El Espíritu de Profecía y el Servicio Militar[1]
Declaraciones
preparadas por W. C. White,
D. E. Robinson
y A. L. White
[Página Inicio]
[Ir a Página de Preguntas y Respuestas]
Durante
los años
Afortunadamente
no existían divisiones sectarias entre los Adventistas observadores del sábado.
Aunque su obra se había ido expandiendo constantemente de Este a Oeste, no
había penetrado, antes de
A pesar de sus puntos de vista en común, había peligros que confrontaban a la joven y creciente iglesia. Existía el peligro de que las mentes de los creyentes se vieran tan absorbidas por las cuestiones políticas que los distrajera de su deber de proclamar el mensaje. Y existía el peligro de que el público perdiera interés en el mensaje, dado que los asuntos nacionales capturaban su interés.
Ambos peligros fueron anticipados por Jaime White. Hacia fines del verano de 1860, cuando la excitación por la elección presidencial había alcanzado su punto máximo, hizo oír en un editorial, una nota de advertencia contra el peligro de dejarse absorber por controversias políticas. Aconsejó a los ministros concentrar sus esfuerzos en “lugares pequeños, lejos del fragor de las controversias políticas,” o suspenderlos por la temporada. Sabiamente evitó condenar o defender el ejercicio del voto, declarando:
“No estamos preparados
para probar por
Abraham Lincoln, el candidato republicano a la presidencia, aunque no consideraba como lo mejor inmiscuirse con la esclavitud de los estados donde la misma ya existía, se empeñó en oponerse a su expansión a nuevos territorios. Fue natural que los que de nuestro pueblo fueran a las urnas, votaran por él. Su elección en noviembre, fue seguida pocas semanas después por el comienzo de la secesión de los estados del Sur. El estado de Carolina del Sur aprobó el acta de secesión el 20 de diciembre de 1860. Decisiones similares fueron adoptadas en tres días consecutivos, 9, 10 y 11 de enero por los estados de Mississippi, Florida y Alabama respectivamente, y para el 1º de febrero, Georgia, Louisiana y Texas se habían unido a ellos enarbolando al bandera de la “Confederación de Estados de América”. De este modo, siete estados se separaron antes de que Lincoln asumiera la presidencia el 4 de marzo de 1861.
La visión de Parkville
Se
habían anunciado reuniones en Parkville, Michigan, para el 11 y 12 de enero de
En esta visión se le mostró que otros estados se unirían a Carolina del Sur, y que por ello se desencadenaría una guerra terrible. Se le mostraron escenas de ejércitos en conflicto, con terribles matanzas producidas por balas y bayonetas. Vio campos de batalla cubiertos por muertos y moribundos. Observó escenas de sufrimiento en cárceles atestadas y contempló hogares donde la angustia y el dolor reinaban a causa de la pérdida de esposos, hijos y hermanos.
Terminada la visión, miró a su alrededor y dijo tristemente: “En esta casa hay quienes perderán hijos en esa guerra”.[3]
Al
tiempo de esta visión, ni los del Norte ni los del Sur esperaban que se
desatara una gran guerra. Los políticos del Sur argumentaban que “podían
desarrollar mejores relaciones fuera de
En cuanto al gobierno federal, sus expectativas limitadas con relación a una guerra se evidencian en el hecho de que aún después de que el primer disparo se dejara oír en Fort Sumter el 12 de abril, y que la guerra fuera considerada como inevitable, el presidente emitió, el 15 de abril, una convocatoria para solamente 75.000 hombres, y esto únicamente por un período de tres meses.
Esta convocatoria de 75.000 voluntarios para el ejército federal se completó en forma rápida y entusiasta. Cuando se cubrieron las cuotas asignadas a cada estado, distrito y municipalidad, se rechazaron los ofrecimientos posteriores. En Battle Creek, después de una concentración masiva que se realizó el 20 de abril, a la que concurrieron más de 1.000 ciudadanos, se reclutaron 71 voluntarios. A la mañana siguiente llegaron otros pero fueron rechazados, porque la cuota estaba completa.
Primeros reveses y su
significado
El
presidente Lincoln convocó al Congreso para una sesión especial el 4 de julio
de 1861. El Congreso se abocó de inmediato al desarrollo de la guerra y su
financiamiento, y autorizó la formación de un ejército de 500.000 voluntarios.
Antes de que la sesión especial fuera clausurada, las fuerzas del Norte y las
del Sur se trabaron en combate, el 21 de julio de 1861, en la batalla de Bull
Run en Manassas, Virginia, a unas
“Tuve una visión de la desastrosa batalla de Manassas, Virginia. Fue una escena sumamente excitante y conmovedora. El Ejército del Sur tenía todo a su favor y estaba preparado para un encuentro terrible. El ejército del Norte avanzaba triunfante, no dudando de que saldría victorioso. Muchos eran temerarios y marchaban hacia adelante jactanciosamente, como si la victoria fuera ya de ellos.
