EN LA elección de los instrumentos que sirvieron para
reformar la iglesia se nota el mismo plan divino que en la de quienes la
establecieron. El Maestro celestial pasó por alto a los grandes de la tierra, a
los hombres que gozaban de reputación y de riquezas, y estaban acostumbrados a
recibir alabanzas y homenajes como caudillos del pueblo. Eran tan orgullosos y
tenían tanta confianza en la superioridad de que se jactaban, que no hubieran
podido amoldarse a simpatizar con sus semejantes ni convertirse en colaboradores
del humilde Nazareno. Fue a los indoctos y rudos pescadores de Galilea a
quienes dirigió él su llamamiento: "Venid en pos de mí, y os haré
pescadores de hombres." (S. Mateo 4: 19.) Estos sí que eran humildes y
dóciles. Cuanto menos habían sentido la influencia de las falsas doctrinas de
su tiempo, tanto más fácil era para Cristo instruirlos y educarlos para su
servicio. Otro tanto sucedió cuando la Reforma. Los principales reformadores
eran hombres de humilde condición y más ajenos que sus coetáneos a todo
sentimiento de orgullo de casta así como a la influencia del fanatismo
clerical. El plan de Dios es valerse de instrumentos humildes para la
realización de grandes fines. La gloria no se tributa entonces a los hombres,
sino a Aquel que obra por medio de ellos el querer y el hacer según su buena
voluntad.
Pocas semanas después que naciera Lutero en la cabaña
de un minero de Sajonia, nació Ulrico Zuinglio, en la choza de un pastor de los
Alpes. Las circunstancias de que Zuinglio se vio rodeado en su niñez y su
primera educación contribuyeron a prepararlo para su futura misión. Criado
entre bellezas naturales imponentes, quedó desde temprano impresionado por el
sentimiento de la inmensidad, el poder y la majestad de Dios. La historia de
las hazañas que tuvieran por teatro sus montes natales inflamó las aspiraciones
de su juventud. Junto a su piadosa abuela oyó los pocos relatos bíblicos que
ella espigara entre las leyendas y tradiciones de la iglesia. Con verdadero
interés oía él hablar de los grandes hechos de los patriarcas y de los
profetas, de los pastores que velaban sobre sus ganados en los cerros de
Palestina donde los ángeles les hablaron del Niño de Belén y del Hombre del
Calvario.
Lo mismo que Juan Lutero, el padre de Zuinglio
deseaba dar educación a su hijo, para lo cual dejó éste su valle natal en
temprana edad. Su espíritu se desarrolló pronto, y resultó difícil saber dónde
podrían hallarle profesores competentes. A los trece años fue a Berna, que
poseía entonces la mejor escuela de Suiza. Sin embargo, surgió un peligro que
amenazaba dar en tierra con lo que de él se esperaba. Los frailes hicieron
esfuerzos muy resueltos para seducirlo a que entrara en un convento. Los monjes
franciscanos y los domínicos rivalizaban por ganarse el favor del pueblo, y al
efecto se esmeraban a porfía en el adorno de los templos, en la pompa de las
ceremonias y en lo atractivo de las reliquias y de las imágenes milagrosas.
Los dominicanos de Berna vieron que si les fuera
posible ganar a un joven de tanto talento obtendrían ganancias y honra. Su
tierna juventud, sus dotes de orador y escritor, y su genio musical y poético,
serían de más efecto que la pompa y el fausto desplegados en los servicios,
para atraer al pueblo y aumentar las rentas de su orden. Valiéndose de engaños
y lisonjas, intentaron inducir a Zuinglio a que entrara en su convento. Cuando
Lutero era estudiante se encerró voluntariamente en una celda y se habría
perdido para el mundo si la providencia de Dios no le hubiera libertado. No se
le dejó a Zuinglio correr el mismo riesgo. Supo providencialmente su padre
cuáles eran los designios de los frailes, y como no tenía intención de que su
hijo siguiera la vida indigna y holgazana de los monjes, vio que su utilidad
para el porvenir estaba en inminente peligro, y le ordenó que regresara a su
casa sin demora.
El mandato fue obedecido; pero el joven no podía
sentirse contento por mucho tiempo en su valle natal, y pronto volvió a sus
estudios, yéndose a establecer después de algún tiempo en Basilea. En esta
ciudad fue donde Zuinglio oyó por primera vez el Evangelio de la gracia de
Dios. Wittenbach, profesor de idiomas antiguos, había sido llevado, en su
estudio del griego y del hebreo, al conocimiento de las Sagradas Escrituras, y
por su medio la luz divina esparcía sus rayos en las mentes de los estudiantes
que recibían de él enseñanza. Declaraba el catedrático que había una verdad más
antigua y de valor infinitamente más grande que las teorías enseñadas por los
filósofos y los escolásticos. Esta antigua verdad consistía en que la muerte de
Cristo era el único rescate del pecador. Estas palabras fueron para Zuinglio
como el primer rayo de luz que alumbra al amanecer.
Pronto fue llamado Zuinglio de Basilea, para entrar
en la que iba a ser la obra de su vida. Su primer campo de acción fue una
parroquia alpina no muy distante de su valle natal. Habiendo recibido las
órdenes sacerdotales, "se aplicó con ardor a investigar la verdad divina;
porque estaba bien enterado -dice un reformador de su tiempo- de cuánto deben
saber aquellos a quienes les está confiado el cuidado del rebaño del
Señor." -Wylie, lib. 8, cap. 5. A medida que escudriñaba las Escrituras,
más claro le resultaba el contraste entre las verdades en ellas encerradas y
las herejías de Roma. Se sometía a la Biblia y la reconocía como la Palabra de
Dios y única regla suficiente e infalible. Veía que ella debía ser su propio
intérprete. No se atrevía a tratar de explicar las Sagradas Escrituras para
sostener una teoría o doctrina preconcebida, sino que consideraba su deber
aprender lo que ellas enseñan directamente y de un modo evidente. Procuraba
valerse de toda ayuda posible para obtener un conocimiento correcto y pleno de
sus enseñanzas, e invocaba al Espíritu Santo, el cual, declaraba él, quería
revelar la verdad a todos los que la investigasen con sinceridad y en oración.
"Las Escrituras -decía Zuinglio- vienen de Dios,
no del hombre. Y ese mismo Dios que brilla en ellas te dará a entender que las
palabras son de Dios. La Palabra de Dios . . . no puede errar. Es brillante, se
explica a sí misma, se descubre, ilumina el alma con toda salvación y gracia,
la consuela en Dios, y la humilla hasta que se anonada, se niega a sí misma, y
se acoge a Dios." Zuinglio mismo había experimentado la verdad de estas
palabras. Hablando de ello, escribió lo siguiente: "Cuando . . . comencé a
consagrarme enteramente a las Sagradas Escrituras, la filosofía y la teología
[escolástica] me suscitaban objeciones sin número, y al fin resolví dejar a un
lado todas estas quimeras y aprender las enseñanzas de Dios en toda su pureza,
tomándolas de su preciosa Palabra. Desde entonces pedí a Dios luz y las
Escrituras llegaron a ser mucho más claras para mí."-Id., cap. 6.
