LA DINÁMICA DE LA INSPIRACIÓN

Y LA REVELACIÓN

en la Biblia y en los escritos de

Elena G. de White

 

Por Roger Coon


 

Traducido y editado por el CENTRO DE INVESTIGACION WHITE , Libertador San Martín, Entre Ríos, Argentina, 1989. Edición 1997. Traducción: Silvia Scholtus de Roscher.

 

Prefacio. 4

Clave de abreviaturas de los libros de Elena de White  45

El funcionamiento del don profético. 5

Definiciones. 5

Inspiración. 5

Revelación. 5

Iluminación. 2

Un don operante. 2

La iniciativa divina. 2

La cadena de mandos de Dios. 2

Siete modalidades de la comunicación de Dios. 3

Los fenómenos físicos. 3

Los vehículos básicos de los mensajes proféticos. 4

La tarea de escribir: diferentes alternativas del profeta. 5

La acusación de copiar. 5

Los sueños divinos solos, no hacen a un profeta. 6

Tres teorías de la inspiración-revelación. 6

La teoría de la inspiración verbal 6

Teoría de la inspiración plenaria. 7

El propósito de la inspiración-revelación. 11

Dos metáforas bíblicas. 11

Conclusión. 12

Infalibilidad: ¿Puede equivocarse un verdadero profeta?. 13

Confirmando la verdad. 14

La inerrancia y la vida personal del profeta. 15

La inerrancia y las palabras proféticas del profeta. 16

Profecías no cumplidas. 16

Errores sin trascendencia en detalle menores. 17

Asuntos de importancia menor. 19

Conclusión. 22

La relación entre los escritos de Elena G. de White y la Biblia  22

La obra de Dios mediante los profetas. 23

Profetas literarios pero no canónicas. 23

¿Grados de inspiración?. 23

Grados de autoridad: una posición insostenible. 24

La analogía de la “luz mayor” y la “luz menor”. 25

Metáforas para interpretar la analogía. 26

La analogía del telescopio. 27

El modelo de relación de Jemison. 27

Las dos resurrecciones “especiales”. 28

Elena de White y el desarrollo de la doctrina adventista del séptimo día  28

Los congresos sabáticos. 28

El papel de las visiones en la formación doctrinal 29

Cómo consideró Elena de White su autoridad. 30

“¡La Biblia y sólo la Biblia!”. 32

La parábola de Urías Smith. 32

Conclusión. 33

Hermenéutica: Cómo interpretar a un profeta del siglo diecinueve en la era espacial 34

La necesidad de una hermenéutica. 35

Tres reglas de la Hermenéutica. 36

Regla hermenéutica Nº 1. 36

Regla hermenéutica Nº 2. 39

Regla hermenéutica Nº 3. 42

Un modelo integrado para la aplicación hermenéutica. 42

Conclusión. 45

 

 

 


Prefacio

Los capítulos de este libro aparecieron originalmente como una serie de cuatro artículos de la pluma del Dr. Roger Coon, publicados en Journal of Adventist Education (Vol. 44, No. 1, October-November, 1981; Vol. 44, No. 2, December, 1981-January, 1982; Vol. 44, No. 3, February-March, 1982; Summer 1988). El propósito básico de dichos artículos era que sirvieran como material de estudio para el curso de Educación Continua. Su contenido es sólido y sumamente relevante para la teología adventista contemporánea, pues analizan, bajo la temática general de inspiración-revelación, asuntos talse como la operación del don profético, el profeta y la infalibilidad, la relación entre los escritos de Elena G. de White y la Biblia, y reglas hermenéuticas para una correcta interpretación de los escritos inspirados.

Considerando la utilidad que estos materiales han de tener en nuestro ambiente, y en consulta con su autor, hemos efectuado la presente traducción y edición en forma de libro que esperamos pueda contribuir a una comprensión más adecuada de los temas indicados en el párrafo anterior.

 

 

Víctor Casali

Centro de Investigación White

Universidad Adventista del Plata

Entre Ríos, Argentina

Abril de 1989

 



Clave de abreviaturas de los libros de Elena de White

 

 

 

CBA                             Comentario Bíblico Adventista del Séptimo Día, tomos 1-5

CC                                                                                                El camino a Cristo

COES                                                Consejo sobre la obra de la Escuela Sabática

CRA                                                               Consejo sobre el régimen alimenticio

CS                                                                                       El conflicto de los siglos

DTG                                                                         El Deseado de todas las gentes

Ev.                                                                                                      El evangelismo

JHD                                                                                           Hijos e hijas de Dios

1JT                                                                 Joyas de los testimonios, tomos 1 al 3

1MS                                                                         Mensajes selectos, tomos 1 al 3

NB                                                                                                 Notas biográficas

OE                                                                                             Obreros evangélicos

PE                                                                                                  Primeros escritos

PP                                                                                             Patriarcas y profetas

PR                                                                                                     Profetas y reyes

RH                                                                                               Review and Herald

1SG                                                                                  Spiritual Gifts, tomo 1 y 2

SL                                                                                                 The Sanctified Life

1SP                                                                        Spiritu of Prophecy, tomos 1 al 4

1T                                                              Testimonies for the Church, tomos 1 al 9

TM                                                                            Testimonios para los ministros

 

 

 

El funcionamiento del don profético

[Inicio documento]

 

Antes de la entrada del pecado, Dios se comunicaba con los seres humanos en forma directa mediante el contacto cara a cara y el compañerismo personal. Con la llegada del pecado esta relación sufrió una ruptura y el hombre quedó separado de su Creador. A fin de salvar la separación de este abismo, Dios empleó por lo menos siete formas de comuni­cación (las “muchas maneras” de Hebreos 1:1) para hacer retornar a la especie humana a una relación personal con él.

Los sueños proféticos nocturnos y las “visiones abiertas” durante el día fueron los métodos que Dios empleó más frecuentemente para comunicarse con hombres y mujeres de su especial elección, quienes llegaron a ser conocidos como “videntes”, “profetas”, o “mensajeros” especiales.

La suerte del profeta raramente era fácil, como Jesús lo dio a entender en su observación frecuentemente citada de que “no hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa”.[1]


Los adventistas del séptimo día creen sobre la base de la evidencia bíblica[2] como así también por datos empíricos, que un “perito arquitecto” (1 Cor. 3:10) de su denominación, Elena de White, fue el recipiente del don de profecía. Salomón afirmó que “nada hay nuevo debajo del sol” (Ecl. 1:9), y la crítica hacia los profetas continúa hasta hoy.

También continúan los malos entendidos en cuanto al modo en que opera el don profético. Satanás manifiesta un interés creado de engendrar confusión y también rechazo del don profético por parte del pueblo al cual éste estaba destinado a beneficiar, “por esta razón: Satanás no puede disponer de una senda tan clara para introducir sus engaños y atar a las almas con sus errores si se obedecen las amones­taciones y reproches del Espíritu de Dios”.[3] El “último engaño de Satanás” en las Iglesias Adventistas del Séptimo Día, poco antes del regreso de Jesús, será la doble obra de (1) destruir la credibilidad de Elena de White como una profeta del Señor auténtica y confiable, y (2) crear un “odio satánico”[4] contra su ministerio y sus escritos: satánico en su intensidad como también en su origen.


El “objeto especial” de Satanás consiste en evitar, en estos últimos días, “que esta luz llegue al pueblo de Dios”[5] que la necesita en forma desesperada para andar con seguridad en medio del campo minado que el enemigo de todas las almas ha preparado tan astutamente.

¿Y cuál es la metodología de Satanás para alcanzar este objetivo? El trabajará “hábilmente en diferentes formas y mediante diferentes instrumentos”.[6] Añadiéndose a los dos métodos arriba mencionados, por ejemplo, “más se empeña­rán los agentes satánicos para mantener a las almas bajo una nube de duda”,[7] en un estado de apresuramiento, y en un estado de decepción.

Este es el plan de Satanás, su meta y su estrategia. Este capítulo tiene el propósito de (que él no triunfe!

 

 

Definiciones

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Hay tres términos en particular que necesitan ser definidos adecuadamente en tanto que procuramos entender el profetismo bíblico y el moderno. Las siguientes definicio­nes pueden resultar útiles:

 

 


Inspiración

La inspiración bíblica profética puede decirse que es un proceso por medio del cual Dios capacita a un hombre o una mujer de su especial elección para recibir y comunicar en forma precisa, competente, y fidedigna los mensajes de Dios para su pueblo.[8]

A veces solemos decir acerca de un pintor, autor, compositor de música, o artista entendido en particular: “¡Estuvo inspirado!” Verdaderamente puede haberlo estado. Pero éste ha sido un tipo diferente de inspiración del que poseyeron los profetas de Dios. Cuando Pablo le escribió al joven discípulo, Timoteo: “Toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 tim. 3:16), eligió emplear la palabra griega zeop­neusis, la cual es una contracción de otras dos palabras griegos, zeos (Dios) y pneuma (soplo de aire). Lo que él estaba literalmente diciendo era: “toda la Escritura es insuflada por Dios”.[9]


Mientras que algunos toman esto simplemente como una metáfora literaria encantadora, sin embargo es también verdadero y significativo que mientras el profeta experimen­taba el fenómeno físico a manera de enajenamiento en estado de visión, Dios insuflaba aire literalmente; el profeta no respiraba mientras estaba en esta condición.[10]

La inspiración del profeta es diferente en género, más que diferente en grado, de cualquier otra forma de inspira­ción.

El apóstol Pedro se suma a nuestro limitado cúmulo de información sobre la inspiración bíblica declarando que los profetas, estos “santos hombres de Dios”, hablaron “siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 ped. 1:21). El término griego que Pedro emplea es feromeni, de fero: “transportar una carga, mover”. Lucas empleó la expresión dos veces[11] al describir la acción de un viento tempestuoso que “arrebata­ba” la nave en la cual estaban viajando él y Pablo. La inferencia es clara: Los profetas fueron “movidos por la iniciativa divina y llevados por el irresistible poder del Espíritu de Dios por los caminos de su elección hacia los fines de sus designios”.[12]

 

 

Revelación


La revelación especial, podríamos decir además, es el contenido del mensaje comunicado por Dios a su profeta en el proceso de la inspiración. Los adventistas sostienen que este contenido, el mensaje profético, es infalible (inerrante), fidedigno (totalmente suficiente, confiable), y autoritativo (tiene autoridad sobre el cristiano).

Este concepto se proyecta sobre tres corolarios: (a) El hombre es incapaz de percibir ciertos tipos de información mediante sus propios recursos o por su propia observación; (b) Dios se complace en hablar; y (c) este acto tiene lugar y se desenvuelve dentro de la historia humana.[13]

Dios se ha revelado a sí mismo, en una forma limitada, en la naturaleza, la que nos da vislumbres de su poder, sabiduría, y gloria. Pero la naturaleza es insuficiente para revelar claramente la persona de Dios, su santidad, su amor redentor, y sus propósitos eternos para la raza humana. Así la revelación sobrenatural trasciende a la revelación “natural” de Dios en la naturaleza, y consiste principalmente en la manifestación de Dios acerca de sí mismo y de su voluntad mediante el trato directo con la humanidad.[14]

¡Dios habla! En el Antiguo Testamento, Jeremías habla por todos los profetas cuando testifica que “Jehová... tocó mi boca, y me dijo: He aquí he puesto mis palabras en tu boca” (Jer. 1:9). En el Nuevo Testamento, Pablo nos asegura que el Espíritu Santo “dice claramente” (1 tim. 4:1). En otro lugar pablo sigue asegurándonos que Dios revela sus misterios a los profetas mediante revelación, la cual es una obra progre­siva;[15] Pablo contrasta el conocimiento natural con la infor­mación que es revelada por el Espíritu Santo. Este conoci­miento no puede obtenerse de ninguna otra manera y de ninguna otra fuente.[16]

 


Iluminación

Puesto que la respuesta implicada en la pregunta retórica de Pablo: “¿Son todos profetas?”[17] es negativa, queda aún una tarea más del Espíritu Santo, si es que aquellos que no poseen el don profético han de comprender la voluntad de Dios para ellos.

La iluminación puede ser definida como la obra del mismo Espíritu Santo que indicó el mensaje de Dios al profeta, por la cual El ahora capacita al oyente o lector de las palabras del profeta para comprender las verdades espiritua­les y discernir el mensaje de Dios para él.

Esta obra del Espíritu Santo está contenido en las palabras de Jesús a sus discípulos, concernientes a la venida del Consolador: El os enseñará todas las cosas,[18] él os recordará las palabras de Jesús (¡La única fuente común de la cual proceden los escritos de los profetas!),[19] y haciendo esta obra él os guiará a toda la verdad que la mente humana sea capaz de comprender.[20]


En cuanto a esta obra de iluminación, Elena de White cierta vez habló de tres maneras por medio de las cuales “el Señor nos revela su voluntad para guiarnos, y para habilitar­nos para guiar a otros”: (a) mediante una comprensión de lo que los escritores inspirados escribieron a lo largo de las épocas para nuestra amonestación, (b) mediante circunstan­cias sobrenaturales (señales); y (c) mediante la impresión directa del Espíritu Santo sobre la mente y corazón del cristiano en forma individual.[21]

 

 

Un don operante

[Inicio documento]

 

La iniciativa divina

Todo comenzó con Dios. El hizo el primer movimiento. Las mismas palabras iniciales de nuestra Biblia castellana son éstas: “En el principio... Dios...” (Gén. 1:1). En el último libro de la Biblia Jesús se identifica a sí mismo tres veces como “el Alfa y la Omega”.[22] Estas son las letras primera y última del alfabeto griego, el idioma en el que Juan escribió el libro de Apocalipsis. ¿Qué significa esta misteriosa expre­sión? Entre otras cosas, Jesús quizás estaba diciendo: “Yo estaba aquí cuando todo comenzó, y estaré aquí cuando todo se haya cumplido”.


Pablo destaca la singularidad de la religión cristiana mostrando que en tanto nosotros estábamos aún en la condición y las obras del pecado, Cristo murió por nosotros (Rom. 5:8). La totalidad de las grandes religiones no cristia­nas del mundo son semejantes en un aspecto: todas ellas presentan al hombre en la búsqueda de Dios. Solamente en el cristianismo encontramos a Dios en búsqueda del hombre. El mensaje central del cristianismo está personificado en las tres parábolas de los “perdidos” de Lucas 15: la oveja perdida, la moneda perdida, y el hijo perdido. En cada una de estas parábolas se nos muestra a un Dios que se preocupó intensamente, y que actuó sobre la base de esta preocupa­ción.

La preocupación de Dios por el hombre lo motivó a traer a la existencia el oficio del profeta. Mientras que el sacerdo­cio litúrgico hablaba a Dios en nombre del hombre, el profeta hablaba al hombre en nombre de Dios. Dios tenía un mensaje que comunicar, y escogió mensajeros humanos especiales como sus agentes.

En tanto que todo cristiano recibe al menos uno de los dones del Espíritu Santo (“dones espirituales”),[23] es sin embargo Dios Espíritu Santo quien decide qué hombre o mujer recibe qué don.[24] Y el don de profecía fue dado a “algunos”,[25] pero no a “todos”.[26] La profecía es el don preeminente,[27] y lo más que puede hacer un ser humano de acuerdo a la Escritura es procurar los mejores dones.[28] Solamente Dios decide quienes serán sus profetas.

Y una vez hecha esa elección, Dios habla. En las majes­tuosas y rítmicas cadencias de Hebreos 1:1, 2, se nos dice dos veces que Dios ya había hablado, primero mediante los profetas y luego más recientemente mediante su Hijo. Apocalipsis 1:1 sugiere lo que bien podría llamarse “la cadena de mandos de Dios” (frase tomada de Bill Gothard).

 


La cadena de mandos de Dios

Tan ciertamente como los tres miembros de la Divinidad participaron en la creación de este mundo,[29] también así participan los tres en el proceso de la inspiración: el Padre entrega el mensaje al Hijo,[30] el Hijo lo entrega al Espíritu Santo,[31] y el Espíritu Santo actúa sobre los profetas.[32]

La Divinidad comunica el mensaje a “su ángel”, Gabriel; y Gabriel lo comunica a los siervos de Dios, los profetas.[33] De esta manera los profetas podían declarar con autoridad a sus semejantes: “Oye, pues, palabra de Jehová”.[34]

De estos hechos surgen en forma inmediata dos puntos de importancia:

 


1.                    De todos los billones de ángeles creados por Dios,[35] nosotros hoy conocemos los nombres de solamente dos de ellos --Lucifer (“portador de luz”), quien era el número uno, y cayó; y Gabriel, el más encumbrado del cielo, quien comunicó los mensajes de Dios a “sus siervos, los profetas”. Unicamente el más encumbrado del cielo era lo suficientemente bueno para esta tarea especial.

2.               Los profetas son llamados “sus siervos”, esto es, los siervos de Dios. Ahora bien, un siervo es por definición: “uno que es enviado” --enviado por un superior, por supuesto. Jesús hizo constar con toda claridad que el siervo “no es mayor que su Señor”.[36] Si entonces el siervo portador del mensaje (el profeta) es ignorado, insultado, o peor aún, rechazado abiertamente, quien es verdaderamente rechazado es Aquel que entregó el mensaje al profeta.

 

 

Siete modalidades de la comunicación de Dios

¿Cuáles eran algunas de estas “muchas maneras” en las que Dios se comunicó con la raza humana? Parece haber habido al menos siete métodos:

 

1. Teofanías (manifestaciones visibles de Dios; comuni­cación cara a cara). Abraham se encontró con el Cristo preencarnado y dos ángeles cerca de su tienda en las llanuras de Mamre (Gén. 18); Jacob luchó con un “ángel” en Peniel, solamente para descubrir que había visto a Dios “cara a cara” (Gén. 32:30); y Moisés habló con el Señor en el monte “cara a cara, como habla cualquiera a su compañero” (Exo. 33:11).

