Daniel
Oscar Plenc
Tercera
Jornada de Investigación de Posgrado
“Misión
y Contextualización”
Facultad
de Teología, Universidad Adventista del Plata
13-15 de febrero de
2004
La ponencia es un acercamiento a un tema complejo y polémico, porque nos invita a reflexionar sobre la relación entre la adoración, la misión de la iglesia y la adaptación cultural. El primer tópico se refiere al culto, la misión eclesial y la evangelización.
¿Tiene el culto un propósito evangelizador?
El consenso actual vincula estrechamente la adoración a la misión de la
iglesia. Por ejemplo, Dean S. Gilliland
opina que la adoración es para la misión lo que “el aliento para el cuerpo”.[1] Cree que la comunidad adoradora es al mismo
tiempo misional porque la adoración termina siempre en misión.[2] Podemos distinguir la adoración de la
misión, pero no podemos separarlas. A
veces se ha polemizado sobre la meta principal de la iglesia, si es adoración o
evangelización. Muchos consideran que son
de igual importancia.[3] En la teología tradicional ambas cosas
suelen tratarse por separado, pero en la práctica de la iglesia van juntas,
porque los cristianos que adoran participan a la vez de la misión de Cristo.[4] En realidad la auténtica adoración “es una
de las más poderosas formas de misión y evangelismo que la Iglesia puede
emplear”.[5] Para el actual líder máximo del catolicismo
“es esencial tener bien claro que la
liturgia está íntimamente relacionada con la misión evangelizadora de la
iglesia”.[6]
Adoración versus
evangelización
Aunque se acepte
que misión y adoración están asociadas, queda todavía por definir la función
principal de la iglesia y el propósito de su servicio de culto.[7] En ciertas comunidades evangélicas se ha
desarrollado un estilo de adoración evangelizadora que suele seguir un triple
patrón de “cantar, predicar, e invitar”.[8] Estos grupos hacen de la evangelización la
meta principal del culto.[9] Sus miembros esperan que el culto sea “un servicio
evangelístico para alcanzar a los inconversos”.[10] En
estas congregaciones se realizan cultos adaptados a los visitantes (seeker services). En muchos casos las iglesias distinguen
entre servicios evangelizadores y cultos para edificación y crecimiento de los
creyentes.[11] Lo curioso es, sin embargo, el
reconocimiento de estudiosos del crecimiento de la iglesia de que en realidad
no existe detrás de esa forma de culto algún principio de crecimiento de
iglesia.[12]
En el otro extremo
están quienes dicen que el gran objetivo del culto es la adoración antes que la
evangelización.[13] David Peterson deduce de 1 Co 14 que el propósito
primario de los servicios de culto no es la evangelización sino la adoración
(aunque la conversión de los no creyentes es deseable).[14] Walter T. Connor expresa: “La primera tarea,
entonces, de una iglesia no es el evangelismo, no son las misiones, no es la
benevolencia; es la adoración”.[15]
En círculos adventistas se han expresado
cosas similares. Dice Louis Venden que
“el propósito real de la iglesia no es el evangelismo sino la adoración. ¡No adoramos a fin de evangelizar, sino que
evangelizamos para que hombres y mujeres puedan adorar!”.[16] Este punto de vista exige hacer una
distinción entre la evangelización de los no creyentes y el culto de los creyentes.[17] Jean Jacques von Allmen es un buen exponente
de esta postura. Desde su óptica, el
culto reúne a quienes la iglesia ha alcanzado por medio de la
evangelización. Propone no confundir el
culto con la evangelización o la diaconía.
