CAPÍTULO 2. La Más Urgente
Necesidad del Hombre
CAPÍTULO 3. Un Poder Misterioso que
Convence
CAPÍTULO 4. Para Obtener la Paz
Interior
CAPÍTULO 6. Maravillas Obradas por
la Fe
CAPÍTULO 7. Cómo Lograr una
Magnífica Renovación
CAPÍTULO 8. El Secreto del
Crecimiento
CAPÍTULO 9. El Gozo de la
Colaboración
CAPÍTULO 10. Los Dos Lenguajes de
la Providencia
CAPÍTULO 11. ¿Podemos Comunicarnos
con Dios?
CAPÍTULO 12. ¿Qué Debe Hacerse con
la Duda?
CAPÍTULO 13. La Fuente de Regocijo
y Felicidad
Esta obra no necesita recomendación. Un
cuidadoso examen de su contenido demostrará que la persona que la escribió
conocía al gran Maestro de amor. A la copiosa espiritualidad y los sanos
consejos esparcidos en sus páginas, se debe la gran aceptación que encuentra
siempre por todas partes. Cuando se la ha leído una vez, se la lee de nuevo y
se la estudia como una guía en el camino de la salvación.
En sus páginas se nos presenta la noble
figura de Jesús, no como un personaje muerto de la historia antigua, sino como
el Cristo viviente, que sigue realizando milagros, transformando la vida de
todos aquellos que lo invocan con fe.
La obra original, en inglés, ha tenido
numerosas ediciones, y gracias a diligentes traducciones, se encuentra ahora
publicada en alemán, armenio, bohemio, búlgaro, cafre, castellano, dinamarqués,
galés, finlandés, francés, holandés, húngaro, islandés, italiano, japonés,
letón, lituano, polaco, portugués, rumano, ruso y sueco.
Y tan buenos resultados ha producido su
lectura, según el testimonio de los propios beneficiados, que finalmente se ha
decidido imprimir la presente edición, que representa el centésimo nonagésimo
primer millar en castellano, para que alcance una circulación aún mayor que las
anteriores.
Que este libro, EL CAMINO A CRISTO,
continúe siendo lo que su nombre implica, para sus muchos lectores; es el
sincero y ferviente deseo de
LOS EDITORES.
LA NATURALEZA y la revelación a una dan
testimonio del amor de Dios. Nuestro Padre celestial es la fuente de vida, de
sabiduría y de gozo. Mirad las maravillas y bellezas de la naturaleza. Pensad
en su prodigiosa adaptación a las necesidades y a la felicidad, no solamente
del hombre, sino de todas las criaturas vivientes. El sol y la lluvia que
alegran y refrescan la tierra; los montes, los mares y los valles, todos nos
hablan del amor del Creador. Dios es el que suple las necesidades diarias de
todas sus criaturas. Ya el salmista lo dijo en las bellas palabras siguientes:
"Los ojos de todos miran a ti, Y tú
les das su alimento a su tiempo. Abres tu mano, Y satisfaces el deseo de todo
ser viviente". (Salmo 145: 15, 16.)
Dios hizo al hombre perfectamente santo
y feliz; y la hermosa tierra no tenía, al salir de la mano del Creador, mancha
de decadencia, ni sombra de maldición. La transgresión de la ley de Dios, de la
ley de amor, es lo que ha traído consigo dolor y muerte. Sin embargo, en medio
del sufrimiento que resulta del pecado se manifiesta el amor de Dios. Está
escrito que Dios maldijo la tierra por
causa del hombre. (Génesis 3: 17) Los cardos y espinas - las dificultades y
pruebas que hacen de su vida una vida de afán y cuidado - le fueron asignados
para su bien, como parte de la preparación necesaria, según el plan de Dios,
para su elevación de la ruina y degradación que el pecado había causado. El
mundo, aunque caído, no es todo tristeza y miseria. En la naturaleza misma hay
mensajes de esperanza y consuelo. Hay flores en los cardos y las espinas están
cubiertas de rosas.
"Dios es amor", está escrito en cada
capullo de flor que se abre, en cada tallo de la naciente hierba. Los hermosos
pájaros que llenan el aire de melodías con sus preciosos cantos, las flores
exquisitamente matizadas que en su perfección perfuman el aire, los elevados
árboles del bosque con su rico follaje de viviente verdor, todos dan testimonio
del tierno y paternal cuidado de nuestro Dios y de su deseo de hacer felices a
sus hijos.
La Palabra de Dios revela su carácter.
El mismo ha declarado su infinito amor y piedad. Cuando Moisés dijo:
"Ruégote me permitas ver tu gloria", Jehová respondió: "Yo haré
que pase toda mi benignidad ante tu vista". (Éxodo 33: 18, 19) Tal es su gloria. Jehová pasó delante de
Moisés y clamó: "Jehová, Jehová, Dios compasivo y clemente lento en iras y
grande en misericordia y en Fidelidad; que usa de misericordia hasta la
milésima generación; que perdona la iniquidad, la transgresión y el
pecado". (Éxodo 34: 6, 7)
"Lento en iras y grande en misericordia" (Jonás 4: 2) "Porque se deleita en la misericordia".
(Miqueas 7: 18)
Dios ha unido nuestros corazones a él
con pruebas innumerables en los cielos y en la tierra. Mediante las cosas de la
naturaleza y los más profundos y tiernos lazos que el corazón humano pueda
conocer en la tierra, ha procurado revelársenos. Con todo, estas cosas sólo
representan imperfectamente su amor. Aunque se habían dado todas estas pruebas
evidentes, el enemigo del bien cegó el entendimiento de los hombres, para que
éstos mirasen a Dios con temor, para que lo considerasen severo e implacable.
Satanás indujo a los hombres a concebir a Dios como un ser cuyo principal
atributo es una justicia inexorable, como un juez severo, un duro, estricto
acreedor. Pintó al Creador como un ser que está velando con ojo celoso por
discernir los errores y faltas de los hombres, para visitarlos con juicios. Por
esto vino Jesús a vivir entre los hombres, para disipar esa densa sombra,
revelando al mundo el amor infinito de Dios.
El Hijo de Dios descendió del cielo para
manifestar al Padre. "A Dios nadie jamás le ha visto: el Hijo unigénito,
que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer". (S. Juan 1:
18) "Ni al Padre conoce nadie,
sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar". (S. Mateo 11:
27) Cuando uno de sus discípulos le dijo: "Muéstranos al Padre",
Jesús respondió: "Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, ¿y todavía no
me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre: ¿Cómo pues
dices tú: Muéstranos al Padre? " (S. Juan 14: 8, 9).
Jesús dijo, describiendo su misión
terrenal: Jehová "me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres;
me a enviado para proclamar a los cautivos, y a los ciegos recobro la vista
para poner en libertad a los oprimidos". (s. Lucas 4: 18.), esta era su
obra. Pasó haciendo bien y sanando a todos los oprimidos de Satanás.
Había aldeas enteras donde no se oía un
gemido de dolor en casa alguna, porque él había pasado por ellas y sanado a
todos sus enfermos. Su obra demostraba su divina unción. En cada acto de su
vida revelaba amor, misericordia y compasión; su corazón rebosaba de tierna
simpatía por los hijos de los hombres. Tomó la naturaleza del hombre para poder
simpatizar con sus necesidades. Los más pobres y humildes no tenían temor de
allegársele. Aun los niñitos se sentían atraídos hacia él. Les gustaba subir a
sus rodillas y contemplar ese rostro pensativo, que irradiaba benignidad y
amor, Jesús no suprimió una palabra de verdad, sino que profirió siempre la
verdad con amor. Hablaba con el mayor tacto, cuidado y misericordiosa atención,
en su trato con las gentes. Nunca fue áspero, nunca habló una palabra severa
innecesariamente, nunca dio a un alma sensible una pena innecesaria. No
censuraba la debilidad humana. Hablaba la verdad, pero siempre con amor.
Denunciaba la hipocresía, la incredulidad y la iniquidad; pero las lágrimas
velaban su voz cuando profería sus fuertes reprensiones. Lloró sobre Jerusalén,
la ciudad amada que rehusó recibirlo, a él, el Camino, la Verdad y la Vida. Habían rechazado al
Salvador, mas él los consideraba con piadosa ternura. La suya fue una vida de
abnegación y verdadera solicitud por los demás. Toda alma era preciosa a sus
ojos. A la vez que siempre llevaba consigo la dignidad divina, se inclinaba con
la más tierna consideración hacia cada uno de los miembros de la familia de
Dios. En todos los hombres veía almas caídas a quienes era su misión salvar.
Tal es el carácter de Cristo como se
revela en su vida. Este es el carácter de Dios. Del corazón del Padre es de
donde manan los ríos de compasión divina, manifestada en Cristo para todos los
hijos de los hombres. Jesús el tierno y piadoso Salvador, era Dios
"manifestado en la carne" (1 Timoteo 3: 16) .
