Puerta abierta y cerrada

[De la Seventh-day Adventist Encyclopedia, 2º edición revisada, Commentary Reference Series vol. 11 (Hagerstown, Maryland: Review and Herald Publishing Association, 1996), pp. 249-252.]

 

PUERTA ABIERTA Y CERRADA. Es una expresión derivada de Apo 3:7, 8, donde Cristo es descrito como el único que “abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre” (una alusión a Isa 22:22), y como el que le dice a la iglesia de Filadelfia, “por eso, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar”. Los Adventistas del Séptimo Día han aplicado estos textos a la culminación de la primera fase y a la apertura de la fase segunda y final del ministerio de Cristo en los cielos, donde ha estado el sumo sacerdote del cristiano desde su sacrificio en la cruz (ver Sanctuary). El ministerio doble de Cristo fue prefigurado por el servicio del antiguo sumo sacerdote, que servía “a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales” (Heb 8:5). En el santuario terrenal, el sumo sacerdote servía diariamente en el lugar santo, el primer departamento del santuario, y una vez al año en el Lugar Santísimo, el santuario interior donde estaba el arca de oro, en el que se encontraban las tablas de los Diez Mandamientos, y sobre la cual aparecía la gloria visible de Dios. Este ingreso en el Santo de los Santos ocurría el Día de la Expiación, en la ceremonia de limpieza del santuario (Lev 16).

Al aplicar el tipo de Cristo, Elena G. de White declaró:

Entonces Jesús se levantó, cerró la puerta del lugar santo, abrió la que da al santísimo y pasó detrás del segundo velo, donde está ahora al lado del arca y adonde llega la fe de Israel ahora.

Vi que Jesús había cerrado la puerta del lugar santo, y nadie podía abrirla; y que había abierto la puerta que da acceso al lugar santísimo, y nadie puede cerrarla. (Apoc 3: 7, 8) 1; y que desde que Jesús abrió la puerta que da al lugar santísimo, que contiene el arca, los mandamientos han estado brillando hacia los hijos de Dios, y éstos son probados acerca de la cuestión del sábado (Present Truth [La verdad presente] 1:21, agosto de 1849; véase también Primeros escritos, p. 42).

Esta aplicación corrigió, no inmediatamente sino eventualmente, un error de comprensión de la “puerta cerrada” de la parábola de las vírgenes prudentes e insensatas –una equivocación que se había derivado del movimiento Millerita de 1844.

Los Milleritas habían basado su expectación del regreso de Cristo principalmente en la profecía de Daniel sobre la purificación del santuario al final de los 2.300 días proféticos (Dan 8:14). En el clímax del movimiento, en 1844, ellos conectaron específicamente esta profecía con la ceremonia de purificación del antiguo Día de la Expiación como tipificando la culminación de la mediación de Cristo por los pecados (aunque vieron la purificación del santuario como la purificación de la tierra en los fuegos finales). Al mismo tiempo dieron un énfasis mayor y específico a la parábola profética de las vírgenes prudentes e insensatas (Mat 25).

Guillermo Miller había relacionado su mensaje, del esperado segundo advenimiento, con el “clamor de medianoche” de la parábola (“¡Aquí viene el novio!”), y había enfatizado el punto de que las vírgenes prudentes, que estaban listas para el arribo del novio, entraron con él en la boda, cuando la puerta fue cerrada detrás de ellas, dejando a las demoradas vírgenes imprudentes o insensatas afuera. Él interpretó a las vírgenes como los convocados para el regreso del Señor; la boda, el reino eterno, del cual quedaban excluidos para siempre los que no estaban preparados. “La puerta estaba cerrada,” dijo, “implica la culminación de la obra mediadora del reino, y la terminación del período del evangelio” (Guillermo Miller, Evidenceof the Second Coming of Christ [1840], p. 237).