Zuinglio no había recibido de Lutero la doctrina que
predicaba. Era la doctrina de Cristo. "Si Lutero predica a Jesucristo
-decía el reformador suizo- hace lo que yo hago. Los que por su medio han
llegado al conocimiento de Jesucristo son más que los conducidos por mí. Pero
no importa. Yo no quiero llevar otro nombre que el de Jesucristo, de quien soy
soldado, y no reconozco otro jefe. No he escrito una sola palabra a Lutero, ni
Lutero a mí. Y ¿por qué? . . . Pues para que se viese de qué modo el Espíritu
de Dios está de acuerdo consigo mismo, ya que, sin acuerdo previo, enseñamos
con tanta uniformidad la doctrina de Jesucristo. "-D'Aubigné, lib. 8, cap.
9.
En 1516 fue llamado Zuinglio a predicar regularmente
en el convento de Einsiedeln, donde iba a ver más de cerca las corrupciones de
Roma y donde iba a ejercer como reformador una influencia que se dejaría sentir
más allá de sus Alpes natales. Entre los principales atractivos de Einsiedeln
había una virgen de la que se decía que estaba dotada del poder de hacer
milagros. Sobre la puerta de la abadía estaba grabada esta inscripción:
"Aquí se consigue plena remisión de todos los pecados." -Id., cap. 5.
En todo tiempo acudían peregrinos a visitar el santuario de la virgen, pero en
el día de la gran fiesta anual de su consagración venían multitudes de toda
Suiza y hasta de Francia y Alemania. Zuinglio, muy afligido al ver estas cosas,
aprovechó la oportunidad para proclamar la libertad por medio del Evangelio a
aquellas almas esclavas de la superstición.
"No penséis -decía- que Dios esté en este templo
de un modo más especial que en cualquier otro lugar de la creación. Sea la que
fuere la comarca que vosotros habitáis, Dios os rodea y os oye.... ¿Será acaso
con obras muertas, largas peregrinaciones, ofrendas, imágenes, la invocación de
la virgen o de los santos, con lo que alcanzaréis la gracia de Dios? . . . ¿De
qué sirve el conjunto de palabras de que formamos nuestras oraciones? ¿Qué
eficacia tienen la rica capucha del fraile, la cabeza rapada, hábito largo y
bien ajustado, y las zapatillas bordadas de oro? ¡Al corazón es a lo que Dios
mira, y nuestro corazón está lejos de Dios!" "Cristo -añadía,- que se
ofreció una vez en la cruz, es la hostia y la víctima que satisfizo eternamente
a Dios por los pecados de todos los fieles."- Ibid.
Muchos de los que le oían recibían con desagrado
estas enseñanzas. Era para ellos un amargo desengaño saber que su penoso viaje
era absolutamente inútil. No podían comprender el perdón que se les ofrecía de
gracia por medio de Cristo. Estaban conformes con el antiguo camino del cielo
que Roma les había marcado. Rehuían la perplejidad de buscar algo mejor. Era
más fácil confiar la salvación de sus almas a los sacerdotes y al papa que
buscar la pureza de corazón.
Otros, en cambio, recibieron con alegría las nuevas
de la redención por Cristo. Las observancias establecidas por Roma no habían
infundido paz a su alma y, llenos de fe, aceptaban la sangre del Salvador en
propiciación por sus pecados. Estos regresaron a sus hogares para revelar a
otros la luz preciosa que habían recibido. Así fue llevada la verdad de aldea
en aldea, de pueblo en pueblo, y el número de peregrinos que iban al santuario
de la virgen, disminuyó notablemente. Menguaron las ofrendas, y en consecuencia
la prebenda de Zuinglio menguó también, porque de aquéllas sacaba su
subsistencia. Pero sentíase feliz al ver quebrantarse el poder del fanatismo y
de la superstición.
Las autoridades de la iglesia no ignoraban la obra
que Zuinglio estaba realizando, pero en aquel momento no pensaron intervenir.
Abrigaban todavía la esperanza de ganarlo para su causa y se esforzaron en
conseguirlo por medio de agasajos; entre tanto la verdad fue ganando terreno y
extendiéndose en los corazones del pueblo.
Los trabajos de Zuinglio en Einsiedeln le prepararon
para una esfera de acción más amplia en la cual pronto iba a entrar. Pasados
tres años, fue llamado a desempeñar el cargo de predicador en la catedral de
Zurich. Era esta ciudad en aquel entonces la más importante de la confederación
suiza, y la influencia que el predicador pudiera ejercer en ella debía tener un
radio más extenso. Pero los eclesiásticos que le habían llamado a Zurich,
deseosos de evitar sus innovaciones, procedieron a darle instrucciones acerca
de sus deberes.
"Pondréis todo vuestro cuidado -le dijeron- en
recaudar las rentas del cabildo, sin descuidar siquiera las de menor cuantía.
Exhortaréis a los fieles, ya desde el púlpito, ya en el confesonario, a que
paguen los censos y los diezmos, y a que muestren con sus ofrendas cuánto aman
a la iglesia. Procuraréis multiplicar las rentas procedentes de los enfermos,
de las misas, y en general de todo acto eclesiástico." "Respecto a la
administración de los sacramentos, a la predicación y a la vigilancia requerida
para apacentar la grey, son también deberes del cura párroco. No obstante,
podéis descargaros de esta última parte de vuestro ministerio tomando un
vicario substituto, sobre todo para la predicación. Vos no debéis administrar los
sacramentos sino a los más notables, y sólo después que os lo hayan pedido; os
está prohibido administrarlos sin distinción de personas." -Id., cap. 6.
Zuinglio oyó en silencio estas explicaciones, y en
contestación, después de haber expresado su gratitud por el honor que le habían
conferido al haberle llamado a tan importante puesto, procedió a explicar el
plan de trabajo que se había propuesto adoptar. "La vida de Jesús -dijo-
ha estado demasiado tiempo oculta al pueblo. Me propongo predicar sobre todo el
Evangelio según San Mateo, . . . ciñéndome a la fuente de la Sagrada Escritura,
escudriñándola y comparándola con ella misma, buscando su inteligencia por
medio de ardientes y constantes oraciones. A la gloria de Dios, a la alabanza
de su único Hijo, a la pura salvación de las almas, y a su instrucción en la
verdadera fe, es a lo que consagraré mi ministerio." -Ibid. Aunque algunos
de los eclesiásticos desaprobaron este plan y procuraron disuadirle de
adoptarlo, Zuinglio se mantuvo firme. Declaró que no iba a introducir un método
nuevo, sino el antiguo método empleado por la iglesia en lo pasado, en tiempos
de mayor pureza religiosa.
Ya se había despertado el interés de los que
escuchaban las verdades que él enseñaba, y el pueblo se reunía en gran número a
oír la predicación. Muchos que desde hacía tiempo habían dejado de asistir a
los oficios, se hallaban ahora entre sus oyentes. Inició Zuinglio su ministerio
abriendo los Evangelios y leyendo y explicando a sus oyentes la inspirada
narración de la vida, doctrina y muerte de Cristo. En Zurich, como en
Einsiedeln, presentó la Palabra de Dios como la única autoridad infalible, y
expuso la muerte de Cristo como el solo sacrificio completo. "Es a
Jesucristo -dijo- a quien deseo conduciros; a Jesucristo, verdadero manantial
de salud."- Ibid. En torno del predicador se reunían multitudes de personas
de todas las clases sociales, desde los estadistas y los estudiantes, hasta los
artesanos y los campesinos. Escuchaban sus palabras con el más profundo
interés. El no proclamaba 189 tan sólo el ofrecimiento de una salvación
gratuita, sino que denunciaba sin temor los males y las corrupciones de la
época. Muchos regresaban de la catedral dando alabanzas a Dios. "¡Este,
decían, es un predicador de verdad! él será nuestro Moisés, para sacarnos de
las tinieblas de Egipto." -Ibid.