Jesús vivió, sufrió y murió para
redimirnos. El se hizo "Varón de dolores" para que nosotros fuésemos
hechos participantes del gozo eterno. Dios permitió que su Hijo amado, lleno de
gracia y de verdad, viniese de un mundo de indescriptible gloria, a un mundo
corrompido y manchado por el pecado, oscurecido con la sombra de la muerte y la
maldición. Permitió que dejase el seno de su amor, la adoración de los ángeles,
para sufrir vergüenza, insulto, humillación, odio y muerte. "El castigo de
nuestra paz cayó sobre él, y por sus llagas nosotros sanamos" (Isaías 53:
5). ¡Miradlo en el desierto, en el Getsemaní, sobre la cruz! El Hijo inmaculado
de Dios tomó sobre sí la carga del pecado. El que había sido uno con Dios,
sintió en su alma la terrible separación que hace el pecado entre Dios y el hombre. Esto arrancó de sus labios
el angustioso clamor: "¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿por qué me has
desamparado?" (S. Mateo 27: 46). La carga del pecado, el conocimiento de
su terrible enormidad y de la separación que causa entre el alma y Dios,
quebrantó el corazón del Hijo de Dios.
Pero este gran sacrificio no fue hecho a
fin de crear amor en el corazón del Padre para con el hombre, ni para moverlo a
salvar. ¡No, no! "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su
Hijo unigénito" (S. Juan 3: 16). No es que el Padre nos ame por causa de
la gran propiciación, sino que proveyó la propiciación porque nos ama. Cristo
fue el medio por el cual él pudo derramar su amor infinito sobre un mundo
caído. "Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo mismo al mundo"
(2 Corintios 5: 19). Dios sufrió con su Hijo. En la agonía del Getsemaní, en la
muerte del Calvario, el corazón del Amor Infinito pagó el precio de nuestra
redención.
Jesús decía: "Por esto el Padre me
ama, por cuanto yo pongo mi vida para volverla a tomar" (S. Juan 10:
17). Es decir: "De tal manera os amaba mi Padre, que aún me ama más porque
he dado mi vida para redimiros. Por haberme hecho vuestro Sustituto y Fianza,
por haber entregado mi vida y tomado vuestras responsabilidades, vuestras
transgresiones, soy más caro a mi Padre; por mi sacrificio, Dios puede ser
justo y, sin embargo, el justificador del que cree en Jesús".´
Nadie sino el Hijo de Dios podía
efectuar nuestra redención; porque sólo él, que estaba en el seno del Padre podía darlo a conocer.
Sólo él, que conocía la altura y la profundidad del amor de Dios, podía
manifestarlo. Nada menos que el infinito sacrificio hecho por Cristo en favor
del hombre caído podía expresar el amor del Padre hacia la perdida humanidad.
"Porque de tal manera amó Dios al
mundo, que dio a su Hijo unigénito". Lo dio no solamente para que viviese
entre los hombres, no sólo para que llevase los pecados de ellos y muriese como
su sacrificio; lo dio a la raza caída. Cristo debía identificarse con los intereses
y necesidades de la humanidad. El que era uno con Dios se ha unido con los
hijos de los hombres con lazos que jamás serán quebrantados. Jesús "no se
avergüenza de llamarlos hermanos" (Hebreos 2: 11). Es nuestro Sacrificio,
nuestro Abogado, nuestro Hermano, lleva nuestra forma humana delante del trono
del Padre, y por las edades eternas será uno con la raza que ha redimido: es el
Hijo del hombre. Y todo esto para que el hombre fuese levantado de la ruina y
degradación del pecado, para que reflejase el amor de Dios y participase del
gozo de la santidad.
El precio pagado por nuestra redención,
el sacrificio infinito que hizo nuestro Padre celestial al entregar a su Hijo
para que muriese por nosotros, debe darnos un concepto elevado de lo que
podemos ser hechos por Cristo. Al considerar el inspirado apóstol Juan "la
altura", "la profundidad" y "la anchura" del amor del
Padre hacia la raza que perecía, se llena de alabanzas y reverencia, y no
pudiendo encontrar lenguaje conveniente
en que expresar la grandeza y ternura de este amor, exhorta al mundo a
contemplarlo. "¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados
hijos de Dios!" (1 S. Juan 3: 1) ¡Qué valioso hace esto al hombre! Por la
transgresión, los hijos del hombre se hacen súbditos de Satanás. Por la fe en
el sacrificio reconciliador de Cristo, los hijos de Adán pueden ser hechos
hijos de Dios. Al revestirse de la naturaleza humana, Cristo eleva a la
humanidad. Los hombres caídos son colocados donde pueden, por la relación con
Cristo, llegar a ser en verdad dignos del nombre de "hijos de Dios".
Tal amor es incomparable. ¡Hijos del Rey
celestial! ¡Promesa preciosa! ¡Tema para la más profunda meditación! ¡El
incomparable amor de Dios para con un mundo que no lo amaba! Este pensamiento
tiene un poder subyugador y cautiva el entendimiento a la voluntad de Dios.
Cuanto más estudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, más vemos la
misericordia, la ternura y el perdón unidos a la equidad y la justicia, y más
claramente discernimos pruebas innumerables de un amor infinito y de una tierna
piedad que sobrepuja la ardiente simpatía y los anhelosos sentimientos de la
madre para con su hijo extraviado.
"Romperse puede todo lazo humano,
Separarse el hermano del hermano, Olvidarse la madre de sus hijos, Variar los
astros sus senderos fijos; Mas ciertamente nunca cambiará El amor providente de
Jehová".
EL HOMBRE estaba dotado originalmente de
facultades nobles y de un entendimiento bien equilibrado. Era perfecto y estaba
en armonía con Dios. Sus pensamientos eran puros, sus designios santos. Pero
por la desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el egoísmo sustituyó al
amor. Su naturaleza se hizo tan débil por la transgresión, que le fue
imposible, por su propia fuerza, resistir el poder del mal. Fue hecho cautivo
por Satanás, y hubiera permanecido así para siempre si Dios no hubiese
intervenido de una manera especial. El propósito del tentador era contrariar el
plan que Dios había tenido al crear al hombre y llenar la tierra de miseria y
desolación. Quería señalar todo este mal como el resultado de la obra de Dios
al crear al hombre.
El hombre, en su estado de inocencia,
gozaba de completa comunión con Aquel "en quien están escondidos todos los
tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Colosenses 2: 3.) Mas después de
su caída, no pudo encontrar gozo en la santidad y procuró ocultarse de la
presencia de Dios. Y tal es aún la condición del corazón no renovado. No está
en armonía con Dios, ni encuentra gozo en la comunión con él. El pecador no
podría ser feliz en la presencia de Dios; le desagradaría la compañía de los seres santos. Y si se le
pudiese permitir entrar en el cielo, no hallaría alegría en aquel lugar. El
espíritu de amor puro que reina allí donde responde cada corazón al corazón del
Amor Infinito, no haría vibrar en su alma cuerda alguna de simpatía. Sus
pensamientos, sus intereses, sus móviles, serían distintos de los que mueven a
los moradores celestiales. Sería una nota discordante en la melodía del cielo.
El cielo sería para él un lugar de tortura. Ansiaría ocultarse de la presencia
de Aquel que es su luz y el centro de su gozo. No es un decreto arbitrario de
parte de Dios el que excluye del cielo a los malvados: ellos mismos se han
cerrado las puertas por su propia ineptitud para aquella compañía. La gloria de
Dios sería para ellos un fuego consumidor. Desearían ser destruidos para
esconderse del rostro de Aquel que murió por salvarlos.
Es imposible que escapemos por nosotros
mismos del abismo del pecado en que estamos sumidos. Nuestro corazón es malo y
no lo podemos cambiar. "¿Quién podrá sacar cosa limpia de inmunda?
Ninguno" (Job 14: 4 )"Por cuanto el ánimo carnal es enemistad contra
Dios; pues no está sujeto a la ley de Dios, ni a la verdad lo puede estar"
(Romanos 8: 7). La educación, la cultura, el ejercicio de la voluntad, el
esfuerzo humano todos tienen su propia esfera, pero para esto no tienen ningún
poder. Pueden producir una corrección externa de la conducta, pero no pueden
cambiar el corazón; no pueden purificar las fuentes de la vida. Debe haber un
poder que obre en el interior, una vida nueva de lo alto, antes de que el
hombre pueda convertirse del pecado a la santidad. Ese poder es Cristo.
Solamente su gracia puede vivificar las facultades muertas del alma y
atraerlas a Dios, a la santidad. El
Salvador dijo: "A menos que el hombre naciere de nuevo", a menos que
reciba un corazón nuevo, nuevos deseos, designios y móviles que lo guíen a una
nueva vida, "no puede ver el reino de Dios" (S. Juan 3: 3). La idea
de que solamente es necesario desarrollar lo bueno que existe en el hombre por
naturaleza, es un engaño fatal.
