La comprensión de Elena de White de cómo se relacionan sus escritos con las Sagradas Escrituras

 

Tema 1. De El conflicto de los siglos, páginas 9-13.

 

En su Palabra, Dios comunicó a los hombres el conocimiento necesario para la salvación.  Las Santas Escrituras deben ser aceptadas como dotadas de autoridad absoluta y como revelación infalible de su voluntad.  Constituyen la regla del carácter; nos revelan doctrinas, y son la piedra de toque de la experiencia religiosa.  "Toda la Escritura es inspirada por Dios; y es útil para enseñanza, para reprensión, para corrección, para instrucción en justicia; a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, estando cumplidamente instruido para toda obra buena." (2 Timoteo 3: 16, 17, V.M.)

La circunstancia de haber revelado Dios su voluntad a los hombres por su Palabra, no anuló la necesidad que tienen ellos de la continua presencia y dirección del Espíritu Santo.  Por el contrario, el Salvador prometió que el Espíritu facilitaría a sus siervos la inteligencia de la Palabra; que iluminaría y daría aplicación a sus enseñanzas.  Y como el Espíritu de Dios fue quien inspiró la Biblia, resulta imposible que las enseñanzas del Espíritu estén jamás en pugna con las de la Palabra.

El Espíritu no fue dado -ni puede jamás ser otorgado- para invalidar la Biblia; pues las Escrituras declaran explícitamente que la Palabra de Dios es la regla por la cual toda enseñanza y toda manifestación religiosa debe ser probada.  El apóstol Juan dice: "No creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo." (1 S. Juan 4: 5, V.M.) E Isaías declara: "¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido." (Isaías 8: 20.)

Muchos cargos se han levantado contra la obra del Espíritu Santo por los errores de una clase de personas que, pretendiendo ser iluminadas por éste, aseguran no tener más necesidad de ser guiadas por la Palabra de Dios.  En realidad están dominadas por impresiones que consideran como voz de Dios en el alma.  Pero el espíritu que las dirige no es el Espíritu de Dios.  El principio que induce a abandonarse a impresiones y a descuidar las Santas Escrituras, sólo puede conducir a la confusión, al engaño y a la ruina.  Sólo sirve para fomentar los designios del maligno.  Y como el ministerio del Espíritu Santo es de importancia vital para la iglesia de Cristo, una de las tretas de Satanás consiste precisamente en arrojar oprobio sobre la obra del Espíritu por medio de los errores de los extremistas y fanáticos, y en hacer que el pueblo de Dios descuide esta fuente de fuerza que nuestro Señor nos ha asegurado.

Según la Palabra de Dios, el Espíritu Santo debía continuar su obra por todo el período de la dispensación cristiana.  Durante las épocas en que las Escrituras tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento eran entregadas a la circulación, el Espíritu Santo no dejó de comunicar luz a individualidades aisladas, amén de las revelaciones que debían ser incorporadas en el Sagrado Canon.  La Biblia misma da cuenta de cómo, por intermedio del Espíritu Santo, ciertos hombres recibieron advertencias, censuras, consejos e instrucción que no se referían en nada a lo dado en las Escrituras.

También habla de profetas que vivieron en diferentes épocas, pero sin hacer mención alguna de sus declaraciones.  Asimismo, una vez cerrado el canon de las Escrituras, el Espíritu Santo debía llevar adelante su obra de esclarecimiento, de amonestación y consuelo en bien de los hijos de Dios.

Jesús prometió a sus discípulos "el Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho." "Cuando viniere aquel Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad; . . . y os hará saber las cosas que han de venir." (S. Juan 14: 26; 16: 13.)  Las Sagradas Escrituras enseñan claramente que estas promesas, lejos de limitarse a los días apostólicos, se extienden a la iglesia de Cristo en todas las edades.  El Salvador asegura a los discípulos: "Estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo." (S. Mateo 28: 20.) San Pablo declara que los dones y manifestaciones del Espíritu fueron dados a la iglesia "para el perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo: hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo." (Efesios 4: 12, 13, V.M.)

En favor de los creyentes de Efeso, el apóstol rogó así: "Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él; siendo iluminados los ojos de vuestro entendimiento, para que conozcáis cuál sea la esperanza de vuestra vocación, . . . y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros que creemos." (Efesios 1: 17-19, V.M.) Que el ministerio del Espíritu divino iluminara el entendimiento y revelara a la mente las cosas profundas de la santa Palabra de Dios, tal era la bendición que San Pablo pedía para la iglesia de Efeso.

Después de la maravillosa manifestación del Espíritu Santo, el día de Pentecostés, San Pedro exhortó al pueblo al arrepentimiento y a que se bautizara en el nombre de Cristo, para la remisión de sus pecados; y dijo: "Recibiréis el don del Espíritu Santo.  Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare." (Hechos 2: 38,39.)

El Señor anunció por boca del profeta Joel que una manifestación especial de su Espíritu se realizaría en el tiempo que precedería inmediatamente a las escenas del gran día de Dios. (Joel 2: 28.) Esta profecía se cumplió parcialmente con el derramamiento del Espíritu Santo, el día de Pentecostés; pero alcanzará su cumplimiento completo en las manifestaciones de la gracia divina que han de acompañar la obra final del Evangelio.

