Reglas básicas de interpretación —Externas
[Extraído de Herbert E. Douglass, Mensajera
del Señor: El ministerio profético de Elena G. de White, (Buenos Aires,
Argentina: Asociación Casa Editora Sudamericana; Nampa, Idaho: Pacific Press
Publishing Association; Miami, Florida: Asociación Publicadora Interamericana,
2000), pp. 394-407. Las notas se encuentran numeradas como en el texto original
y actualizadas por el Centro de Investigación White, Argentina.]
Ocho reglas básicas de interpretación que
abarcan un contexto más amplio de un documento incluirían:
• Regla Uno: Incluya todo lo que el profeta ha
dicho sobre el tema bajo discusión antes de llegar a una conclusión.[2]
Esta regla parece obvia; sin embargo,
probablemente es la primera razón por la que reina confusión cuando las
personas no están de acuerdo entre sí. ¿Cuál es la razón? La mayoría de las
personas sólo ven lo que quieren ver. Este simple hecho influye en la mayoría
de las investigaciones, ya sea en
astrofísica, medicina, política o teología. Desafortunadamente, pocas personas
lo admitirán. Llamamos a este fenómeno la fijación del paradigma o el problema
de las presuposiciones.[3] Especialmente
al estudiar la Biblia, ¡nada parece más difícil para la mayoría de las personas
que examinar todos los hechos! Esta dificultad no se debe a que la capacidad de
pensar de una persona sea deficiente. La dificultad que separa a los pensadores
que examinan la misma información es que sus presuposiciones son diferentes,
presuposiciones no sólo
de la cabeza sino del corazón.
Más a menudo las presuposiciones llevan a los
estudiantes a “ver” sólo lo que desean ver, por lo que pasan por alto la
extensión total de lo que un escritor ha escrito sobre un tema particular.
Estos paradigmas o patrones controlan la mente en lo que ésta desea ver, y el
corazón en lo que éste desea creer. Anteriormente[4] calificamos
este fenómeno como “actitud”. Estas actitudes profundas, a menudo no
expresadas, determinan muy frecuentemente las conclusiones a las que uno llega.[5]
Después de reconocer esta nube flotante de
presuposiciones (paradigmas o cosmovisión) que cada estudiante debiera admitir,
el siguiente desafío es examinar todo lo que una persona ha dicho o escrito
sobre el tema bajo discusión. Sólo de esta manera el escritor (u orador) puede
ser tratado en forma justa.
Muchos eruditos bíblicos a lo largo de los
siglos han aceptado el principio de Isaías: “La palabra, pues, de Jehová les
será mandamiento tras mandamiento, mandato sobre mandato, renglón tras renglón,
línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá” (cap. 28:13). La
aceptación de este principio presupone que la Biblia contiene un desarrollo
unificado, armonioso, de los mensajes de Dios para los seres humanos. Pero este
principio no enseña que todos los textos son igualmente claros, o que el
significado de un versículo puede entenderse aparte del contexto de ese
versículo. El mensaje total de la
Biblia (o de cualquier otro libro o autor) provee el contexto final para el
significado de cualquier “precepto” o “línea” en particular.
El mismo principio se aplica a los escritos
de Elena de White. Ella explicó a menudo: “Los testimonios mismos serán la
clave que explicará los mensajes dados, a medida que se explique un texto con
otro”.[6]
Ella creía que sus escritos eran consecuentes
y armoniosos desde el comienzo hasta el fin, y que revelaban “una cadena recta
de verdad sin una sola sentencia herética”.[7] Esta
es una declaración notable para que la haga cualquier autor, especialmente
alguien que ha estado escribiendo durante más de sesenta años.[8]
La Sra. White no escribió nada sobre algunos
temas que muchos consideran importantes hoy día. Las películas, los programas
de televisión y radio, el aborto, la cremación, los trasplantes de órganos,
etc., no eran temas corrientes en su tiempo.
Dijo poco sobre algunos temas
Sobre algunos temas ella dijo muy poco.
Tenemos relativamente pocas declaraciones sobre seguros de vida,[9] y
sólo una sobre el anillo de casamiento.[10] Sus
comentarios sobre dos “resurrecciones especiales” son breves; ella menciona una
resurrección especial de algunos en la mañana de la resurrección de Cristo[11] y
otra inmediatamente antes de la segunda venida de Cristo.[12]
Sobre algunos temas ella escribió en forma
abundante, temas como Jesucristo, el Espíritu Santo, la fe y la cooperación
divino-humana.
Ciertos temas han causado frecuentemente
desacuerdos innecesarios dentro de la iglesia porque los estudiantes no
aplicaron esta primera regla de hermenéutica. Por ejemplo, declaraciones tales
como la de que “no debieran colocarse huevos sobre su mesa” debieran
balancearse con otras declaraciones que ha escrito Elena de White concerniente
a los huevos y a su principio de una comprensión “paso a paso”, gradual, de la
verdad (ver pp. 282, 310-311).[13]
Otros temas de los escritos de Elena de White
que se benefician con un uso ecuánime de esta primera regla hermenéutica
incluyen la vestimenta apropiada, la observancia del sábado y el
aconsejamiento. Teológicamente, hay sabiduría en seguir esta primera regla
cuando uno estudia temas tales como la expiación, la naturaleza de Cristo, la
naturaleza del pecado, cómo es castigado el pecado, y la relación entre la
“lluvia tardía” y la segunda venida. Varios de estos temas han polarizado a los
adventistas porque algunos les asignan más valor a expresiones que aparecen en
una carta personal que a la instrucción general de un libro, o a un párrafo
sacado de su contexto que parece desafiar capítulos enteros de un libro
publicado.[14]
• Regla Dos: Cada declaración debe entenderse dentro de su
contexto histórico. Deben estudiarse el tiempo, el lugar y las circunstancias bajo
las cuales se hizo esa declaración a fin de comprender su significado.
Aunque esta regla parece obvia, yace a la
raíz de muchos desacuerdos profundos. En un tiempo de comunicaciones publicitarias
breves y selectivas, casi todos los que están bajo el ojo público han sido mal
entendidos porque sus declaraciones se han sacado de contexto. Cuán a menudo se
oye decir a una persona que ha sido citada erróneamente, “¡Pero eso no es lo
que yo quise decir!” O, “Yo dije eso, ¡pero no incluyeron todo lo que yo dije!”
Si viviera hoy, Elena de White podría decir a
menudo, “¡Pero eso no es lo que yo quise decir!” “Sí, yo dije eso, ¡pero ellos
no incluyeron todo lo que dije!” Notemos tres ocasiones en las que ella recalcó
la importancia de esta segunda regla de hermenéutica.
En 1875 indicó que aquello “que en un tiempo
podía realmente decirse de algunos individuos puede no ser correcto decirlo en
otro tiempo”.[15] ¿Por qué dijo esto? Porque estaba siendo
criticada por su respaldo a ciertos dirigentes que más tarde cayeron en
desgracia o apostataron.
