Puerta abierta y cerrada
[De
PUERTA ABIERTA Y CERRADA. Es una expresión derivada de Apo 3:7, 8, donde Cristo es descrito como el único que “abre y ninguno
cierra, y cierra y ninguno abre” (una alusión a Isa 22:22), y como el que le
dice a la iglesia de Filadelfia, “por eso, he puesto delante de ti una puerta
abierta, la cual nadie puede cerrar”. Los Adventistas del Séptimo Día han
aplicado estos textos a la culminación de la primera fase y a la apertura de la
fase segunda y final del ministerio de Cristo en los cielos, donde ha estado el
sumo sacerdote del cristiano desde su sacrificio en la cruz (ver Sanctuary).
El ministerio doble de Cristo fue prefigurado por el servicio del antiguo sumo
sacerdote, que servía “a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales” (Heb 8:5). En el santuario terrenal, el sumo sacerdote
servía diariamente en el lugar santo, el primer departamento del santuario, y
una vez al año en el Lugar Santísimo, el santuario interior donde estaba el
arca de oro, en el que se encontraban las tablas de los Diez Mandamientos, y
sobre la cual aparecía la gloria visible de Dios. Este ingreso en el Santo de
los Santos ocurría el Día de
Al aplicar el tipo de Cristo, Elena G. de White declaró:
Entonces Jesús se levantó, cerró la puerta del lugar santo, abrió la que da
al santísimo y pasó detrás del segundo velo, donde está ahora al lado del arca
y adonde llega la fe de Israel ahora.
Vi que Jesús había cerrado la puerta del lugar santo, y
nadie podía abrirla; y que había abierto la puerta que da acceso al lugar
santísimo, y nadie puede cerrarla. (Apoc 3: 7, 8) 1;
y que desde que Jesús abrió la puerta que da al lugar santísimo, que contiene
el arca, los mandamientos han estado brillando hacia los hijos de Dios, y éstos
son probados acerca de la cuestión del sábado (Present Truth [La verdad presente] 1:21, agosto
de 1849; véase también Primeros escritos,
p. 42).
Esta aplicación corrigió, no inmediatamente sino
eventualmente, un error de comprensión de la “puerta cerrada” de la parábola de
las vírgenes prudentes e insensatas –una equivocación que se había derivado del
movimiento Millerita de 1844.
Los Milleritas habían basado
su expectación del regreso de Cristo principalmente en la profecía de Daniel
sobre la purificación del santuario al final de los 2.300 días proféticos (Dan
8:14). En el clímax del movimiento, en 1844, ellos conectaron específicamente
esta profecía con la ceremonia de purificación del antiguo Día de
Guillermo Miller había
relacionado su mensaje, del esperado segundo advenimiento, con el “clamor de
medianoche” de la parábola (“¡Aquí viene el novio!”), y había enfatizado el
punto de que las vírgenes prudentes, que estaban listas para el arribo del
novio, entraron con él en la boda, cuando la puerta fue cerrada detrás de
ellas, dejando a las demoradas vírgenes imprudentes o insensatas afuera. Él
interpretó a las vírgenes como los convocados para el regreso del Señor; la
boda, el reino eterno, del cual quedaban excluidos para siempre los que no
estaban preparados. “La puerta estaba cerrada,” dijo, “implica la culminación de
la obra mediadora del reino, y la terminación del período del evangelio”
(Guillermo Miller, Evidence… of the Second Coming of
Christ [1840], p. 237).
A diferencia de muchos otros que estaban esperando por
el pronto advenimiento de Cristo (véase
Premillennialism), los Milleritas
colocaban un fuerte énfasis en la doctrina de que en el momento de la venida de
Cristo, todo ser humano estará listo o no para verlo, y que la oportunidad de
salvación dejaría de ser en ese momento. Esto, teológicamente, se denominaba el
fin del tiempo de gracia para la humanidad. Los Milleritas
enseñaron “que la noción de un tiempo de prueba después de la venida de Cristo
es un atractivo fatal, completamente contrario a
En razón de que esperaban que Cristo regresara al
final de los 2.300 días proféticos, habían enfatizado que el fin del tiempo de
gracia sería al final de ese período. Por tanto, por un breve período después
del chasco de octubre de 1844, Miller y muchos otros
pensaron que su obra para el mundo estaba hecha, que había sólo un tiempo breve
de “tardanza” más –quizás de unos pocos días o meses- hasta que ocurriera la
venida de Cristo. En diciembre de 1844, Miller
escribió: “Hemos hecho nuestra obra de advertir a los pecadores, y tratando de
despertar a la iglesia formal. Dios, en su providencia ha cerrado la puerta,
sólo podemos alentarnos unos a otros para ser pacientes; y ser diligentes en hacer seguro nuestro llamado y
elección. Estamos ahora viviendo en el tiempo especificado en Malaquías 3:18, también Daniel 12:10 y Apocalipsis
22:10-12. En este paso no podemos ayudar sino ver que falta un poco más antes
de la venida de Cristo, habrá una separación entre el justo y el injusto; entre
buenos y malos, entre aquellos que aman su venida y los que la odian. Y nunca,
desde los días de los apóstoles, ha habido un línea divisoria tal como la que
apareció entre el día 10 ó 23 del séptimo mes judío” (carta de Guillermo Miller, en Advent Herald, 11 de diciembre, 1844, p. 142; reimpresa en Western Midnight Cry, 4:25, 21 de diciembre, 1844).
