RESEÑA DEL LIBRO ¡REGOCIJAOS!: LA MÚSICA CRISTIANA EN LA ADORACIÓN DE DONALD P. HUSTAD

 

Daniel Oscar Plenc

 

Datos bibliográficos: Hustad, Donald P.  ¡Regocijaos!: la música cristiana en la adoración.  Trad. Olivia de Lerín, Bonnie de Martínez, J. Bruce Muskrat, Josie de Smith y Ann Marie Swenson.  El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1998.  Pp 596 (no tiene enumeración romana).  ISBN – 0-311-32443-6.  Precio: US$ 19, 99.

 

RESUMEN

 

            El libro trata sobre la función de la música en la adoración eclesial.  La tesis central del autor es que “la música eclesiástica debe ser tratada como un arte funcional y juzgada por si cumple o no sus mejores funciones” (pág. 9).  La considera apropiada cuando cumple los propósitos de Dios para la iglesia: adoración, proclamación, educación, servicio y compañerismo (pág. 40-42).

 

El autor define la adoración como la actividad más importante en la vida humana y eclesial.  La entiende como respuesta afirmativa del hombre a la revelación de Dios (pág. 119).  A su parecer la adoración es un dialogo con Dios, una ofrenda a Dios, y un llegar a ser más semejante a Dios.

 

En su reseña histórica de la música en la adoración cristiana, el autor se remonta a los tiempos bíblicos y mira el desarrollo de la música sacra hasta el presente.  Caracteriza el presente como un tiempo de renovación en la adoración.

 

            Las aplicaciones prácticas contienen recomendaciones sobre actividades eclesiales que incluyen la música.  Se tratan asuntos concretos como la utilización del drama en el culto contemporáneo, los cultos especiales (casamientos, funerales, bautismos y dedicación de niños), la música en la evangelización y en la obra misionera mundial, la música coral, congregacional, instrumental, para solistas y conjuntos.

 

ANÁLISIS

 

            En su tratamiento del tema, el autor divide el libro en tres partes, tituladas “Consideraciones generales” (capítulos uno al cinco), “Historia de la música en la adoración cristiana” (capítulos seis al diez), y “Aplicaciones prácticas” (capítulos once al veinte).  La primera parte que trata la música en la adoración cristiana es considerada la más importante.

 

En primer lugar, Hustad describe la música en su origen, sus modos de expresión y su relación con la adoración.  Afirma que la música es un don de Dios para nosotros.  Luego desarrolla su propuesta principal al considerar la música cristiana como un arte funcional, juzgada por el cumplimiento de su cometido, es decir de los propósitos divinos para la iglesia.  El autor sostiene que la música eclesiástica debe ser la mejor expresión humana posible a fin de servir como un medio eficaz de revelación divina y respuesta humana (pág. 44, 55).  Ese es el criterio propuesto para evaluar todas las reuniones y actividades de la iglesia, incluyendo su música (pág. 56).  El autor destaca la autoridad de las Escrituras respecto de las prácticas de la adoración congregacional, incluyendo el uso de la música (pág. 89).

 

Lo esencial de la primera parte es la relación propuesta entre la expresión musical y la naturaleza de la adoración cristiana.  Afirma que toda renovación cúltica debiera suceder a un examen de las bases bíblicas y teológicas de la adoración (pág. 116-117).  La naturaleza de la adoración tiene que ver con un encuentro humano y divino, con una revelación divina y una respuesta humana positiva (pág. 119-120).  La música es un medio de expresión en este diálogo divino-humano.  El culto es visto también como ofrenda y como entrega integral a Dios.

 

            En segundo lugar, y ya establecidas las bases teológicas para la música y la adoración de la iglesia, el autor revisa el desarrollo histórico de la música eclesiástica desde los tiempos bíblicos.  Se trata aquí de evaluar históricamente el valor funcional de la música en la iglesia de acuerdo con sus propósitos ya mencionados.  Los primeros quince siglos de la música cristiana estuvieron marcados por un enfoque teocéntrico de la adoración con expresiones de gran elevación y riqueza artística.  Desde tiempos de la Reforma se reacciona contra los excesos litúrgicos y se hace un énfasis más antropocéntrico y encarnacional con un interés en la edificación.

 

            En este resumen histórico Hustad encuentra las raíces de la adoración entre los evangélicos: raíces en el cristianismo primitivo, en la reforma protestante, y en los movimientos pietista, evangelístico y de la iglesia libre.  El autor cumple sus propósitos de identificar los conceptos de adoración comunes a todos los cristianos, esclarecer las razones de la singularidad de los evangélicos, e identificar los elementos perdidos que deben recuperarse.

 

            En tercer lugar se enfocan los distintos tipos de música: congregacional, coral, para solistas o conjuntos musicales e instrumental, en relación con las funciones de la música cristiana: adoración, proclamación, educación, servicio y comunión.  De estos propósitos se extraen las directivas y las normas para el ministerio de la música eclesial.  Hustad desea rescatar de aquí algunos principios básicos para toda verdadera renovación en la adoración.

 

EVALUACIÓN

 

            Donald P. Hustad aborda un tema de vital importancia y actualidad para los cristianos de hoy, sobre el cual existe una enorme demanda de bases y orientaciones claras.

           

Comparto ampliamente la plataforma teológica sobre la que el autor discute el asunto de la música eclesial.  Es básicamente certera su visión de la música cristiana como un arte sujeto a los propósitos divinos para la iglesia.

           

El autor coloca apropiadamente las Escrituras como guía suprema en asuntos litúrgicos y musicales, sin embargo no parece haber explotado suficientemente la riqueza de la información bíblica sobre la música religiosa.  También hace bien en reclamar consistencia entre la música de una iglesia y sus antecedentes doctrinales e históricos, pero es posible que otorgue en este sentido demasiado peso a la tradición denominacional como criterio evaluador de la música cristiana.  Un mayor énfasis debería darse a la fidelidad de la actividad eclesial a la autoridad bíblica antes que a los precedentes históricos o dogmáticos.

           

            El libro es una fuente enorme de recursos e instrucciones, aunque no siempre posee la claridad y la fluidez que el lector pudiera desear.  La extensión del trabajo parece indicar un exceso de informaciones respecto de la intención específica del autor.  Por otra parte la edición española necesita definidamente una mejor traducción.  El fundamento teológico para la adoración y la música que ofrece es acertado, aunque podrían explorarse otras áreas de la teología escasamente abordadas.  El autor habla de la adoración en relación con la revelación de Dios, y con la respuesta del hombre en su entorno cultural, pero no se detiene lo suficiente a examinar su vinculación con la historia de la salvación, o con el concepto de iglesia.

 

            En definitiva, la obra debe ser recomendada como fuente valiosa de consulta y reflexión para todo cristiano preocupado por una utilización adecuada de la música en la adoración de la comunidad cristiana.  El autor ha realizado un esfuerzo digno al pensar en la música cristiana en el marco de la teología en general y de la eclesiología en particular.  La obra concluye con una extensa sección de notas (539-564), la bibliografía (565-577), un índice de referencias bíblicas (579-581), y un índice general (583-596).