En 1904 ella apeló al hecho de que “Dios
quiere… que razonemos con sentido común. Las circunstancias alteran las
condiciones. Las circunstancias cambian la relación de las cosas”.[16]
En 1911 ella hizo hincapié en que “acerca de
los testimonios, nada es ignorado, nada es puesto a un lado. Sin embargo, deben
tomarse en cuenta el tiempo y el lugar”.[17]
Aquí tenemos tres categorías fundamentales:
tiempo, lugar y circunstancias; todas ellas deben considerarse cuando uno
procura entender el significado de cualquier declaración. Estas categorías no
son sinónimas.
Tiempo. Algunas declaraciones de Elena de White necesitan entenderse teniendo
en cuenta cuándo ella las hizo. Por ejemplo, el 16 de enero de 1898
escribió: “Todavía estamos en el tiempo de gracia”.[18] ¿Serán
estas palabras siempre ciertas? Obviamente no. Llegará la hora cuando cesará el
tiempo de gracia (Dan. 12:1; Apoc. 22:11). En la actualidad sabemos que ciertos
eventos todavía yacen en el futuro, por ejemplo, la creación
de la imagen de la bestia (Apoc. 13), la
imposición de la ley dominical, el gran terremoto final, etc. Por lo tanto, por
el momento “todavía estamos en el tiempo de gracia”.
¿Qué diremos de las siguientes declaraciones?
“La voz desde Battle Creek, que ha sido considerada como autoridad para
aconsejar de qué manera debiera hacerse la obra, ya no es más la voz de Dios”.[19] “Han
pasado algunos años desde que he considerado a la Asociación General como la
voz de Dios”.[20]
Pero en 1875 Elena de White escribió respecto
a la Asociación General en sesión: “Cuando la Asociación General, que es la
autoridad más elevada que Dios tiene sobre la tierra, pronuncia su decisión, la
independencia y la opinión personales no deben mantenerse, sino que hay que
renunciar a ellas”.[21]
¿Por qué la diferencia en su posición?
Durante las postrimerías de las décadas de 1880 y 1890, como lo muestran los
registros en sus cartas y sermones, Elena de White no podía aprobar algunos de
los procedimientos de los oficiales de la Asociación General. El 1 de
abril de 1901, el día anterior a que se abriese la sesión de la Asociación
General, ella dijo estas palabras: “Lo que ha acarreado su actual desconcierto
a la causa de Dios es el hecho de que se ha trabajado en base a principios
equivocados. La gente ha perdido confianza en aquellos que administran la obra.
Sin embargo oímos que la voz de la Asociación [General] es la voz de Dios. Cada
vez que he oído esto, he pensado que era casi una blasfemia. La voz de la
Asociación General debería ser la voz de Dios, pero no lo es”.[22] Obviamente,
los tiempos habían cambiado y sus observaciones cambiaron consecuentemente.
Pero ese congreso de la Asociación General de
1901 hizo cambios significativos en los reglamentos y el personal. Elena de
White se sintió satisfecha. Sólo dos meses después de los cambios, ella se dio
cuenta que su hijo Edson estaba citando algunas de sus declaraciones anteriores
al congreso de 1901 y aplicándolas al nuevo período, posterior al congreso de
1901. Los tiempos habían cambiado y las declaraciones de la década de 1890 ya
no se aplicaban más. Ella le escribió a Edson: “Tu curso de acción hubiera sido
el curso a seguir si no se hubiesen hecho
cambios en [el congreso] de la Asociación General [1901]. Pero se ha
hecho un cambio y se harán muchos cambios más [en 1903 fueron hechos muchos
más] y se verán [aún] grandes progresos. No deben forzarse los asuntos… Me
duele pensar que estás usando palabras que escribí antes del congreso”.[23]
En 1909 Elena de White estaba claramente en
la disposición posterior a 1901 cuando escribió: “Dios ordenó que tengan
autoridad los representantes de su iglesia de todas partes de la tierra, cuando
están reunidos en el congreso de la Asociación General”.[24] En
resumen, cuando hablamos de la autoridad de la Asociación General y de varias
declaraciones de Elena de White, debiéramos determinar inmediatamente cuándo
se hicieron las declaraciones y bajo qué condiciones.
Lugar. Algunas declaraciones pueden ser ciertas para una persona o grupo
mientras que al mismo tiempo pueden no serlo para otra persona o grupo. Jaime
White habló acerca de esta dificultad cuando dos grupos, en lugares diferentes,
leían admoniciones de su esposa: “Ella trabaja en esta situación desventajosa…
dirige fuertes llamados a la gente que conmueven profundamente a unos pocos,
quienes toman posiciones firmes y se van a los extremos. Luego, para salvar la
causa de la ruina como consecuencia de estos extremos, ella se ve obligada a
reprender a los extremistas en una manera pública. Esto es mejor que permitir
que las cosas se desmoronen; pero la influencia de ir a los extremos y de los
reproches es terrible para la causa, y coloca sobre la Sra. White una triple
carga. He aquí la dificultad: lo que ella pudiera decir para urgir a los lentos
es tomado por los rápidos para instarlos a ir más allá de lo correcto. Y lo que
ella pudiese decir para advertir a los rápidos, celosos, incautos, es tomado por
los lentos como una excusa para quedarse demasiado rezagados”.[25]
La consideración del “lugar” ayudará a
aquellos que han estado confundidos en cuanto a si debieran citarse en público
los escritos de Elena de White. En una ocasión la Sra. White escribió que “las
palabras de la Biblia, y de la Biblia sola, deben oírse desde el púlpito”.[26] En
otras dos ocasiones escribió: “En el trabajo público no hagáis prominente ni
citéis lo que la Hna. White ha escrito”.[27] “Los
testimonios de la Hna. White no deben ser presentados en primera línea. La
Palabra de Dios es la norma infalible”.[28]
¿Prohíben estas declaraciones a los ministros
que citen públicamente los escritos de Elena de White, especialmente en un
servicio de iglesia? La primera cita
habla al mundo cristiano en general, y compara “una religión imaginaria, una
religión de palabras y formas” con “las palabras de la Biblia y de la Biblia
sola, [las cuales] deben oírse desde el púlpito”. Toda la página (el contexto)
recalca que “aquellos que sólo han oído de tradiciones, teorías y máximas
humanas, [debieran] oír la voz de Aquel que puede renovar el alma para vida
eterna”. Las siguientes dos citas se dirigen a evangelistas adventistas,
quienes debieran probar sus doctrinas en base a la Biblia y no en base a los escritos
de la Sra. White. La segunda razón para
esta advertencia es obvia: aquellos que no están relacionados con la autoridad
de Elena de White no serán persuadidos por sus declaraciones, y podrían
reaccionar negativamente.[29] En
resumen, la Sra. White nunca dijo que sus escritos no debieran citarse en el
púlpito de la Iglesia Adventista.