Pero, por más que al principio fuera su obra acogida
con entusiasmo, vino al fin la oposición. Los frailes se propusieron estorbar
su obra y condenar sus enseñanzas. Muchos le atacaron con burlas y sátiras;
otros le lanzaron insolencias y amenazas. Empero Zuinglio todo lo soportaba con
paciencia, diciendo: "Si queremos convertir a Jesucristo a los malos, es
menester cerrar los ojos a muchas cosas." -ibid. Por aquel tiempo un nuevo
agente vino a dar impulso a la obra de la Reforma. Un amigo de ésta mandó a
Zurich a un tal Luciano que llevaba consigo varios de los escritos de Lutero.
Este amigo, residente en Basilea, había pensado que la venta de estos libros
sería un poderoso auxiliar para la difusión de la luz. "Averiguad -dijo a
Zuinglio en una carta- si Luciano posee bastante prudencia y habilidad; si así
es, mandadle de villa en villa, de lugar en lugar, y aun de casa en casa entre
los suizos, con los escritos de Lutero, y en particular con la exposición de la
oración dominical escrita para los seglares. Cuanto más conocidos sean, tantos
más compradores hallarán." -ibid. De este modo se esparcieron los rayos de
luz.
Cuando Dios se dispone a quebrantar las cadenas de la
ignorancia y de la superstición, es cuando Satanás trabaja con mayor esfuerzo
para sujetar a los hombres en las tinieblas, y para apretar aun más las
ataduras que los tienen sujetos. A medida que se levantaban en diferentes
partes del país hombres que presentaban al pueblo el perdón y la justificación
por medio de la sangre de Cristo, Roma procedía con nueva energía a abrir su
comercio por toda la cristiandad, ofreciendo el perdón a cambio de dinero.
Cada pecado tenía su precio, y se otorgaba a los
hombres licencia para cometer crímenes, con tal que abundase el dinero en la
tesorería de la iglesia. De modo que seguían adelante dos movimientos: uno que
ofrecía el perdón de los pecados por dinero, y el otro que lo ofrecía por medio
de Cristo; Roma que daba licencia para pecar, haciendo de esto un recurso para
acrecentar sus rentas, y los reformadores que condenaban el pecado y señalaban
a Cristo como propiciación y Redentor.
En Alemania la venta de indulgencias había sido
encomendada a los domínicos y era dirigida por el infame Tetzel. En Suiza el
tráfico fue puesto en manos de los franciscanos, bajo la dirección de un fraile
italiano llamado Samsón. Había prestado éste ya buenos servicios a la iglesia y
reunido en Suiza y Alemania grandes cantidades para el tesoro del papa. Cruzaba
entonces a Suiza, atrayendo a grandes multitudes, despojando a los pobres
campesinos de sus escasas ganancias y obteniendo ricas ofrendas entre los
ricos. Pero la influencia de la Reforma hacía disminuir el tráfico de las
indulgencias aunque sin detenerlo del todo. Todavía estaba Zuinglio en
Einsiedeln cuando Samsón se presentó con su mercadería en una población vecina.
Enterándose de su misión, el reformador trató inmediatamente de oponérsele. No
se encontraron frente a frente, pero fue tan completo el éxito de Zuinglio al
exponer las pretensiones del fraile, que éste se vio obligado a dejar aquel
lugar y tomar otro rumbo.
En Zurich predicó Zuinglio con ardor contra estos
monjes traficantes en perdón, y cuando Samsón se acercó a dicha ciudad le salió
al encuentro un mensajero enviado por el concejo para ordenarle que no entrara.
No obstante, logró al fin introducirse por estratagema, pero a poco le
despidieron sin que hubiese vendido ni un solo perdón y no tardó en abandonar a
Suiza.
Un fuerte impulso recibió la Reforma con la aparición
de la peste o "gran mortandad," que azotó a Suiza en el año 1519. Al
verse los hombres cara a cara con la muerte, se convencían de cuán vanos e
inútiles eran los perdones que habían comprado poco antes, y ansiaban tener un
fundamento más seguro sobre el cual basar su fe. Zuinglio se contagió en Zurich
y se agravó de tal modo que se perdió toda esperanza de salvarle y circuló por
muchos lugares el rumor de que había muerto. En aquella hora de prueba su valor
y su esperanza no vacilaron. Miraba con los ojos de la fe hacia la cruz del
Calvario y confió en la propiciación absoluta allí alcanzada para perdón de los
pecados. Cuando volvió a la vida después de haberse visto a las puertas del
sepulcro, se dispuso a predicar el Evangelio con más fervor que nunca antes, y
sus palabras iban revestidas de nuevo poder. El pueblo dio la bienvenida con
regocijo a su amado pastor que volvía de los umbrales de la muerte. Ellos
mismos habían tenido que atender a enfermos y moribundos, y reconocían mejor
que antes el valor del Evangelio.
Zuinglio había alcanzado ya un conocimiento más claro
de las verdades de éste y experimentaba mejor en sí mismo su poder regenerador.
La caída del hombre y el plan de redención eran los temas en los cuales se
espaciaba. "En Adán- decía él -todos somos muertos, hundidos en corrupción
y en condenación." -Wylie, lib. 8, cap. 9. Pero "Jesucristo . . . nos
ha dado una redención que no tiene fin.... Su muerte aplaca continuamente la
justicia divina en favor de todos aquellos que se acogen a aquel sacrificio con
fe firme e inconmovible." Y explicaba que el hombre no podía disfrutar de
la gracia de Cristo, si seguía en el pecado. "Donde se cree en Dios, allí
está Dios; y donde está Dios, existe un celo que induce a obrar bien."
-D'Aubigné, lib. 8, cap. 9.
Creció tanto el interés en las predicaciones de
Zuinglio, que la catedral se llenaba materialmente con las multitudes de oyentes que acudían para
oírle. Poco a poco, a medida que podían soportarla, el predicador les exponía
la verdad. Cuidaba de no introducir, desde el principio, puntos que los
alarmasen y creasen en ellos prejuicios. Su obra era ganar sus corazones a las
enseñanzas de Cristo, enternecerlos con su amor y hacerles tener siempre
presente su ejemplo; y a medida que recibieran los principios del Evangelio,
abandonarían inevitablemente sus creencias y prácticas supersticiosas.
Paso a paso avanzaba la Reforma en Zurich. Alarmados,
los enemigos se levantaron en activa oposición. Un año antes, el fraile de
Wittenberg había lanzado su "No" al papa y al emperador en Worms, y
ahora todo parecía indicar que también en Zurich iba a haber oposición a las
exigencias del papa. Fueron dirigidos repetidos ataques contra Zuinglio. En los
cantones que reconocían al papa, de vez en cuando algunos discípulos del
Evangelio eran entregados a la hoguera, pero esto no bastaba; el que enseñaba
la herejía debía ser amordazado. Por lo tanto, el obispo de Constanza envió
tres diputados al concejo de Zurich, para acusar a Zuinglio de enseñar al
pueblo a violar las leyes de la iglesia, con lo que trastornaba la paz y el buen
orden de la sociedad. Insistía él en que si se menospreciaba la suprema
autoridad de la iglesia, vendría como consecuencia una anarquía general.
