LA MISTERIOSA desaparición de Lutero despertó
consternación en toda Alemania, y por todas partes se oían averiguaciones
acerca de su paradero. Circulaban los rumores más descabellados y muchos creían
que había sido asesinado. Oíanse lamentos, no sólo entre sus partidarios
declarados, sino también entre millares de personas que aún no se habían
decidido abiertamente por la Reforma. Muchos se comprometían por juramento
solemne a vengar su muerte.
Los principales jefes del romanismo vieron
aterrorizados a qué grado había llegado la animosidad contra ellos, y aunque al
principio se habían regocijado por la supuesta muerte de Lutero, pronto
desearon huir de la ira del pueblo. Los enemigos del reformador no se habían
visto tan preocupados por los actos más atrevidos que cometiera mientras estaba
entre ellos como por su desaparición. Los que en su ira habían querido matar al
arrojado reformador estaban dominados por el miedo ahora que él no era más que
un cautivo indefenso. "El único medio que nos queda para salvarnos -dijo
uno- consiste en encender antorchas e ir a buscar a Lutero por toda la tierra,
para devolverle a la nación que le reclama." - D'Aubigné, lib. 9, cap. 1.
El edicto del emperador parecía completamente ineficaz. Los legados del papa se
llenaron de indignación al ver que dicho edicto llamaba menos la atención que
la suerte de Lutero.
Las noticias de que él estaba en salvo, aunque
prisionero, calmaron los temores del pueblo y hasta acrecentaron el entusiasmo
en su favor. Sus escritos se leían con mayor avidez que nunca antes. Un número
siempre creciente de adeptos se unía a la causa del hombre heroico que frente a
desventajas abrumadoras defendía la Palabra de Dios. La Reforma iba cobrando
constantemente fuerzas. La semilla que Lutero había sembrado brotaba en todas
partes. Su ausencia realizó una obra que su presencia no habría realizado.
Otros obreros sintieron nueva responsabilidad al serles quitado su jefe, y con
nueva fe y ardor se adelantaron a hacer cuanto pudiesen para que la obra tan
noblemente comenzada no fuese estorbada.
Satanás empero no estaba ocioso. Intentó lo que ya
había intentado en otros movimientos de reforma, es decir engañar y perjudicar
al pueblo dándole una falsificación en lugar de la obra verdadera. Así como
hubo falsos cristos en el primer siglo de la iglesia cristiana, así también se
levantaron falsos profetas en el siglo XVI.
Unos cuantos hombres afectados íntimamente por la
agitación religiosa, se imaginaron haber recibido revelaciones especiales del
cielo, y se dieron por designados divinamente para llevar a feliz término la
obra de la Reforma, la cual, según ellos, había sido débilmente iniciada por
Lutero. En realidad, lo que hacían era deshacer la obra que el reformador había
realizado. Rechazaban el gran principio que era la base misma de la Reforma, es
a saber, que la Palabra de Dios es la regla perfecta de fe y práctica; y en
lugar de tan infalible guía substituían la norma variable e insegura de sus
propios sentimientos e impresiones. Y así, por haberse despreciado al único
medio seguro de descubrir el engaño y la mentira se le abrió camino a Satanás
para que a su antojo dominase los espíritus.
Uno de estos profetas aseveraba haber sido instruido
por el ángel Gabriel. Un estudiante que se le unió abandonó los estudios,
declarándose investido de poder por Dios mismo para exponer su Palabra. Se les
unieron otros, de por sí inclinados al fanatismo. Los procederes de estos
iluminados crearon mucha excitación. La predicación de Lutero había hecho
sentir al pueblo en todas partes la necesidad de una reforma, y algunas
personas de buena fe se dejaron extraviar por las pretensiones de los nuevos
profetas
Los cabecillas de este movimiento fueron a Wittenberg
y expusieron sus exigencias a Melanchton y a sus colaboradores. Decían:
"Somos enviados por Dios para enseñar al pueblo. Hemos conversado
familiarmente con Dios, y por lo tanto, sabemos lo que ha de acontecer. Para
decirlo en una palabra: somos apóstoles y profetas y apelamos al doctor
Lutero."-Id., cap. 7.
Los reformadores estaban atónitos y perplejos. Era
éste un factor con que nunca habían tenido que habérselas y se hallaban sin
saber qué partido tomar. Melanchton dijo: "Hay en verdad espíritus
extraordinarios en estos hombres; pero ¿qué espíritus serán? . . . Por una parte
debemos precavernos de contristar el Espíritu de Dios, y por otra, de ser
seducidos por el espíritu de Satanás." -Ibid.
