EN BUSCA DE UN CRITERIO TEOLÓGICO PARA LA

ADORACIÓN ADVENTISTA EN LOS ESCRITOS

DE ELENA G. DE WHITE[1]

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A diferencia de lo que ocurrió en la historia temprana de la iglesia, los adventistas se han vuelto más concientes de la importancia de la adoración.  Autores como Norval F. Pease (1967) y C. Raymond Holmes (1984) fueron pioneros en este campo.  El ecumenismo, el carismatismo y el movimiento de renovación litúrgica fueron movimientos que pusieron el tema en discusión entre los cristianos del siglo XX.  La experimentación con los denominados cultos de “Celebración” (Celebration) levantó controversias dentro del adventismo, especialmente en la década de 1990.  Muchos entendieron esa crisis como una oportunidad para la reflexión teológica.  El tratamiento que Elena G. de White da al asunto es mayormente práctico, sobre el culto, la reverencia, el canto, etc.  Pero sus escritos contienen también elementos que hacen al fundamento teológico.  El presente trabajo propone elementos teológicos de criterio para la adoración adventista a partir de los escritos de Elena G. de White.

 

Es evidente que Elena G. de White se abocó a la religión práctica antes que a la teología especulativa.[2]  Sus conceptos sobre adoración tienen una naturaleza eminentemente pastoral en asuntos como el culto, la conducta en la iglesia, la oración, la predicación, la música y el canto, etc.  No obstante pueden encontrarse también en sus escritos una cierta cantidad de elementos teológicos que hacen al fundamento teológico del culto y que pueden proponerse como criterio para la adoración eclesial.  El presente trabajo es un esfuerzo por presentar elementos de criterio teológico para la adoración adventista extraídos de los escritos de Elena G. de White y relacionados con cinco áreas de la teología: la doctrina de Dios, la antropología, la soteriología, la eclesiología y la escatología.

 

Dios: el objeto digno de adoración

Elena G. de White presenta a Dios como objeto digno de culto por causa de las cualidades de su carácter y de su accionar creador y redentor.  Por eso la adoración se relaciona con el conocimiento de Dios y surge como consecuencia.  La teofanía registrada en Ex 33:19; 34:6-8 es una buena ilustración.  “Cuando podamos comprender el carácter de Dios como lo comprendió Moisés, también nos apresuraremos a postrarnos en adoración y alabanza”.[3]  Por la misma razón los esfuerzos satánicos buscan una visión distorsionada del carácter divino.[4]

La autora fundamenta la adoración en ciertos atributos divinos, a veces denominados absolutos, como la infinitud, la eternidad, la grandeza, y la perfección.[5]  Señala la justicia y perfección del Dios infinito como “el verdadero objeto de la adoración”.[6]  Estas características de Dios justifican la adoración de sus criaturas.  “Jehová, el eterno, el que posee existencia propia, el no creado, el que es la fuente de todo y el que lo sustenta todo, es el único que tiene derecho a la veneración y adoración supremas”.[7]  La singularidad de las cualidades divinas lo convierten en objeto único de adoración.  “No es al hombre a quien debemos exaltar y adorar; es a Dios, al único Dios verdadero y viviente, a quien se le debe adoración y reverencia”.[8]

Los llamados atributos relativos de Dios como su presencia, bondad, misericordia, poder y soberanía se relacionan con expresiones de alabanza y gratitud.  La autora indica que “la verdadera reverencia hacia Dios nos es inspirada por un sentido de su infinita grandeza y un reconocimiento de su presencia” y que “la presencia de Dios hace que tanto el lugar como la hora de la oración sean sagrados”.[9]  La convicción de la presencia divina hace que el culto se convierta en una ocasión de  pleno gozo.[10]  La bondad y el poder de Dios se presentan como estímulos para la alabanza y la gratitud.[11]  El poder de Dios se mostró en los eventos del éxodo “para que su pueblo se apartara de la idolatría y le tributara verdadera adoración”.[12]  Servir y adorar a Dios se convierten en un placer cuando se lo ve como un padre tierno y misericordioso.[13]