 


2. Angeles. Aquellos “espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (Heb. 1:14) se han acercado frecuentemente a la humanidad para traer mensajes de esperanza y consuelo (Dan. 10:11, 12; Gén 32:1), para dirigir a los siervos del Señor hacia aquellos cuyos corazones eran receptivos a la verdad de Dios (Hech. 8:26), o para prevenir la llegada de un desastre inminente si la palabra de Dios no era tenida en cuenta (Gén. 3:24).

 

3. La voz audible de Dios. En algunas ocasiones habló Dios mismo. En el Sinaí fueron pronunciados los diez mandamientos en forma audible y conjunta con el Padre y el Hijo en un “dúo”[37] trascendente que literalmente hizo temblar la tierra (y también los corazones de los oyentes humanos).

En ocasiones la voz audible de Dios se dirigía al sumo sacerdote desde la Shekinah, aquel resplandor sumamente brillante que reposaba entre los querubines en el centro del arca del pacto.[38] La Shekinah era la manifestación visible de la presencia de Dios en el tabernáculo del desierto.


Y, por supuesto, la voz de Dios fue oída tres veces durante el ministerio terrenal de nuestro Señor: en ocasión del bautismo de Cristo, en el monte de la transfiguración, y cuando los filósofos griegos fueron a verlo en el templo durante la semana posterior a la crucifixión. En estas ocasio­nes se oyó a Dios llamando a los hombres a prestar atención al mensaje de su amado Hijo.[39]

 

4. Manifestaciones visibles. Durante el peregrinaje de los hijos de Israel en el desierto, el pectoral del sumo sacerdo­te tenía dos piedras grandes engastadas en la parte superior; el Urim y el Tumim. El sumo sacerdote podría hacer pregun­tas, y Jehová respondía. Si la respuesta era “sí”, una piedra brillaba con un halo de luz y gloria. Si la respuesta era “no”A, la otra piedra quedaba parcialmente obscurecida por una sombra o un vapor.[40]

El sumo sacerdote tenía otro medio para recibir respues­ta de Dios. Estando en el lugar santísimo, si la respuesta era afirmativa, el ángel que estaba al lado derecho del arca resplandecía con un halo de luz, o si la respuesta era negati­va se proyectaba una sombra sobre el ángel de la izquierda.[41]

 


5. El echar suertes. En los tiempos del Antiguo Testamento, Dios también se comunicaba con su pueblo mediante el acto de echar suertes. Un equivalente moderno es “sacar pajitas”: se tiene cierto número de pajitas de distintas longitudes en la mano, con todos los extremos que están a la vista al mismo nivel, y con la diferencia de longitu­des ocultas por la mano. Luego de que se sacan las pajitas y se las compara, es fácil determinar quién sacó la más larga o la más corta.

Las suertes se echaban sobre las cabras, sobre ciudades, y sobre hombres. El ejemplo más conocido en cuanto a lo último fue el hallazgo de Acán y de su hurto del “manto babilónico muy bueno” que fue la causa de la humillante derrota de Israel en Hai.[42]

Es interesante saber que en el Nuevo Testamento hay sólo un caso en el que se determinó la voluntad de Dios echando suertes: la elección de Matías para ocupar el lugar dejado vacante por Judas entre los doce apóstoles.[43] Cuándo y cómo este método cayó en desuso no se nos ha revelado, perso sabemos que cuando la Iglesia Adventista del Séptimo Día de Austin, Pennsylvania, recurrió a la práctica de echar suertes con el propósito de escoger los oficiales de iglesia, Elena de White escribió desde Australia: “No tengo fe en la práctica de echar suertes... El echar suertes para elegir a los dirigentes de la iglesia no está de acuerdo con la voluntad de Dios. Llámese a hombres de responsabilidad para elegir a los dirigentes de la iglesia”.[44]

 


6. Las visiones “abiertas” durante el día. Ya nos hemos referido al estado de éxtasis en el cual entra un profeta cuando recibe una visión, y será trata con mayor profundidad más adelante. El Antiguo y el Nuevo Testamen­to están repletos de referencias de profetas que recibían visiones del Señor.[45]

 

7. Los sueños proféticos nocturnos. Los profetas frecuentemente recibían mensajes del Señor durante los períodos nocturnos y también durante el día. No hay evidencia de que los sueños proféticos nocturnos hayan estado acompañados de fenómenos físicos, ni tampoco de que el tipo de mensajes dados durante la noche fuese diferente en algún sentido de los que eran transmitidos en las visiones del día.

A Elena de White se le preguntó cierta vez si ella, una profeta, solía tener sueños nocturnos comunes como la gente no inspirada tiene normalmente. Ella sonrió y contestó que sí. La pregunta subsiguiente era inevitable: ¿Cómo puede diferenciar Ud. los sueños comunes de los sueños proféticos? Su respuesta fue directamente al punto: “El mismo ángel mensajero que está a mi lado dándome instrucciones en las visiones de la noche, permanece también junto a mí dándo­me instrucciones durante las visiones del día”.[46]

 

 

Los fenómenos físicos


Los profetas experimentaban fenómenos físicos sobrena­turales mientras recibían visiones. El décimo capítulo del libro de Daniel clarifica mejor la naturaleza y el alcance de estos fenómenos singulares. Daniel nos relata que estando en visión vio cosas que los que estaban a su alrededor no veían (vers. 7), sufrió una pérdida de su fuerza natural (vers. 8), y luego fue dotado de una fuerza sobrenatural (vers. 10, 11, 16, 18, 19). El estaba completamente ajeno a su ambiente inmediato (vers.  9) y durante esos momentos no respiraba (vers. 17).

Elena de White experimentó todos estos fenómenos mientras estaba en visión. Sin embargo, debiera señalarse que aunque sus pulmones no funcionaban en tales ocasio­nes, su corazón continuaba haciendo circular la sangre a través de su cuerpo, y su rostro no perdía el color.

Como se indicó anteriormente, quizás pueda dársele una interpretación notablemente literal a zeopneusis (“insuflado por Dios”) en relación a los fenómenos físicos vinculados con un profeta en el estado de visión.

En la experiencia de Elena de White, los fenómenos físicos de las “visiones abiertas” eran más característicos de sus primeros años; desde la década de 1880-1890 en adelante, aparentemente todos sus mensajes inspirados por el Señor llegaron mediante los sueños proféticos. Esto nos conduce a considerar la finalidad de los fenómenos físicos.

En primer lugar, los fenómenos físicos no eran indispen­sables para recibir mensajes de Dios. Los sueños proféticos nocturnos parecen aclarar esto. Pero Dios tiene un propósito al disponer de estas dramáticas manifestaciones sobrenatura­les.


Quizás la naturaleza dramática de estas manifestaciones nos da una pista acerca de la intención del cielo. En el caso de Elena de White, tenemos a una muchacha de diecisiete años de edad afirmando: “¡Tengo una visión del Señor!” “Bueno,” podría preguntarse uno, “¿y nosotros cómo sabemos?”

Resulta difícil aplicar la prueba de ser consecuente con el testimonio inspirado previamente (Isa. 8:20), durante los primeros días del ministerio de un profeta, cuando ha escrito poco o ha hecho pocas declaraciones. La prueba de los frutos (Mat. 7:16, 20) es de igual modo difícil de aplicar hasta que pasan algunos años y se aprecian los resultados en la vida del profeta y en las vidas de aquellos que siguieron los consejos del mismo. La prueba del cumplimiento de las predicciones (Jer. 28:9; Deut. 18:22) no puede ser aplicada hasta que haya pasado suficiente tiempo como para juzgar si se han cumplido algunas de las profecías.

Dios, obviamente, necesitaba hacer algo para llamar la atención y motivar a la gente a incorporarse y hacer caso. Los fenómenos físicos sirven para este propósito. Dios había empleado tales métodos antes en el Pentecostés (probable­mente por la misma razón), cuando fueron vistas lenguas de fuego sobre las cabezas de los 120, y estos hombres y mujeres hablaron idiomas contemporáneos que nunca antes habían estudiado.[47]

Quizás Dios utilizó los fenómenos físicos para confirmar el hecho de que algo sobrenatural estaba operando allí. Los testigos, por supuesto, necesitarían todavía validad y autenti­car los mensajes por medio de las pruebas bíblicas conven­cionales.


No obstante, el hecho de que Satanás puede falsificar, y realmente falsifica muchos fenómenos naturales y sobrenatu­rales, debiera conducirnos a hacer una crucial distinción: los fenómenos físicos son una evidencia de la actividad sobre­natural, pero nunca deben ser una prueba de la autenticidad o legitimidad de un profeta.

Actualmente ha llegado a estar de moda entre los críticos de  Elena de White el demandar una “desmitologización” de la histórica profeta de los adventistas. Un crítico en particular, recientemente hizo el llamado a sepultar los cuentos legenda­rios que traen consigo lo “mágico”.

En lo que concierne a las historias de que la Sra. White sostuvo una gran Biblia durante un prolongado periodo de tiempo, con su mano extendida y levantada mientras estaba en visión, este crítico alega que en la Conferencia Bíblica de 1919 se declaró enfáticamente que el suceso en realidad nunca ocurrió, y que nadie lo había visto. En verdad, ¡no había nadie allí para atestiguarlo![48]


Sin embargo, si vamos a la transcripción de la Conferen­cia Bíblica de 1919,[49] notamos, primeramente, que el docu­mento ha sido sustancialmente mal citado por parte del crítico. Encontramos al presidente de la Asociación General, Arturo Daniells, discutiendo el uso de los fenómenos físicos como “pruebas o evidencias de la autenticidad del don”. Y él se opone a tal uso como prueba de legitimidad, ¡una posición que el Patrimonio White sigue sosteniendo hoy!

En lugar de eso, dijo Daniells, “creo que la prueba más poderosa se encuentra en los frutos de este don para la iglesia, no en las manifestaciones físicas y externas”.

Luego, refiriéndose más directamente a la cuestión de los relatos en que Elena de White sostiene una Biblia grande y pesada sobre una de sus manos extendidas, estando en visión, con su vista fuera de las páginas, y sin embargo citando los textos a los que con un dedo de la otra mano señalaba, el pastor Daniells declaró: “Yo no sé si esto ocurrió alguna vez o no. No estoy seguro. Yo no lo vi, y que yo sepa nunca hablé con nadie que lo haya visto”:[50]

Uno no necesita mirar demasiado lejos para descubrir por qué Daniells no había presenciado este hecho. Quien escribe ha descubierto hasta aquí cuatro oportunidades en que Elena de White sostuvo una Biblia estando en visión: tres veces en 1845 y una vez en 1847.[51] Arturo Daniells no nació sino hasta 1858, por lo menos once años después de que aconteciera el último incidente registrado de la Biblia mantenida en alto.


La investigación muestra que los fenómenos físicos eran más característicos de los primeros días de la experiencia de la Sra. White. En realidad, la última “visión abierta” registra­da tuvo lugar en un encuentro campestre en Portland, Oregon, en 1884, sólo seis años después de que Daniells entrara al ministerio evangélico.[52]

No debiéramos sorprendernos, entonces, de que Daniells nunca haya visto a la Sra. White sosteniendo una gran Biblia mientras estaba en visión. Probablemente él haya visto otras muy pocas manifestaciones de fenómenos físicos, los cuales cesaron poco después de que él entrara al ministerio. No es de sorprenderse que él no hay encontrado a ninguno de sus contemporáneos que hay presenciado tales fenómenos, ¡ellos probablemente eran demasiado jóvenes también!

Algunos críticos sostienen que detrás de al menos dos de los relatos del sostenimiento de la Biblia la evidencia que existe no es confiable, puesto que no fueron registrados sino hasta 45 años después de que tuvieron lugar los sucesos, y debido a que éstos fueron escritos por un historiador deno­minacional que no siempre era cuidadoso en su investiga­ción. En tanto que puede haber algo de validez en cuento a esta preocupación, todavía subsiste el hecho de que el Patrimonio White aún tiene en su bóveda un relato del evento de un testigo ocular, el cual se sabe que ha sido escrito en algún momento entre 1847 y 1860. El observador era Otis Nichols, y el incidente que él informó tuvo lugar durante la que probablemente fue la visión más larga de Elena de White, en Randolph, Massachusetts, en el invierno de 1845.


Durante la visión que duró aproximadamente cuatro horas, Elena Harmon (quien era soltera en ese tiempo) tomó “una Biblia grande, pesada, de tamaño familiar” y la levantó “tan alto como pudo”. La Biblia estaba “abierta en una mano”, y ella luego procedió “a dar vuelta las hojas con la otra mano y a colocar su dedo sobre ciertos pasajes y pronunciar correctamente sus palabras;” ¡y todo esto con su cabeza mirando hacia otra dirección! “Ella continuó por un largo tiempo”[53] con esta actividad.

Elena de White consideró a este registro como un relato preciso de una experiencia verdadera, puesto que ella misma citó tres párrafos de él en un relato autobiográfico publicado en 1860.[54]


Arturo G. Daniells nunca dijo que el suceso no ocurrió, como sus críticos afirman. En cambio, él simplemente dijo que nunca lo había visto y que no conocía a nadie que lo hubiera visto tampoco. Sin embargo, si el pastor Daniells (que era miembro de la Junta de Fideicomisarios del Patri­monio White) hubiera hecho el esfuerzo de ir a la bóveda y examinar la evidencia documental que aún se preserva allí, no había tenido duda en cuanto a si Elena de White sostuvo alguna vez una Biblia estando en visión, o si respiraba durante sus visiones abiertas del día.[55]

Sobre este punto debemos enfatizar que la posición de la iglesia hoy es la misma de siempre. Los fenómenos físicos son una evidencia sobrenatural, pero nunca debieran ser empleados como una prueba puesto que Satanás puede falsificar mucho de la obra del Espíritu Santo.

 

 

Los vehículos básicos de los mensajes proféticos

Los mensajes dados a los profetas generalmente fueron entregados en dos especies diferentes de envoltorios:

 

1. Los profetas presenciaron sucesos que desplegaban el pasado, el presente o el futuro, tales como Moisés al contem­plar la creación del mundo, o el apóstol Juan al observar la segunda y la tercera venida de Cristo. Elena de White presenció muchos sucesos del pasado, del presente y del futuro durante su ministerio proféticos de 70 años de duración.


Los profetas también vieron sucesos simbólicos o en forma de parábola. Estas representaciones parecían tan reales como las de la otra clase, pero por supuesto, las bestias que Daniel vio y luego describió por escrito en el capítulo séptimo de su profecía, nunca existieron realmente. Elena de White tuvo cierto número de visiones en forma de parábolas; probablemente una de las más conocidas era una en la que vio un barco que iba rumbo a chocar con un témpano. El capitán le ordenó al timonel que hiciera blanco en la cabeza del témpano antes de permitir que el barco sufra un golpe oblicuo más severo. El incidente ilustraba el confrontamiento de la iglesia con la herejía “alfa” del panteísmo de John Harvey Kellogg durante el comienzo del siglo XX en un enfrentamiento frontal (pero no fatal). En este tiempo se presenció la intervención providencial del Señor en una forma extraordinaria.[56]

 

2. Los profetas también oyeron la voz de uno de los miembros de la Divinidad, o del ángel Gabriel, pronunciando mensajes de aconsejamiento, de instrucción, de advertencia, y algunas veces de amonestación y reprensión. Estas voces aparentemente no estaban acompañadas por las escenas de los sucesos, aunque Elena de White nos cuenta que ella misma entró en conversación directa con Jesucristo en cierto número de oportunidades.

 

 

La tarea de escribir: diferentes alternativas del profeta

Una vez que el profeta recibía instrucción del Señor, cualquiera sea el método escogido por la voluntad divina, su tarea inmediata era la de componer, escribir el mensaje que había recibido. A fin de hacer esta tarea, y en lo que concier­ne a la fuente de las palabras seleccionadas, el profeta tenía varias alternativas para escoger:

 


1.               El profeta podía escoger seguir el rol modelo del reporte­ro de un periódico, simplemente citando las palabras del personaje celestial que había pronunciado el mensaje. Elena de White tenía la costumbre inalterable de colocar entre comillas las palabras del ángel citadas directamen­te, haciendo así inmediatamente evidente al lector que éstas eran palabras de Gabriel, no suyas.[57]

 

2.     El profeta más frecuentemente volcaba en forma simple el mensaje en sus propias palabras. (Se hablará más de este aspecto al discutir más adelante la contribución única del profeta a tal ministerio).

 


A Elena de White se le preguntó cierta vez si la falda a veinticinco centímetros del suelo por la cual ella abogaba, procedía directamente del Señor, o era simplemente su propia idea. Ella respondió que el Señor hizo pasar tres grupos de mujeres ante ella en visión. El primer grupo estaba vestido a la moda característica del momento, con faldas excesivamente largas que barrían las suciedades de la calle. Desde el punto de vista de la salud, estas faldas obviamente eran demasiado largas. Luego vino un segundo grupo cuyas faldas obviamente eran demasiado cortas. Y después se le mostró a la Sra. White un tercer grupo de mujeres que vestía faldas lo suficientemente cortas como para pasar sin tocar las suciedades de la calle, pero lo suficientemente largas como para ser modestas y saludables. Estas faldas en la visión parecían ser de alrededor de veinticinco centímetros desde el suelo, y Elena de White las describió de este modo.

El ángel no había especificado ninguna medida en centímetros; y en respuesta a la pregunta de un lector de la Review and Herald, la Sra. White declaró:

 

Aunque dependo tanto del Espíritu del Señor al escribir mis visiones como cuando las recibo, no obstante las palabras que utilizo para describir lo que he visto son las mías propias, a menos que sean las que me ha hablado un ángel, las cuales siempre encierro entre comillas.[58]

 

Y a propósito, esta declaración ha sido empleada por un crítico contemporáneo para sugerir que Elena de White pretendía usar siempre sólo sus propias palabras, o también las palabras de un ángel (señaladas apropiadamente por comillas). ¡Y luego este crítico la acusa de falsedad demos­trando que ella frecuentemente empleó el producto literario de otros!

