desilusiones; pero
los dolores que experimentan les enseñan la culpabilidad y la desgracia del
pecado, al que miran con aborrecimiento.
Siendo participantes de los padecimientos de Cristo,
están destinados a compartir también su gloria. En santa visión, el profeta vio el triunfo del pueblo de Dios. Dice: "Vi también como un mar de vidrio
mezclado con fuego; y a los que habían alcanzado la victoria sobre la
bestia..., en pie sobre el mar de vidrio y con las arpas de Dios. Y cantan el cántico de Moisés siervo de
Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los
santos". "Estos son los que
han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han
emblanquecido en la sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche
en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo
sobre ellos".
"Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan".
Desde
su caída, Satanás obró por medios engañosos.
Así como calumnió a Dios, calumnia a sus hijos mediante sus
agentes. El Salvador dice: "Los
denuestos de los que te vituperaban cayeron sobre mí". De igual manera
caen sobre sus discípulos.
Nadie, entre los hombres, fue calumniado más
cruelmente que el Hijo del hombre. Se
lo ridiculizó y escarneció a causa de su obediencia inalterable a los
principios de la santa ley de Dios. Lo
odiaron sin razón. Sin embargo, se
mantuvo sereno delante de sus enemigos, declaró que el oprobio es parte de la
heredad del cristiano y aconsejó a sus
seguidores que no temiesen las flechas de la malicia ni desfalleciesen bajo la
persecución.
Aunque la calumnia puede ennegrecer el nombre, no
puede manchar el carácter. Este es
guardado por Dios. Mientras no
consintamos en pecar, no hay poder humano o satánico que pueda dejar una mancha
en el alma. El hombre cuyo corazón se
apoya en Dios es, en la hora de las pruebas más aflictivas y en las
circunstancias más desalentadoras, exactamente el mismo que cuando se veía en
la prosperidad, cuando parecía gozar de la luz y el favor de Dios. Sus palabras, sus motivos, sus hechos,
pueden ser desfigurados y falseados, pero no le importa; para él están en juego
otros intereses de mayor importancia.
Como Moisés, se sostiene "como viendo al invisible", no
mirando "las cosas que se ven, sino las que no se ven".
Cristo sabe todo lo que los hombres han entendido mal
e interpretado erróneamente. Con buena
razón, por aborrecidos y despreciados que se vean, sus hijos pueden esperar
llenos de confianza y paciencia, porque no hay nada secreto que no se haya de
manifestar, y los que honran a Dios serán honrados por él en presencia de los
hombres y de los ángeles.
"Cuando por mi causa os vituperen y os persigan
-dijo Jesús-, gozaos y alegraos".
Señaló a sus oyentes que los profetas que habían hablado en el nombre de
Dios habían sido ejemplos "de aflicción y de paciencia". Abel, el primer cristiano entre los hijos de
Adán, murió mártir. Enoc anduvo con
Dios y el mundo no lo reconoció. Noé
fue escarnecido como fanático y alarmista.
"Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto
prisiones y cárceles". "Unos
fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor
resurrección".
En todo tiempo los mensajeros elegidos de Dios fueron
víctimas de insultos y persecución; no obstante, el conocimiento de Dios se
difundió por medio de sus aflicciones.
Cada discípulo de Cristo debe ocupar un lugar en las filas para
adelantar la misma obra, sabiendo que todo cuanto hagan los enemigos redundará
en favor de la verdad. El propósito de Dios es que la verdad se ponga
al frente para que llegue a ser tema de examen y discusión, a pesar del
desprecio que se le haga. Tiene que
agitarse el espíritu del pueblo; todo conflicto, todo vituperio, todo esfuerzo
por limitar la libertad de conciencia son instrumentos de Dios para despertar
las mentes que de otra manera dormirían.
¡Cuán frecuentemente se ha visto este resultado en la
historia de los mensajeros de Dios!
Cuando apedrearon al elocuente y noble Estaban por instigación del
Sanedrín, no hubo pérdida para la causa del Evangelio. La luz del cielo que glorificó su rostro, la
compasión divina que se expresó en su última oración, llegaron a ser como una
flecha aguda de convicción para el miembro intolerante del Sanedrín que lo
observaba, y Saulo, el fariseo perseguidor, se transformó en el instrumento
escogido para llevar el nombre de Cristo a los gentiles, a los reyes Y al
pueblo de Israel. Mucho después, el
anciano Pablo escribió desde su prisión en Roma: "Algunos, a la verdad,
predican a Cristo por envidia y contienda. . .
