Temas integradores de Elena G. de White
[Extracto de George R. Knight, Meeting Ellen White (Hagerstown, Md.:
Review and Herald Publishing Association, 1996), pp. 109-127. Al final
del documento hay una lista de las abreviaturas que se usan como referencias.]
Capítulo 6
Un examen de los temas principales de
Elena G. de White
En este libro hemos andado un largo camino en nuestro viaje con Elena G. de White. Primero examinamos su larga vida. Luego tratamos la tarea que realiza el Patrimonio de Elena de White desde su muerte y examinamos sus diversos escritos.
Ahora estamos listos para la fase final de nuestra aproximación a Elena G. de White. En este capítulo se revisarán los siete temas más importantes que corren a través de sus escritos. Representan ideas que nos ayudan a comprender su teología y la carga que llevaba a causa de los individuos y la iglesia. También integra los distintos hilos (cuerdas) de su pensamiento en una red unificada de conceptos que proveen un marco interpretativo no sólo para documentos aislados sino para sectores completos de sus escritos (tales como salud, educación y vida familiar).
Los siete temas siguientes no son los únicos que se podían elegir, pero parecieran estar entre los más elementales, y ciertamente se destacan en el conjunto de sus obras. Como resultado, estos siete temas otorgan una comprensión intelectual integradora e interpretativa para los escritos de Elena G. de White que nos ayudarán a leerla con mejor provecho.
EL AMOR DE DIOS
Quizás el tema central y más abarcado en los escritos de Elena de White sea el del amor de Dios. ¿Por qué comenzamos con este tema? La respuesta es que es el único que trata repetidamente primero y al principio de sus libros más importantes. Unas pocas ilustraciones de este punto nos ayudarán a entender el lugar crucial del tema en su pensamiento.
Uno de las ilustraciones más fuertes de la centralidad del amor de Dios en los escritos de Elena G. de White es que la frase “Dios es amor” son las primeras tres palabras del primer volumen de la serie del Gran Conflicto (Patriarcas y profetas) y las últimas tres palabras del volumen final de esta serie (El conflicto de los siglos).
¿Por qué es esto así? Porque, como veremos seguidamente, la existencia del amor de Dios es el punto central de la gran lucha entre el bien y el mal, según es descrito por Elena G. de White. Como resultado, ella enfatiza el amor de Dios en cada oportunidad. “Dios es amor” es la frase que da el contexto para su relato de la extensa historia de la gran controversia.
Otra ilustración significativa de la centralidad del tema del amor de Dios en los escritos de Elena G. de White es que el trato de este tema como el más importante nos da el contexto para el primer capítulo de El camino a Cristo. Las palabras que inician este libro son “La naturaleza y la revelación a una dan testimonio del amor de Dios” (CC, 7).
Además, dice que las cosas de la naturaleza en un mundo de pecado “sólo representan imperfectamente su amor”. La ilustración suprema y más clara del amor de Dios por nosotros, enfatiza Elena G. de White, es Dios enviando a Jesús para salvarnos de nuestros pecados (CC, 9-14).
El capítulo termina con lo siguiente que subraya el tema central del libro. “Tal amor [como el que Dios tuvo por nosotros al proveer para nuestra salvación en Jesús] es incomparable. ¡Hijos del Rey celestial! ¡Promesa preciosa! ¡Tema para la más profunda meditación! ¡El incomparable amor de Dios para con un mundo que no lo amaba! Este pensamiento tiene un poder subyugador y cautiva el entendimiento a la voluntad de Dios. Cuanto más estudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, más vemos la misericordia, la ternura y el perdón unidos a la equidad y la justicia, y más claramente discernimos pruebas innumerables de un amor infinito y de una tierna piedad que sobrepuja la ardiente simpatía y los anhelosos sentimientos de la madre para con su hijo extraviado” (CC, 14).
Una tercera ilustración poderosa del amor de Dios, que hace de este tema el tema central de Elena G. de White, aparece en las páginas introductorias de El Deseado de todas las gentes. Jesús, dice ella en el primer párrafo del libro, “vino a esta tierra obscurecida por el pecado para revelar la luz del amor de Dios” (DTG, 11). Escribe que la vida de Jesús demuestra “que la ley del renunciamiento por amor es la ley de la vida para la tierra y el cielo; que el amor que ‘no busca lo suyo’ tiene su fuente en el corazón de Dios” (DTG, 11). Su conclusión en la página final es que mediante Cristo el “amor ha vencido” (DTG, 774).