Afirma que la búsqueda del hombre es indispensable, pero rechaza la idea
de hacerlo por medio del culto. El
culto es la adoración de aquellos que han sido convertidos y reunidos en la
iglesia por el Evangelio. Al reconocer
que Dios es el destinatario de la adoración, el culto se dirige a él y no al
mundo.[18]
Al volver la mirada al Nuevo Testamento en busca de orientación revelada, vemos una descripción más integral del culto eclesial. En los documentos neotestamentarios la adoración y la evangelización no se oponen ni se excluyen, más bien la evangelización del mundo y el fortalecimiento de los creyentes son formas de ofrecer a Dios una adoración adecuada.[19] La falacia de tratar de distinguir rigurosamente entre cultos de adoración y de evangelización ha sido reconocida por muchos. Esta visión integradora cree que la función primaria de la liturgia es la de adorar, pero no reconoce la existencia de razón alguna por la que el culto no pueda instruir y evangelizar. De esa manera la liturgia eclesial puede atraer a un grupo siempre creciente de adoradores.[20]
En la actualidad se
tiende a mirar la polaridad entre misión y adoración como una falsa dicotomía.[21] El significativo pasaje de Ap 14:6-7 muestra
que la evangelización es una invitación a la adoración del verdadero Dios.[22] La misma adoración de la iglesia constituye
una invitación al mundo a unírsele en esta vivencia.[23]
Por otra parte debe verse el culto
como inspiración y motivación de todas las actividades y ministerios de la
iglesia, incluyendo la evangelización.[24] Alfred Küen declara: “El culto bien concebido es la mejor preparación
para el servicio cristiano”, porque “en el culto
aprendemos a ver el mundo con los ojos de Dios, lo cual estimula nuestro celo
por la evangelización y la misión”.[25] Robert E. Webber también piensa que la
evangelización y el ministerio de la iglesia fluyen de la adoración de la
iglesia.[26]
Ronald Allen y
Gordon Borror han propuesto la integración de adoración, edificación y
evangelización como tres aspectos esenciales de un culto equilibrado, es decir:
amar a Dios, a los hermanos y a los perdidos.[27]
Los escritores adventistas generalmente han visto armonía entre el culto y la evangelización. También creen que el culto capacita a la iglesia para su tarea evangelizadora. Norval F. Pease, autor del primer libro adventista sobre adoración, decía que los “servicios de adoración deben ser evangelísticos”.[28] La relación entre el verdadero evangelismo y el verdadero culto es estrecha en virtud de que “ambos tienen el mismo propósito: conducir a los hombres a un encuentro directo con Dios”.[29] Además sólo el culto prepara adecuadamente a la iglesia para la realización de su obra misional en el mundo.[30] La adoración llama y equipa a los instrumentos de la evangelización.[31] El concepto apostólico hace del culto un medio tanto de adoración como de alimentación espiritual de los conversos y de evangelización de los inconversos (1 Co 14:23-25; Stg 2:2-4). Es decir que el culto afecta el potencial evangelizador de la iglesia.[32] C. Raymond Holmes, autor del segundo libro adventista sobre adoración, sitúa la evangelización como una consecuencia de la adoración, como “expresión de la adoración de la iglesia extendida al mundo”.[33]
Adoración y crecimiento de
iglesia
El conocido
movimiento para el crecimiento de iglesia de las últimas décadas viene
señalando con insistencia creciente el impacto de la adoración en el logro de
dicho crecimiento. Las investigaciones señalan que
la eficacia o ineficacia del culto incide positiva o negativamente en el
crecimiento de la iglesia.[34] Ken Hemphill insiste en la necesidad de restaurar la adoración a su debido lugar en la iglesia para que
pueda darse un crecimiento auténtico y perdurable. Se
argumenta que la adoración enfoca la atención de la iglesia en Dios y por tanto
la mantiene en conexión con la fuente de poder para la victoria y el
crecimiento.[35]
Aunque parece
innegable el efecto del culto en el crecimiento cuantitativo de la iglesia,
debe subrayarse la idea de que el crecimiento no responde necesariamente a un
estilo de culto particular. Ciertos
estudios muestran que “el espíritu del culto es más importante que su estilo o
el tipo de música que se utiliza”. Kirk C. Hadaway define ese espíritu como
gozoso, festivo, cálido, espontáneo, etc.[36] Los
investigadores han estado señalando ciertas características del culto público
como uno de los factores determinantes de crecimiento de iglesia. Hemphill considera esenciales
la oración y la alabanza.[37] En contraste con el espíritu de celebración y reavivamiento que
caracteriza a las iglesias que crecen, Hadaway afirma que las iglesias que
declinan se caracterizan a veces por la monotonía, el aburrimiento y la
formalidad.[38] Christian A. Schwarz, al
presentar los resultados de un proyecto de investigación sin precedentes en
iglesias de los cinco continentes, menciona la
“espiritualidad contagiosa” y el “culto inspirador” entre las características
básicas de una iglesia saludable.[39] C. Peter Wagner coloca la celebración y el culto como signos vitales de una iglesia que
prospera.[40] Se han mencionado otros elementos de la atmósfera de las iglesias que
crecen, como un ambiente de celebración, de amistad,
de distensión, positivo y expectante.[41]
Aunque el propósito primario del culto es la adoración, parece claro
que la evangelización no puede estar ausente en la teleología del culto. Sin confundir adoración con evangelización,
debe verse la adoración de la iglesia como elemento vigorizante para el
cumplimiento de la misión evangelizadora.