Pronto se dio a conocer el fruto de toda esta
enseñanza. El pueblo fue inducido a descuidar la Biblia o a rechazarla del
todo. Las escuelas se llenaron de confusión. Los estudiantes, despreciando
todas las sujeciones, abandonaron sus estudios y se separaron de la
universidad. Los hombres que se tuvieron a sí mismos por competentes para
reavivar y dirigir la obra de la Reforma, lograron sólo arrastrarla al borde de
la ruina. Los romanistas, recobrando confianza, exclamaban alegres: "Un
esfuerzo más, y todo será nuestro." -Ibid.
Al saber Lutero en la Wartburg lo que ocurría, dijo,
con profunda consternación: "Siempre esperaba yo que Satanás nos mandara
esta plaga."-Ibid. Se dio cuenta del verdadero carácter de estos
fementidos profetas y vio el peligro que amenazaba a la causa de la verdad. La
oposición del papa y del emperador no le habían sumido en la perplejidad y
congoja que ahora experimentaba. De entre los que profesaban ser amigos de la
Reforma se habían levantado sus peores enemigos. Las mismas verdades que le
habían producido tan profundo regocijo y consuelo eran empleadas para despertar
pleitos y confusión en la iglesia.
En la obra de la Reforma, Lutero había sido impulsado
por el Espíritu de Dios y llevado más allá de lo que pensara. No había tenido
el propósito de tomar tales resoluciones ni de efectuar cambios tan radicales.
Había sido solamente instrumento en manos del poder infinito. Sin embargo,
temblaba a menudo por el resultado de su trabajo. Dijo una vez: "Si yo
supiera que mi doctrina hubiera dañado a un ser viviente por pobre y obscuro
que hubiera sido, -lo que es imposible, pues ella es el mismo Evangelio,- hubiera
preferido mejor morir diez veces antes que negarme a retractarme." -Ibid.
Y ahora hasta el mismo Wittenberg, el verdadero
centro de la Reforma, caía rápidamente bajo el poder del fanatismo y de los
desórdenes. Esta terrible situación no era efecto de las enseñanzas de Lutero;
pero no obstante por toda Alemania sus enemigos se la achacaban a él. Con el
ánimo deprimido, preguntábase a veces a sí mismo: " ¿Será posible que así
remate la gran obra de la Reforma?' -Ibid. Pero cuando hubo orado fervientemente
al respecto, volvió la paz a su alma. "La obra no es mía sino tuya -decía
él,- y no consentirás que se malogre por causa de la superstición o del
fanatismo." El solo pensamiento de seguir apartado del conflicto en una
crisis tal, le era insoportable; de modo que decidió volver a Wittenberg.
Sin más tardar arriesgó el viaje. Se hallaba
proscrito en todo el imperio. Sus enemigos tenían libertad para quitarle la
vida, y a sus amigos les era prohibido protegerle. El gobierno imperial
aplicaba las medidas más rigurosas contra sus adherentes, pero vio que
peligraba la obra del Evangelio, y en el nombre del Señor se adelantó sin miedo
a combatir por la verdad.
En una carta que dirigió al elector, después de
manifestar el propósito que alentaba de salir de la Wartburg, decía: "Sepa
su alteza que me dirijo a Wittenberg bajo una protección más valiosa que la de
príncipes y electores. No he pensado solicitar la ayuda de su alteza; y tan
lejos estoy de impetrar vuestra protección, que yo mismo abrigo más bien la
esperanza de protegeros a vos. Si supiese yo que su alteza querría o podría tomar
mi defensa, no iría a Wittenberg. Ninguna espada material puede adelantar esta
causa. Dios debe hacerlo todo sin la ayuda o la cooperación del hombre. El que
tenga más fe será el que podrá presentar mejor defensa." -Id., cap. 8.
En una segunda carta que escribió, camino de
Wittenberg, añadía Lutero: "Héme aquí, dispuesto a sufrir la reprobación
de su alteza y el enojo del mundo entero. ¿No son los vecinos de Wittenberg mi
propia grey? ¿No los encomendó Dios a mi cuidado? y ¿no deberé, si es
necesario, dar mi vida por amor de ellos? Además, temo ver una terrible
revuelta en Alemania, que ha de acarrear a nuestro país el castigo de
Dios." -Id., cap. 7.