La prueba del lugar es especialmente
importante cuando se hacen compilaciones de pensamientos de Elena de White
sobre temas escogidos. Un incidente ocurrido a comienzos de la década de 1890
demuestra el problema de aplicar erróneamente testimonios dados a una persona
para un propósito particular. La Sra. White, escribiendo desde Australia, le
dirigió una carta a A. W. Stanton en Battle Creek, un hombre que había tomado
la posición de que la Iglesia Adventista del Séptimo Día es Babilonia. Ella
incluyó esa carta en artículos impresos en la revista de la iglesia.[30]
En su panfleto de 50 páginas, “The Loud Cry
of the Third Angel’s Message” (El Fuerte Clamor del Mensaje del Tercer Angel),
Stanton citó profusamente de las reprensiones de Elena de White a la iglesia, y
extrajo la conclusión de que esos testimonios constituían el rechazo de Dios de
la iglesia organizada. Declaró que aquellos que terminaran la obra de Dios en
la tierra debían separarse de la Iglesia Adventista, la que se ha convertido en
Babilonia. Elaboró su argumentación ensartando comentarios mal aplicados de
Elena de White e incluyendo una carta personal que fue usada fuera de contexto.
La Sra. White replicó que Stanton había
aplicado “erróneamente [una carta personal enviada a otra persona para un
propósito particular], como muchos hacen con los textos de la Escritura, para
perjuicio de su propia alma y de las almas de los demás… Al utilizar una carta
particular enviada a otra persona, el Hno. S. ha hecho un mal uso de los
bondadosos esfuerzos de alguien que deseaba ayudarlo”.
Además, ella reconoció que sus declaraciones
erróneamente citadas podrían aparentemente respaldar las conclusiones de
Stanton. Sin embargo, “aquellos que toman ciertas partes, simplemente para
sostener alguna teoría o idea de su propia factura, para defender su conducta
errónea, no serán bendecidos y beneficiados por lo que enseñen”.[31]
Este incidente de Stanton y la respuesta de
Elena de White (que resolvió el asunto para los miembros de iglesia) nos provee
un ejemplo histórico de cuán dañina y engañosa puede ser una compilación de
escritos meritorios cuando no se tienen en cuenta el tiempo y el lugar.[32]
• Regla Tres: Debe reconocerse el principio implícito de
cada declaración de consejo o instrucción a fin de comprender su relevancia para
quienes viven en tiempos o lugares diferentes.
Siempre que hablan los profetas, comunican la
verdad como un principio o como una norma o regla. Los principios son
universales, en el sentido de que se aplican a hombres y mujeres en todas
partes; son eternos, en el sentido de que siempre son relevantes, siempre se
pueden aplicar. Las normas o reglamentos, sin embargo, son la aplicación
oportuna de principios eternos, universales. Los principios nunca cambian pero
las normas sí, dependiendo de las circunstancias. De ese modo las normas pueden
aplicar un principio en una manera que el profeta nunca había previsto.[33]
Elena de White estaba bien consciente de la
diferencia entre principios universales y normas o reglas que están
determinadas por circunstancias cambiantes: “Aquello que puede decirse de los
hombres bajo ciertas circunstancias, no se puede decir de ellos bajo otras
circunstancias”.[34] Sus
contemporáneos reconocían que la Sra. White apelaba a la inteligencia de sus
lectores más a menudo citando principios que dando respuestas detalladas a
asuntos locales.[35]
El comprender la diferencia básica entre
principios y normas le ayudará a uno a evitar el uso incorrecto tanto de la
Biblia como de los escritos de Elena de White. Los siguientes asuntos ilustran
la necesidad de colocar el consejo de la Sra. White en el contexto del tiempo,
del lugar y de las circunstancias.
Enseñar a las niñas a enjaezar y guiar un
caballo. Al bosquejar el
currículum de una escuela, Elena de White escribió que “si las niñas… pudiesen
aprender a enjaezar y guiar un caballo, manejar el serrucho y el martillo, lo
mismo que el rastrillo y la azada, estarían mejor preparadas para hacer frente a
las emergencias de la vida”.[36] ¿Es
éste un principio o una norma? Obviamente, el principio es claro: las niñas
debieran estar “preparadas para hacer frente a las emergencias de la vida”.
Cuando se dio este consejo en los primeros años del siglo XX, la mayoría de los
norteamericanos vivían todavía en granjas. Por muchas razones prácticas,
incluso la de seguridad, las niñas podían aplicar mejor este principio al
aprender cómo “enjaezar y guiar un caballo”, y no dejarles estas cosas sólo a
los varones. En la actualidad, el principio sería practicado mejor en la
escuela secundaria o el colegio mediante cursos en automecánica y en cómo
conducir vehículos.
Edad para ingresar en la escuela. En 1872 Elena de White escribió su primer libro
importante sobre la educación cristiana.[37] Respecto
a la edad cuando los estudiantes debieran comenzar a ir a la escuela, ella
dijo: “Los padres debieran ser los únicos maestros de sus hijos hasta que éstos
hayan alcanzado la edad de ocho o diez años… La única aula de clases para niños
de ocho a diez años de edad debiera ser al aire libre en medio de las flores
que se abren y de las hermosas escenas de la naturaleza”.[38]
Durante treinta años este consejo fue la
regla para las escuelas primarias adventistas en general. En 1904 se reunió la
junta escolar local de la Iglesia de St. Helena, California, con Elena de White presente, para discutir
el asunto de la edad de ingreso en la escuela.[39] Los
principios emergieron rápidamente: (1) Los niños difieren en su desarrollo; (2)
idealmente, los padres debieran ser los maestros de sus hijos durante los
primeros años, hasta que tengan 8 a 10 años de edad (reconociendo así
diferencias en el desarrollo del niño); (3) si los padres no son capaces de
enseñar y controlar a sus hijos debidamente, sería mejor para los niños que
aprendiesen bajo un maestro que les enseñase disciplina como también los
estudios propios de su edad; (4) si ambos padres están empleados fuera de la
casa, sería mejor que sus hijos fueran colocados en el ambiente controlado del
aula de clases en vez de quedar en una casa vacía; (5) por causa de la
reputación del Sanatorio de St. Helena, sería beneficioso para todos que no se
observase a los niños durante el día como “vagabundos, sin nada que hacer, haciendo
travesuras, y todas estas cosas”.
De modo que sobre la base del principio,
desde el punto de vista de qué es lo mejor para los niños y para su influencia
sobre la reputación del sanatorio, se cambiaron las reglas y se hicieron
arreglos para que se aceptaran estudiantes de menor edad en la escuela de la
Iglesia de St. Helena.
La manía de las bicicletas. A comienzos del siglo XX, “el pueblo
norteamericano estaba arrebatado por una pasión absorbente que les dejaba con
poco tiempo o dinero para cualquier otra cosa… ¿Cuál era esta distracción nueva
e importante? Para una respuesta, los comerciantes sólo tenían que mirar por la
ventana y observar a sus clientes de otros tiempos que pasaban zumbando.