El amor de Dios es ensalzado como lo primero, lo último y la plenitud a través de los escritos de Elena G. de White. Reiteradamente lo trata como lo primero y lo último en sus libros más importantes, y estas palabras las usa como las primeras y las últimas al tratar el Gran Conflicto, con más de 3.500 entremedio. Parece ser el tema que subyace en la trama y provee el contexto para todos los otros temas en sus escritos.
EL GRAN CONFLICTO
Un segundo tema integrado que corre en todas sus obras es el del gran conflicto o lucha entre Cristo y Satanás. Está construido sobre el tema del amor de Dios.
De acuerdo con Elena G. de White, el centro de la controversia se ha extendido más allá de los intentos de Satanás de representar mal el carácter de Dios hacia una deliberada distorsión de la ley. Y así leemos en las primeras páginas de El Deseado de todas las gentes que “Satanás representa la divina ley de amor como una ley de egoísmo. Declara que nos es imposible obedecer sus preceptos” (DTG, 15).Nuevamente, escribe en El conflicto de los siglos: “Desde el origen de la gran controversia en el cielo, el propósito de Satanás ha consistido en destruir la ley de Dios” (CS, 639).
Por supuesto, en el pensamiento de Elena G. de White, el carácter de Dios y el principio que subyace en la ley de Dios no son dos elementos sino uno. El carácter de Dios es uno de amor, como lo es el principio que está en el corazón de su ley. Por tanto, el intento de Satanás, en la gran controversia, es desacreditar el amor de Dios en sus diversas manifestaciones.
Es en contra de este intento de mala representación que Dios ha tenido que luchar. Elena G. de White sienta las bases para el tratamiento que ella hace de la reacción de Dios a Satanás en la página inicial de Patriarcas y profetas, cuando escribe que “la historia del gran conflicto entre el bien y el mal, desde que principió en el cielo hasta el final abatimiento de la rebelión y la total extirpación del pecado, es también una demostración del inmutable amor de Dios” (PP, 11).
La demostración que Dios hace de su amor, en el actual conflicto con Satanás, es parte central, como ya se dijo antes, de la serie de cinco volúmenes titulada El Gran Conflicto. Además de ser parte de estos volúmenes, provee el marco teológico que orienta y da el contexto del resto de sus escritos.
La mayor exhibición que Dios hizo de su amor fue enviar a
Jesús. Elena G. de White explica que Dios demostró su amor en el contexto de
los cargos que hizo Satanás, al desarrollar el plan de salvación en el cual Jesús
muere por la raza humana. No obstante, Jesús viene no sólo a morir por la
humanidad, sino a mostrar cómo es el amor de Dios refutando las acusaciones de
Satanás. Al hablar de este punto,
Elena G. de White declara que, mediante su vida y su muerte,
Jesús obtuvo la victoria para
El párrafo final de El conflicto de los siglos une los temas del amor y del conflicto cósmico apropiadamente. En él leemos “el gran conflicto ha terminado. Ya no hay más pecado ni pecadores. Todo el universo está purificado. La misma pulsación de armonía y de gozo late en toda la creación. De Aquel que todo lo creó manan vida, luz y contentamiento por toda la extensión del espacio infinito. Desde el átomo más imperceptible hasta el mundo más vasto, todas las cosas animadas e inanimadas, declaran en su belleza sin mácula y en júbilo perfecto, que Dios es amor” (CS, 737).
El concepto del amor de Dios y del gran conflicto conducen a un tercer tema que aparece en los escritos de Elena G. de White y une todos los otros temas. Este tercer tema se centra en Jesús, su cruz y la salvación mediante su gracia.
JESÚS,
No sólo Elena G. de White describe a Jesús como luchando con Satanás en la realidad del conflicto cósmico, sino que constantemente lo expresa en una forma muy personal. Desde el momento de su conversión, exalta a Jesús como la única esperanza para cada individuo. En ese momento de su vida se dio cuenta que “tan sólo en relación con Jesús, por medio de la fe, puede el pecador llegar a ser un hijo de Dios, creyente y lleno de esperanza”. Y ella describe que el anhelo de su corazón era “¡Ayúdame, Jesús! ¡Sálvame o pereceré!” (NB, 25).
Elena G. de White nunca olvidó sus luchas tempranas por la salvación, cuando creía que debía ser buena antes que Dios pudiera aceptarla. El encontrar a Jesús y la salvación mediante la fe en sus méritos, llegó a ser el tema central de su ministerio por medio de sus escritos y en la predicación todo el tiempo, desde que tuvo su primera visión, en la cual vio que los milleritas sólo estarían seguros “si no apartaban los ojos de él” (PE, 14), hasta su muerte, en 1915.
