EL SIGNIFICADO PROTOLÓGICO Y
ESCATOLÓGICO
DE LA ADORACIÓN
Se
espera con renovado énfasis que el culto, como expresión corporativa de
adoración, sea una experiencia presente con un significado relevante y actual
para los creyentes contemporáneos. Pero
ese acento en el presente puede desestimar la existencia de otras dos
dimensiones temporales inherentes a la adoración. Porque la adoración es siempre una rememoración histórica del
pasado salvífico, y una anticipación del futuro prometido en la profecía. Por lo cual la adoración es tanto
protológica como escatológica, tanto histórica como profética.[1]
La ponencia reflexiona sobre estos aspectos temporales de la experiencia cúltica en busca de un mayor significado.
Hay ejemplos
veterotestamentarios de expresiones de adoración vinculadas a intervenciones
divinas en el pasado.[2] El sábado y las festividades hebreas
constituían una recordación de las obras divinas de creación y redención en la
historia pasada, y a la vez una anticipación de las obras futuras de Dios.[3] A diferencia del culto cananeo ligado a la
naturaleza, el culto en Israel estaba ligado a la historia, a la historia de
salvación.[4] Israel
había de responder a Dios en adoración al asumir la acción divina en revelación
y redención.[5] De ese modo “la religión hebrea siempre
contemplaba el pasado”.[6]
Por
medio de los ritos los israelita evocaban el accionar salvífico de Dios y
manifestaban su confianza esperanzada en el futuro.[7] Estas manifestaciones históricas y esta
conducción de Dios determinan una concepción lineal y no circular del tiempo,
que se inicia en la creación y se extiende hacia la salvación escatológica.[8] La base de la fe hebrea no es mítica sino
histórica, lo mismo que su culto.[9]
Dentro de esos
eventos históricos, el éxodo adquiere importancia fundamental para la adoración
de Israel.[10] Ha sido reconocido como el centro de la
adoración veterotestamentaria.[11] El éxodo fue una liberación de la esclavitud
y una habilitación para el servicio y la adoración de Dios.[12] La victoria de
Dios sobre los enemigos de Israel es similar a la victoria lograda sobre el
pecado y la muerte por medio de la cruz de Cristo.[13] El éxodo fue el acto fundacional de Israel como pueblo de Dios y
comunidad cúltica.[14] El cántico de Moisés (Ex 15:1-19) expresa la
alabanza, la gratitud y la adoración del pueblo liberado.[15]
La fiesta anual de
la pascua habría de conmemorar la gran liberación de Dios en favor de Israel.[16] “La pascua había de ser tanto conmemorativa como
simbólica. No sólo recordaría la
liberación de Israel, sino que también señalaría la liberación más grande que
Cristo habría de realizar para libertar a su pueblo de la servidumbre del
pecado”.[17] En realidad “todo el culto de Israel de
antaño era una promesa, en figuras y símbolos, de Cristo”.[18]
Los eventos del
éxodo y del Sinaí son un paradigma para todas las manifestaciones cúlticas
porque contienen sus elementos estructurales básicos: (1) una convocatoria divina, (2) una
respuesta participativa del pueblo, (3) la proclamación de la Palabra de Dios,
(4) un compromiso de obediencia.[19]
Los documentos veterotestamentarios prevén también una proyección de la adoración hacia tiempos escatológicos.[20] En el propio culto de Israel “se expresaba la esperanza del pueblo”.[21] Los servicios del tabernáculo y el templo eran enseñanzas objetivas de la salvación, y una vez al año llevaban los pensamientos del pueblo “hacia los acontecimientos finales de la gran controversia entre Cristo y Satanás, y hacia la purificación final del universo, que lo limpiará del pecado y de los pecadores”.[22]
Los sacrificios de
animales constituían una parte importante de los actos cúlticos en el antiguo
pacto, y anticipaban la redención futura en Jesucristo.[23] Debe hablarse entonces de una respuesta cúltica de alcance
temporal. El culto es siempre
recordación (anámnesis) y anticipación.[24] Era
una afirmación de la memoria y de la esperanza del pueblo.[25]
En el culto cristiano se repite la
estructura de la adoración como recordación del pasado y anticipación del
futuro. El culto de la iglesia
conmemora la obra divina en el pasado, y da lugar a la esperanza de la gloria
futura.[26]