El contexto de la declaración de la Sra. White demuestra que este crítico está aplicando mal la declaración. Pero el estudio del pasaje nos conduce a una tercer opción, puesta en práctica por los profetas en varios periodos distintos:

 


3.       El profeta ocasionalmente podía optar por emplear palabras de otro autor. Esto resultó cierto tanto de los profetas de la Biblia como de Elena de White. A veces la fuente podía ser un profeta inspirado por el Señor; pero en otras ocasiones la persona de la cual se copiaba no era inspirada. Y, hablando en términos generales, los profetas no citaron sus fuentes ni proporcionaron los datos bibliográficos como lo hacen los investigadores modernos.

 

Los críticos de hoy acusan a Elena de White de plagio porque ella citó cierto número de autores no inspirados sin darles el crédito correspondiente. Consideremos esta acusación en detalle, junto con esta práctica que fue emplea­da por los escritores proféticos.

 

 

La acusación de “copiar”

Tal como estudiaremos con más detalle en el segundo capítulo, no se ha hecho ninguna acusación contra Elena de White en cuanto a su capacidad profesional como profeta del Señor que no haya sido ya hecha contra los profetas de la Biblia (ya sea la acusación de copia, o la de haber dado profecías que no se cumplieron, o de haber cometido algunos errores en lo que fue escrito o dicho, o de volverse atrás y cambiar algo que fue dicho por el profeta, aún en cuestiones de temas esenciales que tuvieron que corregirse).


Aquí nos ocuparemos solamente de la acusación de copiar de otros escritores, sean inspirados o no inspirados. La originalidad no es ahora, y nunca lo ha sido, una prueba de la inspiración profética de un individuo, tal como Robert W. Olson lo señaló perceptiblemente al director de religión de la revista Newsweek; por lo tanto, “el préstamo literario no falsifica su afirmación de inspiración (de la Sra. White)”.[59]

Los escritores bíblicos copiaron uno del otro sin dar crédito a las fuentes, y aparentemente no tuvieron ningún remordimiento en cuanto a esta práctica:

 

Miqueas (4:1-3) sacó trozos de Isaías (2:2-4). El escriba que compiló 2 Reyes (18-20) también usó material de Isaías (36-39). Mateo y Lucas tomaron mucho de Marcos al igual que de otra fuente conoci­da. Ninguno de ellos dio crédito por el uso del material ajeno. (Véase el Comentario Bíblico Adven­tista del Séptimo Día, t. 5, pp. 172, 173.)[60]

 

¡Efectivamente, muchos eruditos reconocen que aproxi­madamente un noventa y uno por ciento del Evangelio de San Marcos fue copiado por Mateo y Lucas cuando ellos escribieron sus respectivos Evangelios!

Quizás sea de mayor interés, sin embargo, el hecho de que los escritores de la Biblia habrían copiado (o “tomado prestado”) de tanto en tanto de las obras literarias de autores no inspirados, incluyendo paganos. Por ejemplo, alrededor del año 600 A.C., Epiménides escribió:

 


Ellos forjaron una tumba para ti, oh santo y sublime: los cretenses, ¡siempre mentirosos, malas bestias, barrigas ociosas! Pero tú no estás muerto, tú vives y permaneces para siempre. Porque en ti vivimos y nos movemos y tenemos nuestro ser.[61]

 

¿Suena un poco conocido? Bueno, el apóstol Pablo usó estas palabras dos veces: una en Tito 1:12 (“Uno de ellos, su propio profeta, dijo: los cretenses, siempre mentiroso, malas bestias, glotones ociosos”), y la otra en su sermón sobre la colina de Marte en Atenas, en Hechos 17:28 (“Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos”).

Jesús no inventó la regla de oro de Mateo 7:12. Ya una generación antes, el rabí Hillel había escrito: “Lo que es repugnante para ti, no se lo hagas a tu prójimo; esa es toda la Torá, mientras que el resto es el comentario de ella”.

Las ideas (y también algunas de las palabras) de Padre­nuestro pueden encontrarse en oraciones rituales anteriores, conocidas como el Ha-Kaddish.[62]

El Apocalipsis de Juan contiene trozos considerables que están tomados en conjunto del libro de Enoc, una obra pseudoepigráfica de la cual se sabe que estuvo circulando unos 150 años antes de que Juan escribiera el último libro de la Biblia. Incluso Judas tomó prestado un renglón de la misma fuente (“He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares”).

En verdad, en nuestro Nuevo Testamento se han citado unos quince libros apócrifos o pseudoepigráficos (general­mente sin dar crédito a la fuente).[63]


El Doctor Lucas nos cuenta que, antes de escribir el Evangelio que lleva su nombre, realizó una importante cantidad de investigaciones y estudios de fuentes disponibles en ese entonces:

 

Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, ... me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosa en las cuales has sido instruido (Lucas 1:1, 3, 4).[64]

 

Comentando sobre este pasaje, Robert W. Olson señala acertadamente:

 


Lucas no adquirió su información por medio de visiones o sueños sino por su propia investigación. Sin embargo, aunque el material del evangelio de Lucas no fue dado por revelación directa, no obs­tante fue escrito bajo la inspiración divina. No escribió para contarles a sus lectores algo nuevo, sino para asegurarles lo que era cierto: “Para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido”. Lo que Lucas escribió no fue original, sino que dependió de otros. Dios guió a Lucas para usar las fuentes correctas (véase el Comentario Bíblico Adventista del Séptimo Día, t. 5, p. 665).[65]

 

El hecho de que un autor inspirado cita de un escritor no inspirado, no implica que el primer escritor ahora debe ser considerado de un modo u otro como que llega a estar bajo la sombrilla de la inspiración. La inspiración es un proce­so no un contenido.

Así como los autores bíblicos emplearon fuentes no inspiradas, Elena de White también copió de los escritos de autores que no fueron inspirados.[66]

 

 

Los sueños divinos solos, no hacen a un profeta

El hecho de que un individuo reciba un sueño de parte del Señor no implica que automáticamente, ipso facto, tal individuo es un profeta del Señor.


Dios frecuentemente ha dado sueños tanto a paganos como a cristianos para adaptar sus propósitos divinos. No obstante, la recepción de esos mensajes no transforma por ello al receptor en un verdadero profeta. Probablemente la siguiente diferenciación resulte útil: El no profeta general­mente no es llamado a la tarea de conducir la iglesia en su totalidad. Más bien, la instrucción está dirigida primeramente al individuo mismo (o quizás alguien cercano al receptor). Las experiencias de este tipo son a menudo experiencias aisladas, más que una relación continua típica del orden profético.

Durante los tiempos bíblicos Dios dio sueños divinos (pero no proféticos) a muchos: a Abimelec (Génesis 20:3-7), al jefe de los coperos y al jefe de los panaderos del Faraón (Génesis 40:19), a uno de los faraones (Génesis 41:1-7), al soldado madianita (Jueces 7:13, 14), a Nabucodonosor (Daniel 2 y 4), a José de Nazaret (Mateo 2:13, 14), a Clau­dia, la esposa de Pilato (Mateo 27:19), y al centurión romano Cornelio (Hechos 10:1-8) por mencionar algunos solamente.

En la historia de los comienzos de la Iglesia Adventista del Séptimo Día hubo ciertos creyentes que recibieron sueños divinos, pero no proféticos. J. N. Loughborough tuvo al menos veinte sueños de este tipo, a los cuales Elena de White aparentemente acepto como de origen divino.[67] Guillermo Miller, quien inició el movimiento milerita, pero nunca aceptó el sábado, tuvo un sueño sumamente notable en forma de parábola.[68] Annie Smith, la hermana de Urías Smith, y el capitán José Bates, ambos tuvieron un notable “doble sueño” la misma noche, el cual tuvo un cumplimiento todavía más notable en la noche siguiente.[69] También Jaime White tuvo algunos sueños poco comunes que J. N. Lough­borough compartió con la posteridad.[70]


Las páginas de la Adventist Review y otros periódicos denominacionales regionales, de vez en cuando portaban relatos contemporáneos de cristianos y paganos que habían sido guiados por igual mediante un sueño divino. Pero estas personas no fueron profetas, ni tampoco fueron considerados como tales por sus semejantes.

 

 

Tres teorías de la inspiración-revelación

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Hay por lo menos tres teorías en la Iglesia Adventista del Séptimo Día y en otros cuerpos cristianos actuales, concer­nientes a la definición de inspiración y al modo en que ella opera. Dos de  éstas son falsas y peligrosas, por razones que serán aclaradas en breve. Examinemos con un poco de detalle estas teorías.

 

 

La teoría de la inspiración verbal

A lo largo de los años cierto número de adventistas del séptimo día, incluyendo algunos de nuestros pastores y profesores de Biblia, han sostenido el concepto de inspira­ción verbal a pesar de los consejos dados en dirección contraria por Elena de White.

Esta concepción es más bien mecánica, dado que concibe al rol del profeta simplemente como el de un taquígrafo que toma nota del dictado de su jefe, palabra por palabra. En este modelo el taquígrafo o puede tomarse la libertad de cambiar nada de lo que le ha sido dado por el que dicta; no puede emplear sinónimos, no se admite error en colocar el punto sobre una “i” o en cruzar una “t”.


Este concepto parece sugerir que Dios, o el ángel, coloca una mano celestial sobre la mano del profeta, y la conduce literalmente, de modo que cada palabra o cada sílaba procede directamente de Dios. Dentro de esta apreciación, el profeta no puede tomarse la libertad de cambiar nada ni de manifestar el mensaje con sus propias palabras. Este punto de vista mecánico es estricto y rigurosamente literalis­ta. La infalibilidad reside en el punto de la palabra escrita.

Esta concepción limitada de la inspiración no provee la oportunidad de traducir a otros idiomas, y contiene limitacio­nes y peligros más serios.[71]

El verbalista estricto tiene un problema con Mateo 27:9, 10. Allí Mateo hace algo que todo maestro y predicador ha hecho innumerables veces. Probablemente Mateo está pensando en un nombre, pero de su pluma sale equivocada­mente otro nombre. Cuando él aplica una profecía mesiánica a Cristo, la predicción de que él sería vendido por treinta piezas de plata, le atribuye la profecía a Jeremías. Sin embargo, no hay ni una referencia de esta profecía en todo el libro de Jeremías. El lector atento se dará cuenta de que Mateo en realidad tenía la intención de atribuirle esta profecía a Zacarías (cap. 11:12, 13).

La persona que cree en la inspiración plenaria (la del pensamiento) no tiene problemas frente a esta equivocación de la pluma. Pero el verbalista aquí se encuentra con un serio problema. ¿Cometió Dios esta equivocación al dictar el evangelio de San Mateo?


Este no es el único problema para el verbalista. Dios Padre habló tres veces en forma audible durante el ministerio terrenal de su Hijo. La primera vez fue inmediatamente después del bautismo de Cristo en el río Jordán. El problema es: ¿qué dijo exactamente la voz celestial?

De acuerdo con Mateo (cap. 3:17), el Padre habló en la tercera personal del singular: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. Pero el relato de Marcos (cap. 1:11) presenta al Padre hablando en la segunda persona del singular: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia”.

¿Qué dijo el Padre exactamente? El plenarista no considera como un problema la discrepancia entre los dos relatos. Cree que es el pensamiento el inspirado, no las palabras exactas. No hay desacuerdo entre Mateo y Marcos sobre la esencia de lo que dijo Dios.

Otro problema para el verbalista es lo que fue escrito en el cartel que Pilato ordenó colocar en la cruz de Cristo. ¿Qué decía éste? Los cuatro escritores de los evangelios dan cuatro relatos levemente diferentes de lo que declaraba el letrero.

¿Cuál de ellos era correcto? Para el plenarista esto no hace diferencia, pero el verbalista literal aquí se encuentra en un apuro. Y tampoco ayuda el recordar que el cartel estaba escrito en tres idiomas (latín, griego, y hebreo), porque tenemos cuatro relatos diferentes, no tres.

Mateo y Lucas ilustran aún más, otro tipo de problema para el verbalista estricto en cuanto al modo en que ellos manejan el Sermón del Monte.

Hoy nadie ha leído ni oído el verdadero Sermón del monte. Probablemente el libro El discurso maestro de Jesucristo de Elena de White sea el relato completo más cercano de un sermón que virtualmente tomó todo el día para predicar.


Mateo simplemente da un bosquejo del sermón en los capítulos 5-7 de su evangelio. Pero Lucas no proporciona tanto. Si todo lo que tuviésemos fuese el evangelio de Lucas, nunca hubiéramos sabido que había un sermón del monte, dado que Lucas toma los componentes del sermón e incor­pora algunos aquí y otros allí adaptándolos a su propósito.

Para entender porqué se dispuso el material de esta manera, debemos reconocer que Mateo estaba escribiendo a judíos, quienes gustaban de los sermones. Así Mateo empleó el formato  de un sermón, en verdad un bosquejo de sermón, para exponer las ideas de este incomparable discurso de Jesús, el cual ha sido denominado por algunos como el fuero o constitución de la iglesia cristiana.

Lucas, sin embargo, estaba escribiendo para griegos, quienes a los sermones, como tales, los tenían en poca estima. A ellos les gustaba más bien vivir en el mundo de las ideas. Así Lucas tomó las ideas del sermón del monte y las empleó con fines evangelísticos, algunas aquí y otras allá, conforme eran útiles a su propósito al tratar con su auditorio.

El plenarista no tiene problemas con este acercamiento porque ve las ideas como inspiradas. Pero el verbalista estricto se encuentra aquí con un gran problema a resolver. ¿Quién está en lo cierto? ¿Era éste un sermón o no? Surgen muchas preguntas, pero hay pocas respuestas disponibles.

Podrían referirse otras ilustraciones, como el registro del orden de los milagros de Cristo que hizo Mateo en un orden un tanto diferente al del evangelio de Lucas. Los problemas de este tipo ponen en un verdadero dilema al verbalista estricto. No obstante, lo dejaremos allí por ahora, y pasare­mos a examinar la teoría de la inspiración plenaria.

 

 


Teoría de la inspiración plenaria

En contraste con la concepción de la inspiración verbal, la teoría de la inspiración plenaria sugiere que los pensa­mientos, más bien que las palabras, son inspirados. La concepción plenaria no se ve forzada a tratar de vencer los problemas de la concepción verbalista. Para el adventista del séptimo día este punto de vista tiene la ventaja extra de que ha sido aceptado y defendido por Elena de White.[72]

Examinemos con un poco de detalle el modo en que la Sra. White explica sus concepciones, las que han sido elogiadas por un número de teólogos no adventistas como las declaraciones más penetrantes y concisas sobre el tema de la inspiración plenaria que se pueden encontrar impresas en parte alguna.

 


1.                      El propósito de la inspiración. Elena de White emplea dos interesantes analogías para ilustrar el propósito de la inspiración. Primero ella compara a la inspiración con un mapa, un esquema o guía para la familia humana. El propósito de este mapa es mostrarles el camino al cielo a los seres humanos débiles, pecadores y mortales, de tal modo que ellos nunca necesiten extraviarse en su camino.[73] Luego ella compara además a la inspiración con “tesoros ocultos” o piedras preciosas que pueden descubrirse mediante arduas excavaciones.[74] Y finalmente, en resumen, la Sra. White destaca que “nadie necesita perderse por falta de conocimiento, a menos que cierre los ojos voluntariamente”.[75]

 

2.                 El elemento humano. Seguidamente la Sra. White reconoció la existencia del elemento humano. Dios encomendó la preparación de su Palabra a hombres finitos,[76] creando de este modo problemas para sí mismo en un sentido. ¿Por qué? Porque “todo lo que es huma­no es imperfecto”.[77]

En un contexto diferente, hablando a los obreros de Battle Creek, la Sra. White amplió este pensamiento: “Nadie posee una mente tan grande, o es tan experto, pues aún así la obra es imperfecta luego de que haya hecho lo mejor de su parte”.[78]

Puesto que los escritores bíblicos tuvieron que expresar sus ideas en idiomas humanos, los conceptos no pudie­ron haber sido dados en algún grandioso lenguaje sobrehumano.[79] Las ideas infinitas no pueden ser perfec­tamente incorporadas en los vehículos finitos del pensa­miento.[80] El Señor habla a los seres humanos en un lenguaje imperfecto, a fin de que nuestra percepción terrenal sombría pueda comprender sus palabras.[81]


Mediante una acertada analogía, Juan Calvino sugirió cierta vez que Dios, mediante los profetas, nos habló “en lenguaje de niños” a los humanos, muy semejante a una madre que arrulla a su pequeño niño balbuceándole palabras en el idioma universal del amor.

 

3.                 La existencia de discrepancias. Elena de White se refirió en forma directa a la cuestión de las discrepancias, equivocaciones o errores. Ella precisamente no sugiere que éstas son posibles; dice que son “probables”.[82] Pero prosigue en señalar más significativamente que todas estas equivocaciones no modificarán ni una simple doctrina, ni harán tropezar a nadie que no esté ya inclinado a hacerlo. Estas personas crearán “dificultades de la más sencilla verdad revelada”.[83]

 

4.                 Una singular combinación divino-humana. Pablo señaló de un modo penetrante que “tenemos este tesoro en vasos de barro” (2 Cor. 4:7). Dos elementos se introducen de este modo en la analogía: el “tesoro”, y los “vasos de barro”. La Sra. White desenvuelve estos dos elementos comentando primero que los Diez Manda­mientos son en verdad inspirados verbalmente, siendo de “composición divino y no humana”. La sierva del Señor luego prosigue diciendo, de una forma muy interesante:

 


Pero la Biblia, con sus verdades de origen divino expresadas en el idioma de los hombres, es una unión de lo divino y lo humano. Esta unión existía en la naturaleza de Cristo, quien era Hijo de Dios e Hijo del hombre. Se puede pues decir de la Biblia, lo que fue dicho de Cristo: “Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”.[84]

 

Comentando nuevamente que “en la obra de Dios por la redención del hombre, la divinidad y la humanidad están combinadas”, la Sra. White elabora una hebra un tanto similar:

 

       La unión de lo divino y lo humano que se manifestó en Cristo, existe también en la Biblia. Las verdades reveladas son todas inspiradas divinamen­te; pero están expresadas en las palabras de los hombres, y se adaptan a las necesidades humanas.[85]

 

De esta manera las verdades transmitidas por los escrito­res inspirados son todas un tesoro inspirado. Pero el elemento humano, el “idioma de los hombres”, es el vaso de barro, es decir, el paquete.

