HACIA UNA TEOLOGÍA DE LA MÚSICA SACRA
EN LOS ESCRITOS DE ELENA G. DE WHITE[1]
Dr. Daniel Oscar Plenc
Profesor de la Facultad de
Teología de la Universidad Adventista del Plata
Director del Centro de Investigación White, sede Argentina
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Hacer una teología del arte en general y de
la música sacra en particular es una tarea tanto compleja como
necesaria. Por una parte es difícil
acercarse a la expresión artística con los lentes de la teología y por otra
parte es ineludible desarrollar algún fundamento teológico para una actividad
tan significativa para la comunidad eclesial como lo es la música sacra. En la monumental obra de Elena G. de White
hay algún espacio dedicado a la música en la iglesia y el propósito de este trabajo
es rescatar los conceptos allí expresados a modo de criterio teológico para
la utilización de la música en el ámbito eclesial. En esta aproximación a la teología de la música eclesiástica se
verá la música como don que Dios concede y orienta en el cumplimiento de sus
propósitos de adoración, edificación y evangelización. Se estudiará también la música como dádiva
divina que el hombre necesita apreciar y cultivar. |
Elena G. de White dedicó un espacio de su obra escrita al tema de la
música eclesiástica.[2] Pueden leerse allí consideraciones
pastorales y devocionales, al mismo tiempo que elementos que hacen a una
teología de la música sacra.[3] El presente trabajo es un esfuerzo por
presentar esos elementos como un todo ordenado y significativo. Este acercamiento teológico puede aportar a
la comprensión del tema y servir de criterio para las prácticas eclesiales.
Elena G. de White
sitúa a Dios en medio de una atmósfera de alabanza celestial. Ve a los hombres que simpatizan con el cielo
y responden a la bondad de Dios con similares expresiones de alabanza.[4] La criatura más exaltada, que luego de su
caída se transformó en Satanás, dirigía el coro celestial y todos los ángeles
honraban a Dios con acordes de gloria.[5]
La autora muestra
preocupación pastoral por los usos pervertidos de la música y el canto, pero
define la música como “don de Dios, destinado a elevar los pensamientos hacia
temas más nobles, y a inspirar y levantar el alma”.[6]
Elena G de White
valora particularmente la voz humana expresada en canto como “uno de los
talentos dados por Dios y que deben emplearse para su gloria”.[7] Dice textualmente: “Hay algo peculiarmente
sagrado en la voz humana. Su armonía y
su sumisión y expresión inspirada en los cielos, excede a cualquier instrumento
musical. La música vocal es uno de los
dones dados al hombre por Dios, un instrumento que no puede ser sobrepasado o
igualado, cuando el amor de Dios abunda en el alma”.[8] A su entender el canto es un talento y
definitivamente “un don de Dios”.[9]
En sus escritos, White ve a Dios como el Autor y el Señor de la música, deseoso de conducirla para su gloria. La guía divina desea alejar los extremos del emocionalismo y el formalismo, el descuido y el profesionalismo. Se valora la fe permanente en Cristo por encima de cualquier emoción religiosa estimulada por ocasiones especiales.[10]
Este tipo de demanda no puede
ser satisfecha por músicos carentes de experiencia espiritual.[11] La autora exhorta a no “depender de cantores
mundanos y de despliegue teatral para
despertar el interés”.[12] Prefiere el sencillo, devoto y a menudo
imperfecto canto congregacional a los coros profesionales.[13] Hay un definido rechazo a la ostentación, el
ceremonialismo y la satisfacción sensual.[14]
La historia de la denominación en tiempos de Elena G. de White registra un episodio que ilustra su evaluación de ciertas prácticas de culto y de música eclesial. Durante un Congreso Campestre realizado en Indiana en el año 1900 se experimentó con un estilo de culto que la autora consideró negativamente a causa de la confusión, el ruido, el bullicio y la extravagancia.[15] Apuntó más bien las características del orden, la disciplina, la serenidad, la sensatez y el apego a la revelación y a los principios como del agrado divino.[16] Su orientación apunta a evitar cualquier manifestación futura que incluya ruido desconcertante, estrépito, vocerío, tambores, música y danza.[17]
El triple objetivo
del culto: adoración, edificación y evangelización ha sido sugerido por otros autores.[18] Como parte del culto la música no es arte
puro, sino arte con propósito.[19] Está dirigida a Dios en adoración, a la
iglesia para edificación y al mundo para evangelización.