En este sentido participa de la tensión soteriológica entre las eras presente y porvenir. La adoración vive entre los tiempos del “ya” y el de “todavía no”.[27] El culto eclesial celebra anticipadamente el futuro prometido.[28] En la enseñanza de Jesús existe una “irrupción del reino de Dios”. Es decir, el reino de Dios es una realidad histórica en Cristo y a su vez una realidad escatológica (Lc 11:20; 10:18).[29] El culto es en este sentido un argumento en favor de la llegada del reino de Dios.[30]
Estas medidas temporales de la adoración se plantean prominentemente porque están basadas en la obra pasada, presente y futura de Cristo.[31] La vinculación del culto cristiano con la historia de la salvación se reconoce ampliamente.[32] Jean Jacques von Allmen dice que el culto es “recapitulación de la historia de la salvación”, y oposición al olvido del pasado y a la pérdida de la esperanza de lo prometido.[33] Elena G. de White afirma que la ejecución del “plan de salvación” despierta admiración y la adoración.[34] La grandeza de esa salvación hace posible una expresión de adoración placentera y alegre.[35]
Una mirada al pasado: la Cruz
El fundamento teológico de la adoración neotestamentaria es el sacrificio de Jesús (Hch 2:22-36; 1 Co 1:18-31), porque reconcilió al hombre con Dios.[36] Debe sostenerse entonces la centralidad del sacrificio redentor de Jesucristo en la adoración cristiana.[37] La muerte de Cristo es también el incentivo más importante para la adoración.[38]
La centralidad de
la muerte sustitutiva de Cristo es simbolizada por la Cena del Señor.[39] Es una invitación a la memoria de la
salvación pasada, así como una proclamación de su intervención futura.[40] Conmemora e ilustra la salvación obtenida
por medio del sacrificio de Cristo.[41] La última cena fue “un punto de transición
entre dos sistemas y sus dos grandes fiestas representativas”.[42] Tenía el propósito de “conmemorar la gran
liberación obrada como resultado de la muerte de Cristo”.[43] Posee además una dimensión
escatológica. “El rito de la comunión
señala la segunda venida de Cristo.
Estaba destinado a mantener esta esperanza viva en la mente de los
discípulos”.[44] La cena del Señor en su aspecto temporal “es tanto una conmemoración como una anticipación...”.[45] La santa cena
aparece en los documentos neotestamentarios en asociación con la naturaleza
escatológica de la adoración cristiana (Mt 26:26-29; Mr 14:22-25; Lc 22:14-18;
1 Co 11:26).[46]
Una mirada al presente y al
futuro: el santuario y la parusía
El
Nuevo Testamento relaciona también la verdadera adoración con la intercesión de
Cristo en el santuario celestial (Heb 4:14-16; 7:25; 8:1, 2).[47] Cristo es objeto de la adoración pero a su
vez sujeto del culto cristiano por su identificación como sumo sacerdote y mediador que dignifica la adoración de la iglesia.[48] Por eso es imposible una comprensión de la
adoración neotestamentaria sin la presuposición del sacerdocio de Cristo.[49] La mediación celestial de Cristo habilita y
motiva a los hombre para la adoración.[50]
La
adoración también apunta a la etapa final de la obra redentora de Cristo. “La adoración de la iglesia del Nuevo
Testamento toma lugar en anticipación al retorno del Señor. La iglesia primitiva creyó en su pronto
retorno, y esta expectativa se reflejó en su adoración”.[51]
La
parusía ofrece la consumación del plan de salvación y el adecuado punto final a
la historia de la salvación. El culto
cristiano debe tener en cuenta esta expectativa y la actividad litúrgica
debería reflejarla.[52] La adoración cristiana
incluye una dimensión futura y fortalece la esperanza de la iglesia.[53]
El Nuevo Testamento parece mostrar tanto una anticipación eterna de la experiencia de adoración como una reinterpretación escatológica del culto cristiano.[54] Allí los tiempos escatológicos comienzan con la primera venida de Cristo. Dios inaugura en Jesucristo la era escatológica y la completa en el regreso de Cristo.[55] Puede hablarse de la adoración cristiana como anticipación de las realidades escatológicas anunciadas en la Escritura.[56]
Se interpreta la adoración cristiana como una
“escatologización” del culto veterotestamentario y la plenitud del culto
antiguo.[57] Parece evidente que “la escatología es el
modo dominante de la adoración del Nuevo Testamento y la llave que abre su
significado normativo”.[58] En verdad la misma iglesia cristiana se
concibe como un fenómeno escatológico, y la adoración de la iglesia del tiempo
del fin es también un fenómeno escatológico.