Earle Hilgert sugirió que la apariencia humana de los escritos inspirados, antiguos y modernos, se revela de cinco maneras diferentes:

 


a.      El escritor se expresa con su propio estilo. La Biblia tiene muchas diferencias grandes de estilo en sus distintos libros.

b.     El escritor se expresa con su propio nivel de talentos literarios. Por ejemplo, la composición de las oraciones del libro de Apocalipsis es áspera. Juan conecta sus ideas con la conjunción “y” así como una hilera de vagones en un tren de carga. Estilísticamen­te, este libro es rudimentario, no elevado. Su autor es un pescador que fue educado por Jesús durante tres años. Juan recibió su educación en la verdad, más que en la retórica. En contraste con el libro de Apocalipsis, el libro de Hebreos presenta una forma estilística más elevada. Y por causa de su uso de frases y oraciones equilibradas, algunos estudiosos de la alta crítica no creen que Pablo lo haya escrito verdaderamente. Pero indudablemente pablo tuvo el equivalente a un Doctorado en Filosofía de la escuela de Gamaliel en Jerusalén, y bien pudo haber asistido a la universidad de Tarso antes de dirigirse a Jerusa­lén.


c.      El escritor revela su propia personalidad. El evangelio de Juan puede resumirse en una palabra de cuatro letras: amor. Este concepto impregna el evangelio de Juan y sus tres epístolas totalmente. Juan, más que cualquiera de los otros apóstoles, bebió de este espíritu, y se rindió plenamente al amor transformador de Cristo.[86] De esta manera sus epístolas, en especial, exhalan este espíritu de amor.[87] Su tema favorito era el amor infinito de Cristo.[88]

d.     El escritor también empleó sus propias pala­bras, palabras elegidas por él mismo, y al hacer esto,

e.      El escritor aprovecha sus antecedentes y su experiencia personal. Lucas fue llamado el “médi­co amado”. Y en verdad, se ha escrito un libro entero sobre la terminología médica que se empleó en el Evangelio de San Lucas. Lucas escribe con la per­cepción de un científico. El, por ejemplo, es el único de los cuatro escritores de los evangelios que mencio­na que “era el sudor [de Jesús] como grandes gotas de sangre”.

Amós habla en el lenguaje del pastor de ovejas.

¿Y Pablo? Educado con la metodología y la fraseolo­gía de la filosofía, Pablo escribió algunas cosas que para un pescador como Pedro eran “difíciles de entender” (2 Ped. 3:16).[89]

 

Luego, el aspecto divino, la obra del Espíritu Santo, se revela de cuatro formas, así como indicó T. Housel Jemison:

 

a.                 Ilumina la mente: el escritor es capacitado para comprender la verdad.


b.                 Aviva el pensamiento: es decir, estimula los siste­mas de razonamiento.

c.                 Ilumina la memoria: el profeta es capacitado para recordar acontecimientos e ideas.

d.                 Dirige la atención hacia asuntos que deben ser registrados: esto tiene que ver específicamente con la selección de temas y contenido.[90]

 

5.                 Verbal versus. Plenaria. La Sra. White afirma directa­mente que no son las palabras de la Escrituras las inspiradas, sino más bien los profetas que las escribieron; los profetas eran “escribientes de Dios, no su pluma”.[91]

Aquí es donde se reconoce el problema semántico: una palabra determinada puede transmitir diferentes ideas a distintas personas. Con todo, si un escritor u orador es intelectualmente honesto, por lo general puede transmitir su significado en forma clara.[92]  La misma verdad puede expresarse de diferentes maneras sin contradicciones esenciales.[93]

Básicamente, “la inspiración no obra en las palabras del hombre ni en sus expresiones, sino en el hombre mismo, que está imbuido de pensamientos bajo la influencia del Espíritu Santo”.[94]

 


6.                 Lo que la Biblia no es. La Biblia no representa las palabras, la lógica, ni la retórica de Dios.[95] “Dios no está representado como escritor”.[96] Dios dice en verdad que sus pensamientos no son nuestros pensamientos, ni sus caminos nuestros caminos (Isa. 55:8, 9). Pero la Biblia señala a Dios como su “Autor”.[97] Cristo, “él mismo, [es] el Autor de estas verdades reveladas”.[98]

 

7.                 Totalidad. Elena de White aceptó la Biblia tal como estaba: “Creo en sus declaraciones: en una Biblia com­pleta”.[99] Ella instó a sus oyentes y lectores: “Aferraos a vuestra Biblia, a lo que dice”.[100] Ampliando este pensa­miento, ella continúa diciendo en otra parte: “Cada capítulo y cada versículo es una comunicación de Dios al hombre”.[101]

 

8.                 La supervisión de Dios. El Señor preservó milagrosa­mente a la Biblia a lo largo de los siglos esencialmente en su forma presente.[102] La conservación de la Biblia en verdad es tanto un milagro como lo es su inspiración.

Por supuesto, la Biblia no fue dada en “una línea ininterrumpida de declaraciones”. Más bien, fue dada a lo largo de generaciones sucesivas, parte por parte, a medida que la benévola Providencia reconocía distintas necesidades en diferentes lugares. “La Biblia fue dada con propósitos prácticos”.[103]


La mano constante de Dios se aprecia en la entrega de los mensajes, el registro de los mismos, en la unión de los libros en un Canon, y en la conservación de la Biblia a lo largo de las épocas sucesivas.[104]

 

9.                 La unidad. Elena de White hace una interesante distinción en cuanto a la unidad: al paso que no siempre hay unidad “aparente”, hay, sin embargo, una “unidad espiritual”. Ella compara esta unidad con una magnífica hebra dorada que recorre todo el conjunto, la cual descubre “el alma iluminada”.

        Para descubrir esta unidad, sin embargo, se requiere que el investigador ejercite “la paciencia, meditación, y oración”.[105]

En los días cuando Gran Bretaña dominaba los mares, y los barcos impulsados por el viento, en lugar del vapor o del petróleo, los navíos de la flota real de Su Majestad llevaban todos una cuerda que tenía entretejida una hebra carmesí en toda su longitud. Esta hebra servía a dos propósitos: facilitaba la identificación en caso de probable hurto, y también aseguraba a los marineros (cuyas vidas dependían a menudo de la clase de cuerda que manejaban) que ellos tenían la mejor de todas.

Aplicando esta analogía a la Biblia, la sangre de Jesús es la hebra carmesí que corre a través de toda la Escritura. De acuerdo a Jemison, esta unidad se manifiesta al menos en cinco áreas:

 

a.       Propósito: la historia de la salvación.

b.       Tema: Jesús, la cruz, la corona.


c.       Armonía de la enseñanza: las doctrinas del Antiguo y del Nuevo Testamentos son las mismas.

d.       Desarrollo: la progresión ininterrumpida desde la creación, la caída, la redención y la restauración final.

e.       Coordinación de las profecías: evidente, puesto que el mismo Espíritu Santo fue el que estuvo operando.[106]

 

10.            Grados de inspiración. Elena de White hace constar con toda claridad que el cristiano no debe sostener que una parte de las Escrituras es inspirada y otra no lo es, o que hay grados de inspiración entre los diferentes libros de la Biblia. Dios o ha calificado o inspirado a ningún hombre para que haga este tipo de obra.[107]

 

 

Teoría de la inspiración como encuentro[108]

Hay una tercera concepción de la inspiración que posee una variedad de términos: “Neo-ortodoxia”, “existencialis­mo” (de tipo religioso), o “encuentro” (según uno de los términos más destacados en la jerga de entre casa). Este concepto se fundamenta, al menos en parte, en el pensa­miento “Yo-Tú” del filósofo Martin Buber. A continuación se examinarán los tres principios o postulados básicos:


 

Subjetiva más que objetiva

1. La inspiración, por su misma naturaleza, es inherentemente subjetiva más que objetiva.

Aunque los conceptos verbalista y plenarista son total­mente diferentes y distintivos, el primero sosteniendo que la inspiración reside exactamente en las palabras empleadas, y el segundo creyendo que la inspiración, en cambio, reside en el pensamiento transmitido por medio del profeta, ambos son semejantes en un aspecto: cada uno sostiene que la inspira­ción es básicamente objetiva más que subjetiva.

Hasta fin de este siglo, éstas eran las dos posiciones básicas que sostuvo el mundo cristiano. Luego apareció Martin Buber (quien más que teólogo es un filósofo), el cual ayudó a desarrollar una nueva teoría sobre la inspiración. Esta teoría sostiene, entre otras cosas, que la inspiración es por su misma naturaleza inherentemente subjetiva, en lugar de objetiva. Y en términos prácticos, ¿esto qué significa?

Tal como lo ve la teología del “encuentro”, la revelación (o la inspiración) es una experiencia que se da en un encuen­tro “Yo-Tú” entre el profeta y Dios. De modo que es princi­palmente una experiencia, en la cual no existe intercambio de información.


Para un teólogo del encuentro, la revelación es “la autor-revelación personal de Dios al hombre, no la comunicación de verdades acerca de Dios, ... un encuentro “Yo-Tú” con Dios, la presencia plena de Dios en “la conciencia” del profeta, tal como lo ha expresado oportunamente Raoul Dederen.[109]

En la teología del encuentro no hay comunicación de información. Dios no declara palabra alguna. No existe declaración de verdades de ningún tipo en esta relación singular. No se aprecia la verdad como algo conceptual en el sentido objetivo, sino como algo experimental en el sentido subjetivo.

En este punto, quien esté de acuerdo con la teología del encuentro sostendrá que hay un contenido. Pero ese conteni­do no es la comunicación de algún concepto acerca de Dios, sino más bien la comunicación de Alguien, Dios mismo, que se dirige individualmente al alma del cristiano y solicita una respuesta personal en este intercambio.

Para el que sostiene la teoría del encuentro, finalmente, la revelación es la revelación plena de Dios a la conciencia plena del profeta. En esta experiencia no hay comunicación de ideas, verdades, conceptos ni mensajes.

Como hemos notado antes, los escritores bíblicos enfáticamente señalan que Dios habla particular y únicamen­te mediante hombres inspirados. Simplemente no hay vuelta para las declaraciones como la de 2 Samuel 23:2: “El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua”.

La pregunta del rey Sedequías al profeta Jeremías es básica para una concepción de la inspiración genuina: “¿Hay palabra de Jehová?” (Jeremías 37:17).


Este no es simplemente el punto de vista del Antiguo Testamento en cuanto a la inspiración. Lucas, en el libro de Hechos, emplea tres veces expresiones como “el Espíritu Santo habló antes por boca de David” (cap. 1:16), “habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (cap. 3:21), y “por boca de tu siervo David Dios ha dicho”, etcétera. El cuarto capítulo de 1 Timoteo comienza: “Pero el Espíritu dice claramente que...”, y las palabras de apertura de Hebreos declaran que en tanto que en los primeros días Dios habló por la boca de sus santos profetas, en estos últimos días El ha hablado más directa­mente a la humanidad mediante su Hijo.

El defensor de la teoría del encuentro sostendrá que el profeta es inspirado como persona (lo cual es verdad), pero que los pensamientos y las palabras que transmite el profeta son sus propias ideas, en lugar de las ideas de Dios (lo cual es falso).

Además de eso, la teoría del encuentro sostiene que el profeta es el intérprete de la auto-revelación de Dios, en términos aplicables a sus propios días, y que esas ideas pueden contener errores. Incluso pueden ser científica o históricamente imprecisas (como por ejemplo, la idea de Moisés, de una creación en siete días solares literales). Con todo, se considera que el profeta es inspirado, ya que en esta teoría, (la inspiración no tiene nada que ver con las ideas!

Los de la teoría del encuentro ponen gran énfasis en el contexto. El propósito es demostrar el “condicionamiento histórico”: la idea de que el profeta es la víctima indefensa (como también el producto) de su medio ambiente, sus antecedentes, su educación y su opinión general.


Aunque el plenarista también está interesado en el contexto, él lo emplea para descubrir, mediante un análisis de las circunstancias históricas en torno a un mensaje particular, si las palabras del profeta constituyen un principio (una regla inalterable e infalible de conducta humana) o un patrón variable de conducta (la aplicación de un principio a una situación particular, en cuyo caso la aplicación puede variar si la situación cambia).

 

2. Contener la palabra versus ser la palabra.

Quienes sostienen la teoría del encuentro dicen que la Biblia contiene la palabra de Dios, pero que no es en sí misma la palabra de Dios. Dentro de este concepto, la Biblia ya no es más la palabra de Dios revelada, sino más bien un testimonio de la experiencia de la revelación.

En cuanto al contenido, esta teoría considera que la Biblia es meramente el resultado de la reflexión racional de sus escritos sobre la auto-manifestación individual y personal de Dios a ellos. En otras palabras, ni tampoco recibió los diez mandamientos en forma directa de Dios, ni tampoco recibió instrucciones específicas en cuanto al santuario terrenal, su mobiliario o sus ceremonias.

De este modo, los de la teología del encuentro no creen que los conceptos transmitidos en la Escritura son la palabra de Dios, tal como creen los plenaristas. Los plenaristas sostienen que la inspiración es objetiva, es decir, algo exterior al individuo, por medio de lo cual es juzgado. El de la teoría del encuentro considera a la palabra de Dios como una experiencia personal, subjetiva, una experiencia interior notablemente intensa y convincente. Tal como los de la teoría del encuentro lo ven, la experiencia es lo que constitu­ye la palabra de Dios (no las ideas, pensamientos, conceptos, ni las declaraciones de la verdad).


Al intentar expresar sus propias ideas o pensamientos para describir este “encuentro divino-humano”, el profeta trata de transmitir de esta manera la palabra de Dios tal como él la percibe en su interior. Este intento podría compa­rarse con el relato de una persona que cuenta lo que Dios hizo por ella durante la semana, en una reunión de oración y de testimonios.

Para los del concepto del encuentro, el profeta es inspirado en el corazón, en vez de la cabeza. Luego, la persona que oye o lee las palabras del profeta, también tiene una experiencia subjetiva. Por lo tanto, la verdad queda definida como algo experiencial. La experiencia llega a ser la palabra de Dios para el estudiante, más que la palabra de Dios definida como las palabras literales, los conceptos y las proposiciones expresadas por el profeta.

El plenarista no desprecia el lugar de la experiencia en la vida del cristiano. De hecho, Elena de White emplea por lo menos en trece lugares la expresión religión experiencial. Pero la experiencia humana nunca suplanta a la palabra objetiva de Dios, la cual por sí misma debe determinar la validez de toda experiencia.[110]

 

3. Cuantitativa, no cualitativa. Finalmente, para los de la teología del encuentro todos son inspirados. El profeta sencillamente tiene un grado mayor de inspiración que el individuo común.


El problema en este concepto es de diferencia de grado versus diferencia de clase. Se sostiene que el profeta tiene un grado de inspiración más intenso que las personas de término medio. La elocuencia de un profeta, de un pastor o de un político, puede llevar a la gente a hacer cosas que ellos de otra manera no harían. Y puesto que una persona tal eleva a las demás más allá de ellas mismas, se la considera “inspirada”.

Ciertamente puede haber algún tipo de inspiración secular, no profética. Nosotros a veces pensamos que un artista, un escultor, un compositor musical o un intérprete estaba “inspirado”. Pero esta inspiración secular común no tiene nada que ver con el tipo de inspiración de la que se habla en la Biblia.

En la inspiración bíblica, el profeta es arrebatado en visión. El o ella puede perder la fuerza natural sólo para recibir un don sobrenatural. Dios literalmente insufla el aliento en el profeta, puesto que el profeta no respira durante el estado de visión. Y durante este estado, el profeta recibe mensajes infalibles de parte del Señor.

Las personas comunes pueden conmoverse con las palabras inspiradas del profeta, y sus vidas pueden cambiar radicalmente para bien. Pero esa experiencia no es la “inspiración” que tuvieron los escritores bíblicos y Elena de White. Cuando la gente común está “inspirada”, es alguna otra clase de inspiración, diferente a la de la variedad bíblica. Es una diferencia de clase, no de grado.


La idea de los grados de inspiración, que es tan frecuen­te en la teología del encuentro, históricamente ha tenido cierto atractivo para el adventismo. En 1884, una serie de diez artículos en la Review and Herald del entonces presiden­te de la Asociación Genral, George I. Butler, postulaba la idea de los grados de inspiración. Elena de White le escribió una carta de reprimenda,[111] en la cual llegó a estar tan cerca del sarcasmo como nunca antes, señalando que Dios no había inspirado esa serie de artículos sobre la inspiración ni había apoyado la enseñanza de estos conceptos en el sanatorio, ni en el colegio, ni en la casa publicadora de Battle Creek.

 

 

Una diferencia significativa

Hasta aquí, el lector puede decir con aire de cansancio: “¿En qué afecta en la práctica la posición que yo adopte?” La diferencia es grande. Notemos algunas de las implicacio­nes que resultan del aceptar el concepto del encuentro:

 

1.       La Biblia ya no es más la portadora de verdades eternas, ya no es más un libro de doctrina. Ella degenera en un mero testimonio del “encuentro divino-humano” entre Dios y un profeta. Y ano es más una declaración de verdades de parte o acerca de Dios. Es solamente la opinión personal del profeta, quien entrega su reacción subjetiva de una experiencia subjetiva superior.