“A medida que se aproximaban al campo de batalla, muchos estaban casi desmayándose de debilidad y por la falta de líquidos. No esperaban un encuentro tan feroz. Corrieron a la batalla y pelearon valiente y desesperadamente. Los muertos y moribundos yacían por todas partes. Tanto el Norte como el Sur sufrieron severamente. Los hombres del Sur perdían la batalla y en poco tiempo más se habrían visto obligados a retroceder un poco más. Los hombres del Norte corrían hacia delante aunque a costa de grandes pérdidas.
“Justamente entonces, descendió un ángel y movió su mano hacia atrás. Instantáneamente se produjo una confusión en las filas. A los del Norte les pareció como que sus tropas estaban retrocediendo, cuando no era así en realidad, y comenzaron una precipitada retirada. Esto me pareció asombroso.
“Entonces se me explicó que Dios tenía a esta nación en su propia mano, y no permitiría que se ganaran victorias más rápidamente de lo que él lo ordenara, ni que se produjeran más pérdidas en los hombres del Norte de lo que en su gran sabiduría veía apropiado para castigarlos por sus pecados... El repentino retroceso de las tropas del Norte es un misterio para todos. No saben que la mano de Dios estuvo en este asunto”. Testimonies, vol. 1, pp. 266-267.
Los “pecados” del Norte a los que se le hizo referencia, según lo explicara ella en detalle, se referían a su tolerancia de la esclavitud, y a sus esfuerzos de confinarla solamente a los estudios donde ya existía, en vez de libertar a todos los esclavos.
Subvenciones para estimular el enrolamiento
Al progresar la guerra, el presidente proclamó nuevos llamados a las armas. A cada estado se le requirió proveer una cierta cuota de hombres para cada llamado y la misma se dividió en forma proporcional entre cada distrito, ciudad y barrio. Si el número de aquellos que voluntariamente se ofrecían no alcanzaba a cubrir la cuota, se haría necesario instituir un reclutamiento. A fin de evitarlo, debía encontrarse alguna forma de estimular el enrolamiento para alcanzar el número requerido. Como un recurso para promover el enrolamiento se formaron en muchas municipalidades comisiones de ciudadanos, que decidieron ofrecer una subvención a los reclutas. Comenzando con 25 dólares, la cifra se elevó rápidamente a los 100 dólares a medida que más y más hombres eran llamados al frente.
Como los Adventistas del Séptimo Día estaban particularmente deseosos de evitar el temido reclutamiento que podía comprometer a los observadores del sábado, Jaime White participó de todo corazón en el plan de recolectar fondos necesarios para que pudieran pagarse bonos generosos a los voluntarios. Aunque como regla nuestros hermanos eran concienzudamente no combatientes, sentían sin embargo que era su deber apoyar de corazón la recolección de dinero para pagar los bonos ofrecidos a los voluntarios que no tenían escrúpulos religiosos en contra del servicio militar.
Jaime White y otros dirigentes adventistas concurrieron y tomaron parte en numerosas concentraciones populares de los ciudadanos de Battle Creek en las que se discutieron las diversas actividades a favor de la guerra, pero especialmente el problema de conseguir la cuota de hombres sin necesidad de recurrir al reclutamiento. White hizo claro que sus hermanos observadores del sábado no se resistían a ser voluntarios porque fueran cobardes o negligentes. Aunque en general eran pobres, estaban dispuestos a contribuir tan generosamente como les resultara posible.
Jaime White compartió con su esposa algunas de sus experiencias en estas reuniones populares. Por ella sabemos que varios de sus compañeros lo eligieron como su representante para ofrecer sus promesas de fondos en el momento más oportuno. En esas reuniones se le escuchó “en nombre de mi amigo A. B., que está sujeto a reclutamiento, estoy autorizado a abonar dólares. También en nombre de mi amigo C. D., que no está en situación de ser reclutado, pero que está deseoso de contribuir a este fondo, estoy autorizado a abonar dólares”.
El 20 de octubre de 1862, una gran reunión de guerra se llevó a cabo en Battle Creek “para tomar los pasos preliminares necesarios para cubrir la cuota de hombres, asignada a esta cuidad, bajo la requisición del gobierno de 600.000 hombres”. Los presentes rechazaron la propuesta de la comisión que recomendaba una subvención de 100 dólares para cada voluntario, y la sustituyeron por una de 200 dólares. Se designó una comisión de nueve para recolectar fondos, entre los cuales hubo por lo menos dos observadores del sábado, J. P. Kellogg y el pastor Jaime White, como representantes del segundo y tercer distritos de Battle Creek. (Battle Creek Journal, 24 de octubre de 1862).