La iglesia adora en el intervalo entre la ascensión y el retorno de
Cristo.[59] Así la adoración cristiana puede celebrar el
reino de gracia y al mismo tiempo anticipar el reino de gloria. La iglesia no debiera olvidar que “la
adoración cristiana es escatológica”.[60]
Además de la
presente, la experiencia de adoración tendrá entonces una dimensión eterna.[61] Esa tensión entre lo presente y lo eterno
debe llevar a considerar la adoración como anticipo y testimonio de la realidad
escatológica.
Parece claro que el verdadero culto
debe valorar el accionar salvador de Dios en las tres dimensiones temporales
–pasado, presente y futuro, e incluirlas.[62] Deberá ser profundamente cristocéntrico
debido a la centralidad de la obra de Cristo como instrumento del plan de la
salvación.
La conciencia del significado protológico y escatológico de la adoración
enriquece la acción cultual del presente.
Pensadores católicos están viendo en la experiencia cúltica una
conmemoración de las obras salvadoras de Dios en lo pasado, y una expresión de
esperanza en la futura intervención de Dios en favor de su pueblo.[63] El protestantismo, en común con otras
concepciones cristianas, ha visto la adoración ubicada en medio de la tensión
entre el “ya” y el “todavía no”.[64] Entiende que el culto la iglesia del
presente proyecta su mirada hacia el futuro reino de Dios y lo disfruta
anticipadamente.[65] Aunque la segunda venida de Cristo ha sido
un énfasis histórico del pentecostalismo-carismatismo,[66] su acento
cúltico parece orientarse a una experiencia presente con Dios, antes que a una
recordación del pasado y una anticipación del futuro.[67]
El adventismo, por su propio
concepto de iglesia, se ve a sí mismo como una comunidad misionera y como
evento escatológico. Su teología puede
ser definida como escatológica-cristocéntrica, por su concentración en la
primera y la segunda venida de Cristo.[68] Ese acento escatológico constituye una
fuerza impulsora en la adoración adventista.[69]
Una
adoración cristocéntrica debe tener en cuenta el pasado y el futuro junto con
el presente en consideración de la obra salvadora de Cristo realizada en el
tiempo (Heb 13:8). La vida, muerte, resurrección, y
retorno de Jesucristo son el centro de la adoración cristiana.[70] En la Escritura se
explica la adoración como recordación y celebración de las intervenciones
pasadas de Dios en favor de su pueblo, una apropiación presente de los
beneficios manifestados en el pasado, y una anticipación esperanzada de actos
divinos para el futuro.[71] En la adoración existe
recordación de los actos históricos de Dios, así como sus promesas para el
futuro.[72] En el culto de los
creyentes coinciden y se realizan estas tres extensiones temporales. Es correcto afirmar que “el culto recuerda primero de todo los eventos
del pasado de los cuales era celebración y renovación. Al mismo tiempo le da realidad presente y
así reaviva la fe del pueblo en Dios...