"El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios; porque le son insensatez; ni las puede
conocer, por cuanto se disciernen espiritualmente" (1 Corintios 2: 14). "No te maravilles de que te dije: os es
necesario nacer de nuevo" (S. Juan
3: 7.) De Cristo está escrito: "En él estaba la vida; y la vida era la
luz de los hombres" (S. Juan 1:
4), el único "nombre debajo del cielo dado a los hombres, en el cual
podamos ser salvos" (Hechos 4:
12).
No basta comprender la bondad amorosa de
Dios, ni percibir la benevolencia y ternura paternal de su carácter. No basta discernir la sabiduría y justicia
de su ley, ver que está fundada sobre el eterno principio del amor. El apóstol Pablo veía todo esto cuando
exclamó: "Consiento en que la ley es buena", "la ley es santa, y
el mandamiento, santo y justo y bueno". Mas él añadió en la amargura de su
alma agonizante y desesperada: "Soy carnal, vendido bajo el poder del
pecado" (Romanos 7: 12, 14). Ansiaba la pureza, la justicia que no podía
alcanzar por sí mismo, y dijo: "¡Oh hombre infeliz que soy! ¿quién me
libertará de este cuerpo de muerte?" (Romanos 7: 24). La misma exclamación ha subido en todas
partes y en todo tiempo, de corazones sobrecargados. No hay más que una contestación para todos: "'¡He aquí el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo!" (S. Juan 1: 29).
Muchas son las figuras por las cuales el
Espíritu de Dios ha procurado ilustrar esta verdad y hacerla clara a las almas
que desean verse libres de la carga del pecado. Cuando Jacob pecó, engañando a Esaú, y huyó de la casa de su
padre, estaba abrumado por el conocimiento de su culpa. Solo y abandonado como estaba, separado de
todo lo que le hacía preciosa la vida, el único pensamiento que sobre todos los
otros oprimía su alma, era el temor de que su pecado lo hubiese apartado de
Dios, que fuese abandonado del cielo.
En medio de su tristeza, se recostó para descansar sobre la tierra
desnuda. Rodeábanlo solamente las
solitarias montañas, y cubríalo la bóveda celeste con su manto de
estrellas. Habiéndose dormido, una luz
extraordinaria se le apareció en su sueño; y he aquí, de la llanura donde
estaba recostado, una inmensa escalera simbólica parecía conducir a lo alto,
hasta las mismas puertas del cielo, y los ángeles de Dios subían y descendían
por ella; al paso que de la gloria de
las alturas se oyó la voz divina que pronunciaba un mensaje de consuelo y
esperanza. Así hizo Dios conocer a
Jacob aquello que satisfacía la necesidad y el ansia de su alma: un Salvador.
Con gozo y gratitud vio revelado un camino por el cual él, como pecador, podía ser restaurado a la comunión
con Dios. La mística escalera de su
sueño representaba a Jesús, el único medio de comunicación entre Dios y el
hombre.
Esta es la misma figura a la cual Cristo
se refirió en su conversación con Natanael, cuando dijo: "Veréis abierto el cielo, y a los
ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre" (S. Juan 1: 51). Al caer, el hombre se apartó de Dios: la tierra fue cortada del
cielo. A través del abismo existente
entre ambos no podía haber ninguna comunión.
Mas mediante Cristo, el mundo está unido otra vez con el cielo. Con sus propios méritos, Cristo ha salvado
el abismo que el pecado había hecho, de tal manera que los hombres pueden tener
comunión con los ángeles ministradores.
Cristo une al hombre caído, débil y miserable, con la Fuente del poder Infinito.
Mas vanos son los sueños de progreso de
los hombres, vanos todos sus esfuerzos por elevar a la humanidad, si
menosprecian la única fuente de esperanza y amparo para la raza caída. "Toda dádiva buena y todo don
perfecto" (Santiago 1: 17) es de Dios.
No hay verdadera excelencia de carácter fuera de él. Y el único camino para ir a Dios es Cristo,
quien dice: "Yo soy el Camino, y
la Verdad, y la Vida; nadie viene al Padre sino por mí". (S. Juan 14: 6)
El corazón de Dios suspira por sus hijos
terrenales con un amor más fuerte que la muerte. Al dar a su Hijo nos ha vertido todo el cielo en un don. La vida,
la muerte y la intercesión del Salvador, el ministerio de los ángeles, la
imploración del Espíritu Santo, el Padre que obra sobre todo y por todo, el interés incesante de los seres
celestiales: todos están empeñados en la redención del hombre.
¡Oh, contemplemos el sacrificio
asombroso que ha sido hecho por nosotros! Procuremos apreciar el trabajo y la
energía que el cielo está empleando para rescatar al perdido y traerlo de nuevo
a la casa de su Padre. Jamás podrían
haberse puesto en acción motivos más fuertes y energías más poderosas: los grandiosos galardones por el bien hacer,
el goce del cielo, la compañía de los ángeles, la comunión y el amor de Dios y
de su Hijo, la elevación y el acrecentamiento de todas nuestras facultades por
las edades eternas, ¿no son éstos incentivos y estímulos poderosos que nos
instan a dedicar a nuestro Creador y Salvador el amante servicio de nuestro
corazón?
Y por otra parte, los juicios de Dios
pronunciados contra el pecado, la retribución inevitable, la degradación de
nuestro carácter y la destrucción final, se presentan en la Palabra de Dios
para amonestarnos contra el servicio de Satanás.
¿No apreciaremos la misericordia de
Dios? ¿Qué más podía hacer? Pongámonos
en perfecta relación con Aquel que nos ha amado con estupendo amor. Aprovechemos los medios que nos han sido
provistos para que seamos transformados conforme a su semejanza y restituidos a
la comunión de los ángeles ministradores, a la armonía y comunión del Padre y
el Hijo.
¿COMO se justificará el hombre con Dios?
¿Cómo se hará justo el pecador?
Solamente por intermedio de Cristo podemos ponernos en armonía con Dios
y la santidad; pero, ¿cómo debemos ir a Cristo? Muchos formulan
la misma pregunta que hicieron las multitudes el día de Pentecostés, cuando,
convencidas de su pecado, exclamaron: "¿Qué haremos?" La primera palabra de contestación de Pedro
fue: "Arrepentíos". Poco
después, en otra ocasión, dijo: "Arrepentíos pues, y volveos a Dios; para
que sean borrados vuestros pecados" (Hechos 2: 38; 3: 19).
El arrepentimiento comprende tristeza
por el pecado y abandono del mismo. No
renunciaremos al pecado a menos que veamos su pecaminosidad; mientras no lo
repudiemos de corazón, no habrá cambio real en la vida.
Hay muchos que no entienden la
naturaleza verdadera del arrepentimiento.
Gran número de personas se entristecen por haber pecado y aun se
reforman exteriormente, porque temen que su mala vida les acarree
sufrimientos. Pero esto no es
arrepentimiento en el sentido bíblico. Lamentan la pena más bien que el pecado.
Tal fue el dolor de Esaú cuando vio que había perdido su primogenitura para
siempre. Balaam, aterrorizado por el
ángel que estaba en su camino con la espada desnuda, reconoció su culpa por temor de perder la vida; mas no
experimentó un arrepentimiento sincero del pecado, ni un cambio de propósito, ni aborrecimiento del mal. Judas
Iscariote, después de traicionar a su Señor, exclamó: "¡He pecado, entregando la sangre inocente!" (S. Mateo 27: 4).
Esta confesión fue arrancada a la fuerza
de su alma culpable por un tremendo sentido de condenación y una pavorosa expectación
de juicio. Las consecuencias que habían
de resultarle lo llenaban de terror, pero no experimentó profundo
quebrantamiento de corazón, ni dolor de alma por haber traicionado al Hijo
inmaculado de Dios y negado al santo de Israel. Cuando Faraón sufría los juicios de Dios, reconoció su pecado a
fin de escapar del castigo, pero volvió a desafiar al cielo tan pronto como
cesaron las plagas. Todos éstos
lamentaban los resultados del pecado, pero no sentían tristeza por el pecado
mismo.
Mas cuando el corazón cede a la
influencia del Espíritu de Dios, la conciencia se vivifica y el pecador
discierne algo de la profundidad y santidad de la sagrada ley de Dios,
fundamento de su gobierno en los cielos y en la tierra. "La Luz verdadera,
que alumbra a todo hombre que viene a este mundo" (S. Juan 1: 9), ilumina
las cámaras secretas del alma y se manifiestan las cosas ocultas. La convicción se posesiona de la mente y del
corazón. El pecador tiene entonces
conciencia de la justicia de Jehová y siente terror de aparecer en su iniquidad
e impureza delante del que escudriña los corazones. Ve el amor de Dios, la
belleza de la santidad y el gozo de la pureza. Ansía ser purificado y restituido a la comunión del cielo.