Norteamérica había descubierto la bicicleta y todos estaban sacando el máximo
provecho de la nueva libertad que esta traía… La bicicleta comenzó como el
juguete de un hombre rico. La primera bicicleta y de la mejor calidad costaba
$150, una inversión comparable al costo de un automóvil en la actualidad… Cada
miembro de la familia quería una ‘rueda’, y los ahorros de toda la familia se
usaban a menudo en suplir la demanda”.[40]
Con ese marco de fondo podremos comprender
mejor el consejo de Elena de White en aquel tiempo cuando escribió que
“habrá que dar cuenta del dinero invertido en bicicletas, vestidos y otras
cosas innecesarias”.[41] Ella
fue más allá del principio del costo exorbitante; advirtió en cuanto al
espíritu de competencia “fascinante” y al deseo de “ser el más grande”.[42]
Por lo tanto, su norma sobre las bicicletas
(la cual, si se la coloca dentro del contexto de hoy día, puede parecer
excéntrica, aun ridícula) se basaba en principios bíblicos inequívocos. El uso
sabio y equilibrado de fondos y el evitar el espíritu competitivo son
principios que debieran gravitar sobre las decisiones en todos los tiempos. Si
la Sra. White viviera en la actualidad, ella podría aplicar el principio de ser
responsable en la manera en que se gasta el dinero en artículos de lujo,
automóviles, equipos deportivos, artefactos electrónicos o en ropa.
Deportes. Desafortunadamente algunos han extractado algunas de las declaraciones
de Elena de White sobre los deportes sin mantener el sentido de equilibrio que
ella tenía. En 1895 ella advirtió a los estudiantes que al “sumirse en
diversiones, juegos de competencia, actuaciones pugilísticas”, estaban
declarando “al mundo que Dios no era su líder. Todo esto provocaba la
amonestación de Dios”. Sin embargo, la siguiente oración, a menudo no citada,
revela su sentido común: “Lo que me preocupa ahora es el peligro de ir a los
extremos en el otro lado”.[43]
Por ejemplo, descartar totalmente los
deportes sería no entender el punto de vista de la Sra. White. A comienzos de
la década de 1870 ella aconsejó a los padres y maestros que debían acercarse a
sus hijos y estudiantes, y que si “manifestasen interés en todos sus esfuerzos,
y aun en sus juegos [deportes], siendo a veces niños entre los niños, podrían
hacer muy felices a éstos y conquistarían su amor y su confianza”.[44]
En otra ocasión Elena de White escribió que
no condenaba “el ejercicio sencillo del juego de pelota”. Lo que la preocupaba
era que el jugar a la pelota, y los deportes en general, pudieran llevarse “a
la exageración”. Tras esta declaración ella explicó qué quería decir con caer
en la exageración.[45]
La lección que debiera aprenderse aquí, al
igual que en otros temas que a menudo polarizan a los lectores de los escritos
de Elena de White, es que debiera leerse la gama completa de los pensamientos
de ella sobre un tema determinado a fin de captar su perspectiva.
La carne como alimento. Hemos estudiado anteriormente los principios
de salud de Elena de White y la aplicación que ella hizo de estos principios.[46] Aquí
recalcaremos nuevamente cómo ella, que estaba muriendo de tuberculosis a los 17
años, siguió viviendo hasta sobrevivir a sus contemporáneos después de una
existencia notablemente rigurosa. Uno de sus secretos públicos era el hecho de
que distinguía entre principios y reglas.
De los muchos ejemplos disponibles, notemos
nuevamente cómo ella se relacionó con los alimentos con carne, la parte de su
dieta
que más disfrutaba cuando era joven. En el
capítulo 27 vimos cómo ella abrazó el mensaje de salud cuando le fue dado en
1863, partes del cual censuraban directamente sus hábitos y gustos personales.
También notamos cómo ella se desvió ocasionalmente de su práctica habitual de
abstenerse de comida con carne. Sin
embargo, en 1870 sostuvo que siempre había actuado de acuerdo a los principios
desde que recibiera la visión de salud en 1863: “No he cambiado ni un ápice mi
curso de vida desde que adopté la reforma pro salud. No he retrocedido un paso
desde que la luz del cielo sobre este tema brilló por primera vez en mi camino…
Dejé esas cosas por principio. Y desde ese tiempo, hermanos, no me han oído
promover un punto de vista extremo de la reforma pro salud del que [luego]
tuviera que retractarme. No he abogado en favor de nada
sino aquello que hoy sostengo”.[47]
¿Cuáles eran los principios básicos de la
reforma pro salud que Elena de White creía que había seguido fielmente? (1)
Hacer lo mejor que uno pueda bajo circunstancias que puedan hallarse más allá
del control de uno. (2) Evitar todo lo que es dañino, como ser el alcohol, el
tabaco y las drogas. (3) Usar juiciosamente lo que es saludable; ejercer
dominio propio. (4) No trazar ninguna línea precisa en la dieta pretendiendo
que todos deben seguirla, porque no todos tienen las mismas necesidades físicas
u oportunidades para encontrar el mejor alimento. (5) Seguir los principios de
salud para mejorar la mente de uno con propósitos espirituales, no para
granjearse la aceptación de Dios (legalismo). Y (6), razonar de causa a efecto.
Las normas o reglas de la reforma pro salud son
elecciones que emanan de esos principios. Si el vegetarianismo fuera un
principio, entonces tendríamos un problema con la orden de Dios a los
israelitas de que comiesen el cordero pascual. También nos preguntaríamos por
qué él distinguió entre carnes limpias e inmundas. ¿Y qué haríamos con la
práctica de nuestro Señor de comer con sus discípulos el cordero pascual, al
igual que pescado fresco?
El vegetarianismo es una regla, una regla
sabia, que está siendo reafirmada constantemente en los laboratorios
científicos del mundo, como también a través de los estudios epidemiológicos
que muestran la diferencia impresionante en la incidencia de enfermedades entre
los vegetarianos y los consumidores de alimentos con carne.[48] El
deber del cristiano es comer aquello “que es más nutritivo”, dejando a cada
persona que aplique este principio
haciendo decisiones sobre la base del “deber conocido”.[49] A
veces surgen situaciones de emergencia y uno se ve forzado a elegir lo bueno en
vez de lo mejor, o incluso un mal menor para evitar un mal mayor. Aunque el
principio permanece, la regla o aplicación puede cambiar con las
circunstancias.