Elena G. de White se detiene en atributos morales de Dios, como la santidad y el amor como fuentes de auténtica adoración.  Señala la misma indumentaria de los sacerdotes hebreos como testimonio de la santidad de Dios y de lo sagrado de su culto.[14]  La autora recuerda la respuesta humilde de Isaías ante la visión de la santidad divina y de la majestuosidad de su santuario.[15]  Por ello se invita a los miembros de iglesia a cultivar ideas correctas de la adoración y la reverencia en preparación para la adoración celestial en un ambiente de pureza, perfección y santidad.[16]  La comunidad eclesial debe recordar que “Dios es superior y santo”.[17]  Como Noé al término del diluvio, los creyentes deben hoy gratitud y adoración por las manifestaciones de la misericordia y el amor de Dios.[18]  La contemplación del amor de Dios despertó la ferviente adoración y la gratitud de David e inspiró su alabanza.[19]  Sobre todo el amor de Dios revelado en la cruz de Cristo estimula la alabanza, la gratitud, la adoración alegres y el gozo reverente.[20]

Los atributos de Dios que motivan la adoración humana y celestial aparecen a veces combinados, en especial la justicia y la misericordia.  La unión de estas características divinas “llena todo el cielo de admiración y adoración”.[21]  Se dice que el sábado “es un testimonio perpetuo de su existencia, y un recuerdo de su grandeza, su sabiduría y su amor”.[22]

La obra de Elena G. de White presenta también la acción de Dios como motivo de adoración, en particular como Creador y Sustentador.[23]  Dice la autora: “El deber de adorar a Dios estriba en la circunstancia de que él es el Creador, y que a él es a quien todos los demás seres deben su existencia”.[24]  El objeto de la honra y la adoración no es la naturaleza sino su Creador.[25]  Se lee textualmente: “El Dios vivo merece nuestro pensamiento, nuestra alabanza, nuestra adoración como Creador del mundo, como Creador del hombre.  Debemos alabar a Dios porque fuimos maravillosamente hechos”.[26]  La autora recuerda que Apocalipsis 14 exhorta a los hombres a que adoren al Creador en fidelidad y obediencia.[27]  En ese contexto, el sábado conmemora la creación y recuerda la verdadera razón para la adoración a Dios.[28]

Otra de las acciones divinas señaladas por Elena G. de White como motivos para la adoración humana es la revelación.  Dice: “La religión que proviene de Dios es la única que conducirá a Dios”.[29]  Jesús mismo fue la revelación suprema.  “Jesús había venido para enseñar el significado del culto a Dios, y no podía sancionar la mezcla de los requerimientos humanos con los preceptos divinos”.[30]  “Cristo vio que algo debía hacerse... La obra de Cristo consistía en establecer un culto completamente diferente”.[31]  La supremacía de la revelación y la serena predicación de la Escritura alejan toda excitación emocional, fanatismo y confusión, al mismo tiempo que evitan el formalismo.[32]

Los escritos de Elena G. de White muestran un equilibrio entre la trascendencia y la inmanencia de Dios[33] y en consecuencia un balance entre los aspectos formales e informales de la adoración.[34]  La adoración se mueve entonces entre el temor y el gozo, entre la reverencia y la comunión.  Tanto la grandeza como la presencia de Dios inspiran la verdadera reverencia.[35]  La presencia y el amor de Cristo en el corazón de los adoradores se reflejarán en reuniones intensamente interesantes e impregnadas por la atmósfera del cielo.[36]  Se promete la presencia de Dios en las asambleas de sus hijos y su compañía por medio del Espíritu Santo.[37]

La autora presente un culto trinitario, porque reconoce la dignidad divina de Cristo[38] y el protagonismo del Espíritu Santo.  Afirma que el verdadero culto es “el fruto de la obra del Espíritu Santo”.[39]  Sólo el Espíritu crea un entusiasmo sano.[40]

En consecuencia, la adoración es una experiencia teocéntrica, motivada por un Dios a la vez soberano y presente en la asamblea eclesial.

 

El hombre: el sujeto que adora

Elena G. de White entiende la adoración como una respuesta del hombre a Dios.  Es una respuesta total del hombre ante todo lo que Dios es y hace.  Esa respuesta se caracteriza por la reverencia y la humildad, así como por la gratitud, la alabanza, el gozo y el amor.