Zuinglio replicó que por cuatro años había estado predicando el Evangelio en
Zurich, "y que la ciudad estaba más tranquila que cualquiera otra ciudad
de la confederación." Preguntó: "¿No es, por tanto, el cristianismo
la mejor salvaguardia para la seguridad general ?" -Wylie, lib. 8, cap.
II.
Los diputados habían exhortado a los concejales a que
no abandonarán la iglesia, porque, fuera de ella, decían, no hay salvación.
Zuinglio replicó: "¡Que esta acusación no os conmueva! El fundamento de la
iglesia es aquella piedra de Jesucristo, cuyo nombre dio a Pedro por haberle
confesado fielmente. En toda nación el que cree de corazón en el Señor Jesús se
salva. Fuera de esta iglesia, y no de la de Roma, es donde nadie puede
salvarse." -D'Aubigné, lib. 8, cap. II. Como resultado de la conferencia,
uno de los diputados del obispo se convirtió a la fe reformada.
El concejo se abstuvo de proceder contra Zuinglio, y
Roma se preparó para un nuevo ataque. Cuando el reformador se vio amenazado por los planes de sus enemigos,
exclamó: "¡Que vengan contra mí! Yo los temo lo mismo que un peñasco
escarpado teme las olas que se estrellan a sus
pies." -Wylie, lib. 8, cap. II. Los esfuerzos de los eclesiásticos
sólo sirvieron para adelantar la causa que
querían aniquilar. La verdad seguía cundiendo. En Alemania, los
adherentes abatidos por la desaparición
inexplicable de Lutero, cobraron nuevo aliento al notar los progresos
del Evangelio en Suiza.
A medida que la Reforma se fue afianzando en Zurich,
se vieron más claramente sus frutos en la supresión del vicio y en el dominio
del orden y de la armonía. "La paz tiene su habitación en nuestro pueblo
-escribía Zuinglio;- no hay disputas, ni hipocresías, ni envidias, ni
escándalos. ¿De dónde puede venir tal unión sino del Señor y de la doctrina que
enseñamos, la cual nos colma de los frutos de la piedad y de la paz?"
-Id., cap. 15.
Las victorias obtenidas por la Reforma indujeron a
los romanistas a hacer esfuerzos más resueltos para dominarla. Viendo cuán poco habían logrado con la persecución
para suprimir la obra de Lutero en Alemania, decidieron atacar a la Reforma con
sus mismas armas. Sostendrían una discusión con Zuinglio y encargándose de los
asuntos se asegurarían el triunfo al elegir no sólo el lugar en que se llevaría
a efecto el acto, sino también los jueces que decidirían de parte de quién
estaba la verdad. Si lograban por una vez tener a Zuinglio en su poder,
tendrían mucho cuidado de que no se les escapase. Una vez acallado el jefe,
todo el movimiento sería pronto aplastado. Este plan, por supuesto, se mantuvo
en la mayor reserva.
El punto señalado para el debate fue Baden, pero
Zuinglio no concurrió. El concejo de Zurich, sospechando los designios de los
papistas, y advertido del peligro por las horrendas piras que habían sido
encendidas ya en los cantones papistas para los confesores del Evangelio, no
permitió que su pastor se expusiera a este peligro. En Zurich estaba siempre
listo para recibir a todos los partidarios de Roma que ésta pudiera enviar; pero
ir a Baden, donde poco antes se había derramado la sangre de los martirizados
por causa de la verdad, era lo mismo que exponerse a una muerte segura.
Ecolampadio y Haller fueron elegidos para representar a los reformadores, en
tanto que el famoso doctor Eck, sostenido por un ejército de sabios doctores y
prelados, era el campeón de Roma.
Aunque Zuinglio no estaba presente en aquella
conferencia, ejerció su influencia en ella. Los secretarios todos fueron
elegidos por los papistas, y a todos los demás se les prohibió que sacasen
apuntes, so pena de muerte. A pesar de esto, Zuinglio recibía cada día un
relato fiel de cuanto se decía en Baden. Un estudiante que asistía al debate,
escribía todas las tardes cuantos argumentos habían sido presentados, y otros
dos estudiantes se encargaban de llevar a Zuinglio estos papeles, juntamente
con cartas de Ecolampadio. El reformador contestaba dando consejos y
proponiendo ideas. Escribía sus cartas durante la noche y por la mañana los
estudiantes regresaban con ellas a Baden. Para burlar la vigilancia de la
guardia en las puertas de la ciudad, estos mensajeros llevaban en la cabeza sendos
canastos con aves de corral, de modo que se les dejaba entrar sin inconveniente
alguno.
Así sostuvo Zuinglio la batalla contra sus astutos
antagonistas: "Ha trabajado más -decía Miconius,- meditando y
desvelándose, y transmitiendo sus opiniones a Baden, de lo que hubiera hecho
disputando en medio de sus enemigos." - D'Aubigné, lib. II, cap. 13.
Los romanistas, engreídos con el triunfo que
esperaban por anticipado, habían llegado a Baden luciendo sus más ricas
vestiduras y brillantes joyas. Se regalaban a cuerpo de rey, cubrían sus mesas
con las viandas más preciadas y delicadas y con los vinos más selectos.
Aliviaban la carga de sus obligaciones eclesiásticas con banqueteos y
regocijos. Los reformadores presentaban un pronunciado contraste, y el pueblo
los miraba casi como una compañía de pordioseros, cuyas comidas frugales los
detenían muy poco frente a la mesa. El mesonero de Ecolampadio, que tenía
ocasión de espiarlo en su habitación, le veía siempre ocupado en el estudio o
en la oración y declaró admirado que el hereje era "muy piadoso."
En la conferencia, "Eck subía orgullosamente a
un púlpito soberbiamente decorado, en tanto que el humilde Ecolampadio,
pobremente vestido, estaba obligado a sentarse frente a su adversario en tosca
plataforma." -Ibid. La voz estentórea de aquél y la seguridad de que se
sentía poseído, nunca le abandonaron. Su celo era estimulado tanto por la
esperanza del oro como por la de la fama; porque el defensor de la fe iba a ser
recompensado con una hermosa cantidad. A falta de mejores argumentos, recurría
a insultos y aun blasfemias.
Ecolampadio, modesto y desconfiado de sí mismo, había
rehuído el combate, y entró en él con esta solemne declaración: "No
reconozco otra norma de juicio que la Palabra de Dios."-Ibid. Si bien de
carácter manso y de modales corteses, demostró capacidad y entereza. En tanto
que los romanistas, según su costumbre, apelaban a las tradiciones de la
iglesia, el reformador se adhería firmemente a las Escrituras. "En nuestra
Suiza -dijo- las tradiciones carecen de fuerza a no ser que estén de acuerdo
con la constitución; y en asuntos de fe, la Biblia es nuestra única
constitución." -Ibid.
El contraste entre ambos contendientes no dejó de
tener su efecto. La serena e inteligente argumentación del reformador, el cual
se expresaba con tan noble mansedumbre y modestia, impresionó a los que veían
con desagrado las orgullosas pretensiones de Eck.
