LA OBRA de Dios en la tierra presenta, siglo tras
siglo, sorprendente analogía en cada gran movimiento reformatorio o religioso.
Los principios que rigen el trato de Dios con los hombres son siempre los
mismos. Los movimientos importantes de hogaño concuerdan con los de antaño, y
la experiencia de la iglesia en tiempos que fueron encierra lecciones de gran
valor para los nuestros.
Ninguna verdad se enseña en la Biblia con mayor
claridad que aquella de que por medio de su Santo Espíritu Dios dirige
especialmente a sus siervos en la tierra en los grandes movimientos en pro del
adelanto de la obra de salvación. Los hombres son en mano de Dios instrumentos
de los que él se vale para realizar sus fines de gracia y misericordia. Cada
cual tiene su papel que desempeñar; a cada cual le ha sido concedida cierta
medida de luz adecuada a las necesidades de su tiempo, y suficiente para
permitirle cumplir la obra que Dios le asignó. Sin embargo, ningún hombre, por
mucho que le haya honrado el Cielo, alcanzó jamás a comprender completamente el
gran plan de la redención, ni siquiera a apreciar debidamente el propósito
divino en la obra para su propia época. Los hombres no entienden por completo
lo que Dios quisiera cumplir por medio de la obra que les da que hacer; no entienden,
en todo su alcance, el mensaje que proclaman en su nombre.
"¿Puedes tú descubrir las cosas recónditas de
Dios? ¿puedes hasta lo sumo llegar a conocer al Todopoderoso?" "Mis
pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos,
dice Jehová. Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis
caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos que vuestros
pensamientos." "Yo soy Dios, . . . y no hay ninguno como yo, que
declaro el fin desde el principio, y desde la antigüedad cosas aún no
hechas." (Job 11: 7; Isaías 55: 8, 9; 46: 9, 10, V.M.)
Ni siquiera los profetas que fueron favorecidos por
la iluminación especial del Espíritu comprendieron del todo el alcance de las
revelaciones que les fueron concedidas. Su significado debía ser aclarado, de
siglo en siglo, a medida que el pueblo de Dios necesitase la instrucción
contenida en ellas.
Escribiendo San Pedro acerca de la salvación dada a
conocer por el Evangelio, dice: "Respecto de la cual salvación, buscaron e
inquirieron diligentemente los profetas, que profetizaron de la gracia que
estaba reservada para vosotros: inquiriendo qué cosa, o qué manera de tiempo
indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, cuando de antemano daba
testimonio de los padecimientos que durarían hasta Cristo, y de las glorias que
los seguirían. A quienes fue revelado que no para sí mismos, sino para
nosotros, ministraban estas cosas." (1 S. Pedro 1: 10-12, V.M.)
No obstante, a pesar de no haber sido dado a los
profetas que comprendiesen enteramente las cosas que les fueron reveladas,
procuraron con fervor toda la luz que Dios había tenido a bien manifestar.
"Buscaron e inquirieron diligentemente," "inquiriendo qué cosa o
qué manera de tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos."
¡Qué lección para el pueblo de Dios en la era cristiana, para cuyo beneficio
estas profecías fueron dadas a sus siervos! "A quienes fue revelado que no
para sí mismos, sino para nosotros, ministraban estas cosas." Considerad a
esos santos hombres de Dios que "buscaron e inquirieron
diligentemente" tocante a las revelaciones que les fueron dadas para
generaciones que aún no habían nacido. Comparad su santo celo con la
indiferencia con que los favorecidos en edades posteriores trataron este don
del cielo. ¡Qué censura contra la apatía, amiga de la comodidad y de la
mundanalidad, que se contenta con declarar que no se pueden entender las
profecías!
Si bien es cierto que la inteligencia de los hombres
no es capaz de penetrar en los consejos del Eterno, ni de comprender
enteramente el modo en que se cumplen sus designios, el hecho de que le
resulten tan vagos los mensajes del cielo se debe con frecuencia a algún error
o descuido de su parte. A menudo la mente del pueblo -y hasta de los siervos de
Dios- es ofuscada por las opiniones humanas, las tradiciones y las falsas
enseñanzas de los hombres, de suerte que no alcanzan a comprender más que
parcialmente las grandes cosas que Dios reveló en su Palabra. Así les pasó a
los discípulos de Cristo, cuando el mismo Señor estaba con ellos en persona. Su
espíritu estaba dominado por la creencia popular de que el Mesías sería un
príncipe terrenal, que exaltaría a Israel a la altura de un imperio universal,
y no pudieron comprender el significado de sus palabras cuando les anunció sus
padecimientos y su muerte.
