RESEÑA CRÍTICA-RESUMEN
Eduardo Francisco
Forga: El pionero casi olvidado del continente descuidado, por Elbio Pereyra. Florida, Buenos Aires: Asociación Casa
Editora Sudamericana, 2004. Pp. 124. ISBN 987-567-011-1.
Este pequeño libro biográfico se basa en una monografía de 83 pp. titulada: Eduardo Francisco Forga, The Forgotten Pioneer From the “Neglected Continent” que el autor escribió en 1987 con datos tomados principalmente de los archivos de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día y del Patrimonio de los Escritos de Elena G. de White, en Maryland, Estados Unidos. El autor se propone atraer la atención sobre la vida y la obra de Eduardo Francisco Forga (1871-1915), actualmente un desconocido pionero del adventismo sudamericano, especialmente en el área de las publicaciones.
El primer capítulo (pp 9-13)
introduce al pionero “casi olvidado” Eduardo Francisco Forga, nacido en
Arequipa, Perú, el 26 de marzo de 1871, hijo de padre español y de madre de
origen alemán. Habla de sus estudios en
Suiza durante quince años (desde los diez años hasta los 25) y de su regreso a
Arequipa en 1896 como ingeniero en minas.
Describe su servicio en una misión evangélica por diez años y por otros
nueve años dentro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día hasta su prematura
muerte.
El autor hace una enumeración de fuentes epistolares y de archivo para el estudio de la vida y la obra de Forga. Cita a Robert G. Wearner, ex misionero en Uruguay y Perú, quien consideró en 1978 a Forga como “el más notable de los adventistas del séptimo día del Perú”. Da a entender que, aparentemente antes de la aparición de este libro, los únicos interesados en la vida de Forga habían sido los profesores peruanos Luis Alberto del Pozo y Merling K. Alomía.
Se habla también del parentesco de los Forga con los White (pioneros del adventismo), ya que la esposa de Forga, Margarite Lacey, era hermana de Ethel May Lacey, segunda esposa de William C. White (hijo de Elena G. de White). El libro da cuenta de la visita de Forga a los White en California en 1907 y de su posterior trabajo con revisiones de traducciones, supervisión y traducción de las obras principales de Elena G. de White al español. Forga fue el primer traductor, debidamente preparado, de estos libros, debido a su educación y su dominio del español, alemán, francés e inglés.
El capítulo II (pp 15-21) describe a Forga como propulsor del vegetarianismo y la temperancia en el Perú, antes y después de ser un adventista del séptimo día. En Europa había tomado contacto con obras sobre higiene y curaciones naturales, frecuentó instituciones hidropáticas, sanatorios y restaurantes vegetarianos y asistió a charlas y conferencias sobre el tema, especialmente en 1895. Decidió practicar el vegetarianismo y compartir su conocimiento con el pueblo peruano. También se había convencido del protestantismo, regresando en 1896 como vegetariano, abstemio y protestante.
Inició una campaña para difundir el vegetarianismo, la temperancia y el sano vivir. Escribió artículos y folletos, leídos en Perú y otros países. También tradujo artículos de autores europeos y ofreció charlas.
La obra informa del contacto de Forga con la Iglesia Adventista del Séptimo Día por medio de la revista El Faro, publicada en Buenos Aires desde 1897. Estando en Inglaterra en 1906, Forga conectó la mencionada revista con la Iglesia Adventista y se unió a ella por el resto de su vida. Asistió a conferencias sobre el libro de Daniel dirigidas por el profesor H. C. Lacey y a otras reuniones de la iglesia. Ese mismo año se casó con Margarite Lacey, cuñada de W. C. White.
Forga había asistido a congresos y conferencias antialcohólicas en Perú y Europa, e invirtió en la causa de la temperancia muchos esfuerzos y recursos personales. El libro lo presenta como un auténtico pionero de la temperancia en el Perú (recuérdese que el primer pastor adventista, Franklin Lelan Perry, llega al Perú recién en 1905).
El tercer capítulo (pp 23-39) trata sobre Forga como pionero de la libertad religiosa en el Perú. Se informa que, de los diez años que trabajó en el Perú (1896-1906), dedicó siete a la causa del vegetarianismo y la temperancia y que en los tres últimos adicionó la tarea en favor de la libertad religiosa, la separación de la iglesia y el estado y la reforma religiosa.
Su defensa del sano vivir lo había vuelto influyente entre los intelectuales, miembros de la clase alta y liberales del Perú. Con ese apoyo sostuvo un protestantismo agresivo y combativo contra la Iglesia Católica y su influencia sobre el pueblo peruano y sobre la población indígena. Dirigió la revista La Reforma que se leía en diversos países. La oposición por medio de la prensa, los medios legales y judiciales no se hizo esperar, de modo que debió confinarse a su casa y luego emigrar a Inglaterra para no regresar jamás. En realidad Forga había decidido volver al Perú en 1907, pero al visitar con su esposa a los White en California, recibió el consejo de no hacerlo en ese momento. Entonces decidió permanecer en California, sin dejar de luchar por la libertad religiosa del Perú por medio de publicaciones.
El cuarto capítulo (pp 41-54) destaca el interés de Forga por los derechos de los indígenas que sufrían el descuido y la ignorancia. También su deseo de evangelizarlos. Entre 1907 y 1908, la Review and Herald publicó varios artículos de Forga sobre la libertad religiosa y la causa indígena. Forga contribuyó además con la recolección de fondos para la evangelización de los indígenas incaicos (Bolivia, Ecuador y Perú). Él mismo donó dinero para este fin y dispuso en su testamento que parte de sus bienes se destinasen a esta obra.