Un profundo sentido de la impotencia humana subyace en su teología de la salvación en Jesús. Ella señala que “en la vida de todo hombre se manifiesta el resultado de haber comido del árbol del conocimiento del bien y del mal. Hay en su naturaleza una inclinación hacia el mal, una fuerza que solo, sin ayuda, él no podría resistir. Para hacer frente a esa fuerza, para alcanzar el ideal, que en lo más íntimo de su alma reconoce como única cosa digna, puede encontrar ayuda en un sólo poder. Ese poder es Cristo” (Ed, 29).
Pero a pesar de su creencia en la indignidad humana, la visión que Elena G. de White tenía de Jesús era la de una esperanza ilimitada para un mundo perdido. “En todo ser humano, cualquiera fuera el nivel al cual hubiese caído, veía a un hijo de Dios, que podía recobrar el privilegio de su relación divina…. Al contemplar a los hombres sumidos en el sufrimiento y la degradación, Cristo percibió que, donde sólo se veía desesperación y ruina, había motivos de esperanza. Dondequiera existiera una sensación de necesidad, él veía una oportunidad de elevación. Respondía a las almas tentadas, derrotadas, que se sentían perdidas, a punto de perecer, no con acusación, sino con bendición” (Ed, 79).
Para Elena G. de White, Jesús era no sólo un buen amigo en tiempo de necesidad; era un Salvador que murió en la cruz por cada individuo. En un pasaje favorito del El Deseado de todas las gentes, leemos que “Cristo fue tratado como nosotros merecemos a fin de que nosotros pudiésemos ser tratados como él merece. Fue condenado por nuestros pecados, en los que no había participado, a fin de que nosotros pudiésemos ser justificados por su justicia, en la cual no habíamos participado. El sufrió la muerte nuestra, a fin de que pudiésemos recibir la vida suya” (DTG, 17-18).
Que Jesús murió por nuestros pecados, que pagó la culpa de nuestros pecados en la cruz, era un tema que ella nunca se cansó de repetir. “Cristo crucificado por nuestros pecados, Cristo resucitado de los muertos, Cristo ascendido al cielo como nuestro intercesor, tal es la ciencia de la salvación que necesitamos aprender y enseñar” (CM, 23; 8T, 287).
Fe en la salvación de Cristo (o justificación por la fe) es una enseñanza que aparece en los escritos de Elena G. de White. Por fe los individuos se apropian de las bendiciones de la salvación obtenida en la cruz. Ella exalta una “fe en la habilidad de Cristo para salvarnos amplia, plena y completamente” (1888 Materials, 217). Esa fe se extiende hacia el ministerio de Cristo por sus hijos en el santuario celestial.
Para Elena G. de White, la muerte de Cristo en el Calvario no sólo hizo posible la salvación para cada individuo, sino que también dejó en claro la cuestión del carácter de Dios en el gran conflicto. Ella declara que “la muerte de Cristo probó que la administración y el gobierno de Dios están sin defecto. La acusación de Satanás en cuanto a los atributos en conflicto de la justicia y la misericordia fueron refutados más allá de toda cuestión. Toda voz en los cielos y fuera de los cielos serán testigos un día de la justicia, la misericordia y de los exaltados atributos de Dios” (Ms 128, 1897).
En la mente de Elena G. de White, la vida de Jesús, su muerte en la cruz, su ministerio al aplicar los méritos de su muerte en el santuario celestial, y la aceptación de la obra de Cristo por el creyente mediante la fe, permanecen como un gran eslabón que une los temas en el centro de su comprensión del cristianismo. Nada era más importante para ella que ese complejo de ideas íntimamente relacionados. A los ministros les escribió: “Ensalzad a Jesús,… ensalzadlo en la predicación, en el canto y en la oración… Sea la ciencia de la salvación el centro de cada sermón, el tema de todo canto… Enalteced la palabra de vida, presentando a Jesús como la esperanza del penitente y la fortaleza de cada creyente” (OE, 168).
En otra ocasión escribe: “El
sacrificio de Cristo como expiación del pecado es la gran verdad en derredor de
la cual se agrupan todas las otras verdades.