En la práctica del culto, los humildes y creyentes adoradores reconocen la superioridad y santidad de Dios y la dignidad de su casa.[41]  Dice la autora: “Los discípulos de Cristo deben precaverse hoy contra la tendencia a perder el espíritu de reverencia y temor piadoso.  Las Escrituras enseñan a los hombres cómo deben acercarse a su Hacedor, a saber con humildad y reverencia, por la fe en un Mediador divino...”.[42]  Cuando los adoradores entregan sus dádivas como parte del sostenimiento del culto público atestiguan “la existencia y la soberanía del Dios viviente” y expresan lealtad y amor hacia él.[43]  Las santas convocaciones en Israel debían mantener vivos la fe, el amor y la gratitud.[44]

En su vida personal, los hijos de Dios deben hablar palabras de alabanza y agradecimiento[45] y cuando asisten a la casa de adoración lo hacen “llenos de gozo”.[46]  Elena G. de White dice que el servicio y la adoración debieran realizarse con alegría y placer.  “Aquello que se hace para la gloria de Dios debe hacerse con alegría, con cánticos de alabanza y acción de gracias, no con tristeza y semblante adusto...  Debiera ser un placer adorar al Señor y participar en su obra...  Él quiere que quienes van a adorarlo puedan llevarse preciosos pensamientos de su cuidado y amor, para que estén siempre contentos en sus ocupaciones diarias y tengan gracia para conducirse honesta y fielmente en todas las cosas”.[47]

Ante la teofanía el hombre se vuelve consciente de su indignidad.  Cuando Isaías contempló la majestad y santidad de Dios, se vio a sí mismo en su pequeñez, indignidad e incompetencia.[48]

En los escritos de Elena G. de White existe un claro concepto integral del hombre.  En consecuencia el hombre total adora a Dios, cuidando su cuerpo, sus pensamientos y sus emociones bajo el dominio de una razón santificada.  La autora dice que aún el cuidado de la salud se relaciona íntimamente con la conciencia y la religión.[49]  Existe por tanto la idea de adoración como estilo de vida.  Se lee textualmente: “Dios deseaba que toda la vida de su pueblo fuera una vida de alabanza”.[50]

En su relación con la idea del hombre, la adoración es una respuesta positiva e integral del sujeto humano al objeto divino.

 

La salvación: motivación y habilitación

En el pensamiento de Elena G. de White, adoración y salvación se asocian cercanamente por la centralidad de la obra redentora de Cristo como parte del plan de salvación.  La autora encuentra en el culto de Israel un anticipo de la salvación provista por Cristo.[51]

La adoración es una respuesta a la salvación, que motiva y capacita al creyente para la devoción y el culto.  El amor y la gratitud surgen de la reflexión en el plan de salvación.[52]  La cruz de Cristo se convierte en la gran fuerza del culto.  “Contemplando al Redentor crucificado, comprendemos más plenamente la magnitud y el significado del sacrificio hecho por la Majestad del cielo.  El plan de salvación queda glorificado delante de nosotros, y el pensamiento del Calvario despierta emociones vivas y sagradas en nuestro corazón.  Habrá alabanza a Dios y al Cordero en nuestro corazón y en nuestros labios; porque el orgullo y la adoración del yo no pueden florecer en el alma que mantiene frescas en su memoria las escenas del Calvario”.[53]  El hombre responde en amor y adoración agradecida por la obra salvadora de Dios.[54]  “No tiene paralelo el sacrificio de Cristo por el hombre caído.  Es el tema más excelso y sagrado en que podamos meditar.  Cada corazón que es iluminado por la gracia de Dios es constreñido a inclinarse con inexpresable gratitud y adoración delante del Redentor por su sacrificio infinito”.[55]  La revelación del amor de Dios en Cristo genera en el hombre gratitud, obediencia, adoración, amor, alegría y alabanza.[56]  El poder de la cruz pone en acción “los misteriosos manantiales de la esperanza y el temor, la adoración y el amor”.[57]