En Elena G. de
White la música es básicamente un vehículo para la adoración y la
alabanza. La música forma parte del
culto celestial y la iglesia está llamada aproximarse a esa armonía angelical.[20] En palabras de la autora: “El canto, como
parte del servicio religioso, es tanto un acto de culto como lo es la oración”.[21]
Los himnos de las
reuniones eclesiales regulares llevan el propósito de la alabanza a Dios.[22] Por esa razón la autora desalienta los
espectáculos musicales que tienden al exhibicionismo y al orgullo antes que a
la adoración a Dios.[23]
Muestra de la
preocupación de Elena G. de White por el objetivo de adoración de la música de
la iglesia es su carta a un director de coro talentoso, pero su vez vanidoso,
sensible y extravagante. Sus actitudes
rompían la solemnidad, la seriedad, la santidad y la dignidad que debían
caracterizar a la música sacra. Le reprocha
“gestos indignos, toscos y vulgares” que causaban risa y excitaban la
curiosidad, pero no elevaban a los presentes, lo mismo que el volumen excesivo
y la rudeza de su voz. Describe la
música del cielo como melodiosa, suave y dulce, sin exhibicionismo y amor a la
alabanza propia. A su entender el canto
apropiado no es forzado y exagerado, no requiere contorsiones corporales ni
ademanes exagerados.[24] Su conclusión fue clara: “Usted ha cantado
más para los hombres que para Dios.
Cuando su voz se ha elevado en tono alto por encima de toda la
congregación, usted ha estado consciente de la admiración que estaba
provocando”.[25]
Aunque la autora
apreciaba profundamente la música, aconsejaba el equilibrio que evitara
transformarla en una mera experiencia de gratificación propia. No entendía el canto como un sustituto para
la devoción personal, la oración o el culto congregacional.[26]
En los escritos de Elena G. de White el canto eclesial es una experiencia teocéntrica destinado a recordar la historia del accionar de Dios en lo pasado y a anticipar los acontecimientos futuros hasta la victoria final de Cristo.[27]
Las bondades de la
música cristiana para el crecimiento personal y espiritual son múltiples. Elena G. de White habla del “poder” del
canto.[28] Dice la autora: “Tiene poder para subyugar
naturalezas rudas e incultas, para avivar el pensamiento y despertar simpatía,
para promover la armonía en la acción, y desvanecer la melancolía y los
presentimientos que destruyen el valor y debilitan el esfuerzo.
“Es uno de los
medios más eficaces para grabar en el corazón la verdad espiritual”.[29] El canto cristiano trae alegría, valor,
esperanza y armonía.[30] La alabanza estimula la victoria, derrota al
desánimo y a la tentación.[31] Jesús utilizó el canto con los mismos
propósitos.[32]
Del mismo modo
Elena G. de White destaca los beneficios colectivos del canto religioso al
recordar la historia de Israel. El
cántico de Moisés, enseñado al pueblo, serviría de amonestación, restricción,
reprobación y ánimo, como un sermón permanente.[33] Durante el peregrinaje a Canaán “el canto
era un medio de grabar en sus mentes muchas lecciones preciosas”. El canto “animaba los corazones y encendía
la fe de los peregrinos”.[34]
El estímulo personal del canto se vuelve social por su influencia para
con otros. Jesús de Nazaret alegraba y
alentaba con su canto a los demás.[35] Pero Elena G. de White ve en la música sacra un instrumento de
evangelización. La voz humana puede ser
“un poder para ganar almas para Cristo”.[36] Se lee textualmente: “La melodía del canto,
exhalada de muchos corazones en forma clara y distinta, es uno de los
instrumentos de Dios en la obra de salvar almas”.[37] El canto cristiano conduce a menudo al arrepentimiento
y a la fe.[38]
Por esa virtud
evangelizadora, la autora señala que las instituciones de enseñanza debieran
interesarse en la educación de la voz para que los estudiantes aprendan a
cantar y se conviertan en evangelizadores por medio del canto.[39]
El hombre,
depositario de la dádiva divina de la música se vuelve responsable por su
cultivo y perfeccionamiento. Elena G.