Con exquisita precaución y humildad, pero a la vez
con decisión y firmeza, volvió Lutero a su trabajo. "Con la Biblia -dijo,-
debemos rebatir y echar fuera lo que logró imponerse por medio de la fuerza. Yo
no deseo que se valgan de la violencia contra los supersticiosos y los incrédulos....
No hay que constreñir a nadie. La libertad es la esencia misma de la fe."
-Id., cap. 8.
Pronto se supo por todo Wittenberg que Lutero había
vuelto y que iba a predicar. El pueblo acudió de todas partes, al punto que no
podía caber en la iglesia. Subiendo al púlpito, instruyó el reformador a sus
oyentes; con notable sabiduría y mansedumbre los exhortó y los amonestó.
Refiriéndose en su sermón a las medidas violentas de que algunos habían echado
mano para abolir la misa, dijo:
"La misa es una cosa mala. Dios se opone a ella.
Debería abolirse, y yo desearía que en su lugar se estableciese en todas partes
la santa cena del Evangelio. Pero no apartéis de ella a nadie por la fuerza.
Debemos dejar el asunto en manos de Dios. No somos nosotros los que hemos de obrar,
sino su Palabra. Y ¿por qué? me preguntaréis. Porque los corazones de los
hombres no están en mis manos como el barro en las del alfarero. Tenemos
derecho de hablar, pero no tenemos derecho de obligar a nadie. Prediquemos; y
confiemos lo demás a Dios. Si me resuelvo a hacer uso de la fuerza, ¿qué
conseguiré? Fingimientos, formalismo, ordenanzas humanas, hipocresía.... Pero
en todo esto no se hallará sinceridad de corazón, ni fe, ni amor. Y donde falte
esto, todo falta, y yo no daría ni una paja por celebrar una victoria de esta
índole. . . . Dios puede hacer más mediante el mero poder de su Palabra que
vosotros y yo y el mundo entero con nuestros esfuerzos unidos. Dios sujeta el
corazón, y una vez sujeto, todo está ganado....
"Estoy listo para predicar, alegar y escribir;
pero a nadie constreñiré, porque la fe es un acto voluntario. Recordad todo lo
que ya he hecho. Me encaré con el papa, combatí las indulgencias y a los
papistas; pero sin violencia, sin tumultos. Expuse con claridad la Palabra de Dios;
prediqué y escribí, esto es todo lo que hice. Y sin embargo, mientras yo
dormía, . . . la Palabra que había predicado afectó al papado como nunca le
perjudicó príncipe ni emperador alguno. Y sin embargo nada hice; la Palabra
sola lo hizo todo. Si hubiese yo apelado a la fuerza, el suelo de Alemania
habría sido tal vez inundado con sangre. ¿Pero cuál hubiera sido el resultado?
La ruina y la destrucción del alma y del cuerpo. En consecuencia, me quedo
quieto, y dejo que la Palabra se extienda a lo largo y a lo ancho de la
tierra." -Ibid.
Por siete días consecutivos predicó Lutero a las
ansiosas muchedumbres. La Palabra de Dios quebrantó la esclavitud del
fanatismo. El poder del Evangelio hizo volver a la verdad al pueblo que se
había descarriado.
Lutero no deseaba verse con los fanáticos cuyas
enseñanzas habían causado tan grave perjuicio. Harto los conocía por hombres de
escaso juicio y de pasiones desordenadas, y que, pretendiendo ser iluminados
directamente por el cielo, no admitirían la menor contradicción ni atenderían a
un solo consejo ni a un solo cariñoso reproche. Arrogándose la suprema
autoridad, exigían de todos que, sin la menor resistencia, reconociesen lo que
ellos pretendían. Pero como solicitasen una entrevista con él, consintió en
recibirlos; y denunció sus pretensiones con tanto éxito que los impostores se
alejaron en el acto de Wittenberg.
El fanatismo quedó detenido por un tiempo; pero pocos
años después resucitó con mayor violencia y logró resultados más desastrosos.