El sacrificio redentor seguirá motivando la adoración celestial y universal.  “La cruz de Cristo será la ciencia y el canto de los redimidos durante toda la eternidad... El hecho de que el Hacedor de todos los mundos, el Árbitro de todos los destinos, dejase su gloria y se humillase por amor al hombre, despertará eternamente la admiración y adoración del universo”.[58]  Hasta los mundos no caídos “tributan alabanza y honor y gloria a Jesucristo por el plan de la redención para salvar a los hijos caídos de Adán así como para confirmarlos a ellos mismos en su posición y en su carácter de pureza”.[59]  El cielo expresó alabanza y adoración “por la gran misericordia y condescendencia de Dios al dar a su amado Hijo para que muriese por una raza rebelde.  Expresaron alabanza y adoración por el abnegado sacrificio de Jesús, que consentía en dejar el seno del Padre y escoger una vida de sufrimientos y angustias y morir ignominiosamente para poder dar vida a otros”.[60]

La obra intercesora de Cristo en favor del hombre en el santuario celestial también provoca la gratitud y la adoración a Dios.[61]

Elena G. de White muestra que la adoración humana sólo es posible por la gracia divina y la justicia de Cristo.  La entiende como una respuesta de fe que se muestra en buenas obras, obediencia y servicio.  Dice: “El incienso, que ascendía con las oraciones de Israel, representaba los méritos y la intercesión de Cristo, su perfecta justicia, la cual por medio de la fe es acreditada a su pueblo, y es lo único que puede hacer el culto de los seres humanos aceptable a Dios”.[62]  Del mismo modo la sal añadida a todo sacrificio en las ceremonias del templo “significaba que únicamente la justicia de Cristo podía hacer el culto aceptable para Dios”.[63]

El amor perdonador de Dios trae paz e inspira la alabanza y la adoración agradecida al Salvador.[64]  “Cuando los rayos de la justicia de Cristo brillen en el creyente, el gozo, la adoración y la gloria se entretejerán con su experiencia”.[65]

También la adoración verdadera fructifica en buenas obras, porque “el verdadero culto consiste en trabajar junto con Cristo”.[66]  La alabanza sincera es un deber como lo es la oración,[67] y el creyente ha de “alabar a Dios mediante un servicio tangible...”.[68]  En consideración de la salvación recibida por Cristo surge el anhelo de servicio, la respuesta de amor y de adoración agradecida.[69]

Elena G. de White habla de adoración en términos de obediencia a Dios y a su ley.  Esa es la exhortación del mensaje del primer ángel de Apocalipsis 14.  “Sin obediencia a sus mandamientos, ninguna adoración puede agradar a Dios”.[70]  Quienes responden al triple mensaje divino guardan los mandamientos de Dios, incluyendo el cuarto que señala a Dios como Creador.[71]  Dios apartó y santificó un día y se lo otorgó al hombre para su descanso y culto.[72]  Apocalipsis 14 contrapone a quienes rinden una adoración obediente con quienes siguen pautas humanas.[73]  “En vista de que los que guardan los mandamientos de Dios están puestos así en contraste con los que adoran la bestia y su imagen y reciben su marca, se deduce que la observancia de la ley de Dios, por una parte, y su violación, por la otra, establecen la distinción entre los que adoran a Dios y los que adoran a la bestia”.[74]  En ese tiempo final “los que adoran a Dios se distinguirán especialmente por su respeto al cuarto mandamiento...”.[75]

La autora extrae de la narrativa bíblica lecciones de obediencia y fidelidad.  “Dios quiso enseñar al pueblo que debía acercarse a él con toda reverencia y veneración y exactamente como él indicaba.  El Señor no puede aceptar una obediencia parcial.  No bastaba que en el solemne tiempo del culto casi todo se hiciera como él había ordenado”.[76]  La religiosidad no puede ser formal o ritual, sino un fruto de la obra del Espíritu.  “Nos inspirará una obediencia voluntaria a todos sus requerimientos.  Tal es el verdadero culto”.[77]

En consecuencia la adoración es cristocéntrica y se expresa en una respuesta creyente y comprometida.  “Es preciso juntarnos en torno de la cruz.  Cristo, y Cristo crucificado, debe ser el tema de nuestra meditación, conversación y más gozosa emoción”.[78]