 


2.       El lector de las palabras del profeta llega entonces a ser la autoridad, el árbitro que decide qué es inspirado (para él), y qué no lo es. El lee la Biblia en forma crítica, pero no está obligado a aceptar lo que ella dice como princi­pio, en forma conceptual, sino más bien lo que él interprete que significa para él. El decide si una declara­ción dada ha de aceptarse como de valor aparente, o si ha de aceptarse totalmente.

La experiencia subjetiva del lector llega a ser normativa, es la norma de lo que él aceptará o rechazará como obligatorio en su vida y en su experiencia.

Sin embargo, si no hay revelación objetiva como criterio, entonces no hay manera de que una persona puede confirmar su experiencia, ni modo de determinar si esa experiencia es del Espíritu Santo o de un espíritu malig­no. Simplemente no es suficiente con decir que la experiencia propia es “autenticadora por sí misma”. Como John Robertson agudamente comentó, “ésta puede ser también auto-engañadora”.

 

3.       El criterio subjetivo es una distorsión. Distorsiona el lugar correcto y legítimo del contexto. También distorsiona el lugar apropiado de la experiencia, transformándola en el cristerio de autenticidad. La concepción subjetiva enfatiza “la autonomía del condicionamiento histórico”, y hace de la desmitologización del profeta una necesidad para la mentalidad contemporánea. Además de eso, distorsiona la inspiración profética genuina, al imponer la idea de los grados de inspiración sobre la misma como condición central.

 

4.       En términos prácticos, la teoría del encuentro resulta en la adopción de las siguientes posiciones teológicas:

 


a. La creación, tal como lo enseña la Biblia, no es literal ni científica. En cambio, llega a favorecerse el con­cepto de la evolución, dejando al Génesis como un simple registro de las ideas típicas que existían en los tiempos de Moisés.

b.En cuanto a la encarnación de Cristo, Jesús en realidad no era un ser divino-humano. Era solamente un hombre. El concepto del encuentro rechaza los hechos sobrenaturales, como el nacimiento virginal y los milagros así como los definimos normalmente.

 

5.       La teoría del encuentro dice que en la demonología, la Biblia simplemente relata las ideas de una época en la que la creencia popular, pero incorrecta, era que los demonios tomaban posesión de los cuerpos físicos de ciertas víctimas humanas desafortunadas. Hoy sabemos, dicen los del concepto del encuentro, que todas las enfermedades y trastornos mentales son causados por condiciones externas como los desequilibrios químicos y el medio ambiente desfavorable, pero no por espíritus.

Los plenaristas, de hecho, concuerdan con que quizás alguna enfermedad mental sea causada en gran medida por agentes externos no sobrenaturales, pero no aceptan la idea de que todas las enfermedades mentales se deben a eso. Quien escribe esto vio mucho en sus doce años de servicio misionero, como para creer de otra manera.

 


Como análisis final, entonces, el concepto subjetivo sobre la inspiración de la teoría del encuentro, constituye en el fondo una negación de “la fe que ha sido una vez dada a los santos”. Ella es una ingeniosa institución de “fábulas artificiosas” por la revelación infalible de la verdad, tal como fue dada por Dios mediante los profetas inspirados divina y subjetivamente. Y los que aceptan esta posición se arriesgan a perder la vida eterna.

 

 

El propósito de la inspiración-revelación

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Leslie Hardinge, un profesor veterano de Biblia en colegios y seminarios adventistas del séptimo día, cierta vez hizo una declaración muy profunda: “Sin analogía no hay enseñanza real”.

En la Biblia o en cualquier otra parte, la enseñanza más efectiva se da mediante la metáfora y el símil. Notemos primeramente dos metáforas interesantes y útiles, que emplean los escritores bíblicos en el Nuevo Testamento, para ampliar nuestra comprensión acerca del propósito de la inspiración-revelación.

 

Dos metáforas bíblicas

1.       El apóstol Pablo repetidas veces habla de la inspiración profética como un don del Espíritu Santo; uno de los denominados “dones espirituales” (Efesios 4; 1 Corintios 12). 

Una persona puede recibir muchos tipos de regalos. Algunos de ellos no son de utilidad, o incluso son embarazosos. Sin embargo, los regalos más preciados que yo haya recibido fueron o bien regalos útiles que llenaban una necesidad particular en mi experiencia diario (como un bolígrafo, un maletín o una máquina de escribir), o regalos de amor en los que el sentimiento que había motivado el regalo trascendía en mucho el valor inherente e inmediato del regalo. Este sentimiento le confería al regalo un valor que de otra manera no hubiera tenido.

El don de profecía puede describirse en los mismos términos. Para algunos no es útil. Para otros es una continua dificultad y molestia, porque repetidamente se interpone al estilo de vida en lo que hace a los asuntos particulares de la existencia diaria. El corazón carnal se opone tenazmente a las restricciones que le coloca la revelación inspirada.

Al tratar este asunto de la inspiración-revelación, la elección de la metáfora del regalo resulta apropiada. El propósito de este don es promover la obra del ministerio del cuerpo de Dios (la iglesia), fortalecerlo y conducirlo (Efesios 4:12-15). En relación a esto, notemos sus cuatro propósitos particulares:

 

a.                 El perfeccionamiento de los santos (para que puedan crecer en Cristo).

b.                 La unidad de los santos (para que no exista discordia en el cuerpo de Cristo. Véase 1 Cor. 12:25).

c.                 La edificación de los santos (los escritos inspirados proporcional doctrina, amonestación, corrección e instrucción en justicia. Véase 2 tim. 3:16).

d.                 La estabilización de los santos (para que puedan tener un ancla que los guarde de ser llevados por todo viento de doctrina).

 


2.       El apóstol Pedro añade una segunda metáfora, tomán­dola en realidad prestada de uno de los salmos de David. Ve a la inspiración profética como semejante a una antorcha que brilla en un lugar oscuro, con un propósito práctico y necesario: guardarnos de tropezar y caer (2 Pedro 1:19). Mil años antes, David había comparado a la Palabra de Dios con una “lámpara” a los pies, una “lumbrera” al camino (Salmo 119:105).

        Al igual que una “lumbrera”, la inspiración profética sirve a dos funciones valiosas:

 

a.       Uno de los principales propósitos de los escritos proféticos (aunque ciertamente no es la única función), es el de revelar acontecimientos futuros. De esta manera, la revelación nos ayuda a que realice­mos una preparación adecuada para los sucesos venideros, y nos capacita para relacionarnos cons­tructivamente con ellos cuando ocurran.[112]

Sin embargo, una razón menos obvia para incluir el elemento profético en la Escritura, es la de confirmar el origen divino de la Biblia: demostrar que Dios es su autor. Los mortales ni siquiera pueden predecir lo que acontecerá en breve, pero Dios puede contar lo que acontecerá con siglos de anterioridad. Esta función de la inspiración fue una preocupación especial de Isaías.[113]

b.       De igual importancia es la función de la revelación como luz para proteger al creyente. Los escritos inspirados proporcionan una luz que descubre los propósitos de Satanás y la metodología con la cual se propone alcanzar su objetivo. Verdaderamente, “sin profecía el pueblo se desenfrena” (Proverbios 19:18).


 

 

Conclusión

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La expresión, “el fin de todo el discurso oído” no sólo es un mecanismo pedagógico bien fundamentado, sino también un imperativo espiritual.

Se ha visto la inspiración como un proceso en el que Dios únicamente imparte verdades de importancia eterna mediante “sus siervos los profetas”, quienes “muchas veces y de muchas maneras” han hablado a sus contemporáneos y a los que vendrían más tarde, a fin de capacitarlos para que entiendan la intención y la voluntad de Dios para sus vidas.

En estas horas finales de la historia del mundo tenemos la imperiosa necesidad de comprender cómo operan estos fenómenos, para que no sólo podamos tener un conocimien­to inteligente de lo que está tratando de decirnos Dios, sino también para que podamos evitar los peligros y tropiezos que resultan de aferrarse a conceptos falsos.

La advertencia de Pablo a los santos del Nuevo Testa­mento  --”No apaguéis al Espíritu. [¡No permitan que se apague la lámpara!] No menospreciéis las profecías. Exami­nadlo todo; retened lo bueno” (1 Tes. 5:19-21) -- no es sino el eco del consejo de Josafat en el Antiguo Testamento: “Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados” (2 Crónicas 20:20).

En el segundo capítulo consideraremos la cuestión de la inerrancia y la infalibilidad: ¿Puede equivocarse alguna vez el profeta? Se examinará la experiencia de Elena de White a la luz de las evidencias de los profetas bíblicos.


 

 

Infalibilidad: ¿Puede equivocarse un verdadero profeta?

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El debate teológico de la “infalibilidad” y la “inerrancia” está agitando las mentes y los corazones en el cristianismo evangélico de hoy, especialmente cuando estas cuestiones se relacionan con el asunto de la inspiración profética. Gran parte de la discusión gira en torno de consideraciones semánticas,[114] y está relacionada bastante estrechamente con la teoría de la inspiración verbal. No obstante, hay preguntas importantes que necesitan ser formuladas (y respondidas), tales como: ¿Puede equivocarse un profeta? ¿Cumplen las predicciones de un verdadero profeta el ciento por ciento de las veces? ¿Puede un verdadero profeta tener que cambiar de lo que él o ella haya escrito o dicho?


Webster define infalible como “1: incapaz de error: inerrable;  2: no responsable de extraviar, engañar, o defraudar, seguro; 3: incapaz de error en la definición de doctrinas tocantes a la fe o a la moral”.[115] El, además, interpre­ta inerrable como “libre de error: infalible”.[116]

El problema de la infalibilidad surge debido a que las Escrituras afirman ser más confiables que las producciones literarias corrientes de autoría humana.

Como se señaló en el capítulo 1, “toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 tim. 3:16). Esta no es susceptible a la “interpretación privada”, puesto que el mensaje no se originó por iniciativa o inventiva privada. En cambio, “los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Ped. 1:21). Por lo tanto, dijo Pedro, “hacéis bien en estar atentos” a ella (vers. 19). En el que bien podría haber sido el primer libro escrito del Nuevo Testamento, Pablo, con el mismo Espíritu que el de Pedro citado anterior­mente, amonestaba a los cristianos tesalonicenses: “no apaguéis el Espíritu. No menospreciéis las profecías. Exami­nadlo todo; retened lo bueno” (1 Tes. 5:19-21).


¿Por qué? Pedro responde: porque tenemos una palabra “más segura” de escritos proféticos (2 Ped. 1:19). Los traductores más recientes han traducido este pasaje: “hace más seguro el mensaje”,[117] “nos confirmamos más aún en la palabra profética”,[118] “hemos visto confirmada la palabra de los profetas”,[119] “algo más firme”,[120] y “hace más firme”.[121]

 

La problemática, entonces, no es la singularidad de los escritos inspirados por ser “más seguros” que los escritos no inspirados; más bien es, ¿cuál es la esencia de esta “mayor seguridad”? ¿En qué sentido son estos escritos “más segu­ros”?

Entre los cristianos evangélicos y entre los adventistas del séptimo día pueden encontrarse algunos posibles modelos analógicos:

 

1. La teoría de “la camisa de fuerza”: este concepto sostiene que el control del Espíritu Santo sobre el profeta durante el proceso de la inspiración es tan rígido, y tan ajustado, que el profeta está imposibilitado de cometer cualquier tipo de error.

Esta posición es bien ilustrada en las palabras de un evangelista adventista del séptimo día en un sermón en que presentaba a Elena de White a no adventistas:

 


Y de paso, las predicciones de Elena de White han sido todas correctas hasta este preciso instante. A los mediums les gusta hablar acerca de sus índices de aciertos. Se muestran orgullosos si aciertan el setenta y cinco u ochenta por ciento de las veces.

(¡Escuchen! ) Un profeta de Dios con un índice de aciertos? ¡Nunca! Un profeta de Dios está en lo cierto el ciento por ciento de las veces o no lo está por completo.

Y otra cosa más: un profeta de Dios no cambia su parecer.

Pienso que ustedes están comenzando a ver la diferencia entre un profeta -un verdadero profeta- y un médium.

 

Aquí se presentan tres postulados: (a) el verdadero profeta tiene un CPP (cociente de precisión profética) del ciento por ciento, mientras que los médiums (y los falsos profetas) tienen normalmente sólo un 75-80 por ciento de CPP; (b) si un profeta de Dios no está en lo cierto el ciento por ciento de las veces, él o ella no está en lo cierto ninguna de las veces; y (c) un verdadero profeta nunca tiene que volverse atrás y cambiar algo de lo que escribió o dijo en su capacidad profesional como profeta.

Esta posición toma prestado mucho de la filosofía básica de la inspiración, sostenida por el autor de una popular biografía de Elena de White publicada hace algunos años:

 

Un verdadero profeta [el énfasis está en el original] no recurre a ninguna muleta mental o “espiritual”; más bien, no tiene grado de libertar para sintonizar ni para controlar los impulsos ni los recuerdos proféticos. Estos impulsos le son impuestos por un Ser personal sobrenatural que tiene conocimiento absoluto tanto del pasado como del futuro, y no hay posibilidad alguna de error o cálculo humano equivocado.[122]

 

  2.  La teoría de la “intervención”: esta concepción sostiene que si por su humanidad un profeta de Dios se equivoca, y la naturaleza de ese error es lo suficientemente seria como para afectar materialmente (a) la dirección de la iglesia de Dios, (b) el destino eterno de una persona, o (c) la pureza de una doctrina, entonces (y sólo entonces) el Espíritu Santo lleva inmediatamente al profeta a corregir el error, de modo tal que no se produzca daño permanente.

Esta posición puede encuadrar en la realidad objetiva de la Escritura y de los escritos del espíritu de profecía de Elena de White.  Pero antes de que apliquemos la prueba ácida a estas dos teorías, debiéramos detenernos a examinar la naturaleza y el origen  de estas creencias religiosas.

              Hay algunas preguntas profundas que son de importancia aquí: (1) ¿Cuál de las dos teorías cree Ud.? (¿o tiene una tercer teoría a la cual adherirse?), (2) ¿Por qué cree en ella? Esta segunda pregunta puede ser aún más importante que la primera.

   ¿Está basada su creencia en una fuente de confianza? (Algún predicador favorito, pastor, profesor de Biblia o erudito bíblico, y debido a la elevada consideración hacia esta persona, Ud. ha aceptado lo que se le dijo, sin cuestionarlo.) ¿O sostiene Ud. su creencia debido a que ha confirmado objetivamente su postura?

   En los días de Pablo, a los creyentes cristianos de Berea se los conceptuó como “más noble” que los de Tesalónica, por dos razones muy interesantes que son de gran relevancia para nosotros en esta discusión:

 

1.       Recibieron las palabras de Pablo “con toda solicitud”.  Es decir, estaban abiertos para recibir nueva luz, no tenían mentes cerradas.

2.       Escudriñaban “cada día las escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hech. 17:11).  Es decir, confirmaban lo que habían oído antes de aceptarlo.  No aceptaban lo que se les decía incautamente, sin sentido crítico y sin verificarlo personalmente en la Palabra de Dios.

 

Se le podría haber perdonado a Pablo si hubiera dicho a las bereanos: “No sólo soy un profeta inspirado del Señor, sino que tengo el don espiritual más elevado, el del apostolado.  Ustedes no necesitan comprobar lo que les he dicho; la mayor autoridad proveniente de Dios sobre esta Tierra”.

Pero él no les dijo eso.  Los alabó, un cambio, por no tomar simplemente su palabra como verdadera, sino dirigirse a los escritos previamente inspirados para verificar lo que él había dicho.

 

 

Confirmando la verdad

 

¿Cómo debiéramos confirmar la verdad? ¿Contando cabezas y aceptando la posición que atrae al mayor número de adherentes? Difícilmente.

¿Cuál es la mejor manera de determinar la hora exacta del día? Si Ud. le pregunta a alguien  “¿qué hora es?”  y le dicen  “son las 3:10 h.”, “Cómo sabe que está en lo cierto? Y a propósito, si Ud. le pregunta la hora a varios individuos, puede tener tantas respuestas diferentes como personas con relojes.  Además, cada persona probablemente supondrá que la suya es la única hora correcta si otros no concuerdan.

Muchas comunidades tienen un número telefónico que uno puede discar para saber la hora exacta del día.  Algunas redes de radio y televisión tiene una señal  que puede oírse a la hora exacta, superpuesta a la voz del locutor que están dando las letras identificatoria de la estación.

Para la mayoría de nosotros confirmar la hora del día puede ser crucial.  Si estamos fuera de la hora uno o dos minutos puede no ser demasiado importante.  Pero confirmar la verdad espiritual puede ser de importancia eterna.

¿Y cómo confirma Ud. la verdad? La respuesta de Jacques Bénigne Bossuet, obispo francés y predicador de la corte de Luis XVI en el siglo decimoséptimo, es oportuna.  Luis era amante del teatro, y a menudo habían ordenado representaciones en su corte.  Bossuet, por el contrario, era ampliamente conocido como opositor del teatro por ser perjudicial para el desarrollo del carácter cristiano y por ser un instrumento del mal.

Cierto día, cuenta la historia, durante un intervalo en los actos de la corte, Luis miró a su alrededor y, viendo a Bossuet afuera, lo llamó en alta voz: “mi obispo, ¿qué piensa de mi teatro?”

Los cortesanos quedaros expectantes, pues conocían las opiniones de ambos.  Y también conocían el peligro de dar un veredicto contrario a la opinión real.  El ofensor, cómo mínimo, podía ser expulsado de la corte (que para estos aduladores era una suerte casi peor que la muerte); o lo que es peor, podían ser enviados a la guillotina.

Todos aguardaban sin aliento la respuesta de Bossuet, preguntándose si él encontraría la salida conveniente al dilema (basada en la teoría de que es mejor un cobarde vivo que un héroe muerto), o si arriesgaría todo al manifestar la convicción de su corazón.