Respecto a los principales directores de este movimiento, dijo Lutero:
"Para ellos las Sagradas Escrituras son letra muerta; todos gritan: '¡El
Espíritu! ¡El Espíritu!' Pero yo no quisiera ir por cierto adonde su espíritu
los guía. ¡Plegue a Dios en su misericordia guardarme de pertenecer a una
iglesia en la cual sólo haya santos! Deseo estar con los humildes, los débiles,
los enfermos, todos los cuales conocen y sienten su pecado y suspiran y claman
de continuo a Dios desde el fondo de sus corazones para que él los consuele y
los sostenga." -Id., lib. 10, cap. 10.
Tomás Munzer, el más activo de los fanáticos, era
hombre de notable habilidad que, si la hubiese encauzado debidamente, habría
podido hacer mucho bien; pero desconocía aun los principios más rudimentarios
de la religión verdadera. "Deseaba vehementemente reformar el mundo,
olvidando. Como otros muchos iluminados, que la reforma debía comenzar por él
mismo." -Id., lib. 9, cap. 8. Ambicionaba ejercer cargos e influencia, y
no quería ocupar el segundo puesto, ni aun bajo el mismo Lutero. Declaraba que,
al colocar la autoridad de la Escritura en substitución de la del papa, los
reformadores no hacían más que establecer una nueva forma de papado. Y se
declaraba divinamente comisionado para llevar a efecto la verdadera reforma.
"El que tiene este espíritu - decía Munzer- posee la verdadera fe, aunque
ni por una sola vez en su vida haya visto las Sagradas Escrituras." -Id.,
lib. 10, cap. 10.
Los maestros del fanatismo se abandonaban al influjo
de sus impresiones y consideraban cada pensamiento y cada impulso como voz de
Dios; en consecuencia, se fueron a los extremos. Algunos llegaron hasta quemar
sus Biblias, exclamando: "La letra mata, el Espíritu es el que da
vida." Las enseñanzas de Munzer apelaban a la afición del hombre a lo
maravilloso, y de paso daban rienda suelta a su orgullo al colocar en realidad
las ideas y las opiniones de los hombres por encima de la Palabra de Dios.
Millares de personas aceptaban sus doctrinas. Pronto llegó a condenar el orden
en el culto público y declaró que obedecer a los príncipes era querer servir a
Dios y a Belial.
El pueblo que comenzaba a emanciparse del yugo del
papado, tascaba el freno bajo las restricciones de la autoridad civil. Las
enseñanzas revolucionarias de Munzer, con su presunta aprobación divina, los
indujeron a sublevarse contra toda sujeción y a abandonarse a sus prejuicios y
a sus pasiones. Siguiéronse las más terribles escenas de sedición y contienda y
los campos de Alemania se empaparon de sangre.
La angustia de corazón que Lutero había experimentado
hacía tanto tiempo en Erfurt, se apoderó de él nuevamente con redoblada fuerza
al ver que los resultados del fanatismo eran considerados como efecto de la
Reforma. Los príncipes papistas declaraban -y muchos estaban dispuestos a dar
crédito al aserto- que la rebelión era fruto legítimo de las doctrinas de
Lutero. A pesar de que estos cargos carecían del más leve fundamento, no
pudieron menos que causar honda pena al reformador. Parecíale insoportable que
se deshonrase así la causa de la verdad identificándola con tan grosero
fanatismo. Por otra parte, los jefes de la revuelta odiaban a Lutero no sólo
porque se había opuesto a sus doctrinas y se había negado a reconocerles
autorización divina, sino porque los había declarado rebeldes ante las
autoridades civiles. En venganza le llamaban vil impostor. Parecía haberse
atraído la enemistad tanto de los príncipes como del pueblo.
Los romanistas se regocijaban y esperaban ver pronto
la ruina de la Reforma. Hasta culpaban a Lutero de los mismos errores que él
mismo se afanara tanto en corregir. El partido de los fanáticos, declarando
falsamente haber sido tratado con injusticia, logró ganar la simpatía de mucha
gente, y, como sucede con frecuencia con los que se inclinan del lado del
error, fueron pronto aquellos considerados como mártires. De esta manera los
que desplegaran toda su energía en oposición a la Reforma fueron compadecidos y
admirados como víctimas de la crueldad y de la opresión. Esta era la obra de
Satanás, y la impulsaba el mismo espíritu de rebelión que se manifestó por
primera vez en los cielos.