A fin de ser comprendida y apreciada debidamente, cada verdad de
Paralelo al énfasis que Elena
G. de White hace de Cristo,
Elena G. de White exaltó
Enfatiza particularmente la
importancia central de
“Investigad cuidadosamente las
Escrituras para ver qué es verdad”, aconsejó un mes después a pastores que eran
líderes adventistas. “La verdad no puede perder nada por una investigación
cuidadosa. Dejad que
Nuestro pueblo debe comprender la verdad de
Dijo que “
El último punto es muy
importante. Elena G. de White siempre sostuvo que su función era señalar al
pueblo al Biblia. Escribió que “el Espíritu no fue dado -ni puede jamás ser
otorgado- para invalidar
Para Elena G. de White, el
estudio personal de
Este pensamiento nos conduce al quinto tema integrador en los escritos de Elena G. de White: la segunda venida de Jesús.
La segunda venida fue de
importancia central para Elena G. de White en el momento de su conversión
durante la experiencia millerita de la década de 1840. La realidad de la
cercanía del advenimiento dominaba su vida y modeló su carrera de escritora.
Como tal, está unida con cada uno de los otros seis temas que estamos
presentando. Por tanto, la segunda venida para ella es un punto central de
verdad en
Enseñó que la segunda venida debe estar en el centro de las enseñanzas y actividades de los Adventistas del Séptimo Día. Dijo, “todos los discursos que damos han de revelar claramente que estamos esperando, trabajando y orando por la venida del Hijo de Dios. Su venida es nuestra esperanza. Esta esperanza ha de estar vinculada con todas nuestras palabras y obras, con todas nuestras asociaciones y relaciones” (Ev, 164).
Para Elena G. de White, el regreso de Cristo no sólo era una realidad futura, sino que tenía un sentido de inmediatez que demandaba urgencia en la predicación de su mensaje a todo el mundo en tiempo más breve posible. Escribió,
Haced resonar la alarma en todo el país. Decid a la gente que el día del Señor está cerca y que se ha aproximado con mucha prisa. Nadie puede [quedar] sin amonestar… No tenemos tiempo que perder… La venida del Señor está más cercana de cuando creímos por primera vez. El gran conflicto se está aproximando a su final. Las noticias de cada calamidad que ocurre en el mar o en la tierra son testimonios del hecho de que el fin de todas las cosas está cercano. Las guerras y los rumores de guerra así lo indican… El Señor está por venir. Oímos los pasos de un Dios que se aproxima… Debemos prepararle el camino desempeñando nuestra parte en la preparación de un pueblo para este gran día” (Ev, 163).
Fue la verdad del advenimiento y la cercanía del evento lo que estableció las bases para la misión adventista en el extranjero.
Elena G. de White relacionó
estrechamente su enfoque sobre la segunda venida y la misión en el extranjero
como corolario a los libros apocalípticos de Daniel y Apocalipsis. Esos libros
y la descripción del fin del tiempo que realizan encuentran un lugar especial
en su enseñanza y escritos. En 1896 escribió, “se necesita un estudio mucho más
profundo de
Los propios escritos e Elena G. de White sobre la segunda venida demuestran que ella practicaba su mandato de estudiar Daniel y Apocalipsis. Sus escritos están sazonados completamente con cuestiones y alusiones a estos dos libros apocalípticos.
Los hijos de Dios oyen una voz clara y melodiosa que dice: "Enderezaos," y, al levantar la vista al cielo, contemplan el arco de la promesa. Las nubes negras y amenazadoras que cubrían el firmamento se han desvanecido, y como Esteban, clavan la mirada en el cielo, y ven la gloria de Dios y al Hijo del hombre sentado en su trono…
Los malos miran la escena con terror y asombro, mientras los justos contemplan con gozo las señales de su liberación. La naturaleza entera parece trastornada. Los ríos dejan de correr. Nubes negras y pesadas se levantan y chocan unas con otras. En medio de los cielos conmovidos hay un claro de gloria indescriptible, de donde baja la voz de Dios semejante al ruido de muchas aguas, diciendo: "Hecho es." (Apocalipsis 16: 17.)
Esa misma voz sacude los cielos y la tierra. Síguese un gran terremoto… El firmamento parece abrirse y cerrarse. La gloria del trono de Dios parece cruzar la atmósfera… Las más soberbias ciudades de la tierra son arrasadas… Los muros de las cárceles se parten de arriba abajo, y son libertados los hijos de Dios que habían sido apresados por su fe. (CS, 694, 695).
La descripción que hace Elena G. de White de la resurrección de los justos es igualmente alentadora.