No sinceramente, pensando añadir
aflicción a mis prisiones. . . No obstante, de todas maneras, o por pretexto o
por verdad, Cristo es anunciado".
Gracias al encarcelamiento de Pablo, se diseminó el Evangelio y hubo
almas que se salvaron para Cristo en el mismo palacio de los césares. Por los esfuerzos de Satanás para
destruirla, la simiente "incorruptible" de la Palabra de Dios, la
cual "vive y permanece para siempre" se esparce en los corazones de
los hombres; por el oprobio y la persecución que sufren sus hijos, el nombre de
Cristo es engrandecido y se redimen las almas.
Grande es la recompensa en los cielos para quienes
testifican por Cristo en medio de la persecución y el vituperio. Mientras que los hombres buscan bienes
transitorios, Jesús les indica un galardón celestial. No lo sitúa todo en la vida venidera sino que empieza aquí
mismo. El Señor se manifestó a Abrahán,
y le dijo: "Yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande".
Este es el galardón de todos los que siguen a Cristo. Verse en armonía con
Jehová Emmanuel, "en quien están escondidos todos los tesoros de la
sabiduría y del conocimiento" y en quien "habita corporalmente toda
la plenitud de la Deidad", conocerlo, poseerlo, mientras el corazón se
abre más y más para recibir sus atributos, saber lo que es su amor y su poder,
poseer las riquezas inescrutables de Cristo, comprender mejor "cuál sea la
anchura, la longitud, la profundidad y la altura", y "conocer el amor
de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la
plenitud de Dios", "ésta es la herencia de los siervos del Señor,
ésta es la justicia que deben esperar de mí, dice el Señor'.
La alegría llenaba los corazones de Pablo y Silas
cuando oraban y entonaban alabanzas a Dios a medianoche en el calabozo de
Filipos. Cristo estaba con ellos allí y
la luz de su presencia disipaba la oscuridad con la gloria de los atrios
celestiales. Desde Roma, Pablo escribió
sin pensar en sus cadenas al ver cómo se difundía el Evangelio: "En esto
me gozo, y me gozaré aún". Las
mismas palabras de Cristo en el monte, resuenan en el mensaje de Pablo a la
iglesia en sus persecuciones: "Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!"
"Vosotros sois la
sal de la tierra".
Se aprecia la sal por sus propiedades preservadoras;
y cuando Dios llama sal a sus hijos, quiere enseñarles que se propone hacerlos súbditos
de su gracia para que contribuyan a salvar a otros. Dios escogió a un pueblo ante todo el mundo, no únicamente para
adoptar a sus hombres y mujeres como hijos suyos, sino para que el mundo
recibiese por ellos la gracia que trae salvación. Cuando el Señor eligió a
Abrahán, no fue solamente para hacerlo su amigo especial; fue para que
transmitiese los privilegios especiales que quería otorgar a las naciones. Dijo Jesús, cuando oraba por última vez con
sus discípulos antes de la crucifixión: "Y por ellos yo me santifico a mi
mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad" Así también
los cristianos que son purificados por la verdad poseerán virtudes salvadoras
que preservarán al mundo de la completa corrupción moral.
La sal tiene que unirse con la materia a la cual se
la añade; tiene que entrar e infiltrarse para preservar. Así, por el trato personal llega hasta los
hombres el poder salvador del Evangelio.
No se salvan en grupos, sino individualmente. La influencia personal es un poder. Tenemos que acercarnos a los que queremos mejorar.
El sabor de la sal representa la fuerza vital del
cristiano, el amor de Jesús en el corazón, la justicia de Cristo que compenetra
la vida. El amor de Cristo es difusivo
y agresivo. Si está en nosotros, se
extenderá a los demás. Nos acercaremos
a ellos, hasta que su corazón sea enternecido por nuestro amor y nuestra
simpatía desinteresada. De los
creyentes sinceros mana una energía vital y penetrante que infunde un nuevo
poder moral a las almas por las cuales ellos trabajan. No es la fuerza del hombre mismo, sino el
poder del Espíritu Santo, lo que realiza la obra transformadora.