A diferencia de muchos otros que estaban esperando por el pronto advenimiento de Cristo (véase Premillennialism), los Milleritas colocaban un fuerte énfasis en la doctrina de que en el momento de la venida de Cristo, todo ser humano estará listo o no para verlo, y que la oportunidad de salvación dejaría de ser en ese momento. Esto, teológicamente, se denominaba el fin del tiempo de gracia para la humanidad. Los Milleritas enseñaron “que la noción de un tiempo de prueba después de la venida de Cristo es un atractivo fatal, completamente contrario a la Palabra de Dios, que positivamente enseña que cuando Cristo venga la puerta está cerrada, y los que no estén listos nunca entrarán” (“Boston Second Advent Conference”, The Signs of the Times, 3:69, 1 de junio, 1842; reimpreso en SB, No. 1093).

En razón de que esperaban que Cristo regresara al final de los 2.300 días proféticos, habían enfatizado que el fin del tiempo de gracia sería al final de ese período. Por tanto, por un breve período después del chasco de octubre de 1844, Miller y muchos otros pensaron que su obra para el mundo estaba hecha, que había sólo un tiempo breve de “tardanza” más –quizás de unos pocos días o meses- hasta que ocurriera la venida de Cristo. En diciembre de 1844, Miller escribió: “Hemos hecho nuestra obra de advertir a los pecadores, y tratando de despertar a la iglesia formal. Dios, en su providencia ha cerrado la puerta, sólo podemos alentarnos unos a otros para ser pacientes; y ser diligentes en hacer seguro nuestro llamado y elección. Estamos ahora viviendo en el tiempo especificado en Malaquías 3:18, también Daniel 12:10 y Apocalipsis 22:10-12. En este paso no podemos ayudar sino ver que falta un poco más antes de la venida de Cristo, habrá una separación entre el justo y el injusto; entre buenos y malos, entre aquellos que aman su venida y los que la odian. Y nunca, desde los días de los apóstoles, ha habido un línea divisoria tal como la que apareció entre el día 10 ó 23 del séptimo mes judío” (carta de Guillermo Miller, en Advent Herald, 11 de diciembre, 1844, p. 142; reimpresa en Western Midnight Cry, 4:25, 21 de diciembre, 1844).

Otros se expresaron en forma similar al principio. Pero J. V. Himes, el colega más importante de Miller, y otros sostuvieron que dado que Cristo no había venido, el período de los 2.300 días proféticos no debía haber terminado en 1844; que debe extenderse a otra fecha en el futuro, y por tanto, que el cumplimiento de el “clamor de medianoche” de la parábola de las vírgenes estaba todavía en el futuro; y que el movimiento de octubre de 1844 (véase Seventh-Month Movement) era un error, y que no era un cumplimiento de la profecía. Para la primavera de 1845, el grupo principal de Milleritas, incluyendo Miller, habían aceptado este punto de vista. Este grupo, todavía tenía la idea de que la “puerta” de la parábola de las vírgenes no era otra cosa que la “puerta de la salvación”, y argumentaban así: Dado que Cristo no ha venido, la puerta de la salvación todavía está abierta; por tanto, la parábola de las vírgenes todavía no se ha cumplido. Concluyeron que cualquiera que enseñara que esta parábola se había cumplido, debía creer que el tiempo de prueba había terminado, y por tanto, debía ser considerado ipso facto un hereje “sin misericordia”. La frase “puerta cerrada” llegó a ser un epíteto.

Pero una minoría continúo sosteniendo que el tiempo había sido correcto; que el error había estado en la naturaleza del cumplimiento profético; que en octubre de 1844, los 2.300 días habían terminado en el Día de la Expiación simbólico y que la parábola se había cumplido (aunque no en la forma que habían esperado); y por tanto que la puerta de la parábola –sea lo que fuere que significase- había estado cerrada en cumplimiento de la profecía. Para ellos la frase “puerta cerrada” era equivalente a la afirmación de creer que el “clamor de medianoche” había sido el clímax de un mensaje dado por Dios y que el movimiento de 1844 había sido guiado por Dios y que había sido permitido, en su providencia, como una prueba de la consagración de ellos y la disposición a estar listos para encontrarse con su Señor. Naturalmente estas ideas fueron consideradas por la mayoría, que había abandonado la creencia en “el tiempo”, al dar sus espaldas a la verdad y negar la conducción del Señor en el “clamor de medianoche”.