Al progresar la guerra, este procedimiento fue cuestionado por algunos. La actitud del pastor White y la de otros hermanos dirigentes fue claramente expresada en la respuesta a numerosas consultas acerca de “si era correcto contribuir en la recolección de fondos locales con el propósito de estimular el enrolamiento”. La respuesta a las mismas fue la siguiente:
“Nosotros diríamos que pensamos que sí, y así lo hemos hecho en Battle Creek.” Review and Herald, 30 de agosto de 1964.
De esta manera las perplejidades relacionadas con la guerra fueron aumentando al incrementarse el precio de las subvenciones; esto exigió mayores sumas de dinero de nuestro pueblo. Los informes que llegaban a los obreros indicaban dificultades en relación con la proclamación del mensaje. El pastor Ingraham informó que la carpa en Illinois había sido guardada porque “era inútil levantarla en nuevos campos mientras existieran las excitaciones propias de la guerra.” En Iowa, el pastor J. H. Waggoner y B. F. Snook fueron arrestados bajo ley marcial, y detenidos hasta que obtuvieron en certificado del juez del distrito “estableciendo su domicilio, ocupación y profesión. El juez les advirtió que volvieran inmediatamente a sus hogares, porque cada día estarían más expuestos a problemas y dificultades”. Desde Rochester, New York, el pastor Cornell informó:
“La excitación de la guerra era tan grande que tuvimos que suspender las reuniones por dos noches. Nuestra carpa fue usada para reuniones de guerra. Nunca vi semejante excitación como aquí en Rochester. Las calles están bloqueadas por los puestos de los oficiales reclutadores. Los negocios están cerrados desde las 15:00 hs. a las 18:00 hs., y todos están tratando de convencer a los hombres a que se enrolen. Hay reuniones de guerra cada noche”. Review and Herald, 26 de agosto de 1862.
Sin embargo, en contraposición a las dificultades que había que enfrentar para realizar esfuerzos públicos, se produjeron situaciones compensatorias. Los problemas y las dificultades templaron los corazones de los hermanos. Buscaban al Señor más fervorosamente, eran más celosos en la actividad misionera en las localidades donde vivían y el Señor los bendijo con muchas almas.
Haciendo
frente al reclutamiento
El
año 1862 continuó con inexplicables reveses para las fuerzas del Norte y se
necesitaron más y más hombres. Hasta ese momento el ejército de
“La atención de muchos se volvió a los observadores del sábado, porque no manifestaban mayor interés en la guerra y no se ofrecían como voluntarios”. Testimonies, vol. 1, p. 356.
“Había necesidad de
moverse con sabiduría para disipar las sospechas suscitadas contra los
observadores del sábado. Debiéramos actuar con mucha cautela. ‘Si es posible,
en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres´. Podemos
obedecer este consejo sin sacrificar un solo principio de nuestra fe. Satanás y
sus huestes están en guerra contra los que guardan los mandamientos, y obrarán
para colocarlos en situaciones angustiosas. No deben ellos, por falta de
prudencia colocarse en situaciones tales”. (Ibid.)
Todos podían ver que un reclutamiento era inevitable y no muy lejano. Cómo debían actuar los Adventistas del Séptimo Día en relación al mismo cuando éste se produjera, era la pregunta que estaba en la mente de casi todos.
En
esta circunstancia y para orientar a quienes encontraban difícil llegar a una conclusión,
el pastor White publicó, en
“La posición que nuestro pueblo ha tomado en relación con la perpetuidad y santidad de la ley de Dios contenida en los diez mandamientos, no está en armonía con todos los requerimientos de la guerra. El cuarto precepto de la ley dice, ‘Acuérdate del sábado para santificarlo’; el sexto dice, ‘No matarás’. Pero en el caso del reclutamiento, el gobierno asume la responsabilidad de la violación de la ley de Dios, y sería una locura resistir. El que se resista hasta que, en la administración de la ley militar, sea fusilado, va demasiado lejos, creemos, al punto de tomar sobre sí la responsabilidad del suicidio. En el presente estamos gozando de la protección de nuestros derechos civiles y religiosos de parte del mejor gobierno existente debajo del sol... Es de cristianos honrar toda buena ley de nuestra patria. Jesús dijo, ‘Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios´. Mat. 22:21. Los que menosprecian la ley civil debieran marcharse de inmediato y buscar algún lugar fuera de donde Dios tiene su asiento, donde no haya ley civil.