La oración de David después de su caída
es una ilustración de la naturaleza del verdadero dolor por el pecado. Su arrepentimiento era sincero y
profundo. No hizo ningún esfuerzo por
atenuar su crimen; ningún deseo de escapar del juicio que lo amenazaba inspiró
su oración. David veía la enormidad de
su transgresión; veía las manchas de su alma; aborrecía su pecado. No imploraba solamente el perdón, sino
también la pureza del corazón. Deseaba
tener el gozo de la santidad -ser restituido a la armonía y comunión con Dios.
Este era el lenguaje de su alma:
"¡Bienaventurado aquel cuya
transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado!
¡Bienaventurado el hombre a quien Jehová
no atribuye la iniquidad, cuyo espíritu no hay engaño! (Salmo 32: 1, 2)
¡Apiádate de mí, oh Dios, conforme a tu
misericordia;
conforme a la muchedumbre de tus
piedades, borra mis transgresiones ! . . .
Porque yo reconozco mis transgresiones,
y mi pecado está siempre delante de mí....
¡Purifícame con hisopo, y seré limpio;
lávame, y quedaré más blanco que la nieve! .
¡Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
y renueva un espíritu recto dentro de mí!
¡No me eches de tu presencia,
y no me quites tu Santo Espíritu!
¡Restitúyeme el gozo de tu salvación,
y el Espíritu de gracia me sustente!...
¡Líbrame del delito de sangre, oh Dios,
el Dios de mi salvación!
¡cante mi lengua tu justicia!"
(Salmo 51: 1, 14)
Efectuar un arrepentimiento como éste,
está más allá del alcance de nuestro propio poder; se obtiene solamente de
Cristo, quien ascendió a lo alto y ha dado dones a los hombres.
Precisamente éste es un punto sobre el
cual muchos yerran, y por esto dejan de recibir la ayuda que Cristo quiere
darles. Piensan que no pueden ir a
Cristo a menos que se arrepientan primero, y que el arrepentimiento los prepara
para el perdón de sus pecados. Es
verdad que el arrepentimiento precede al perdón de los pecados, porque
solamente el corazón quebrantado y contrito es el que siente la necesidad de un
Salvador. Pero, ¿debe el pecador esperar hasta que se haya
arrepentido, para poder ir a Jesús? ¿Ha de ser el arrepentimiento un obstáculo
entre el pecador y el Salvador?
La Biblia no enseña que el pecador deba
arrepentirse antes de poder aceptar la invitación de Cristo: "¡Venid a mí todos los que estáis
cansados y agobiados, y yo os daré descanso!" (S. Mateo 11: 28). La
virtud que viene de Cristo es la que guía a un arrepentimiento genuino. San Pedro habla del asunto de una manera muy
clara en su exposición a los israelitas, cuando dice: "A éste, Dios le ensalzó con su diestra para ser Príncipe y
Salvador, a fin de dar arrepentimiento a Israel, y remisión de pecados". (Hechos 5: 31) No podemos arrepentirnos sin
que el Espíritu de Cristo despierte la conciencia, más de lo que podemos ser perdonados sin Cristo.
Cristo es la fuente de todo buen
impulso. El es el único que puede
implantar en el corazón enemistad contra el pecado. Todo deseo de verdad y de
pureza, toda convicción de nuestra propia pecaminosidad, es una prueba de que
su Espíritu está obrando en nuestro corazón.
Jesús dijo: "Yo, si fuere levantado en alto de sobre la tierra, a todos
los atraeré a mí mismo" (S. Juan
12: 32). Cristo debe ser revelado al pecador como el Salvador que muere por los
pecados del mundo; y cuando consideramos al Cordero de Dios sobre la cruz del
Calvario, el misterio de la redención comienza a abrirse a nuestra mente y la
bondad de Dios nos guía al arrepentimiento.
Al morir Cristo por los pecadores, manifestó un amor incomprensible; y
este amor, a medida que el pecador lo contempla, enternece el corazón,
impresiona la mente e inspira contricción en el alma.
Es verdad que algunas veces los hombres
se avergüenzan de sus caminos pecaminosos y abandonan algunos de sus malos
hábitos antes de darse cuenta de que son atraídos a Cristo. Pero cuando hacen
un esfuerzo por reformarse, con un sincero deseo de hacer el bien, es el poder de
Cristo el que los está atrayendo. Una
influencia de la cual no se dan cuenta, obra sobre el alma, la conciencia se
vivifica y la vida externa se enmienda. Y a medida que Cristo los induce a
mirar su cruz y contemplar a quien han traspasado sus pecados, el mandamiento
despierta la conciencia. La maldad de
su vida, el pecado profundamente arraigado en su alma se les revela. Comienzan
a entender algo de la justicia de Cristo y exclaman "¿Qué es el pecado, para que exigiera tal sacrificio por la
redención de su víctima? ¿Fueron necesarios todo este amor, todo este
sufrimiento, toda esta humillación, para que no pereciéramos, sino que
tuviéramos vida eterna?" .
El pecador puede resistir a este amor,
puede rehusar ser atraído a Cristo; pero si no se resiste será atraído a Jesús;
un conocimiento del plan de la salvación lo guiará al pie de la cruz,
arrepentido de sus pecados, que han causado los sufrimientos del amado Hijo de
Dios.
La misma inteligencia divina que obra en
la naturaleza, habla al corazón de los hombres y crea un deseo indecible de
algo que no tienen. Las cosas del mundo no pueden satisfacer su ansiedad. El
Espíritu de Dios está suplicándoles que busquen las cosas que sólo pueden dar
paz y descanso: la gracia de Cristo y el gozo de la santidad. Por medio de influencias visibles e
invisibles, nuestro Salvador está constantemente obrando para atraer el corazón
de los hombres de los vanos placeres del pecado a las bendiciones infinitas que
pueden disfrutar en él. A todas estas
almas que están procurando vanamente beber en las cisternas rotas de este
mundo, se dirige el mensaje divino:
"El que tiene sed,
¡venga! ¡y el que quiera, tome
del agua de la vida, de balde!"
(Apocalipsis 22: 17)
Los que en vuestro corazón anheláis algo
mejor que lo que este mundo puede dar, reconoced este deseo como la voz de Dios
que habla a vuestras almas. Pedidle que os dé arrepentimiento, que os revele a
Cristo en su amor infinito y en su pureza perfecta. En la vida del Salvador quedaron perfectamente ejemplificados los
principios de la ley de Dios y el amor a Dios y al hombre. La benevolencia y el amor desinteresado
fueron la vida de su alma. Contemplándolo, nos inunda la luz de nuestro
Salvador y podemos ver la pecaminosidad de nuestro corazón.
Podemos lisonjearnos como Nicodemo de
que nuestra vida ha sido muy buena, de que nuestro carácter es perfecto y
pensar que no necesitamos humillar nuestro corazón delante de Dios como el
pecador común, pero cuando la luz de Cristo resplandece en nuestras almas,
vemos cuán impuros somos; discernimos el egoísmo de nuestros motivos y la
enemistad contra Dios, que ha manchado todos los actos de nuestra vida.
Entonces conocemos que nuestra propia justicia es en verdad como andrajos
inmundos y que solamente la sangre de Cristo puede limpiarnos de las manchas
del pecado y renovar nuestro corazón a su semejanza.
Un rayo de luz de la gloria de Dios, un
destello de la pureza de Cristo que penetre en el alma, hace dolorosamente
visible toda mancha de pecado y descubre la deformidad y los defectos del
carácter humano. Hace patentes los
deseos impuros, la infidelidad del corazón y la impureza de los labios. Los actos de deslealtad del pecador que
anulan la ley de Dios, quedan expuestos a su vista y su espíritu se aflige y se
oprime bajo la influencia escudriñadora del Espíritu de Dios. Se aborrece a si
mismo viendo el carácter puro y sin mancha de Cristo.
Cuando el profeta Daniel vio la gloria
que rodeaba al mensajero celestial que le había sido enviado, se sintió
abrumado por su propia debilidad e imperfección. Describiendo el efecto de la
maravillosa escena, dice: "No quedó en mi esfuerzo, y mi lozanía se me
demudó en palidez de muerte, y no
retuve fuerza alguna" (Daniel 10:
8). Cuando el alma se conmueve de esta manera, odia el egoísmo, aborrece el
amor propio y busca, mediante la justicia de Cristo, la pureza de corazón que
está en armonía con la ley de Dios y con el carácter de Cristo.
San Pablo dice que "en cuanto a justicia que haya en la
ley", es decir, en cuanto se refiere
a las obras externas, era "irreprensible" (Filipenses 3: 6), pero
cuando comprendió el carácter espiritual de la ley, se vio a sí mismo
pecador. Juzgado por la letra de la ley
como los hombres la aplican a la vida externa, se había abstenido de pecado;
pero cuando miró en la profundidad de sus santos preceptos y se vio como Dios
lo veía, se humilló profundamente y confesó su maldad. Dice: "Y yo aparte de la ley vivía en un
tiempo: mas cuando vino el mandamiento, revivió el pecado, y yo morí' (Romanos
7: 9). Cuando vio la naturaleza
espiritual de la ley, mostrósele el pecado en su verdadera deformidad y su
estimación propia se desvaneció.