Algunos continuaron sosteniendo –como Miller había enseñado- que la puerta era la de la salvación, porque todavía esperaban que Cristo regresara en breve. Con el paso del tiempo, algunos sostuvieron que era la puerta de “acceso” a los oyentes –que individuos obstinados y tozudos habían cerrado sus oídos al mensaje de Dios para ese día; en cualquier caso no había oportunidad de conseguir aceptación de su mensaje en el mundo de ese tiempo. La infortunada controversia sobre la “puerta cerrada” magnificaba el tema excesivamente y extendió su mala comprensión. Como era de esperarse, sufrieron en ese tiempo sentimientos de desilusión y confusión.

Los extremistas de la doctrina de la puerta cerrada declararon que Cristo había venido, no literalmente, sino “espiritualmente” (ver Spiritualism [1]). Pero el pequeño grupo, que formó el núcleo de la futura Iglesia Adventista del Séptimo Día, se opuso contra las vaguedades de aquellos que declararon que Cristo había venido espiritualmente y a la posición de la mayoría que “negaba su experiencia pasada” en el movimiento de 1844. Retuvieron su confianza en el cumplimiento de 1844, y concluyeron que el error estaba en el evento que habían esperado.

Aceptaron la explicación del chasco, que fue primeramente sugerida por Hiram Edson el día después del chasco, a saber, que el ministerio de Cristo como nuestro sumo sacerdote en el santuario celestial no habían terminado con los 2.300 días, sino que había ingresado en otra fase, según estaba simbolizado (1) por la entrada del sumo sacerdote en el Lugar Santísimo, al comienzo de la limpieza simbólica del santuario, y (2) por la llegada del novio para la boda (no en la tierra); y que el fin de esta fase, simbolizada por la salida del sacerdote del santuario y el regreso del novio de la boda (Luc 12:36), estaba todavía por venir, y sería seguida por la segunda venida.

Su retención de la creencia en el fin de los 2.300 días en 1844 y la separación de la segunda venida del período profético, los salvó del error al que fue susceptible la mayoría del grupo –la búsqueda de futuras fechas para el fin. Pero los dejó con el dilema de aceptar la doctrina de no más misericordia o corregir sus puntos de vista sobre la “puerta cerrada” como fue definida inicialmente por los milleritas. Gradualmente comenzaron a ver el comienzo de la fase final del ministerio de Cristo como el cerramiento de la puerta del lugar santo y la apertura de la puerta del lugar Santísimo –la apertura a un nuevo mensaje del sábado, y la apertura a un ministerio más amplio para el mundo antes de la segunda venida. Pero esto llevó tiempo.

Es interesante repasar los pasos por los cuales, los pequeños grupos que luego llegaron a ser los Adventistas del Séptimo Día, salieron del dilema de la puerta cerrada y solucionaron el doble problema: (1) ¿está la puerta cerrada?, y (2) ¿qué es la puerta?

Elena G. Harmon (más tarde White) fue acusada de pretender revelación divina para la doctrina de no más misericordia. Ella negó esto. Más tarde declaró:

Junto con mis hermanos y hermanas, después del tiempo pasado en 1844, yo creía firmemente que no se convertirían más pecadores. Pero nunca tuve una visión de que no se convertirían más pecadores… Se me mostró que había una gran obra que hacer en el mundo para los que no habiendo tenido la luz, no la habían rechazado. Nuestros hermanos no podían entender esto debido a nuestra fe en la inmediata aparición de Cristo (Carta 2, 1874, en Mensajes selectos, volumen 1, p. 84).

Su primera visión (en diciembre de 1844) describía el viaje del “pueblo adventista” hacia la Ciudad Santa mientras iban por un sendero con la luz del “clamor de medianoche” delante de ellos, y también su ingreso a la ciudad en el momento de la segunda venida. Esto, para quienes lo aceptaron, significó la reafirmación de que el mensaje de 1844 y el movimiento no habían sido una desilusión; o por decirlo de otra manera, que los 2.300 días habían finalizado y que la parábola, con su “puerta cerrada”, había sido cumplida, y que muy en breve verían a su Señor, quien estaba demorando su aparición para probar su fe.