Entre las oscilaciones de la tierra, las llamaradas de los relámpagos y el fragor de los truenos, el Hijo de Dios llama a la vida a los santos dormidos… Por toda la superficie de la tierra, los muertos oirán esa voz; y los que la oigan vivirán…
Los justos vivos son mudados "en un momento, en un abrir de ojo." A la voz de Dios fueron glorificados; ahora son hechos inmortales, y juntamente con los santos resucitados son arrebatados para recibir a Cristo su Señor en los aires… Santos ángeles llevan niñitos a los brazos de sus madres. Amigos, a quienes la muerte tenía separados desde largo tiempo, se reúnen para no separarse más, y con cantos de alegría suben juntos a la ciudad de Dios. (CS, 702, 703)
De todas las descripciones de experiencias de Elena G. de White relacionadas con la segunda venida, quizás aquellas de la vida en la tierra nueva son las más animadoras. Ella escribió,
Allí intelectos inmortales contemplarán con eterno deleite las maravillas del poder creador, los misterios del amor redentor…. Toda facultad será desarrollada, toda capacidad aumentada… Las mayores empresas podrán llevarse a cabo, satisfacerse las aspiraciones más sublimes, realizarse las más encumbradas ambiciones; y sin embargo surgirán nuevas alturas que superar, nuevas maravillas que admirar, nuevas verdades que comprender, nuevos objetos que agucen las facultades del espíritu, del alma y del cuerpo (CS, 736).
Como podemos ver por las citas mencionadas, no sólo el eslabón de los eventos relacionados con la segunda venida forman uno de los principales temas integradores en los escritos de Elena G. de White, sino su sentido de la realidad de esos eventos ardía en su interior. Este eslabón temático da dirección a sus escritos y una orientación para su vida.
Íntimamente unida a la
comprensión que tenía Elena G. de White de la segunda venida se encuentra el
sexto tema que nos ayuda a comprender su vida y escritos. Este tema es el
mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14:6-12 y la misión de
EL MENSAJE DEL TERCER ÁNGEL
Y
Apocalipsis 14:6-12, con su descripción de los mensajes de los tres ángeles, está en el mismo corazón de la identidad Adventista del Séptimo Día como lo vio Elena G. de White. Ella sostuvo desde el comienzo de su ministerio hasta el fin del mismo, unos 71 años después, que Dios había comisionado especialmente al adventismo para predicar el mensaje del tercer ángel.
Note el sentido de misión en sus palabras:
En un sentido muy especial, los adventistas del séptimo día han sido colocados en el mundo como centinelas y transmisores de luz. A ellos ha sido confiada la tarea de dirigir la última amonestación a un mundo que perece… Una obra de la mayor importancia les ha sido confiada: proclamar los mensajes del primero, segundo y tercer ángeles. Ninguna otra obra puede ser comparada con ésta y nada debe desviar nuestra atención de ella.
Las verdades que debemos proclamar al mundo son las más solemnes que jamás hayan sido confiadas a seres mortales. Nuestra tarea consiste en proclamarlas. El mundo debe ser amonestado, y el pueblo de Dios tiene que ser fiel a su cometido. (3JT, 288; 9T, 19).
Al igual que los otros líderes Adventistas del Séptimo Día, Elena G. de White veía los tres mensajes angélicos como “una cadena perfecta” de verdad (PE, 221) que se extiende desde 1840 hasta el fin del tiempo. El primer mensaje (la hora del arribo de los juicios de Dios), concluyeron, se había iniciado con la predicación de Guillermo Miller entre las décadas de 1830 y 1840, mientras que el segundo (la caída de Babilonia) comenzó a predicarse en 1843 cuando los creyentes adventistas eran expulsados de sus iglesias por creer en la doctrina bíblica de la segunda venida premilenial.
Aquellos dos mensajes eran importantes, pero solamente prepararon el camino para la predicación del mensaje del tercer ángel. Es en el tercer mensaje en el que los Adventistas del Séptimo Día asientan su comisión e identidad única. Elena G. de White y otros creyentes sabatistas sostuvieron que,
Cuando Cristo entró en el lugar santísimo del santuario celestial para realizar la obra final de la expiación, encomendó a sus siervos el último mensaje de misericordia que habría de darse al mundo. Esa es la advertencia del tercer ángel de Apocalipsis 14. Inmediatamente después de esa proclamación el profeta ve al Hijo del hombre que viene en gloria para segar la mies de la tierra. (HR, 398)
Elena G. de White enseñó repetidamente que “este [el mensaje del tercer ángel] es el último mensaje” para un mundo que está próximo a ser destruido. “No hay más [mensajes] que siguen, no hay más invitaciones de misericordia para dar después que este mensaje haya hecho su obra. ¡Qué responsabilidad!” (5T, 206, 207).