“Cuando se llegue a esto, esos decretos civiles se pondrán en vigencia y tratarán de desviarnos de la obediencia a la ley de Dios, para hacernos unir con los que viven en rebelión contra el gobierno del cielo (Véase Apoc. 13:15, 17) y entonces habrá llegado el tiempo de estar dispuestos al martirio. Pero para nosotros tratar de resistir las leyes del mejor gobierno existente bajo el cielo, que está tratando ahora de dominar... la rebelión,... lo repetimos, sería una locura.
“Los que son leales al gobierno del cielo, fieles a la constitución y las leyes del Gobernante del universo, son los últimos hombres en ‘deslizarse´ hacia Canadá o a Europa, o de estar temblando en sus zapatos por miedo al reclutamiento militar”.
Este
artículo causó en algunos medios una tormenta de críticas. La naturaleza de las
mismas puede ser inferida de lo siguiente, publicado en
“Muchos hermanos se
refieren a las declaraciones que hicimos hace dos semanas atrás bajo el título
‘
En
las columnas de
La
actitud general de los hermanos hacia los requerimientos del gobierno y la
guerra se reflejaron en la respuesta de H. E. Carver a la posición de Jaime
White expresada en
“Debemos ser leales al gobierno bajo el cual vivimos. Estamos legalmente obligados a sostener al gobierno hasta que éste nos requiera desobedecer a Dios, entonces no debemos dudar a quien servir… Confío que el Señor nos guardará de esta gran prueba; pero si la prueba debe venir, oro al Señor por sabiduría y fortaleza para glorificarle guardando sus mandamientos”. Review and Herald, 21 de octubre de 1862.
Instrucciones a través del Espíritu de Profecía
En
estas circunstancias la iglesia recibió consejo a través del Espíritu de
Profecía. En enero de 1863, el número 9 de Testimony for the Church fue
publicitado en
No
fue éste el primer artículo con testimonios que se referían a
No
obstante, fue en este capítulo, “
“Dios no está con el Sur, y lo castigará terriblemente al final… Ví que Dios no entregaría el ejército del Norte en las manos de un pueblo rebelde para ser totalmente destruido por sus enemigos. Ví que tanto el Sur como el Norte estaban siendo castigados. Con relación al Sur, se me mencionó Deut. 32:35-37: ‘Mía es la venganza y la retribución; a su tiempo su pie resbalará, porque el día de su aflicción está cercano, y lo que les está preparando se apresura´. ‘Porque Jehová juzgará a su pueblo, y por amor de sus siervos se arrepentirá. Cuando viere que la fuerza pereció, y que no queda ni siervo ni libre. Y dirá: ¿Dónde están sus dioses, la roca en que se refugiaban?´” Testimonies, vol. 1, p. 357.
Acerca de algunos que estaban afirmando osadamente que morirían antes de someterse al reclutamiento, y que habían criticado la posición asumida por Jaime White y otros dirigentes, el testimonio declaró:
“Vi que los que se han adelantado a hablar tan decididamente acerca de rehusarse a obedecer un reclutamiento, no entienden de qué están hablando. Si fueran realmente reclutados y se rehusasen a obedecer, al ser amenazados con encarcelamiento, tortura o muerte, se apocarían y se darían cuenta de que no están preparados para una emergencia tal. No soportarían la prueba de la fe. Lo que pensaban que era fe, probará ser solamente un presunción fanática”. Testimonies, vol. 1, p. 357.
Pronunció entonces una buena advertencia en contra de mantener una actitud de presuntuosa confianza con relación a cómo se debería enfrentar una crisis futura:
“Los que estén aún
mejor preparados para sacrificar la vida, si ello fuera necesario, antes de
colocarse en situaciones donde no podrán obedecer a Dios, hablarán lo menos
posible. No harán ningún alarde. Tendrán sentimientos profundos y meditarán
mucho y sus fervientes oraciones ascenderán al Cielo pidiendo sabiduría, tacto
y gracia para soportar. Los que sienten que en el temor de Dios no pueden
participar a conciencia en esta guerra, mantendrán silencio, y cuando sean
interrogados declararán con sencillez lo que se vean obligados a decir para
contestar al que pregunta, y entonces que quede claro que no simpatizan con la
rebelión”. Testimonies, vol. 1, p.
357.