Su visión, en febrero de 1845, estaba en concordancia con la explicación de Edson: Cristo, el sumo sacerdote, yendo del lugar santo al santísimo, dentro del velo, explicado como que estaba yendo a recibir el reino después de lo cual “regresaría para la boda”, es decir, regresaría a recibir a quienes lo esperaban en la segunda venida. En 1847, ella relacionó este ingreso al Lugar Santísimo con el cerramiento de la puerta.

Así ambos, Hiram Edson y Elena Harmon, enseñaron que la obra de Cristo en el santuario no había terminado, pero estaba continuando en otra fase. No obstante, enseñaron que esta fase representaría sólo un período breve.

Cuando en 1848 describió una visión hablando del futuro de las publicaciones Adventistas del Séptimo Día como “rayos de luz que rodearían el mundo”, el pequeño grupo no podía entender que era no sólo el tiempo sino su posibilidad de llevar el mensaje al mundo entero.

En 1849, Elena G. de White tuvo una visión del santuario celestial que describió mejor el significado de “la puerta abierta y cerrada”, en relación con el mensaje del sábado y con Apo 3:7, 8 (ver la cita al comienzo de este artículo). El que una puerta se cerrara significaba la apertura de otra.

En 1850, Jaime White informó el ingreso de un hombre que “no había hecho profesión pública de religión” antes de 1845. Al año siguiente hubo un cambio notable. En abril, White declaró que la puerta estaba cerrada para “aquellos que habían escuchado el mensaje del evangelio eterno y lo habían rechazado”, pero sostenía que las siguientes clases podían convertirse: (1) “hermanos en error” en la iglesia de Laodicea (la mayoría del grupo de ex Milleritas), (2) los niños que en ese momento estaban llegando a la edad de ser responsables, y (3) “almas escondidas” comparadas con la declaración bíblica de “siete mil” que no se habían “inclinado ante Baal” (1 Reyes 19:18), que se convertirían en el futuro “a su tiempo”, cuando escucharan el mensaje; pero en el presente, dijo, el mensaje era para aquellos en la iglesia de Laodicea (nota editorial en Review and Herald, 1:64, 7 de abril, 1851).

En septiembre, informó algunos conversos de la tercera clase. En diciembre, G. W. Holt, un compañero en el ministerio en Nueva York, escribió que “en algunos lugares donde sólo hacía unos pocos meses desde ese momento, no parecía haber señales de que hubiera ningún hijo de Dios, están ahora brotando”. Al siguiente mes de febrero, White registró “muchos”, y para mayo “una gran parte”, de aquellos que no habían tenido ninguna relación con el movimiento de 1844. Estos aceptos parecían que habían cambiado el cuadro. White escribió, en febrero, estableciendo un nuevo punto de vista de la “puerta cerrada”: “No obstante, representa un evento importante con el cual la iglesia está relacionada, que había de ocurrir antes del regreso de nuestro Señor de las bodas. Ese evento no deja afuera a ninguno de los honestos hijos de Dios, ni a aquellos que no habían rechazado en forma impía la luz de la verdad, y la influencia del Espíritu Santo” (nota editorial 1 en Review and Herald, 2:94, 17 de febrero, 1852).

Después de citar Isa 22:22 y Apo 3:7, 8, sobre la puerta abierta y cerrada, continuó: “Enseñamos esta puerta abierta e invitamos a aquellos que tengan oído para oír, que vengan a ella y encuentren salvación mediante Jesucristo. Hay una gloria excelsa al ver que Jesús ha ABIERTO LA PUERTA en el santísimo… Si se dijera que somos los de la teoría de la PUERTA ABIERTA y del séptimo día sábado, no lo rechazaremos; porque esa es nuestra fe” (Ibid., 95).

 

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