El extenso capítulo V (pp 55-85) enfoca la tarea de Forga como traductor y coordinador de traducciones. Luego de su aceptación del adventismo, Forga vivió en los Estados Unidos, Inglaterra y España. Asumió la tarea de traducción al español con gran responsabilidad y entusiasmo. No había en sus días buenos traductores. El primer director de la revista El Faro, Juan Vuilleumier, era suizo. F. W. Westphal y su hermano J. W. Westphal no hablaban el español. Más tarde, Edgar Brooks logró aprender bien el idioma y fue editor de la Casa Editora Sudamericana en Buenos Aires y redactor de la Revista adventista y de El atalaya entre 1917 y 1929. Algunas traducciones deficientes de libros de Elena G. de White y de otros autores habían sido hechas por personas bien intencionadas como G. W. Caviness y John McCarthy.
Francisco D. Díez, un pastor presbiteriano de origen español que nunca se interesó en el adventismo, tradujo obras de Elena G. de White bajo la dirección de Forga, desde 1908 hasta 1915, como El conflicto de los siglos, El ministerio de curación, Palabras de vida del Gran Maestro, El discurso maestro de Jesucristo, Cristo nuestro salvador y de otros autores como L. R. Conradi, F. M. Rossiter, y Urías Smith. Los primeros dieciséis capítulos de El conflicto de los siglos ya habían sido traducidos por el mejicano A. B. Carrero, un predicador no adventista de la Sociedad Bíblica Americana y fueron revisados por Carlos Bransby de la Universidad de Berkeley y por Forga. En 1908, Forga fue invitado a hacer la traducción definitiva del libro The Great Controversy de 1911 [El conflicto de los siglos] con un equipo internacional de asistentes. La consideró su gran misión. Buscó en bibliotecas de Europa las referencias bibliográficas citadas. La tarea de traducción y publicación se completó en 1913.
Para mejorar su capacitación, Forga estudió literatura e inglés en la Universidad de Berkeley. Tanto A. G. Daniells, presidente de la Asociación General como Elena G. de White apreciaron su obra como traductor.
El capítulo VI (pp 87-93) explica la inclusión del capítulo adicional [el 13], titulado “El despertar de España”, en la edición española de El conflicto de los siglos (pp 252-277), por sugerencia de Forga. La leyenda al pie de su primera página dice: “Este capítulo fue compilado por los Sres. C. C. Crisler y H. H. Hall [asistentes de Elena G. de White], y se insertó en esta obra con la aprobación de la autora”. El capítulo fue escrito en inglés y traducido al español por G. W. Caviness. En verdad Forga había propuesto como posibles autores, al pastor bautista Pablo Besson, al Dr. Clemente Ricci de la Universidad de Buenos Aires o al filósofo español Miguel de Unamuno.
El séptimo capítulo (pp 95-108) describe el sentido de misión de Forga y su preocupación por misioneros. Aunque Forga había decidido unirse a la Iglesia Adventista en Londres, no fue bautizado sino hasta el final de su vida, en España. Lo bautizó L. R. Conradi. Mientras tanto continuó enviando materiales adventistas a los misioneros evangélicos que trabajaban en Perú y en otros lugares de América del Sur, sin recibir una respuesta positiva. Forga insistió en el envío de misioneros a Bolivia, Perú y Ecuador e impulsó la obra de sostén propio.
El capítulo final (pp 109-121) cuenta sobre los últimos años de E. F. Forga. Había vivido por tres años en Santa Elena, California y luego se trasladó a Londres. Su destino final de trabajo, como misionero, fue España, lugar al que hubiera deseado no ir por su trasfondo católico. Los esposos Forga vivieron en España desde 1913 hasta su viaje de emergencia a Gland, Suiza. Falleció en el sanatorio adventista de ese lugar el 24 de agosto de 1915 a los 44 años. Su esposa insistió en la hipótesis de que había sido envenenado en Barcelona.
Forga había sido redactor responsable de la revista Señales de los tiempos publicada en España. También envió artículos para otras revistas de la iglesia. Fue en síntesis un apasionado defensor de la verdad y un entusiasta de las publicaciones llenas del mensaje redentor.
Al escribir su trabajo sobre Forga, el autor se decide por un orden temático antes que cronológico, de modo que la biografía debe rastrearse, no sin cierta dificultad, a lo largo de los capítulos. Algunas explicaciones son un tanto reiterativas y otras algo confusas, como la del vínculo familiar de Forga con los White. Llama la atención algunas digresiones importantes dentro del contenido del libro, por ejemplo, al describir la obra de James Thompson en la difusión de la Biblia (pp 32-38, 49-52), la tarea de A. N. Allen entre los indígenas brasileños (pp 42-43) y la misión de Ferdinand A. Stahl y Sra. (pp 43-44). Otra desviación significativa, aunque útil, es la que trata sobre la composición, traducción y publicación de El conflicto de los siglos de Elena G. de White, así como su uso de la historia (pp 70-80, 91-92). El trabajo editorial ha dejado deslizar algunas imperfecciones involuntarias que convendría corregir para una próxima edición. No obstante, se trata de un libro inspirador y altamente recomendable para el estudio de la historia denominacional y de las publicaciones de Elena G. de White en español. El tamaño del libro no hace justicia a la importancia de su contenido, tanto histórico como espiritual. El volumen no contiene una bibliografía final, pero sí referencias al final de cada capítulo. Hay un breve epílogo sin apéndices adicionales.
Dr. Daniel Oscar Plenc
Universidad Adventista del Plata,
Libertador San Martín, Entre Ríos,
ARGENTINA.