El mismo Cristo los envió con el mensaje: "Se ha
cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios: arrepentíos, y creed el
evangelio." (S. Marcos 1: 15, V.M.) El mensaje se fundaba en la profecía
del capítulo noveno de Daniel. El ángel había declarado que las sesenta y nueve
semanas alcanzarían "hasta el Mesías Príncipe," y con grandes
esperanzas y gozo anticipado los discípulos anhelaban que se estableciera en
Jerusalén el reino del Mesías que debía extenderse por toda la tierra.
Predicaron el mensaje que Cristo les había confiado
aun cuando ellos mismos entendían mal su significado. Aunque su mensaje se
basaba en Daniel 9:25, no notaron que, según el versículo siguiente del mismo
capítulo, el Mesías iba a ser muerto. Desde su más tierna edad la esperanza de
su corazón se había cifrado en la gloria de un futuro imperio terrenal, y eso
les cegaba la inteligencia con respecto tanto a los datos de la profecía como a
las palabras de Cristo.
Cumplieron su deber presentando a la nación judaica
el llamamiento misericordioso, y luego, en el momento mismo en que esperaban
ver a su Señor ascender al trono de David, le vieron aprehendido como un
malhechor, azotado, escarnecido y condenado, y elevado en la cruz del Calvario.
¡Qué desesperación y qué angustia no desgarraron los corazones de esos
discípulos durante los días en que su Señor dormía en la tumba!
Cristo había venido al tiempo exacto y en la manera
que anunciara la profecía. La declaración de las Escrituras se había cumplido
en cada detalle de su ministerio. Había predicado el mensaje de salvación, y
"su palabra era con autoridad." Los corazones de sus oyentes habían
atestiguado que el mensaje venía del cielo. La Palabra y el Espíritu de Dios
confirmaban el carácter divino de la misión de su Hijo.
Los discípulos seguían aferrándose a su amado Maestro
con afecto indisoluble. Y sin embargo sus espíritus estaban envueltos en la
incertidumbre y la duda. En su angustia no recordaron las palabras de Cristo
que aludían a sus padecimientos y a su muerte. Si Jesús de Nazaret hubiese sido
el verdadero Mesías, ¿habríanse visto ellos sumidos así en el dolor y el
desengaño? Tal era la pregunta que les atormentaba el alma mientras el Salvador
descansaba en el sepulcro durante las horas desesperanzadas de aquel sábado que
medió entre su muerte y su resurrección.
Aunque el tétrico dolor dominaba a estos discípulos
de Jesús, no por eso fueron abandonados. El profeta dice: "¡Aunque more en
tinieblas, Jehová será mi luz! . . . El me sacará a luz; veré su
justicia." "Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche
resplandece como el día: lo mismo te son las tinieblas que la luz." Dios
había dicho: "Para el recto se levanta luz en medio de tinieblas."
"Y conduciré a los ciegos por un camino que no conocen; por senderos que
no han conocido los guiaré; tornaré tinieblas en luz delante de ellos, y los
caminos torcidos en vías rectas. Estas son mis promesas; las he cumplido, y no
las he dejado sin efecto." (Miqueas 7: 8, 9; Salmos 139: 12; 112: 4, V.M.;
Isaías 42: 16, V.M.)
Lo que los discípulos habían anunciado en nombre de
su Señor, era exacto en todo sentido, y los acontecimientos predichos estaban
realizándose en ese mismo momento. "Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado
el reino de Dios," había sido el mensaje de ellos. Transcurrido "el
tiempo" -las sesenta y nueve semanas del capítulo noveno de Daniel, que
debían extenderse hasta el Mesías, "el Ungido"- Cristo había recibido
la unción del Espíritu después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán, y
el "reino de Dios" que habían declarado estar próximo, fue
establecido por la muerte de Cristo. Este reino no era un imperio terrenal como
se les había enseñado a creer. No era tampoco el reino venidero e inmortal que
se establecerá cuando "el reino, y el dominio, y el señorío de los reinos
por debajo de todos los cielos, será dado al pueblo de los santos del
Altísimo;" ese reino eterno en que "todos los dominios le servirán y
le obedecerán a él." (Daniel 7: 27, V.M.) La expresión "reino de Dios," tal cual la emplea la Biblia,
significa tanto el reino de la gracia como el de la gloria. El reino de la
gracia es presentado por San Pablo en la Epístola a los Hebreos. Después de
haber hablado de Cristo como del intercesor que puede "compadecerse de
nuestras flaquezas," el apóstol dice: "Lleguémonos pues confiadamente
al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia."