Adustamente, Bossuet se fue acercando a la presencia inmediata del Rey Sol, se postró y dijo con gran dignidad: “Señor, Ud. me ha preguntado qué pienso del teatro.  Le diré, Señor, lo que pienso.  Hay algunas grandes personas a favor de él... y hay algunas grandes razones en contra de él”.

Lo mismo podría decirse de la teoría de “la camisa de fuerza” de una “mayor seguridad”.  “Hay grandes personas a favor de ella, pero hay algunas grandes razones en su contra”.  ¿Cómo lo determina Ud.?  La corroboración es potencialmente un proceso doloroso, pues los hechos a veces nos obligan a cambiar opiniones tradicionales altamente apreciadas.  Pero es una necesidad intelectual para cualquiera que sostenga que la verdad debe ser tan importante como la vida misma.

Es importante que cada uno de nosotros sepamos qué creernos, también por qué lo creemos.

En el capítulo 1 señalamos la declaración de Pablo de que “tenemos este tesoro en vasos de barro” (2 Cor. 4:7) y la observación de Elena de White de que “en la obra de Dios por la redención de hombre se combinan la divinidad y la humanidad”[123].  Jesús era tanto hijo de Dios como Hijo del hombre, y esta misma unión de lo divino y lo humano existe también en la Biblia.  El “tesoro” consta de verdades reveladas e inspirada por Dios; los “vasos de barro” (el envoltorio humano) son las palabras de los hombres, escogidas por ellos para comunicar la verdad divina.[124]

El “tesoro” (la verdad o el mensaje dado por Dios) no solamente es “revelación infalible de su voluntad”, sino que tiene también “autoridad absoluta”[125] (normativa y obligatoria para el cristiano).  Comentando sobre la cuestión de la infalibilidad, Elena G. de White escribió: Sólo Dios es infalible”.[126] “El hombre es falible, pero la palabra de Dios es infalible”.[127]

Respecto de los “vasos de barro”, el lado humano de la ecuación, la Sra. White añadió: “todo lo que es humano es imperfecto”;[128] y “ningún hombre es infalible”:[129]

Algunos han tropezado con el hecho de que existen imperfecciones en los escritos de Elena de White.  Los ejemplos citados por los críticos influyen su cifra incorrecta de los aliados de Abraham; su declaración inicial de que Dios les ordenó a Adán y Eva que no tocara el fruto prohibido, y que más tarde cambió para afirmar que éstas eran las palabras de Eva; su declaración de que solamente ocho almas recibieron el mensaje de Noé, contradicha en otro lugar por su afirmación de que hubo otros que creyeron y que ayudaros a construir el arca; y su referencia la servicio diario del viejo tabernáculo[130], la cual no cuadra enteramente con la referencia dada en el Pentateuco.

Algunos críticos han ido más allá al preguntar si estas imperfecciones, estas imprecisiones, este motivo de desconfianza, no son una razón suficiente para no fundamentar ninguna doctrina sobre sus escritos.[131]

No hay acusación que pueda ser dirigida a Elena G. de White en su rol profesional como profeta, que no pueda y no haya sido dirigida primeramente contra los escritores de la Biblia por los denominados “altos críticos”, sea que estas acusaciones señalen declaraciones equivocadas de hecho, el copiar de escritores no inspirados (acusación que se examina en detalle en el capítulo 1), profecías no cumplidas, o el tener que retractarse de declaraciones hechas en alguna ocasión anterior.

No pretendemos más de la Sra. White de lo que pretenderíamos de los escritores bíblicos; pero tampoco pretendamos menos (por razones que serán discutidas con detalle en el capítulo 3).

Volvamos ahora a la afirmación directa de Pedro: “Tenemos también la palabra profética más segura”.  Examinemos, para ver si somos capaces de determinar cómo opera esta “mayor seguridad” (o cómo no opera).

 

 

La inerrancia y la vida personal del profeta

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Las evidencias históricas y de la Escritura testifican que el control del Espíritu Santo sobre la vida de los profetas no les impide ejercer su libertad para pecar.  Si “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23), esto supuestamente incluye también los profetas.  Para verificarlo, necesitamos examinar individualmente sus vidas tal como están registradas en un escrito sagrado, a fin de descubrir la naturaleza y el alcance de sus pecados de omisión y comisión.

Uno de los profetas más tempranos que se menciona en las Escrituras es Abraham (Gén. 20:7).  Los escritores canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento reiteradamente lo llaman el padre de la fe, y en verdad, tanto los judíos (mediante Isaac) como los árabes (mediante Ismael) lo consideran también su ancestro directo.

Abraham fue constituido no solamente progenitor de gente demasiado numerosas de contar, y no solamente le fue dada la relación especial con Dios representada por el papel y el oficio de un profeta, sino también le otorgado (por Jehová mismo) el título de “Abraham mi amigo”.[132]  (En el Corán, escrito por Mahoma en Arabia, este título se expresa como El Khalil. Los filólogos islámicos afirman que esta palabra árabe, un idioma señalado por sus matices y sus delicados distinciones de significados, no debiera traducirse simplemente como “amigo” sino más bien como “amigo muy especial”.)

¿Qué clase de hombre era el “amigo muy especial” de Dios? En Génesis 12 encontramos a Abraham y a su esposa Sara en Egipto.  Puesto que Sara es una mujer muy hermosa, Abraham teme  que faraón desee añadirla al harén real, y mate a Abraham a fin de preparar el terreno para esta conquista.  Así es que Abraham persuade a Sara para que declare que es su hermana, en lugar de su esposa.

Ahora bien, Sara en verdad era media hermana de Abraham, de modo que lo que ella dijo era una media mentira; pero ella era también su esposa completa.  Y lo que es verdad a medias es mentira completa, pues la intención es engañar.  Dios intervino en esta situación de un modo destacable para proteger la vida de su amigo; y se les permitió a Abraham y a Sara abandonar Egipto sin ser molestados, con todas sus posesiones intactas.

Pero ocho capítulos más adelantes, En Génesis 20, encontramos que se repite la misma historia, y con los mismos resultados.  Dios tuvo paciencia con su amigo muy especial, así como tiene paciencia con nosotros. ¡Pero uno de algún modo tiende a esperar un comportamiento un poco  más elevado de parte de los profetas! Seguramente Abraham debiera haber aprendido una lección la primera vez.  Pero no lo hizo, como a menudo nosotros no lo hacemos.

Abraham no solamente fue un “real mentiroso” en dos ocasiones, sino que también pecó en consentir a la propuesta de Sara de tomar a Agar como una esposa secundaria con el propósito de “ayudar” al plan de Dios de hacer de Abraham una prole tan numerosa como la arena del mar y las estrellas del cielo.

Sara estaba fuera de la edad de las mujeres fecundas (Gén. 18:11); y no creyendo que Dios realizaría un milagro, procuró un solución naturalista.  Pero al tomar a Agar, una de la siervas de Sara, como su esposa, Abraham demostró una seria falta de fe. Dios se había propuesto que Isaac sea un niño “milagro”, porque de varias formas  iba a ser un tipo de Cristo.  Y aún cuando la conducta de Abraham y Sara era aceptada por las normas culturales de aquel entonces, era contraria al plan de Dios.  Pablo emplea esta ilustración en Gálatas 4 para alegorizar mediante Agar la salvación por las obras, y con Sara la salvación por la fe.

A propósito, la gravedad de la falta de fe de Abraham en esta cuestión es subrayada por un profeta más reciente.  Debido a que no confió en que Dios produciría un niño milagro, sino que en vez de eso, tomó a Agar como su esposa, algunos años más tarde Abraham fue llamado a ofrecer a Isaac como sacrificio humano sobre el monte Moriah.  Elena de White escribió: “si él hubiera soportado la primera prueba y hubiera esperado pacientemente el cumplimiento de la promesa en Sara, ... no habría estado sujeto a la prueba más difícil que se haya requerido jamás de hombre alguno”.[133]

Bastante hasta aquí para El Khalil, el amigo de Dios.

El nieto de Abraham, Jacob, un profeta, también fue un pecador.  De hecho, su propio nombre tuvo que ser cambiado a Israel después de su conversión porque su antiguo nombre significaba engañador o suplantador; y Dios no podía tener un profeta andando de un sitio para otro con esa clase de nombre en una época  cuando el poner un nombre tenía una importancia mucho mayor que en los tiempos modernos.

Luego vino David.  Dos veces en la escritura, uno en el Antiguo Testamento y otra en el Nuevo, David recibió el título de “un varón conforme a su corazón” [de Dios] (1 Samuel 13:14). (Véase además Hechos 13:22), ¿Y qué clase de hombre fue?  Bien, entre otras cosas, primeramente cometió adulterio con Betsabé, y luego asesinó a su esposo Urías, en un esfuerzo por encubrir el hecho (2 Samuel 1).  ¿Es esa la forma de comportarse de un profeta, y en especial la de uno tan cercano al corazón de Dios?

De paso, las experiencias de Abraham y David han sido utilizadas en tiempos recientes por cristianos equivocados para excusar la poligamia, entre otros pecados.  No obstante permanece la pregunta, ¿fue Abraham amigo de Dios y fue David un hombre conforme al corazón de Dios debido a sus pecados, o más bien a pesar de ellos?

Aunque los profetas fueron todos pecadores (y algunos de ellos sensacionales en eso), ¡sus pecados no invalidaron su don profético!

Jeremías se quejó, acusando equivocadamente a Dios (cap. 12:1; 15:15-18).  Jonás (cap. 1:3) como Elías (1 Reyes 19) huyeron del deber.  Y luego hubo un Pedro.

Pedro negó a su Señor tres veces con sucios juramentos de pescadores que no habían manchado sus labios por tres años.  Jesús lo perdonó y lo restauró al ministerio evangélico, y además le concedió el don de la inspiración profética. ¿Y vivió luego Pedro una vida moralmente impecable y resta de allí en más? No.

Con posterioridad Pedro fue culpable de una enorme hipocresía.  Con los cristianos gentiles él era el epítome de la amistad; pero en ciertas ocasiones en que los judíos estaban presentes, Pedro atendió a sus estrechos prejuicios chauvinistas no otorgándoles a los gentiles el mismo calor de compañerismo cristiano que les hubiera brindado en privado.  Este, en verdad, fue un problema moral tan serio, que el apóstol Pablo se vio obligado a reprender a Pedro de un modo bastante directo y en público (Gálatas 2:11-14).  Y Pedro era un profeta.

Bien, ¿Qué con respecto a Elena de White? Ella escribió cierta vez: “Sólo Dios y el cielo son infalibles... Acerca de la infabilidad, nunca pretendí tenerla.  Sólo dios es infalible”.[134]

Un critico reciente encontró culpable a Elena de White de tres pecados (si no crímenes) en su informe: (1) era ladrona literaria, pues la acusó de robar de los escritos de otros; (2) era mentirosa, pues supuestamente pretendía que esos escritos eran de su propia pluma cuando no lo eran; y (3) ¡ella y su esposo Jaime fueron considerados como explotadores descarados y oportunistas que escribían para un mercado seguro, cautivo, con el propósito de enriquecer las fortunas de sus propias familias![135]

Ahora bien, supongamos por un momento que las peores acusaciones de los críticos acerca de Elena de White absolutamente ciertas.  Aunque estas acusaciones han sido contestadas con abundante detalles,[136] supongamos momentáneamente lo peor por motivo del argumento. Si Elena de White fuera culpable como se la acusa, ¿invalidaría esto su don profético?

Y la respuesta llega rápidamente: no (no a menos que Ud. desee invalidar el don profético de Pedro, el don profético de Jonás, el don profético de Elías, el don profético de Jeremías, el don profético de David y el don profético de Abraham, entre otros).

Debemos ser consecuentes y tratar a Elena de White exactamente como lo haríamos con cualquier otro profeta de los tiempos bíblicos.  Si no arrancamos de nuestra Biblia los Salmos escritos por David, las profecías de Jeremías y Jonás, y las dos epístolas de Pedro, entonces no tenemos derecho de desechar los escritos de Elena de White.

La historia y las Escrituras testifican que el control del Espíritu Santo sobre la vida de los profetas no les impidió ejercer su libertad de pecar, ¡y sin embargo sus hechos pecaminosos no invalidaron su don profético!

En cuanto a este punto, probablemente alguien afirme que Pedro no dijo que tenemos la vida profética más segura, sino más bien, que tenemos la palabra profética más segura. ¿Qué decir acerca de las palabras del profeta?

  

 

La inerrancia y las palabras proféticas del profeta

[Inicio documento]

 

Cuando examinemos las declaraciones de los profetas bíblicos y modernos, aparecen tres clases de “problemas”, en los que se han suscitados interrogantes importantes: (1) profecías no cumplidas; (2) errores sin trascendencia en detalles menores e insignificantes; y (3) grandes errores sustanciales.  Analicemos en forma sucesiva y con detalle a cada uno.

 

 

Profecías no cumplidas

 

Hace uno meses atrás estuve dando una serie de clases y reuniones públicas en una de nuestras instituciones educativas de la costa del Atlántico.  Finalizada la presentación del jueves de tarde, un obrero denominacional de este colegio me preguntó si podía hablar conmigo en privado  Lo invité a mi pieza de huéspedes, en donde conversamos por más de una hora.

Tan pronto como se sentó, comenzó: “Realmente deseo creer en Elena de White como profeta del Señor legítima y auténtica”.  Podría decir que por el tono de su voz, él no solamente era profundamente sincero, sino que además estaba seriamente preocupado.

“Bueno”, respondí. “¿Hay algún impedimento para que su deseo se cumpla?”

Sin responder directamente mi pregunta, continuó: “¿No es el cumplimiento de lo predicho una de las pruebas bíblicas de un verdadero profeta?”

“Oh, si”, sonreí.  “cuando solía dar clases de orientación profética en California y Nigeria, examinábamos las cuatro pruebas: (1) las palabras del ‘profeta’ bajo escrutinio deben concordar con las revelaciones inspiradas previas y conocidas, provenientes del Señor (Isaías 8:20); (2) la prueba de los frutos debe aplicarse tanto a la propia vida del profeta como a la de aquellos que siguen al profeta (Mateo 7:16, 20), (3) el profeta debe dar testimonio de que Jesús era el hijo de Dios divino – humano, encarnado (1 Juan 4:1-3); y (4) las predicciones del profeta deben cumplirse.

“Esta última prueba”, le dije a mi interrogador, “se menciona dos veces en el Antiguo Testamento.  Jeremías  (Cap. 28:9) la presenta desde la perspectiva positiva: ‘Cuando se cumpla la palabra del profeta, será conocido como el profeta que Jehová en verdad envió’.  Y Moisés la presenta desde la perspectiva negativa: ‘Si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado; con presunción la habló el tal profeta; no tengas temor de él’ (Deuteronomio 18:22)”.  “También yo pensaba así”, dijo quedamente mi amigo.  Luego prosiguió: “Bien, ¿Qué hacemos entonces con las predicciones de Elena de White que nunca se cumplieron?  Por ejemplo, entiendo que en 1856 ella dijo que en alguna parte se le mostró un grupo de nuestros miembros de iglesia en una reunión.  Dijo que algunos de ellos serían ‘comidas de gusanos’, otros estarían expuestos a las siete últimas plagas, y algunos estarían vivos y serían trasladados en la segunda venida de Cristo.  ¿Está viva todavía algunas de las personas que asistió a esa reunión?”   

“Que yo sepa, no”, contesté.  “El último sobreviviente conocido murió en 1937, a los 83 años de edad.  Su nombre era Guillermo White, y era un bebé en brazos en ese tiempo.  Su madre, Elena de White hizo la predicción.”

“Eso es lo que oído.  Bien, ¿Cómo maneja Ud. el hecho, a la luz de esta prueba bíblica de un profeta, de que su predicción debe cumplirse, y si no resultara así es evidencia de que el Señor no ha hablado mediante él?”

“Lo manejo de la misma manera que con otras profecías no cumplidas de profetas verdaderos que aparecen en la Biblia”, repliqué.  “De paso, trataré esto con más detalle en un momento.  Pero mi política, cuando la gente me hace preguntas acerca del rol profético de Elena de White, es ir primero a la Biblia para ver cómo se resuelve la situación allí, antes de examinar a Elena de White.  Como ve, deseo verla a la luz de la Biblia, no a la inversa.”

Y así comenzamos un estudio de lo más interesante sobre profecías no cumplidas de profetas auténticos y reconocidos en la Biblia.  Probablemente el mejor ejemplo conocido es el de Jonás.

Luego de terminado su recorrido “submarino” en el vientre del gran pez, Jonás fue a Nínive a cumplir con el mandato del Señor.  Nínive era una gran ciudad; a Jonás le tomaría tres días para abarcarla completamente.  Su mensaje fue tanto simple como terminante: “De aquí a cuarenta días Nínive será destruida” (Jonás 3:4).  No se ofreció ninguna esperanza, ningún compromiso, ningún elemento condicional.

Después de dar su mensaje, Jonás salió de la ciudad y encontró un lugar ventajoso desde donde podría presenciar (y saborear) la masacre de los enemigos más odiados de su nación. Jonás despreciaba enojosamente a estas personas, pues lo asirios eran los enemigos paganos más guerreros y temibles.  Cuando ellos capturaban prisioneros de guerra judíos los despellejaban (les quitaban la piel vivos), a fin de arrancar cada onza de trauma que pudieran en la tortura, antes de matar a la victima.  En tales ocasiones, la muerte, cuando llegaba, era una liberación bienvenida y misericordiosa.  Es perfectamente comprensible el hecho de que los judíos no sintieran amor por los ninivitas.

Aunque no había ninguna esperanza explícita en el mensaje de Jonás, los ninivitas (que podrían haber tenido algún conocimiento previo acerca de Jehová al oír de otros profetas judíos, o al leer escritos proféticos judíos), decidieron enmendar sus caminos.  Expresaron su arrepentimiento en la manifestación cultural apropiada para esa época: se cubrieron de cilicio y se sentaron sobre las cenizas.  Dios contempló todo esto, y con amor, y misericordia, les otorgó una postergación de la sentencia.