En este testimonio se declaró que los celos y la falta de unidad entre los jefes del ejército del Norte, eran responsables en gran medida de la prolongación de esta lucha y de mucha de las pérdidas sufridas por las fuerzas federales.[4]
Consejos concernientes
al enrolamiento
Entonces, Elena G. de White pasó a centrarse en ciertas fases muy prácticas de la crisis de esos tiempos. Concerniente a nuestra lealtad al gobierno, ella escribió:
“Se me mostró que es nuestro deber, en todos los casos, obedecer las leyes de muestra patria, a menos que estén en conflicto con la ley superior que Dios pronunció con voz audible desde el Sinaí, y que grabó luego con su propio dedo en las tablas de piedra. ‘Daré mi ley en sus mentes, y la escribiré en sus corazones y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo´.
“El que tiene la ley de Dios escrita en el corazón, obedecerá a Dios antes que a los hombres, y estará dispuesto a desobedecer a todos los hombres antes que desviarse en los más mínimo de los mandamientos de Dios. El pueblo de Dios, enseñado por la inspiración de la verdad y guiado por una buena conciencia a vivir de cada palabra de Dios, tomará su ley, escrita en sus corazones, como la única autoridad que pueda reconocer o consentir en obedecer. La sabiduría y autoridad de la ley divina con supremas”. Testimonies, vol. 1, p. 361.
Con el principio asentado de que el cristiano está obligado a obedecer las leyes del país a menos que estén en conflicto con la ley de Dios, Elena de White se refirió a un punto muy crítico, el de enrolamiento en un ejército que no hace provisión para respetar la conciencia individual. Citamos el siguiente párrafo de ese testimonio:
“Se me mostró que el pueblo de Dios, que es su especial tesoro, no puede participar de esta intrincada guerra porque la misma se opone a cada principio de su fe. En el ejército ellos no pueden obedecer la verdad y al mismo tiempo obedecer los requerimientos de sus oficiales. Habría una constante violación de la conciencia. Los hombres mundanos se gobiernan por principios mundanos… Pero el pueblo de Dios no puede gobernarse por estos motivos…
“Los que aman los mandamientos de Dios se conformarán a toda buena ley del país. Pero si las exigencias de los gobernantes son tales que están en conflicto con las leyes de Dios, la única pregunta que cabe es ¿debemos obedecer a Dios o al hombre”. Testimonies, vol. 1, pp. 361, 362 (El énfasis es nuestro).
El
lector debe tener en mente el hecho de que cuando esta declaración fue
publicada en enero de 1863, todavía no había comenzado el reclutamiento. Todo
el servicio militar en las fuerzas de
Deberíamos
detenernos aquí para hacer notar que hay algunos que han tomado esta
declaración de E. G. de White, de enero de 1863, “en el ejército ellos (los
Adventistas del Séptimo Día) no pueden obedecer al mismo tiempo la verdad y los
requerimientos de sus oficiales” (Testimonies,
vol. 1, p. 361) como queriendo significar que en ningún momento y bajo ninguna
circunstancia pueden los Adventistas del Séptimo Día ser leales a Dios y
participar del servicio militar. Debe reconocerse que Elena G. de White estaba
hablando de las circunstancias en relación con “esta intrincada guerra” –
Primera Ley de Enrolamiento y el reclutamiento
En
marzo de
Aunque
esta Acta de Conscripción de marzo de 1863, no hacía provisiones para el
servicio de los no combatientes, permitía liberar al recluta mediante su
reemplazo por un sustituto, o por el pago de 300 dólares. Esta provisión fue
bienvenida por los creyentes adventistas como un medio providencial de evitar
el servicio de combatiente y los conflictos en relación a la observancia del
sábado, pero incluía también la amenaza de un nuevo peligro creciente. Con semejante demanda de medios sobre nuestros
hermanos, para obtener sustitutos, corría peligro el sostén financiero de
“El avance del mensaje del tercer ángel es el objetivo más alto por el cual podemos trabajar. Sea cual fuere el sufrimiento que pueda existir en otro lugar, esta causa debiera ser la última en sufrir por falta de medios. Si nuestros hermanos son reclutados, debieran hipotecar sus propiedades, si ello fuere necesario, para juntar los 300 dólares antes que aceptar medios que debieran ir a la tesorería del Señor. Diríamos esto aún de nuestros ministros”. Review and Herald, 24 de noviembre de 1863.
Al
urgir que el dinero recolectado mediante
Así
dejó asentado un ejemplo de fidelidad en el sostén de
Previsiones básicas para no combatientes
El Acta de Conscripción de 1863 fue enmendada en febrero de 1864. En las reformas el gobierno Federal hizo provisión para que “los miembros de denominaciones religiosas, que bajo juramento o declaración jurada indiquen que por razones de conciencia se oponen a la portación de armas” “se los considere no combatientes cuando fueran reclutados”. Podrían entonces ser asignados a tareas en hospitales, o al cuidado de los libertos; o podrían hacerse acreedores al privilegio de exención otorgado a aquellos que pagaban 300 dólares.