Finalmente estimula la esperanza del pueblo y su expectativa del día
cuando Dios inaugure su reino...”.[73] La respuesta del pueblo a los hechos salvadores de Dios se da en
“recordación, anticipación, celebración, y servicio”.[74]
El culto establece un vínculo con el pasado, da sentido al presente e inspira esperanza ante el futuro.[75] Mike Hamel propone las tres “R” del culto: recuerdo, revalidación y respuesta como fundamento de toda adoración escritural.[76] Holmes habla de una misión litúrgica de la iglesia que consiste en proclamar el ministerio celestial de Cristo y su retorno prometido por medio de las palabras y actos del culto.[77] La liturgia consiste en “las acciones de una congregación respondiendo en adoración al ministerio total de Cristo...”.[78] En su propuesta de elementos esenciales para la adoración adventista, (a) dar atención al sábado recuerda la dimensión pasada de la existencia humana y su origen, (b) dar atención al santuario celestial y al ministerio de Cristo allí recuerda la dimensión presente de la vida, y (c) dar atención al segundo advenimiento de Cristo provee la dimensión futura de la existencia humana.[79] En verdad “el culto es una recapitulación de la historia de la salvación en el sentido cronológico: en él se encuentran y se conjugan el pasado, el presente y el futuro mesiánicos”.[80]
En la medida en que el culto no olvide su significado protológico y escatológico tampoco perderá su relevancia para la iglesia de hoy.
Dr. Daniel Oscar Plenc
Doctor en Teología, Universidad Adventista del Plata, Argentina
Profesor de la Facultad de Teología
Director del Centro de Investigación White
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[1] Expresión tomada
de D. Nam, “The ‘Throne of God’ Motif in the Hebrew Bible” (Ph.D. dissertation,
Andrews University, Berrien Springs, Michigan, 1989), 398.
[2] Moisés canta a
Jehová por la liberación del éxodo (Ex 15:1), y pone a Dios como objeto de
alabanza por las grandes cosas hechas con Israel (Dt 10:21-22). El pueblo sirvió a Jehová mientras vivieron
aquellos que “sabían todo lo que Jehová había hecho por Israel” (Jos 24:31; Jue
2:7). Samuel afirma que el temor de
Jehová se justifica en las grandes cosas que ha hecho por Israel (1 S 12:24); y
Salomón bendice a Jehová por el cumplimiento de sus promesas en lo pasado (1 R
8:56). El salmista ofrece un himno de
alabanza por “las cosas admirables que ha hecho por los hijos de los hombres”
(Sal 66:1-6), e Isaías alaba el nombre de Dios por las maravillas hechas (Is
25:1). J. B. Taylor, “El Antiguo Testamento como trasfondo”, Diccionario
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trad. Norberto Wolf (Grand Rapids: T. E. L. L., 1977), 23.
[3] Robert E. Webber, Worship,
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[5] David Peterson, Engaging
with God: A Biblical Theology of Worship (Grand Rapids, Michigan: William
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[6] J. B. Taylor, “El Antiguo Testamento
como trasfondo”, Diccionario de la teología práctica: Culto, 23.
[7] Barbaglio y Dianich, 1:290-291.
[8] Argárate, 12; P. Bläser, “Historia de la
salvación”, Conceptos fundamentales de la teología, trad. Alfonso de la
Fuente Adanez, ed. Heinrich Fries (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1966), 2:217.
[9] Bläser, 2:214.
[10] Bläser, 2:214; J.
D. Crichton, “Biblical Worship as Response to Saving Events”, The Biblical
Foundations of Christian Worship, ed., Robert E. Webber (Peabody,
Massachusetts: Hendrickson Publishers, 1993), 81; J. B. Taylor, “El Antiguo
Testamento como trasfondo”, Diccionario de la teología práctica: Culto,
23.
[11] Webber, Worship,
Old & New, 20-21; Webber, Worship is a Verb: Eight Principles for a
Highly Participatory Worship (Nashville: Abbott Martyn, 1993), 28. La importancia del éxodo se ve en la repetición reiterada
del relato en los Salmos (por ejemplo en 78:12-13; 136:10-15).
[12] Peterson, 27; Webber, Worship is a
Verb, 28; Norval F. Pease, “La adoración: una doctrina bíblica”, Lecciones
para la Escuela Sabática (Buenos
Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1976), 12. Moisés insistió en reclamar la
salida del pueblo para que pudiese servir a Dios (Ex 7:16; 8:1; 9:1, 13; 10:3).