Satanás procura constantemente engañar a los hombres
y les hace llamar pecado a lo que es bueno, y bueno a lo que es pecado. ¡Y
cuánto éxito ha tenido su obra! ¡Cuántas veces se crítica a los siervos fieles
de Dios porque permanecen firmes en defensa de la verdad! Hombres que sólo son
agentes de Satanás reciben alabanzas y lisonjas y hasta pasan por mártires, en
tanto que otros que deberían ser considerados y sostenidos por su fidelidad a
Dios, son abandonados y objeto de sospecha y de desconfianza.
La falsa piedad y la falsa santificación siguen
haciendo su obra de engaño. Bajo diversas formas dejan ver el mismo espíritu
que las caracterizara en días de Lutero, pues apartan a las mentes de las
Escrituras e inducen a los hombres a seguir sus propios sentimientos e
impresiones en vez de rendir obediencia a la ley de Dios. Este es uno de los
más eficaces inventos de Satanás para desprestigiar la pureza y la verdad.
Denodadamente defendió Lutero el Evangelio contra los
ataques de que era objeto desde todas partes. La Palabra de Dios demostró ser
una arma poderosa en cada conflicto. Con ella combatió el reformador la
usurpada autoridad del papa y la filosofía racionalista de los escolásticos, a
la vez que se mantenía firme como una roca contra el fanatismo que pretendía
aliarse con la Reforma.
Cada uno a su manera, estos elementos opuestos
dejaban a un lado las Sagradas Escrituras y exaltaban la sabiduría humana como
el gran recurso para conocer la verdad religiosa. El racionalismo hace un ídolo
de la razón, y la constituye como criterio religioso. El romanismo, al atribuir
a su soberano pontífice una inspiración que proviene en línea recta de los
apóstoles y continúa invariable al través de los tiempos, da amplia oportunidad
para toda clase de extravagancias y corrupciones que se ocultan bajo la
santidad del mandato apostólico. La inspiración a que pretendían Munzer y sus
colegas no procedía sino de los desvaríos de su imaginación y su influencia
subvertía toda autoridad, humana o divina. El cristianismo recibe la Palabra de
Dios como el gran tesoro de la verdad inspirada y la piedra de toque de toda
inspiración.
A su regreso de la Wartburg, terminó Lutero su
traducción del Nuevo Testamento y no tardó el Evangelio en ser ofrecido al
pueblo de Alemania en su propia lengua. Esta versión fue recibida con agrado
por todos los amigos de la verdad, pero fue vilmente desechada por los que
preferían dejarse guiar por las tradiciones y los mandamientos de los hombres.
Se alarmaron los sacerdotes al pensar que el vulgo
iba a poder discutir con ellos los preceptos de la Palabra de Dios y descubrir
la ignorancia de ellos. Las armas carnales de su raciocinio eran impotentes
contra la espada del Espíritu. Roma puso en juego toda su autoridad para
impedir la circulación de las Santas Escrituras; pero los decretos, los
anatemas y el mismo tormento eran inútiles. Cuanto más se condenaba y prohibía
la Biblia, mayor era el afán del pueblo por conocer lo que ella enseñaba. Todos
los que sabían leer deseaban con ansia estudiar la Palabra de Dios por sí
mismos. La llevaban consigo, la leían y releían, y no se quedaban satisfechos
antes de saber grandes trozos de ella de memoria. Viendo la buena voluntad con
que fue acogido el Nuevo Testamento, Lutero dio comienzo a la traducción del
Antiguo y la fue publicando por partes conforme las iba terminando.
Sus escritos tenían aceptación en la ciudad y en las
aldeas. "Lo que Lutero y sus amigos escribían, otros se encargaban de
esparcirlo por todas partes. Los monjes que habían reconocido el carácter
ilegítimo de las obligaciones monacales y deseaban cambiar su vida de
indolencia por una de actividad, pero se sentían muy incapaces de proclamar por
sí mismos la Palabra de Dios, cruzaban las provincias vendiendo los escritos de
Lutero y sus colegas. Al poco tiempo Alemania pululaba con estos intrépidos
colportores." -Id., lib. 9, cap. II.
Estos escritos eran estudiados con profundo interés
por ricos y pobres, por letrados e ignorantes. De noche, los maestros de las
escuelas rurales los leían en alta voz a pequeños grupos que se reunían al amor
de la lumbre. Cada esfuerzo que en este sentido se hacía convencía a algunas
almas de la verdad, y ellas a su vez habiendo recibido la Palabra con alegría,
la comunicaban a otros.
Así se cumplían las palabras inspiradas: "La
entrada de tus palabras alumbra; a los simples les da inteligencia."