Pero una ley firmada el 4 de julio de 1864, revocó “la cláusula comúnmente conocida como la cláusula de exención de los 300 dólares”, excepto para aquellos “que a conciencia se opusieran a la portación de armas”. Esta decisión precipitó una crisis, porque si los Adventistas del Séptimo Día deseaban asegurarse los beneficios emanados de esta exención o si querían asegurarse el status de no combatientes al responder al reclutamiento, debían ahora declarar públicamente su posición y actitud.
Rápidamente
se dieron los pasos necesarios para hacer frente a al situación. El 3 de
agosto, se presentó a Austin Blair, gobernador de Michigan, una declaración de
principios firmada por
El gobernador de Michigan accedió prontamente a este pedido. Se dieron pasos similares en otros estados, tales como Wisconsin, Illinois, y Pennsylvania, lográndose respuetas igualmente favorables de parte de los gobernadores. Estas autorizaciones, juntamente con cartas de recomendación de algunos oficiales militares, fueron llevadas a Washington, D. C., por el pastor J. N. Andrews, quien las presentó al Mariscal Jaime B. Fry.
Se reconoce a los Adventistas del Séptimo Día como no
combatientes
El Mariscal Fry declaró al pastor Andrews que él había incluido la cláusula de exención de la ley de enrolamiento a fin de que se aplicara a toda denominación que sostuviese la posición de no combatiente y que había dado órdenes a todos sus subalternos para que actuaran en armonía con esta cláusula de exención. Le proporcionó instrucciones detalladas acerca de cómo debían proceder nuestros hermanos si eran reclutados a fin de obtener el privilegio de la exención mediante el pago de 300 dólares, o mediante su asignación a algún servicio de no combatientes. Muchos de los reclutados aprovecharon la cláusula de los 300 dólares de exención provista para los no combatientes. Sin embargo, algunos de los reclutas solicitaron ser asignados a servicios de no combatientes.
Corresponde
dejar constancia que un cierto número de hermanos, que fueron reclutados e
ingresaron en el ejército a fines de 1864, fueron tratados injustamente por
oficiales locales que se negaron a reconocer lo estipulado por la ley. Bajo
circunstancias de las más adversas nuestros jóvenes se mantuvieron fieles al
Dios del cielo, mientras cumplían sus tareas para con sus compañeros. Se
esforzaron por hacer brillar su luz en el ejército. Respondiendo a sus pedidos
de literatura se formó un fondo para proporcionarles material de lectura que ellos
pudieran distribuir entre sus compañeros. Se recibieron muchas cartas de
reclutas cuyos pedidos de exención a la portación de armas, habían sido
denegados airadamente. Dos de estas cartas fueron publicadas en un número de
“La experiencia que ellos nos presentan no parece ser la exención sino más bien la regla. No hemos oído de ninguno que, aunque su derecho de no combatiente fue aprobado por los oficiales de su distrito y se le entregaron los certificados correspondientes, haya tenido éxito en obtener un puesto de algún hospital o en el cuidado de los libretos. Y aún los suboficiales distritales se rehúsan a veces a reconocer los derechos de nuestros hermanos, rechazando todas las evidencias de su carácter de no combatientes”. Review and Herald, 4 de enero de 1865.
Luz especial concerniente al reclutamiento
En este punto, la pregunta lógica es, “¿Dio el Señor alguna luz a E. G. de White, ya fuera para guiar a los dirigentes de la iglesia en los pasos que tomaron en 1863 y 1864 con relación al servicio militar, o para aprobar el curso de acción seguido?”
Esta
cuestión es de vital importancia hoy, porque nuestra posición denominacional
hacia el servicio militar está basada sobre la “posición histórica” que
adoptamos en los días de
En
los consejos contenidos en Testimonies
for the Church, vol. 1, que proceden de este período de nuestra historia,
no hay información directa sobre este asunto. Después de enero de 1863, no hay
declaraciones relacionadas con
Pero
no se nos deja a solas, librados a inferencias o conclusiones lógicas en este
asunto de tanto interés e importancia vital para nuestros jóvenes alrededor del
mundo. Es realmente alentador observar que a medida que los dirigentes de la
iglesia avanzaron cuidadosamente y con oración al encarar las crisis a medida
que éstas surgían y al tratar de encontrar las “posiciones históricas” que como
denominación tomamos con relación al reclutamiento, lo hicieron en armonía con
la luz dada por Dios a través del Espíritu de Profecía. Elena G. de White se
refirió específicamente a esto unas dos décadas después de la conclusión de
“Ud. pregunta acerca de la conducta que debería seguirse para asegurar el derecho que tiene nuestro pueblo de adorar de acuerdo con los dictados de su propia conciencia. Durante un tiempo he estado muy preocupada por saber si esto constituiría una negación de nuestra fe y una evidencia de que nuestra confianza no estaba plenamente asentada en Dios. Pero he recordado muchas cosas que el Señor me ha mostrado en el pasado concerniente a asuntos de un carácter similar, tales como el reclutamiento y otras cosas. Puedo hablar en el temor de Dios y decir que es correcto que utilicemos todos los recursos que podamos para apartar la presión que está ejerciendo sobre nuestro pueblo”. Elena G. de White, Carta 55, 1886; Mensajes selectos, vol. 2, p. 386 (el énfasis es nuestro).