¿Debe el culto adaptarse el
contexto cultural?
El segundo tópico de la ponencia plantea la relación entre el culto y la cultura. Adoración es la respuesta positiva del hombre redimido a la iniciativa salvadora y beatífica de Dios. Culto es una expresión externa, personal, familiar o congregacional, de la adoración interior mediante acciones concretas. La misma definición de adoración como respuesta humana a Dios supone la influencia de su contexto cultural en el tipo y los medios de esa respuesta. Quiere decir que los elementos culturales juegan su parte en las formas litúrgicas.[42] Sin embargo, las opiniones se dividen a la hora de medir ese ascendiente de la cultura en el culto.
En un extremo de opinión, G. Barbaglio y S. Dianich sostienen que las formas rituales están generalmente “tomadas del entorno y son siempre fruto de la cultura de la época”.[43] Robert E. Webber considera que el culto en la Iglesia Libre ha seguido la curvatura de la cultura al pasar de estar centrado en el “conocimiento” durante el iluminismo, a la “experiencia” en el romanticismo. A su entender esta evolución de la adoración y la cultura muestra que los protestantes han seguido generalmente a la cultura en su acercamiento a la adoración.[44] En un tono más moderado, Eduardo Nelson entiende que “la forma en que tanto los individuos como la congregación adoran está fuertemente influida por su trasfondo cultural”.[45] Se reconocerse que el desarrollo del cristianismo ha corrido en paralelo con el de la cultura secular y que en ese transcurso la influencia mutua ha sido inevitable. Como Nelson lo señala: “El movimiento total de las iglesias ha estado intrínsecamente ligado a la cultura secular”.[46] Razona que si la cultura equivale a conducta socialmente aprendida es natural que la gente adore en su trasfondo cultural.[47] De cualquier manera no parece posible “escapar de la interrelación entre cultura, religión y adoración”.[48]
Para una valoración más adecuada de la influencia de la cultura en el culto debemos regresar a la casuística bíblica. Las Escrituras muestran a los hijos de Dios respondiendo a lo divino en actos y actitudes consonantes con el entorno cultural del Cercano Oriente de entonces. Moisés se descalza ante la presencia divina (Ex 3:5-6). Esa práctica de sacarse las sandalias “antes de entrar en un templo, un palacio o aún una casa particular siempre ha sido una costumbre general en el Cercano Oriente”.[49] Por indicación divina, Moisés expresó reverencia en armonía con la costumbre de su cultura. David manifestó su agradecimiento y alegría por medio de la danza (2 S 6:14-18). En un acto a la vez solemne y gozoso, el rey expresó con naturalidad su alabanza a Dios.[50] Elena G. de White afirma que David bailó delante de Dios con alegría reverente y que “la música y la danza de alegre alabanza a Dios mientras se trasladaba el arca... tenían por objeto recordar a Dios y ensalzar su santo nombre”.[51] Así también era práctica en Israel orar en dirección de Jerusalén (Sal 5:7; 28:2; Dn 6:10). El acto de postrarse era y es una señal de sumisión y homenaje (Mt 4:8-10).[52] En los tiempos bíblicos era usual orar con las manos levantadas (Ex 9:29, 33; 17:11; 1 R 8:22; Esd 9:5; Job 11:13; Sal 28:2; 63:4; 88:9; 134:2; 143:6). Los cristianos continuaron con la práctica (1 Ti 2:8).[53]
En otro extremo se encuentran las experiencias misioneras que ignoran los antecedentes culturales de los pueblos evangelizados. Ese tipo de obra misionera tradicional es hoy muy criticado por promover una conversión cultural además de religiosa. Muchas veces la “aculturación” responde a una falta de aprecio por las culturas autóctonas.[54] En la actualidad se defiende la “autoexpresión” cultual que incluye estilos arquitectónicos y decorativos, formas litúrgicas y expresiones musicales.[55] En consecuencia se ha despertado un enorme interés por la “etnomusicología”, una rama nueva de la musicología que estudia la música de las culturas autóctonas. Como consecuencia las misiones están promoviendo la utilización de modos musicales y de instrumentos folklóricos.[56]