de White dice que los cánticos de alabanza debieran aproximarse “tanto como sea
posible a la armonía de los coros celestiales”.[40] Dios otorga dones para su servicio y “espera
que sus siervos cultiven sus voces de modo que puedan hablar y cantar de manera
que todos puedan comprender. Lo que se
necesita no es cantar fuerte, sino una entonación clara y una pronunciación
correcta”.[41] La autora es concreta: “La habilidad de
cantar es don de Dios; utilicémosla para darle gloria”.[42]
La actividad
musical no puede ser impulsiva, caprichosa y displicente, sino esforzada,
disciplinada y piadosa, como una ofrenda a Dios.[43] Escribió Elena G. de White: “La música
debiera tener belleza, sentimiento y poder”.[44]
En busca de la
excelencia en la administración de la música se dan orientaciones concretas:
(1) Los himnos elegidos deber ser conocidos por la congregación y apropiados
para la ocasión, alegres y solemnes.
(2) La dirección del canto debe asignarse a personas idóneas, puede ser
un grupo de cantantes. (3) Debe haber método,
orden y armonía. (4) Los directores de
canto debieran dedicar tiempo a la práctica.[45]
Otras cualidades
de la música adecuada se ofrecen puntualmente: (1) Debiera cantarse con un
profundo sentimiento de gratitud. (2)
Evitar las voces excesivamente agudas, prolongadas o estridentes. (3) La voz debe ser modulada, enternecida y subyugada. (4) Buscar la sencillez, la claridad, la
naturalidad, el fervor, la musicalidad, la armonía y la suavidad.[46] Dice la autora: “El buen canto es como la
música de los pájaros: suave y melodioso”.[47] Sobre todo, el mensaje de los himnos debe
reflejarse en la vida de los que los entonan.[48]
Una experiencia inclusiva
En el pensamiento
de Elena G. de White el canto eclesial debe ser básicamente congregacional y
participativo. En este contexto los
instrumentos musicales tocados con habilidad son bienvenidos.
La autora estimula
servicios de canto dirigidos por grupos de personas escogidas y acompañados por
instrumentos musicales.[49] Se lee textualmente: “El canto no siempre ha
de ser entonado por unos pocos. Tan a
menudo como sea posible, únase en él toda la congregación”.[50] Se deja lugar para la participación ocasional de solistas o
grupos corales, pero se favorece el canto de la iglesia.[51]
La obra de Elena G. de White valora la música sacra, tanto vocal como instrumental. Se apoya el uso de instrumentos musicales como en los servicios religiosos de la antigüedad cuando se usaban arpas y címbalos.[52] Con todo no se alientan los conciertos sacros con características teatrales y la dependencia de programas musicales.[53]
Hay en los
escritos de Elena G. de White una definida valoración pastoral de la música
eclesiástica, como también elementos que hacen posible un abordaje teológico al
tema. De acuerdo a esta visión la
música es un don que el Creador otorga y encamina al cumplimiento de sus
propósitos. Se orienta la música
cristiana a Dios en adoración, a la asamblea eclesial para edificación y al
mundo para evangelización. La criatura
humana debe esmero al cultivo del don de la música que le fue confiado para la
gloria de Dios.
[1] Este artículo fue presentado en forma preliminar en la II Jornada de Investigación de la Universidad Adventista del Plata, organizado por la Secretaría de Ciencia y Técnica de la UAP, el 7 de octubre de 2004.
[2] Elena Gould Harmon de White (1827-1915), reconocida como cofundadora de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, ha escrito alrededor de 100.000 páginas, parte de las cuales componen más de 130 libros, centenares de artículos y miles de cartas. Sus libros han sido traducidos a 157 idiomas (Leo Ranzolín, “Elena de White, traducida a 157 idiomas”, Revista adventista, abril 2004, 28).
[3] Para una visión general del tema, véase la obra de Paul Hamel, Ellen White and Music: Bbackground and Pirnciples (Washington: Review and Herald, 1976).
[4] Elena G. de White, La educación (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1964), 161.
[5] White, La historia de la redención (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1981), 25.
[6] White, La educación, 167.
[7] White, El evangelismo (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1975), 363.
[8] White, Manuscrito 5, 1874, citado en White, La voz: su educación y uso correcto (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1995), 473.
[9] White, El evangelismo, 363.
[10] White, Manuscrito 21, 1891, citado en White, El evangelismo, 366.
[11] White, El evangelismo, 372.
[12] White, El evangelismo, 371.