Otros se expresaron en forma similar al principio.
Pero J. V. Himes, el colega más importante de Miller, y otros sostuvieron que dado que Cristo no había
venido, el período de los 2.300 días proféticos no debía haber terminado en
1844; que debe extenderse a otra fecha en el futuro, y por tanto, que el
cumplimiento de el “clamor de medianoche” de la parábola de las vírgenes estaba
todavía en el futuro; y que el movimiento de octubre de 1844 (véase Seventh-Month Movement) era un error, y
que no era un cumplimiento de la profecía. Para la primavera de 1845, el grupo
principal de Milleritas, incluyendo Miller, habían aceptado este punto de vista. Este grupo,
todavía tenía la idea de que la “puerta” de la parábola de las vírgenes no era
otra cosa que la “puerta de la salvación”, y argumentaban así: Dado que Cristo
no ha venido, la puerta de la salvación todavía está abierta; por tanto, la
parábola de las vírgenes todavía no se ha cumplido. Concluyeron que cualquiera
que enseñara que esta parábola se había cumplido, debía creer que el tiempo de
prueba había terminado, y por tanto, debía ser considerado ipso facto un hereje “sin misericordia”. La frase “puerta cerrada”
llegó a ser un epíteto.
Pero una minoría continúo sosteniendo que el tiempo
había sido correcto; que el error había estado en la naturaleza del
cumplimiento profético; que en octubre de 1844, los 2.300 días habían terminado
en el Día de
Algunos continuaron sosteniendo –como Miller había enseñado- que la puerta era la de la
salvación, porque todavía esperaban que Cristo regresara en breve. Con el paso
del tiempo, algunos sostuvieron que era la puerta de “acceso” a los oyentes
–que individuos obstinados y tozudos habían cerrado sus oídos al mensaje de
Dios para ese día; en cualquier caso no había oportunidad de conseguir aceptación
de su mensaje en el mundo de ese tiempo. La infortunada controversia sobre la
“puerta cerrada” magnificaba el tema excesivamente y extendió su mala
comprensión. Como era de esperarse, sufrieron en ese tiempo sentimientos de
desilusión y confusión.
Los extremistas de la doctrina de la puerta cerrada
declararon que Cristo había venido, no literalmente, sino “espiritualmente” (ver Spiritualism
[1]). Pero el pequeño grupo, que formó el núcleo de la futura Iglesia
Adventista del Séptimo Día, se opuso contra las vaguedades de aquellos que
declararon que Cristo había venido espiritualmente y a la posición de la mayoría
que “negaba su experiencia pasada” en el movimiento de 1844. Retuvieron su
confianza en el cumplimiento de 1844, y concluyeron que el error estaba en el
evento que habían esperado.
Aceptaron la explicación del chasco, que fue
primeramente sugerida por Hiram Edson
el día después del chasco, a saber, que el ministerio de Cristo como nuestro
sumo sacerdote en el santuario celestial no habían terminado con los 2.300
días, sino que había ingresado en otra fase, según estaba simbolizado (1) por
la entrada del sumo sacerdote en el Lugar Santísimo, al comienzo de la limpieza
simbólica del santuario, y (2) por la llegada del novio para la boda (no en la
tierra); y que el fin de esta fase, simbolizada por la salida del sacerdote del
santuario y el regreso del novio de la boda (Luc
12:36), estaba todavía por venir, y sería seguida por la segunda venida.
Su retención de la creencia en el fin de los 2.300
días en 1844 y la separación de la segunda venida del período profético, los
salvó del error al que fue susceptible la mayoría del grupo –la búsqueda de
futuras fechas para el fin. Pero los dejó con el dilema de aceptar la doctrina
de no más misericordia o corregir sus puntos de vista sobre la “puerta cerrada”
como fue definida inicialmente por los milleritas. Gradualmente comenzaron a ver el comienzo de la
fase final del ministerio de Cristo como el cerramiento de la puerta del lugar
santo y la apertura de la puerta del lugar Santísimo –la apertura a un nuevo
mensaje del sábado, y la apertura a un ministerio más amplio para el mundo
antes de la segunda venida. Pero esto llevó tiempo.