(Hebreos 4: 16.) El trono de la gracia representa el reino de la gracia; pues
la existencia de un trono envuelve la existencia de un reino. En muchas de sus
parábolas, Cristo emplea la expresión, "el reino de los cielos," para
designar la obra de la gracia divina en los corazones de los hombres.
Asimismo el trono de la gloria representa el reino de
la gloria y es a este reino al que se refería el Salvador en las palabras:
"Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles
con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria; y serán reunidas
delante de él todas las gentes." (S. Mateo 25: 31, 32.) Este reino está
aún por venir. No quedará establecido sino en el segundo advenimiento de
Cristo.
El reino de la gracia fue instituído inmediatamente
después de la caída del hombre, cuando se ideó un plan para la redención de la
raza culpable. Este reino existía entonces en el designio de Dios y por su
promesa; y mediante la fe los hombres podían hacerse sus súbditos. Sin embargo,
no fue establecido en realidad hasta la muerte de Cristo. Aun después de haber
iniciado su misión terrenal, el Salvador, cansado de la obstinación e
ingratitud de los hombres, habría podido retroceder ante el sacrificio del
Calvario. En Getsemaní la copa del dolor le tembló en la mano. Aun entonces,
hubiera podido enjugar el sudor de sangre de su frente y dejar que la raza
culpable pereciese en su iniquidad. Si así lo hubiera hecho no habría habido
redención para la humanidad caída. Pero cuando el Salvador hubo rendido la vida
y exclamado en su último aliento: "Consumado es," entonces el cumplimiento
del plan de la redención quedó asegurado. La promesa de salvación hecha a la
pareja culpable en el Edén quedó ratificada. El reino de la gracia, que hasta
entonces existiera por la promesa de Dios, quedó establecido.
Así, la muerte de Cristo -el acontecimiento mismo que
los discípulos habían considerado como la ruina final de sus esperanzas- fue lo
que las aseguró para siempre. Si bien es verdad que esa misma muerte fuera para
ellos cruel desengaño, no dejaba de ser la prueba suprema de que su creencia había
sido bien fundada. El acontecimiento que los había llenado de tristeza y
desesperación, fue lo que abrió para todos los hijos de Adán la puerta de la
esperanza, en la cual se concentraban la vida futura y la felicidad eterna de
todos los fieles siervos de Dios en todas las edades.
Los designios de la misericordia infinita alcanzaban
a cumplirse, hasta por medio del desengaño de los discípulos. Si bien sus
corazones habían sido ganados por la gracia divina y el poder de las enseñanzas
de Aquel que hablaba como "jamás habló hombre alguno," conservaban,
mezclada con el oro puro de su amor a Jesús, la liga vil del orgullo humano y
de las ambiciones egoístas. Hasta en el aposento de la cena pascual, en aquella
hora solemne en que su Maestro estaba entrando ya en las sombras de Getsemaní,
"hubo también entre ellos una contienda sobre quién de ellos debía
estimarse como el mayor." (S. Lucas 22: 24, V.M.) No veían más que el
trono, la corona y la gloria, cuando lo que tenían delante era el oprobio y la
agonía del huerto, el pretorio y la cruz del Calvario. Era el orgullo de sus
corazones, la sed de gloria mundana lo que les había inducido a adherirse tan
tenazmente a las falsas doctrinas de su tiempo, y a no tener en cuenta las
palabras del Salvador que exponían la verdadera naturaleza de su reino y
predecían su agonía y muerte Y estos errores remataron en prueba -dura pero
necesaria- que Dios permitió para escarmentarlos. Aunque los discípulos
comprendieron mal el sentido del mensaje y vieron frustrarse sus esperanzas,
habían predicado la amonestación que Dios les encomendara, y el Señor iba a
recompensar su fe y honrar su obediencia confiándoles la tarea de proclamar a
todas las naciones el glorioso Evangelio del Señor resucitado. Y a fin de
prepararlos para esta obra, había permitido que pasaran por el trance que tan
amargo les pareciera.