 

La iglesia: el ámbito comunitario

Los escritos de Elena G. de White dan enorme importancia a la adoración de la iglesia.  Describen los momentos de culto como una profunda bendición y como “ocasiones sagradas y preciosas”.[79]

Para la autora, el culto no puede carecer de regulaciones específicas.  “Algunos piensan que es malo procurar observar orden en el culto de Dios.  Pero he visto que tal cosa no es peligrosa.  He visto que la confusión desagrada al Señor, y que debe haber orden en la oración y también en el canto”.[80]  No deja lugar para la negligencia o la apatía.  “Debiera haber reglas respecto al tiempo, el lugar, y la manera de adorar.  Nada de lo que es sagrado, nada de lo que pertenece al culto de Dios, debe ser tratado con descuido e indiferencia”.[81]

Parece clara su defensa de un culto digno y sereno que evite los extremos del formalismo y el fanatismo.  En los comienzos de la iglesia se dieron advertencias sobre la necesidad de un solemne decoro en el culto, contra las exclamaciones ruidosas, las oraciones a gritos y toda excitación.[82]  La escritora lamentó ciertas reuniones celebradas en Indiana con ruido, confusión y alboroto.[83]  Expresó: “El Señor quiere que sus servicios se caractericen por el orden y la disciplina, y no por la agitación y la confusión”.[84]  Las orientaciones en este sentido son específicas.  “Cuando los creyentes proclaman la verdad como está ejemplificada en Jesús, manifiestan una calma santa y serena, y no una tormenta de confusión”.[85]  Anticipa también que en tiempos futuros estas experiencias habrían de repetirse.[86]  Debe existir mucho cuidado en la evaluación de una experiencia tal.  “El Espíritu Santo nunca se manifiesta en esa forma, mediante ese ruido desconcertante”.[87]  El Espíritu Santo no se identifica con el desorden perturbador, pero Satanás trabaja en medio del estruendo y la confusión.[88]  La indicación se orienta hacia la prudencia.  “En esta etapa de nuestra historia debemos tener mucho cuidado de precavernos contra todo lo que sepa a fanatismo y desorden”.[89]  Ciertas cualidades del culto parecen ineludibles.  “La obra de Dios se ha caracterizado siempre por la serenidad y la dignidad”.[90]

Elena G. de White se mostró contraria a la mera ejecución de ceremonias que carecen del espíritu de culto.[91]  Pero entendía que el culto puede ser auténtico y significativo.  “Ningún término es demasiado enérgico para describir lo malo del culto formal, pero no hay palabras que puedan presentar debidamente la profunda bendición del culto verdadero”.[92]

Se elogia el orden y la disciplina al mismo tiempo que los cultos espirituales y atractivos, donde los adoradores participan y expresan gratitud y compañerismo.  “Nuestras reuniones deben hacerse intensamente interesantes.  Deben estar impregnadas por la misma atmósfera del cielo.  No haya discursos largos y áridos ni oraciones formales simplemente para ocupar el tiempo.  Todos deben estar listos para hacer su parte con prontitud, y cuando han cumplido su deber la reunión debe clausurarse.  Así el interés será mantenido hasta el final.  Esto es ofrecer a Dios un culto aceptable.  Su servicio debe ser hecho interesante y atrayente, y no dejarse que degenere en una forma árida.  Debemos vivir por Cristo minuto tras minuto, hora tras hora y día tras día.  Entonces Cristo morará en nosotros, y cuando nos reunamos, su amor estará en nuestro corazón, y al brotar como un manantial en el desierto, refrescará a todos y dará a los que están por perecer avidez por beber las aguas de vida”.[93]  En un concepto integral del culto el sermón no es lo único importante.  “Generalmente la predicación de nuestras reuniones del sábado debe ser corta.  Debe darse a los que aman a Dios oportunidad de expresar su gratitud y adoración”.[94]  Jesucristo dejó un ejemplo de lucha contra la formalidad en favor de un culto espiritual.  “Cristo vio que algo debía hacerse...  El culto espiritual estaba desapareciendo rápidamente.  Ningún vínculo unía a los sacerdotes y gobernantes con su Dios.  La obra de Cristo consistía en establecer un culto completamente diferente”.[95]