Elena G. de White declara que el mensaje del tercer ángel no sólo debía ser global, sino separar y probar a los seres humanos. “El mensaje del tercer ángel debe hacer su obra de separar de las iglesias a un pueblo que sostendrá los principios de la verdad eterna” (Ev., 171; 6T, 61). Es un “mensaje de vida y muerte” (6T, 61). Otra vez escribió,
El señor se agradó en dar a su pueblo el mensaje del tercer ángel como un mensaje decisivo para presentar al mundo. Juan contempla a un pueblo distinto y separado del mundo, que se rehusa a adorar a la bestia o a su imagen, que tiene la señal de Dios, que guarda su sábado, el séptimo día,… De este pueblo escribe el apóstol: "Aquí están los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Ev., 173).
Por tanto encontramos la perpetuidad de la ley de Dios y la restauración del sábado bíblico en el corazón de la comprensión adventista del mensaje del tercer ángel. Los primeros Adventistas del Séptimo Día no tuvieron problema al ver aquellos elementos en el tercer mensaje. También eran rápidos para comprender el aspecto del gran conflicto de Apocalipsis 13 y 14 que incitaba a aquellos que tenían la marca de la bestia contra los que observaban todos los mandamientos de Dios.
Pero lo que muchos fallaban en
ver en el mensaje del tercer ángel era el significado de “la fe de Jesús”. Ese
es un punto que Elena G. de White buscó dejar en claro para sus hermanos
miembros de iglesia en la sesión de
Jesús convertido en el ser que lleva nuestros pecados para llegar a ser el Salvador que perdona el pecado… Vino a nuestro mundo y llevó nuestros pecados para que nosotros pudiéramos llevar su justicia. Y la fe en la capacidad de Cristo para salvarnos en forma amplia, completa y total, es la fe de Jesús. (1888 Materials, 217; 3MS, 195)
Así pudo decir en otra relación que “la justificación por la fe… Es el mensaje del tercer ángel en verdad” (1MS, 437).
Desde la perspectiva de Elena G. de White, el mensaje del tercer ángel combina la ley y el evangelio. Mientras los Adventistas del Séptimo Día dieron un énfasis especial a la ley y el sábado en detrimento del evangelio de la gracia, no estaban predicando el mensaje del tercer ángel completo. Esa era la debilidad de la denominación antes de 1888. Pero al comenzar 1888 y después de la comprensión plena de los adventistas del mensaje del tercer ángel, Elena G. de White pudo exclamar que entonces los adventistas tenían el mensaje completo y que “el fuerte pregón del tercer ángel ya ha comenzado en la revelación de la justicia de Cristo, el Redentor que perdona los pecados” (1MS, 425).
El mensaje del tercer ángel, con su imperativo para la misión mundial, se sitúa en el mismo centro del pensamiento de Elena G. de White como un tema muy importante en su interpretación. Y al igual que los otros temas que se integran e interpretan, se entrelaza con los otros seis.
Antes que terminemos de hablar de este tema del tercer ángel, cabe señalar que Elena G. de White no sólo escribió extensamente sobre la ley, el sábado, la justificación por la fe, el gran conflicto y otros temas directamente relacionados con el mensaje del tercer ángel, sino que también lo están sus amplios comentarios sobre educación, salud, publicaciones y el ministerio evangélico.
La educación adventista debía entrenar un pueblo para que esparciera el mensaje del tercer ángel. El mensaje de salud (el brazo derecho del mensaje del tercer ángel; Ev., 376; ver 1T, 486) consistía en equipar al pueblo con una salud mejor para que pudiera predicar adecuadamente el mensaje adventista y conducir a otros a la verdad mediante el testimonio de las instituciones de salud adventista. Los programas de publicaciones y del ministerio eran también para esparcir el último mensaje al mundo antes de la cosecha final de Apocalipsis 14:14-20.
El mensaje del tercer ángel está también relacionado directamente al tema final de Elena G. de White que examinaremos en esta breve presentación: La vida diaria del cristiano y el desarrollo del carácter.