Así es que disponemos de alguna respuesta. El Señor dio a Elena G. de White una luz directa y definida que ayudó a los dirigentes de la iglesia a llegar a la posición que adoptaron en aquel tiempo y que hemos sostenido desde entonces concernientes a la relación de los Adventistas del Séptimo Día con el servicio militar.
Un llamado a la oración
Mientras el conflicto entre las fuerzas del Norte y del Sur se extendía hasta el año 1865, el presidente Lincoln hizo otro llamado por hombres – esta vez, 300.000. Los dirigentes adventistas quedaron consternados. Sobre lo que esto podría significar para la iglesia, el pastor White expresó:
“Se dice que el próximo reclutamiento alcanzará a uno de cada tres hombres en condiciones de ser reclutados. Y esto presupone que los Adventistas del Séptimo Día serán movilizados en esta proporción: esto es, uno de cada tres. En este caso si cada uno pagara a la tesorería 100 dólares, esto sería suficiente para pagar los 300 dólares de todos los que serán próximamente reclutados”. Review and Herald, 24 de enero de 1865.
Después de encabezar la lista con su promesa de 100 dólares para la formación de un fondo, en beneficio especialmente de sus compañeros de trabajo, Jaime White urgió a otros a que se le unieran y concluyó con las palabras, “Si esta guerra continúa, solamente Dios sabe lo que pasará aún con los no combatientes”.
A la semana siguiente, en un enérgico editorial, el pastor White expresó su convicción personal de que el impresionante pedido del ángel de Apoc. 7:3: “No hagáis daño a la tierra, ni el mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado en sus frentes a los siervos de nuestro Dios”, simboliza las oraciones fervientes de parte del fiel pueblo de Dios, en el presente período de esta espantosa guerra americana”. Recomendó a los miembros de la iglesia:
“Que la oración y las súplicas por las autoridades se constituya en una porción apropiada del culto sabático y de los otros cultos públicos, y también del culto familiar y personal, [y también que:] el segundo sábado de cada mes sea dedicado especialmente para ayuno y oración en vista de la terrible guerra presente, y la situación participar de los no combatientes frente al gobierno, a fin de que puedan seguir gozando de la libertad de conciencia, y conducirse tranquila y pacíficamente en toda piedad y honestidad”. Review and Herald, 31 de enero de 1865.
Esta
recomendación personal fue adoptada formalmente por
“El número de los siervos de Dios aumentaría porque el profeta así lo declara. Pero esto no ocurrirá hasta que la iglesia haya realizado un trabajo fervoroso. Creemos firmemente que ha llegado el tiempo para que actuemos –a ello seguirá el sellamiento, o el fuerte pregón del tercer ángel- el triunfo –la traslación- y entonces la vida eterna. Amén.” Review and Herald, 21 de febrero de 1865.
Entre
las condiciones que afectaban seriamente
Con
estos efectos que retrasaban la diseminación del mensaje, producidos por la
guerra,
“Confiando en Dios, y confiando en la eficacia de la oración y en las indicaciones de su Palabra profética, creemos que la obra de Dios no debe ser obstaculizada…. La obra de Dios en estos últimos días no debe detenerse y no lo hará”. Review and Herald, 21 de febrero de 1865.
Y así sucedió que el sábado 4 de marzo cuando Abraham Lincoln iniciaba su segundo periodo como presidente de los Estados Unidos,[6] al mismo tiempo diez mil Adventistas del Séptimo Día estaban suplicando al cielo que por el bien de la causa de la verdad que se estaba viendo estorbada, la guerra llegara a una rápida conclusión. El 9 de abril de 1865, el general Lee se rindió y la larga y desastrosa guerra prácticamente terminó. Jaime White lo describió así:
“El aire se llenó de salvas que proclamaban: ¡Richmond cayó y Lee se rindió! Se iluminaron las ciudades y las villas. Fogatas y cohetes se elevaron al cielo, mientras que vivas a Lincoln, Grant, Sherman y Sheridan volvieron a escucharse. Pero el fiel pueblo de Dios estaba sobre sus rodillas, bendiciendo al cielo por la respuesta a sus oraciones, y derramando lágrimas de alegría por la fidelidad del Señor en el cumplimiento de su Palabra”. Review and Herald, 25 de abril de 1865.