Además de la lectura y la predicación de la Escritura, se destaca el valor de otros elementos litúrgicos como la oración, el canto y la alabanza.  “Para el alma humilde y creyente, la casa de Dios en la tierra es la puerta del cielo.  El canto de alabanza, la oración, las palabras pronunciadas por los representantes de Cristo, son los agentes designados por Dios para preparar un pueblo para la iglesia celestial, para aquel culto más sublime, en el que no podrá entrar nada que corrompa”.[96]  Tanto el predicador como los adoradores son invitados a participar activamente.  “Gran parte de la adoración pública de Dios consiste en alabanza y oración, y cada seguidor de Cristo debiera participar en ella.  También está el servicio de predicación, dirigido por aquellos que están encargados de instruir a la congregación en la Palabra de Dios”.[97]  Como instrumentos de adoración participativa se equiparan el canto y la oración.  Dice la autora: “El canto, como parte del servicio religioso, es tanto un acto de culto como lo es la oración”.[98]  Es importante que la congregación escuche con atención a las palabras predicadas, pero también que ofrezca una respuesta al mensaje recibido.[99]

Es evidente que el culto está dirigido tanto a Dios como a la iglesia.  Dios es adorado y la iglesia es edificada.  Los actos litúrgicos han de ser ordenados y dignos de Dios.  También serán vitales y espirituales.

 

El futuro: la dimensión de la esperanza

Elena G. de White no ignora la dimensión escatológica a la adoración.  Vislumbra para la iglesia tiempos caracterizados por la alabanza y la adoración. Dice: “En visiones de la noche pasó delante de mí un gran movimiento de reforma en el seno del pueblo de Dios.  Muchos alababan a Dios.  Los enfermos eran sanados y se efectuaban otros milagros.  Se advertía un espíritu de adoración como lo hubo antes del gran día del Pentecostés”.[100]  La experiencia de adoración tendrá además una proyección eterna.  Entonces la humanidad, como la naturaleza “ofrecerá a Dios tributo de alabanza y adoración”.[101]

La autora entiende que la adoración constituye el verdadero eje del conflicto cósmico entre el bien y el mal originado en los cielos.[102]  Ese conflicto escatológico probará la lealtad del pueblo de Dios hacia el único objeto de adoración.  “El tiempo de angustia que espera al pueblo de Dios requerirá una fe inquebrantable. Sus hijos deberán dejar manifiesto que él es el único objeto de su adoración, y que por ninguna consideración, ni siquiera de la vida misma, pueden ser inducidos a hacer la menor concesión a un culto falso”.[103]

Elena G. de White relaciona la controversia final entre la verdadera y la falsa adoración con la actitud de los hombres hacia la ley de Dios.  Asegura que este tema dividirá a la humanidad en dos grupos diferentes.  El triple mensaje del Apocalipsis 14 es una exhortación a la adoración al Creador mediante la obediencia a sus mandamientos.[104]  “En vista de que los que guardan los mandamientos de Dios están puestos así en contraste con los que adoran la bestia y su imagen y reciben su marca, se deduce que la observancia de la ley de Dios, por una parte, y su violación, por la otra, establecen la distinción entre los que adoran a Dios y los que adoran a la bestia”.[105]  La adoración hará la diferencia.  “Al final de la lucha, toda la cristiandad quedará dividida en dos grandes categorías: la de los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, y la de los que adoran la bestia y su imagen y reciben su marca”.[106]

En particular la observancia del cuarto mandamiento será el asunto en cuestión que separará a los auténticos de los falsos adoradores.[107]  La adoración es ciertamente central en el conflicto escatológico y se relaciona estrechamente con el destino eterno de los hombres.

 

A modo de conclusión

Elena G de White dedica al tema de la adoración un espacio significativo.  En su concepto la adoración se dirige a Dios como objeto divino.  El Dios trascendente e inmanente es quien origina y orienta la adoración.  La criatura humana es el sujeto que responde en forma activa e integral a la vocación divina.  La redención obrada por Jesucristo genera y habilita la adoración de los creyentes, quienes responden al Salvador en fidelidad y compromiso.  La adoración se manifiesta en la vivencia personal y corporativa en armonía con la dinámica y el orden de la iglesia.  La adoración se proyecta finalmente hacia tiempos escatológicos en los cuales aparece como el centro que distinguirá a los auténticos de los falsos hijos de Dios.