De hecho, una de las cuestiones más controversiales se relaciona con la influencia de la cultura sobre la música sacra. La música como arte, es expresión humana. Pero la música cristiana “debe incluir la mejor expresión humana posible”.[57] De cualquier manera, como toda expresión del hombre, la música es generada en un cierto caldo cultural.[58] Donald P. Hustad llega a la conclusión de que “los detalles pertinentes a los estilos de música en la iglesia son más cuestión de cultura que de teología o instrucción bíblica”.[59] El autor entiende que las formas de la música sacra suelen basarse en modelos seculares anteriores.[60]
Reconocer la inevitable influencia de la cultura en las formas del culto plantea al mismo tiempo la necesidad de examinar la cuestión a la luz de los principios revelados. A su vez debe admitirse la dificultad de “separar nuestro entendimiento de la adoración de la influencia de nuestra propia cultura”.[61]
El Nuevo Testamento muestra una clara tensión entre la iglesia y la cultura secular. Jesús y los apóstoles desafiaron a la comunidad cristiana a estar en el mundo sin ser del mundo (Ju 17:15-17; 1 Jn 2:15-17; 5:19). Podría hablarse entonces de una relación legítima y de otra ilegítima entre las prácticas eclesiásticas y las seculares. La adoración legítima es en cierto modo “contracultural”.[62] La relación entre cultura y liturgia fue definida por Juan Pablo II para el catolicismo romano: “Aquí vemos cómo la liturgia, aunque siempre debe inculturarse adecuadamente, tiene que ser también contracultural”.[63] Por otra parte Stephen M. Davis afirma que algunas formas de adoración pueden estar condicionadas por la tradición y por la cultura; pero los principios bíblicos son supraculturales.[64] La tensión entre adoración y cultura no debe resolverse permitiendo que los conceptos seculares den forma al servicio de adoración aparte de Dios y de su Palabra.[65]
Un enfoque bíblico del culto debe insistir en la necesidad de un fundamento teológico antes que cultural para las expresiones litúrgicas. En este tema “la revelación especial siempre tendrá precedencia sobre la revelación natural. Por tanto, las formas de la adoración se basarán en la teología y no en la costumbre local o los valores prevalecientes”.[66] Webber sostiene que el contenido de la adoración cristiana es contracultural, aunque puedan encontrarse puntos de contacto con la gente influida por el mundo post-moderno.[67] Por su parte, Elena G. de White habla de la necesidad de emplear diferentes métodos y medios evangelizadores al entrar en contacto con distintas clases de personas y mentes, según las circunstancias existentes. En estas circunstancias, sugiere evitar controversias sobre asuntos triviales.[68]
En el terreno de lo concreto, Eduardo Nelson habla de por lo menos cinco formas en que la cultura hace impacto en la actual adoración de la iglesia: (1) En la comunicación de ideas por medio del lenguaje, (2) en hábitos y costumbres, (3) en el diseño arquitectónico de los lugares de culto, (4) en los programas para ocasiones especiales del año y (5) en el concepto de liderazgo pastoral.[69]
Juan Pablo II se ha referido a la tensión entre la dimensión local y la universal del culto católico. Invita a buscar el equilibrio entre la expresión local y subjetiva influida por la cultura y la universal y objetiva.[70]
¿Deben los elementos del culto adaptarse a la cultura? No parece posible eludir el entorno cultural desde el cual el hombre responde a Dios. Pablo Argárate explica que, del mismo modo que “toda teología es una teología situada, así también es la celebración...”.[71] Una comprensión adecuada de la adoración debe reconocer la influencia del contexto cultural en las formas y estilos de culto, pero permanentemente sometidos a los principios generales y permanentes de la revelación bíblica.
La actual es una
época de búsqueda de un culto más vital, relevante y atractivo, de revisión
litúrgica y de experimentación con nuevos estilos de culto, adaptados a la
cultura posmoderna. Ejemplo de ello son
los llamados cultos de “Celebración” (Celebration) en los Estados Unidos, con
su utilización de elementos técnicos y artísticos, su apelación a las emociones,
su acento en la alabanza, su música predominantemente contemporánea, su
informalidad y su énfasis en el amor, el perdón y la aceptación. Lo mismo puede decirse de los café-iglesias de Dinamarca y Holanda adaptados a
las mentes secularizadas de Europa.