Jesús añadió esta solemne amonestación: "Si la
sal hubiere perdido su sabor ¿con qué será ella misma salada? No sirve ya para nada, sino para ser echada
fuera, y hollada de los hombres" (VM).
Al escuchar las palabras de Cristo, la gente podía
ver la sal, blanca y reluciente, arrojada en los senderos porque había perdido
el sabor y resultaba, por lo tanto, inútil.
Simbolizaba muy bien la condición de los fariseos y el efecto de su
religión en la sociedad. Representa la
vida de toda alma de la cual se ha separado el poder de la gracia de Dios,
dejándola fría y sin Cristo. No importa
lo que esa alma profese, es considerada insípida y desagradable por los ángeles
y por los hombres. A tales personas
dice Cristo: "¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de
mi boca".
Sin una fe viva en Cristo como Salvador personal, nos
es imposible ejercer influencia eficaz sobre un mundo escéptico. No podemos dar a nuestros prójimos lo que
nosotros mismos no poseemos. La
influencia que ejercemos para bendecir y elevar a los seres humanos se mide por
la devoción y la consagración a Cristo que
nosotros mismos tenemos. Si no
prestamos un servicio verdadero, y no tenemos amor sincero, ni hay realidad en
nuestra experiencia, tampoco tenemos poder para ayudar ni relación con el
cielo, ni hay sabor de Cristo en nuestra vida.
A menos que el Espíritu Santo pueda emplearnos como agentes para
comunicar la verdad de Jesús al mundo, somos como la sal que ha perdido el
sabor y quedado totalmente inútil. Por
faltarnos la gracia de Cristo, atestiguamos ante el mundo que la verdad en la
cual aseguramos confiar no tiene poder santificador; y así, en la medida de
nuestra propia influencia, anulamos el poder de la Palabra de Dios. "Si yo hablase lenguas humanas y
angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que
retiñe... Y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y
no tengo amor, nada soy. Y si
repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi
cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve".
Cuando el amor llena el corazón, fluye hacia los
demás, no por los favores recibidos de ellos, sino porque el amor es el
principio de la acción. El amor cambia
el carácter, domina los impulsos, vence la enemistad y ennoblece los afectos. Tal amor es tan ancho como el universo y está
en armonía con el amor de los ángeles que obran. Cuando se lo alberga en el corazón, este amor endulza la vida
entera y vierte sus bendiciones en derredor.
Esto, y únicamente esto, puede convertirnos en la sal de la tierra.
"Vosotros sois la
luz del mundo".
Al enseñar al pueblo, Jesús creaba interés en sus
lecciones y retenía la atención de sus oyentes mediante frecuentes
ilustraciones sacadas de las escenas de la naturaleza que los rodeaba. Se había congregado la gente por la
mañana. El sol glorioso, que ascendía
en el cielo azul, disipaba las sombras en los valles y en los angostos
desfiladeros de las montañas. El
resplandor del sol inundaba la tierra; el agua tranquila del lago reflejaba la
dorada luz y servía de espejo a las rosadas nubes matutinas. Cada capullo, cada flor y cada rama frondosa centelleaban con su carga
de rocío. La naturaleza sonreía bajo la
bendición de un nuevo día, y de los árboles brotaban los melodiosos trinos de
los pájaros. El Salvador miró al grupo
que lo acompañaba, luego al sol naciente, y dijo a sus discípulos:
"Vosotros sois la luz del mundo".
Así como sale el sol en su misión de amor para disipar las sombras de la
noche y despertar el mundo, los seguidores de Cristo también han de salir para
derramar la luz del cielo sobre los que se encuentran en las tinieblas del
error y el pecado.
En la luz radiante de la mañana se destacaban
claramente las aldeas y los pueblos en los cerros circundantes, Y eran detalles
atractivos de la escena. Señalándolos,
Jesús dijo: "Una ciudad asentada sobre un monte no se puede
esconder". Luego añadió: "Ni
se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero,
Y alumbra a todos los que están en casa".
La mayoría de los oyentes de Cristo eran campesinos o pescadores, en
cuyas humildes moradas había un solo cuarto, en el que una sola lámpara, desde
su sitio, alumbraba a toda la casa.
"Así -dijo Jesús- alumbre vuestra luz delante de los hombres, para
que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los
cielos".