El debate se prolongó durante dieciocho días. Al
terminarlo los papistas cantaron victoria con gran confianza, y la dieta
declaró vencidos a los reformadores y todos ellos, con Zuinglio, su jefe,
separados de la iglesia. Pero los resultados de esta conferencia revelaron de
qué parte estuvo el triunfo. El debate tuvo por consecuencia un gran impulso de
la causa protestante, y no mucho después las importantes ciudades de Berna y
Basilea se declararon en favor de la Reforma. CAPÍTULO 9. Se Enciende una Luz
en Suiza
EN LA elección de los instrumentos que sirvieron para
reformar la iglesia se nota el mismo plan divino que en la de quienes la
establecieron. El Maestro celestial pasó por alto a los grandes de la tierra, a
los hombres que gozaban de reputación y de riquezas, y estaban acostumbrados a
recibir alabanzas y homenajes como caudillos del pueblo. Eran tan orgullosos y
tenían tanta confianza en la superioridad de que se jactaban, que no hubieran
podido amoldarse a simpatizar con sus semejantes ni convertirse en
colaboradores del humilde Nazareno. Fue a los indoctos y rudos pescadores de
Galilea a quienes dirigió él su llamamiento: "Venid en pos de mí, y os
haré pescadores de hombres." (S. Mateo 4: 19.) Estos sí que eran humildes
y dóciles. Cuanto menos habían sentido la influencia de las falsas doctrinas de
su tiempo, tanto más fácil era para Cristo instruirlos y educarlos para su
servicio. Otro tanto sucedió cuando la Reforma. Los principales reformadores
eran hombres de humilde condición y más ajenos que sus coetáneos a todo
sentimiento de orgullo de casta así como a la influencia del fanatismo
clerical. El plan de Dios es valerse de instrumentos humildes para la
realización de grandes fines. La gloria no se tributa entonces a los hombres,
sino a Aquel que obra por medio de ellos el querer y el hacer según su buena
voluntad.
Pocas semanas después que naciera Lutero en la cabaña
de un minero de Sajonia, nació Ulrico Zuinglio, en la choza de un pastor de los
Alpes. Las circunstancias de que Zuinglio se vio rodeado en su niñez y su
primera educación contribuyeron a prepararlo para su futura misión. Criado
entre bellezas naturales imponentes, quedó desde temprano impresionado 183 por
el sentimiento de la inmensidad, el poder y la majestad de Dios. La historia de
las hazañas que tuvieran por teatro sus montes natales inflamó las aspiraciones
de su juventud. Junto a su piadosa abuela oyó los pocos relatos bíblicos que
ella espigara entre las leyendas y tradiciones de la iglesia. Con verdadero
interés oía él hablar de los grandes hechos de los patriarcas y de los
profetas, de los pastores que velaban sobre sus ganados en los cerros de
Palestina donde los ángeles les hablaron del Niño de Belén y del Hombre del
Calvario.
Lo mismo que Juan Lutero, el padre de Zuinglio
deseaba dar educación a su hijo, para lo cual dejó éste su valle natal en
temprana edad. Su espíritu se desarrolló pronto, y resultó difícil saber dónde
podrían hallarle profesores competentes. A los trece años fue a Berna, que
poseía entonces la mejor escuela de Suiza. Sin embargo, surgió un peligro que
amenazaba dar en tierra con lo que de él se esperaba. Los frailes hicieron
esfuerzos muy resueltos para seducirlo a que entrara en un convento. Los monjes
franciscanos y los domínicos rivalizaban por ganarse el favor del pueblo, y al
efecto se esmeraban a porfía en el adorno de los templos, en la pompa de las
ceremonias y en lo atractivo de las reliquias y de las imágenes milagrosas.
Los dominicanos de Berna vieron que si les fuera
posible ganar a un joven de tanto talento obtendrían ganancias y honra. Su
tierna juventud, sus dotes de orador y escritor, y su genio musical y poético,
serían de más efecto que la pompa y el fausto desplegados en los servicios,
para atraer al pueblo y aumentar las rentas de su orden. Valiéndose de engaños
y lisonjas, intentaron inducir a Zuinglio a que entrara en su convento. Cuando
Lutero era estudiante se encerró voluntariamente en una celda y se habría
perdido para el mundo si la providencia de Dios no le hubiera libertado. No se
le dejó a Zuinglio correr el mismo riesgo. Supo providencialmente su padre
cuáles eran los designios de los frailes, y como no tenía intención de que su
hijo siguiera la vida indigna y holgazana de los monjes, vio que su utilidad
para el porvenir estaba 184 en inminente peligro, y le ordenó que regresara a
su casa sin demora.
El mandato fue obedecido; pero el joven no podía
sentirse contento por mucho tiempo en su valle natal, y pronto volvió a sus
estudios, yéndose a establecer después de algún tiempo en Basilea. En esta
ciudad fue donde Zuinglio oyó por primera vez el Evangelio de la gracia de
Dios. Wittenbach, profesor de idiomas antiguos, había sido llevado, en su
estudio del griego y del hebreo, al conocimiento de las Sagradas Escrituras, y
por su medio la luz divina esparcía sus rayos en las mentes de los estudiantes
que recibían de él enseñanza. Declaraba el catedrático que había una verdad más
antigua y de valor infinitamente más grande que las teorías enseñadas por los
filósofos y los escolásticos. Esta antigua verdad consistía en que la muerte de
Cristo era el único rescate del pecador. Estas palabras fueron para Zuinglio
como el primer rayo de luz que alumbra al amanecer.
Pronto fue llamado Zuinglio de Basilea, para entrar
en la que iba a ser la obra de su vida. Su primer campo de acción fue una
parroquia alpina no muy distante de su valle natal. Habiendo recibido las
órdenes sacerdotales, "se aplicó con ardor a investigar la verdad divina;
porque estaba bien enterado -dice un reformador de su tiempo- de cuánto deben
saber aquellos a quienes les está confiado el cuidado del rebaño del
Señor." -Wylie, lib. 8, cap. 5. A medida que escudriñaba las Escrituras,
más claro le resultaba el contraste entre las verdades en ellas encerradas y
las herejías de Roma. Se sometía a la Biblia y la reconocía como la Palabra de
Dios y única regla suficiente e infalible. Veía que ella debía ser su propio
intérprete. No se atrevía a tratar de explicar las Sagradas Escrituras para
sostener una teoría o doctrina preconcebida, sino que consideraba su deber
aprender lo que ellas enseñan directamente y de un modo evidente. Procuraba
valerse de toda ayuda posible para obtener un conocimiento correcto y pleno de
sus enseñanzas, e invocaba al Espíritu Santo, el cual, 185 declaraba él, quería
revelar la verdad a todos los que la investigasen con sinceridad y en oración.
"Las Escrituras -decía Zuinglio- vienen de Dios,
no del hombre. Y ese mismo Dios que brilla en ellas te dará a entender que las
palabras son de Dios. La Palabra de Dios . . . no puede errar. Es brillante, se
explica a sí misma, se descubre, ilumina el alma con toda salvación y gracia,
la consuela en Dios, y la humilla hasta que se anonada, se niega a sí misma, y
se acoge a Dios." Zuinglio mismo había experimentado la verdad de estas
palabras. Hablando de ello, escribió lo siguiente: "Cuando . . . comencé a
consagrarme enteramente a las Sagradas Escrituras, la filosofía y la teología
[escolástica] me suscitaban objeciones sin número, y al fin resolví dejar a un
lado todas estas quimeras y aprender las enseñanzas de Dios en toda su pureza,
tomándolas de su preciosa Palabra. Desde entonces pedí a Dios luz y las
Escrituras llegaron a ser mucho más claras para mí."-Id., cap. 6.
