CAPÍTULO
32. ¿Quiénes Son los Ángeles?
LA RELACIÓN entre el mundo visible y el invisible, el
ministerio de los ángeles de Dios y la influencia o intervención de los
espíritus malos, son asuntos claramente revelados en las Sagradas Escrituras y
como indisolublemente entretejidos con la historia humana. Nótase en nuestros días una tendencia
creciente a no creer en la existencia de los malos espíritus, mientras que por
otro lado muchas personas ven espíritus de seres humanos difuntos en los santos
ángeles, que son "enviados para" servir a "los que han de
heredar la salvación." (Hebreos 1: 14, V.M.) Pero las Escrituras no sólo
enseñan la existencia de los ángeles, tanto buenos como malos, sino que
contienen pruebas terminantes de que éstos no son espíritus desencarnados de
hombres que hayan dejado de existir.
Antes de la creación del hombre, había ya ángeles;
pues cuando los cimientos de la tierra fueron echados, a una "las
estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban todos los hijos de
Dios." (Job 38: 7.) Después de la caída del hombre, fueron enviados
ángeles para guardar el árbol de la vida, y esto antes que ningún ser humano
hubiese fallecido. Los ángeles son por
naturaleza superiores al hombre, pues el salmista refiriéndose a éste, dice:
"Algo menor lo hiciste que los ángeles." (Salmo 8: 6, V.B.- Cantera, vers. 5 en V. Valera.)
Las Santas Escrituras nos dan información acerca del
número, del poder y de la gloria de los seres celestiales, de su relación con
el gobierno de Dios y también con la obra de redención. "Jehová afirmó en los cielos su trono;
y su reino domina sobre todos." Y el profeta dice: "Oí voz de muchos
ángeles alrededor del trono." Ellos sirven en la sala del trono del Rey de
los reyes- "ángeles, poderosos en fortaleza," "ministros
suyos," que hacen "su voluntad," "obedeciendo a la voz de
su precepto." (Salmo 103:19-21; Apocalipsis 5:11.) Millones de millones y
millares de millares era el número de los mensajeros, celestiales vistos por el
profeta Daniel. El apóstol Pablo habla
de "las huestes innumerables de ángeles." (Hebreos 12:22, V.M.) Como
mensajeros de Dios, iban y volvían "a semejanza de relámpagos"
(Ezequiel 1: 14), tan deslumbradora es su gloria y tan veloz su vuelo. El ángel que apareció en la tumba del Señor,
y cuyo "aspecto era como un relámpago y su vestido blanco como la
nieve," hizo que los guardias temblaran de miedo y quedaran "como
muertos." (S. Mateo 28: 3, 4.)
Cuando Senaquerib, el insolente monarca asirio, blasfemó e insultó a Dios y
amenazó destruir a Israel, "aconteció que en aquella misma noche salió un
ángel de Jehová, e hirió en el campamento de los Asirios ciento ochenta y cinco
mil hombres." El ángel "destruyó a todos los hombres fuertes y
valerosos, con los príncipes y los capitanes" del ejército de Senaquerib,
quien "volvió con rostro avergonzado a su propia tierra." (2 Reyes
19: 35; 2 Crónicas 32: 21 V.M.)
Los ángeles son enviados a los hijos de Dios con
misiones de misericordia. Visitaron a
Abrahán con promesas de bendición; al justo Lot, para rescatarle de las llamas
de Sodoma; a Elías, cuando estaba por morir de cansancio y hambre en el
desierto; a Eliseo, con carros y caballos de fuego que circundaban la pequeña
ciudad donde estaba encerrado por sus enemigos; a Daniel, cuando imploraba la
sabiduría divina en la corte de un rey pagano, o en momentos en que iba a ser
presa de los leones; a San Pedro, condenado a muerte en la cárcel de Herodes; a
los presos de Filipos; a San Pablo y a sus compañeros, en la noche tempestuosa
en el mar; a Cornelio, para hacerle comprender el Evangelio, a San Pedro, para
mandarlo con el mensaje de salvación al extranjero gentil. Así fue como, en todas las edades, los
santos ángeles ejercieron su ministerio en beneficio del pueblo de Dios.
Cada discípulo de Cristo tiene su ángel guardián
respectivo. Estos centinelas celestiales protegen a los justos del poder del
maligno. Así lo reconoció el mismo Satanás cuando dijo: "Teme Job a Dios
de balde? ¿No le has tu cercado a él y a su casa, y a todo lo que tiene en
derredor" (Job 1: 9, 10.) El medio de que Dios se vale para proteger a su
pueblo está indicado en las palabras del salmista: "El ángel de Jehová
acampa en derredor de los que le temen, y los defiende." (Salmo 34: 7.)
Hablando de los que creen en él, el Salvador dijo: "Mirad no tengáis en poco
a alguno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven
siempre la faz de mi Padre." (S.