No todos los pecados son delante de Dios
de igual magnitud; hay diferencia de pecados a su juicio, como la hay a juicio
de los hombres; sin embargo, aunque éste o aquel acto malo pueda parecer
frívolo a los ojos de los hombres, ningún pecado es pequeño a la vista de
Dios. El juicio de los hombres es
parcial e imperfecto; mas Dios ve todas las cosas como son realmente. El borracho es detestado y se dice que su
pecado lo excluirá del cielo, mientras que el orgullo, el egoísmo y la codicia
muchísimas veces pasan sin condenarse.
Sin embargo, éstos son pecados que
ofenden especialmente a Dios; porque son contrarios a la benevolencia de su
carácter, a ese amor desinteresado que es la misma atmósfera del universo que
no ha caído. El que cae en alguno de
los pecados grandes puede avergonzarse y sentir su pobreza y necesidad de la gracia
de Cristo; pero el orgullo no siente ninguna necesidad y así cierra el corazón
a Cristo y a las infinitas bendiciones que él vino a derramar.
El pobre publicano que oraba
diciendo: "¡Dios, ten misericordia
de mí, pecador!" (S. Lucas 18:
13) se consideraba a sí mismo como un
hombre muy malvado y así lo consideraban los demás, pero él sentía su
necesidad, y con su carga de pecado y vergüenza vino delante de Dios implorando
su misericordia., Su corazón estaba
abierto para que el Espíritu de Dios hiciese en él su obra de gracia y lo
libertase del poder del pecado. La
oración jactanciosa y presuntuosa del fariseo mostró que su corazón estaba
cerrado a la influencia del Espíritu Santo.
Por estar lejos de Dios, no tenía idea de su propia corrupción, que
contrastaba con la perfección de la santidad divina. No sentía necesidad alguna y no recibió nada.
Si percibís vuestra condición
pecaminosa, no esperéis a haceros mejores vosotros mismos ¡Cuántos hay que piensan que no son bastante
buenos para ir a Cristo! ¿Esperáis
haceros mejores por vuestros propios esfuerzos? "¿Puede acaso el etíope mudar su piel, o el leopardo sus
manchas? entonces podréis vosotros también obrar bien, que estáis habituados a
obrar mal". (Jeremías 13: 23
) Hay ayuda para nosotros solamente en
Dios. No debemos permanecer en espera
de persuasiones más fuertes, de mejores oportunidades o de caracteres más
santos. Nada podemos hacer por nosotros
mismos. Debemos ir a Cristo tales como
somos.
Pero nadie se engañe a sí mismo con el
pensamiento de que Dios, en su grande amor y misericordia, salvará aun a
aquellos que rechazan su gracia. La
excesiva corrupción del pecado puede conocerse solamente a la luz de la
cruz. Cuando los hombres insisten en
que Dios es demasiado bueno para desechar a los pecadores, miren al Calvario. Fue porque no había otra manera en que el
hombre pudiese ser salvo, porque sin este sacrificio era imposible que la raza
humana escapara del poder contaminador del pecado y se pusiera en comunión con
los seres santos, imposible que los hombres llegaran a ser partícipes de la
vida espiritual; fue por esta causa por lo que Cristo tomó sobre sí la
culpabilidad del desobediente y sufrió en lugar del pecador. El amor, los sufrimientos y la muerte del
Hijo de Dios, todo da testimonio de la terrible enormidad del pecado y prueba
que no hay modo de escapar de su poder, ni esperanza de una vida más elevada,
sino mediante la sumisión del alma a Cristo.
Algunas veces los impenitentes se
excusan diciendo de los que profesan ser cristianos: "Soy tan bueno como ellos.
No son más abnegados, sobrios, ni circunspectos en su conducta que
yo. Les gustan los placeres y la
complacencia propia tanto como a mí".
Así hacen de las faltas de otros
una excusa por su propio descuido del deber.
Pero los pecados y faltas de otros no justifican los nuestros. Porque el Señor no nos ha dado un imperfecto
modelo humano. Se nos ha dado como
modelo al inmaculado Hijo de Dios, y los que se quejan de la mala vida de los
que profesan ser creyentes, son los que deberían presentar una vida y un
ejemplo más nobles. Si tienen un
concepto tan alto de lo que un cristiano debe ser, ¿no es su pecado tanto
mayor? Saben lo que es bueno y, sin embargo rehúsan hacerlo.
Cuidaos de las dilaciones. No posterguéis la obra de abandonar vuestros
pecados y buscar la pureza del corazón por medio de Jesús. Aquí es donde miles y miles han errado, para
su perdición eterna. No insistiré sobre
la brevedad e incertidumbre de la vida; pero hay un terrible peligro, un
peligro que no se entiende suficientemente, en retardarse en ceder a la
invitación del Espíritu Santo de Dios, en preferir vivir en el pecado, porque
tal demora consiste realmente en eso.
El pecado, por pequeño que se suponga, no puede consentirse sino a riesgo
de una pérdida infinita. Lo que no venzamos nos vencerá y determinará nuestra
destrucción.
Adán y Eva se persuadieron de que por
una cosa de tan poca importancia, como comer la fruta prohibida, no podrían
resultar tan terribles consecuencias como Dios les había declarado. Pero esta cosa tan pequeña era la
transgresión de la santa e inmutable ley de Dios; separaba de Dios al hombre y
abría las compuertas de la muerte y de miserias sin número sobre nuestro mundo. Siglo tras siglo ha subido de nuestra tierra
un continuo lamento de aflicción, y la creación a una gime bajo la fatiga
terrible del dolor, como consecuencia de la desobediencia del hombre. El cielo mismo ha sentido los efectos de la
rebelión del hombre contra Dios. El
Calvario está delante de nosotros como un recuerdo del sacrificio asombroso que
se requirió para expiar la transgresión de la ley divina. No consideremos el pecado como cosa trivial.
Toda transgresión, todo descuido o
rechazo de la gracia de Cristo, obra indirectamente sobre vosotros; endurece el
corazón, deprava la voluntad, entorpece el entendimiento y, no solamente os
hace menos inclinados a ceder, sino también menos capaces de ceder a la tierna
invitación del Espíritu de Dios.
Muchos están apaciguando su conciencia
inquieta con el pensamiento de que pueden cambiar su mala conducta cuando
quieran; de que pueden tratar con ligereza las invitaciones de la misericordia
y, sin embargo, seguir siendo llamados. Piensan que después de menospreciar al
Espíritu de gracia, después de echar su influencia del lado de Satanás, en un
momento de terrible necesidad pueden cambiar de conducta. Pero esto no se hace tan fácilmente. La
experiencia y la educación de una vida entera han amoldado de tal manera el
carácter, que pocos desean después recibir la imagen de Jesús.
Un solo rasgo malo de carácter, un solo deseo pecaminoso, acariciado
persistentemente, neutralizan a veces todo el poder del Evangelio. Toda indulgencia pecaminosa fortalece la aversión del alma hacia
Dios. El hombre que manifiesta un
descreído atrevimiento o una impasible indiferencia hacia la verdad, no está
sino segando la cosecha de su propia siembra.
En toda la Biblia no hay amonestación más terrible contra el hábito de
jugar con el mal que las palabras del hombre sabio, cuando dice: "Prenderán al impío sus propias
iniquidades' (Proverbios 5: 22).
Cristo está pronto para libertarnos del
pecado, pero no fuerza la voluntad; y si por la persistencia en el pecado la
voluntad misma se inclina enteramente al mal y no deseamos ser libres, si no
queremos aceptar su gracia, ¿qué más
puede hacer? Hemos obrado nuestra
propia destrucción por nuestro deliberado rechazo de su amor. "¡He aquí ahora es el tiempo
acepto! ¡he aquí ahora es el día de
salvación!" (2 Corintios 6:
2). "¡Hoy, si oyereis su voz, no
endurezcáis vuestros corazones!"
(Hebreos 3: 7, 8).
"El hombre ve lo que aparece, mas
el Señor ve el corazón" (1 Samuel
16: 7), el corazón humano con sus
encontradas emociones de gozo y de tristeza, el extraviado y caprichoso
corazón, morada de tanta impureza y engaño.
El sabe sus motivos, sus mismos intentos y miras. Id a él con vuestra alma manchada como está.
Como el salmista, abrid sus cámaras al ojo que todo lo ve, exclamando "¡Escudríñame, oh Dios, y conoce mi
corazón: ensáyame, y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí algún camino
malo, y guíame en el camino eterno!"