Zuinglio no había recibido de Lutero la doctrina que
predicaba. Era la doctrina de Cristo. "Si Lutero predica a Jesucristo
-decía el reformador suizo- hace lo que yo hago. Los que por su medio han
llegado al conocimiento de Jesucristo son más que los conducidos por mí. Pero
no importa. Yo no quiero llevar otro nombre que el de Jesucristo, de quien soy
soldado, y no reconozco otro jefe. No he escrito una sola palabra a Lutero, ni
Lutero a mí. Y ¿por qué? . . . Pues para que se viese de qué modo el Espíritu
de Dios está de acuerdo consigo mismo, ya que, sin acuerdo previo, enseñamos
con tanta uniformidad la doctrina de Jesucristo. "-D'Aubigné, lib. 8, cap.
9.
En 1516 fue llamado Zuinglio a predicar regularmente
en el convento de Einsiedeln, donde iba a ver más de cerca las corrupciones de
Roma y donde iba a ejercer como reformador una influencia que se dejaría sentir
más allá de sus Alpes natales. Entre los principales atractivos de Einsiedeln
había una virgen de la que se decía que estaba dotada del poder de 186 hacer milagros. Sobre la puerta de la abadía
estaba grabada esta inscripción: "Aquí se consigue plena remisión de todos
los pecados." -Id., cap. 5. En todo tiempo acudían peregrinos a visitar el
santuario de la virgen, pero en el día de la gran fiesta anual de su consagración
venían multitudes de toda Suiza y hasta de Francia y Alemania. Zuinglio, muy
afligido al ver estas cosas, aprovechó la oportunidad para proclamar la
libertad por medio del Evangelio a aquellas almas esclavas de la superstición.
"No penséis -decía- que Dios esté en este templo
de un modo más especial que en cualquier otro lugar de la creación. Sea la que
fuere la comarca que vosotros habitáis, Dios os rodea y os oye.... ¿Será acaso
con obras muertas, largas peregrinaciones, ofrendas, imágenes, la invocación de
la virgen o de los santos, con lo que alcanzaréis la gracia de Dios? . . . ¿De
qué sirve el conjunto de palabras de que formamos nuestras oraciones? ¿Qué
eficacia tienen la rica capucha del fraile, la cabeza rapada, hábito largo y
bien ajustado, y las zapatillas bordadas de oro? ¡Al corazón es a lo que Dios
mira, y nuestro corazón está lejos de Dios!" "Cristo -añadía,- que se
ofreció una vez en la cruz, es la hostia y la víctima que satisfizo eternamente
a Dios por los pecados de todos los fieles."- Ibid.
Muchos de los que le oían recibían con desagrado
estas enseñanzas. Era para ellos un amargo desengaño saber que su penoso viaje
era absolutamente inútil. No podían comprender el perdón que se les ofrecía de
gracia por medio de Cristo. Estaban conformes con el antiguo camino del cielo
que Roma les había marcado. Rehuían la perplejidad de buscar algo mejor. Era
más fácil confiar la salvación de sus almas a los sacerdotes y al papa que
buscar la pureza de corazón.
Otros, en cambio, recibieron con alegría las nuevas
de la redención por Cristo. Las observancias establecidas por Roma no habían
infundido paz a su alma y, llenos de fe, aceptaban la sangre del Salvador en
propiciación por sus pecados. Estos 187 regresaron a sus hogares para revelar a
otros la luz preciosa que habían recibido. Así fue llevada la verdad de aldea
en aldea, de pueblo en pueblo, y el número de peregrinos que iban al santuario
de la virgen, disminuyó notablemente. Menguaron las ofrendas, y en consecuencia
la prebenda de Zuinglio menguó también, porque de aquéllas sacaba su
subsistencia. Pero sentíase feliz al ver quebrantarse el poder del fanatismo y
de la superstición.
Las autoridades de la iglesia no ignoraban la obra
que Zuinglio estaba realizando, pero en aquel momento no pensaron intervenir.
Abrigaban todavía la esperanza de ganarlo para su causa y se esforzaron en
conseguirlo por medio de agasajos; entre tanto la verdad fue ganando terreno y
extendiéndose en los corazones del pueblo.
Los trabajos de Zuinglio en Einsiedeln le prepararon
para una esfera de acción más amplia en la cual pronto iba a entrar. Pasados
tres años, fue llamado a desempeñar el cargo de predicador en la catedral de
Zurich. Era esta ciudad en aquel entonces la más importante de la confederación
suiza, y la influencia que el predicador pudiera ejercer en ella debía tener un
radio más extenso. Pero los eclesiásticos que le habían llamado a Zurich,
deseosos de evitar sus innovaciones, procedieron a darle instrucciones acerca
de sus deberes.
"Pondréis todo vuestro cuidado -le dijeron- en
recaudar las rentas del cabildo, sin descuidar siquiera las de menor cuantía.
Exhortaréis a los fieles, ya desde el púlpito, ya en el confesonario, a que
paguen los censos y los diezmos, y a que muestren con sus ofrendas cuánto aman
a la iglesia. Procuraréis multiplicar las rentas procedentes de los enfermos,
de las misas, y en general de todo acto eclesiástico." "Respecto a la
administración de los sacramentos, a la predicación y a la vigilancia requerida
para apacentar la grey, son también deberes del cura párroco. No obstante,
podéis descargaros de esta última parte de vuestro ministerio tomando un
vicario substituto, sobre todo para la predicación. Vos no debéis administrar
188 los sacramentos sino a los más
notables, y sólo después que os lo hayan pedido; os está prohibido
administrarlos sin distinción de personas." -Id., cap. 6.
Zuinglio oyó en silencio estas explicaciones, y en
contestación, después de haber expresado su gratitud por el honor que le habían
conferido al haberle llamado a tan importante puesto, procedió a explicar el
plan de trabajo que se había propuesto adoptar. "La vida de Jesús -dijo-
ha estado demasiado tiempo oculta al pueblo. Me propongo predicar sobre todo el
Evangelio según San Mateo, . . . ciñéndome a la fuente de la Sagrada Escritura,
escudriñándola y comparándola con ella misma, buscando su inteligencia por
medio de ardientes y constantes oraciones. A la gloria de Dios, a la alabanza
de su único Hijo, a la pura salvación de las almas, y a su instrucción en la
verdadera fe, es a lo que consagraré mi ministerio." -Ibid. Aunque algunos
de los eclesiásticos desaprobaron este plan y procuraron disuadirle de
adoptarlo, Zuinglio se mantuvo firme. Declaró que no iba a introducir un método
nuevo, sino el antiguo método empleado por la iglesia en lo pasado, en tiempos
de mayor pureza religiosa.
Ya se había despertado el interés de los que
escuchaban las verdades que él enseñaba, y el pueblo se reunía en gran número a
oír la predicación. Muchos que desde hacía tiempo habían dejado de asistir a
los oficios, se hallaban ahora entre sus oyentes. Inició Zuinglio su ministerio
abriendo los Evangelios y leyendo y explicando a sus oyentes la inspirada
narración de la vida, doctrina y muerte de Cristo. En Zurich, como en
Einsiedeln, presentó la Palabra de Dios como la única autoridad infalible, y
expuso la muerte de Cristo como el solo sacrificio completo. "Es a
Jesucristo -dijo- a quien deseo conduciros; a Jesucristo, verdadero manantial
de salud."- Ibid. En torno del predicador se reunían multitudes de
personas de todas las clases sociales, desde los estadistas y los estudiantes,
hasta los artesanos y los campesinos. Escuchaban sus palabras con el más
profundo interés. El no proclamaba 189 tan sólo el ofrecimiento de una
salvación gratuita, sino que denunciaba sin temor los males y las corrupciones
de la época. Muchos regresaban de la catedral dando alabanzas a Dios.