Mientras tanto, el profeta malhumorado  se estaba poniendo cada vez más enojado en esa situación.  Uno sospechaba que la causa real de esta creciente irritación  no era simplemente su estrecha lealtad judía chauvinista, sino más bien el temor de que la noticia de este nuevo suceso pudiera llegar a Jerusalén antes que él.

Jonás puede haber estado más preocupado acerca de su reputación profesional, como profeta, que acerca de sus 120.000 “conversos”. ¡En lugar de desear que fueran bautizados por agua, deseaban que fuesen incinerados por el fuego!  Quizás tenía miedo de que al regresar a Jerusalén, los niños que juegan en la calles le cantaran por detrás: “Jonás es un falso profeta, Jonás es un falso profeta”.  ¿Por qué?  Porque su predicción no se cumplió.

Resulta de interés que, al hacer una nota de pie de la página de la historia, aprendemos que algunos siglos después de este suceso, los ninivitas se “arrepintieron” de su  arrepentimiento inicial (véase 2 Corintios 7:10), y retornaron a sus caminos anteriores.  Dios, entonces, se “arrepintió” de su perdón, y envió la destrucción advertida originalmente por Jonás.

Pero, ¿fue Jonás confirmado como “verdadero” profeta 200 años ex post facto?  No, de ninguna manera.  Si los ninivitas nunca hubieran sido destruidos posteriormente, Jonás igualmente sería considerado como verdadero profeta, aun cuando su predicción no se haya cumplido.

¿Cómo?  Por el elemento condicional que existe en algunas profecías, sea en forma explícita o implícita.  Un indicio de esto se encuentra tan temprano como en el 950 A.C., cuando el profeta Azarías le indicó al rey Asa:  “Jehová estará con vosotros, si vosotros estuviereis con él; y se le buscareis, será hallado de vosotros , más si le dejareis, el también os dejará” (2 Corintios 15:2).

Más al punto todavía llega el interesante y significativo hecho de que en ambos libros de la Biblia donde se requiere la prueba del cumplimiento, este elemento condicional está declarada también en forma explícita.

Diez capítulos antes de proporcionar la prueba del cumplimiento:

 

   En un instante hablaré  contra pueblos y contra reinos, para arrancar, y derribar, y destruir.  Pero si esos pueblos se convirtieren de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles, y en un instante hablaré  de la gente  y del reino, para edificar y para plantar.  Pero si hiciere lo malo delante mis ojos, no oyendo mi voz, me arrepentiré del bien que había determinado hacerle” (Jeremías 18: 7-10).

 

Moisés también, en Deuteronomio, se refiere repetidas veces al elemento condicional.[137]

Algunos han pensado que ésta era una manera de salvar las apariencias para mantener la reputación profesional de un profeta, frente a las evidencia adversa como el no cumplimiento de predicciones,[138] pero no lo es.  Este es un principio bíblico.  Uno no necesita un nivel avanzado de teología para ser capaz de distinguir qué clases de profecías están sujetas al elemento condicional, y cuáles no.

Podríamos citar a otros ejemplos bíblicos de profecías no cumplidas, dadas por profetas auténticos y legítimos.  La categoría que viene más rápidamente a la mente es la de una multitud de predicciones  hecha por una media docena de profetas del Antiguo Testamento sobre la honra y la gloria nacional de Israel: predicciones acerca de la misión mundial de Israel y la convocación de los gentiles, el reposo eterno en Canaán y la liberación de los enemigos políticos.

Algunas de estas predicciones se cumplieron secundariamente mediante el “Israel espiritual” (la Iglesia Cristiana), y otras pueden cumplirse fundamentalmente para los cristianos, cuando el pecado y los pecadores sean destruidos luego del juicio final.  Pero a pesar de estas excepciones, la mayoría de estas profecías no se cumplieron en los tiempos bíblicos, no se están cumpliendo hoy, y nunca se cumplirán.[139]

¿Decimos entonces que los profetas que hicieron estas predicciones, destacándose Isaías, Jeremías, Ezequiel, Joel, Sofonías y Zacarías, eran falsos profetas? No.  Tampoco decimos, como quienes sostuvieron la teoría del rapto secreto, que estas profecías se cumplirán en nuestro propio tiempo.  Estos últimos expositores verdaderamente han edificado toda teología sobre un malentendido del elemento condicional de la profecía, y proponen como principio un cumplimiento en los último días, a fin de que los escritores del Antiguo Testamento pueden ser confirmados como profetas confiables y auténticos del Señor.[140]

 

 

Un vistazo a la visión sobre la “comida de gusanos”

 

Volvamos ahora a Elena de White y la visión de la “comida de gusanos”, para descubrir los hechos de este caso.  Hacia fines de mayo de 1856, miembros y obreros denominacionales de una iglesia que estaba todavía a cuatro años de adoptar un nombre corporativo, asistieron a una asamblea en Battle Creek.  Los asistentes llegaron a la asamblea desde diversos puntos del este y del medio oeste de los Estados Unidos, y desde Canadá.  La asamblea comenzó el viernes 23 de mayo por la tarde, y finalizó el lunes 26 de mayo.  Durante el sábado, la asistencia fue tan grande, que fue necesario dejar la modesta capilla que entonces servía a los adventistas, e ir por la calle hasta una gran carpa levantada para alojar a la multitud.

En la mañana del martes 27 de mayo se llevó a cabo otro encuentro, esta vez detrás de la capilla, al cual asistieron mayormente obreros que todavía estaban en Battle Creek.  Fue en esta ocasión que la Sra. White entró en visión, y le fueron mostrados algunos de los que habían asistidos a la asamblea del 23-26 de mayo.

El informe de esta visión se encuentra en Testimonies for the Church, tomo1, páginas 127-137, que aún es publicado por la iglesia, aunque algunos críticos sostienen que ésta intenta esconder las predicciones no cumplidas de la Sra. White.

A propósito, cierto número de personas interesadas compilaron listas en forma cuidadosa de los nombres que asistieron a la asamblea.  Algunas de estas listas se conservan todavía en el Patrimonio Elena de White, en las oficinas de la Asociación General.  Estas circularon activamente entre los adventistas de los primeros días, J. N. Loughborough cuenta, en una carta escrita en 1918, acerca de dos pastores, un “Hno. Nelson” y Jorge Amadon, quienes en 1905 llevaron una de esas listas a Elena de White para ver si ella podía añadir algunos nombres que ellos habían olvidado.

Se registra que la Sra. White les dijo: “¿Qué están haciendo?” Y cuando se les explicó el propósito de la lista –mostrar la cercanía de la venida de Jesús, puesto que muy poco de los asistentes todavía vivían- la Sra. White preguntó que uso se le daría a la lista.  El hno. Nelson respondió: “Voy a hacer imprimir copias y las enviaré a todo nuestro pueblo”.

La contestación inmediata de la Sra. White fue: “Entonces deténgase justo donde está.  Si ellos obtienen esa lista, en lugar de trabajar para dar avance al mensaje, estarán examinando la ‘Review’ cada semana para quien ha muerto”.  Loughborough, al relatar la historia, concluyó con la observación de que Elena de White objetó el uso de este hecho como una “señal de los tiempos”.[141] Ella, obviamente, reconoció el elemento condicional de la visión, y el hecho de que la Iglesia Adventista del séptimo Día no lo había identificado.

¿Fue explicado el elemento condicional en el testimonio del ángel a Elena de White en la visión de 1856? No.  Pero tampoco lo fue en el testimonio de Jonás, cuando caminó tres días a través de aquella ciudad “grande en extremo”, Nínive.  En ambos casos, no obstante, el elemento condicional estaba explícito.

Desde tan temprano como 1850, hasta tan tarde como 1911,[142] los escritos de Elena de White reiteradamente sugieren que si la Iglesia Adventista del Séptimo Día hubiera hecho su trabajo, “se habría completado la obra y Cristo habría venido”.[143]

Elemento condicional es expuesto en algunas profecías, tanto en la Biblia como en los escritos de Elena de White.  Aceptarlo en uno o rechazarlo en otro es inconsecuente e irracional.

En verdad, hay algunas profecías dadas por profetas bíblicos auténticos y legítimos que no se cumplieron, pero la existencia de tales profecías no necesariamente desacreditada al profeta que las hizo.  En los escrito de Elena de White también hay profecías no cumplidas, y la iglesia nunca ha negado (ni ha tratado de esconder) este hecho al público.  Quienes estudian los escritos proféticos no debieran pedir más de Elena de White de lo que pedirían de los profetas bíblicos.

 

 

Errores sin trascendencia en detalle menores

 

   En los escritos inspirados, antiguos y modernos, hay errores sin trascendencia de detalles menores e insignificantes.  Esto es verdad con respecto a la Biblia, así como también con respecto a los escritos de Elena de White.  Estos errores (en verdad todos ellos juntos) no afectan a la conducción de la iglesia de Dios, al destino eterno de una sola alma, ni a la pureza de ninguna doctrina.  Que el Espíritu Santo podría haber corregido estas pequeñas equivocaciones, uno no lo puede poner seriamente en duda.  El, obviamente, decidió no hacerlo, probablemente porque el error no era vital en cuanto al mensaje o al propósito de la inspiración.

   Consideremos primero la Biblia.  Tal como señalamos en el capítulo 1, el escritor del primer evangelio nos informa (en Mateo 27:9, 10) de una profecía mesiánica escrita siglos antes del nacimiento de Cristo, que declaraba que Cristo sería traicionado por treinta piezas de plata.  Mateo le atribuye esa profecía a Jeremías.

   Mateo se equivocó.  El escritor no era Jeremías, sino Zacarías (Cap. 11:12, 13).

   También señalamos las leves discrepancias entre los escritores de los cuatro evangelios con respecto a la fraseología exacta del escrito redactado por Pilato y colocado en la cruz por sobre la cabeza de Cristo.  Mateo hace una lista de los milagros de Cristo en un orden diferentes al de Lucas, aún cuando ambos escritores emplean las diferentes maneras el Sermón del Monte –Mateo como el bosquejo de un sermón, y Lucas como una herramienta evangelística, para demostrar las verdades enseñadas por Jesús.

   Podría también mencionarse el hecho de que en Números 10:29 se presenta a Hobab como el cuñado de Moisés, en tanto que en Jueces 4:11 se lo identifica como el suegro.  El autor de 1 Samuel 16:10 y 11 identifica a David como el octavo hijo de Isaí, mientras que el autor de 1 Crónicas 2:15 dice que David era el séptimo hijo.  Lucas 3:36 menciona a Cainán  en la genealogía de Jesús, un personaje que no se lo menciona en Génesis 11:12.  La consideración que hace Pablo de la rectificación del primer pacto en Hebreos 9:19 no está totalmente en armonía con la de Éxodo 24:3-8.

   No hemos agotado la lista de errores sin trascendencia en detalles menores e insignificantes.  El punto que destacamos aquí es simplemente que el “tesoro” de las buenas nuevas de Dios es transmitido a la humanidad en “vasos de barro”, y que estos vasos de barro –el envase—contienen equivocaciones, errores, discrepancias, llámeselos como Ud. desee, que de ninguna manera niegan la inspiración divina del material ni la autoridad divina que hay detrás de los mensajes.

   Elena de White está en la misma tradición que los escritores bíblicos.  En sus escritos también afloran aquí y allá los mismos tipos de errores que se encuentran en la Escritura.  Algunos fueron mencionados en la introducción de este capítulo.  Otros podrían ser citados también.

   Precisamente después del comienzo de este siglo un obrero en California del Sur intentaba justificar la pérdida de confianza en la inspiración de los Testimonios debido a la inconsecuencia de una carta de Elena de White.  Es esta carta la Sra. White de las cuarenta habitaciones del Paradise Valley Sanitarium [Sanatorio Valle del Paraíso] cerca de San Diego, y en realidad había treinta y ocho habitaciones.  El hombre aparentemente creía que si hubiera cualquier imprecisión de detalles en cualquiera de los escritos de aquel que pretende tener la inspiración profética, tal imprecisión negaría la pretensión, y su confianza en Elena de White se vio seriamente perjudicada.

   En respuesta a esto Elena de White comentó:

 

La información dada concerniente al número de habitaciones del Sanatorio Valle del Paraíso fue proporcionada no como una revelación del Señor, sino simplemente como una opinión humana.  Nunca se me ha revelado el número exacto de habitaciones de cualquiera de nuestros sanatorios; y el conocimiento que he obtenido de tales cosas lo he adquirido preguntando a aquellos que se suponen que saben...

Hay ocasiones en que deben mencionarse cosas comunes, deben ocupar la mente pensamientos comunes, deben escribirse cartas comunes  y dar información que ha pasado de un obrero a otro.  Tales palabras, tal información, no son dadas bajo la especial inspiración del Espíritu de Dios.[144]

 

El 14 de junio de 1906 Elena de White le escribió una carta a un hermano de iglesia que le había escrito a ella anteriormente en cuanto a la inspiración de los Testimonios:

 

   En su carta, Ud. habla de que fue instruido desde niño en tener fe implícita en los testimonios, y dice: “fui inducido a concluir y creer con toda firmeza que cada palabra que Ud. habló en público o en privado, que cada carta que Ud. escribió en cualquier circunstancia, y en todas ellas, fueron tan inspiradas como los diez mandamientos”.

   Mi hermano, Ud. ha estudiado mis escritos diligentemente, y nunca ha encontrado que yo haya pretendido algo semejante, ni tampoco encontrará que los pioneros de nuestra causa jamás pretendieron eso.[145]

 

   Cuando la Sra. White escribió acerca de la matanza de San Bartolomé en la edición de 1888 en El conflicto de los siglos, mencionó de paso que fue el repique de la campana del palacio del rey Carlos IX de París lo que constituyó una señal para comenzar la destrucción injustificada que costó  las vidas de decenas de miles de miles de hugonotes protestantes franceses el 24 de agosto de 1572.

   Luego de que el libro estaba en impresión alguien cuestionó la exactitud de la declaración, sugiriendo en su lugar que pudo haber sido la campana de la iglesia de San Germán cruzando la calle del palacio.  Aún otro dijo no, fue la campana del Palacio de Justicia a la vuelta de la esquina del palacio real.

   En la edición revisada de 1911, Elena de White redactó nuevamente la declaración para que diga simplemente: “El tañido de una campana, resonando a medianoche, dio la señal de degüello”.[146]  El asunto no era la identidad de la campana; fueron los sucesos de aquella noche los que eran importantes.

   La equivocación de Mateo al atribuir la profecía mesiánica de las treinta piezas de plata a una fuente equivocada (Jeremías en lugar de Zacarías) fue repetida por Elena de White en un artículo de la Review and Herald faltando menos de dos años para su muerte.  Ella escribió: “‘El amor de Cristo nos constriñe’, declaró el apóstol Pedro”.[147] Ella estaba citando, por supuesto, 2 Corintios 5:14, y la atribución debiera haber sido para Pablo, no Pedro.

   Las fechas presentan problemas especiales.  En dos de sus libros publicados[148] la Sra. White menciona que se encontró con su esposo Jaime en Wallings Mills, Colorado, el “lunes 8 de agosto” de 1878.  Este obviamente fue un error de pluma, pues en ese año el lunes cayó en el 5 de agosto, no en el 8.

   Hay otro problema con las fechas de una seriedad mayor, el cual es malentendido por algunos, y considerado por un crítico como un argumento imbatible para disminuir la naturaleza y la calidad de inspiración de Elena de White.

   En una postdata de tomo 2 de Spiritual Gifts [Dones espirituales], Elena de White escribió esta declaración y apelación bastante inusual: “Se solicita en forma especial que si alguno encuentra declaraciones incorrectas en este libro me informa inmediatamente.  La edición será completada alrededor del primero de octubre; por la tanto envíelas antes de esa fecha”.[149]

   “¿Puede Ud. imaginar, -exclama algún crítico- al apóstol Pablo colocando una postdata en una de sus epístolas, diciendo a los miembros de esa iglesia que si encuentran algo equivocado en la epístola se lo hagan saber por escrito antes de que se la imprima y se las envíe a todas las iglesias?”

   ¿Cómo debería entenderse esta inusual declaración?

   En primer lugar, el tomo 2 de Spiritual Gifs [Dones Espirituales] era un relato autobiográfico de las experiencias de Jaime y Elena de White desde 1844 hasta 1860.  El doble propósito al escribir esta obra estaba explicitado en el prefacio del libro [y por lo tanto muy probablemente haya sido pasado por alto por el crítico; aparentemente muy pocas personas leen el prefacio de cualquier libro):

   a.  Elena de White simplemente procuraba rebatir las acusaciones hechas por el mormonismo, especialmente en el “oeste”.  En marzo de 1860 cierto hombre de Knoxville, Iowa, decía haber conocido a Jaime y Elena de White veinte años antes cuando presuntamente eran dirigentes de la colonia mormona de Nauvoo en Illinois.  (Veinte años antes Elena de White era una jovencita soltera de 12 años; ella llegaría a conocer a Jaime recién cinco años más tarde).

   b.  Elena de White procuraba también afirmar la fe de los creyentes.  Desde 1844 había transcurrido unos dieciséis años.  Ahora había fruto evidente en la vida de otros y también en la vida de Jaime y Elena de White.  Las últimas diez páginas de esta obra especial están llenas de testimonios personales de diferentes creyentes adventistas sobre la exactitud de las declaraciones hechas en el texto en cuanto a su condición física en visión, su reestablecimiento de la enfermedad, y la naturaleza de las herejías que encontraron los esposos White al comienzo, aparte de la refutación de calumnias hechas contra el liderazgo.[150]

   A lo largo del prefacio, además, se encuentra este indicio que explica la solicitud bastante extraña de informar sobre “declaraciones incorrectas”:

 

   Al preparar las siguientes páginas he trabajado bajo grandes desventajas, puesto que en muchos casos he tenido que depender de la memoria, no habiendo conservado un diario sino hasta pasados algunos años.  En algunos casos he enviado los manuscritos a amigos que estaban presentes cuando sucedieron los hechos relatados a fin de que los examinen antes de imprimirlos.  He tenido gran cuidado, y he empleado mucho tiempo en procura de manifestar los simples hechos correctamente como fuese posible.[151]

 

   Al escribir este relato biográfico, la Sra. White contó en gran parte con las fechas de cartas recuperadas de la familia Stockbridge Howland de Topsham, Maine.  Ellos habían cuidado a su hijo Henry durante cinco años mientras Elena viajaba con su esposo Jaime.  Elena les había escrito frecuentemente a los Howland mientras ella y su esposo iban de un lugar a otro.