(Salmo 139: 23, 24). 34
Muchos aceptan una religión intelectual,
una forma de santidad, sin que el corazón esté limpio. Sea vuestra oración: "¡Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
y renueva un espíritu recto dentro de mí!" (Salmo 51: 10). Sed leales con vuestra propia alma. Sed tan diligentes, tan persistentes, como
lo seríais si vuestra vida mortal estuviera en peligro. Este es un asunto que debe arreglarse entre
Dios y vuestra alma; arreglarse para la eternidad. Una esperanza supuesta, y nada más, llegará a ser vuestra ruina.
Estudiad la Palabra de Dios con
oración. Esa Palabra os presenta, en la
ley de Dios y en la vida de Cristo, los grandes principios de la santidad, sin
la cual "nadie verá al Señor'.
(Hebreos 12: 14) Convence de pecado; revela plenamente el camino de la salvación.
Prestadle atención como a la voz de Dios que os habla.
Cuando veáis la enormidad del pecado,
cuando os veáis como sois en realidad, no os entreguéis a la
desesperación. Pues a los pecadores es
a quienes Cristo vino a salvar. No tenemos
que reconciliar a Dios con nosotros, sino ¡oh maravilloso amor! "Dios estaba en Cristo, reconciliando
consigo mismo al mundo" (2 Corintios 5: 19 ). El está solicitando por su tierno amor los corazones de sus hijos
errados. Ningún padre según la carne
podría ser tan paciente con las faltas y yerros de sus hijos, como lo es Dios
con aquellos a quienes trata de salvar.
Nadie podría argüir más tiernamente con el pecador. Jamás labios humanos han dirigido
invitaciones más tiernas que él al extraviado.
Todas sus promesas, sus
amonestaciones, no son sino la expresión de su indecible amor.
Cuando Satanás viene a decirte que eres
un gran pecador, mira a tu Redentor y habla de sus méritos. Lo que te ayudará será el mirar su luz. Reconoce tu pecado, pero di al enemigo
que "Cristo Jesús vino al mundo
para salvar a los pecadores" (1
Timoteo 1: 15) y que puedes ser salvo por su incomparable amor. Jesús hizo una pregunta a Simón con respecto
a dos deudores. El primero debía a su
señor una suma pequeña y el segundo una muy grande; pero él perdonó a ambos, y
Cristo preguntó a Simón cuál deudor amaría más a su señor. Simón contestó: "Aquel a quien más perdonó" (S. Lucas 7: 43). Hemos
sido grandes deudores, pero Cristo murió para que fuésemos perdonados. Los méritos de su sacrificio son suficientes
para presentarlos al Padre en nuestro favor.
Aquellos a quienes ha perdonado más, lo amarán más, y estarán más cerca
de su trono alabándolo por su grande amor e infinito sacrificio. Cuanto más
plenamente comprendemos el amor de Dios, más nos percatamos de la pecaminosidad
del pecado. Cuando vemos cuán larga es la cadena que se nos ha arrojado para
rescatarnos, cuando entendemos algo del sacrificio infinito que Cristo ha hecho
en nuestro favor, el corazón se derrite de ternura y contrición.
"EL QUE encubre sus transgresiones, no prosperará; mas quien las
confiese y las abandone, alcanzará misericordia" (Proverbios 28: 13).
Las condiciones para obtener la
misericordia de Dios son sencillas, justas y razonables. El Señor no nos exige que hagamos alguna
cosa penosa para obtener el perdón de los pecados. No necesitamos hacer largas y cansadoras peregrinaciones, ni
ejecutar duras penitencias, para encomendar nuestras almas al Dios de los
cielos o para expiar nuestra transgresión; mas el que confiesa su pecado y se
aparta de él, alcanzará misericordia.
El apóstol dice: "Confesad pues vuestros pecados los
unos a los otros, y orad los unos por los otros, para que seáis sanados"
(Santiago 5: 16). Confesad vuestros
pecados a Dios, quien sólo puede perdonarlos, y vuestras faltas unos a
otros. Si has dado motivo de ofensa a tu amigo o vecino, debes reconocer tu
falta, y es su deber perdonarte libremente.
Debes entonces buscar el perdón de Dios, porque el hermano a quien s
ofendido pertenece a Dios y al perjudicarlo has pecado contra su Creador y
Redentor. Debemos presentar el caso
delante del único y verdadero Mediador, nuestro gran Sumo Sacerdote, que "ha sido tentado en todo punto, así
como nosotros, mas sin pecado" que
es capaz de compadecerse de nuestras
flaquezas" (Hebreos 4: 15) y es poderoso para limpiarnos de toda mancha
de pecado.
Los que no se han humillado de corazón
delante de Dios reconociendo su culpa, no han cumplido todavía la primera
condición de la aceptación. Si no hemos
experimentado ese arrepentimiento, del cual nadie se arrepiente, y no hemos
confesado nuestros pecados con verdadera humillación de alma y quebrantamiento
de espíritu, aborreciendo nuestra iniquidad, no hemos buscado verdaderamente el
perdón de nuestros pecados; y si nunca lo hemos buscado, nunca hemos encontrado
la paz de Dios. La única razón porque
no obtenemos la remisión de nuestros pecados pasados es que no estamos
dispuestos a humillar nuestro corazón y a cumplir con las condiciones de la
Palabra de verdad. Se nos dan
instrucciones explícitas tocante a este asunto. La confesión de nuestros pecados, ya sea pública o privada, debe
ser de corazón y voluntaria. No debe
ser arrancada al pecador. No debe
hacerse de un modo ligero y descuidado o exigirse de aquellos que no tienen
real comprensión del carácter aborrecible del pecado. La confesión que brota de lo íntimo del alma sube al Dios de
piedad infinita. El salmista dice: "Cercano está Jehová a los quebrantados
de corazón, y salva a los de espíritu contrito" (Salmo 34: 18).
La verdadera confesión es siempre de un
carácter específico y declara pecados particulares. Pueden ser de tal naturaleza que solamente pueden presentarse
delante de Dios. Pueden ser males que
deben confesarse individualmente a los
que hayan sufrido daño por ellos; pueden ser de un carácter público y, en ese
caso, deberán confesarse públicamente.
Toda confesión debe hacerse definida y al punto, reconociendo los mismos
pecados de que seáis culpables.
En los días de Samuel los israelitas se
extraviaron de Dios. Estaban sufriendo
las consecuencias del pecado; porque habían perdido su fe en Dios, el
discernimiento de su poder y su sabiduría para gobernar a la nación y su
confianza en la capacidad del Señor para defender y vindicar su causa. Se apartaron del gran Gobernante del
universo y quisieron ser gobernados como las naciones que los rodeaban. Antes de encontrar paz hicieron esta
confesión explícita: "Porque a todos nuestros pecados hemos añadido esta
maldad de pedir para nosotros un rey"
(1 Samuel 12: 19). Tenían que
confesar el mismo pecado del cual estaban convencidos. Su ingratitud oprimía sus almas y los
separaba de Dios.
Dios no acepta la confesión sin sincero
arrepentimiento y reforma. Debe haber un cambio decidido en la vida; toda cosa
que sea ofensiva a Dios debe dejarse.
Esto será el resultado de una verdadera tristeza por el pecado. Se nos presenta claramente la obra que
tenemos que hacer de nuestra parte:
"¡Lavaos, limpiaos; apartad la maldad de vuestras obras de delante
de mis ojos; cesad de hacer lo malo; aprended a hacer lo bueno; buscad lo justo;
socorred al oprimido; mantened el derecho del huérfano defended la causa de la
viuda!" (Isaías 1: 16, 17) "Si el inicuo devolviere la prenda,
restituyere lo robado, y anduviere en
los estatutos de la vida, sin cometer iniquidad, ciertamente vivirá; no
morirá" (Ezequiel 33: 15). San Pablo dice, hablando de la obra de
arrepentimiento: "Pues, he aquí, esto mismo, el que fuisteis entristecidos
según Dios, ¡qué solícito cuidado obró en vosotros! y qué defensa de vosotros mismos! y ¡qué indignación! y
¡qué temor! y ¡qué ardiente deseo! y ¡qué
celo! y ¡qué justicia vengativa!
En todo os habéis mostrado puros en este asunto" (2 Corintios 7: 11).
Cuando el pecado ha amortiguado la
percepción moral, el injusto no discierne los defectos de su carácter, ni
comprende la enormidad del mal que ha cometido y, a menos que ceda al poder
convincente del Espíritu Santo, permanecerá parcialmente ciego sin percibir su
pecado. Sus confesiones no son sinceras ni de corazón. Cada vez que reconoce su maldad trata de
excusar su conducta declarando que si no hubiese sido por ciertas
circunstancias, no habría hecho esto o aquello, de lo que se lo reprueba.