Dr. Daniel Oscar Plenc

Director del Centro de Investigación White

Profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Adventista del Plata

 



[1] Este artículo fue presentado en forma preliminar en el III Simposio Bíblico Teológico de la Universidad Adventista del Plata bajo la temática central: “El Don de Profecía: Fundamento, Actualidad y Relevancia para la iglesia”, organizado por la Facultad de Teología de la UAP, el 4 de octubre de 2004.

[2] Elena Gould Harmon de White (1827-1915), reconocida como cofundadora de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, ha escrito alrededor de 100.000 páginas, parte de las cuales componen más de 130 libros, centenares de artículos y miles de cartas.  Sus libros han sido traducidos a 157 idiomas (Leo Ranzolín, “Elena de White, traducida a 157 idiomas”, Revista adventista, abril 2004, 28).

[3] Elena G. de White, Consejos para los maestros (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1966), 30.

[4] White, El conflicto de los siglos (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1977], 13, 611, 625; White, Patriarcas y profetas (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1971), 346-347.

[5] Los atributos de Dios pueden ser clasificados de diferentes maneras.  Una de ellas es dividirlos en atributos absolutos, relativos y morales.  Los atributos absolutos describen la esencia de Dios; los atributos relativos resultan de la relación de Dios con la creación; y los atributos morales tienen que ver con la relación entre Dios y los seres morales.  Véase H. Orton Wiley y Paul T. Culbertson, Introducción a la teología cristiana, ed. revisada, trad. Honorato Reza (Kanzas City: Beacon Hill Press, 1976), 102-125.

[6] White, El conflicto de los siglos, 611.

[7] White, Patriarcas y profetas, 313.

[8] White, Hijos e hijas de Dios (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1978), 60.  Véase también White, La historia de la redención (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1981), 146; White, Patriarcas y profetas, 314.

[9] White, Profetas y reyes (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1957), 34.

[10] White, Alza tus ojos (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1982), 36.

[11] White, Palabras de vida del gran maestro (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1971), 240.

[12] White, Patriarcas y profetas, 267.

[13] White, “A fin de conocerle” (Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 1964), 265.

[14] White, Patriarcas y profetas, 364.

[15] White, Conflicto y valor (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1970), 234.

[16] White, Joyas de los testimonios (Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 1956), 2:202-203.

[17] White, Mensajes para los jóvenes (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1967), 263.

[18] White, La historia de la redención, 72.

[19] White, Patriarcas y profetas, 695.

[20] White, El camino a Cristo (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1985), 103-105.

[21] White, El conflicto de los siglos, 467-468.

[22] White, Patriarcas y profetas, 348-349.

[23] Ibíd., 313.

[24] White, El conflicto de los siglos, 489.  Véase también White, Patriarcas y profetas, 348-349.

[25] White, Joyas de los testimonios (Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 1970), 3:262; White, Testimonios para la iglesia (Miami, Florida: Asociación Publicadora Interamericana, 1996), 2: 521.

[26] White, Alza tus ojos, 276.

[27] White, El conflicto de los siglos, 489-490.

[28] Ibíd., 490-491, 504-505; White, La historia de la redención, 401-402.

[29] White, El deseado de todas las gentes (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1971), 159.

[30] Ibíd., 64.

[31] Ibíd., 130.

[32] White, Mensajes selectos (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1967), 2:17, 19, 21, 23, 27, 29.

[33] White, Joyas de los testimonios, 2:193-203; White, El camino a Cristo, 101-104.

[34] C. Raymond Holmes, Sing a New Song!: Worship Renewal for Adventists Today (Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 1984), 163-164.

[35] White, Profetas y reyes, 34.

[36] White, Joyas de los testimonios, 2:252.

[37] White, Profetas y reyes, 35.