Las preguntas
planteadas son por lo tanto relevantes y actuales. ¿Debe el culto de la iglesia incluir un propósito
evangelizador? Ciertamente. Sin olvidar la adoración y la
edificación. ¿Debe el culto adaptarse a
la cultura de los destinatarios de la evangelización? Inevitablemente. Pero el
culto de la iglesia no puede ignorar a Dios como objeto supremo, ni desconocer
las indicaciones de su Palabra en cuanto a la verdadera adoración.
[1] Dean S. Gilliland, Pauline
Theology & Mission Practice (Lagos, Nigeria: Tryfamm Printers, 1983),
222.
[2] Ibíd., 230.
[3] Lavonn D. Brown, La vida de la iglesia, trad. Arnoldo Canclini (Buenos Aires: Casa Bautista de Publicaciones, 1989), 80.
[4] Gilliland, 230-231.
[5] Paul W. Hoon, The Integrity of
Worship (Nashville, Tennessee: Abingdon Press, 1971), 59.
[6] Juan Pablo II, “Es importante respetar las normas litúrgicas”, Actualidad pastoral, julio-septiembre 1999, 221.
[7] Sobre el impacto evangelizador de la adoración eclesial, véase
Ken Hemphill, El modelo de Antioquía: 8 características de una iglesia
efectiva, trad. James E. Giles
(El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1996), 39-63; Dawn, “True
Worship, Real Evangelism”, Christian Century, 1999, 116 (13): 455-458.
[8] Robert E. Webber, “From Modern to
Post-Modern: Worship Changes During the Twentieth Century”, Southwestern
Journal of Theology 42, Nº 3 (Summer 2000): 7.
[9] Donald P. Hustad, ¡Regocijaos!: la música cristiana en la adoración, trad. Olivia de Lerín, Bonnie de Martínez, J. Bruce Muskrat, Josie de Smith y Ann Marie Swenson (El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1998), 381.
[10] Ibíd., 116.
[11] Webber, Worship is a Verb: Eight
Principles for a Highly Participatory Worship (Nashville: Abbott Martyn,
1993), 212.
[12] Christian A. Schwarz, Las 8 características básicas de una iglesia saludable (Terrassa, Barcelona: Clie, 1996), 30-31.
[13] Hemphill, 45, 47.
[14] David Peterson, Engaging with
God: A Biblical Theology of Worship (Grand Rapids, Michigan: William B.
Eerdmans Publishing Company, 1993), 195.
[15] Walter T. Connor, The Gospel of
Redemption (Nashville: Broadman Press, 1945), 277, citado en Paul A.
Richardson, “The Primacy of Worship”, Review and Expositor 65, Nº 1
(Winter 1988): 9.
[16] Louis Venden, “Adventists and Worship: Where do we go from Here?” (paper for the Andrews Society for Religious Studies, Kansas City, November 1991), 7.
[17] Jean Jacques von Allmen, El culto cristiano, su esencia y su celebración, trad. Antonio Chaparro y Luis Bittini (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1968), 57-79.
[18] Ibíd., 61-62, 77.
[19] Peterson, 188.
[20] F. S. Fitzsimmonds, “Cultos generales o habituales”, Diccionario de la Teología Práctica: Culto, ed. Ralph G. Turnbull, trad. Norberto Wolf (Grand Rapids: T. E. L. L., 1977), 70.
[21] Tyron Inbody, “Mission and Worship:
Basic Polarities but False Alternatives”, Lexington Theological Quarterly
18 (April 1983): 52-63.
[22] Peterson, 266.
[23] C. Raymond Holmes, Sing a New
Song!: Worship Renewal for Adventists Today (Berrien Springs, Michigan:
Andrews University, 1984), 138; Holmes, “Worship in the Book of Revelation”, Journal
of the Adventist Theological Society 8, Nº 1-2 (Spring-Autumm 1997): 9-10.
[24] Lavonn D. Brown, La vida de la iglesia, trad. Arnoldo Canclini (Buenos Aires: Casa Bautista de Publicaciones, 1989), 81; Webber, “Evangelism Throught Worship”, Decision, July-August 1989, 23-24.