"¡Este, decían, es un predicador de verdad! él será nuestro Moisés, para
sacarnos de las tinieblas de Egipto." -Ibid.
Pero, por más que al principio fuera su obra acogida
con entusiasmo, vino al fin la oposición. Los frailes se propusieron estorbar
su obra y condenar sus enseñanzas. Muchos le atacaron con burlas y sátiras;
otros le lanzaron insolencias y amenazas. Empero Zuinglio todo lo soportaba con
paciencia, diciendo: "Si queremos convertir a Jesucristo a los malos, es
menester cerrar los ojos a muchas cosas." -ibid. Por aquel tiempo un nuevo
agente vino a dar impulso a la obra de la Reforma. Un amigo de ésta mandó a
Zurich a un tal Luciano que llevaba consigo varios de los escritos de Lutero.
Este amigo, residente en Basilea, había pensado que la venta de estos libros
sería un poderoso auxiliar para la difusión de la luz. "Averiguad -dijo a
Zuinglio en una carta- si Luciano posee bastante prudencia y habilidad; si así
es, mandadle de villa en villa, de lugar en lugar, y aun de casa en casa entre
los suizos, con los escritos de Lutero, y en particular con la exposición de la
oración dominical escrita para los seglares. Cuanto más conocidos sean, tantos
más compradores hallarán." -ibid. De este modo se esparcieron los rayos de
luz.
Cuando Dios se dispone a quebrantar las cadenas de la
ignorancia y de la superstición, es cuando Satanás trabaja con mayor esfuerzo
para sujetar a los hombres en las tinieblas, y para apretar aun más las
ataduras que los tienen sujetos. A medida que se levantaban en diferentes
partes del país hombres que presentaban al pueblo el perdón y la justificación
por medio de la sangre de Cristo, Roma procedía con nueva energía a abrir su
comercio por toda la cristiandad, ofreciendo el perdón a cambio de dinero.
Cada pecado tenía su precio, y se otorgaba a los
hombres licencia para cometer crímenes, con tal que abundase el dinero 190 en
la tesorería de la iglesia. De modo que seguían adelante dos movimientos: uno
que ofrecía el perdón de los pecados por dinero, y el otro que lo ofrecía por
medio de Cristo; Roma que daba licencia para pecar, haciendo de esto un recurso
para acrecentar sus rentas, y los reformadores que condenaban el pecado y
señalaban a Cristo como propiciación y Redentor.
En Alemania la venta de indulgencias había sido
encomendada a los domínicos y era dirigida por el infame Tetzel. En Suiza el
tráfico fue puesto en manos de los franciscanos, bajo la dirección de un fraile
italiano llamado Samsón. Había prestado éste ya buenos servicios a la iglesia y
reunido en Suiza y Alemania grandes cantidades para el tesoro del papa. Cruzaba
entonces a Suiza, atrayendo a grandes multitudes, despojando a los pobres
campesinos de sus escasas ganancias y obteniendo ricas ofrendas entre los
ricos. Pero la influencia de la Reforma hacía disminuir el tráfico de las
indulgencias aunque sin detenerlo del todo. Todavía estaba Zuinglio en
Einsiedeln cuando Samsón se presentó con su mercadería en una población vecina.
Enterándose de su misión, el reformador trató inmediatamente de oponérsele. No
se encontraron frente a frente, pero fue tan completo el éxito de Zuinglio al
exponer las pretensiones del fraile, que éste se vio obligado a dejar aquel
lugar y tomar otro rumbo.
En Zurich predicó Zuinglio con ardor contra estos
monjes traficantes en perdón, y cuando Samsón se acercó a dicha ciudad le salió
al encuentro un mensajero enviado por el concejo para ordenarle que no entrara.
No obstante, logró al fin introducirse por estratagema, pero a poco le
despidieron sin que hubiese vendido ni un solo perdón y no tardó en abandonar a
Suiza.
Un fuerte impulso recibió la Reforma con la aparición
de la peste o "gran mortandad," que azotó a Suiza en el año 1519. Al
verse los hombres cara a cara con la muerte, se convencían de cuán vanos e
inútiles eran los perdones que habían comprado poco antes, y ansiaban tener un
fundamento más seguro 191 sobre el cual basar su fe. Zuinglio se contagió en
Zurich y se agravó de tal modo que se perdió toda esperanza de salvarle y
circuló por muchos lugares el rumor de que había muerto. En aquella hora de
prueba su valor y su esperanza no vacilaron. Miraba con los ojos de la fe hacia
la cruz del Calvario y confió en la propiciación absoluta allí alcanzada para
perdón de los pecados. Cuando volvió a la vida después de haberse visto a las
puertas del sepulcro, se dispuso a predicar el Evangelio con más fervor que
nunca antes, y sus palabras iban revestidas de nuevo poder. El pueblo dio la
bienvenida con regocijo a su amado pastor que volvía de los umbrales de la
muerte. Ellos mismos habían tenido que atender a enfermos y moribundos, y
reconocían mejor que antes el valor del Evangelio.
Zuinglio había alcanzado ya un conocimiento más claro
de las verdades de éste y experimentaba mejor en sí mismo su poder regenerador.
La caída del hombre y el plan de redención eran los temas en los cuales se
espaciaba. "En Adán- decía él -todos somos muertos, hundidos en corrupción
y en condenación." -Wylie, lib. 8, cap. 9. Pero "Jesucristo . . . nos
ha dado una redención que no tiene fin.... Su muerte aplaca continuamente la
justicia divina en favor de todos aquellos que se acogen a aquel sacrificio con
fe firme e inconmovible." Y explicaba que el hombre no podía disfrutar de
la gracia de Cristo, si seguía en el pecado. "Donde se cree en Dios, allí
está Dios; y donde está Dios, existe un celo que induce a obrar bien."
-D'Aubigné, lib. 8, cap. 9.
Creció tanto el interés en las predicaciones de
Zuinglio, que la catedral se llenaba materialmente con las multitudes de oyentes que acudían para
oírle. Poco a poco, a medida que podían soportarla, el predicador les exponía
la verdad. Cuidaba de no introducir, desde el principio, puntos que los
alarmasen y creasen en ellos prejuicios. Su obra era ganar sus corazones a las
enseñanzas de Cristo, enternecerlos con su amor y hacerles tener siempre
presente su ejemplo; y a medida 192 que recibieran los principios del
Evangelio, abandonarían inevitablemente sus creencias y prácticas supersticiosas.
Paso a paso avanzaba la Reforma en Zurich. Alarmados,
los enemigos se levantaron en activa oposición. Un año antes, el fraile de
Wittenberg había lanzado su "No" al papa y al emperador en Worms, y
ahora todo parecía indicar que también en Zurich iba a haber oposición a las
exigencias del papa. Fueron dirigidos repetidos ataques contra Zuinglio. En los
cantones que reconocían al papa, de vez en cuando algunos discípulos del
Evangelio eran entregados a la hoguera, pero esto no bastaba; el que enseñaba
la herejía debía ser amordazado. Por lo tanto, el obispo de Constanza envió
tres diputados al concejo de Zurich, para acusar a Zuinglio de enseñar al
pueblo a violar las leyes de la iglesia, con lo que trastornaba la paz y el
buen orden de la sociedad. Insistía él en que si se menospreciaba la suprema
autoridad de la iglesia, vendría como consecuencia una anarquía general.