El galanteo en la escuela. Algunas personas entienden mal el consejo de
Elena de White respecto a galantear o noviar durante los años escolares. No
tienen en cuenta la edad de los estudiantes involucrados. Parte de la
instrucción fue dada especialmente para el campus de Avondale donde muchos de
los estudiantes todavía estaban en la escuela secundaria: “Hemos trabajado
fuertemente para tener a raya en la escuela todo lo que sea favoritismo, lazos
afectivos y galanteo. Les hemos dicho a los estudiantes que no permitiríamos que
la primera hebra de esto se entretejiese con su trabajo escolar. Sobre este
punto somos tan firmes como una roca”.[50]
Parte de su preocupación estaba dirigida a
los estudiantes del Colegio de Battle Creek, donde también había una mezcla de
alumnos de escuela secundaria y de colegio: “Los estudiantes no son enviados
aquí para formar vínculos afectivos, para entregarse a flirteos o galanteos,
sino para obtener una educación. Si se les permitiera seguir sus propias
inclinaciones al respecto, el colegio pronto se desmoralizaría. Varios han
usado sus preciosos días escolares en flirteos y galanteos furtivos, pese a la
vigilancia de profesores y maestros”.[51]
¿Habría dado Elena de White el mismo consejo
en relación con estudiantes mayores, más maduros? ¿Dónde encontrarían sus
compañeros para la vida los jóvenes cristianos si no fuera en el ambiente de un
campus cristiano en donde se promueven ideales adventistas? En varias ocasiones
ella expuso los principios que debieran guiar a los jóvenes y al programa
escolar en el área del cortejeo cristiano. Por ejemplo: “En todo trato con los
estudiantes, debemos tener en cuenta la edad y el carácter. No podemos tratar
exactamente igual a los jóvenes y a los viejos. En ciertas circunstancias, hombres y mujeres de sana
experiencia y buena conducta pueden recibir algunos privilegios que no se
darían a los estudiantes más jóvenes. La edad, las condiciones y la disposición
mental deben tomarse en cuenta. Debemos ser sabiamente considerados
en todo lo que hacemos. Pero no debemos
disminuir nuestra firmeza y vigilancia al tratar con los estudiantes de todas
las edades, ni nuestra severidad al prohibir el trato sin provecho e imprudente
de los alumnos jóvenes y poco maduros”.[52]
• Regla Cuatro: Debemos usar el sentido común y una razón
santificada cuando analizamos la diferencia entre principios y normas o reglas.
Durante los comentarios que hizo Elena de
White en la reunión de la junta de la escuela de St. Helena en 1904, ella
destacó nuevamente un principio de hermenéutica que les ayudaría a ellos y a
otros al tratar de aplicar los principios a las reglas. Notó que miembros de
iglesia estaban tomando sus palabras en forma legalista, irreflexiva: “La Hna.
White ha dicho tal y tal cosa, y la Hna. White ha dicho esto y aquello, y por
lo tanto vamos a proceder como ella dijo”. He aquí su respuesta: “Dios quiere
que tengamos sentido común, y que razonemos con sentido común. Las
circunstancias alteran las condiciones. Las circunstancias cambian la relación
de las cosas”.[53]
El cristianismo es una religión razonable.
Dios implantó dentro de los seres humanos no sólo la capacidad de responder a
su gracia (y la de no responder) sino también la capacidad de razonar de causa
a efecto. En muchas ocasiones Elena de White dijo: “Dios nos ha dado facultades
que debemos usar, desarrollar y fortalecer por medio de la educación.
Deberíamos razonar y reflexionar, distinguiendo cuidadosamente la relación que
existe entre la causa y el efecto. Cuando esto se pone en práctica, habrá de
parte de muchos mayor reflexión… de manera que puedan cumplir plenamente el
propósito que tuvo Dios al crearlos”.[54]
Ella no hizo de la razón el árbitro final de
lo correcto e incorrecto. La razón, para ella, es la capacidad de comprender el
carácter razonable del consejo de Dios y la habilidad para reflexionar sobre
los resultados de obedecer o desobedecer ese consejo. Ella describió esta relación
entre la voluntad de Dios y las facultades de razonamiento del hombre: “Debemos
guiarnos por la teología verdadera y el sentido común”.[55] Para
ella, la razón santificada y el sentido común son virtualmente sinónimos.
La razón y los extremos. Cada tema, ya sea de teología, leyes, ética,
música, artes gráficas o ley constitucional, está asediado por aquellos que
tienden a irse a los extremos. Llamamos a esos grupos fariseos o saduceos,
conservadores o liberales, literalistas o simbolistas, indiferentes (fríos) o
fanáticos (ardientes), etc. En la filosofía y la religión, llamamos a un grupo
objetivistas y al otro, subjetivistas.[56]
La verdad (como principio) no es una especie
de equilibrio entre dos errores. La verdad trasciende los errores de ambos
extremos al reconocer las verdades que cada extremo quiere resguardar.[57] Pero
la verdad no incorpora el espíritu o los errores que cada extremo sustenta.
Cuando la gente reconoce el elemento de verdad que hay en quienes se les
oponen, ocurre un evento notable: prevalece la paz, se produce la conciliación
y se desarrolla una unidad verdadera. La verdadera unidad no es el resultado de
una apelación administrativa o del voto de una junta; la unidad se basa en
principios de interpretación aceptados en forma común.
Al mismo tiempo, los asuntos que tienen que
ver con normas o reglas (no principios) requieren un enfoque diferente. Por
ejemplo, Elena de White escribió lo siguiente al tratar con la cuestión de la
vestimenta: “En estas cosas hay una posición que está en el término medio. Oh,
que todos pudiéramos encontrar sabiamente esa posición y mantenerla”. Al hablar
de la dieta, ella aconsejó: “Tome el camino del medio evitando todos los
extremos”.[58]
Pero evitar los extremos es más que un asunto
intelectual. Algunas personas pueden entender intelectualmente la relación
correcta entre principio y norma, pero emocionalmente tienden a irse a los
extremos. Aun cuando promueven la norma correcta, pueden ser extremadamente
ardientes o fríos. Elena de White señaló acertadamente el problema de esas
personas, incluso cuando la norma de las tales es correcta: “Hemos encontrado
en nuestra experiencia que si Satanás no puede sujetar a las almas en el hielo
de la indiferencia, tratará de empujarlas al fuego del fanatismo”.[59]
Un respetado teólogo adventista de una
generación anterior recuerda cómo él practicó involuntariamente “el fuego del
fanatismo” al aplicar uno de los principios de salud de Elena de White.
Mientras vendía libros religiosos en su juventud, M. L. Andreasen vivía en base
a granola. La llevaba consigo, la mezclaba con agua y la comía dos veces por
día. Entonces alguien leyó en uno de los libros de Elena de White que la gente
“comía demasiado”. Al mirar a su alrededor, encontró suficiente confirmación de
esa declaración. De modo que para ser fiel a la nueva luz, redujo su ración
diaria por la mitad. Algún tiempo más tarde leyó él mismo la declaración en Testimonios,
t. 2, pp. 334, 335: “Usted come demasiado”. Eso le hizo pensar nuevamente.
“¿Debería reducir su ración diaria nuevamente por la mitad?”