[13] White, Carta 190, 1902, citado en White, El evangelismo, 371; White, Carta 51, 1902, citado en White, El evangelismo, 371; White, Carta 49, 1902, citado en White, El evangelismo, 371; White, Carta 198, 1899, citado en White, El evangelismo, 373.
[14] White, Review and Herald, 14 de noviembre, 1899, citado en White, El evangelismo, 371-372; White, Manuscrito 123, 1899, citado en White, El evangelismo, 372-373; White, Manuscrito 157, 1899, citado en White, El evangelismo, 373.
[15] White, Mensajes selectos (Mountain View, California: Publicaciones Interamericanas, 1967), 2:35-36, 39-40.
[16] White, General Conference Bulletin, abril 23 de 1901, citado en White, Mensajes selectos, 2:40-41.
[17] White, Mensajes selectos, 2:41-43.
[18] Ronald Allen y Gordon Borror, Teologia
da adoração: O verdadeiro
sentido da adoração, trad. Elias Moreira da Silva y Lucy Yamakami (São Paulo: Edições
Vida Nova, 2002), 55-57.
[19] Donald P. Hustad afirma que “la música en la iglesia no es un arte libre, ni un fin en sí misma. Es arte traído a la cruz: arte dedicado al servicio de Dios y a la edificación de la iglesia” (¡Regocijaos!: la música cristiana en la adoración, trad. Olivia de Lerín, Bonnie de Martínez, J. Bruce Muskrat, Josie de Smith y Ann Marie Swenson [El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1998], 9).
[20] White, Patriarcas y profetas (Mountain View, California: Publicaciones Interamericanas, 1971), 645.
[21] Ibíd. La autora repite el concepto en otros lugares: “Como parte del servicio religioso, el canto no es menos importante que la oración. En realidad, más de un canto es una oración” (White, La educación, 168).
[22] White, Joyas de los testimonios (Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 1956), 3:32.
[23] White, El ministerio pastoral (Silver Springs, Maryland: Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, 1997), 206. Véase también White, Carta 1a, 1890, citada en White, El evangelismo, 369.
[24] White, Manuscrito 5, 1874, citado en White, La voz: su educación y uso correcto, 470-474.
[25] Ibíd., 473-474.
[26] White, Review and Herald, 24 de julio, 1883, citado en White, La voz: su educación y uso correcto, 474.
[27] White, Patriarcas y profetas, 500; White, La voz: su educación y uso correcto, 496.
[28] White, La educación, 168.
[29] Ibíd.
[30] Ibíd.
[31] White, Carta 53, 1896, citado en White, El evangelismo, 364; White, El Ministerio de Curación (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1975), 241, 242; White, En los lugares celestiales (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1967), 97; White, Carta 5, 1850, citado en White, La voz: su educación y uso correcto, 454.
[32] White, Manuscrito 65, 1901, citado en White, La voz: su educación y uso correcto, 457; White, La educación, 166.
[33] White, Manuscrito 71, 1897, citado en White, El evangelismo, 362.
[34] White, La educación, 39.
[35] White, Review and Herald, 24 de octubre, 1899, citado en White, La voz: su educación y uso correcto, 458; White, El deseado de todas las gentes (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1971), 54; White, El Ministerio de Curación, 34.
[36] White, Manuscrito 22, 1886, citado en White, El evangelismo, 367-368.
[37] White, El evangelismo, 362.
[38] Ibíd., 365.
[39] White, Review and Herald, 27 de agosto, 1903, citado en White, El evangelismo, 366.
[40] White, Patriarcas y profetas, 645. Véase también White, El evangelismo, 368-369.
[41] White, El evangelismo, 368.
[42] Ibíd.
[43] Ibíd.
[44] Ibíd.
[45] White, Review and Herald, 24 de julio, 1883, citado en White, El evangelismo, 369-370.
[46] Ibíd; White, Joyas de los testimonios, 3:33.
[47] White, Manuscrito 91, 1903, citado en White, El evangelismo, 372.
[48] White, Review and Herald, 27 de septiembre, 1892, citado en White, El evangelismo, 370; White, Mensajes para los jóvenes (Mountain View, California: Publicaciones Interamericanas, 1967), 292.
[49] White, El evangelismo, 370.
[50] Ibíd.
[51] White, El evangelismo, 368.
[52] White, Carta 132, 1898, citado en White, El evangelismo, 365, 367.
[53] White, Carta 49, 1902, citado en White, El evangelismo, 365.