 

Tema 2. De Mensajes selectos, tomo 3, páginas 32-35.

 

LA PRIMACÍA DE LA BIBLIA

Relación de los escritos de E. G. de White con la Biblia, reconociéndola como el Libro supremo.- Recomiendo al amable lector la Palabra de Dios como regla de fe y práctica. Por esa Palabra hemos de ser juzgados. En ella Dios ha prometido dar visiones en los "postreros días", no para tener una nueva norma de fe, sino para consolar a su pueblo y para corregir a los que se apartan de la verdad bíblica. Así obró Dios con Pedro cuando estaba por enviarlo a predicar a los gentiles (A Sketch of the Christian Experience and Views of Ellen G. White,  p. 64, [PE, 78]).

No ha de tomar el lugar de la Palabra.- El Señor desea que estudiéis vuestras Biblias. El no ha dado ninguna luz adicional para tomar el lugar de la Palabra. Esta luz se da con el propósito de concentrar en su Palabra las mentes confundidas, y si se asimila y digiere es la sangre y la vida del alma. Entonces se verán buenas obras cuando la luz brilla en las tinieblas (Carta 130, 1901).

Adquirir las pruebas de la Biblia.- En el trabajo público no hagáis prominente ni citéis lo que la Hna. White ha escrito, como autoridad para sostener vuestra posición. El hacer esto no aumentará la fe en los Testimonios. Presentad vuestras evidencias en forma clara y sencilla, extrayéndolas de la Palabra de Dios. Un "así dice el Señor" es el testimonio más poderoso que podéis presentar  a la gente. Que nadie sea educado a mirar a la Hna. White, sino a Dios poderoso que da las instrucciones a la Hna. White (Carta 11, 1894).

En primer lugar los principios bíblicos, y luego los Testimonios.- Es mi primer deber presentar los principios bíblicos. Entonces, a menos que haya una reforma decidida y concienzuda que se note en aquellos cuyos casos me han sido presentados, debo exhortarlos personalmente (Carta 69, 1896).

La obra de E. G. de White no es distinta que la de los profetas bíblicos.- En los tiempos antiguos habló a los hombres por boca de los profetas y apóstoles. En estos días él les habla por los testimonios de su Espíritu. Nunca hubo un tiempo en que Dios instruyera a su pueblo más fervientemente de lo que lo instruye ahora acerca de su voluntad y de la conducta que quiere que sigan (Testimonies, t. 5, p. 661 [2JT 276]).

La Escritura y el espíritu de profecía tienen el mismo autor.- El Espíritu Santo es el autor de las Escrituras y también del espíritu de profecía. Estos escritos no han de ser desvirtuados para hacer que signifiquen lo que el hombre quiera hacerlos significar, para expresar ideas y sentimientos humanos y para llevar adelante planes humanos a toda costa (Carta 92, 1900).

Relación de los escritos de E. G. de White ­la "luz menor"­ con la Biblia.- Poco caso se hace de la Biblia, y el Señor ha dado una luz menor para guiar a los hombres y mujeres a la luz mayor (Review and Herald, 20 de enero de 1903 [CE 174]).

Probados por la Biblia.- El Espíritu no fue dado ­ni puede jamás ser otorgado­ para invalidar la Biblia, pues las Escrituras declaran explícitamente que la Palabra de Dios es la regla por la cual toda enseñanza y toda manifestación religiosa debe ser probada... Isaías declara: "¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme  a esto, es porque no les ha amanecido" (Isa. 8:20; El conflicto de los siglos, Introducción, pp. 9-10).

No con el propósito de dar nueva luz.- El Hno. J*** quiere confundir los ánimos tratando de hacer aparecer que la luz que Dios me ha dado por medio de los Testimonios es una adición a la Palabra de Dios; pero da así una falsa idea sobre el asunto. Dios ha visto propio atraer de este modo la atención de este pueblo a su Palabra, para darle una comprensión más clara de ella. La Palabra de Dios basta para iluminar la mente más obscurecida, y puede ser entendida por los que tienen deseos de comprenderla. Pero no obstante todo eso, algunos que profesan estudiar la Palabra de Dios se encuentran en oposición directa a sus más claras enseñanzas. Entonces, para dejar a hombres y mujeres sin excusa, Dios da testimonios claros y señalados, a fin de hacerlos volver a la Palabra que no han seguido. La Palabra de Dios abunda en principios generales para la formación de hábitos correctos de vida, y los testimonios, generales y personales, han sido calculados para atraer su atención más especialmente a esos principios (Testimonies, t. 5, pp. 663-664 [2JT 278-279]).

Los testimonios han de presentar lecciones claras de la Palabra.- En las Escrituras Dios ha establecido lecciones prácticas para gobernar la vida y la conducta de todos; pero aunque él ha dado detalles particulares y minuciosos con respecto a nuestro carácter, nuestra conversación y nuestra conducta, sin embargo, sus lecciones son descuidadas e ignoradas en gran medida. Además de la instrucción de su Palabra, el Señor ha dado testimonios especiales a su pueblo, no como una nueva revelación, sino que él desea presentar delante de nosotros las lecciones claras de su Palabra para que puedan corregirse errores, para que pueda señalarse el camino correcto,  para que cada alma esté sin excusa (Carta 63, 1893 [véase 2JT 270-271]).