Entonces comprendió. Era honesto y quería
hacer lo correcto, pero ahora le agradeció a Dios por “un poco de sentido
común”.[60]
Debido a que Elena de White dijo en varias
ocasiones que “dos comidas al día dan mejor resultado que tres”,[61] algunas
familias hicieron de esto una regla para todos, incluyendo a los que estaban en
los sanatorios. En cuanto a los sanatorios ella mostró cómo vincular el
principio con la regla y las circunstancias: “Si, después de suprimir la
tercera comida, veis por los resultados que esto está apartando a la gente de
la institución, vuestro deber es sencillo. Debemos recordar que aun cuando hay
personas para quienes es mejor comer solamente dos veces, hay otras que comen
livianamente en cada comida, y que sienten que necesitan algo por la tarde… [El
eliminar la tercera comida puede ser] que en el caso de algunos haga más mal
que bien”.[62]
En 1867 la Sra. White contestó algunas
preguntas que se hacían con frecuencia respecto a la reforma pro salud. Una de
las preguntas era: “¿No hay peligro que los hermanos y hermanas asuman puntos
de vista extremos respecto a la reforma pro salud?” Ella contestó: “Esto puede
esperarse en todas las reformas que conmueven a la gente… Es el plan de Dios
que personas idóneas para el trabajo expongan la reforma pro salud en forma
prudente y concienzuda, y que luego dejen que cada uno arregle el asunto con
Dios y con su propia alma. Aquellos que están cabalmente calificados tienen el
deber de enseñarla [la reforma pro salud] para hacer que la gente crea y
obedezca, y todos los demás debieran guardar silencio y ser enseñados”.[63]
En resumen, ese cuarto principio de
hermenéutica apela al sentido común al vincular el principio con la norma o
regla. Esto requiere tanto solidez de pensamiento como ecuanimidad emocional.
Elena de White lo dijo muy bien: “Hay personas que siempre están listas para
escaparse por alguna tangente, que se entusiasman por alguna cosa extraña,
llamativa y nueva; pero Dios quiere que todos actuemos con serenidad y consideración,
eligiendo palabras que estén en armonía con la sustanciosa verdad para este
tiempo, la que debe ser presentada a la consideración de la mente tan libre
como sea posible de lo emocional, aunque conservando el fervor y la solemnidad
que le corresponden. Debemos
precavernos contra los extremos, y guardarnos de animar a aquellos que
quisieran estar en el fuego o en el agua”.[64]
• Regla Cinco: Debemos estar seguros que las supuestas citas
han sido realmente escritas por el autor a quien se las atribuyen.
Toda figura pública ha tenido el problema de
enfrentar personas que han sido inflexibles acerca de lo que “saben” que el
orador o el autor ha dicho. Lo que creen saber puede ser tan desenfrenado como
la imaginación de uno, pero aún el orador o autor debe tratar de defenderse
contra el error o la distorsión. Obviamente, la persona que contiende no posee
la referencia de la cual “cita”. La mayoría de las veces ha obtenido su
información de una tercera o cuarta mano. A menudo llamamos “declaraciones apócrifas”
a estos recuerdos distorsionados y errores crasos.
Este problema acosó a Elena de White desde el
comienzo de su ministerio y aun hoy en día. En declaraciones que le han sido
atribuidas incorrectamente se incluyen temas como los siguientes: (1) Los
habitantes de otros planetas están ahora recogiendo fruta para una parada de
los redimidos en el día sábado en el viaje al cielo. (2) Ella vio a un ángel de
pie junto a Uriah Smith inspirándolo mientras escribía Las profecías de
Daniel y el Apocalipsis. (3) El
Espíritu Santo es, o fue, Melquisedec. (4) Ella designó ciertos sitios
montañosos como escondites seguros en el tiempo de angustia. (5) Ella nombró
ciudades específicas, etc., que serían destruidas por los terremotos,
incendios, inundaciones, etc., futuros. (6) Cristo volverá a medianoche. (7)
Nunca debiera comerse huevos (olvidando el contexto inmediato y muchas otras
declaraciones respecto a circunstancias variables). (8) Ella sería un miembro
de los 144.000. (9) Una oscuridad literal cubrirá la tierra como una señal de
que ha terminado el tiempo de gracia. (10) La última obra mediadora de Cristo
antes de que cierre el tiempo de gracia será para niños que se han descarriado
de la iglesia. (11) Debiéramos vivir como si tuviéramos 1.000 años de vida por
delante, y al mismo tiempo como si fuéramos a morir mañana. (12) Iglesias y
asociaciones enteras apostatarán, etc.[65]
• Regla Seis: Debemos conceder que los autores, incluso los
profetas, aunque no se contradigan a sí mismos, pasan por el proceso de maduración,
en el que la verdad se revela ante ellos sólo en forma tan rápida como son
capaces de comprenderla.
Esta regla ayuda a los estudiantes que están
preocupados por ciertas porciones de la vida o los escritos de un profeta que
corresponden a otra categoría que la de “tiempo, lugar y circunstancias”, ya
considerada anteriormente bajo la Regla Tres. Elena de White enseñó claramente
que Dios conduce a su pueblo tan rápidamente como puede recibir verdad
adicional. La historia de Israel es un ejemplo espléndido de cómo obra él con
las personas donde ellas están, no donde estarán en el futuro.[66] Los
profetas también eran parte de este plan divino de revelar la verdad tan
rápidamente como la gente está lista para ella. Ellos mismos experimentaron el proceso.
Pablo no sólo sabía más acerca del plan de salvación que Joel o David, sino que
experimentó la “revelación” en su propia vida.[67]
Algunos llaman a este proceso la “verdad
progresiva”. El término es útil si describe el conocimiento progresivo de las
verdades espirituales que experimenta una persona. Pero es defectuoso si se lo
usa en el contexto de un desarrollo evolutivo que procede de la evolución del
entendimiento humano a través del ensayo y el error, y mediante la tesis y la
antítesis que permiten llegar a la síntesis. El método de Dios para enseñar a
la raza humana implica tanto la recuperación de la verdad perdida como el
descubrimiento de verdades nuevas, tan rápidamente como la gente esté lista
para recibirla. Se entiende que la progresión evolutiva es el crecimiento de la
humanidad desde la ignorancia hasta el conocimiento, sin ningún absoluto que
colocaría valor universal en el conocimiento.[68]
Este proceso ocurre con individuos como
también con grupos de personas. La mayoría de las personas saben cómo este
proceso ha estado ocurriendo en sus propias vidas. Si hemos estado creciendo en
la gracia, lo que sabíamos hace diez años acerca de la voluntad de Dios para
nosotros individualmente era mucho menos que lo que cada uno de nosotros sabe
en la actualidad. Sin duda todos nosotros quisiéramos poder corregir lo que les
dijimos a otros hace diez años, aunque en aquel entonces pensábamos que era
sabio.[69]
Pero quizás algunos digan, “Un profeta
debiera ser diferente. ¡Lo que los profetas dijeron cuando tenían veinte años
no debiera necesitar ‘aclaración’ o ‘expansión’ cuando tienen cincuenta y
cinco!” Este punto de vista surge al aceptar un esquema de inspiración verbal.