Después de su resurrección, Jesús apareció a sus
discípulos en el camino de Emaús, y "comenzando desde Moisés y todos los
profetas, les iba interpretando en todas las Escrituras las cosas referentes a
él mismo." (S. Lucas 24: 27, V.M.) Los corazones de los discípulos se
conmovieron. Su fe se reavivó. Fueron reengendrados "en esperanza
viva," aun antes de que Jesús se revelase a ellos. El propósito de éste
era iluminar sus inteligencias y fundar su fe en la "palabra
profética" "más firme." Deseaba que la verdad se arraigase
firmemente en su espíritu, no sólo porque era sostenida por su testimonio
personal sino a causa de las pruebas evidentes suministradas por los símbolos y
sombras de la ley típica, y por las profecías del Antiguo Testamento. Era
necesario que los discípulos de Cristo tuviesen una fe inteligente, no sólo en
beneficio propio, sino para comunicar al mundo el conocimiento de Cristo. Y
como primer paso en la comunicación de este conocimiento, Jesús dirigió a sus
discípulos a "Moisés y todos los profetas." Tal fue el testimonio
dado por el Salvador resucitado en cuanto al valor e importancia de las
Escrituras del Antiguo Testamento.
¡Qué cambio el que se efectuó en los corazones de los
discípulos cuando contemplaron una vez más el amado semblante de su Maestro!
(S. Lucas 24:32.) En un sentido más completo y perfecto que nunca antes, habían
hallado "a Aquel, de quien escribió Moisés en la ley, y asimismo los profetas."
La incertidumbre, la angustia, la desesperación, dejaron lugar a una seguridad
perfecta, a una fe serena. ¿ Qué mucho entonces que después de su ascensión
ellos estuviesen "siempre en el templo alabando y bendiciendo a
Dios"? El pueblo, que no tenía conocimiento sino de la muerte ignominiosa
del Salvador, miraba para descubrir en sus semblantes una expresión de dolor,
confusión y derrota; pero sólo veía en ellos alegría y triunfo. ¡Qué
preparación la que habían recibido para la obra que les esperaba! Habían pasado
por la prueba más grande que les fuera dable experimentar, y habían visto cómo,
cuando a juicio humano todo estaba perdido, la Palabra de Dios se había
cumplido y había salido triunfante. En lo sucesivo ¿qué podría hacer vacilar su
fe, o enfriar el ardor de su amor? En sus penas más amargas ellos tuvieron
"poderoso consuelo," una esperanza que era "como ancla del alma,
segura y firme." (Hebreos 6: 18, 19, V.M.) Habían comprobado la sabiduría
y poder de Dios, y estaban persuadidos de "que ni la muerte, ni la vida,
ni los ángeles, ni los principados, ni poderes, ni cosas presentes, ni cosas
por venir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna otra cosa creada" podría
apartarlos "del amor de Dios, que es en Cristo Jesús nuestro Señor." "En
todas estas cosas -decían- somos vencedores, y más aún, por medio de Aquel que
nos amó." "La Palabra del Señor permanece para siempre." Y
"¿quién es el que condena? ¡Cristo Jesús es el que murió; más aún, el que
fue levantado de entre los muertos; el que está a la diestra de Dios; el que
también intercede por nosotros!" (Romanos 8: 38, 39, 37; 1 Pedro 1: 25;
Romanos 8: 34, V.M.)