[25] Alfred Küen, Renovar el culto, trad. Eva Bárcena (Terrassa, Barcelona: Clie, 1996), 38-39.
[26] Webber, Worship is a Verb: Eight
Principles for a Highly Participatory Worship (Nashville: Abbott Martyn,
1993), 7-8.
[27] Küen, 106.
[28] Norval F. Pease, “And Worship
Him” (Nashville, Tennessee: Southern Publishing Association, 1967), 48.
[29] M. K. Eckenroth, “El culto y el evangelismo”, El ministerio adventista, enero-febrero 1958, 16-18.
[30] R. Abba, citado en Rex D. Edwards, “Threats to Worship”, Ministry, October 1991, 5.
[31] Venden, 7.
[32] Eoin Giller, “Evangelism in
Worship”, Ministry, November 1993, 7-9.
[34] Véase Peter Hyomin Kang, “Growing a
Church Through Worship” (D.Min. dissertation, Rosemeas School of Psychology,
Biola University, 1996); Charles Arn, How to Start a New Service: Your
Church Can Reach New People (Grand Rapids, Michigan: Baker Books, 1997).
[35] Hemphill, 42.
[36] Citado en Hemphill, 59.
[37] Hemphill, 44.
[38] C. Kirk Hadaway, Church Growth
Principles: Separating Fact from Fiction (Nashville, Tennessee: Broadman
Press, 1991), 66, 70-72.
[39] Schwarz, 30-31; Christian A. Schwarz y Christoph Schalk, Desarrollo natural de la iglesia en la práctica, trad. Abel Gálvez y Beatriz Fernández (Terrassa, Barcelona: Clie, 1999), 47-132.
[40] C. Peter Wagner, Su iglesia puede crecer, trad. Xavier Vila (Terrassa, Barcelona: Clie, 1980), 120-135.
[41] James Emery White, Opening the
Front Door: Worship and Church Growth (Nashville: Convention, 1992), 62.
[42] Eoin Giller, “Worship Renewal in the Seventh-day Adventist Church”, Ministry, October 1991, 17.
[43] G. Barbaglio y S. Dianich, Nuevo diccionario de teología, trad. M. Olasagasti, A. Ortiz y A. Neira (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1982), 1:286.
[44] Webber, “From Modern to Post-Modern: Worship Changes During the Twentieth Century”, 18, 20-21.
[45] Eduardo Nelson, Que mi pueblo adore: bases para la adoración cristiana, trad. Salomón Mussiett (El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1986), 109.
[46] Ibíd.
[47] Ibíd., 118.
[48] Giller, “Worship Renewal in the
Seventh-day Adventist Church”, 17.
[49] Francis D. Nichol, ed., Comentario bíblico adventista del séptimo día, trad. V. E. Ampuero Matta (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1978), 1:521.
[50] Ibíd., 2:626.
[51] Elena G. de White, Patriarcas y
profetas (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association,
1971), 766.
[52] Nichol, 5:306.
[53] Ibíd., 4:140; Hustad, 137; Theodor Filthaut, La formación litúrgica, 2ª ed., trad. Juan Armelin (Barcelona: Herder, 1963), 129.
[54] Hustad, 399, 402.
[55] Ibíd., 400.
[56] Ibíd., 399-415.
[57] Ibíd., 44.
[58] Ibíd., 45.
[59] Ibíd., 90.
[60] Ibíd., 151.
[61] Holmes, Sing a New Song!,
145.
[62] Richardson, “Spiritual Formation in Corporate Worship”, Review and Expositor 96, Nº 4 (Fall 1999): 527.
[63] Juan Pablo II, 221.
[64] Stephen M. Davis, “Toward a
Theology of Worship”, Calvary Baptist Theological Journal 13, Nº 2
(1997): 52-68.
[65] Ernie V. Lassman, “The Church
Growth Movement and Lutheran Worship”, Concordia Theological Quarterly
62 (1998): 39-62.
[66] Giller, “Worship Renewal in the
Seventh-day Adventist Church”, 17
[67] Webber, “From Modern to
Post-Modern: Worship Changes During the Twentieth Century”, 19.
[68] White, Obreros evangélicos (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1971), 483-484.
[69] Nelson, 114-117.
[70] Juan Pablo II, 220.
[71] Pablo Argárate, La iglesia celebra a Jesucristo: introducción a la celebración litúrgica (Buenos Aires: San Pablo, 1994), 39.