Mateo 18: 10.) Los ángeles encargados de atender a los hijos de Dios
tienen: a toda hora acceso cerca de él.
Así que, aunque expuesto al poder engañoso y a la
continua malicia del príncipe de las tinieblas y en conflicto con todas las
fuerzas del mal, el pueblo de Dios tiene siempre asegurada la protección de los
ángeles del cielo. Y esta protección no
es superflua. Si Dios concedió a sus
hijos su gracia y su amparo, es porque deben hacer frente a las temibles
potestades del mal, potestades múltiples, audaces e incansables, cuya
malignidad y poder nadie puede ignorar o despreciar impunemente.
Los espíritus malos, creados en un principio sin pecado, eran iguales, por naturaleza, poder
y gloria, a los seres santos que son ahora mensajeros de Dios. Pero una vez caídos por el pecado, se
coligaron para deshonrar a Dios y acabar, con los hombres. Unidos con Satanás en su rebeldía y
arrojados del cielo con él, han sido desde entonces, en el curso de los siglos,
sus cómplices en la guerra empezada
contra la autoridad divina. Las
Sagradas Escrituras nos hablan de su unión y de su gobierno de sus diversas órdenes, de su inteligencia
y astucia, como también de sus
propósitos malévolos contra la paz y la
felicidad de los hombres.
La historia del Antiguo Testamento menciona a veces
su existencia y su actuación pero fue durante el tiempo que Cristo estuvo en la
tierra cuando los espíritus malos dieron las más sorprendentes pruebas de su
poder. Cristo había venido 568 para
cumplir el plan ideado para la redención del hombre, y Satanás resolvió afirmar
su derecho para gobernar al mundo. Había
logrado implantar la idolatría en toda la tierra, menos en Palestina. Cristo vino a derramar la luz del cielo
sobre el único país que no se había sometido al yugo del tentador. Dos poderes rivales pretendían la
supremacía. Jesús extendía sus brazos de
amor, invitando a todos los que querían encontrar en él perdón y paz. Las huestes de las tinieblas vieron que no
poseían un poder ilimitado, y comprendieron, que si la misión de Cristo tenía
éxito , pronto terminaría su reinado. Satanás se enfureció como león encadenado
y desplegó atrevidamente sus poderes tanto sobre los cuerpos como sobre las
almas de los hombres.
Que ciertos hombres hayan sido poseídos por demonios
está claramente expresado en el Nuevo Testamento. Las personas afligidas de tal suerte no sufrían únicamente de
enfermedades cuyas causas eran naturales.
Cristo tenía conocimiento perfecto de aquello con que tenía que
habérselas, y reconocía la presencia y acción directas de los espíritus malos.
Ejemplo sorprendente de su número, poder y
malignidad, como también del poder misericordioso de Cristo, lo encontramos en
el relato de la curación de los endemoniados de Gádara. Aquellos pobres desaforados, que burlaban
toda restricción y se retorcían, echando espumarajos por la boca, enfurecidos,
llenaban el aire con sus gritos, se maltrataban y ponían en peligro a cuantos se
acercaban a ellos. Sus cuerpos cubiertos de sangre y desfigurados,
sus mentes extraviadas, presentaban un espectáculo de los más agradables para
el príncipe de las tinieblas. Uno de
los demonios que dominaba a los enfermos, declaró: "Legión me llamo; porque
somos muchos." (S. Marcos 5: 9.) En el ejército romano una legión se
componía de tres a cinco mil hombres.
Las huestes de Satanás están también organizadas en compañías, y la
compañía a la cual pertenecían estos demonios correspondía ella sola en número
por lo menos a una legión.
Al mandato de Jesús, los espíritus malignos
abandonaron sus víctimas, dejándolas sentadas en calma a los pies del Señor,
sumisas, inteligentes y afables. Pero a
los demonios se les permitió despeñar una manada de cerdos en el mar; y los
habitantes de Gádara, estimando de más valor sus puercos que las bendiciones
que Dios había concedido, rogaron al divino Médico que se alejara. Tal era el resultado que Satanás deseaba
conseguir. Echando la culpa de la
pérdida sobre Jesús, despertó los temores egoístas del pueblo, y les impidió
escuchar sus palabras. Satanás acusa
continuamente a los cristianos de ser causa de pérdidas, desgracias y
padecimientos, en lugar de dejar recaer el oprobio sobre quienes lo merecen, es
decir, sobre sí mismo y sus agentes.