Después de que Adán y Eva hubieron
comido de la fruta prohibida, los embargó un sentimiento de vergüenza y
terror. Al principio solamente pensaban
en cómo podrían excusar su pecado y escapar de la terrible sentencia de
muerte. Cuando el Señor les habló
tocante a su pecado, Adán respondió, echando la culpa en parte a Dios y en
parte a su compañera: "La mujer
que pusiste aquí conmigo me dio del árbol, y comí". La mujer echó la culpa a la serpiente,
diciendo: "La serpiente me engañó, y comí" (Génesis 3: 12, 13) ¿Por
qué hiciste la serpiente? ¿Por qué le permitiste que entrase en el
Edén? Esas eran las preguntas implicadas en la excusa de su
pecado, haciendo así a Dios responsable
de su caída. El espíritu de
justificación propia tuvo su origen en el padre de la mentira y ha sido exhibido por todos los hijos e
hijas de Adán. Las confesiones de esta clase no son inspiradas
por el Espíritu divino y no serán
aceptables para Dios. El
arrepentimiento verdadero induce al
hombre a reconocer su propia maldad, sin engaño ni hipocresía. Como el pobre publicano que no osaba ni aun alzar sus ojos al cielo,
exclamará: "Dios, ten misericordia de mí, pecador", y los que reconozcan así su iniquidad serán justificados, porque Jesús
presentará su sangre en favor del alma
arrepentida.
Los ejemplos de arrepentimiento y
humillación genuinos que da la Palabra
de Dios revelan un espíritu de
confesión sin excusa por el pecado, ni intento de justificación propia. San Pablo no procura defenderse; pinta su pecado como es, sin intentar
atenuar su culpa. Dice: "Lo cual también hice en Jerusalén,
encerrando yo mismo en la cárcel a
muchos de los santos habiendo recibido
autorización de parte de los jefes de los sacerdotes; y cuando se les daba muerte, yo echaba mi voto
contra ellos. Y castigándolos muchas
veces, por todas las sinagogas, les
hacia fuerza para que blasfemasen;
y estando sobremanera enfurecido
contra ellos, iba en persecución de ellos hasta las ciudades extranjeras".
(Hechos 26: 10, 11). Sin vacilar
declara: "Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores;
de los cuales yo soy el
primero" (1 Timoteo 1: 15). El
corazón humilde y quebrantado, enternecido por el arrepentimiento genuino,
apreciará algo del amor de Dios y del costo del Calvario; y como el hijo se
confiesa a un padre amoroso, así presentará el que esté verdaderamente
arrepentido todos sus pecados delante de Dios.
"Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para
perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda iniquidad' (1 S. Juan 1: 9).
LA PROMESA de Dios es: "Me buscaréis y me hallaréis cuando me
buscaréis de todo vuestro corazón"
(Jeremías 29: 13).
Debemos dar a Dios todo el corazón o, de
otra manera, el cambio que se ha de efectuar en nosotros, y por el cual hemos
de ser transformados conforme a su semejanza, jamás se realizará. Por
naturaleza estamos enemistados con Dios.
El Espíritu Santo describe nuestra condición en palabras como
éstas: "Muertos en las
transgresiones y los pecados" (Efesios
2: 1), "la cabeza toda está ya
enferma, el corazón todo desfallecido",
"no queda ya en él cosa sana"
(Isaías 1: 5, 6). Estamos enredados fuertemente en los lazos
de Satanás, por el cual hemos "sido apresados para hacer su
voluntad" (2 Timoteo 2: 26). Dios quiere sanarnos y libertarnos. Pero,
puesto que esto demanda una transformación completa y la renovación de toda nuestra
naturaleza, debemos entregarnos a él enteramente.
La guerra contra nosotros mismos es la
batalla más grande que jamás hayamos tenido.
El rendirse a sí mismo, entregando todo a la voluntad de Dios, requiere
una lucha; mas para que el alma sea renovada en santidad, debe someterse antes
a Dios.
El gobierno de Dios no está fundado en
una sumisión ciega y en una reglamentación irracional, como Satanás quiere
hacerlo aparecer. Al contrario, apela al entendimiento y la conciencia. "¡Venid, pues, y arguyamos
juntos!" (Isaías 1: 18) , es la invitación del Creador a todos los
seres que ha formado. Dios no fuerza la
voluntad de sus criaturas. El no puede aceptar un homenaje que no se le dé
voluntaria e inteligentemente. Una
sumisión meramente forzada impedirá todo desarrollo real del entendimiento y
del carácter: haría del hombre un mero autómata. No es ése el designio del Creador. El desea que el hombre, que es
la obra maestra de su poder creador, alcance el mas alto desarrollo
posible. Nos presenta la gloriosa
altura a la cual quiere elevarnos mediante su gracia. Nos invita a entregarnos a él a fin de que pueda hacer su
voluntad en nosotros. A nosotros nos
toca decidir si queremos ser libres de la esclavitud del pecado para participar
de la libertad gloriosa de los hijos de Dios.
Al consagrarnos a Dios, debemos
necesariamente abandonar todo aquello que nos separe de él. Por esto dice el Salvador: "Así, pues, cada uno de vosotros que no
renuncia a todo cuanto posee, no puede ser mi discípulo" (S. Lucas 14: 33). Debemos dejar todo lo que aleje el corazón de Dios. Los tesoros son el ídolo de muchos. El amor
al dinero y el deseo de las riquezas son la cadena de oro que los tienen
sujetos a Satanás. Otros adoran la
reputación y los honores del mundo. Una vida de comodidad egoísta, libre de
responsabilidad, es el ídolo de otros.
Mas deben romperse estos lazos de servidumbre. No podemos consagrar una parte de nuestro corazón al Señor y la
otra al mundo. No somos hijos de Dios a
menos que lo seamos enteramente. Hay
algunos que profesan servir a Dios a la vez que confían en sus propios
esfuerzos para obedecer su ley, formar un carácter recto y asegurarse la
salvación. Sus corazones no son movidos por ningún sentimiento profundo del
amor de Cristo, sino que tratan de ejecutar los deberes de la vida cristiana
como una cosa que Dios demanda de ellos, a fin de ganar el cielo. Tal religión no vale nada. Cuando Cristo mora en el corazón, el alma
está tan llena de su amor, del gozo de su comunión, que se une a él, y pensando
en él, se olvida de sí misma. El amor de Cristo es el móvil de la acción. Aquellos que sienten el constructivo amor de
Dios no preguntan cuánto es lo menos que pueden darle para satisfacer los
requerimientos de Dios; no preguntan cuál es la más baja norma aceptada, sino
que aspiran a una vida de completa conformidad con la voluntad de su Salvador.
Con ardiente deseo entregan todo y manifiestan un interés proporcionado al
valor del objeto que buscan. El
profesar pertenecer a Cristo sin sentir amor profundo, es mera charla, árido
formalismo, gravosa y vil tarea.
¿Creéis que es un sacrificio demasiado
grande dar todo a Cristo? Haceos a vosotros mismos la pregunta: "¿Qué ha dado Cristo por mí?
" El Hijo de Dios dio todo para nuestra redención: la vida, el amor
y los sufrimientos. ¿Y es posible que
nosotros, seres indignos de tan grande amor, rehusemos entregarle nuestro
corazón? Cada momento de nuestra vida hemos sido participantes de las bendiciones
de su gracia, y por esta misma razón no podemos comprender plenamente las
profundidades de la ignorancia y la miseria de que hemos sido salvados. ¿Es posible que veamos a Aquel a quien
traspasaron nuestros pecados y continuemos, sin embargo, menospreciando todo su
amor y su sacrificio? Viendo la humillación infinita del Señor de gloria, ¿murmuraremos porque no podemos entrar en la
vida sino a costa de conflictos y humillación propia?
Muchos corazones orgullosos
preguntan: "¿Por qué necesitamos
arrepentirnos y humillarnos antes de poder tener la seguridad de que somos
aceptados por Dios?" Mirad a
Cristo. En él no había pecado alguno y,
lo que es más, era el Príncipe del cielo; mas por causa del hombre se hizo
pecado. "Con los transgresores fue
contado: y él mismo llevó el pecado de
muchos, y por los transgresores intercedió" (Isaías 53: 12).
¿Y qué abandonamos cuando damos
todo? Un corazón corrompido para que
Jesús lo purifique, para que lo limpie con su propia sangre y para que lo salve
con su incomparable amor. ¡Y sin
embargo, los hombres hallan difícil dejarlo todo! Me avergüenzo de oírlo decir y de escribirlo.
Dios no nos pide que dejemos nada de lo
que es para nuestro mayor provecho retener.
En todo lo que hace, tiene presente la felicidad de sus hijos. Ojalá que todos aquellos que no han elegido
seguir a Cristo pudieran comprender que él tiene algo muchísimo mejor que
ofrecerles que lo que están buscando por sí mismos. El hombre hace el mayor perjuicio e injusticia a su propia alma
cuando piensa y obra de un modo contrario a la voluntad de Dios. Ningún gozo real puede haber en la senda
prohibida por Aquel que conoce lo que es mejor y proyecta el bien de sus
criaturas. El camino de la transgresión
es el camino de la miseria y la destrucción.