Nunca ha brillado, ni brillará jamás, otra luz para
el hombre caído, fuera de la que procede de Cristo. Jesús, el Salvador, es la
única luz que puede disipar las tinieblas de un mundo caído en el pecado. De Cristo está escrito: "En él estaba
la vida, y la vida era la luz de los hombres". Sólo al recibir vida podían
sus discípulos hacerse porta luces. La
vida de Cristo en el alma y su amor revelado en el carácter los convertiría en
la luz del mundo.
La humanidad por sí misma no tiene luz. Aparte de Cristo somos un cirio que todavía
no se ha encendido, como la luna cuando su cara no mira hacia el sol; no
tenemos un solo rayo de luz para disipar la oscuridad del mundo. Pero cuando nos volvemos hacia el Sol de
justicia, cuando nos relacionamos con Cristo, el alma entera fulgura con el
brillo de la presencia divina.
Los seguidores de Cristo han de ser más que una luz
entre los hombres. Son la luz del
mundo. A todos los que han aceptado su
nombre, Jesús dice: Os habéis entregado a mí, y os doy al mundo como mis
representantes. Así como el Padre lo
había enviado al mundo, Cristo declara: "Los he enviado al mundo".
Como Cristo era el medio de revelar al Padre, hemos de ser los medios de
revelar a Cristo. Aunque el Salvador es
la gran fuente de luz, no olvidéis, cristianos, que se revela mediante la
humanidad. Las bendiciones de Dios se
otorgan por medio de instrumentos humanos.
Cristo mismo vino a la tierra como Hijo del hombre. La humanidad, unida con la naturaleza
divina, debe relacionarse con la humanidad.
La iglesia de Cristo, cada individuo que sea discípulo del Maestro, es
un conducto designado por el cielo para que Dios sea revelado a los
hombres. Los ángeles de gloria están
listos para comunicar por vuestro intermedio la luz y el poder del cielo a las
almas que perecen. ¿Dejará el agente humano de cumplir, la obra que le es
asignado? En la medida de su
negligencia, priva al mundo de la prometida influencia del Espíritu Santo.
Jesús no dijo a sus discípulos: Esforzaos por hacer
que brille la luz; sino: "Alumbre vuestra luz". Si Cristo mora en el corazón, es imposible
ocultar la luz de su presencia. Si los
que profesan ser seguidores de Cristo no son la luz del mundo es porque han
perdido el poder vital; si no tienen luz para difundir, es prueba de que no
tienen relación con la Fuente de luz.
A través de toda la historia "el Espíritu de
Cristo que estaba en ellos" hizo de los hijos fieles de Dios la luz de los
hombres de su generación. José fue
porta luz en Egipto. Por su pureza,
bondad y amor filial, representó a Cristo en medio de una nación idólatra. Mientras los israelitas iban desde Egipto a
la tierra prometida, los que eran sinceros entre ellos fueron luces para las
naciones circundantes. Por su medio
Dios se reveló al mundo. De Daniel y
sus compañeros en Babilonia, de Mardoqueo en Persia, brotaron vívidos rayos de
luz en medio de las tinieblas de las cortes reales. De igual manera han sido puestos los discípulos de Cristo como Porta luces en el camino al
cielo. Por su medio, la misericordia y
la bondad del Padre se manifiestan a un mundo sumido en la oscuridad de una
concepción errónea de Dios. Al ver sus
obras buenas, otros se sienten inducidos a dar gloria al Padre celestial;
porque resulta manifiesto que hay en el trono del universo un Dios cuyo
carácter es digno de alabanza e imitación.
El amor divino que arde en el corazón y la armonía cristiana revelada en
la vida son como una vislumbre del cielo, concedida a los hombres para que se
den cuenta de la excelencia celestial.
Así es como los hombres son inducidos a creer en
"el amor que Dios tiene para con nosotros". Así los corazones que antes eran pecaminosos y corrompidos son
purificados y transformados para presentarse "sin mancha delante de su
gloria con grande alegría".
Las palabras del Salvador "Vosotros sois la luz
del mundo" indican que confió a sus seguidores una misión de alcance
mundial. En los tiempos de Cristo, el
orgullo, el egoísmo y el prejuicio habían levantado una muralla de separación
sólida y alta entre los que habían sido designados custodios de los oráculos
sagrados y las demás naciones del mundo.
Cristo vino a cambiar todo esto.