Es interesante repasar los pasos por los cuales, los
pequeños grupos que luego llegaron a ser los Adventistas del Séptimo Día,
salieron del dilema de la puerta cerrada y solucionaron el doble problema: (1)
¿está la puerta cerrada?, y (2) ¿qué es la puerta?
Elena G. Harmon (más tarde White) fue acusada de pretender revelación divina para la
doctrina de no más misericordia. Ella negó esto. Más tarde declaró:
Junto con mis hermanos y hermanas, después del tiempo pasado en 1844, yo
creía firmemente que no se convertirían más pecadores. Pero nunca tuve una
visión de que no se convertirían más pecadores… Se me mostró que había una gran
obra que hacer en el mundo para los que no habiendo tenido la luz, no la habían
rechazado. Nuestros hermanos no podían entender esto debido a nuestra fe en la
inmediata aparición de Cristo (Carta 2, 1874, en Mensajes selectos, volumen 1, p. 84).
Su primera visión (en diciembre de 1844) describía el
viaje del “pueblo adventista” hacia
Su visión, en febrero de 1845, estaba en concordancia
con la explicación de Edson: Cristo, el sumo
sacerdote, yendo del lugar santo al santísimo, dentro del velo, explicado como
que estaba yendo a recibir el reino después de lo cual “regresaría para la
boda”, es decir, regresaría a recibir a quienes lo esperaban en la segunda
venida. En 1847, ella relacionó este ingreso al Lugar Santísimo con el
cerramiento de la puerta.
Así ambos, Hiram Edson y Elena Harmon, enseñaron
que la obra de Cristo en el santuario no había terminado, pero estaba
continuando en otra fase. No obstante, enseñaron que esta fase representaría
sólo un período breve.
Cuando en 1848 describió una visión hablando del
futuro de las publicaciones Adventistas del Séptimo Día como “rayos de luz que
rodearían el mundo”, el pequeño grupo no podía entender que era no sólo el
tiempo sino su posibilidad de llevar el mensaje al mundo entero.
En 1849, Elena G. de White tuvo
una visión del santuario celestial que describió mejor el significado de “la
puerta abierta y cerrada”, en relación con el mensaje del sábado y con Apo 3:7, 8 (ver la cita al comienzo de este artículo). El
que una puerta se cerrara significaba la apertura de otra.
En 1850, Jaime White informó
el ingreso de un hombre que “no había hecho profesión pública de religión”
antes de 1845. Al año siguiente hubo un cambio notable. En abril, White declaró que la puerta estaba cerrada para “aquellos
que habían escuchado el mensaje del evangelio eterno y lo habían rechazado”,
pero sostenía que las siguientes clases podían convertirse: (1) “hermanos en
error” en la iglesia de Laodicea (la mayoría del
grupo de ex Milleritas), (2) los niños que en ese
momento estaban llegando a la edad de ser responsables, y (3) “almas escondidas”
comparadas con la declaración bíblica de “siete mil” que no se habían
“inclinado ante Baal” (1 Reyes 19:18), que se convertirían en el futuro “a su
tiempo”, cuando escucharan el mensaje; pero en el presente, dijo, el mensaje
era para aquellos en la iglesia de Laodicea (nota
editorial en Review and Herald, 1:64, 7 de abril, 1851).
En septiembre, informó algunos conversos de la tercera
clase. En diciembre, G. W. Holt, un compañero en el
ministerio en Nueva York, escribió que “en algunos
lugares donde sólo hacía unos pocos meses desde ese momento, no parecía haber
señales de que hubiera ningún hijo de Dios, están ahora brotando”. Al siguiente
mes de febrero, White registró “muchos”, y para mayo
“una gran parte”, de aquellos que no habían tenido ninguna relación con el
movimiento de 1844. Estos aceptos parecían que habían cambiado el cuadro. White escribió, en febrero, estableciendo un nuevo punto de
vista de la “puerta cerrada”: “No obstante, representa un evento importante con
el cual la iglesia está relacionada, que había de ocurrir antes del regreso de
nuestro Señor de las bodas. Ese
evento no deja afuera a ninguno de los honestos hijos de Dios, ni a aquellos
que no habían rechazado en forma impía la luz de la verdad, y la influencia del
Espíritu Santo” (nota editorial 1 en Review and Herald, 2:94, 17 de
febrero, 1852).
Después de citar Isa 22:22 y Apo
3:7, 8, sobre la puerta abierta y cerrada, continuó: “Enseñamos esta puerta
abierta e invitamos a aquellos que tengan oído para oír, que vengan a ella y
encuentren salvación mediante Jesucristo. Hay una gloria excelsa al ver que
Jesús ha ABIERTO
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