Pocos nos damos cuenta de nuestra deuda hacia nuestros pioneros, quienes en esos días de perplejidad fueron guiados a adoptar una actitud hacia la guerra que los capacitó para mantener el respeto de los oficiales gobernantes por su lealtad a los poderes establecidos, y sin comprometer por ello su lealtad a Dios en la obediencia a sus mandamientos. La historia que registraron en aquella época, ha hecho posible que nuestro jóvenes sean reconocidos, no como pacifistas, sino como no combatientes, listos a dar un total apoyo a sus gobernantes terrenales en todo aquello en que no necesiten violar su conciencia al hacerlo.
Reconocimiento a las leyes europeas de servicio
militar
Cuando
Elena G. de White, en respuesta a la invitación de
“Acabamos de despedir a tres de nuestros hombres responsables que trabajaban en la oficina, quienes recibieron orden del gobierno de ingresar durante tres semanas en el servicio militar. El la casa editora pasábamos por una importantísima etapa en nuestro trabajo, pero los requerimientos del gobierno no se acomodan a nuestras conveniencias. Exigen que los jóvenes a quienes han aceptado como soldados no descuiden los ejercicios ni la preparación esencial para los soldados. Nos alegró ver que esos hombres con sus uniformes militares habían recibido condecoraciones por su fidelidad en su trabajo. Eran jóvenes dignos de confianza.
“No fueron por elección propia, sino porque las leyes de su nación así lo requerían. Los animamos a ser fieles soldados de Cristo. Nuestras oraciones acompañarán a esos jóvenes, para que los ángeles de Dios vayan con ellos y los protejan de toda tentación (Carta no copiada, No. 33, 1886 [Escríta desde Basilea, Suiza, el 2 de septiembre de 1886].” (Mensajes selectos, vol. 2, p. 386).
Cuando
estalló
Así, a lo largo de los años, encontramos una consistencia tal en la instrucción y los consejos que nos dan una cierta seguridad de que la iglesia acertó en el camino que siguió en el problema de la actitud que sus jóvenes deben tomar ante el servicio militar, y que lo hizo así en total armonía con los consejos del Espíritu de Profecía, dados por Dios para guiar y salvaguardar a su pueblo.
Publicaciones de Elena G. de White
Washington 12, D.C
15 de junio de 1956
[1] Manuscrito preparado por
W. C. White, D. E. Robinson y A. L.
White, que proporciona en forma detallada un informe cuidadosamente documentado
de cómo afrontaron los Adventistas del Séptimo Día la crisis de
[2] En una reunión de oración de la iglesia de Battle Creek, llevada a cabo en la tarde del domingo 6 de marzo de 1859, con la presencia de Jaime y Elena G. de White, se llegó a la decisión de que sería apropiado que los Adventistas del Séptimo Día votaran el siguiente día en las elecciones de la ciudad, dando apoyo a los candidatos que defendieran los principios de la temperancia. Véase La temperancia, p. 227.
[3] Para mayores detalles sobre esta visión, y sobre la exactitud de su cumplimiento véase El Gran Movimiento Adventista, p. 151.
[4] Unas pocas semanas después
de la publicación de este testimonio, apareció en
[5] Nota: Concerniente a algunos de los consejos que deben ser estudiados
en relación a las circunstancias en que se escribieron, E. G. de White declaró
en años posteriores: “Con relación a los testimonios, nada debe ser ignorado;
nada debe ser dejado de lado; pero deben considerarse el tiempo y el lugar (de
su redacción)”. Writing and Sending Out
of the Testimonies, p. 25.
[6] En su discurso inaugural,
el presidente Lincoln dijo: “Anhelamos de corazón y oramos fervientemente para
que este duro azote de la guerra desaparezca rápidamente. Sin embargo, si la
voluntad de Dios fuera que continúe hasta que toda la riqueza amontonada como
producto del trabajo forzado del esclavo a lo largo de doscientos cincuenta
años sucumba, y hasta que cada gota de sangre derramada por el látigo sea
pagada con otra derramada por la espada, tal como se dijo hace tres mil años
debe decirse todavía, que los juicios del Señor son totalmente justos y
verdaderos”. Citado en