Pero los propósitos de Cristo no quedaron
frustrados. Permitió a los espíritus
malignos que destruyesen la manada de cerdos, como censura contra aquellos
judíos que, por amor al lucro, criaban esos animales inmundos. Si Cristo no hubiese contenido a los
demonios, habrían precipitado al mar no sólo los cerdos sino también a los
dueños y porqueros. La inmunidad de
éstos fue tan sólo debida a la intervención misericordiosa de Jesús. Por otra parte, el suceso fue permitido para
que los discípulos viesen el poder malévolo de Satanás sobre hombres y
animales, pues quería que sus discípulos conociesen al enemigo al que iban a
afrontar, para que no fuesen engañados y vencidos por sus artificios. Quería, además, que el pueblo de aquella
región viese que él, Jesús, tenía el poder de romper las ligaduras de Satanás y
libertar a sus cautivos. Y aunque Jesús
se alejó, los hombres tan milagrosamente libertados quedaron para proclamar la
misericordia de su Bienhechor.
Las Escrituras encierran otros ejemplos
semejantes. La hija de la mujer
sirofenicia estaba atormentada de un demonio al que Jesús echó fuera por su
palabra. (S. Marcos 7:26-30.) "Un
endemoniado, ciego y mudo" (S.
Mateo 12: 22); un joven que tenía un espíritu mudo, que a menudo le
arrojaba "en el fuego y en aguas,
para matarle" (S. Marcos 9:
17-27); el maníaco que, atormentado por el "espíritu de un demonio
inmundo" (S. Lucas 4:33-36),
perturbaba la tranquilidad del sábado en la sinagoga de Capernaum todos ellos
fueron curados por el compasivo Salvador.
En casi todos los casos Cristo se dirigía al demonio como a un ser
inteligente, ordenándole salir de su víctima y no atormentarla más. Al ver su gran poder, los adoradores
reunidos en Capernaum se asombraron,
"y hablaban unos a otros, diciendo: ¿Qué palabra es ésta? que con
autoridad y potencia manda a los espíritus inmundos, y salen." (S. Lucas 4: 36.)
Se representa uno generalmente aquellos endemoniados
como sometidos a grandes padecimientos; sin embargo había excepciones a esta
regla. Con el fin de obtener poder
sobrenatural, algunas personas se sometían voluntariamente a la influencia
satánica. Estas, por supuesto, no
entraban en conflicto con los demonios.
A esta categoría pertenecen los que poseían el espíritu de adivinación,
como los magos Simón y Elimas y la joven adivina que siguió a Pablo y a Silas
en Filipos.
Nadie está en mayor peligro de caer bajo la
influencia de los espíritus malos que los que, a pesar del testimonio directo y
positivo de las Sagradas Escrituras, niegan la existencia e intervención del
diablo y de sus ángeles. Mientras
ignoremos sus astucias, ellos nos llevan notable ventaja; y muchos obedecen a
sus sugestiones creyendo seguir los dictados de su propia sabiduría. Esta es la razón por la cual a medida que
nos acercamos al fin del tiempo, cuando Satanás obrará con la mayor energía
para engañar y destruir, él mismo propaga por todas partes la creencia de que
no existe. Su política consiste en esconderse
y obrar solapadamente.
No hay nada que el gran seductor tema tanto como el
que nos demos cuenta de sus artimañas.
Para mejor disfrazar su carácter y encubrir sus verdaderos propósitos,
se ha hecho representar de modo que no despierte emociones más poderosas que
las del ridículo y del desprecio. Le
gusta que lo pinten deforme o repugnante, mitad animal mitad hombre.
Le agrada oírse nombrar como objeto de diversión y de
burla por personas que se creen inteligentes e instruídas.
Precisamente por haberse enmascarado con habilidad
consumada es por lo que tan a menudo se oye preguntar: "¿Existe en
realidad ente semejante?" Prueba evidente de su éxito es la aceptación
general de que gozan entre el público religioso ciertas teorías que niegan los,
testimonios más positivos de las Sagradas Escrituras. Y es porque Satanás puede dominar tan fácilmente los espíritus de
las personas inconscientes de su influencia, por lo que la Palabra de Dios nos
da tantos ejemplos de su obra maléfica, nos revela sus fuerzas ocultas y nos
pone así en guardia, contra sus ataques.
El poder y la malignidad de Satanás y de su hueste podrían alarmarnos con razón, si no fuera por el apoyo y salvación que podemos encontrar en el poder superior de nuestro Redentor. Proveemos cuidadosamente nuestras casas con cerrojos y candados para proteger nuestros bienes y nuestras vidas contra los malvados; pero rara vez pensamos en los ángeles malos que tratan continuamente de llegar hasta nosotros, y contra cuyos ataques no contamos en nuestras propias fuerzas con ningún medio eficaz de defensa. Si se les dejara, nos trastornarían la razón, nos desquiciarían y torturarían el cuerpo, destruirán nuestras propiedades y nuestras vidas. Sólo se deleitan en el mal y en la destrucción. Terrible es la condición de los que resisten a las exigencias de Dios y ceden a las tentaciones de Satanás hasta que Dios los abandona al poder de los espíritus malignos. Pero los que siguen a Cristo están siempre seguros bajo su protección. Ángeles de gran poder son enviados el cielo para ampararlos. El maligno no puede forzar la guardia con que Dios tiene rodeado a su pueblo.