No debemos olvidar que Dios habla a hombres y mujeres que difieren
“notablemente en posición social y económica y en facultades intelectuales y
espirituales”.[70] Esta
“notable” gama de diferencias individuales incluye la “notable” diversidad en
la comprensión que una persona tiene de la verdad cuando es joven y cuando
llega a los años maduros. Aunque la esencia de la verdad permanezca la misma,
las percepciones de uno se amplían. Las habilidades de comprensión y de
comunicación que maduran pueden expresar el mensaje esencial en forma diferente
en años posteriores. En 1906 Elena de White reflexionó sobre su experiencia de
aprendizaje: “Por sesenta años he estado en comunicación con
mensajeros celestiales, y he estado
aprendiendo constantemente con respecto a las cosas divinas y al modo como Dios
obra continuamente para atraer a las almas del error de sus caminos a la luz de
Dios”.[71] Los
profetas son personas humildes que han visto, hasta cierto grado, la gloria del
Señor. Los profetas humildes reconocen fácilmente su deuda hacia Dios por sus
nuevas perspectivas, semejantes a “la luz de la aurora, que va en aumento hasta
que el día es perfecto” (Prov. 4:18).[72]
El principio de crecimiento impregna toda la
creación. Explica la exhortación de Pablo a los corintios: “Nosotros todos,
mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos
transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del
Señor” (2 Cor. 3:18). Este texto yace detrás de la regla: “Es una ley del
espíritu humano que nos hacemos semejantes a lo que contemplamos”.[73] De
ese modo, cuanto más la joven Elena Harmon estudiaba su Biblia y oraba en busca
de dirección divina mientras enfrentaba las decisiones de la vida, más llegó a
ser “transformada” y “cambiada”; creció en el conocimiento del carácter de Dios
y de sus caminos.[74]
Por lo tanto, al permitir que el principio
del crecimiento moldee nuestro estudio de Elena de White (o de la Biblia)
debiéramos esperar una comprensión más profunda [de las verdades divinas] a
medida que ella comunica a otros los mensajes de Dios. Podemos observar el
crecimiento de su capacidad para comunicar ideas más profundas cuando
comparamos sus primeras descripciones del origen del gran conflicto en el cielo
con las que aparecen en Patriarcas y profetas.[75]
De este modo, cuando los lectores captan una
perspectiva más amplia en Patriarcas y profetas (1890) que la que se
encuentra en Dones espirituales [Spiritual Gifts] (1858), están
reconociendo la regla hermenéutica de que un profeta crecerá en percepción
espiritual, al igual que cualquier otra persona. Este crecimiento de la percepción
espiritual le ayudará al profeta a expresar más claramente el mensaje que Dios
desea que transmita. Este es el principio que describe mejor la experiencia de
Jesús en la tierra. Lucas describió su crecimiento y maduración en su capacidad
de compartir los asuntos espirituales con otros: “Y Jesús crecía en sabiduría y
en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Luc. 2:52).[76]
• Regla Siete: En algunos casos, una persona debe comprender
la experiencia de un evento, ya sea directa o indirectamente, antes de entender
la verdad del evento.
Esta regla puede parecer contraria a lo que
dicta un razonamiento sólido. Pero esa fue la situación cuando los apóstoles
enfrentaron a un mundo incrédulo después de la resurrección de Cristo. ¿Quién
les creería a menos que los apóstoles hubiesen visto la tumba vacía o hubiesen
contemplado a Jesús durante los siguientes cuarenta días antes de su ascensión?
En un sentido similar, los primeros adventistas a fines de la década de 1840 y
a comienzos de la de 1850 “experimentaron” la conexión creciente entre las
visiones sobrenaturales de Elena Harmon/White y la voz de autoridad para su
comunidad en crecimiento.[77]
A fines de 1896, mientras estaba en
Australia, la Sra. White tuvo que responder a John Bell quien estaba
promoviendo un mensaje que causaba disensión respecto al tiempo cuando se
cumplirían los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis 14. En esencia, él
lo estaba colocando en el futuro. Ella escribió perspicazmente en términos que
armonizaban con esta séptima regla de interpretación: “Los conceptos
particulares que él sostiene son una mezcla de la verdad y el error. Si él
hubiera pasado por las experiencias del pueblo de Dios a medida que él lo ha
guiado durante los cuarenta años pasados, estaría mejor preparado para aplicar
correctamente la Escritura. Los grandes hitos de la verdad, que nos muestran
nuestro rumbo en la historia profética, deben ser cuidadosamente protegidos
para que no sean demolidos y reemplazados con teorías que producirían confusión
antes que luz verdadera”.
Ella terminó su respuesta de cinco páginas
señalando esta séptima regla: “Se propusieron muchas teorías que tenían una
apariencia de verdad, pero estaban tan mezcladas con pasajes bíblicos mal
interpretados y mal aplicados, que conducían a errores peligrosos. Sabemos muy
bien cómo se estableció cada rasgo de la verdad, y conocemos el sello puesto
sobre la verdad por el Espíritu Santo de Dios… La dirección del Señor fue
evidente, y sus revelaciones de la verdad fueron muy admirables. El Dios del
cielo la estableció punto por punto. Aquello que era verdad entonces sigue
siendo verdad ahora”.[78]
Más adelante Elena de White escribió en forma
más extensa sobre este “futurismo” que se enseñaba en Australia. Nuevamente
destacó el papel de la experiencia que debiera ser respetada por los
adventistas: “El Señor no inducirá ahora a las mentes a que pongan de lado la
verdad que el Espíritu Santo indujo a sus siervos a proclamar en el pasado… El
Señor no pone sobre aquellos que no han tenido experiencia en su obra la
responsabilidad de realizar una nueva exposición de las profecías que él,
mediante el Espíritu Santo, ha revelado a sus siervos escogidos para que las
expliquen”.[79]
Participar de la experiencia cuando la verdad
es revelada se convierte en un fundamento sólido como la roca no sólo para
aquellos que primeramente la experimentan sino también para quienes más tarde
desean “volver a experimentarla” en su propio sistema de la verdad. La verdad,
cuandoquiera se encuentre, “encaja” con la verdad previa así como la rama de un
árbol “encaja” con su tronco. La verdad es coherente.
• Regla Ocho: No todo lo que está en la Biblia o en los
escritos de Elena de White puede entenderse a primera vista, o aun después de
años de estudio.
Este pensamiento puede parecer extraño a la
mente inquisitiva. Pero piense en los astrónomos y neurocirujanos (o
investigadores del código genético, los especialistas en microplaquetas, etc.)
que pasan toda su vida expandiendo su conocimiento, aunque sintiéndose crecientemente
asombrados por lo que se abre ante ellos.
Los cristianos verdaderos practican el
principio de suspender el juicio[80] cuando
ellos y sus colegas alcanzan el límite de lo que entienden. Especialmente
cuando consideran la historia bíblica (y los escritos de Elena de White) sobre
temas tales como la naturaleza de Dios (no su carácter, de lo cual se ha
revelado mucho), por qué se desarrolló el pecado, cómo Cristo pudo convertirse
en un ser humano, cómo obra la regeneración… ellos reconocen que estos “son
misterios demasiado profundos para que los explique la mente humana”. Recuerdan
que “no debemos dudar su Palabra porque no podamos comprender todos los
misterios de su providencia”.[81]
Forzar una interpretación porque uno siente que todo debe entenderse
conduce con toda seguridad a una interpretación errónea. El descartar o hacer
caso omiso de cualquier porción de la Biblia o de los escritos de Elena de
White simplemente porque algunos pasajes no se entienden fácilmente también
daña la comprensión que uno tenga de la verdad.