El éxodo descalificaría a las divinidades egipcias y exaltaría al Dios
de Israel “para que su pueblo se apartara de la idolatría y le tributara
verdadera adoración” (Elena
G. de White, Patriarcas y profetas [Mountain View, California: Pacific
Press Publishing Association, 1971], 267).
[13] Donald P. Hustad, ¡Regocijaos!: la
música cristiana en la adoración, trad. Olivia de Lerín, Bonnie de
Martínez, J. Bruce Muskrat, Josie de Smith y Ann Marie Swenson (El Paso, Texas:
Casa Bautista de Publicaciones, 1998), 147.
[14] Jean Jacques von Allmen, El culto
cristiano, su esencia y su celebración, trad. Antonio Chaparro y Luis
Bittini (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1968), 44; Webber, Worship is a Verb,
29; John F. MacArthur, True Worship (Chicago: Moody Press, 1982), 30.
[15] Pease, “La
adoración: una doctrina bíblica”, 13; John M. Fowler, “O Come, Let us
Worship!”, Ministry, october 1991, 6. Esta es la primera referencia bíblica a una
adoración musical. El Apocalipsis
retoma la figura de este cántico de liberación y lo aplica al conflicto
escatológico (14:3; 15:3-4). Este
cántico nuevo es una reminiscencia del “cantado por los israelitas regocijados
por la liberación de Egipto (Ex 15:1-18; Sal 33:3; 40:3; 96:1; 98:1; 99:9; Is
42:10)” (Holmes,
“Worship in the Book of Revelation”, Journal of the Adventist Theological
Society 8, Nº 1-2 [spring-autumm 1997]: 8).
[16] White, Patriarcas y profetas, 280; Webber, Worship is a Verb,
28. Los salmos Hallel (113-118)
eran cantados en ocasión de la Pascua y recordaban los actos salvadores de Dios
en favor de Israel (Hustad, ¡Regocijaos!, 153).
[17] White,
Patriarcas y profetas, 281.
[18] White, Testimonios para los ministros
(Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1977), 123).
[19] Webber, Worship,
Old & New, 20-21; Argárate, 73.
[20] En el reinado
postrero anticipado en la profecía de Isaías para Israel, únicamente Jehová
sería exaltado (2:11, 17, 20). Ante él
se doblaría toda rodilla (45:23). En la
futura Sión habría “alegría y gozo, alabanza y voces de canto” (51:3). En esos cielos nuevos y tierra nueva todos
acudirían a adorar regularmente a Jehová (66:22-23). En el tiempo del reino escatológico mostrado a Daniel todos
servirán y obedecerán al Altísimo (7:14, 27).
Los salmos, de gran importancia devocional, introducen un tema
escatológico en el culto. En ellos
“Jehová no es solamente el Dios libertador del pasado, sino que controla
también el futuro” (George
Reid, “Vers une théologie adventiste du culte d’adoration”, en L’église de
Jésus-Christ: sa mission et son ministère dans le monde, ed. Comité de
recherche biblique, Conférences bibliques de la División eurafricaine
[Dammarie-lès-Lys, France: Editions Vie et Santé, 1993], 2:211).
[21] Barbaglio y
Dianich, 1: 288, 290; Xavier León-Dufour, ed., Dictionary
of Biblical Theology, 2ª ed., trad. Joseph Cahill y E. M. Steward (London:
Geoffrey Chapman, 1988), 681.
[23] El sacrificio era central al culto
veterotestamentario y hacía posible la comunión con Dios (Schmaus, “Culto”,
2:93-94; Alfred Küen, El culto en la Biblia y en la historia, vol. 5,
trad. Eva Bárcena [Terrassa, Barcelona: Clie, 1995], 117; Hustad, ¡Regocijaos!,
132). Las ceremonias sacrificiales
anticipaban la obra de Cristo y su sacrificio definitivo (White, Profetas y reyes
[Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1957], 504; White, Testimonios selectos
[Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 1927], 2:49; Webber, Worship, Old
& New, 21).