   Una posible evidencia de que la extraña solicitud haya dado frutos es el hecho de que se alteraron dos fechas que aparecían en el tomo 2 de Spiritual Gifts de relatos históricos paralelos de la pluma de la Sra. White en publicaciones posteriores:

   En el primer relato de la serie inicial de conferencias proféticas de Guillermo Miller en Pórtland, Maine, la fecha dada es simplemente 1839, y la fecha de la segunda serie fue dada simplemente como 1841.[152]

   Un relato paralelo, sin embargo, corrige las fechas de la primera serie a marzo de 1840,[153] y la segunda serie para junio de 1842.[154] En estos relatos posteriores se preserva el espacio de dos años, pero las fechas se ajustan en un año en cada caso.

   ¡Elena de White ciertamente no estaba solicitando a ningún lector que corrija algún mensaje que ella haya recibido por parte del Señor! Por lo tanto es incorrecto dar esa impresión, tal como lo han hecho algunos críticos.

   Quizás baste un ejemplo más en cuanto a las imperfecciones de los “vasos de barro” como “envoltorio” del mensaje profético, para mostrar que Elena de White (al igual que los escritores bíblicos que le precedieron) era totalmente humana y estaba sujeta a simples errores que el Espíritu  Santo nunca se tomó la molestia de corregir (aunque fácilmente podría haberlo hecho).

   Elena de White mantuvo correspondencia con un colportor llamado Walter Harper, por más de veinte años.  En una carta ella le pedía prestado mil dólares, ofreciéndole del cuatro al cinco por ciento de interés por el período del préstamo[155] (al par que los bancos de aquella época estaba ofreciendo solamente del tres al cuatro por ciento; esto es una evidencia más contra la acusación de “explotación”).

   El 9 de noviembre de 1906, la Sra. White le escribió una carta al Hno. Harper en un estado de gran agitación.  Su preocupación y desconcierto son del todo evidentes, se escurren en casi cada línea de página.

   Harper había escrito solicitando la copia de un testimonio que Elena de White originalmente había enviado al Presidente de la Asociación General, George I. Butler que aparentemente ya era bien conocido en el campo.  No era raro que estos tipos de cartas cuasi-públicas circularan libremente entre los miembros de las iglesia en general, durante esa época.

   Después que la carta había sido despachada, la Sra White ¡descubrió para su consternación que había enviado la carta equivocada! Al escribirle al colportor Harper, ella le recuerda en primer lugar que lo que le enviaba era “mi especial propiedad personal”, solicitándole luego su devolución inmediata, e indicándole que no haga de conocimiento público el asunto y que si lo había visto otras personas, se les debiera comunicar la importancia de la confidencialidad.

   Ella concluye indicándole al Hno. Harper que tampoco haga una copia de la carta antes de devolvérsela, porque ahora tenía la carta que originalmente había intentado enviarle.

   Aunque obviamente estaba perturbada por la equivocación, ella no vaciló en hablar de “lo hecho equivocadamente”, admitiendo (como lo hizo siempre que se le preguntó en forma directa) que era humana, y que estaba sujeta a las flaquezas de la naturaleza humana.[156]

   La “mayor seguridad” de la inspiración no alcanza a excluir (como sugiere equivocadamente la teoría de la “camisa de fuerza”) la posibilidad de que el profeta cometa errores secundarios.  Unicamente cuando dichos errores afecten (a) la dirección de la iglesia de Dios, (b) el destino eterno de un alma, o (c) la pureza de una doctrina, el Espíritu santo intervendría para remediar la situación en forma inmediata mediante el profeta, de modo tal que no se produzca ningún daño permanente.

 

 

Asuntos de importancia menor

 

   En algunas ocasiones, los profetas antiguos y modernos cometieron equivocaciones mayores que requirieron la corrección inmediata del Espíritu Santo.  Probablemente el ejemplo más destacado en las Escrituras sea el incidente registrado en 2 Samuel 7 y 1 Crónicas 17.[157]

   Un día, el rey David llamó a Natán, un profeta literario no canónico (sobre quien se habla más en el tercer capítulo), para manifestarle su preocupación por la falta de un edificio apropiado que albergue el arca del pacto y los demás enseres  del enseres del ritual judío, los cuales se remontaban al Sinaí y a la tienda del tabernáculo mosaico.

   En lo que probablemente fuera un gesto generoso, David sugirió que se construya un edificio apropiado, en especial porque ahora el rey mismo vivía en un suntuoso palacio.  Quizás indicó que este edificio, digno de la adoración de Jehová, debía de ser de tal escala de magnificencia, que cualquier gentil que viajara dentro de los cien kilómetros en torno a Jerusalén se desviara para ver esta maravilla del mundo antiguo.

   Pensando quizás en el tremendo costo del edificio tal, y posiblemente con algunos presentimientos acerca de la posibilidad de que se le pida salir para dirigir una campaña para levantar fondos, Natán demostró cierta resistencia.  Y muy posiblemente sintiendo esta resistencia, David sugirió además que él, el rey, pagaría todos los gastos con su tesoro real.

   De cualquier forma, Natán ahora se llegó a entusiasmar tanto como el monarca, y dio su aprobación incondicional al proyecto.

   Esa noche, cuando Natán regresó a su hogar, Dios vino a él y le dijo, efectivamente, que no había presentado acertadamente la voluntad de Jehová al poner el sello profético sobre la propuesta del rey.  Natán debiera haber consultado con la “oficina central” antes de aprobar el proyecto.

   Se le indicó que retornara al rey al día siguiente, y le dijera que Dios apreciaba la generosidad que había motivado un plan tan magnífico, pero que no era la voluntad de Dios que David edificase el templo.  Este, en cambio, sería de Salomón, pues David había sido un hombre de guerra, un hombre de matanzas.

   David podría dibujar los planos y los detalles, podría emplear a los contratistas y artesanos, e incluso podría suministrar el dinero para el pago de todo esto.  Pero el templo sería de Salomón, no de David.

   Probablemente un poco avergonzado, Natán valientemente fue otra vez al rey al día siguiente, para informarle sobre las modificaciones celestiales del plan real.  Y David, “un varón conforme a su corazón” (al de Dios), consintió y dijo: “Así sea”.  Y así fue.

   En los tiempos modernos, el profeta más reciente del cual hay registro, Elena de White, tuvo algunas experiencias en las que tomó posiciones contrarias a la voluntad de Dios, y la situación resultó lo suficientemente seria como para que Dios intervenga para corregir el asunto, obrando nuevamente mediante el profeta para concretar ese fin.

   Uno de esos incidentes fue la resolución del problema del horario adecuado para comenzar la observancia del sábado.[158] Los adventistas del séptimo día originalmente aprendieron sobre la observancia del sábado  mediante la obra de adherentes bautistas del séptimo día, quienes lo observaban desde la puesta del sol del viernes hasta la puesta del sol del sábado.  Algunos adventistas del séptimo día siguieron el ejemplo de los bautistas del séptimo día con respecto a esta observancia de puesta de sol a puesta de sol.

   Los adventistas del séptimo día adoptaron también otras tres posiciones: (1) Algunos, en Maine, defendían la observancia desde la salida del sol del sábado hasta la salida del sol del domingo, basados en una interpretación equivocada de Mateo 28:1 (“pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana,...”). (2) Otros “legalistas” bregaron por una hora “oficial”: de medianoche a medianoche . (3) Y el tercer grupo favorecía  una “hora ecuatorial”.  En el Ecuador, el sol sale diariamente a las 6 a.m., y se pone a las 6 p.m. El capitán  José Bates era el líder de este grupo, y tenía un fuerte apoyo en su posición de parte de Jaime y Elena White.

   Después de relativamente poco tiempo no se tuvo cuidado del grupo de la salida del sol, pues en una ocasión en que Elena de White estaba en visión, oyó el ángel citar Levítico 23:22: “De tarde a tarde guardaréis  vuestro reposo”.  Sin embargo, la mayoría de los adventistas del séptimo día continuaron observando la hora ecuatorial.

   En el verano de 1855, Jaime White le pidió a John Nevins Andrews, uno de nuestros primeros eruditos, que investigara sobre el asunto.  Sus conclusiones fueron presentadas a la asamblea de la Asociación General en Battle Creek, en noviembre de ese año.  Sobre la base de nueve texto del Antiguo Testamento, Andrews demostró que, en cuanto al propósito de la discusión inmediata, “tarde” y “atardecer” eran sinónimos de puesta de sol.

   Casi todos los que asistieron a la asamblea aceptaron la conclusión de Andrews.  Pero el formidable capitán Bates se aferró a su teoría de la hora ecuatorial.  Y Elena de White (que aprendió por primera vez del sábado mediante Bates) se puso del lado de su maestro.  De este modo, la reunión terminó dividida y en confusión.

   Dios intervino rápidamente.  A medida que esta asamblea de la Asociación General se acercaba a su fin, los asistentes se unieron en un período de oración por la prosperidad de la causa, y durante este encuentro de oración Elena de White fue tomada en visión, y se le mostró que la de la puesta del sol era la hora apropiada para comenzar la observancia del sábado.  Casi todos aceptaron la luz del cielo, y nuevamente el don espiritual de profecía dio su fruto de unidad.

   Para cado uno de los que estaban en la reunión resultó claro que era Dios quien estaba hablando y dirigiendo, pues Elena de White no estaba repitiendo simplemente las ideas personales que había mantenido anteriormente.  Y nuevamente, la operación del espíritu de profecía en la vida y obra de la iglesia, quedó ilustrada en esta experiencia.  El don de profecía nunca fue dado para iniciar, sino más bien para confirmar y corroborar si los miembros de iglesia estaban encaminados en la dirección correcta sobre la base del estudio de la Biblia, o para corregir  y volver a encauzar si es que había ido tan lejos como podían, y estaban en la dirección equivocada.

   Otro incidente en el que Elena de White tuvo que cambiar completamente una posición previa, tuvo que ver con la propuesta de cerrar la Asociación Publicadora del Sur [Southem Publishing Association] en 1902.[159]

   En 1900, Elena de White regresó de Australia después de nueve años de servicio, y se estableció en el Valle Napa, en una propiedad llamada “Elmshaven”, cerca de Santa Elena, California.  En 1901 partió temprano para asistir a la asamblea de la Asociación General que empezaría el 2 de abril en Battle Creek, viajando vía Nashville, Tennessee, donde su hijo Edson habían iniciado un proyecto privado de publicaciones.  Aquella fue una operación de escasos recursos.  Al principio, la imprenta estuvo ubicado en el granero-gallinero, y más tarde fue reubicada en la ciudad, en marzo de 1900.

   Durante el día en que se inició la asamblea de la Asociación General, Elena de White escribió “Un llamado a favor de la obra en el sur” [An Appeal for the Southem Work]. Allí hablaba de la necesidad de escuelas, sanatorios, y una casa publicadora en donde pudiera producirse libros para uso de los obreros denominacionales en el sur.  Hablaba de las limitadas operaciones de Edson, e instaba a los hermanos a encargarse de ellas, en vista de que se necesitaba un edificio más grande para el tipo de programa que ella tenía en mente.

   Este consejo de establecer y equipar una casa publicadora grande, fue una de las perplejidades que confrontó Arturo G. Daniells, el recientemente electo presidente de la Asociación General.  La iglesia ya tenía dos arriesgadas empresas publicadoras, una en Battle Creek y otra en Oakland, California.  Ambas estaban en “crisis aguda”, porque en ese tiempo había poca demanda de nuestra literatura (en el campo había solamente unos pocos colportores, y estaban teniendo un éxito de término medio).  Ambas casa publicadoras, efectivamente, estaban tomando una cantidad importante de pedidos de literatura comercial no adventista, para mantener la solvencia.

   La comisión de la Asociación General creyó que no era el momento oportuno para encargarse de una tercera casa, cuando las otras dos apenas estaban funcionando medio tiempo, y que una decisión de ese tipo sólo serviría para precipitar  más aún hacia la obra comercial a las tres casas.

   Pero Daniells tenía absoluta confianza en las visiones de Elena de White, pues había trabajado con ella en Australia en la década de 1980, y persuadió a la comisión a que ratificara el plan celestial.

   Luego, la Sra. White complicó más todavía la situación para los líderes de la iglesia, instando a que suspenda completamente toda obra comercial en nuestras casa publicadoras.  Esto significaría tener que detener la mitad de las imprentas y despedir la mitad de los empleados, y algunos miembros de la comisión comenzaron a preguntar en alta voz si la profeta (de setenta y cuatro años en ese entonces) no estaría padeciendo senilidad.  Algunos inclusos pensaron que los mensajes sobre la obra de publicaciones no eran realmente inspirados por Dios.

   Hacia el fin de ese año, Daniells fue a Nashville para el primer encuentro anual de la junta administrativa de la Asociación Publicadora del Sur, sólo para descubrir que durante el primer año de funcionamiento la casa había perdido 12.000 dólares, el  equivalente al capital original invertido en la empresa.  Se le había asegurado que ahora estaba saliendo del apuro, pero la final del segundo año y al final del tercero, la plata seguía perdiendo normalmente 1.000 dólares por mes.

   Se nombró una junta examinadora, la cual visitó Nashville, y regresó con la recomendación de que se venda el equipo de imprenta a un chatarrero (la maquinaria era de segunda mano y estaba estropeada cuando se la compró, y temía que explote la caldera en cualquier momento), y que la casa “publicadora” sea reducida a un depósito para almacenar temporalmente los libros impresos por las otras dos plantas, hasta que los necesiten los colportores.

   La junta de la Asociación General le dio una prórroga más a su profeta, y envió una pequeña delegación a Elmshaven para presentar a la Sra. White los hechos indiscutibles y recibir (eso esperaban) su aprobación del plan, improvisado para salvar la nueva casa publicadora.

   Reunidos con Daniells y Elena de White estaban: W. T. Knox, presidente de la recién organizada Asociación Unión del Pacífico [Pacific Unión Conference], quien en 1909 sería electo tesorero de la Asociación General; W. C. White, hijo de la profeta, compañero de sus viajes y confidente; A. T. Jones, presidente de la Asociación California [California Conference], quién más tarde desertaría y se uniría a John Harvey Kellog en Battle Creek, contra el consejo de Elena de White; J. O. Corliss, pastor de California en ese entonces, el cual había abierto la obra en Australia con la profeta y Daniells; E. R. Palmer, secretario de la Asociación General; y Clarence Crisler, primeramente secretario particular de Daniells, y ahora taquígrafo de Elena de White.

   Elena de White escuchó en silencio la trágica letanía de fracaso que informaban los hermanos.  Estaba profundamente afligida y perpleja, en parte sin duda porque era su hijo quien había iniciado el programa, y porque ella había dado su respaldo para que la denominación se encargue de éste en un programa de extensión.

   Probablemente los miembros de la junta le hayan recordado su consejo publicado recientemente:

  

   A medida que se establezcan escuelas iglesias, el pueblo de Dios recibirá una valiosa educación al aprender a dirigirlas con éxito financiero.  Si esto no puede hacerse, ciérrese la escuela hasta que, con la ayuda de Dios, puedan idearse planes para sostenerlas sin que pese sobre ella el oprobio de las deudas...  Debemos esquivar las deudas como esquivaríamos la lepra.[160]

  

   La Sra. White finalmente habló.  Ella estaba de acuerdo con que la casa publicadora debía consolidarse sobre una base financiera sólida.  “Si no se puede, sería mejor que se la cierre.” Presionada por una solución que no tenía, La Sra. White admitió finalmente que la casa publicadora debía transformarse en un depósito.

   Fortalecido por Crisler, con una copia en su bolsillo de las palabras pronunciadas por la Sra. White, Daniells, con gran alivio, abordó en tren para Battle Creek.  A su regreso convocó inmediatamente la junta de la Asociación General a una asamblea, y rápidamente votaron la cesación de la existencia de la casa publicadora como tal.  Luego volvieron su atención hacia otras preocupaciones más apremiantes.

   Algunos días después explotó una bomba: una carta de la Sra. White.  Ahora ella aconsejaba no cerrar las operaciones de la imprenta de Nashville, sino más bien recomendaba que los hermanos laicos trazaran planes para evitar mayor endeudamiento, y que avanzaran por fe.  Si se seguía el consejo del Señor, El daría el éxito.  Algo perturbada, indudablemente, ella dijo que la indicación que había dado a la junta de hermanos que la visitaron, estaba equivocada.  Esa misma noche, después del encuentro, el Señor le había dado una visión mostrándole que estaba equivocada, y diciéndole cuál era el curso que realmente debía seguirse.

   El 20 de octubre, el día siguiente a la reunión de la junta realizada bajo la sombra dl gran cedro de Elmshaven, Elena de White le escribió a A. G. Daniells:

 

   Anoche me pareció estar en la sala de operaciones de un gran hospital, al cual se llevaba personas, y se preparaban instrumentos para cortar sus miembros con gran premura.  Vino uno que parecía tener autoridad, y dijo a los médicos: “¿Es necesario traer a estas personas a esta sala?” Mirando compasivamente a los dolientes, dijo: “No amputéis nunca un miembro hasta que se haya hecho