EL CRISTIANISMO PRÁCTICO Y EL DESARROLLO
DEL CARÁCTER CRISTIANO
Según lo vio Elena G. de White, el cristianismo debe afectar cada parte de la vida diaria de una persona. En vez de ser algo que le sucede a la gente cuando están en la iglesia, el verdadero cristianismo transforma a las personas desde su interior. Cambia sus corazones, pero ese cambio interior, si es genuino, se traslada a las relaciones familiares, la escuela y el trabajo, e incluso también en cómo usa la gente su tiempo libre. La gran cantidad de material que Elena G. de White escribió sobre recreación, matrimonio, salud, el uso del tiempo y las habilidades, y otros temas similares hablan de las implicaciones prácticas del cristianismo.
La creencia en una experiencia de conversión que transforma el corazón entrelaza sus consejos sobre el cristianismo práctico. Esta creencia se acopla a la comprensión de que las acciones externas son el producto de motivaciones internas. Por tanto, una vez que una persona se convierte, sólo es natural para él o ella que viva una vida cristina mediante el poder del Espíritu de Dios.
Elena G. de White ilustra el centro del cristianismo práctico como el actuar igual que Jesús en vez de vivir por los principios del reino de Satanás. Y al subrayar el camino de Jesús en oposición al camino de Satanás hay dos principios que se oponen diametralmente uno al otro. Ella señala que “el pecado tuvo su origen en el egoísmo”. Por contraste, el amor abnegado es “el gran principio que es la ley de la vida para el universo” (DTG, 12). Jesús ilustró la ley del sacrificio propio por amor en la vida diaria. Vino no sólo a morir por nosotros sino que “nos dio un ejemplo de obediencia”. Cristo “reveló un carácter opuesto al carácter de Satanás” (DTG, 16).
Desde la perspectiva de Elena G. de White, la gente vivirá o de acuerdo con el principio del reino de Satanás (egoísmo) o por el principio del reino de Dios (amor abnegado). No existen otras opciones. Ni los principios de las personas pueden sostenerse en los corazones y mentes. Los principios motivan las acciones diarias. Por tanto, ella escribe que “el amor no puede existir sin rebelarse en actos exteriores así como el fuego no puede mantenerse encendido sin combustible” (1MCP, 220; 1T, 695). Lo que somos en nuestro interior lo revelaremos en las experiencias prácticas de la vida diaria.
La transición de una vida construida sobre los principios de Satanás a una fundada en los principios de Cristo ocurre cuando una persona rinde su vida a Jesús. Leemos, “cuando un hombre se convierte a Dios, adquiere un nuevo gusto moral, le es dada una nueva fuerza motriz y ama las cosas que Dios ama” (1MS, 394). Esa fuerza motriz conducirá a los individuos a desear ser “santos en nuestra esfera como Dios es santo en la suya. Hasta donde alcance nuestra capacidad, hemos de manifestar la verdad, el amor y la excelencia del carácter divino” (1MS, 395).
Para abreviar, los cristianos deben, mediante la gracia capacitadora de Dios, hacer su meta el ser igual a Jesús en sus vidas diarias. Han de imitar su carácter. Pero, ella es cuidadosa al afirmar, “nunca podremos igualar al modelo” del carácter de Cristo, “pero podemos imitarlo, asemejarnos a él” (AFC, 267; RH, 5 de febrero de 1895). Dios dará su gracia perdonadora cuando fracasemos “en nuestros esfuerzos de imitar el modelo divino” (1MS, 395).
Y, como el amor es la característica central de Dios y el tema central en el gran conflicto, así también es el centro de lo que significa el desarrollo de un carácter semejante al de Cristo que halla expresión en los asuntos prácticos de la vida diaria. Elena G. de White señala que,
Siempre que hay unión con Cristo, hay amor. No valen nada cualesquiera sean los otros frutos que demos, si falta el amor. El amor a Dios y a nuestros prójimos es la misma esencia de nuestra religión. Nadie puede amar a Cristo sin amar a los hijos de él. Cuando estamos unidos con Cristo, tenemos la mente de Cristo. La pureza y el amor brillan en el carácter, la humildad y la verdad rigen la vida. (1MS, 395)
Continúa diciendo que incluso “La misma expresión del rostro es cambiada. Cristo, que habita en el alma, ejerce un poder transformador, y el aspecto externo da testimonio de la paz y del gozo que reinan en lo interior” (1MS, 395).
Elena G. de White repetidamente declara en muchos contextos que ser un hijo de Dios significa un cambio en cada aspecto de la vida diaria. Significa romper con hábitos dañinos y formas de relación destructivas. Pero la vida cristina involucra mucho más que eso. De hecho, el dejar actividades, actitudes y hábitos no significan nada en sí mismas. Para el cristiano genuino, abandonar lo que no son actitudes y actividades cristianos es por cierto importante, pero es sólo el inicio de la incorporación de las características activas y positivas de Cristo. Es la adición, no meramente el dejar, lo que se encuentra en el centro de lo que significa vivir como Jesús.