El Señor dice: "Nunca jamás será mi pueblo
avergonzado." (Joel 2: 26.) "Una noche podrá durar el lloro, mas a la
mañana vendrá la alegría." (Salmo 30: 5, V.M.) Cuando en el día de su
resurrección estos discípulos encontraron al Salvador, y sus corazones ardieron
al escuchar sus palabras; cuando miraron su cabeza, sus manos y sus pies que
habían sido heridos por ellos; cuando antes de su ascensión, Jesús les llevara
hasta cerca de Betania y, levantando sus manos para bendecirlos, les dijera:
"Id por todo el mundo; predicad el evangelio a toda criatura," y
agregara: "He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del
mundo" (S. Marcos 16:15; S. Mateo 28: 20); cuando en el día de Pentecostés
descendió el Consolador prometido, y por el poder de lo alto que les fue dado
las almas de los creyentes se estremecieron con el sentimiento de la presencia
de su Señor que ya había ascendido al cielo, -entonces, aunque la senda que
seguían, como la que siguiera su Maestro, fuera la senda del sacrificio y del
martirio, ¿habrían ellos acaso cambiado el ministerio del Evangelio de gracia,
con la "corona de justicia" que habían de recibir a su venida, por la
gloria de un trono mundano que había sido su esperanza en los comienzos de su
discipulado? Aquel "que es poderoso para hacer infinitamente más de todo
cuanto podemos pedir, y aun pensar," les había concedido con la
participación en sus sufrimientos, la comunión de su gozo - el gozo de
"llevar muchos hijos a la gloria," dicha indecible, "un peso
eterno de gloria," al que, dice San Pablo, nuestra "ligera aflicción
que no dura sino por un momento," no es "digna de ser comparada." Lo que experimentaron los discípulos que
predicaron el "evangelio del reino" cuando vino Cristo por primera
vez tuvo su contraparte en lo que experimentaron los que proclamaron el mensaje
de su segundo advenimiento. Así como los discípulos fueron predicando: "Se
ha cumplido el tiempo, y se ha acercado
el reino de Dios," así también Miller y sus asociados proclamaron que
estaba a punto de terminar el período profético más largo y último de que habla
la Biblia, que el juicio era inminente y que el reino eterno iba a ser
establecido. La predicación de los discípulos en cuanto al tiempo se basaba en
las setenta semanas del capítulo noveno de Daniel. El mensaje proclamado por
Miller y sus colaboradores anunciaba la conclusión de los 2.300 días de Daniel
8:14, de los cuales las setenta semanas forman parte. En cada caso la
predicación se fundaba en el cumplimiento de una parte diferente del mismo gran
período profético.
Como los primeros discípulos, Guillermo Miller y sus
colaboradores no comprendieron ellos mismos enteramente el alcance del mensaje
que proclamaban. Los errores que existían desde hacía largo tiempo en la
iglesia les impidieron interpretar correctamente un punto importante de la
profecía. Por eso si bien proclamaron el mensaje que Dios les había confiado
para que lo diesen al mundo, sufrieron un desengaño debido a un falso concepto
de su significado.
Al explicar Daniel 8:14 "Hasta dos mil y
trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario,"
Miller, como ya lo hemos dicho, aceptó la creencia general de que la tierra era
el santuario, y creyó que la purificación del santuario representaba la
purificación de la tierra por el fuego a la venida del Señor. Por consiguiente,
cuando echó de ver que el fin de los 2.300 días estaba predicho con precisión,
sacó la conclusión de que esto revelaba el tiempo del segundo advenimiento. Su
error provenía de que había aceptado la creencia popular relativa a lo que
constituye el santuario.
En el sistema típico -que era sombra del sacrificio y
del sacerdocio de Cristo- la purificación del santuario era el último servicio
efectuado por el sumo sacerdote en el ciclo anual de su ministerio. Era el acto
final de la obra de expiación- una remoción o apartamiento del pecado de
Israel. Prefiguraba la obra final en el ministerio de nuestro Sumo Sacerdote en
el cielo, en el acto de borrar los pecados de su pueblo, que están consignados
en los libros celestiales. Este servicio envuelve una obra de investigación,
una obra de juicio, y precede inmediatamente la venida de Cristo en las nubes
del cielo con gran poder y gloria, pues cuando él venga, la causa de cada uno
habrá sido fallada. Jesús dice: "Mi galardón está conmigo, para dar la
recompensa a cada uno según sea su obra." (Apocalipsis 22: 12, V.M.) Esta
obra de juicio, que precede inmediatamente al segundo advenimiento, es la que
se anuncia en el primer mensaje angelical de Apocalipsis 14:7: "¡Temed a
Dios y dadle honra; porque ha llegado la hora de su juicio!" (V.M.)