[38] White, Alza tus ojos, 37; White, Mensajes selectos (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1966), 1:291; White, Patriarcas y profetas, 15; White, Los hechos de los apóstoles (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1966), 31-32; White, El hogar adventista (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1967), 435.

[39] White, El deseado de todas las gentes, 159-160.

[40] White, Mensajes selectos, 2:17.

[41] White, Mensajes para los jóvenes, 263.

[42] White, Profetas y reyes, 33.

[43] White, Patriarcas y profetas, 568.

[44] White, Joyas de los testimonios, 2:378-379.

[45] White, Palabras de vida del gran maestro, 100, 240, 273.

[46] White, Alza tus ojos, 36.

[47] White, El camino a Cristo, 103-104.

[48] White, Conflicto y valor, 234.

[49] White, Consejos sobre la salud (Coral Gables, Florida: Asociación Publicadora Interamericana, 1989), 568.

[50] White, Palabras de vida del gran maestro, 240.

[51] White, Testimonios para los ministros (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1977), 123.

[52] White, “A fin de conocerle”, 265.

[53] White, El deseado de todas las gentes, 616.

[54] White, El ministerio de curación (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1975), 402; White, La educación (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1964), 186-187.

[55] White, En los lugares celestiales (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1967), 16.

[56] White, La maravillosa gracia de Dios (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1973), 58.

[57] White, Exaltad a Jesús (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1988), 246.

[58] White, El conflicto de los siglos, 709-710.

[59] White, Mensajes para los jóvenes, 252.

[60] White, Primeros escritos (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1962), 126-127.

[61] White, Mensajes para los jóvenes, 252.

[62] White, Patriarcas y profetas, 366.

[63] White, El deseado de todas las gentes, 406.

[64] White, Recibiréis poder: persona, presencia y obra del Espíritu Santo (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1995), 71.

[65] Ibíd., 334.

[66] White, Servicio cristiano (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1973), 122.

[67] White, Palabras de vida del gran maestro, 241.

[68] Ibíd..

[69] White, El ministerio de curación, 402.

[70] White, El conflicto de los siglos, 489.

[71] Ibíd., 490-491.

[72] White, Joyas de los testimonios (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1975), 1: 499.

[73] White, El conflicto de los siglos, 491, 495.

[74] Ibíd., 499.

[75] Ibíd., 499-500.

[76] White, Patriarcas y profetas, 374-375.

[77] White, El deseado de todas las gentes, 159-160.  Véase además White, En los lugares celestiales, 374.

[78] White, El camino a Cristo, 104.

[79] White, Joyas de los testimonios, 2:250.

[80] White, Joyas de los testimonios, 1:45.

[81] White, Joyas de los testimonios, 2:193-194.

[82] White, Primeros escritos, 304.  Véase también: Arturo L. White, Experiencias carismáticas en los comienzos de la historia adventista (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1976).

[83] White, Mensajes selectos, 2:39.

[84] Ibíd., 40.

[85] Ibíd., 41.

[86] Ibíd.

[87] Ibíd.

[88] Ibíd., 43.

[89] Ibíd., 47.

[90] Ibíd., 48.

[91] White, Patriarcas y profetas, 367.

[92] White, Obreros evangélicos (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1971), 370.

[93] White, Joyas de los testimonios, 2:252.

[94] White, Joyas de los testimonios, 3:27.

[95] White, El deseado de todas las gentes, 130.

[96] White, Joyas de los testimonios, 2:193.

[97] White, Signs of the Times, June 24, 1886.

[98] White, Patriarcas y profetas, 645.  Véase además White, La educación, 164.

[99] White, Signs of the Times, June 24, 1886.

[100] White, Consejos sobre la salud, 582.

[101] White, Conducción del niño (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1974), 538.

[102] White, Patriarcas y profetas, 15; White, El conflicto de los siglos, 13; White, La maravillosa gracia de Dios, 161.

[103] White, Profetas y reyes, 376.

[104] White, El conflicto de los siglos, 489-491, 495.

[105] Ibíd., 499.

[106] Ibíd., 503.

[107] Ibíd., 499-500, 502, 503, 611; White, Mensajes selectos (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1986), 3:485-486; El evangelismo (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1975), 174.