Y ¿cómo era Jesús? Elena G. de White lo expresa bellamente en sus palabras introductorias de El ministerio de curación, cuando escribe que “nuestro Señor Jesucristo vino a este mundo como siervo para suplir incansablemente la necesidad del hombre” (MC, 11). Vino para servir a otros, para ayudarlos, y para darles las palabras de verdad. En esto Él es nuestro ejemplo.
Elena G. de White repetidamente nos exhorta a ser como Jesús en su forma de servir. Señala que la tarea de amor del cristiano por otros es una “obra individual, que no se puede delegar” (MC, 106). Demasiados cristianos, agrega, fallan al involucrarse en compartir el amor de Dios. En lugar de eso, dejan la obra de testificación y de ayuda a otros, a las organizaciones y a los profesionales.
No es accidental que el libro La educación comience y termine tratando el servicio a otros. La vida dedicada al servicio, en lugar de vivir centrada en sí misma, ha pasado del reino de Satanás al de Cristo. Como resultado, Elena G. de White puede escribir de aquellos que finalmente entren al reino celestial que ellos no sólo hallaron su “mayor gozo” en el servicio mientras vivían sobre la tierra, sino que su “mayor gozo” en la tierra nueva lo hallarán también en el servicio a otros, en ser como Jesús (Ed., 309).
Muchas personas han leído esta declaración sin leer cuidadosamente su contexto. Por esa razón, le han asignado significados que no se encuentran en el pasaje. Las dos páginas previas, dejan en claro su intención. Sencillamente declara que Cristo está buscando reproducirse a sí mismo en los corazones de otros, y que aquellos que lo han aceptado habrán puesto a un lado la vida egoísta del reino de Satanás. En lugar de eso, servirán a otros, hablándoles de la bondad de Dios, y haciendo el bien. Serán cada vez más semejantes a Cristo porque han recibido “el Espíritu de Cristo -el espíritu de amor desinteresado y de trabajo por otros”. Como resultado, dice a sus lectores, “vuestro amor se perfeccionará. Reflejaréis más y más la semejanza de Cristo en todo lo que es puro, noble y bello” (PVGM, 47). Por esto, reproducir el carácter de Cristo perfectamente es dejarlo a él vivir su vida en nuestras vidas diarias.
Con este pensamiento terminamos de completar el círculo de los temas integradores en los escritos de Elena G. de White. Comenzamos tratando el amor de Dios y el desafío de ese amor en el gran conflicto. Ahora concluiremos con el pensamiento: “Los últimos rayos de luz misericordiosa, el último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor. Los hijos de Dios han de manifestar su gloria. En su vida y carácter han de revelar lo que la gracia de Dios ha hecho por ellos” (PVGM, 342). Serán una demostración de que Dios es verdaderamente amor y que su gracia salvadora transforma el carácter y la acción.
El gran conflicto, el amor de Dios y los otros grandes temas en los escritos de Elena G. de White no son puntos para tratarlos en forma abstracta. Afectan nuestras vidas diarias. Cada uno de nosotros debe escoger diariamente vivir en el mundo real aceptando o los principios de Dios o los de Satanás. Dios ha provisto los escritos de Elena G. de White para guiarnos en nuestras decisiones diarias. Su propósito es ayudarnos al hacer decisiones en esta tierra que tengan consecuencias eternas.
¡ALABEMOS A DIOS POR TODAS SUS BENDICIONES!
Abreviaturas usadas
en las referencias de los escritos de Elena G. de White
1888 Materials The Ellen G. White 1888 Materials
AFC A fin de conocerle
CC El camino a Cristo
CE El colportor evangélico
CM Consejos para los maestros
CS El conflicto de los siglos
DTG El Deseado de todas las gentes
Ed La educación
HR La historia de la redención
JT Joyas de los testimonios
MC El ministerio de curación
MCP Mente, carácter y personalidad
Ms Manuscrito citado de una fuente no publicada.
MS Mensajes selectos, 3 volúmenes.
NB Notas biográficas
OE Obreros evangélicos
PE Primeros escritos
PP Patriarcas y profetas
PVGM Palabras de vida del gran Maestro
RH Review and Herald
T Testimonies for the Church, 9 volúmenes.
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Temas selectos sobre la inspiración y la vida y obra de Elena G. de White