Las palabras que el pueblo oía de sus labios eran distintas de cuantas
había escuchado de sacerdotes o rabinos.
Cristo derribó la muralla de separación, el amor propio, y el prejuicio
divisor del nacionalismo egoísta; enseñó a amar a toda la familia humana. Elevó al hombre por encima del círculo
limitado que les prescribía su propio egoísmo; anuló toda frontera territorial
y toda distinción artificial de las capas sociales. Para él no había diferencia entre vecinos y extranjeros ni entre
amigos y enemigos. Nos enseña a
considerar a cada alma necesitada como nuestro prójimo y al mundo como nuestro
campo.
Así como los rayos del sol penetran hasta las partes
más remotas del mundo, Dios quiere que el Evangelio llegue a toda alma en la
tierra. Si la iglesia de Cristo
cumpliera el propósito del Señor, se derramaría luz sobre todos los que moran en las tinieblas y en regiones de
sombra de muerte. En vez de agruparse y rehuir la responsabilidad y el peso de
la cruz, los miembros de la iglesia deberían dispersarse por todos los países
para irradiar la luz de Cristo y trabajar como él por la salvación de las
almas. Así este "Evangelio del reino" sería pronto llevado a todo el
mundo.
De esta manera ha de cumplirse el propósito de Dios
al llamar a su pueblo, desde Abrahán en los llanos de Mesopotamia hasta
nosotros en el siglo actual. Dice: "Haré de ti una nación grande, y te
bendeciré... y serás bendición". Para nosotros, en esta postrera
generación, son esas palabras de Cristo, que fueron pronunciadas primeramente
por el profeta evangélico y después repercutieron en el Sermón del Monte:
"Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha
nacido sobre ti". Si sobre nuestro espíritu nació la gloria del Señor, si
hemos visto la hermosura del que es "señalado entre diez mil" y
"todo él codiciable", si nuestra alma se llenó de resplandor en
presencia de sus gloria, entonces estas palabras del Maestro fueron dirigidas a
nosotros. ¿Hemos estado con Cristo en el monte de la transfiguración? Abajo, en
la llanura, hay almas esclavizadas por Satanás que esperan las palabra de fe y
las oraciones que las pongan en libertad.
No sólo hemos de contemplar la gloria de Cristo, sino
también hablar de su excelencia. Isaías no se limitó a contemplar la gloria de
Cristo, sino que también habló de él. Mientras David meditaba, el fuego ardía;
y luego habló con su lengua. Cuando pensaba en el amor maravilloso de Dios, no
podía menos que hablar de los que veía y sentía. ¿Quién puede mirar, por la fe
en el plan maravilloso de la salvación, la gloria del Hijo unigénito de Dios,
sin hablar de ella? El amor insondable que se manifestó en la cruz del Calvario
por la muerte de Cristo para que no nos perdiésemos mas tuviésemos vida eterna,
¿quién lo puede contemplar y no hallar palabras para ensalzar la gloria del
Señor?
"En su templo todos los suyos le dicen
gloria". El dulce cantor de Israel lo alabó con su arpa, diciendo:
"En la hermosura de la gloria de
tu magnificencia, y en tus hechos maravillosos meditaré. Del poder de tus
hechos estupendos hablarán los hombres;
y yo publicaré tu grandeza".
La cruz del Calvario debe levantarse en alto delante
de la gente para que absorba sus espíritus y concentre sus pensamientos.
Entonces todas las facultades espirituales se vivificarán con le poder divino
que viene directamente de Dios. Se concentrarán entonces las energías en una
actividad genuina por el Maestro. Los que obren enviarán al mundo rayos de luz,
como agentes vivos que iluminan la tierra.
Cristo acepta con verdadero gozo todo agente humano
que se entrega a él. Une lo humano con lo divino, para comunicar al mundo los
misterios del amor encarnado. Hablemos de ellos; oremos al respecto;
cantémoslos. Proclamemos por todas partes el mensaje de su gloria, y sigamos
avanzando hacia las regiones lejanas.
Las pruebas soportadas con paciencia, las bendiciones recibidas con gratitud, las tentaciones resistidas valerosamente, la mansedumbre, la bondad, la compasión y el amor revelados constantemente son las luces que brillan en el carácter, en contraste con la oscuridad del corazón egoísta, en el cual jamás penetró la luz de la vida.