(Salmo 119: 130, V.M.) El estudio de las Sagradas Escrituras producía un cambio
notable en las mentes y en los corazones del pueblo. El dominio papal les había
impuesto un yugo férreo que los mantenía en la ignorancia y en la degradación.
Con escrúpulos supersticiosos, observaban las formas, pero era muy pequeña la
parte que la mente y el corazón tomaban en los servicios. La predicación de
Lutero, al exponer las sencillas verdades de la Palabra de Dios, y la Palabra
misma, al ser puesta en manos del pueblo, despertaron sus facultades
aletargadas, y no sólo purificaban y ennoblecían la naturaleza espiritual, sino
que daban nuevas fuerzas y vigor a la inteligencia.
Veíanse a personas de todas las clases sociales
defender, con la Biblia en la mano, las doctrinas de la Reforma. Los papistas
que habían abandonado el estudio de las Sagradas Escrituras a los sacerdotes y
a los monjes, les pidieron que viniesen en su auxilio a refutar las nuevas
enseñanzas. Empero, ignorantes de las Escrituras y del poder de Dios, monjes y
sacerdotes fueron completamente derrotados por aquellos a quienes habían
llamado herejes e indoctos. "Desgraciadamente -decía un escritor
católico,- Lutero ha convencido a sus correligionarios de que su fe debe
fundarse solamente en la Santa Escritura." -Id., lib. 9, cap. II. Las multitudes se
congregaban para escuchar a hombres de poca ilustración defender la verdad y
hasta discutir acerca de ella con teólogos instruídos y elocuentes. La vergonzosa
ignorancia de estos grandes hombres se descubría tan luego como sus argumentos
eran refutados por las sencillas enseñanzas de la Palabra de Dios. Los hombres
de trabajo, los soldados y hasta los niños, estaban más familiarizados con las
enseñanzas de la Biblia que los sacerdotes y los sabios doctores.
El contraste entre los discípulos del Evangelio y los
que sostenían las supersticiones papistas no era menos notable entre los
estudiantes que entre las masas populares. "En oposición a los antiguos campeones
de la jerarquía que había descuidado el estudio de los idiomas y de la
literaturas,... levantábanse jóvenes de mente privilegiada, muchos de los
cuales se consagraban al estudio de las Escrituras, y se familiarizaban con los
tesoros de la literatura antigua. Dotados de rápida percepción, de almas
elevadas y de corazones intrépidos, pronto llegaron a alcanzar estos jóvenes
tanta competencia, que durante mucho tiempo nadie se atrevía a hacerles
frente.... De manera que en los concursos públicos en que estos jóvenes
campeones de la Reforma se encontraban con doctores papistas, los atacaban con
tanta facilidad y confianza que los hacían vacilar y los exponían al desprecio
de todos." -Ibid.
Cuando el clero se dio cuenta de que iba menguando el
número de los congregantes, invocó la ayuda de los magistrados, y por todos los
medios a su alcance procuró atraer nuevamente a sus oyentes. Pero el pueblo
había hallado en las nuevas enseñanzas algo que satisfacía las necesidades de
sus almas, y se apartaba de aquellos que por tanto tiempo le habían alimentado
con las cáscaras vacías de los ritos supersticiosos y de las tradiciones
humanas.
Cuando la persecución ardía contra los predicadores
de la verdad, ponían éstos en práctica las palabras de Cristo: "Cuando pues os persiguieren en una
ciudad, huid a otra." (S. Mateo 10: 23, V.M.) La luz penetraba en todas
partes. Los fugitivos hallaban en algún lugar puertas hospitalarias que les
eran abiertas, y morando allí, predicaban a Cristo, a veces en la iglesia, o,
si se les negaba ese privilegio, en casas particulares o al aire libre.
Cualquier sitio en que hallasen un oyente se convertía en templo. La verdad,
proclamada con tanta energía y fidelidad, se extendía con irresistible poder.
En vano se mancomunaban las autoridades civiles y eclesiásticas para detener el avance de la herejía. Inútilmente recurrían a la cárcel, al tormento, al fuego y a la espada. Millares de creyentes sellaban su fe con su sangre, pero la obra seguía adelante. La persecución no servía sino para hacer cundir la verdad, y el fanatismo que Satanás intentara unir a ella, no logró sino hacer resaltar aun más el contraste entre la obra diabólica y la de Dios.