[1]
Mensajes selectos, t. 1, p. 50.
[2] Ver T. Housel Jemison, A Prophet Among You (Mountain
View, CA: Pacific Press Publishing Association, 1955), pp. 438-450.
[3]
Note la clase de pensamiento científico que
prevalecía antes que Copérnico cambiase la cosmovisión de los astrónomos (y de
todos los demás) con su giro de paradigma, colocando al Sol en vez de la Tierra
en el centro del sistema solar. Considere a los médicos que le hicieron una
sangría mortal a George Washington, el primer presidente de los Estados Unidos,
porque su paradigma médico no entendía la teoría de los gérmenes ni siquiera la
fuerte posibilidad de que tratamientos hidroterápicos podrían haber revertido
el proceso de la infección de su pecho. Una de las responsabilidades
principales de los que investigan en busca de la verdad es examinar la lente
mediante la cual el investigador busca la verdad. La lente (el paradigma o
cosmovisión) mediante la cual examinamos la información determina cómo
evaluamos los así llamados “hechos”. Alfred North Whitehead lo dijo bien:
“Cuando usted critica [o, podría uno agregar, interpreta] la filosofía de una
época, no dirija su atención principalmente a esas posiciones intelectuales que
sus exponentes sienten que es necesario defender explícitamente. Habrá algunas
suposiciones fundamentales que los adherentes de todos los diversos sistemas
dentro de la época presuponen inconscientemente. Tales suposiciones parecen tan
obvias que la gente no sabe qué están suponiendo porque jamás se les ha
ocurrido otra manera de presentar las cosas. Con estas suposiciones es posible
una cierta cantidad limitada de tipos de sistemas filosóficos”.—Science and
the Modern World (Nueva York: Mentor Editions, 1952), pp. 49-50.
[4]
Ver p. 373.
[5]
Las actitudes determinaron cómo los
judíos del primer siglo consideraron a Jesús, según se registra en Mateo 16. Si
este joven maestro galileo no armonizaba con su paradigma de lo que ellos
pensaban que debía ser el Mesías, mirarían en otra parte, y así lo hicieron. Si
uno no cree en milagros debido a algún tipo de paradigma científico, la
historia bíblica llega a ser folklore. Si uno no cree que Dios habla a través
de hombres y mujeres mediante visiones, entonces busca razones para hacer comprensible
el fenómeno de las visiones. Y así sucesivamente.
[6] Mensajes selectos, t. 1, p. 47.
[7] Id., t. 3, p. 57.
[8] “La luz que he recibido, la he formulado por
escrito, y mucho de ella está ahora brillando desde la página impresa. A lo largo
de todas mis obras impresas hay una armonía con mi enseñanza actual”.—Review
and Herald, 14 de junio, 1906.
[9]
Joyas de los testimonios, t. 1, pp. 176-177. Para comprender esta
declaración debemos también emplear la “regla hermenéutica número dos”.
[10] Testimonios para los ministros, pp.
180-181 (1892).
[11]
El Deseado de todas las gentes, pp. 728-731, 772-775; Primeros escritos,
pp. 183-185, 208; El conflicto de los siglos, pp. 20, 725; Mensajes
selectos, t. 1, pp. 358-361.
[12]
Primeros escritos, p. 285; El conflicto de los siglos,
pp. 694-695.
[13] Testimonies, t. 2, pp. 362, 400. Note algunas declaraciones útiles en Joyas
de los testimonios, t. 3, pp. 138-139, 361-362; El ministerio de
curación, pp. 246-247.
[14]
“Si usted desea saber lo que el Señor ha
revelado mediante ella, lea sus obras publicadas”.—Testimonies, t. 5, p.
696. Ver George Knight, Reading Ellen White, pp. 121-123.
[15] Testimonies, t. 3, p. 471.
[16]
Mensajes selectos, t. 3, p. 247. Ver p. 345.
[17]
Id., t. 1, p. 65.
[18]
Alza tus ojos, p. 28.
[19]
Carta 4, 1896, citada en MR, t.
17, pp. 185-186 (1896).
[20]
Carta 77, 1898, citada en Id., p.
216 (1898).
[21] Testimonies, t. 3, p. 492.
[22]
Manuscrito 37, 1901, citado en Sermons
and Talks, t. 2, pp. 159-160. Ver también George E. Rice, “The Church: Voice of
God?”, Ministry, diciembre, 1987, pp. 4-6.
[23]
Carta 54, 1901, citada en MR, t.
19, pp. 146-148.
[24]
Joyas de los testimonios, t. 3, pp. 408-409.
[25] Review and Herald, 17 de marzo, 1868.
[26]
Profetas y reyes, p. 461.
[27]
Mensajes selectos, t. 3, p. 31.
[28]
El evangelismo, p. 190.
[29]
En el primer testimonio de Elena de
White a la iglesia, ella escribió: “Algunos habían asumido una conducta
imprudente, cuando al hablar de su fe a los incrédulos habían leído en mis
escritos la prueba que se les había pedido, en vez de acudir a la Biblia para
obtenerla. Me fue mostrado que esta conducta era inconsecuente y que llenaría a
los incrédulos de prejuicios contra la verdad. Los Testimonios no pueden
tener valor para aquellos que no saben nada de su espíritu. No debe hacerse
referencia a ellos en tales casos”.—Joyas de los testimonios, t. 2, pp.
284-285. Ver también Testimonies, t. 1, pp. 119-120.
[30]
Review and Herald , 22 de agosto a 12 de septiembre, 1893. Ver
p. 231.
[31]
Testimonios para los ministros, pp. 32-62.
[32]
“Muchos hombres toman los testimonios
que el Señor ha dado y los aplican como suponen que debieran ser aplicados,
extrayendo una cláusula aquí y otra allí, sacándola de su contexto adecuado y
aplicándola de acuerdo con sus ideas. Así quedan perplejas las pobres almas,
cuando podrían leer a fin de que en todo lo que ha sido dado pudieran ver la
verdadera aplicación y no se confundieran… Los informes vuelan de uno a otro
acerca de lo que la Hna. White ha dicho. Cada vez que se repite el informe, se
agranda. Si la Hna. White tiene algo que decir, dígalo ella. No se pide a nadie
que sea portavoz de la Hna. White… Por favor, dejad que la Hna. White dé su
propio mensaje”.— Mensajes selectos, t. 1, p. 50. “Aquellos que no están
caminando en la luz del mensaje, pueden reunir declaraciones de entre mis
escritos que sucede que les agradan y que armonizan con su juicio humano, y, al
separar estas declaraciones de su contexto y colocarlas junto a razonamientos
humanos, hacen que parezca que mis escritos aprueban lo que los mismos
condenan”.—Carta 208, 1906, citada en Arthur White, Messenger to the Remnant,
p. 86.
[33] Ver p. 34.
[34]
Testimonies, t. 3, p. 470.