Es un error dar cabida al pensamiento de
que Dios se complace en ver sufrir a sus hijos. Todo el cielo está interesado en la felicidad del hombre. Nuestro Padre celestial no cierra las
avenidas del gozo a ninguna de sus criaturas.
Los requerimientos divinos nos llaman a rehuir todos los placeres que
traen consigo sufrimiento y contratiempos, que nos cierran la puerta de la
felicidad y del cielo. El Redentor del
mundo acepta a los hombres tales como son, con todas sus necesidades,
imperfecciones y debilidades; y no solamente los limpiará de pecado y les
concederá redención por su sangre, sino que satisfará el anhelo de todos los
que consientan en llevar su yugo y su carga.
Es su designio impartir paz y descanso a todos los que acudan a él en
busca del pan de la vida. Solamente
demanda de nosotros que cumplamos los deberes que guíen nuestros pasos a las
alturas de la felicidad, a las cuales los desobedientes nunca pueden llegar. La verdadera vida de gozo del
alma es tener a Cristo, la esperanza de gloria, modelado en ella.
Muchos dicen: "¿Cómo me entregaré a Dios?" Deseáis hacer su voluntad,
mas sois moralmente débiles, sujetos a la duda y dominados por los hábitos de
vuestra mala vida. Vuestras promesas y resoluciones son tan frágiles como telas
de araña. No podéis gobernar vuestros pensamientos, impulsos y afectos. El
conocimiento de vuestras promesas no cumplidas y de vuestros votos quebrantados
debilita vuestra confianza en vuestra propia sinceridad y os induce a sentir
que Dios no puede aceptaros; mas no necesitáis desesperar. Lo que necesitáis
comprender es la verdadera fuerza de la voluntad. Este es el poder que gobierna
en la naturaleza del hombre: el poder
de decidir o de elegir. Todas las cosas dependen de la correcta acción de la
voluntad. Dios ha dado a los hombres el poder de elegir; depende de ellos el
ejercerlo. No podéis cambiar vuestro corazón, ni dar por vosotros mismos sus
afectos a Dios; pero podéis elegir servirle. Podéis darle vuestra voluntad,
para que él obre en vosotros, tanto el querer como el hacer, según su voluntad.
De ese modo vuestra naturaleza entera estará bajo el dominio del Espíritu de
Cristo, vuestros afectos se concentrarán en él y vuestros pensamientos se
pondrán en armonía con él.
Desear ser bondadosos y santos es
rectísimo; pero si sólo llegáis hasta allí de nada os valdrá. Muchos se
perderán esperando y deseando ser cristianos. No llegan al punto de dar su voluntad a Dios. No eligen ser
cristianos ahora.
Por medio del debido ejercicio de la
voluntad, puede obrarse un cambio completo en vuestra vida. Al dar vuestra
voluntad a Cristo. Os unís con el poder que está sobre todo principado y
potestad. Tendréis fuerza de lo alto para sosteneros firmes, y rindiéndoos así
constantemente a Dios seréis fortalecidos para vivir una vida nueva, es a
saber, la vida de la fe.
A MEDIDA que vuestra conciencia ha sido
vivificada por el Espíritu Santo habéis visto algo de la perversidad del
pecado, de su poder, su culpa, su miseria; y lo miráis con aborrecimiento. Veis
que el pecado os ha separado de Dios y que estáis bajo la servidumbre del poder
del mal. Cuanto más lucháis por escaparos, tanto más comprendéis vuestra
impotencia. Vuestros motivos son impuros, vuestro corazón está corrompido. Veis
que vuestra vida ha estado colmada de egoísmo y pecado. Ansiáis ser perdonados,
limpiados y libertados. ¿Qué podéis hacer para obtener la armonía con Dios y la
semejanza a él?
Lo que necesitáis es paz: el perdón, la paz y el amor del cielo en el
alma. No se los puede comprar con dinero, la inteligencia no los puede obtener,
la sabiduría no los puede alcanzar; nunca podéis esperar conseguirlos por
vuestro propio esfuerzo. Mas Dios os lo ofrece como un don, "sin dinero y
sin precio" (Isaías 55: 1). Son
vuestros, con tal que extendáis la mano para tomarlos. El Señor dice: "¡Aunque vuestros pecados fuesen como
la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque fuesen rojos como el
carmesí, como lana quedarán!"
(Isaías 1: 18) "También os
daré un nuevo corazón, y pondré un espíritu nuevo en medio de vosotros" (Ezequiel 36: 26).
Habéis confesado vuestros pecados y los
habéis quitado de vuestro corazón. Habéis resuelto entregaros a Dios. Id pues a
él y pedidle que os limpie de vuestros pecados y os dé un corazón nuevo. Creed
que lo hará porque lo ha prometido. Esta es la lección que Jesús enseñó durante
el tiempo que estuvo en la tierra: que
debemos creer que recibimos el don que Dios nos promete y que es nuestro. Jesús
sanaba a los enfermos cuando tenían fe en su poder; les ayudaba con las cosas
que podían ver, inspirándoles así confianza en él tocante a las cosas que no
podían ver, induciéndolos a creer en su poder de perdonar pecados. Establece
esto claramente en el caso del paralítico:
"Mas para que sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la
tierra de perdonar pecados (dijo entonces al paralítico): ¡Levántate, toma tu cama y vete a tu
casa!" (S. Mateo 9: 6). Así también Juan el evangelista, al hablar de los
milagros de Cristo, dice: "Estas
empero han sido escritas, para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de
Dios; y para que creyendo, tengáis vida en su nombre" (S. Juan 20: 31).
Del simple relato de la Biblia de cómo
Jesús sanaba a los enfermos podemos aprender algo acerca del modo de ir a
Cristo para que nos perdone nuestros pecados. Veamos ahora el caso del
paralítico de Betesda. Este pobre enfermo estaba imposibilitado; no había usado
sus miembros por treinta y ocho años. Con todo, Jesús le dijo:
"¡Levántate, alza tu camilla, y anda!" El paralítico podría haber
dicho: "Señor, si me sanas primero, obedeceré tu palabra". Pero no;
creyó a la palabra de Cristo, creyó que estaba sano, e hizo el esfuerzo en
seguida; quiso andar y anduvo. Confió en la palabra de Cristo y Dios le dio el
poder. Así quedó completamente sano.
Así también tú eres pecador. No puedes
expiar tus pecados pasados, no puedes cambiar tu corazón y hacerte santo. Mas
Dios promete hacer todo esto por ti mediante Cristo. Crees en esa promesa.
Confiesas tus pecados y te entregas a Dios. Quieres servirle. Tan ciertamente
como haces esto, Dios cumplirá su palabra contigo. Si crees la promesa, si
crees que estás perdonado y limpiado, Dios suplirá el hecho; estás sano, tal
como Cristo dio potencia al paralítico para andar cuando el hombre creyó que
había sido sanado. Así es si así lo crees.
No esperes sentir que estás sano, mas
di: "Lo creo; así es, no porque lo sienta, sino porque Dios lo ha
prometido".
Dice Jesús: "Todo cuanto pidiereis
en la oración, creed que lo recibisteis ya; y lo tendréis" (S. Marcos 11:
24). Hay una condición en esta promesa:
que pidamos conforme a la voluntad de Dios. Pero es la voluntad de Dios
limpiarnos de pecado, hacernos hijos suyos y ponernos en actitud de vivir una
vida santa. De modo que podemos pedir a Dios estas bendiciones, creer que las
recibimos y agradecerle por haberlas recibido. Es nuestro privilegio ir a Jesús
para que nos limpie, y estar en pie delante de la ley sin confusión ni
remordimiento. "Así que ahora,
ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan
conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Romanos 8: 1).
De modo que ya no sois vuestros; porque
comprados sois por precio. "Sabiendo que fuisteis redimidos, . . . no con
cosas corruptibles, como plata y oro, sino con preciosa sangre, la de Cristo,
como de un cordero sin defecto e inmaculado". (1 S. Pedro 1: 18, 19) Por el simple hecho de creer en Dios, el
Espíritu Santo ha engendrado una vida nueva en vuestro corazón. Sois como un
niño nacido en la familia de Dios, y él os ama como a su Hijo.
Ahora bien, ya que os habéis consagrado
a Jesús, no volváis atrás, no os separéis de él, mas todos los días decid: "Soy de Cristo; pertenezco a él";
y pedidle que os dé su Espíritu y que os guarde por su gracia. Puesto que es
consagrándoos a Dios y creyendo en él como sois hechos sus hijos, así también
debéis vivir en él. Dice el apóstol:
"De la manera, pues que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así
andad en él" (Colosenses 2: 6).
Algunos parecen creer que deben estar a prueba y que deben demostrar al Señor que se han reformado, antes de poder contar con su bendición. Mas ellos pueden pedir la bendición de Di