Zuinglio replicó que por cuatro años había estado predicando el Evangelio en
Zurich, "y que la ciudad estaba más tranquila que cualquiera otra ciudad
de la confederación." Preguntó: "¿No es, por tanto, el cristianismo
la mejor salvaguardia para la seguridad general ?" -Wylie, lib. 8, cap.
II.
Los diputados habían exhortado a los concejales a que
no abandonarán la iglesia, porque, fuera de ella, decían, no hay salvación.
Zuinglio replicó: "¡Que esta acusación no os conmueva! El fundamento de la
iglesia es aquella piedra de Jesucristo, cuyo nombre dio a Pedro por haberle
confesado fielmente. En toda nación el que cree de corazón en el Señor Jesús se
salva. Fuera de esta iglesia, y no de la de Roma, es donde nadie puede
salvarse." -D'Aubigné, lib. 8, cap. II. Como resultado de la conferencia,
uno de los diputados del obispo se convirtió a la fe reformada.
El concejo se abstuvo de proceder contra Zuinglio, y
Roma se preparó para un nuevo ataque. Cuando el reformador se vio amenazado por los planes de sus enemigos,
exclamó: "¡Que 193 vengan contra mí! Yo los temo lo mismo que un peñasco
escarpado teme las olas que se estrellan a sus
pies." -Wylie, lib. 8, cap. II. Los esfuerzos de los eclesiásticos
sólo sirvieron para adelantar la causa que
querían aniquilar. La verdad seguía cundiendo. En Alemania, los
adherentes abatidos por la desaparición
inexplicable de Lutero, cobraron nuevo aliento al notar los progresos del
Evangelio en Suiza.
A medida que la Reforma se fue afianzando en Zurich,
se vieron más claramente sus frutos en la supresión del vicio y en el dominio
del orden y de la armonía. "La paz tiene su habitación en nuestro pueblo
-escribía Zuinglio;- no hay disputas, ni hipocresías, ni envidias, ni
escándalos. ¿De dónde puede venir tal unión sino del Señor y de la doctrina que
enseñamos, la cual nos colma de los frutos de la piedad y de la paz?"
-Id., cap. 15.
Las victorias obtenidas por la Reforma indujeron a los
romanistas a hacer esfuerzos más resueltos para dominarla. Viendo cuán poco habían logrado con la persecución
para suprimir la obra de Lutero en Alemania, decidieron atacar a la Reforma con
sus mismas armas. Sostendrían una discusión con Zuinglio y encargándose de los
asuntos se asegurarían el triunfo al elegir no sólo el lugar en que se llevaría
a efecto el acto, sino también los jueces que decidirían de parte de quién
estaba la verdad. Si lograban por una vez tener a Zuinglio en su poder,
tendrían mucho cuidado de que no se les escapase. Una vez acallado el jefe,
todo el movimiento sería pronto aplastado. Este plan, por supuesto, se mantuvo
en la mayor reserva.
El punto señalado para el debate fue Baden, pero
Zuinglio no concurrió. El concejo de Zurich, sospechando los designios de los
papistas, y advertido del peligro por las horrendas piras que habían sido
encendidas ya en los cantones papistas para los confesores del Evangelio, no
permitió que su pastor se expusiera a este peligro. En Zurich estaba siempre
listo para recibir a todos los partidarios de Roma que ésta pudiera enviar; 194
pero ir a Baden, donde poco antes se había derramado la sangre de los
martirizados por causa de la verdad, era lo mismo que exponerse a una muerte
segura. Ecolampadio y Haller fueron elegidos para representar a los
reformadores, en tanto que el famoso doctor Eck, sostenido por un ejército de
sabios doctores y prelados, era el campeón de Roma.
Aunque Zuinglio no estaba presente en aquella
conferencia, ejerció su influencia en ella. Los secretarios todos fueron
elegidos por los papistas, y a todos los demás se les prohibió que sacasen
apuntes, so pena de muerte. A pesar de esto, Zuinglio recibía cada día un
relato fiel de cuanto se decía en Baden. Un estudiante que asistía al debate,
escribía todas las tardes cuantos argumentos habían sido presentados, y otros
dos estudiantes se encargaban de llevar a Zuinglio estos papeles, juntamente
con cartas de Ecolampadio. El reformador contestaba dando consejos y
proponiendo ideas. Escribía sus cartas durante la noche y por la mañana los
estudiantes regresaban con ellas a Baden. Para burlar la vigilancia de la
guardia en las puertas de la ciudad, estos mensajeros llevaban en la cabeza
sendos canastos con aves de corral, de modo que se les dejaba entrar sin
inconveniente alguno.
Así sostuvo Zuinglio la batalla contra sus astutos
antagonistas: "Ha trabajado más -decía Miconius,- meditando y
desvelándose, y transmitiendo sus opiniones a Baden, de lo que hubiera hecho
disputando en medio de sus enemigos." - D'Aubigné, lib. II, cap. 13.
Los romanistas, engreídos con el triunfo que
esperaban por anticipado, habían llegado a Baden luciendo sus más ricas
vestiduras y brillantes joyas. Se regalaban a cuerpo de rey, cubrían sus mesas
con las viandas más preciadas y delicadas y con los vinos más selectos.
Aliviaban la carga de sus obligaciones eclesiásticas con banqueteos y
regocijos. Los reformadores presentaban un pronunciado contraste, y el pueblo
los miraba casi como una compañía de pordioseros, cuyas comidas frugales los
detenían muy poco frente a la mesa. El mesonero 195 de Ecolampadio, que tenía
ocasión de espiarlo en su habitación, le veía siempre ocupado en el estudio o
en la oración y declaró admirado que el hereje era "muy piadoso."
En la conferencia, "Eck subía orgullosamente a
un púlpito soberbiamente decorado, en tanto que el humilde Ecolampadio,
pobremente vestido, estaba obligado a sentarse frente a su adversario en tosca
plataforma." -Ibid. La voz estentórea de aquél y la seguridad de que se
sentía poseído, nunca le abandonaron. Su celo era estimulado tanto por la
esperanza del oro como por la de la fama; porque el defensor de la fe iba a ser
recompensado con una hermosa cantidad. A falta de mejores argumentos, recurría
a insultos y aun blasfemias.
Ecolampadio, modesto y desconfiado de sí mismo, había
rehuído el combate, y entró en él con esta solemne declaración: "No
reconozco otra norma de juicio que la Palabra de Dios."-Ibid. Si bien de
carácter manso y de modales corteses, demostró capacidad y entereza. En tanto
que los romanistas, según su costumbre, apelaban a las tradiciones de la
iglesia, el reformador se adhería firmemente a las Escrituras. "En nuestra
Suiza -dijo- las tradiciones carecen de fuerza a no ser que estén de acuerdo con
la constitución; y en asuntos de fe, la Biblia es nuestra única
constitución." -Ibid.
El contraste entre ambos contendientes no dejó de
tener su efecto. La serena e inteligente argumentación del reformador, el cual
se expresaba con tan noble mansedumbre y modestia, impresionó a los que veían
con desagrado las orgullosas pretensiones de Eck.
El debate se prolongó durante dieciocho días. Al terminarlo los papistas cantaron victoria con gran confianza, y la dieta declaró vencidos a los reformadores y todos ellos, con Zuinglio, su jefe, separados de la iglesia. Pero los resultados de esta conferencia revelaron de qué parte estuvo el triunfo. El debate tuvo por consecuencia un gran impulso de la causa protestante, y no mucho después las importantes ciudades de Berna y Basilea se declararon en favor de la Reforma.