Los que proclamaron esta amonestación dieron el
debido mensaje a su debido tiempo. Pero así como los primitivos discípulos
declararan: "Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de
Dios," fundándose en la profecía de Daniel 9, sin darse cuenta de que la
muerte del Mesías estaba anunciada en el mismo pasaje bíblico, así también
Miller y sus colaboradores predicaron el mensaje fundado en Daniel 8:14 y
Apocalipsis 14:7 sin echar de ver que el capítulo 14 del Apocalipsis encerraba
aún otros mensajes que debían ser también proclamados antes del advenimiento
del Señor. Como los discípulos se equivocaron en cuanto al reino que debía
establecerse al fin de las setenta semanas, así también los adventistas se
equivocaron en cuanto al acontecimiento que debía producirse al fin de los
2.300 días. En ambos casos la circunstancia de haber aceptado errores
populares, o mejor dicho la adhesión a ellos, fue lo que cerró el espíritu a la
verdad. Ambas escuelas cumplieron la voluntad de Dios, proclamando el mensaje
que él deseaba fuese proclamado, y ambas, debido a su mala comprensión del
mensaje, sufrieron desengaños.
Sin embargo, Dios cumplió su propósito misericordioso
permitiendo que el juicio fuese proclamado precisamente como lo fue. El gran
día estaba inminente, y en la providencia de Dios el pueblo fue probado tocante
a un tiempo fijo a fin de que se les revelase lo que había en sus corazones. El
mensaje tenía por objeto probar y purificar la iglesia. Los hombres debían ser
inducidos a ver si sus afectos pendían de las cosas de este mundo o de Cristo y
del cielo. Ellos profesaban amar al Salvador; debían pues probar su amor.
¿Estarían dispuestos a renunciar a sus esperanzas y ambiciones mundanas, para
saludar con gozo el advenimiento de su Señor? El mensaje tenía por objeto
hacerles ver su verdadero estado espiritual; fue enviado misericordiosamente
para despertarlos a fin de que buscasen al Señor con arrepentimiento y
humillación.
Además, si bien el desengaño era resultado de una
comprensión errónea del mensaje que anunciaban, Dios iba a predominar para bien
sobre las circunstancias. Los corazones de los que habían profesado recibir la
amonestación iban a ser probados. En presencia de su desengaño, ¿se
apresurarían ellos a renunciar a su experiencia y a abandonar su confianza en
la Palabra de Dios o con oración y humildad procurarían discernir en qué puntos
no habían comprendido el significado de la profecía ? ¿Cuántos habían obrado
por temor o por impulso y arrebato? ¿Cuántos eran de corazón indeciso e
incrédulo? Muchos profesaban anhelar el advenimiento del Señor. Al ser llamados
a sufrir las burlas y el oprobio del mundo, y la prueba de la dilación y del
desengaño, ¿renunciarían a su fe? Porque no pudieran comprender luego los
caminos de Dios para con ellos, ¿rechazarían verdades confirmadas por el
testimonio más claro de su Palabra?
Esta prueba revelaría la fuerza de aquellos que con
verdadera fe habían obedecido a lo que creían ser la enseñanza de la Palabra y
del Espíritu de Dios. Ella les enseñaría, como sólo tal experiencia podía
hacerlo, el peligro que hay en aceptar las teorías e interpretaciones de los
hombres, en lugar de dejar la Biblia interpretarse a sí misma. La perplejidad y
el dolor que iban a resultar de su error, producirían en los hijos de la fe el
escarmiento necesario. Los inducirían a profundizar aún más el estudio de la
palabra profética. Aprenderían a examinar más detenidamente el fundamento de su
fe, y a rechazar todo 403 lo que no estuviera fundado en la verdad de las
Sagradas Escrituras, por muy amplia que fuese su aceptación en el mundo
cristiano.
A estos creyentes les pasó lo que a los primeros discípulos: lo que en la hora de la prueba pareciera obscuro a su inteligencia, les fue aclarado después. Cuando vieron el "fin que vino del Señor," supieron que a pesar de la prueba que resultó de sus errores, los propósitos del amor divino para con ellos no habían dejado de seguir cumpliéndose. Merced a tan bendita experiencia llegaron a saber que el "Señor es muy misericordioso y compasivo;" que todos sus caminos "son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus testimonios."