[24] Webber, Worship,
Old & New, 27, 28, 67; Leo G. Perdue, “Worship in the Old Testament”, Mercer
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University Press, 1990), 973.
[25] Argárate, 13.
[26] León-Dufour, 682.
[27] Bläser, 2:218; Barbaglio y
Dianich, 1:297-298; Ralph P.
Martin, La teología de la adoración, trad. Jorge Arbeláez Firaldo
(Florida: Editorial Vida, 1993), 247. “Esta
tensión entre la escatología inaugurada y la escatología apocalíptica, entre el
reino de gracia y el reino de gloria, entre el ‘ya’ y el ‘aún no’, es
característica del mensaje del evangelio del Nuevo Testamento en su totalidad” (Hans K. LaRondelle, Las profecías del fin: enfoque
contextual-bíblico, trad. David P. Gullón [Buenos Aires: Asociación Casa
Editora Sudamericana, 1999], 26).
[28] Allmen, 71.
[29] Bläser, 2:217.
[30] Allmen, 120.
[31] Peterson, 228;
Dean S. Gilliland, Pauline Theology & Mission Practice (Lagos,
Nigeria: Tryfamm Printers, 1983), 222; J. D. Crichton, “Biblical Worship as
Response to Saving Events”, The Biblical Foundations of Christian Worship,
82; Argárate, 11; Lavonn D. Brown, La vida de la iglesia, trad. Arnoldo Canclini (Buenos Aires: Casa
Bautista de Publicaciones, 1989), 73.
[32] James F. White, Introduction
to Christian Worship (Nashville, Tennessee: Abingdon Press, 1980), 17;
Martin, 244; MacArthur, 41; Franklin M. Segler, Christian Worship: Its
Theology and Practice (Nashville, Tennessee: Broadman Press, 1967), 57; C.
Raymond Holmes, Sing a New Song!: Worship Renewal for Adventists Today
(Berrien Springs, Michigan: Andrews University, 1984), 140-141.
[33] Allmen, 21-40, 48.
[34] White, El
conflicto de los siglos (Mountain View, California: Pacific Press
Publishing Association, 1977), 467-468.
[35] White, El camino a Cristo (Buenos
Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1985), 104.
[36] Webber, Worship, Old
& New, 25; Peterson, 237;
León-Dufour,
683; Allmen, 25; José
M. Martínez, Introducción a la espiritualidad cristiana (Terrassa,
Barcelona: Clie, 1997), 94. La humillación y exaltación de Cristo motiva la
veneración universal a Jesucristo y la gloria del Padre (Fil 2:10-11). En Hebreos se habla del perdón provisto por
la sangre de Cristo como habilitación necesaria para acercarse a Dios en
adoración (10:19-22) (Peterson, 166-167, 242).
La escena de Ap 5 plantea la adoración universal en virtud del
sacrificio salvador de Jesucristo.
[37] White, Hijos e hijas de Dios (Mountain View, California:
Pacific Press Publishing Association, 1978), 223; El camino a Cristo, 104; Argárate, 16-17; J. David Newman, “La cruz, el
centro de la adoración”, Ministerio adventista, julio-agosto 1992, 4;
Holmes, Sing a New Song!, 23; Fowler, “O Come, Let us Worship!”, 7; Fowler, “Worship’s True Motive”, Ministry,
november 1993, 5.
[38] White, Primeros escritos
(Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1962),
126-127; White, Mensajes
para los jóvenes
(Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1967), 252; White, El conflicto de los siglos, 709; White, El deseado de todas las
gentes (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association,
1971, 616; White, El ministerio de curación (Buenos Aires: Asociación
Casa Editora Sudamericana, 1975), 402; White, Exaltad a Jesús (Buenos
Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1988), 246; White, La educación
(Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1964), 186-187; White, En
los lugares celestiales (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana,
1967), 16.
[39] Webber, Worship,
Old & New, 21.
[41] Suele verse la santa cena como el punto
culminante del culto cristiano (Allmen, 114; Pease, “La adoración: una doctrina
bíblica”, 82-95).
[44] Ibíd., 614.